Disclaimer: Amour Sucré y sus personajes pertenecen a Chinomiko y Beemov.


Almas gemelas

IV: Oportunidad

Corrieron hacia el cobertizo de una parada de bus en mitad de la nada. La ligera lluvia había comenzado sin previo aviso mientras el sol brillaba en lo alto de un cielo celeste. Sucrette no terminaba de entender cómo rayos era posible todo el escenario; sin embargo, valía cada segundo porque estaba junto a Lysandro.

Ambos se desplomaron entre carcajadas en el viejo asiento de madera que, milagrosamente, no se había visto envuelto en los caprichos climáticos.

—El pronóstico decía que hoy sería un día soleado —comentó Sucrette, tentada a quitar una rebelde gota de agua que se negaba a dejar el cabello de Lysandro, pero aún no se sentía lo suficientemente valiente como para disminuir aún más la distancia.

—Ya es suficientemente soleado para mí. —Le sonrió cariñosamente, extendiendo su mano para secar la ligera lluvia de sus mejillas.

Sucrette bajó la mirada, en silencio, transportándose a la época en Sweet Amoris y deseando poder fundirse un poco más en ese sencillo instante; pero Lysandro se separó y guardó la distancia, contemplando la infinita bóveda azulada sobre ambos.

—Me alegra poder hablar contigo después de tanto tiempo.

—A mí también. —Sucrette forzó una sonrisa, sin querer hacer despliegue de todas inseguridades cuando se suponía que ya había madurado y era una mujer hecha y derecha.

—A pesar de ello, no tengo la menor idea de qué decir. Supongo que son tantos temas que deseo abordar contigo, que no sé por dónde iniciar.

—Estoy en las mismas —replicó, soltando una carcajada entremezclada con un suspiro—. De hecho, fue Hyun quien me propuso que hablara contigo después de contarle que íbamos al instituto juntos.

—Oh. —Lysandro alzó las cejas, relajando sus facciones—. Es un buen muchacho.

—Claro que lo es, cuando no te equivocas haciendo el café —bromeó Sucrette.

—Supongo que es por la influencia de Clemence —dijo. Sucrette lo notó mucho más relajado que en antaño, como si se hubiera deshecho de sus martirios o hubiese hallado forma de olvidarse de ellos—. Jamás pensé que terminarías trabajando en un café, aunque el don de gentes lo tienes.

—No seas exagerado —repuso, sus mejillas ruborizadas—. Contrario al instituto, no le agrado a todo el mundo en la universidad. ¿Puedes creer posible que Melody empezó otra rivalidad conmigo por el profesor Zaidi?

—Rosa mencionó que odia a Nathaniel. —Hizo memoria de todos los chismes que tenía Rosalya en la punta de la lengua cada vez que se veían—. Pero pensar que gustaría de un profesor, suena algo fuera de personaje, siendo ella tan estricta moralmente.

—De hecho, todas están encantadas con él; no la culpo, aunque me molesta que siempre me recalque lo obvio.

—Ya veo. ¿Y a ti te tiene igual de encantada?

—Yo… —Sucrette lo miró sorprendida y sonrió de forma juguetona—. Es natural sentirme atraída por personas apasionadas, pero no va más allá de pura admiración.

—Entiendo. Ciertamente, no te imagino saliendo con alguien mucho mayor que tú. Sería como si tu juventud fuera desperdiciada.

—Te aseguro que la he aprovechado muy bien —soltó de forma ligera y él sonrió con una mezcla de alivio y alegría.

—Es como si estos años hubieras vivido una vida sin arrepentimientos.

—Pues… De hecho, no es así. Me arrepiento de muchas cosas, y entre ellas está el no haberte avisado que venía; es más, el no haber mantenido contacto con muchos de ustedes. Es algo que no me puedo perdonar, y me es difícil creer que me aceptaran de regreso y olvidaran mi falta de tacto.

—Entonces, solo no debes cometer el mismo error.

Sucrette apretó los labios en una fina línea, conteniendo las palabras confusas que querían explotar en sus cuerdas vocales por el detonante de su corazón. Debía controlarse y exponer sus ideas claramente, pero se sentía derretir cada vez que su mirada se encontraba con la de él.

