—Ana, se me está yendo de las manos.
La capitana Amari frunció el ceño mientras el comandante Morrison entraba en la armería. Ella estaba terminando de realizar el mantenimiento de su rifle kinamura y tenía las manos llenas de grasa.
—¿De qué hablas?
La egipcia se limpió las manos con un pañuelo y centró su atención en Jack. Era consciente de que no acudiría a buscarla sin una razón de peso.
—Gabe.
—Oh…
Desde que le degradaron de su puesto, Reyes había desarrollado una actitud problemática. Estaba resentido, pues ciertamente su dedicación a Overwatch había sido impecable, su historial no tenía una sola mácula… su acritud parecía justificada. Lo que nadie había podido prever era que su nuevo cargo como líder de Blackwatch le animaría a adoptar una filosofía absolutamente individualista. No respondía ante el comandante Morrison ni la capitana Amari (y parecía encantado de poder permitirse tal lujo), no les daba explicaciones sobre sus misiones o decisiones, ni de los movimientos de sus nuevos agentes… Y ahora se sumaba a su comportamiento una imperiosa agresividad. Lo que en un principio habían sido momentos incómodos entre Jack y él ahora eran discusiones abiertas, ataques…, ninguneos.
Del mismo modo que el californiano se había preguntado meses atrás cómo era posible que su profesionalidad se recompensase con una degradación laboral, ahora el indianés trataba de comprender que su buen trato estuviese siendo correspondido con un odio tan crudo. A un militar como Morrison le sobraba carácter para lidiar con semejante conducta, pero… también tenía demasiado corazón como para no sentirse increíblemente dolido por el súbito enfriamiento en su relación con aquel amigo de su juventud.
—Lacroix le ha salvado la vida, ¿sabes? Ha sido en Ciudad del Cabo. Cuando he llegado ha cambiado de tema y le ha dicho que él es el único líder respetable. ¡Te aseguro que lo ha hecho para que yo lo escuchase! Me ha irritado tanto que he perdido los estribos con él, hemos discutido delante de t…
—… de todo el laboratorio, lo sé —suspiró Ana. Se inclinó para recoger el rifle y se le derramó el cabello por la cara. Comenzaba a estar surcado por unas canas que le sumaban a su cuerpo curtido y a su mirada cargada de bagaje emocional la belleza de la madurez—. No eres el único con quien se pelea. Yo todavía no he conseguido la justificación que necesito para explicar la presencia de un criminal como McCree en nuestras filas.
—Ha cambiado radicalmente.
—Eso no es algo que sirva de cara a un informe para la ONU. —Cerró el estuche del kinamura y comenzó a recoger las varillas, los cepillos y demás productos de mantenimiento—. Dicen que ha hecho enfadar a Winston…
—Salió en mi defensa y terminó recibiendo también una retahíla de insultos. Ana, tengo… tengo miedo. Overwatch es lo más grande que ha creado jamás la humanidad y… creo que va a derrumbarse. Hemos soportado muchas cosas, pero siempre juntos. Esto es…
—Bueno, Jack… En primer lugar, la humanidad ha creado cosas mucho mejores que Overwatch. Y en segundo…
Ana se detuvo para mirar al estadounidense a los ojos.
—¿Vas a decirme que debemos ser fuertes?
—No. Lo cierto es que hace tiempo que estoy cansada… —Ana hizo una mueca de dolor. No quiso ahondar más en aquel pensamiento que normalmente subyacía ignorado en su cabeza—. Tengo una misión con Gérard. Esta noche hablaré con él y le preguntaré sobre el agente Reyes, Ciudad del Cabo y demás… pero creo que deberías asumir que es muy probable que jamás recuperes su amistad.
—Lo que quiero es entender el origen de su odio, Ana… no puede ser sólo por nuestro ascenso.
—Yo… —La egipcia decidió no decir nada. Intuía que algo había ido mal en la relación sentimental entre Angela y Gabriel, pero hacer pública aquella información sólo serviría para empeorar todavía más las cosas y avivar los posibles rencores de ambos—. Averiguaré lo que pueda. Tú… no entres en su juego.
—Ya… —Era evidente que aquello no consolaba en modo alguno a Jack—. Por cierto, ¿cómo está Sam?
La situación no mejoraba para Angela. Ana la había interrogado de forma directa sobre su ruptura con Gabriel. La suiza desconocía por qué, pero sospechaba que empezaban a haber consecuencias tangibles: el trato duro y frío que su amado le había dado a Genji durante el encontronazo en el ascensor había sido muy esclarecedor.
Era obvio que la amargura comenzaba a consumirle.
