II.

No sabía con qué se encontraría a continuación, pero no pudo evitar sentirse decepcionado al notar que lo que lo recibía al otro lado era una sala de lo que parecía ser un para nada especial edificio antiguo. No había nadie más ahí y no se escuchaba un solo sonido. Lo primero que observó fueron las enormes escaleras centrales de madera. El estilo semi rústico del lugar le recordó un poco a la cabaña de los chicos Físicos, sólo que más seria, sin todo el swag y con decoración carente de buen gusto.

Nada más cruzarla lo sospechó, pero de igual manera se giró para comprobarlo: la puerta negra había desaparecido. Caminó hacia lo que debía ser la entrada principal de aquel sitio, ubicada a unos pasos del término de la gran escalera. Afuera aún era de día, con un sol oculto tras nubes grisáceas. El violento movimiento de las palmeras que se alzaban a ambos lados del camino terminaba de darle un aspecto algo siniestro al paisaje. Sintió cómo el viento despeinaba su cabello dejando escapar un par de rizos para luego colocarlos gentilmente sobre su frente.

Avanzó hacia unos escalones de concreto y pronto divisó una figura a medio camino. Una niña. Justo cuando comenzaba a creer que no había otra alma en quién sabe cuántos metros a la redonda.

Comenzó a andar hacia ella, pero antes de que pudiera llegar la pequeña volteó hacia arriba percatándose de su presencia. Parecía enfadada.

—Hola —pronunció él en el tono más amigable que pudo—. Soy Eliot.

Ella se limitó a dedicarle una mirada hastiada. Mensaje recibido: le importaba un comino.

—Amm… —comenzó a intentarlo de nuevo mientras tomaba asiento a su lado, pero se vio interrumpido por la repentina aparición de una mujer en lo alto de la escalinata. Eliot pensó que debía ser invisible para ella puesto que no pareció alarmarse al ver a la niña junto a un completo desconocido. Pero en cambio la pequeña sí que lo veía. Extraño.

Y entonces lo escuchó salir de los labios de la mujer. Un nombre. No sólo un nombre, su nombre.

—¡Margo! —la llamó ella—¿todavía nada?

Margo, Margo, Margo, Margo. Por supuesto que era Margo. Santo cielo, ¿cómo no lo había pensado? El internado. Y ahí estaban sus ojos despiertos y esa expresión confiada y airada que tan bien conocía. Aunque, pronto se percató, en ese momento más que ira lo que escapaba de ella era una profunda decepción.

La niña —Margo movió la cabeza de un lado a otro a modo de respuesta. La mujer hizo un breve gesto nervioso con las manos y volvió al interior.

Eliot permaneció en silencio durante unos segundos más mientras terminaba de asimilarlo. Recordaba muy bien el relato. Junio. Fin del año escolar. El año en el que la familia Hanson había sufrido la pérdida de su hijo menor. La pequeña Margo de ocho años esperando por su padre, la última en esperar. Con cada minuto que pasaba germinando más y más el pensamiento de que, o bien se olvidaron de ella, o bien había sido abandonada a su propia suerte. Preguntándose si aquel enorme edificio de mármol se convertiría en su hogar permanente o si la terminarían echando de ahí también.

«Me estaba dando cuenta por primera vez de que era una parte muy pequeña del mundo de mis padres. Ellos lo eran todo para mí, pero yo no lo era todo para ellos», habían sido sus palabras exactas.

También recordó cómo se sintió él durante Las Pruebas en su primer año en Brakebills al escucharla trayendo a la luz esa faceta vulnerable que hasta aquel momento había permanecido cuidadosamente sellada y oculta. Los dos lo habían hecho. Y cómo deseó entonces retroceder en el tiempo y llegar a esa mini Margo, cogerla en brazos y llevarla a casa. Y ahora estaba ahí, a su lado. Pensó que sacarla del lugar no era viable, además de que si lo hiciera sería un poco demasiado creepy de su parte, pero no podía quedarse de brazos cruzados. Tanto si era real como si no, sentía que tenía que hacer algo. Pronto se le ocurrió una idea.