—Puede que suene pesada… Pero también me arrepiento de que lo nuestro haya acabado de esa manera. —Empezó, su voz manteniendo todo el temple que la situación requería, siendo azuzada por la mirada tranquila de Lysandro—. Siento no haber estado contigo en momentos tan importantes, y me refiero a los buenos y a los malos.

—Yo también. —Estiró la mano hasta capturar la más pequeña de ella—. Teníamos tanto por delante, pero nos dejamos superar por las adversidades. En un abrir y cerrar de ojos, tú te habías ido, papá también, y poco después mamá. Llegué a temer que Leigh se olvidara de mí. Temía que toda mi existencia quedará reducida a memorias compartidas con nadie en específico. Ahí fue cuando me puse a trabajar en la granja, la mano de obra pesada y las técnicas consumían todo mi tiempo, permitiendo pasar mi dolor con el tiempo. Sin embargo, aún hay rastros de añoranza, aún imagino a mis papás saliendo de alguna habitación para invitarme a comer algo, o simplemente pedirme que pase tiempo con ellos... —Lysandro tomó aire copiosamente, sintiéndose expuesto al dejar a la luz todos sus temores—. Me arrepiento profundamente el no haber compartido más con ellos, yo sabiendo lo poco que les quedaba. Si hubiera estado para mamá, entonces tal vez ella no...

—Lys. —Sucrette se inclinó hacia él y habló con voz segura—. No es tu culpa, no la es de nadie.

—... —Lysandro respiró hondo y dejó deslizar una muy leve sonrisa—. Lo sé, solo que a veces lo olvido. Como dicen, las viejas costumbres nunca mueren.

Sucrette parpadeó un par de veces, y fue incapaz de contener una prístina carcajada que Lysandro comparó con el trinar de las aves.

—Vaya que no —bromeó, presionando su mano contra la palma callosa de él—. Lo siento por haberme ido sin anunciarme, y regresar de esta forma.

—Y yo lo siento por no convencernos de que podríamos con esto y más. —Lysandro le sonrió, inclinándose hasta chocar su frente con la coronilla de ella para aspirar el dulce aroma de su cabello.

—Yo también, Lysandro. —Asintió con aquiescencia, recostándose un poco más de él—. Sin embargo, todo lo que pasó fue necesario para este instante.

—Sí, me hace querer arrepentirme, pero al mismo tiempo no. —Lysandro se separó, la dubitación reflejada en sus pupilas de forma inocente—. El alivio de verte tan bien, feliz y madura me hace pensar que cada instante valió la pena; desde el dolor de nuestra separación hasta el jolgorio del reencuentro.

—Tú también pareces más adulto. El trabajo en la granja te ha sentado bien, y me gusta cómo te queda el cabello más corto. No digo que antes no me gustara tu cabello, es solo que…

—Que te hayas dejado el cabello largo te sienta bien —acotó Lysandro, notando que los problemas de inseguridad de Su continuaban allí.

—Quería cambiar y pensé que, si lo dejaba crecer más, me vería más madura. —Enrolló uno de sus mechones en su dedo índice—. También te ves diferente sin tu usual vestimenta.

—Ah, sí. —Lysandro estiró un poco el cuello de su camisa verde claro—. Digamos que el ascot no es muy cómodo cuando se está arando o alimentando a los conejos.

—Supongo que no. —Sucrette sonrió.

Lysandro vio cómo separó los labios, intentando decir algo que titubeaba en pronunciar. La entendía, él mismo era incapaz de expresar correctamente lo que su corazón anhelaba. Se consideraba a sí mismo un hombre racional y seguro de sí mismo, pero le sorprendía hallarse en esa situación, con las palabras trabadas en la garganta y, apostaba que, si le daban una hoja y un lápiz, tampoco sería capaz de escribir lo que quería decir.

