Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo II
…
Isabella estaba en lo cierto. Envolver los pedidos de alimentos era muy sencillo y no tardó en ser experta en ello, lo cual provocaba ciertos roces con su grupo de trabajo compuesto principalmente por chicas. Sin embargo, a la castaña poco le importaba la opinión de la gente. De manera que no le afectaba estar sola, ni hablar cosas triviales durante el desarrollo de sus funciones. Además, se encontraba satisfecha con la paga y en cómo había conseguido equilibrar sus estudios y el trabajo, tenía un par de horas menos de sueño, pero podía con ello.
—Hasta el miércoles—se despidió al aire, diciéndoselo a todos pero a nadie en particular. Desencadenó su bicicleta y luego de colocarse el casco y acomodar sus cosas, emprendió el regreso.
El viento comenzaba a ponerse cada vez más frío, pensó. Finalmente el invierno extendía sus gélidos brazos hacia la ciudad, lo que por un lado era bueno, ya que la mayoría de su ropa encajaba perfecto en esa estación.
No demoró mucho en llegar a la casa. Los chicos se encontraban estudiando, pues el fin de semana se la habían pasado saliendo de aquí para allá, exceptuando a Seth, a Edward y a ella, por supuesto.
Durante los cuatro meses que llevaba allí, había conseguido conocer un poco a cada uno de los ocupantes, sólo cosas superficiales, como lo que estudiaban, memorizar sus nombres y calzarlos con sus caras; también era capaz de detectar a los mayores y a quienes les encantaba coquetear. Cosa que ella ya había erradicado por completo hacia su persona, no tenía intención de involucrarse con ellos ni con nadie de esa manera. En realidad, no quería llegar a tomarle demasiado afecto a ninguna persona, pues eso requería tiempo y ganas que no tenía.
Sin embargo…
—Bella, has vuelto más tarde hoy—apenas ingresó a la tibia morada y comenzó a quitarse la bufanda y abrigo, Edward la asaltó y acomodó por ella las prendas. Ese humano era el único que interfería continuamente con su diario vivir, no se cansaba de perseguirla, entrar a su habitación cada vez que se le diera la gana, guardarle la ropa, acompañarla a la lavandería. Era uno de esos seres que no se amainaba ante nada y eso que ella había puesto especial énfasis en fortalecer su personalidad distante y poco expresiva, pero, nada funcionaba y eso la irritaba. Sentía que había pisado un chicle sin querer y no podía sacárselo del zapato.
—El trabajo se alargó—respondió pasando de él luego de un breve forcejeo para arrebatarle su bufanda, batalla que por supuesto perdió. Y Edward sonrió.
—Pero pedaleaste de prisa. Tienes las mejillas sonrojadas—como era normal en él, se acercó sin previo aviso y le rozó la cara. Ella lo miró, esperando que la dejara en paz. Mas, pareció interpretarlo de otra manera y se fijó en su cabeza—.Es cómico cómo tu cabello jamás se sale de su sitio, pero aun así consigues verte despeinada—rio burlón y la chica solo se volteó y lo dejó hablando solo.
Cogió la leche y cuando cerró la nevera, él ya sostenía un pocillo. Lo recibió sin verlo.
— ¿No tienes algo que hacer? —interrogó, concentrada en servirse cereal y echarle la leche encima.
— ¿Por qué? ¿Quieres que te deje en paz? ¿Quieres poner cara de irritada o gritarme? Adelante, he estado esperando por ello—se inclinó hasta ponerse a la altura del rostro de la joven, que siguió en lo suyo. Edward creía que la intimidaba al acercarse tanto, sin embargo, había sido él mismo quien la había curado de espanto. Lo hacía tan a menudo, que había terminado por acostumbrarse a sus acercamientos.
Quizá fue por ello, que no se amedrentó y se acercó aún más y comió tranquila de su cereal con leche, mirándolo con su mejor expresión de aburrimiento.
—No entiendo por qué querrías que alguien te gritara o te mirara mal, ¿tienes alguna fijación con la violencia? —para su sorpresa, él se quedó viéndola tal vez con mucha atención, y luego de recorrer con sus ojos verdes la cara femenina, decidió alejarse unos cuantos centímetros.
