La mascarada veneciana se celebraba a puerta cerrada en el palacio federal de Suiza. Para conseguir las invitaciones había que tener alguna relación con la política local, y eso hacía que Mercy hubiese fantaseado con que su participación en Overwatch algún día le granjease una.

¿Quién iba a decir que Gabriel se la conseguiría?

Descendió junto a su compañero por la escalinata interior. No todo el edificio había sido habilitado para la celebración, muchas zonas estaban cortadas, pero lo que podía verse resultaba espectacular. La iluminación suave encajaba de maravilla con las gruesas telas de los disfraces, con los relucientes adornos metálicos y de madreperla y los delicados encajes de las máscaras.

Ich glaub' ich spinne… Hemos viajado en el tiempo —comentó Angela. Miró a Gabriel. Su expresión era inescrutable tras el antifaz dorado, pero al hablar se hizo evidente que sonreía. Él también se estaba divirtiendo.

—Eso parece —convino.

La doctora dejó de prestarle atención a la fiesta para volver a mirar a Gabriel. Él lo había hecho posible. Le había hecho un disfraz que encajaba a las mil maravillas con sus gustos, y se había tomado la molestia de confeccionarlo a escondidas para no crearle falsas expectativas por si no conseguía las entradas…

Sí que era una persona planificadora y cuidadosa. Examinaba la situación desde muchos puntos de vista… aunque Mercy no podía evitar desear que aquello no fuese consecuencia de la experiencia bélica de Gabriel.

Nunca podría dejar de detestar la guerra…

—Estás guapísímo —le dijo esforzándose por dejar aquellos pequeños y amargos recelos de lado para centrarse en lo maravilloso que resultaba el momento.

—Lo dices porque me tapa la máscara, ¿verdad? —bromeó él.

Ella chasqueó la lengua fingiendo que le iba a regañar antes de echarse a reír.

Entraron. Había música en directo, toda una orquesta ataviada en perfecta armonía con la temática victoriana de la fiesta.

La pareja bailó varias piezas antes de hacer una pausa.

—Bailan muy pocos, ¿te has fijado? —comentó Angela. Gabriel le acercó una copa de vino.

—Sí, me he fijado. Supongo que se debe a que son gente bastante mayor. Y lo digo yo —rio. Ella simpatizó con aquel chiste que ya se había convertido en una pequeña complicidad entre los dos—. El ministro que me ha conseguido las entradas tiene más de sesenta años. Me ha parecido verle hace un segundo… a ver si te lo puedo presentar.

—¿De qué le conoces?

—Overwatch, claro. ¡Ah, mira! Heinz —Gabriel llamó a un hombre que estaba muy cerca, y este se giró hacia él. El californiano se apartó ligeramente el antifaz y su piel morena contrastó maravillosamente con el tono carmesí del conjunto. El ministro le reconoció y se estrecharon las manos.

—Agente Reyes —le saludó.

—Le presento a mi acompañante, la doctora Ziegler.

—¡Ah! ¿Trabaja usted en el ministerio de sanidad, quizá?

Justo cuando iba a contestar, alguien tiró de ella y terminó sumergida en la multitud de personas que bailaban. Una máscara blanca apareció sobre el hombro de Angela. Alguien le hablaba desde su espalda

—¿Christine? —le preguntó una voz grave.

—Se equivoca de persona —le replicó con tanta amabilidad como pudo a la esbelta figura andrógina vestida de blanco.

—¿Christine Daaé?

—¿El personaje de Gastón Leroux? —se extrañó. El nombre se correspondía con el de la protagonista femenina de «El fantasma de la ópera».

—Tan avispada como siempre, doctora. —Aquella persona desconocida a la que inicialmente Mercy había tomado por un hombre, apartó levemente su máscara y dejó entrever la mirada torva y afilada de Moira O'Deorain—. Bailemos.

Si bien el primer impulso de Angela había sido revolverse y negarse, lo pensó mejor y aceptó sin oponer resistencia. Tenía que ser práctica: cuanto antes averiguase lo que aquella científica quería, antes podría zanjar el asunto. Además, si montaba una escena arruinaría el ambiente de la fiesta, y no soportaba esa idea.

«Preocuparía a Gabe», razonó.

Moira, adoptando el rol de un bailarín masculino, condujo enérgicamente a la doctora por el salón de baile. Giraron, se desplazaron por toda la pista sin soltarse. Las largas uñas pintadas de la irlandesa arañaban involuntariamente las manos de Angela.

—¿Intrigada?

—Importunada.

Moira hizo que Angela quedase inclinada hacia atrás con la espalda arqueada. Ponía tal ímpetu en la ejecución del baile que la doctora llegó a temer que se emocionara e intentase besarla.

—Importunada me siento yo. Me has dejado de lado. Todos lo habéis hecho, y sabéis que mis avances son completamente lícitos.