A falta de palabras que pudieran hilar aquello que con ahínco quería transmitirle, terminó cortando la distancia entre ambos, sin dejar ni un milímetro fuera del dulce contacto de sus labios. El casto roce, pecando de inocente, les recordó como si se tratara de una película todo lo que habían vivido juntos, desde la extraña manera en que se conocieron hasta el momento de la inminente despedida. Sentían sus corazones fundirse y sus respiraciones entremezclarse mientras las emociones bullían en sus pechos al recordar el tacto de quien más habían amado.

Sucrette se separó desconcertada, sin saber si estar contenta o no por un beso que deseaba, pero al mismo tiempo temía.

Lysandro acarició brevemente su mejilla, guardando en su memoria la expresión enamoradiza de sus facciones, extasiándose por el tacto y, simplemente, disfrutando saber que alguien lo quería con ahínco. Cuando separó su mano, deslizó los pulpejos por el máximo tiempo posible sobre su piel antes de volver a guardar la distancia.

Sucrette no diría que era la chica más precavida de toda Anteros Academy, pero sí había tenido los buenos reflejos como para alejarse antes de que un listillo intentara robarle un beso; pero allí estaba, desconcertada por habérselo permitido a él.

No tuvieron más opción que quedarse en silencio, contemplando la fina llovizna que caía sobre la enredadera de las fresas en el campo frente a ellos. Las nubes empezaban a despejarse, vaticinando el cese de la lluvia y coloreando la atmósfera con diversas gamas de colores.

—Escuché que has estado asistiendo a los conciertos de Crowstorm; de hecho, Castiel lo comentó la última vez que hablamos.

—Bueno, sí. Supongo que es bueno ver que alguien te apoya siempre, además, es buena música. —Sucrette agradeció el poder controlar su voz y no solo eso, sino ser capaz de no ser absorbida por los coloridos vórtices símil de sus ojos.

—La verdad, me alegro por él. He escrito unas cuantas canciones para él, me alegra que te gusten.

—Pues algunas letras parecían hechas por ti, pero jamás me planteé la pregunta —meditó unos segundos las siguientes palabras y continuó—. Que no te hayas dado por vencido en tu sueño de ser poeta me hace muy feliz, Lys.

—¿Rosa no te lo ha dicho? —cuestionó. Su alzó una ceja—. Estoy estudiando a distancia, mis padres, bueno, estaban conscientes de su edad y dejaron un fondo para mis estudios. Ellos... —Lysandro pausó unos segundos, sorprendiéndose a sí mismo en una vorágine de sentimientos que creía olvidados, agitó la cabeza un poco, sin permitirse ser superado por sus emociones—. Ellos sabían lo que quería estudiar, así que guardaron dinero para una universidad privada... Anteros ofrece una carrera de Literatura, pero la malla curricular no cubría lo que quería estudiar; además de que no hay un curso a distancia y no podía permitirme abandonar la granja.

—Eso… —Sucrette parpadeó, asimilando la información para luego sonreír ampliamente—. Eso es maravilloso, Lysandro. —Inconscientemente, tomó sus manos y les dio un apretón.

Lysandro esbozó una sonrisa y devolvió el apretón con suavidad. Sus pupilas se fijaron en el vibrante cielo azul, perdiéndose en las finas gotas de lluvia y el arcoíris que surcaba de extremo a extremo el prado. Parecía una escena de ensueño, con un clima paradójico y la presencia de quien más amaba a su lado.

—Su, ¿te gustaría intentarlo de nuevo? —Las palabras se deslizaron por sus labios sin darle reparo a su cerebro pata procesar el significado, y es que en ese preciso instante hablaba lo más profundo de su alma.

—¿Era necesario preguntarlo? —Sonrió, los dientes castañeándole de la felicidad mientras intentaba hacerse la fuerte, a pesar de que sabía que junto a él eso no era necesario.

Lysandro le devolvió el gesto en menor medida y, presa de todos los exhaustivos sentimientos que lo habían asediado desde que salió del instituto, apoyó la frente en su hombro, procurando no temblar. Sabía que con ella se podía dar el privilegio de ser débil, de ser feliz y de ser simplemente él; porque lo sabía, ambos estaban atados por algo más que gestos y promesas.

