Su primer intento por imponerse sobre Moira había sido un fracaso. Su lucha en solitario dejando a un lado a Jack Morrison y a Gabriel terminó en una auténtica hecatombe emocional. Y descubrir a su amado con el brazo lleno de extrañas inyecciones… Eso había sido más de lo que Angela podía soportar. Por esa razón había encaminado sus pasos hacia el ático de alquiler donde ya había visitado a Moira una vez.

En la última ocasión, Angela había estado llena de cobardía; armada con una pistola y dispuesta a morir, pero… ahora se sentía llena de valor.

—Hm, ¿esta vez no vienes disfrazada? —se mofó Moira al abrir la puerta.

—Mi ropa da igual. Supongo que para experimentar conmigo te da igual lo que lleve puesto, ¿no?

… y tendría el valor de asumir en su propio cuerpo los riesgos que deseaba evitarle a Gabriel.

—¿Experimentar contigo? —se rio la genetista. Se llevó sus largos y esbeltos dedos al mentón, amusgando los ojos en busca de algo que delatase las ideas de Mercy—. Sigues tan llena de ímpetu como siempre, ¿no es así, Angela?

—Úsame a mí para lo que quieres hacer con Gabriel.

—Sigues amándolo… Le has roto el corazón, has destrozado su vida y pisoteado sus sentimientos… por nada. Oh, ahora entiendo que…

—Úsame —la interrumpió.

La risa de la científica adquirió la forma de un bufido socarrón.

—Qué terminología tan erótica, doctora Ziegler. Pero no me interesa… Tú no me interesas, querida. Nunca lo hiciste. Habría sido interesante mantener un affair contigo, sí, pero mis lealtades e intereses están con el conocimiento.

Angela agarró las manos de Moira. Si bien ambas tenían la piel clara y una complexión esbelta, la suiza parecía dorada y voluptuosa en contraste. La envolvió con firmeza, transmitiendo esa valentía resuelta y desesperada que la había llevado hasta allí.

—Por favor… No puedes negar que un sujeto de experimentos te beneficiaría enormemente… ¡y ya me has alterado en dos ocasiones!

—Hm… La cuestión es que no puedo analizar en ti las consecuencias del programa de mejora de soldados porque jamás se te aplicaron. Necesitaba a Morrison o a Reyes, y ya he resuelto ese asunto.

—¡Aplícamelo! ¡Te ayudaré a asaltar al gobierno norteamericano!

—¡Doctora Ziegler! —exclamó Moira con fingida inocencia—. ¿Por quién me toma? Yo jamás haría algo así.

—Tiene que haber algo que pueda hacer… —La mirada de Mercy cayó en picado hasta el suelo, quizá oteando su infierno personal, y adquirió un matiz vidrioso. Su boca quedó entreabierta; estaba demasiado dolida como para retomar el control sobre los músculos de su mandíbula.

—No lo hay. No puedes hacer nada. Y tu estado es tan patético que hoy ni siquiera me apetece bromear con invitarte a mi dormitorio.

La puerta de Moira se cerró.

«¿Cómo es posible…?».