Se había hecho de noche y el área de entrenamiento había quedado a oscuras.
Gabriel contempló la silueta de Mercy bajo la tenue luz de las estrellas mientras ella se abrochaba su blusa botón por botón. No podía dejar de sonreír.
—Volvamos a mi consulta.
En cuanto las luces halógenas del interior del edificio les iluminaron, Mercy apartó la vista indecisa. Sus mejillas estaban suavemente congestionadas de un modo muy femenino que a Gabriel se le antojaba inexorablemente atrayente.
—¿Quieres… beber algo? —preguntó cuando estuvieron en su despacho—. Tengo…
—Cualquier cosa estará bien; me has dejado seco… —añadió con picardía. A ella se le escapó una leve risita—. La edad no perdona.
—Vamos, a día de hoy se sigue siendo joven incluso con cincuenta años.
—¡No tengo cincuenta! —bromeó él.
—¿Son más? —Hubo otra risa ligera, y después silencio.
Al cabo de unos minutos dos tazas de té humeaban sobre el escritorio, y Angela se apoyaba contra el borde mientras Gabriel ignoraba deliberadamente el azucarero que ella le había dejado delante.
—Si no vas a decir nada… —comentó él fingiendo informalidad. La doctora le miró con interés… se adivinaban ciertas expectativas en su rostro—. Lo haré yo: nena, disparas fatal.
—¿Qué?
—Pero me gustas.
La suiza sonrió. No obstante, apartó la vista una vez más.
—No creo que esto sea buena idea. Trabajamos juntos.
—A eso me refería; responsable, inteligente…
—Gabriel…
—Escúchame. No voy a insistir, no es mi estilo, pero quiero que te plantees lo siguiente: antes me has gritado sin ninguna razón, y durante la batalla yo te he protegido como a la doctora de mi equipo, no como a alguien con quien he discutido. Tengo mucha experiencia, sé cómo debo tratar a mis hombres… a mis agentes. Soy profesional, y sé que tú también. Conozco tu historial, aunque nunca hayamos hablado de ello, y sé que tu prioridad es salvar vidas. Eso anula cualquier consecuencia negativa que pudiera surgir si las cosas saliesen mal entre nosotros… Y también es aplicable al caso opuesto. No nos daríamos jamás el uno al otro una prioridad que no nos corresponde. Tenemos una madurez considerable.
—Así que «las cosas entre nosotros»… —A Angela se le escapó otra risita, esta vez mucho más viva y aguda que las últimas.
—Bueno. —Gabriel dejó la taza vacía en el escritorio. No había mentido al afirmar que necesitaba beber, había apurado todo el té en un par de tragos—. Ya te he dicho que no iba a insistir más, no me gusta perseguir ni atosigar. Hasta mañ…
—¡Espera! —La doctora le sujetó un antebrazo (era tan musculoso que no podía cerrar por completo la mano alrededor)—. Admiro tu minuciosidad a la hora de planificar las estrategias. Eres sagaz, valiente… Tú también me gustas, Gabriel. Quiero intentarlo.
Él no respondió. La estrechó contra sí y besó su boca de un modo intenso, casi voraz.
—Pero… —prosiguió ella, desprovista de aire—. Deberíamos ser discretos.
—Estoy completamente de acuerdo. Es decir, no disponemos de áreas insonorizadas en estas instalaciones y sería imposible que no nos delatases con tus gemidos.
La doctora hizo una mueca de incredulidad. Le sorprendía lo explícito que había sido aquel comentario… y también lo sugerente que resultaba.
—La culpa es tuya —replicó encogiéndose de hombros con expresión traviesa.
El californiano empujó cuidadosamente a Mercy contra el escritorio. La tumbó, le acarició los muslos invitándola a rodearle el talle con ellos, y se inclinó para susurrarle la que sería la última frase coherente durante algunas horas.
—¿Por qué tengo la sensación de que me has echado estimulantes en esa infusión…?
—Angie, ¿recuerdas que te dije que investigaría el asunto de O'Deorain? —preguntó Jack entrando en la consulta de la doctora Ziegler y cerrando la puerta tras de sí.
—Estaba ansiosa por escuchar novedades. —Habían transcurrido un par de meses desde que Angela le reveló el asunto de la correspondencia—. ¿Has descubierto algo?
—Sí. Efectivamente, Moira ha infringido la ley al obtener mi historial y el de Gabriel.
—Eso ya lo sabíamos.
La doctora suspiró abatida tras haber desviado la mirada unos instantes hacia la camilla oculta por un biombo donde realizaba los exámenes rutinarios.
—Tenemos permiso de la ONU para tomar medidas en su contra si aparece por aquí. ¿Nos ha enviado alguna carta más?
—No que yo sepa. Sólo abrí la tuya. Intercepté la que le envió a Gabriel, eso sí… —Se esforzó por sonar neutral. El tiempo que llevaba con él le había servido para descubrir hasta qué punto le gustaba, y era muchísimo.