El destino había trazado cada puntada que aunaba sus almas y, sin importar los desvíos de la vida, tenían la certeza de volverse a encontrar porque ambos, inconscientemente, habían aprendido a vivir por y para el otro.


Hyun jugaba a la pelota con un grupo de niños, demostrando un precario desenvolvimiento a la par que los pequeños no lo querían aceptar en sus respectivos equipos. Sin embargo, entre torpezas y deslices, habían reído toda la tarde, porque no había mejor fórmula para sobrellevar un corazón roto que distrayéndose y dejándolo doler a sus anchas.

Cuando pudo armarse con una sonrisa sincera y de congratulaciones al ver a la pareja regresando por el sendero, se dio una palmada mental en el hombro. Y debía admitirlo, Lysandro y Sucrette se veían bien juntos, y más cuando se sonreían de esa forma tan desbocadamente devota.

—Lamento la demora. —La muchacha se pasó los dedos por el cabello, y Hyun notó que sus pupilas irradiaban el paisaje de forma más brillante.

—No te preocupes. Veo que todo salió bien. —Les sonrió a ambos, despidiéndose al mismo tiempo de los niños que gritaron triunfantes por deshacerse del joven.

—Su me contó todo —agregó Lysandro de forma solemne—, gracias.

—No hay de qué. Deberías pasar por la cafetería algún día para que nos saludes. —Hyun agitó la cabeza, permaneciendo impasible a pesar de saberse pillado por el novio de quien continuaba siendo su interés amoroso.

—¿Quieres que Clemence me mate? —exclamó Sucrette, los ojos desorbitados.

—Puede ser bastante considerada si le explicas la situación.

—Lo dudo.

—Me gustaría verte trabajando —admitió Lysandro, perdido en sus divagaciones.

—Ni se te ocurra —rogó Sucrette, livideciendo de solo imaginar la expresión descolocada de su jefa. La asesinaría, y si implicaba algo acerca de sus hormonas queriendo devorar a cuanto chico guapo se le cruzara por el camino, pues le daría un par de palabras que le asegurarían su inminente despido.

Lysandro y Hyun rieron de buena gana. Se despidieron mientras se subían a la camioneta que los llevaría de vuelta a la ciudad. Lysandro y Sucrette se aseguraron de tener números de contacto y correos electrónicos; siendo ambos un par de románticos empedernidos, consideraron la posibilidad de escribirse cartas como en antaño. Hyun prometió cuidar de la jovencita en ausencia de Lysandro y sintió un poco de envidia mezclada con felicidad ajena al verlos despedirse con un cándido beso.

Sin mediar palabras, Hyun sabía que ambos se pertenecían, y que él no podía perturbar la armonía de una relación antigua, ni de un primer amor y mucho menos inmiscuirse en el sinfín de vivencias que habían compartido y los había atraído a pesar de la distancia y las adversidades. Se conformaba con eso, con seguir siendo su amigo y continuar viéndola sonreír a pesar de que ese gesto no fuera dirigido hacia él.

A través del espejo retrovisor, vislumbró cómo Sucrette continuaba despidiéndose de Lysandro a pesar de verse minúsculo en el horizonte. Sonrió y aceptó gustoso la derrota.

:-:FIN:-:

¡Muchas gracias por leer!


Agradezco de antemano a todas las hermosas personas que leyeron hasta aquí, me hace feliz que mis palabras alcancen a alguien.

Ahora sí, este es el final del reencuentro de un amor predestinado. Tengo planeado hacer un extra donde explique un poco el porqué del título del fic; pero, por lo pronto, está completado. Me acabo de dar cuenta que este capítulo está más largo que los anteriores xD

Admito que me gustó el resultado final, siempre he considerado a Lysandro dulce, compasivo y comprensivo, así que imagino que sería difícil para él olvidarse de su primer amor, y estaría más que dispuesto a darse una nueva oportunidad. Y Hyun, pues, ha hecho que me encariñe con él irremediablemente; quizás algún día escriba algo para él...

Con eso me despido y ¡que tengan una maravillosa semana!

¡Nos leemos en otra ocasión!