[Nota: este capítulo es una continuación del cómic «Junkenstein» que puedes leer en la web oficial de Overwatch (o en este enlace: es-es/junkrat-junkenstein)]
Gabriel bebía ponche con una mueca difícil de determinar para Angela.
—¿Por qué no os ponéis juntos? —sugirió Ana. Llevaba un disfraz de pirata, y sacaba una foto tras otra de la pequeña fiesta de Halloween que habían organizado los agentes de Overwatch.
—Pues… —Angela temía haber molestado a Gabriel al decirle que diseñase él los trajes de la agencia. Desde que había comenzado aquella historia de Blackwatch, cada vez le resultaba más difícil comunicarse abiertamente con él.
—Con lo guapos que estáis con esos trajes naranjas a juego… —insistió Ana intencionadamente. La doctora se había dado cuenta el día de la videollamada con Jack de que la francotiradora sabía perfectamente que Gabriel y ella eran más que amigos—. Vamos. ¡Gabe!
El líder de Blackwatch se acercó… sonreía.
—¿Foto, Ana?
—¡Eso es!
La pareja posó para la cámara, y luego Ana se alejó. Angela se preguntó si la intención de la egipcia había sido juntarles…
—¿Te molesta que haya dicho lo de que diseñes tú los uniformes?
—Sí… ya tenía el tuyo, y quería darte una sorpresa. Ahora me la has chafado. —La suiza exhaló con alivio. Ese era su Gabriel. No había cambiado tanto… ¿verdad? Por mucho que ahora liderase una escisión subrepticia de Overwatch—. Los presentaré dentro de poco. ¿Lo estás pasando bien? Lamento haber llegado tarde.
—Sí, bien. No sé qué pensar de tu amigo Jesse…
—De eso quería hablarte. Más o menos… McCree está trasladando a nuestras instalaciones a un ninja del clan Shimada. La historia es muy larga, y, como te conozco, sé que lo único que te importa en estos momentos es saber que está al borde de la muerte. Y… pienso que sólo tú tienes la capacidad para salvarlo.
—¿¡Qué!? —chilló Angela.
—Tranquila. Calma. Aún no ha llegado, Winston está preparando el quirófano. Sé que no trabajas para mi división, pero como todavía no dispongo de un equipo médico en Bla ck watch, ¿tú podrías…?
—¡Debo! Al juramento hipocrático le dan igual las divisiones. Vamos, aquí ya no pintamos nada.
Mientras el californiano se disculpaba con el resto de agentes, Angela recogió sus cosas. Podría haberse dejado el bolso en la fiesta, pero sabía que el pase de acceso a los laboratorios estaba dentro… y no podía permitirse el lujo de discutir sobre su identidad con los cuantiosos vigilantes de seguridad de la base.
—Un momento, ¿Angie? —El comandante Morrison, disfrazado de acróbata estadounidense, colgó un teléfono y buscó a la doctora.
—Tengo prisa, Jack. Hay heridos.
—Moira ha sido liberada.
—¿Se ha… escapado?
—No. La han declarado inocente de todos los cargos. Tiene que haber…
—Oh… Jack, no. Por favor. Tengo que concentrarme en esto.
Mientras Gabriel conducía a su amada hacia el coche para acompañarla a socorrer a su nuevo agente, el pecho de la doctora se encogió a causa de la ansiedad que le había provocado la noticia sobre Moira. Sentía que el aire no lograba entrar en sus pulmones.
Genji fue estabilizado. Había pasado a tener más de máquina que de humano, pero lo importante era que vivía.
—¿Eres… un ángel…? —atinó a preguntar viendo a Angela envuelta en su bata de laboratorio y difuminada por la luz del techo.
—O la bruja del bosque… —suspiró esta, recordando el cuento que Reinhardt había contado durante la fiesta de Halloween—. Descansa.
Abandonó la estancia tras pasarle el relevo a Winston. Tiró los guantes quirúrgicos desechables a una papelera y se lavó las manos. A través del cristal vio a Gabriel. Le estaba haciendo señas y mostrándole un café.
—Me temo que te he arruinado la fiesta con todo este asunto.
—No… salvar vidas es mi deber. Me hace feliz haber ayudado a este chico. Estoy bien. —Cogió el café que el líder de Blackwatch le ofrecía y dio un trago. Llevaba azúcar en grandes cantidades, como a ella le gustaba.
—No, no lo estás.
—¿Llegaste tarde a la fiesta por él?
—Sí.
—¿Por qué no me llamaste inmediatamente para que viniese?
—Faltaban unas horas para que el señor Shimada llegase aquí. Pensé que merecías un descanso.
Angela suspiró. Aquello era tan tierno como para reconfortarla… el problema era que su auténtica preocupación estaba relacionada con Moira y con la noticia que Jack había medio esbozado. Miró su reloj.
Era tarde para llamarle.
—Todavía no me voy —señaló Gabriel al darse cuenta de que su amada consultaba la hora.
—Oh… Es verdad, hoy te marchas a Italia.
—Regresaré mañana por la mañana. No tendrás tiempo para echarme en falta, te lo prometo.
Angela no podía recordar de quién había sido la idea (¿de Ana, tal vez?), pero alguien había propuesto que la base de Overwatch habilitase unas salas de descanso similares a las de los hospitales para su equipo médico, y la junta lo había aprobado. Ella rara vez las utilizaba, pues administraba cuidadosamente sus horarios y sus obligaciones para pasar el máximo tiempo posible junto a Gabriel, pero la tarde de aquel uno de noviembre no tuvo más remedio que echarse descansar allí; las más de treinta horas en vela y la fatiga mental de haber reconstruido el cuerpo de Genji vencieron a las preocupaciones y a la cafeína.
