Gabriel llegó a la casa de Angela cargado con unas cuantas bolsas llenas a rebosar.
—Te dije que iba a preparar yo la cena —protestó ella al abrirle la puerta.
—Ni se te ocurra morder lo que te traigo.
El californiano se rio al imaginar a la doctora mordisqueando el contenido de las bolsas. Le besó la frente a modo de saludo y se dirigió a la habitación. Ella le siguió con curiosidad.
—¿Qué es? ¿Es la sorpresa que me dijiste que tenías preparada? —Era la noche del miércoles, y al día siguiente libraban los dos.
—Más o menos. Mira, en realidad sí que tengo algo aquí que puedes llevarte a la boca…
—¡Gabriel! —se ruborizó.
—Me había olvidado de que eres una pervertida, rubita… —Se cubrió la cara con una mano sin poder contener media sonrisilla. Extrajo una cajita plana de una de las bolsas y se la tendió a Angela—. Siempre le echas medio azucarero a tus infusiones, así que supongo que esto te gustará.
Los ojos azules y almendrados de Mercy se iluminaron al reconocer el contenido: bombones de chocolate suizo.
—Eres mucho más observador de lo que yo pensaba —comentó deslizando los dedos por el lazo (inusitadamente grande, ahora que la doctora se fijaba) que mantenía los bombones cerrados. Él le atrapó la mano con un movimiento cuidadoso.
—La táctica militar lo requiere. —Guio suavemente a Mercy para que extendiese las palmas de las manos hacia arriba y colocó la caja desanudada encima. A continuación cogió la cinta y la extendió sugerentemente—. ¿Me permites?
—¿Hm? Los fogones están encendidos…
—Seré rápido.
—Espero que no… —susurró ella. La cinta se deslizó sobre su rostro.
—Lo dicho: pervertida —reiteró mientras anudaba la cinta y privaba a la doctora del sentido de la vista—. Y yo que iba a decirte que ahora necesito cierta sumisión por tu parte… Uhh… —soltó una risa nerviosa—. No… no te muerdas los labios así.
Angela exhaló antes de responder.
—Hmm… ¿así? —repitió el gesto.
—Como ya te he comentado alguna vez, no me gusta insistir.
La besó, estrechándola calurosamente entre sus brazos, y sólo abandonó sus labios para retirarle la camiseta. Las que vestía Angela solían ser de tirantes, o por lo menos sencillas y cómodas, y las usaba tanto bajo su bata de trabajo como para estar en casa.
Gabriel sintió cómo la respiración de la doctora se aceleraba. Lo encontró adorable e incitante a partes iguales.
Incapaz de ver nada, Mercy se centró en imaginar lo que Gabriel podía estar haciendo. La había dejado en ropa interior pero no había vuelto a tocarla. Estaba escuchando el crujido de una tela, ¿quizá llenaba la cama de pétalos…? Olfateó, convencida de que notaría el aroma de las rosas o quizá unas velas. Nada. Algo frío se deslizó por la piel de su espalda.
Sintió el cuerpo de Gabriel. Su aliento le produjo un escalofrío.
—Así… —Manipuló con delicadeza sus brazos.
—¿Me estás…? ¡Me estás vistiendo! —se sorprendió Angela.
Un montón de ideas pasaron por su cabeza. ¿Ropa fetichista…? ¿Algún tipo de juego erótico? ¿Una forma de protestar por su estilo de vestir informal con las camisetas de tirantes…?
—¿Qué te parece? —Gabriel le quitó la venda. Mercy bajó la vista para contemplar la ropa que le habían puesto… y, sorprendida, descubrió un fantasioso vestido blanco de corte victoriano.
—¿Qué se supone que…? ¡Oh! —Al mirar a su pareja, descubrió que llevaba un traje del mismo estilo pero carmesí—. ¿Son disfraces?
Gabriel no respondió. Le lanzó una significativa mirada a la caja de bombones. Ella captó la indirecta y la abrió: dentro, además del chocolate, había dos invitaciones para el baile de máscaras veneciano que se celebraba anualmente en Berna.
—¡Ohhhh! —Se dejó caer en los brazos de Gabriel con una efusión que rozaba la histeria—. ¿¡Cómo las has conseguido!? ¡No se ponen a la venta!
—Contactos… No estaba seguro de que las fuera a conseguir, por eso no te he dicho nada hasta ahora. —Saltaba a la vista que la alegría de su pareja se le contagiaba.
—¡Es increíble! Ach… —La suiza no paraba de besar su rostro. La barba incipiente del californiano le arañaba los labios—. Pero, ¿cómo has sabido que quería ir?
—Intuición.
Angela dejó de mimarle para alzar una ceja.
—¿Intuición?
—Sí.
—¿Sí?
—Vale… No he podido evitar fijarme cuando he estado aquí, en tu casa, en tu pasión por los disfraces. Tienes fotos, de tus cajones asoman cascos de vikinga y colas de demonio… Imaginé que te entusiasmaría.
—Vaya… Definitivamente eres observador —rio la doctora—. Sí. Has acertado por completo. ¿De qué es este traje?
—De ángel. —Siguió a la suiza con la mirada mientras esta se colocaba frente al espejo para ver mejor el disfraz que le habían dado—. No puedo evitar pensar en ti como una especie de ángel de la guarda. Tengo unas alas, un antifaz y algunas cosas más. Algo me dice que tú también debes de tener algunas por ahí, pero estas… Bueno.
Sacó los objetos mencionados de las bolsas que había llevado consigo al entrar (las mismas que Angela quería masticar) y fue evidente que el vestido blanco y sus complementos había sido confeccionado para conjuntar con las prendas que él llevaba. Tenían los mismos ribetes, los mismos botones dorados.
—¡Han debido de ser carísimos!
—Son telas buenas, pero nada del otro mundo.
—Espera, ¿están hechos a mano…? —Él asintió—. ¿¡Los has cosido tú!?
—Sí… —Estiró la palabra. No sabía cómo se tomaría aquella información su compañera. Ser aficionado a la costura podía parecer muy extraño en un militar.
—¿Cómo es posible que me quede tan bien si no me has tomado medidas nunca? —se maravilló la joven.
—En realidad te lo he querido probar ahora para ver si necesita algún arreglo más. Y, créeme, lo necesita. Para mañana estará listo… suponiendo que quieras llevarlo, claro. No estás obligada. Además… sé qué talla usas. He tenido tu ropa en las manos un montón de veces, y… Bueno. Lo cierto es que recuerdo bastante bien la forma de tu cuerpo.
—Gabe… —Angela parecía completamente derretida. Su amado demostraba lo bien que conocía sus gustos y… además había realizado a mano todo aquel trabajo—. Quítame el vestido.
—¿Quieres que lo ajuste ya?
—Nein.
—¿Y qué pasa con los fogones? —Gabriel intuyó la respuesta antes de haber terminado la pregunta.
No se equivocó: la cena terminó carbonizada.