—¿No has hablado con él?
—Pues… no. —Cuando estaban juntos no se acordaba de sacar aquel tema tan desagradable.
—Puedo explicárselo yo. Sé que discutisteis durante la misión de Gibraltar y entiendo que te resulte incómodo. — Jack era un compañero increíblemente afable y desinteresado. Siempre buscaba la forma de que todos se sintieran bien, integrados y cómodos, por eso Mercy había confiado en él desde el primer momento—. Además de que él puede llegar a ser excesivamente riguroso con las leyes y quizá no le guste saber que leíste mi correspondencia.
La doctora dejó escapar un hipido similar a una risa sarcástica.
—Uh, perdona… Hablaré yo misma con él. Si algo no le gusta, será mejor que lo sepa de inmediato. En cualquier caso, ¿querías decirme algo más?
—La estoy intentando rastrear, pero no estamos encontrando nada. Estuve a punto de localizar el punto exacto de Reino Unido donde se escondía, pero a las pocas horas salió del país y ahora no sabemos nada.
—Informaré a Reyes. Quizá a él se le ocurra algo.
—Será lo mejor. Procuraré que los tres nos reunamos en cuanto el asunto de Praga esté bajo control.
La doctora asintió. El asunto de Praga era responsabilidad de ella, que había insistido en enviar refuerzos médicos para atender a los heridos de un atentado ómnico a pequeña escala.
Jack se marchó.
—¿De qué hablabais? —preguntó Gabriel, que había estado escondido tras el biombo de la camilla durante toda la conversación.
—¿Recuerdas a esa científica desacreditada que salió en todos los periódicos hace varios meses? —Mercy se mordió los labios inconscientemente mientras veía la silueta de Gabriel desperezándose. Apreció los músculos de sus brazos, su cuello y su espalda tensándose antes de volver a relajarse.
Suspiró y pasó tras el biombo. Su «paciente» estaba en ropa interior. Así lo había dispuesto ella.
—¿No se ha dado cuenta de que había ropa de hombre en el suelo? —preguntó al ver a Angela a su lado—. Es igual. No, la verdad es que no tengo ni idea de lo que me dices.
La doctora le puso al día.
—¿Mi historial del programa de mejora de soldados? —la joven asintió—. No me gusta. Esa clase de información no es la que se usa para fines inocuos. Por cierto, ¿puedo vestirme ya?
—Nein.
—Sólo he venido a por una firma… —Gabriel estiró sus labios hasta componer media sonrisa divertida.
—Órdenes del médico. —Angela se encogió de hombros y le hizo tumbarse boca abajo de nuevo. Apoyó los papeles que Gabriel le había llevado (todos relacionados con el atentado de Praga) en su espalda, y se inclinó para leerlos y autorizarlos.
—¿Sí? A mí me parece chantaje… —Dejó escapar una risa. Las puntas del cabello de Angela le cosquilleaban la nuca y parte de los omóplatos mientras realizaba las firmas—. A todo esto, espero que finalmente hayas conseguido que tu día libre sea el jueves… porque tengo una sorpresa.
—Todo en orden. —Le tendió los documentos firmados—. ¿Qué has planeado?
—Ya lo verás. Por lo que te conozco, sé que te gustará.
—¿Hm, sí?
—Sí… Y… —Atrajo a la doctora hacia sí, estrechando su cintura hasta que la tela de la bata blanca tocó su atezada piel—. ¿Qué tal si la próxima vez te quitas la ropa tú también?
—Imposible… —Angela le eludió juguetonamente—. Estoy pasando consulta.
Gabriel bajó de la camilla de un salto y se acercó a su compañera hasta acorralarla contra el escritorio.
La doctora volvía a morderse los labios.
—¡Angie! —se escuchó al otro lado de la puerta. Se abrió de golpe y volvió a entrar Jack.
Angela notó que su mandíbula se abría de par en par y que su boca quedaba rígida con una mezcla de horror y estupefacción.
Afortunadamente, Gabriel era ágil y rápido y había logrado esconderse bajo la mesa antes de ser visto.
—Estoy ocupada, Jack… —atinó a decir la joven con un hilo de voz—. Praga…
—Esto es muy importante. Acabamos de obtener información sobre O'Deorain. —Si Jack se había percatado de lo extraño en la actitud de Mercy, no lo manifestó. Se aproximó a ella con un fardo de hojas impresas que incluían algunas fotografías, y Angela tuvo que frenarle indicándole que tomase el asiento de los pacientes. Ella también se sentó… para ocultar a Gabriel.
Lógicamente, su esbelto cuerpo no cubriría el de él en caso de que el agente Morrison se acercase mucho más.
