IV.
Al poner un pie en los dos escenarios anteriores no tuvo manera de saber qué era exactamente lo que lo traía a ellos. Esta vez fue diferente. Conocía demasiado bien el callejón en el que se hallaba y sabía con lo que se encontraría tan pronto como saliera de él. No quería verlo, ¿cuál era el punto? Recargó todo su peso contra la rugosa pared, respiró hondo y entrecerró los ojos. Se sentía exhausto.
Pero probablemente eso era lo único que debió haber visto venir, pensó, porque eso es lo que tienen los viajes espirituales o lo que sea que fuese aquello: tarde o temprano te mandan a la mierda. A tu mierda. Sólo así podías ser realmente purgado. Exorcizar los demonios, perdonarse a uno mismo, renacer de las cenizas y todo eso.
Pues que les den, con él eso no iba a funcionar. Gracias por participar. Vuelva a intentarlo más tarde. No, mejor ni se moleste.
Caminó con paso decidido hacia la vereda iluminada por la luz del sol y, una vez que estuvo bien posicionado en primera fila, enfocó su mirada hacia el otro lado de la calle. Tragedia en tres actos; tercera llamada, comenzamos.
Acto I.
Acera de enfrente. Entra un joven Eliot.
Ahí iba él vistiendo su camisa favorita, aquella blanca con estampado de cerezas que no podía llevar estando en casa a menos que le apeteciera recibir una linda ración extra de mirada asqueada, cortesía de su encantador padre.
Nuestro protagonista andando sin tener la más mínima idea de lo que estaba a punto de suceder. Sin saber que algo monumental se acercaba, algo que lo sacudiría todo.
«¿Piensas que tu vida es un asco? Oh, cariño, espera a ver lo que viene. Una pista: no es bonito».
Acto II.
Casi podía saborear la barra de chocolate que sostenía el Eliot de catorce años. ¿Cuántos mordiscos más le daría antes de que advirtiera la inevitable presencia de Logan Kinnear? Lucía justo como lo recordaba: su cabello rubio, sus ojos saltones azulados y su expresión calmada que cobijaba una desmesurada hoguera. La única diferencia es que ahora no le parecía tan intimidante como entonces. El Eliot adulto lo observó detenerse a tan sólo centímetros de él. Todas las piezas listas sobre el tablero.
Momento del clímax. El cruce de miradas sostenido por el ancho de la calle, el enfrentamiento que no llegaría a ser. Volvió a sentirlo de nuevo. El temor, el hartazgo, la impotencia. Todo revuelto y sin poder diferenciar lo uno de lo otro. Ingredientes perfectos en cantidades perfectas.
«¿Quieres golpearme, Logan? Adelante, cruza y ve a golpearme».
Autobús a la vista. El funesto instrumento haciendo su oportuna aparición.
Acto III.
A continuación, Logan con un pie en la banqueta y otro en el amenazante asfalto.
El minúsculo Eliot congelado, planeando sin planearlo.
Logan dando un paso y luego otro y luego otro y luego otro…. y luego el sonido de su cuerpo impactándose contra el despiadado metal, siendo lanzado por unos cuantos metros y finalmente yaciendo en la calle vacío, sin vida. Así de fácil y rápido había sido.
Se cierra el telón. Sin reverencias esta vez.
Unos cuantos gritos de horror se escucharon de la gente que iba pasando por ahí. Mientras, Eliot advertía el hilo de sangre cayendo por su nariz. Ambos Eliots la sentían, pero el que había vivido más no sólo presenció aquel suceso. Otra imagen se había unido a la fiesta, la imagen de otro cuerpo desangrándose, también por su mano.
Tras ello sintió cómo las rodillas le fallaban; su visión alcanzando una intensa nitidez que lo distanciaba más y más de sí mismo. Un segundo después su cuerpo cedía ante el magnetismo del suelo, las palmas de sus manos presionadas contra el duro concreto. La pregunta no era por qué se sentía así. La pregunta era por qué se seguía sintiendo así. Alivio. El embriagador alivio. Ni una pizca de catarsis se asomaba en las lágrimas que comenzaban a desfilar por sus mejillas.
Un niño había asesinado a otro niño. En ese momento el que por una vez no fue vencido sentía una mezcla de alivio y satisfacción que sabía ocultar muy bien. Pero no sólo él lo hacía. El Eliot que casi besaba el suelo compartía el sentimiento. Era real y no se iba. Nunca se había ido y ahora se mezclaba con lo que sintió al lanzar el hechizo que le introdujo la muerte a Mike. Todo aquello se unía creando una gran bola de nada dentro de él. Una bola que crecía, succionaba y bebía. ¿Por qué no se lo tragaba de una vez?
Otra puerta apareció frente a él, sólo que esta vez ya no era la negra. ¿Se le estaba ofreciendo la oportunidad de elegir de nuevo o hacía tiempo que ese barco había zarpado dejando en su lugar algún otro curso fijado?
Lo primero que captó fueron las voces de quienes se encontraban en la habitación. Una de ellas era la de Margo, quien susurraba algo sobre perseguir a Ember hasta el fin del mundo. No se escuchaba muy contenta al respecto, ve tú a saber quién la había hecho enfadar esta vez.
—Todo lo que El prometió voy a cumplirlo, ¿me estás escuchando?
Aquellas palabras terminaron de aterrizarlo en su estado consciente. Pronto se dio cuenta de que era Fen con quien conversaba.
—Escucha a la Reina Suprema Bambi —dijo haciéndoles saber que había despertado.
—¡Estas vivo! —gritó Fen lanzándose a su lado. Tal vez no había entrado en su vida de la manera en que le hubiera gustado, pero en aquel momento se sintió agradecido de que Ember decidiera ponerla en su camino.
—Un gran detalle de tu parte que te nos unas, capullo —añadió Margo a modo de bienvenida.
Él sabía que la versión extendida de aquello era tan simple como demonios, El, el susto de mierda que me pegaste, que ni se te ocurra volver a hacerme algo así o te mato. Tal vez ella no se mostraba tan efusiva como Fen, pero no hacía falta que lo hiciera para que Eliot supiera lo aliviada y contenta que estaba de escucharlo de nuevo.
—En realidad suena como si lo tuvieras todo controlado —le dijo él sonriéndole y haciendo uso de su poca fuerza para medio enderezarse sobre la cama y así obtener una mejor visión de su semblante.
—Lo tengo —afirmó ella— pero es más divertido contigo.
Se sonrieron el uno al otro, y ese gesto lo encerraba todo.
«Lo mismo digo, Bambi. Lo mismo digo».