Además, tendría que estar cerca por si surgían complicaciones postoperatorias.
Despertó de noche, antes de que sonase la alarma que se había preparado, y se encaminó a la sala donde descansaba el asiático. Revisó sus constantes en los monitores: eran estables. Se alegró. Emitió un suspiro, y…
—¿Has dormido algo, Angie? —preguntó el comandante Morrison—. Aún llevas tu disfraz de Halloween.
—No te había visto, Jack. Sí, he dormido unas horas, ¿qué haces aquí?
—Quería conocer a nuestro nuevo agente.
—Varón asiático. Veinticinco años. Estaba completamente destrozado… Reyes no ha especificado demasiado, pero creo que ha terminado así peleando con su propio hermano.
—Eso es lo que tenía entendido. —Ojeó las prótesis robóticas y los cables que aún eran visibles en el cuerpo del ninja—. Has hecho un gran trabajo, enhorabuena.
—Ya… gracias.
Angela suspiró otra vez. Estaba tan cansada que la mente se le quedaba bloqueada en el hecho de que Moira hubiese sido exculpada de sus crímenes, y sólo podía ver su libertad como una amenaza inminente que ella no podía neutralizar.
—Algo va mal, ¿verdad?
—Moira.
Cerró los ojos.
Escuchó el pitido rítmico de las máquinas conectadas a Genji, y se le ocurrió que tenía algo en común con él: de un día para otro, sus cuerpos se había convertido en algo foráneo. En el caso de Genji, por la cirugía que ella le había aplicado para salvarle la vida… En el suyo propio, por la intervención de la irlandesa.
Las lágrimas entibiaron sus párpados desde dentro.
Gabriel la había ayudado a aceptar su indeseado cambio físico, y, poco a poco, Angela se había dado cuenta de que no era tan traumático como le había parecido en un principio. Ella ahora era distinta de la gente «normal», pero no más que los componentes de minorías que crecían rodeados por unos cánones a los que les resultaba literalmente imposible ajustarse…
Notó la bondadosa mano nervuda del comandante Morrison palmeando su omóplato.
—¿Angie...? —El indianés la abrazó. Dejó que la doctora llorase hasta desahogarse.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó cuando se hubo librado de una pequeña parte de su angustia. Se separó del comandante con delicadeza. Quedó de lado para no darle la espalda, pero apartó el rostro para que él no la viese secarse la nariz y los ojos con un pañuelo.
—Tú no tienes la obligación de hacer nada… ¿O hay algo que yo desconozco? Nunca he llegado a comprender por qué te envió aquellos mensajes, o por qué se alojó en tu calle cuando se suponía que iba tras mi expediente y el de Gabe.
Angela supo que aquel era el momento perfecto para confesar la verdad: Moira quería unirse a Overwatch, y para lograrlo necesitaba su recomendación. Como ella no se la había concedido, había modificado su cuerpo para chantajearla (¿o, tal vez, como demostración de sus habilidades?) y, ante la falta de resultados, había asegurado que iría a por Gabriel… Pero Mercy no podía revelarle al nuevo comandante que el californiano y ella mantenían una ilícita relación amorosa; él ya había sido degradado de su puesto como líder, y después de todo lo que la había cuidado (oyó de nuevo la maquinaría médica), de lo mucho que la amaba…, ¿por qué señalar ante su superior que infringía las normas de la organización? Si quería proteger a Gabriel, a los agentes de Overwatch y, en general, al mundo… no tenía más opción que encargarse ella misma de Moira.
—Ya sabes que… la conozco. Fue una de mis profesoras. Os… os conoce… se ha interesado por vuestros expedientes… porque estabais cerca de mí —mintió volviendo el rostro hacia él, pero sin mirarle a los ojos—. No le importasteis nada hasta que no se publicaron mis avances médicos y quedé públicamente vinculada a vuestra organización.
—Nuestra —corrigió el indianés—. Entonces, sí que va detrás de ti… ¿por qué?
—Solíamos competir para ver quién llegaría más lejos… —improvisó la doctora.
—¿Estás segura de que no hay nada más?
—Sí. Completamente.
Jack se mostró contrariado ante aquella respuesta.
—La primera vez que hablamos de todo este asunto me dijiste que sabías que ella era un portento, pero que cuestionabas la legalidad de sus actos por lo que había hecho con mi expediente de soldado. Eso era lo único que te preocupaba.
—Sí…
—Si ha sido declarada inocente, tal vez no sea una amenaza.
—Tal vez.
—Confío en tu criterio, Angie. Y… por favor… ten presente que siempre podrás confiar en mí. Hace meses que no pareces la misma.
Mercy sintió que su mandíbula se tensaba. ¿De verdad debía ocultárselo…? ¿Estaba tomando la decisión acertada?
Giró su cuerpo hacia el comandante. Quedaron el uno frente al otro. Cerró los ojos… y el pitido de las máquinas llenó el silencio una vez más. El cambio en Genji. El cambio en ella. Genji preguntándole si era un ángel… Gabriel asumiendo que ella era un ángel: un ángel de la guarda velando por él y por todos. La pistola que había aprendido a manejar…
—No sabes cuánto valoro tu preocupación, Jack… pero estoy perfectamente. Soy la de siempre. Las cosas están bien.