«¿Por qué habré insistido tanto en desnudarle…?», se preguntó agobiada. Llevaba una época incapaz de reconocer el estado inusitadamente activo de sus hormonas. Miró de reojo hacia el interior de su mesa: Gabriel se esforzaba por acuclillarse, y en aquella postura su cuerpo parecía más robusto de lo habitual. «Ah, sí. Por eso…», se dijo en tono fantasioso. A pesar de su incómodo escondite, el californiano detectó aquella minúscula señal de deseo y le dedicó una sonrisa maliciosa que logró que ella palideciese.
La suiza negó frenéticamente con la cabeza.
—¿No, qué? —preguntó Jack.
—Nad… ¡Ah! —Angela podía sentir las manos de Gabriel recorriendo con lentitud la cara interna de uno de sus muslos. Las puntas de sus dedos le erizaron la piel, y creyó sentir un delator hormigueo en las mejillas.
—Sé que estás agobiada, pero fíjate… este fue el vuelo que Moira tomó para salir de Reino Unido. Acabamos de conseguir estos datos. Compró una revista médica, y en ella aparecías tú.
Angela se esforzó por concentrarse.
—Eso puede ser casualidad.
—Lo dudo. Ha venido aquí, a Suiza, y anoche se alojó en tu calle, Angie. Después desapareció.
—Suena como si…
—Como si supiera que la estamos investigando y nos hubiese concedido cierta ventaja para hacernos llegar el mensaje de que va a por ti —hiló Jack. Angela dio un respingo. Gabriel había conseguido separarle las piernas y ahora le recorría los dos muslos a la vez. Intentó frenar sus manos, pero no podía detenerle sin moverse de un modo brusco—. Creo que lo hace para confundirte. Ha debido de averiguar que no nos has dejado recibir su correspondencia… y empiezo a creer que es peligrosa. Muy peligrosa. Voy a dar la orden de buscarla activamente para detenerla.
—¡No! —chilló Mercy. El californiano le había introducido sus dedos dentro del pantalón y la masajeaba por encima de la ropa interior con tanta precisión como para que la doctora le ascendiese mentalmente a jefe de cirugía. Intentó apartar sus manos una vez más, y el resultado fue que el forcejeo aceleró deliciosamente el ritmo de sus caricias.
—¿No? —preguntó Jack.
—D-deja que… que se confíe… ya ha averiguado que… que te he vuelto en su contra… y… y… si das la alerta… también lo sabrá.
—En eso tienes razón. Pero no podemos dejar que esto continúe así. Es asunto de Overwatch puesto que parece tener intenciones hostiles hacia ti… y, además, desconocemos lo que quiere de Reyes y de mí.
«Yo sí que sé lo que quiere Reyes de mí…», pensó Angela. El esfuerzo por retener sus propios gemidos antes de que brotasen estaba siendo un auténtico martirio.
—¿Angie?
—¿Sí…?
—Tienes mal aspecto últimamente… Creo que necesitas unas vacaciones.
—¡Libro el jueves!
—Bien… Me alegro. —Perplejo, Jack justificó la extraña actitud que llevaba unas semanas manifestando la doctora diciéndose que era nerviosismo por el asunto de Moira. En su mente cobró sentido y terminó quedándose más tranquilo—. ¿Necesitas algo? Sé que querrás desconectar, pero podría pedirle a alguien que vigilase por satélite la actividad cercana a tu zona. Algo no invasivo pero…
—¡No…! —Verían a Gabriel yendo a pasar la noche en su casa—. N-no es necesario… Jack… tengo que terminar… ¡el papeleo! ¡me refiero al papeleo!
—Sí, me lo dijiste al entrar. Te dejo tranquila. Habla con Gabriel.
—Créeme; lo voy a hacer inmediatamente.
—Seguiré informándote.
—¡Sí! —le cortó.
Jack se marchó convencido de que la presión terminaría logrando que Angela se derrumbase, o quizá que la pobre necesitaba un tiempo a solas para asimilar que una persona a la que afirmaba haber valorado ahora pretendía hacerle daño.
—Has sido muy descortés con Jack, ¿no crees? —Gabriel se incorporó sin dejar de acariciar a su amante. La besó.
—Eres terrible. Casi me muero de la vergüenza… —No lograba que aquello sonase a reproche. Su voz se arrastraba con languidez, semejante a un ronroneo.
—Puedo parar si quieres.
—No…
—Entonces no soy tan terrible. Quiero decir… míranos. Yo soy un pobre trabajador al que has retenido en este despacho en contra de su voluntad y le has despojado de su ropa… —Según dijo esto, sus dedos encontraron la forma de continuar trabajando sin que la ropa interior de Angela se interpusiera—. Y tú… aquí me tienes. Trabajando para ti. Tú sí que eres despiadada.
La suiza no pudo responder. Acababa de cubrirse la boca para evitar que toda la sede pudiese escucharla llegando al clímax.
Satisfecho, Gabriel recogió su ropa y se marchó.
