Nota: si bien retoma un hecho al que se hace mención en The Magician's Land, el tercer libro en la trilogía escrita por Lev Grossman, el relato en su mayoría se basa en la adaptación televisiva de SYFY. La acción se desenvuelve entre los episodios 2x07 y 2x08 e incluye un par de elementos pertenecientes a la tercera temporada.

*Los personajes y el mundo le pertenecen a Lev Grossman y a SYFY Channel.


I.

Sabía que era una expresión común que la gente acostumbraba decir cuando tenía un encuentro cara a cara con la muerte, pero ahora todo su sentido le caía como un balde de agua fría: sucedió tan rápido.

Si bien entonces su decisión de aceptar casarse y no poder marcharse de Fillory como parte del combo «Rey Supremo» había sido acogida como una especie de sacrificio de su parte, a sus ojos era distinto. En ese momento se había sentido más necesitado de Fillory que de cualquier otra cosa, y por supuesto que quería acabar con la Bestia tanto como los demás, pero a fin de cuentas se estaba salvando a sí mismo. O lo que fuera aún más importante, de sí mismo. Acudió en busca de una bala perdida y en su lugar encontró la funda vacía del arma.

Lo cierto es que nunca se había pensado como uno de los que se sacrifican, la idea se le antojaba como algo quizá demasiado presuntuoso, ¿quién te crees que eres? nadie te lo está pidiendo, reverendo idiota; como si realmente no se tratara de lo salvado sino del salvador. Qué valiente soy. Mírenme.

O tal vez sólo es que era egoísta.

Fuese como fuese, nunca imaginó que algún día lo haría, y menos por algo así. No, algo no. Alguien. Por el amor de Ember, ¿en qué momento había pasado de ser un Grantaire a marcarse un completo Éponine?

Sí, estaba al tanto de que ese no era realmente su cuerpo, el suyo descansaba (¿seguro?) en Fillory, pero nunca se preguntó qué pasaría si se encontraba piloteando el golem mientras éste era destruido. Nada bueno, al parecer. Y de habérselo cuestionado, simplemente habría supuesto que en el instante en que eso sucediera su mente regresaría sin más a donde pertenecía, que sería como cambiar de calzado una vez que el par en uso terminara por estropearse. O algo así.

¿Habría actuado diferente de haber sabido que así no era como funcionaba? No tenía caso preguntárselo, era algo para lo que nunca obtendría respuesta dado que tiempo para razonar y plantearse preguntas fue justamente con lo que menos contó durante el lapso entre el segundo en que vislumbró el ataque dirigido hacia Quentin y su veloz reacción. Simplemente lo hizo. Y aunque no pensara en ello, era un hecho que lo haría de nuevo.

«Felicidades, Eliot. Eres un puñetero héroe. Hurray!».

Un héroe que ahora estaba... ¿muerto? Había escuchado hablar del inframundo y esto no se le parecía en nada. Y pensar que existía otro lugar exclusivamente reservado para él resultaba excesivo, incluso para Eliot Waugh. Y ni hablar del cielo, paraíso o lo que fuera... si es que era. Las opciones se agotaban y a él comenzaba a dolerle la cabeza.

Al abrir los ojos, antes de que las imágenes de lo que acababa de suceder acudieran galopando a su mente, pensó que se encontraba en Fillory, en algún lugar dentro de los bosques de Queenswood cerca del castillo, pero desechó la idea tan pronto como notó la falta de opio en el aire. ¿Tierra, entonces? No, la Tierra no tenía cielos que cambiaban de color tan rápido como si alguien estuviese presionando un botón. Al menos no sin antes meterte una buena dosis de los famosos y celestiales pastelillos de Josh. Gris. Turquesa. Rosado. Blanquecino. Morado. Rojizo. Llegaba un punto en el que distintas tonalidades se combinaban ofreciendo una imagen de la que era difícil apartar la vista.

Finalmente se puso de pie y comenzó a avanzar de manera cautelosa, excepto que, pronto se dio cuenta, no avanzaba. Daba un paso y era como si el paisaje rehuyera de él. Deseó que una petaca llena de whisky apareciera mágicamente en su bolsillo. «¿En qué mierda trágica me metí ahora?»

—Tu vida. Bienvenido.

La repentina voz lo tomó por sorpresa haciéndole maldecir por lo alto. Venía de una... cosa que había aparecido sin más a sus espaldas. Era una mezcla de forma humana, ¿pavo real? y Ben Kingsley. Parecía algo sacado de un libro infantil que tarde o temprano terminaría provocando pesadillas a los niños, o al menos esa fue la primera impresión que le causó, no sin después reconocer que desbordaba cierta elegancia y majestuosidad, cualidades que, él mismo habiendo sido bendecido con tan generosas cantidades de ellas, le resultaba sencillo detectar y admirar en otros. Incluso en una criatura tan peculiar como aquella.

—Saludos, Rey Supremo Eliot —dijo lo que parecía ser un él (aunque joder, tal vez lo correcto en estos casos sería preguntar antes de asumir nada) al momento que esbozaba una discreta reverencia—. Permíteme presentarme, soy The Great Cock de los Bosques Oscuros.

El nombre lo desconcertó por un instante y acto seguido no pudo evitar que una sonrisa burlona escapara de sus labios.