—La verdad es que eres impenetrable, señorita Isabella. Pero aún no pierdo la esperanza de ver otra expresión en este rostro—al decirlo, le apretó la mejilla, estirándola como una abuelita haría con sus nietos—.Es mi meta personal ver una expresión distinta al aburrimiento en ti, y juro por mi nombre que lo lograré—le dio una ligera palmadita y se marchó luego de sacar una bebida energética—.Buenas noches—se despidió hacia la sala e Isabella permaneció un segundo ahí, frunció el ceño y murmuró unas cuantas groserías mientras engullía su cereal.
Si él creía que iba a conseguirlo después de decirle aquello, estaba muy equivocado. Esto era como un juego, y a ella no le gustaba perder. De hecho, Isabella nunca perdía.
Lavó el pocillo, se despidió de los chicos en la sala y siguió su camino hacia su cuarto.
A eso de las tres de la madrugada, Isabella se decidió a dormir.
—Debes dormir más—se susurró mientras caía dormida—.Sabes que necesitas dormir más o lamentarás las consecuencias…—apenas se escuchó al final, ya que el cansancio hacia mella en su cuerpo.
Un cansancio que probablemente influyó en su mal desempeño el primer día que la cambiaron de funciones. Ya que debido a su eficiencia, el gerente del local había decidido moverla a la freidora, pues las papitas fritas eran lo más solicitado y según él, Isabella sería estupenda para ese puesto.
Su antecesora, de manera poco amable y explicativa le dijo lo que debía hacer. Isabella controló el temor que le producía enfrentarse a lo desconocido sin los conocimientos necesarios. Era una mujer a la que le gustaba tener las cosas bajo control, saber cómo funcionaban y en este momento, ninguna de esas necesidades estaba siendo satisfecha.
Pero bien, debía detener el pánico. ¿Qué tan difícil puede ser? En casa había hecho patatas fritas muchas veces, no era tan diferente, ¿no?
Mientras las otras se encontraban distraídas, la chica examinó los utensilios e inspeccionó lo que alcanzó. En su mente el proceso comenzaba a tener sentido, así que aseguró su agarre en el mango del canasto y depositó la primera carga. El aceite caliente chisporroteó alrededor y alejó lo más que pudo la cara y el cuerpo. Quemarse con aceite era un infierno.
La verdad era que jamás fue muy buena para las cosas fritas, de modo que siempre las evitó. No era una de sus fortalezas, pero creía estarlo haciendo muy bien hasta el momento. No había tenido muchos retrasos, y las vigilaba para evitar que se quemaran.
Se permitió suspirar. Su jornada estaba por terminar y se encontraba feliz por ello, la tensión en su cuerpo llegaba a ser dolorosa.
— ¡Isabella! Así no es como debes tomarlo, tienes que mover tu mano más cerca del canasto o las papas caerán dentro del aceite, y lo estropearán al quemarse—la misma chica que se supone debía enseñarle, la obligó a acercarse más a la máquina y solo quiso moverse de allí. Sus manos temblaron cuando dejó las papas fritas en la bandeja metálica. De manera que al devolverla, se aseguró de tomarse unos cuantos segundos para tomarla correctamente, sin embargo, justo una de las chicas la empujó sin querer con su prominente trasero y en vez de dejarlo suave, el canasto cayó dentro del aceite, logrando que gotas de éste salpicaran en su delantal y unas cuantas alcanzaran su rostro. Las gafas cubrieron la mayoría, pero algunas aterrizaron justo por debajo del marco.
Lógicamente Isabella sabía que no era mucho, pero dolía como si lo fuera.
— ¿¡Qué haces!? —regañó la chica de la freidora, haciéndola a un lado con sus caderas, mientras seguía retándola. Isabella apretó los puños, y los dientes, luchando por recuperar el control. El regaño la ponía nerviosa, le dolía la mejilla y sentía un absurdo miedo mordiéndole la lógica, no obstante, fue capaz de encontrar su voz.
—Lo siento. Me pasaron a empujar, pero no ha pasado nada grave. No volverá a suceder.
La muchacha le dedicó una mirada enojada antes de salir de su lugar de trabajo y regresar a sus tareas en la máquina de helados.
Más concentrada en mantenerse tranquila que en su trabajo, la estresante jornada acabó y ella se dirigió al baño.
Se sentó en el inodoro y pasó un largo tiempo respirando profundo. Al final era capaz de dominar la freidora si pensaba menos, así que eso era lo que tenía que hacer. Ya no era una niña y no volvería a quemarse tanto, de manera que podía hacerlo funcionar.
