Ocho años después, la doctora Angela Ziegler decidió ignorar las abundantes llamadas de Winston y de Tracer. Había rehecho su vida… por fin tenía la carrera médica que siempre había deseado y sentía que estaba salvando más vidas que nunca al instruir a médicos y científicos de todas las edades y compartir con ellos sus descubrimientos, ¿había realmente alguna necesidad de regresar a los amargos, los biliosos tiempos de Overwatch? ¡Por fin se sentía satisfecha!

No obstante… sus ex compañeros insistieron en contactar con ella y, ante sus negativas, le facilitaron formas de contacto por si cambiaba de opinión. Angela lo entendía: las noticias sobre la actividad delictiva de Talon eran más preocupantes que nunca. Winston había sido atacado, le habían robado los archivos referentes a los agentes de Overwatch (¿eso la incluía a ella?), habían perpetrado robos… Y también estaba el preocupante asunto del ataque en el corazón del gobierno surcoreano y sus MEKA.

Por mucho que sus datos personales hubiesen sido robados, Angela no quería saber nada de la creciente actividad de los ex agentes de Overwatch. Ella era una figura pública, ¿qué más daba? Además…, le daba miedo que sus compañeros la viesen en persona ahora que tenía treinta y siete años y seguía aparentando los veintiocho que tenía el día en que…

—No —se dijo en voz alta. Cortó el curso de sus pensamientos—. Mañana es el simposio de nanobiología. El más importante hasta la fecha… recordar a Jack, a Moira, a Ana a… —Contuvo un sollozo—. Recordarles ahora no me servirá de nada, sólo de… entristecerme.

Sufrió un escalofrío. Decidió apagar el aire acondicionado de la habitación del hotel en el que estaba a pesar del calor veraniego. Se puso un camisón y se preparó para intentar dormir.


Las cosas no habían ido mal del todo por Gibraltar. Había robado casi todos los datos que necesitaba. Quizá en Rusia y en Corea sí que se habían echado a perder sus planes, pero la culpa fue exclusivamente de Sombra… y pronto daría la orden de que le trajesen su cabeza.

Reaper repasaba cuidadosamente sus planes mientras avanzaba por las calles de Hamburgo. Antes de darle caza a la traidora de Talon debía ocuparse de un ex agente: la doctora Ziegler.

Moira había insistido en que debía ser él quien se responsabilizase de la suiza.

Pasó frente a una valla publicitaria que anunciaba el simposio de nanobiología que impartiría Angela a la mañana siguiente. Sonrió bajo su máscara consciente de que tal evento jamás tendría lugar.

Llegó al hotel, un atractivo edificio estilo jugendstil. Usó su forma espectral para ascender fácilmente y entrar por la ventana de la habitación donde se alojaba su víctima. Se deslizó a ras de suelo hasta los pies de una cama y se materializó sigilosamente; quedó acuclillado sobre el pie de cama. Apuntó con sus escopetas infernales a la mujer… a… la que… había… amado.

Tragó saliva. Ella se apartó las sábanas en sueños (hacía calor en la habitación)… su camisón se hizo visible. Una pieza de finísimo nailon naranja.

… como el disfraz que habían compartido en Halloween.

«La mascarada veneciana en el palacio federal de Suiza», pensó Reaper involuntariamente. Sus recuerdos bulleron. Las manos le temblaron un instante antes de que se volviera a enderezar. Se acercó unos milímetros a su víctima. Oír aquella respiración que había permanecido tantas noches a su lado le hizo sentir un impulso magnético… tenía que poner directamente su escopeta sobre la cara de Angela… para mitigar aquella sensación. Sus piernas envueltas en tela áspera y dura rozaron las de la doctora cuando se deslizó sobre ella. El metal de sus botas también la tocó. Recordó súbitamente el olor a orquídea de los cosméticos que ella usaba, aunque no lo percibía a través de la máscara. Se quitó un guante: tocó aquella piel ahora que aún estaba viva; era caliente y suave… endemoniadamente suave… pérfida, engañosa y traicioneramente suave.

El roce con aquella mano callosa y grisácea hizo que la durmiente se girase. La falda del camisón se le pegó a las caderas y quedó levantada: reveló un bulto que Reaper llevaba años creyendo que había desaparecido. Queó conmocionado: él había llevado a Moira a Overwatch con la única condición de que devolviese a Angela a su estado original. Una especie de regalo de despedida. Entonces, ¿por qué seguía eso así…?

—¡Ah! —La doctora se despertó y emitió un jadeo de pavor al ver a aquella pretenciosa imitación de la parca acechándola… pero reaccionó como cabía esperar: le propinó una patada, retrocedió y buscó su pistola bajo la almohada.