—¿Qué…? ¿¡Me culpas a mí de ese asunto!?

Moira volvió a erguir a Mercy.

—Tú no has sido la mano ejecutora de mi declive. —Al hablar, meció afectadamente las manos. Cerró la izquierda con fuerza en el aire, y la derecha la usó para impulsar a Angela y enrollarla sobre sí misma. La mantuvo enroscada contra sí, y luego la impulsó para que se desenvolviera del agarre. Ambas quedaron con los brazos extendidos y las manos aún enlazadas—. Pero convendrás conmigo en que podrías haberlo dulcificado.

—Mis prioridades están con los enfermos y los heridos, no con los egos.

La mirada de Moira se enturbió más. Detuvo el baile y dejó caer la mano de la suiza con más fuerza de la necesaria.

—¿Ego? Quizá. Pero uno completamente justificado. Lo comprenderás cuando te unas a mi proyecto.

—Así que ese es el motor de todas tus acciones… Supongo que ahora que lo has revelado tengo que preguntarte por qué todo lo que has hecho me conduce a colaborar contigo.

Cruzó los brazos.

—No te recordaba tan apática. La madurez te sienta bien. —Su sonrisa fue falsa, aguda como una cuchilla—. En algún momento de los últimos días te habrás preguntado qué le ocurre a tus hormonas.

Acompañó sus palabras estrechando a Angela desde la espalda (era lo suficientemente delgada como para no descolocarle las alas del disfraz) y recorrió su torso y sus caderas de un modo posesivo. Incómoda, la doctora intuyó algo relacionado con la correspondencia irlandesa dirigida a Jack Morrison y… su té importado desde Reino Unido.

—¿Me has estado drogando?

—Sí, para crear una inflamada necesidad lúbrica en ti que sólo mi ciencia y yo podríamos aliviar: pretendía reconstruir la estructura de tu ADN desde cero para demostrarte el avance de mis progresos… y complacerte.

La pieza de música cambió. Bajo su angelical antifaz blanco, la doctora Ziegler arrugó el ceño. Una furia glacial se había apoderado de ella. Ahora entendía cómo habían llegado a enardecer su imaginación aquellas ideas sobre Jack y Gabriel… todo aquel episodio no había sido propio de ella.

—¿Cómo?

—Así experimentarías por ti misma la veracidad del artículo que me ha hundido.

—¿Modificaciones?

—Claro —soltó una risa comedida. Después estrechó más a Angela para hablar en su oído—. Mis avances son sencillamente ciclópeos. Dispondrías de nuevos atributos con los que descargar la terrible tensión que te he inducido sin pasar por un quirófano. ¿Recuerdas cuando discutíamos sobre entrelazar el futuro de la medicina y la ciencia?

»Sin embargo, el agente Reyes se ha entrometido. Es lo que yo califico de error humano. Ahora debo probar una nueva metodología.

—Te sugiero una que no implique transformarme en hombre.

—Oh, no. No te habría convertido en eso. Serías un híbrido maravilloso: hombre de cintura para abajo, mujer hacia arriba. Y créeme… te habría encantado.

—Te creo —replicó sarcástica. Se soltó del abrazo de Moira y la encaró—. ¿Por qué has venido? ¿Por qué me cuentas todo esto?

—Tengo algunas ideas para el futuro de Overwatch.

—Hubo un tiempo en que te admiraba, habría dado mi brazo por tenerte en mi equipo. Ahora… me pareces demasiado peligrosa.

—Supervísame. Acepta, puedes ser mi mano derecha y mi sombra a un tiempo. Más, incluso.

Niemals. Me niego.

—Entonces tendré que recurrir a la nueva metodología de la que te hablaba. —Moira compuso una mueca de mofa y fingió que intentaba disimularla mientras su dedo índice señalaba hacia abajo. La doctora siguió aquella dirección con la mirada y descubrió que una protuberancia empujaba la tela de su vestido—. Tu té no sólo contenía estimulantes del apetito sexual, también incluía parte de un suero necesario para llevar a cabo el proyecto del que te he hablado antes. Y mis manos… a día de hoy soy capaz de usarlas para manipular, destruir y regenerar. Aunque… no con tanta potencia como desearía.

Angela fue palideciendo. La vista se le nubló.

«No ha despegado las manos de mí desde que comenzamos a bailar», comprendió.

—Si tú aceptas mi propuesta y me ayudas a unirme a Overwatch, yo revertiré tu cambio. Incluso realizaré cualquier otro que desees para probarte mi magnanimidad; masa muscular, pigmentación… La heterocromía es muy bella, ¿no te parece?

»Te concederé unos días para que reflexiones sobre mi oferta. Piénsalo bien, especialmente cuando tu novio te aborde en busca de intimidad.

La conmoción superó finalmente a Mercy y terminó por desmayarse.