—Oye, ah, Margo —aquello le resultaba tan raro— tienen una biblioteca aquí, ¿cierto? —ella asintió sin despegar los ojos del frente— ¿Me la podrías mostrar?

Margo cruzó mirada con él antes de ponerse de pie y encoger sus menudos hombros. Eliot lo había entendido. «Como sea, no es como si tuviera algo mejor que hacer». También se puso de pie y la siguió. Se sentía un condenado gigante a su lado.


Después de diez minutos de rebuscar entre un mar de libreros pulcros y marrones lo encontró. La idea de que no formara parte de una colección de libros infantiles nunca cruzó por su mente, eso sería como pensar en la habitación de Q sin los cinco volúmenes: impensable.

Le había pedido a Margo que esperara mientras él se apresuraba hacia los estantes y al volver la encontró sentada en una de las mesitas redondas que ocupaban el centro de la sala. Con el libro en mano fue hacia ella.

—¿Has leído estos? —preguntó mientras se inclinaba para quedar a su altura y colocaba el ejemplar sobre la mesa. Ella lo tomó con ambas manos y observó la portada verde oliva. Fillory y más allá. Libro 1: El mundo entre los muros por Christopher Plover. Negó con la cabeza—. Tratan de unos niños que viajan a una tierra mágica llamada Fillory y viven grandes aventuras y hay criaturas mágicas y todo eso «en la versión original algunas hasta intentan matarte yay». Son muy buenos, creo que podrían gustarte.

—¿Y viajan solos? —Parecía que había mordido el anzuelo— ¿Van a ese lugar sin un adulto? ¿Sin nadie que los vigile?

Eliot se sorprendió al caer en la cuenta de que esas eran las primeras palabras que le dirigía. Tal vez no había mostrado especial interés en él, pero sí en el libro. Lo estaba haciendo bien.

—Sí, solos. Es más divertido de esa manera. Ya sabes, sin adultos tontos y aburridos.

—Y que se olvidan de cosas.

Algo dentro de él se derrumbó al escuchar el resentimiento brotando de su voz. Maldita sea, la pequeña Bambi merecía algo mejor. Con una infancia así no era de sorprender que más tarde terminara robando un banco en su adolescencia.

—Sí, también eso. ¿Y sabes qué? En la tierra mágica, en Fillory, los niños se convierten en reyes y reinas. Creo que tu podrías ser una reina también «la más fabulosa de las reinas». ¿No te gustaría?

Ella lo miró con cara de ¿estás loco? que cualquiera habría interpretado como ¿bromeas? yo nunca podría ser una reina, no seas ridículo, pero Eliot sabía que en realidad significaba algo como parece un trabajo muy tonto y aburrido, ¿por qué querría serlo? Después de todo, las reinas de cuentos de hadas que hasta entonces conocía se limitaban a dar órdenes, a ser malvadas sin motivo aparente o a perderse de la verdadera acción. No era lo suyo.

¿Margo?

Escuchó que la mujer la llamaba de nuevo. Probablemente había llegado la hora de la cena con el personal. Popeyes. Al menos eso le levantaría un poco el ánimo antes de que el capullo de su padre finalmente apareciera y las cosas se pusieran aún más feas.

—Será mejor que vayas —la animó Eliot esbozando una amable sonrisa. Ella asintió.

—Adiós, Eliot.

Sabía que se lo había dicho, pero no pensó que recordaría su nombre. Ese pequeño detalle hizo que su sonrisa se agrandara. Margo dudó por un segundo, pero al final tomó el libro y se lo escondió por debajo de su chaqueta gris. Luego se echó a correr. Eliot supuso que no podía llevarse ejemplares a casa, pero a ella no parecía importarle que la fuera a delatar. Adiós, mini Bambi.