Los días pasaban y llegó un punto en que la doctora no se sintió capaz de seguir contemplando el vórtice autodestructivo en el que Gabriel había entrado. Ahora era imprudente, agresivo… por los laboratorios corría el rumor de que su prepotencia no le causaba la muerte porque el tamaño de su ego no había conseguido eclipsar sus habilidades como militar. Cuando mencionaban eso, los científicos de Overwatch insistían en recalcar un terrible «aún» que hacía que Angela sintiese un puñal helado clavándose en su pecho.
«Quería que vivieras feliz… que me olvidases para dejar de correr peligro… y míranos: no somos felices, no estamos a salvo. Debes saber la verdad. Si no sirve para que comencemos de nuevo, al menos te permitirá pasar página».
Lo buscó por toda la base. Sabía que no estaba fuera de Suiza en aquellos momentos, pero no conseguía localizarlo. Revisó las instalaciones de Blackwatch, preguntó a Jesse y a Genji… Finalmente, Kimiko le indicó que lo había visto con Moira. Temerosa, la doctora se encaminó al despacho de la genetista. La tensión se apoderó de ella cuando intentó asomarse para ver el interior de la estancia.
Las luces estaban apagadas; no había nadie.
Resopló. Súbitamente se le ocurrió que las cámaras de seguridad o cualquier compañero la podían sorprender en aquella extraña actitud, fisgando un despacho ajeno.
«¿Qué me pasa…? ¿Cuándo he comenzado a ser así? Vivo asustada, miento a quienes confían en mí… ¡Me metí una pistola en la boca dispuesta a…!». Tragó saliva. Sus rodillas temblaron y cedieron; tuvo que dejar que la pared sostuviera su peso. No se había replanteado en ningún momento su amenaza suicida… ¿Había ido en serio? ¿Era la desesperación lo que la había llevado a obrar de aquella forma…? ¿Lo había hecho por Gabriel?
«¿¡Qué me p…!?». Hubo un ruido. Se incorporó rápidamente y miró en todas las direcciones posibles: no vio nada. Frunció el ceño. Lo que había oído eran unos jadeos de hombre muy débiles, algo roncos… y los identificó como propios de Gabriel. Sin cuestionarse su capacidad para reconocer la forma de respirar del californiano, Mercy se adentró en el despacho. Encontró a su amado tumbado en una camilla cuando sus ojos se acostumbraron a la ausencia de luz. Gabriel no llevaba camiseta, y saltaba a la vista que le habían sedado para practicarle varias intervenciones en su musculoso brazo moreno. De hecho… quizá no todos los pinchazos eran de anestesia.
—¿Qué…? Oh… ¿Qué te ha hecho? —le preguntó Angela inclinándose a su lado y analizando con ojo clínico el estado de su brazo.
El californiano la observó de modo ausente hasta que la reconoció.
—Lárgate —le ordenó con un tono firme que enmascaraba malamente su estado debilitado.
—Esto es culpa mía… Tendría que haberte dicho lo que sucedía en vez de tratar de protegerte. Tú eres perfectamente capaz de luchar por ti mismo.
—Cállate —insistió él. Sonaba dolorido. Quizá la voz de Angela le activaba tanto como para reducir el efecto de la anestesia.
—La he jodido, Gabe.
—Sí.
Se hizo el silencio. La suiza intentó examinar el resto del brazo de su amado, pero él se apartó de malos modos.
—¡Quería que estuvieras a salvo! Yo sólo…
—Métete en tus putos asuntos y déjame en paz. —Angela se dio cuenta con horror de que por una vez Gabriel no dudaba cómo sentirse… tenía claro que quería herirla.
¿Merecía la pena intentar decir algo más?
«Gabe, se suponía que al alejarme de ti te estaba salvando. ¡Lo que te está haciendo Moira, sea lo que sea, lo ha planeado desde el principio! Quería experimentar contigo y con Jack… y yo le he puesto tu cabeza en bandeja sin pretenderlo. ¡Déjame protegerte! ¿Habrían cambiado las cosas si no hubiese renunciado a ti? ¿Habrías podido defenderte si yo te hubiese dicho cuanto sabía…?».
Sin embargo, confesar todo aquello implicaba herirle una vez más reconociendo que todo el daño al que le había expuesto había sido en vano… así que se fue.
Moira experimentaba con Gabriel Reyes, del programa de mejora de soldados, tal y como siempre había querido. Angela, en cambio, había perdido credibilidad, su amistad con Jack y Ana se había enfriado por sus actos y mentiras, había comprometido su puesto de trabajo y… ahora tenía el corazón irremediablemente roto.
Su derrota resultaba devastadora.
