Izana lee en los aposentos que comparte con su esposa. Está sentado en una de las butacas junto al ventanal y la postrera luz del día entra por su derecha. Él sostiene un pequeño libro, con el codo apoyado en el muslo, las piernas cruzadas con despreocupación, y el otro brazo apoyado indolente en el respaldar. Sus ojos no se apartan de su lectura cuando Haki entra en la estancia, pero las aletas de su nariz se dilatan en cuanto percibe el olor que trae consigo.

—Mi señor… —saluda Haki. Él mueve con aparente desgana la mano que no sostiene el libro, acusando su presencia, pero las letras dejan de tener interés. Luego la escucha moverse por la estancia, del vestidor a la cama, de la cama al tocador, y de pronto parece que la habitación se empequeñece, que las paredes se ciernen sobre él, y que solo siente a Haki, su olor, su voz, sus pasos… Toda Haki… Y antes de darse cuenta está en pie detrás de ella.

Ella da un brinquito de sorpresa al ver su reflejo en el espejo y se lleva la mano a la boca para sofocar una exclamación que nunca llegó a decir. Los ojos de Izana la miran, la observan igual que tantas otras veces antes, y una mano se alza para acariciar los rubios cabellos de su esposa… Y Haki siente, sabe, que es esta una primera vez. La primera vez que la mira así, la primera vez que ve en sus ojos esa tormenta oscura que la atrae y la aterra a partes iguales, y también la primera vez que ella da un paso al frente, se pone de puntillas y se lanza a por su boca.

Izana tan solo cierra los ojos y la saborea. Y allí está, la seda entre sus dedos, la canela en su piel y el chocolate en su boca.

Izana besa y se deja besar, rindiéndole a Haki la voluntad y sus manos. Las lenguas se enredan, las manos yerran con ansias y los pasos torpes los llevan hasta el lecho. Haki se deja caer sobre las regias telas de brocado e Izana cae sobre ella apenas sosteniéndose sobre un brazo para no aplastarla, sin querer dejar su boca, sin querer saciarse del chocolate desleído sobre su lengua.

Se desnudan, con esa mezcla extraña de premura y paciencia, propia de quienes ya se conocen pero que quieren conocerse más

Y se tocan, se acarician, se miran a los ojos como si se vieran por primera vez, como si fuera esta la noche de bodas que debieron haber tenido. Se exploran, se aprenden, cada curva, cada rincón secreto... Se enredan, se sueltan, se buscan... E Izana entierra la nariz y la lengua para saborearlo, para recordarlo, mientras el cabello de Haki cae como un velo sobre sus muslos y ella mece sus caderas sobre su boca con el cadencioso ritmo en que su lengua lo recorre, lo rodea, lo lame y lo devora.

Y cuando Izana se siente a punto de explotar dentro de su boca, Haki se detiene y lo deja libre. Sus muslos empiezan a temblar, anticipando el éxtasis, y él, la sostiene por las nalgas sobre su cara, y su lengua redobla los círculos húmedos, hambrientos y feroces, hasta que Haki se pone rígida y un universo de estrellas estalla dentro de sus ojos cerrados.

Con cuidado, con delicadeza, Izana acomoda a su esposa, que yace desmadejada sobre la cama, las mejillas encendidas, el pelo enredado y la respiración agitada. La observa, una vez más, y con su sabor aún persistente en su boca, seca con los dedos una gota de sudor entre sus pechos. Haki abre los ojos, nublados, turbios, y una sonrisa cansada se esboza en sus labios. Se alza sobre sus codos y susurra su nombre sobre su cuello, Izana, rozándolo con la punta de la nariz, y a él un estremecimiento le recorre la espalda hasta llegar a las partes bajas. Le inflama, le enciende. Vuelve a ponerlo duro. Izana, repite ella, respirando sobre su piel y él, pobre diablo, no puede más que enterrarse en el abismo que ella le ofrece. Haki, susurra él, cuando las piernas de ella lo encierran en su prisión de carne, apretándolo más contra ella, hundiéndolo más dentro de ella. Haki... Y danzan una vez más, esa danza antigua, nueva, inmutable y siempre cambiante, de abismos que se salvan en cada envite, en cada movimiento de caderas. De cuerpos que hablan, de corazones que aún callan…

Pero a partir de hoy, serán las suyas noches de silencios olvidados, de suspiros liberados y caricias que son palabras, y de nombres por fin pronunciados.