«Si, claro, por supuesto, porque... ¿por qué no?», soltó en un susurro que apenas llegó a los oídos de la criatura, si es que contaba con esos. No tenía idea de cómo podría ser su anatomía, y no negaba que en otras circunstancias le habría encantado descubrirlo, pero no ahora. Ahora tenía cosas más importantes en las que enfocarse. Su vida, por ejemplo.

—¿Disculpa? —su voz era gruesa y profunda.

En un intento por recuperar la compostura, Eliot apartó la mirada por un segundo antes de responder.

—Nada. Hola —dijo al fin con mano en la cadera. Unas cejas ligeramente alzadas acompañaron las dos palabras que salieron de su boca como una sola. Eminencia restaurada. Hora de ir al grano—. ¿Dónde estoy? Sé que no es Fillory, pero ya que me llamaste Rey supongo que tú eres de Fillory. Dime, ¿estoy muerto?

—Esa es tu decisión, tuya y de nadie más —recibió como muy esclarecedora respuesta.

—Genial, fascinante de verdad, pero ¿estamos hablando de manera literal aquí o es esto acaso alguna clase de charla espiritual slash metafórica con simbolismos raros y confusos?

La Gran Polla (aunque sabía que lo de Cock probablemente se refería a su media parte de ave, pollo, pavo, gallo o lo que fuera, naturalmente polla fue el sentido que Eliot prefirió darle) parecía estar disfrutando de su encuentro con el Hijo de la Tierra. Le gustaba más salir en busca de ellos que ser el encontrado y tener que escuchar sus —la mayoría de las veces— absurdas peticiones.

—Te lo voy a poner así. Estamos a medio camino entre el cuerpo de arcilla que dejaste atrás y tu cuerpo real. Esto —dijo señalando a su alrededor —de alguna forma está en tu cabeza, pero no se trata de una alucinación o un sueño. Estás presente, literalmente, dentro de tu mente. Tómalo como una especie de limbo.

—De acuerdo. Más inceptio-mierda entonces —declaró Eliot empleando su característico tono de voz que expresaba gran altivez combinada con un completo desinterés—. ¿Y bien? ¿cómo llego a mi cuerpo en Fillory?

Tan pronto como terminó de pronunciar la pregunta dos puertas del mismo tamaño aparecieron al frente, una a cada costado de La Gran Polla. En la de la derecha, carmín con detalles dorados, se leía una sola palabra: "Fin". La de la izquierda era negra en su totalidad y en letras plateadas más pequeñas ponía "La Otra Ruta".

Okay, estoy asumiendo que Fin es un eufemismo para Bien Muerto, pero ¿la otra ruta? ¿será la del tequila, el café, la seda o…? —De acuerdo, eso no había salido tan ingenioso como esperaba—. ¿La ruta hacia dónde, exactamente?

—Eso, Eliot, te toca descubrirlo a ti, si es que decides atravesar esa puerta.

Sabía que esa era toda la información que recibiría, y como era de esperar no resultaba de gran ayuda. Esas criaturas mágicas, siempre queriendo hacerse las crípticas y misteriosas.

Ambos guardaron silencio.

Morir. Por primera vez desde que recuperase la conciencia se permitió sentir el peso de la palabra. Nada le indicaba que la otra puerta no llevara a exactamente el mismo destino, pero elegir el fin, la muerte así sin más, ¿sin retorno y por la vía directa? No podía negar que una parte de él encontraba aquello terriblemente tentador.

Dejó salir un apenas perceptible suspiro ahogado. Creía que esa parte había quedado enterrada al convertirse en Rey Supremo de Fillory. Eso lo había salvado. ¿O tan solo había llenado el vacío de manera más convincente que el alcohol? Mierda. La pesadez de la duda regresaba y se extendía como líquido derramado sobre la fina alfombra. El vino abandonaba la copa para aferrarse a la tela de la camisa. Desafiante y envolvente, la mancha permanecía.

¿Acaso no era eso lo que esperaba al planear su primera excursión a tierras fillorianas? Terminar con todo, ser terminado por la Bestia y largarse de la tierra de los vivos de una buena vez. No llenar el vacío de nuevo, no cubrirlo con otro parche que tarde o temprano saldría volando: arrancarlo violentamente y desde la raíz.

Dio un par de pasos hacia la puerta carmín y se detuvo frente a ella. Ahí estaba el freno de nuevo. Varios segundos transcurrieron antes de que dirigiera su vista a la izquierda.

—Maldita sea —bufó mientras volteaba los ojos bruscamente. Había tomado su decisión.

—Buena suerte, Eliot. Algo me dice que pronto nos volveremos a ver —se despidió la criatura con una segunda reverencia, gesto que pese a todo Eliot encontró sumamente placentero. Si de algo estaba seguro era de que no era cosa de todos los días recibir ese nivel de respeto por parte de un ser mágico tan imponente (y por qué no, atractivo) como lo era La Gran Polla—. Aunque cuando suceda quizá tengamos que hacer las presentaciones de nuevo.

Y diciendo aquello desapareció. Eliot entonces posó su mano sobre la manija negra haciéndola girar, una luz cegadora le dio la bienvenida y sin más titubeos atravesó el umbral.