—Tuvo su merecido, se creía mejor que nosotras por ser rápida envolviendo. Pero eso es una mierda, ella no tiene idea de cómo hacer nada más—rio una de sus compañeras. Reconocía la voz.
— ¿La empujaste a propósito Kate?
— ¡Claro que no! No me agrada, pero pudo ser peligroso.
—Lo sé. Es tan tonta. Si no se sentía capaz de hacerlo debió decirlo, pero seguramente es de esas a las que les gusta aparentar que son buenas en todo. Ahora el gerente no creerá que ella es tan genial, ¿no?
Rieron otra vez e Isabella las escuchó con atención, limpiando los cristales de sus anteojos con calma.
— ¿Has visto cómo no tiene ninguna expresión? Creo que cuando se quemó, tampoco la cambió. Es algo como esto—seguro trataron de imitarla, y se mofaron del intento.
—Es verdad. Escuché que vive con un grupo de chicos, pero que ninguno de ellos le presta atención porque es muy aburrida.
—Yo creo que ella debería ser gendarme o estatua. Aunque las estatuas al menos transmiten algo, ella sólo es… nada—rieron e Isabella oyó las risas alejarse por el pasillo. Cuando estuvo segura de su soledad, abandonó el cubículo y se miró en el espejo.
—Lo bueno es que Renée no lo verá—murmuró, examinando la marca roja que tenía en la parte superior de la mejilla y se extendía casi del mismo largo que su ojo. De todos modos, era un lugar demasiado visible y le disgustaba la idea de mostrar su incompetencia en la freidora a todo el mundo, así que se quitó un pasador y dejó que su crecido flequillo cubriera la zona afectada. Con suerte, no le quedaría una cicatriz.
Apenas comenzó a pedalear de regreso, sonrió bajo la bufanda. Con el tiempo, había aprendido a disfrutar de oír a las personas criticarla, ya no le dolía en lo más mínimo y prefería dedicarse a encontrar mentes creativas. No obstante, su grupo de trabajo carecía de ellas y por ende, no había nada que recordar, sólo regodearse con la influencia que ejercía en las vidas de sus compañeras y las energías que invertían en juzgarla.
De igual manera, al llegar a la casa se quitó el casco con más rudeza que la normal y se pasó a llevar la herida al removerse el cabello. Se sentía tan frustrada y molesta; esa quemadura le recordaba su error y la estaba enojado en demasía.
Para su fortuna, Edward no la recibió en la entrada. Era mejor así, porque se hallaba en su límite y no quería explotar justo frente a él.
Murmuró un hola general, y pasó de largo a la nevera. Sacó jugo de naranja y no se molestó en llevar un vaso. Rápidamente subió las escaleras, depositó el jugo en su habitación y luego se fue al baño. Pero apenas rozó el pomo, éste giró desde dentro y la figura de Edward salió. Notó que el pelo le goteaba, antes de tratar de pasar por su lado.
—Generalmente uno saluda—la molestó, cogiéndola por el brazo, sonriéndole de modo burlón. Al menos, hasta que la miró con más atención y frunció el ceño. Sin que ella lo viera venir en realidad, dejó de acomodar la toalla en su cuello y mientras una mano le quitaba las gafas, la otra aferraba su cabeza, acercándola a la de él.
— ¿Qué te ocurrió? —le preguntó con la voz más severa que le había escuchado hasta el momento. Y fijó esos ojos verdes que le recordaban al estúpido loro parlanchín de su loca vecina en Forks. Con las emociones a flor de piel, Isabella se fastidió por su tono de preocupación, porque llegara y la tocara. Y principalmente, le fastidió que la hiciera sentir avergonzada por la forma en que esa marca llegó allí.
Le apartó las manos, retirando la cabeza y lo observó con los labios apretados.
—No me toques con tanta familiaridad. No somos amigos ni nada parecido, no me gusta que invadan mi espacio personal. Por favor, recuérdalo para una próxima vez—entonces, sintiendo que a duras penas lograba controlar su expresión, se metió dentro del baño.
Apoyó la espalda contra la puerta y se cubrió el rostro con las manos, masajeándose la sien.
