Al día siguiente Gabriel regresó de Italia. Se encontró a Angela dormida en el sofá. No tuvo tiempo para extrañarse por aquello ya que descubrió sus pertenencias en el recibidor… guardadas en una maleta. Frunció el ceño. Sus ojos interrogaron a la doctora. Ella, que se había despertado con el ruido de las llaves, intentó hablar.
Su boca se paralizó cuando un pensamiento acudió a su cabeza: «le quieres mucho más de lo que te conviene, ¿no es así?».
Ambos, temblorosos, se miraron a los ojos y, finalmente, ella logró pedirle que se fuera.
—Se ha acabado —comprendió él.
—Sí…
—¿Esto es culpa mía?, ¿es por algo que he hecho? —preguntó el californiano tratando de dominar su propia voz. Sonó inusitadamente grave y frío.
—En absoluto.
—¿Y no podemos hablarlo? —Sus palabras no terminaron de sonar como una pregunta.
—No.
—Dame una puta explicación —exigió con la mandíbula apretada.
—Ya n-no te quiero.
Pugnando por sostenerle la mirada, Angela vio cómo su mentira resquebrajaba al hombre que tenía delante.
«Es la única forma de que sobrevivas», se dijo. El labio le tembló. «Después de todo lo que me has cuidado, de todo lo que hemos vivido juntos… el bien que me has hecho… Yo… lo menos que puedo hacer por ti es mantenerte al margen de todo esto para que vivas tu vida sano y salvo».
Durante unos instantes, la suiza sintió que su ahora ex novio se debatía ante la posibilidad de tocarla con fines sentimentales, siendo el amor y el odio pasiones igual de probables.
—Nos veremos en el trabajo, doctora Ziegler.
Aquellas palabras fueron decisivas para que la doctora pidiese, por primera vez en su vida, que le concediesen aquel día libre debido a un terrible malestar.
De hecho, Angela tardó una semana en reincorporarse a su trabajo. El día en que por fin regresaría, llamó a Jack a su número personal.
—¿Hoy tampoco, Angie?
—No, no… Estoy en camino. Quería decirte… ¿puedo hablar contigo?
—Eso estamos haciendo —bromeó Jack.
—Me refería a hablar contigo en privado. Llego en diez minutos, ¿vendrías a mi consulta?
—Tendrá que ser rápido, tengo una misión.
—Me hago cargo. Creo que yo también tengo una, si mal no recuerdo…
—Ah, sí. Ibas a acompañar a McCree y a Reyes, ¿puede ser? —La doctora se estremeció.
—Ahora hablamos.
Angela colgó el teléfono sintiendo de nuevo aquel poderoso dolor sojuzgando sus entrañas. Llegó a su hora, y descubrió una maleta en medio de la consulta. Eran sus cosas… las cosas que se había ido dejando por comodidad en casa de Gabriel. La escondió rápidamente tras el escritorio…, y se arrepintió enseguida de haberse acercado tanto: la maleta olía como Gabriel. Olía como su casa, como su desodorante… y ahora quedaba justo debajo de su nariz. Tuvo la desagradable sensación de que su ex amante había rociado la maleta a propósito con su colonia.
«No, Gabriel no haría algo así…».
—¿Angie?
—¡Jack! —Mercy se incorporó y acudió rápidamente a la puerta del despacho. Estaba demasiado absorta en el tema de la maleta como para darse cuenta de que la expresión del indianés era de gran preocupación.
—Esto es… —Comenzó a decir. Ella no le dejó hablar.
—Escúchame: Moira…
—Está aquí.
—¿¡Qué!?
—Ha llegado hasta Gabriel. Como estos días no ha dispuesto de tu ayuda para atender a los heridos de Blackwatch, él ha solicitado la contratación de un nuevo agente.
—¿Moira…? —preguntó Angela, completamente helada. ¿Para eso había inmolado dolorosamente sus sentimientos…? ¿¡Para que Gabriel se arrojase a los brazos del peligro sin cuestionárselo!?
—Tú dijiste que si el ejército estadounidense la había exculpado entonces no tenías nada en su contra. El historial es impecable quitando aquel encontronazo con la prensa… y… él la ha solicitado a ella… específicamente, tiene potestad para estas cosas puesto que es el líder de su propia división.
—No, no… yo…
Llamaron a la puerta.
—¿Se puede?
Paralizados, Jack y Angela reconocieron la voz de Moira desde el exterior de la consulta.
—Buenos días, comandante Morrison. La capitana Amari ha preguntado por usted —informó con suma corrección—. Doctora Ziegler, ¿le parecería bien que yo me encargase a partir de ahora del seguimiento de su paciente Genji Shimada? Reyes lo quiere en su equipo, lo que delega su responsabilidad directamente sobre mí… siempre que usted lo apruebe.
Angela le suplicó con la mirada a Jack que no la dejase sola, pero el indianés no la conocía lo suficiente como para interpretar sus miradas con exactitud.
Él no era Gabriel.
Puesto que nadie respondía, la genetista emitió un carraspeo.
—Dejaré que atendáis vuestras obligaciones, doctoras. Gracias… O'Deorain. Buscaré a Ana… —Jack se marchó.
—No ha sido tan difícil, ¿verdad? —preguntó Moira. Su boca se había torcido en una sonrisa ladeada.
—Te voy a vigilar. No me separaré de ti un solo instante. A cada paso que des…
La irlandesa emitió un bostezo impostado. Ignoró a Angela, dejándola con la palabra en la boca, y tomó asiento en aquel escritorio que no le pertenecía. Cruzó las piernas a la altura de los tobillos.
—Has demostrado suficiente inteligencia como para obedecerme y, en consecuencia, cumpliré mi parte del trato y te devolveré a tu estado anterior. Túmbate en la camilla, no tardaré mucho.
Angela abrió la boca para responder, pero sólo movió los labios sin articular sonido alguno. Se había acabado: podía volver a la normalidad. Dejaría atrás aquel descorazonador capítulo de su vida.