Nunca, ni una sola vez en los últimos ocho años, había perdido de vista su arma. En cuestión de segundos tuvo el cañón contra la frente de la máscara de su asaltante.

—¡Doctora! —exclamó Reaper en tono burlón—. No deberías agarrar una pistola con una sola mano jamás. Podrías romperte un hueso o incluso herirte con el cañón en…

—… en la cara —completó Angela, conmocionada. No sólo reconocía la voz que se escondía bajo una distorsión gutural propia de una película de terror, sino que la recordaba pronunciando unas palabras similares. Vio la mano expuesta y grisácea; el color mortecino de la piel que estaba a la vista en aquellos brazos—. ¡Gabriel!, ¿qué te ha pasado?

—Dímelo tú, doctora.

Reaper apartó de un manotazo la pistola y a la propia Mercy, que trastabilló y tuvo que agarrarse para no caer de costado sobre la cama.

—Fue Moira, ¿verdad? Esto te lo ha hecho Moira. —La doctora sacudió la cabeza. Temblaba de miedo mientras intentaba recuperar su arma. Reaper la agarró por las muñecas con una sola mano y la obligó a incorporarse. Sus pieles volvían a tocarse por primera vez en casi diez años. Una escopeta infernal se posó contra la mejilla de la suiza.

—Despídete, Angela.

—No te hacía tan nostálgico, Gabriel. ¿Es que quieres rememorar el día en que te dije adiós?

Una risa escueta y macabra fue toda la respuesta.

—Dime, ¿cómo es que sigues teniendo polla?

La doctora se sonrojó. Quería seguir plantando cara, pero…

«¿Cómo iba a dejar que Moira me la quitase? Habría olvidado todo lo que vivimos juntos, las cosas maravillosas que hiciste por mí: tu tolerancia, tu amor… y temía que si la ruptura comenzaba a doler demasiado no pudiese recordar por qué merecías mi devoción».

Llorosa, Mercy se revolvió y soltó una de sus manos. Apartó la capucha y la máscara de Reaper y besó sus labios.

Él permaneció indiferente. Estático. En su mandíbula, oculto tras la tela arrugada de la capucha, temblaba un músculo.

—Nunca quise esto, Gabriel… Eras el objetivo de Moira, pero yo no lo sabía. Creía que era yo, que tú sufrías las consecuencias porque eras la persona más cercana que tenía. Te alejé de mí para ponerte a salvo… y evidentemente no funcionó. Nunca tuve el valor de explicarte nada, creí que sufrirías en vano y… —musitó Angela sosteniendo el escalofriante rostro del que una vez fue su amado—. Mis decisiones te han convertido en esto.

—Los ángeles de la guarda no crean ángeles de la muerte, doctora.

—¡No somos tales cosas! —La suiza rodeó a Reaper con sus brazos. Un viejo y familiar alivio hormigueó y reptó por las mentes de ambos. Las armas resbalaron hasta el suelo, los muelles de la cama crujieron a medida que las piernas de ambos cedían temblorosas ante aquel agridulce reencuentro… ¿Cómo podían sentirse tan afectados después de tantos años de separación? ¿Nunca habían superado su ruptura…? ¿O tal vez habían tenido pendiente concederse una despedida en condiciones durante la última década?

—¿Querrías…? —ofreció la doctora. El californiano comprendió sus intenciones y negó con la cabeza.

—No. Deja que te abrace y que… recuerde.

No añadieron ninguna palabra más. Sobraban. Continuaron sujetándose el uno al otro férreamente, reviviendo los mejores días de su vida; cuando todo parecía completo y perfecto, cuando sus máximas aspiraciones eran compartir sus vidas como cualquier otra pareja de amantes. Qué fácil había parecido ser feliz.


Reaper despertó con el amanecer filtrándose por la ventana que Angela había dejado abierta la noche anterior. El sol estimuló su mal humor.

«He cometido un error», se dijo. No supo el calibre de aquel paso en falso hasta que no trató de incorporarse y se descubrió atado de pies y manos.

Mercy lo había inmovilizado.

—¡Angela! —bramó.

—¿De camino a Londres…? Oh, qué casualidad, yo también… podemos vernos cuando estemos allí. —Gabriel lamentó darse cuenta de que todavía podía reconocer la forma en que la doctora mentía.

Ella volvió a la habitación.

—Buenos días.

—Debí matarte anoche.

—Pero no lo hiciste… demostrándome que aún puedes salvarte. Gabriel…, voy a revertir todo lo que te ha pasado.

—Soy un fantasma.

—Te resucitaré.

—Estás loca.

—No. Voy a enmendar mis errores. Gabe… nos vamos a Londres.