—Voy a dejarte las gafas en tu habitación—comunicó, y a continuación oyó las pisadas de Edward alejándose. Exhaló un largo suspiro, y permaneció en ese lugar unos cuantos minutos, hasta que volvió a reaccionar.
Por primera vez en esos meses, se sintió cansada y sólo deseó poderse acostar y dormir, pero debía estudiar y terminar los detalles de un informe. De manera que a eso de las dos y media de la madrugada, comenzó a prepararse para dormir. Cepilló sus dientes y las ojeras bajo sus ojos le parecieron un mal augurio.
Apenas su cabeza tocó la almohada cayó rendida.
-o-
Con un prolongado bostezo, Edward abrió la tercera botella de bebida energética. El reloj marcaba las cuatro de la mañana y él seguía terminando el prototipo. Concentrado en cuadrar los perímetros, apenas y prestó atención a su puerta siendo abierta.
Por el rabillo del ojo, percibió una silueta en el dintel. Su mirada curiosa devoró la habitación hasta la puerta abierta, donde se encontraba nada más ni nada menos que Isabella.
Decidido a mostrarse como la víctima, desestimó su figura. Aun cuando sus ojos ardían por volver a verla y comprobar si efectivamente estaba allí y traía una trenza, en vez del moño típico.
— ¿Qué necesitas? Oh, espera… ¿te parece adecuada esta distancia o estaría invadiendo tu espacio personal? —preguntó, doblando las últimas caras de la figura que trabajaba. Sin embargo, dejó de hacerlo al no recibir una respuesta y sólo oír pasos y el suave susurro de sábanas y mantas.
Dejó su trabajo y volteó a ver. La puerta se encontraba vacía. Isabella estaba…
—Espera, ¿qué? —desconcertado se paró y avanzó hasta su cama, donde se adivinaba una figura bajo las frazadas—.Eh, no entiendo qué está pasando. ¿Podrías ser tan amable de explicarme? No sé si es que soy muy estúpido, estoy alucinando por el sueño o las energéticas finalmente se comieron mi cerebro, pero ¿por qué estás en mi cama? —esperó por una respuesta, que jamás llegó—.Si es una broma, no es muy graciosa. Pero me alegra que quieras practicar tu sentido del humor conmigo. Con gusto seré tu maestro.
Nada. El bulto en su cama no respondía.
Un poco harto, se inclinó y la destapó. Dormía, en posición fetal y con una expresión relajada, se podría decir que incluso se vería adorable, si no estuviera jugando con él.
—Bella—le habló. Y ella no respondió—.Bella—volvió a llamar y solo se acomodó más en la cama—.Te aviso que si estás jugando, voy a seguirte el juego ¿eh? No quiero que luego vayas y te quejes con Jake por acoso, porque tú te viniste a meter aquí. Sólo quiero que quede constancia, porque sé que estás despierta y si esto es una forma de venganza, lo acepto, pero voy a jugar también—dicho aquello, se movió más cerca de su rostro y la contempló con atención.
La castaña siguió durmiendo tranquila, inmune a Edward.
—Diablos, eres muy buena. Estoy por creerte que estás dormida—se rio entre dientes y pasó al siguiente nivel. Se acostó a su lado y vigilando su expresión, alzó con lentitud la mano y la acomodó entorno a su cintura—.Vaya, nada de tensión. Bella, te estoy tocando ¿te das cuenta verdad? —se acercó hasta su oído y le susurró: —si alguien se entera, quedarás deshonrada y no podrás casarte con nadie más que yo—movió los dedos de manera rítmica. Y la acercó más hacia su cuerpo, sin que ella pusiera ninguna resistencia.
Sin embargo, se quedó de piedra cuando Bella se estremeció en el momento que volvió a susurrarle al oído y movió la cabeza en su dirección. Alejó el rostro por inercia, ya que de lo contrario habría quedado muy próximo a su boca. Para su sorpresa, el corazón le latió inesperadamente rápido al verla tan cerca y… ¿vulnerable? ¿No era así como lucía una persona dormida? Ante ese pensamiento, quitó el brazo de su cintura como si le quemara tocarla y se apartó hasta la orilla, observándola con atención.
— ¿De verdad estás dormida? —ella no respondió, siguió respirando tan tranquila como al inicio. Sólo apretó más las manos bajo su cara.
Incapaz de resistirse, alzó la mano y le tocó la mejilla con un dedo. Cero reacciones, nada de mirada fija ni expresión aburrida. Con cuidado, descubrió la herida del cabello y la miró detenidamente. Parecía una quemadura superficial.
— ¿Cómo te hiciste esto? —por supuesto, no respondió. Mientras examinaba la marca enrojecida, se descubrió acariciando más piel, hasta que su mano completa estuvo tocando la cara de la joven. Cuando dormía, se veía mucho más pequeña y frágil que estando despierta, su carácter la hacía lucir mayor e imponente. Era tan suave, que fue inevitable que otra pregunta surgiera después de la observación. ¿Sería el resto de su cuerpo igual de suave? Él ya había reparado en ella como chica, aparte de la intriga que le causaba, también le cautivaba su inteligencia, la seguridad que irradiaba y ¿por qué no? Sus rasgos delicados y femeninos. Esos mismos rasgos, se veían más exquisitos cuando tenía una expresión relajada.
Tragó con dificultad al reparar en sus labios. Tenía el dedo pulgar tan cerca, que con sólo moverlo un poco podría tocarlos…
Se reprimió y dejó de acariciarla. Él respetaba a Bella y su forma de ser, incluso más de lo que creía y no le parecía justo seguir en ese carril si ella estaba dormida, además, ¿cuál sería la gracia si no podía responderle?
Se levantó de la cama y la observó con atención. Podía estar despierta o dormida, pero por esta vez, creería que dormía.
—Bien. Mañana indagaré sobre esto. Por hoy, la devolveré a su cama, mi lady— con cuidado, la cogió entre sus brazos y la cargó hasta su habitación. Con la misma delicadeza la depositó en la cama, la tapó y sacudiendo la cabeza, la dejó dormir.
Al día siguiente, quizá por la falta de sueño, Edward se cuestionó severamente si de verdad Bella había irrumpido dormida en su cuarto. Para su suerte, cuando bajaba para comer algo antes de ir a la universidad, también salió ella de su habitación.
Se la quedó mirando, y ella le correspondió la mirada de manera desinteresada.
— ¿Qué? —preguntó.
— ¿Cómo dormiste? — interrogó a cambio, entrecerrando los ojos.
— ¿Por qué te lo diría? —Se encogió de hombros— ¿Vas a bajar o pretendes entorpecer el paso todo el día?
— ¿No pasó nada inusual anoche?
—Comienzas a sonar como un acosador. ¿Qué ocurre? —la expresión de Isabella parecía igual que siempre, pero era difícil decirlo. Esa chica jamás había sido fácil de descifrar. Qué situación más incómoda, ¿le creería si le dijera que caminó dormida hasta su habitación y se metió en su cama? Demonios, pensó, incluso en mi mente suena como una estupidez. La evaluó nuevamente con la mirada, pero ella seguía igual, quizá un poco fastidiada porque no la dejaba bajar.
—Nada. Olvidé algo en mi cuarto, puedes bajar primero.
—Claro que eso iba a hacer, no necesito tu permiso—murmuró mientras pasaba por su lado.
La contempló desaparecer en la primera planta, confundido. Pero casi seguro de que ella no sabía nada de lo ocurrido la noche anterior.
De todas maneras, era poco probable que volviera a suceder, ¿no?
No obstante, pronto se daría cuenta que estaba completamente equivocado. Esa noche, fue la primera de muchas.
Sólo durante los últimos quince días, Isabella repitió el comportamiento al menos nueve noches. Y él se convenció por completo de su sonambulismo, no entendía por qué iba a su cuarto, pero prefería que fuera de ese modo.
Sus sentimientos si antes estaban confusos, ahora se encontraban peor y sólo sabía que le gustaba la faceta de la Bella durmiente, con su larga trenza cayéndole por el hombro, su rostro tranquilo. Hasta le gustaba su pijama, que consistía en una vieja camiseta y un pantalón chándal gris. Le parecía adorable en esas prendas, y le estaba costando un poco separar a ambas chicas. Era como la maldición de Fiona, de día soy una y de noche otra, en esos momentos sentía verdadera lástima por Shrek.
Fuera de eso, no le hacía mucha gracia imaginarla yendo al cuarto de alguno de los chicos, ya que probablemente no se lo tomarían con la calma que él lo hizo y había leído en algunos foros de internet que despertar a una persona sonámbula puede ser perjudicial, o incluso podrían aprovecharse de la situación. Él los conocía y dudaba de que fueran a creer que la distante Isabella fuera sonámbula, seguro pensarían mal de ella.
—Maldita sea, no me puedo concentrar—Edward se revolvió el pelo, cerrando con fuerza la laptop. Sumado a esos pensamientos, él estaba lidiando con su propio conflicto moral. Cada vez que veía a la chica en su cama, desvariaba pensando en cómo le gustaría que fuera real, que fueran una pareja y ella durmiera a su lado. Poderla abrazar sin sentir que estaba violando su espacio y tomando ventaja de su condición. Quería deshacer su trenza y sentir su cabello, aquel cabello que lo había obsesionado demasiado, tanto que tenía unas cuantas hojas de su croquera llena de bocetos de trenzas y hebras castañas. También había dibujado algunas partes de su rostro, pero no se atrevía a hacerlo por completo, le parecía incorrecto. ¿Por qué le pasaba esto? Estaba cerca de la destrucción, podía sentirlo.
Apesadumbrado, decidió dejarlo todo y dormir. De manera que se quitó la camiseta y se tiró a la cama. Apagó la lámpara y comenzó a navegar en la profundidad de su mente, durmiéndose poco a poco.
Entre esa agradable sensación de sopor, distinguió una caricia constante en su pecho. ¿Qué era? Ah… sí, palmaditas, como esas que se le da a los niños para calmarlos. Sonrió, soñando con suave cabello castaño enredado entre sus dedos, incluso podía respirar el aroma de Isabella. Se aferró con más fuerzas y un cálido aliento llegó hasta sus pectorales. Su cuerpo respondió erizándose y suspirando abrazó con más fuerza la fragilidad femenina. Sin embargo, la sensación de picazón en su barbilla le hizo entreabrir los ojos, ¿por qué una sensación tan incómoda aparecería en el sueño más placentero que había tenido hasta la fecha?
Adormilado, bajó la mirada y descubrió gran cantidad de cabello contrastando con sus sábanas blancas. Movió los dedos y los notó sumergidos entre las hebras delicadas. Terminó de despertarse cuando nítidamente volvió a sentir el aliento de la chica contra su pecho, haciéndolo temblar. Su primera reacción fue tirar sus manos, pero si lo hacía, despertaría a Isabella y se armaría un gran escándalo si abría los ojos justo en ese momento. De manera que soportando la dulce tortura de su respiración endureciendo su cuerpo, desenredó con calma los dedos y se apartó de la castaña.
Para cuando se vio libre de ella, la cama le pareció demasiado pequeña. No había ningún sitio al que mirara que no estuviera lleno de su esencia. Era incapaz de controlar sus propios latidos y respiración, le ardían las manos por tocarla. Quería tocarla tan desesperadamente que el anhelo le dolía.
Como si Bella fuera capaz de leerle la mente, abrió los ojos y alzó la mano, acariciándole desde el pecho hasta la mandíbula. Se acercó a él y sin dejar de mirarlo, pegó sus cuerpos.
— ¿Estás despierta? —le preguntó en voz baja. Pero no respondió, parecía estarlo, pero su mirada era vacía, como si algo le impidiera ver lo que estaba mirando—.No hagas esto, Bella—le cogió la mano, deteniéndola. La caricia le estaba enloqueciendo, estaba enloqueciendo por ella y ni siquiera lo sabía, porque la chica que estaba justo a su lado, no era la misma que veía durante el día—.Esto se ha vuelto tan complejo—suspiró, permitiéndose disfrutar un poco más de la calidez que emanaba el cuerpo de Isabella hasta que volvió a cerrar los ojos y se acurrucó en posición fetal a su lado, como una pequeña gatita castaña. Le besó los dedos que aún mantenía cautivos y se levantó de la cama.
Cuando la depositó en la suya, se preguntó cuánto más podría soportarlo. Dejarla cada vez se le hacía más difícil.
Holaa! ¿Qué tal les ha parecido? No sé ustedes, pero quería a un Edward así de dulce jaja, ya me contarán qué opinan.
Gracias por los comentarios, y favoritos! Espero que les siga gustando la historia.
Y bueno, nos leemos el miércoles con los tres capítulos que restan.
Un abrazote y muchas bendiciones!
Pd: Lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.
