Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.

Capítulo IV

— ¿Jugar limpio? ¿Cree que esto es un juego? —mascullaba Isabella, un domingo por la mañana mientras buscaba su desayuno. En la casa, todo era quietud. Los chicos habían asistido a todas las fiestas habidas y por haber, por lo tanto, esas margaritas no iban a florecer pronto.

El típico cereal con leche comenzó a ser engullido por la joven. Apoyada contra la encimera seguía dándole vueltas al asunto de Edward. En realidad tenía que ser muy estúpido como para pensar que tenía una oportunidad, si Isabella decidía sacarlo de su vida, afuera iba a quedarse.

— ¿Nunca te han dicho que es malo comer de pie? —un despeinado cabello cobrizo apareció en la estancia. Mientras se estiraba y sonreía somnoliento, le dirigió una divertida mirada. Ella hizo de cuenta que nadie más ocupaba la cocina. Solo dejó de machacar los cereales entre las muelas— ¿No comes nada más aparte de eso? Con razón estás tan delgada—él sacó la botella de leche, se sirvió un vaso y no tardó en bebérselo.

La castaña siguió haciendo de cuenta que nadie le hablaba. Y creyó que lo había logrado, pues salió del lugar sacudiendo la cabeza. Casi sin darse cuenta, espió por la pequeña ventanilla.

— ¿Qué estamos mirando? —la chica se sobresaltó ligeramente cuando él le susurró al oído. Al ver su reacción, rio—.Me haces la ley del hielo, lo que por cierto es muy infantil, pero sigues pendiente de mí—ensanchó la sonrisa de perro, y ella rodó los ojos.

Pasaron algunos minutos donde él recolectó ingredientes y un sartén. Al cabo de unos segundos, quebró los huevos y ella dejó de mirarle por el rabillo del ojo. Estaba muy cerca, pero no iba a amedrentarse.

— ¿Quieres un poco? Soy muy bueno haciendo omelette—esperó la respuesta mirándola—.Estoy de buen humor, así que te haré uno—retiró el primero y comenzó a trabajar en el segundo.

—No quiero uno—respondió yendo al fregadero con el pocillo entre las manos. Lo lavó cuidadosamente y procedió a retirarse. Sin embargo, mientras guardaba las cosas luego de secarlas, él le tomó el brazo y con inesperada fuerza, la obligó a volver.

Entonces, mientras ella procesaba la situación, la cogió por las caderas y la sentó sobre la mesa.

—Sólo cómelo conmigo—pidió, bajando hasta quedar a su altura y mirarla a los ojos. Por supuesto, Isabella no iba a rehuir el enfrentamiento, pero había algo inusual en su toque, o quizá ella había olvidado lo cálidas y grandes que eran sus manos. Podía sentirlas en sus caderas, abarcando casi por completo la parte lateral de los muslos. La sensación de sentirse de pronto tan pequeña, la sobrecogió.

—Dije que no quería uno. Si lo preparaste, es tu problema—se encogió de hombros—.Y deja de tocarme.

—Pero estás usando una camiseta tan ligera que casi puedo sentir tu piel—murmuró haciendo un puchero.

—Te ves ridículo—atacó para quitarse la desagradable sensación que el comentario provocó en su estómago.

—Estoy acostumbrado—sonrió y tenerlo tan cerca, la hizo consciente de las motas más oscuras de sus ojos verdes. No le gustaba la proximidad; la ponía nerviosa.

—Déjame bajar—puso el brazo contra su pecho e intentó hacer fuerza, pero él no se movió. No donde ella quería al menos, pues sus manos iniciaron un corto descenso hacia abajo y arriba en sus muslos—.Deja eso, me estás subiendo la ropa—regañó, empujando con ambos brazos.

—Oh, ¿será que no traes calzas? O… ¿no traes ropa interior? —le susurró, acercándose más y ganando un lugar entre sus piernas. Su reacción fue echarse para atrás y sostener la camiseta de pijama en su lugar. No le importaba el escote que estaba generando, traía sujetador.

—Te estás sobrepasando. Me siento atacada y no me gusta. Apártate—le puso una mano en el pecho y él se alejó un poco, lo que le permitió respirar con algo más de tranquilidad.

—Me detuviste en el mejor momento, estaba por besarte el cuello, tienes un lunar ahí que me pedía a gritos que lo hiciera—comentó en voz baja, desistiendo de tocarle los muslos, pero trasladándose a la cintura y espalda.

—Mi cuerpo no te está pidiendo nada, Edward. Eres tú el que se está inventando excusas. Te dije que te apartaras, pero no lo hiciste. ¿Esto es no jugar limpio para ti? ¿Crees que alguna vez podría gustarme alguien que no me respeta y escuda sus acciones diciendo que es porque mi cuerpo lo pedía? —molesta, tomó las manos del cobrizo y las apartó. Él no opuso resistencia—.Jamás estaré con alguien que cree que por tener más fuerza puede dominar mis reacciones o mi cuerpo—le dedicó una mirada severa y se bajó de la mesa. Para su sorpresa, las piernas temblaban, pero subió las escaleras y sólo cuando estuvo en la soledad de su dormitorio, se sentó en la cama y suspiró profundamente.

Pocas veces se habían acercado a ella con ese tipo de intenciones, eso explicaba su nerviosismo. Pero esta era la única vez que el calor de manos masculinas sobre su cuerpo le agradaba, y la hacía pensar cosas que preferiría omitir.

—Esto no va bien—susurró para sí. Durante la secundaria, algunos compañeros habían tratado de propasarse con ella, sólo para gastarle bromas o probar su voluntad. De todas esas veces, nunca se fijó en el color de ojos, menos en lo fuertes y masculinas que eran las manos, y aún menos sintió curiosidad por un chico. Pero Edward despertaba de alguna manera esos instintos que creyó no poseer o ser capaz de suprimir por completo. Sin embargo, pese a eso, él no tenía ningún derecho a tocarla de ese modo si ella no se lo había pedido. Ni siquiera tenían una relación.

Con enfado, ordenó las prendas de ropa que debía lavar y se vistió. No se molestó en peinarse, solo se dejó suelta la trenza de la noche anterior.

Bajó de prisa las escaleras y sin demora salió con dirección a la lavandería. En el trayecto se conectó a los auriculares y se fue cantando bajito algunas canciones. Por esos breves momentos, se sintió tan en paz que permitió que la rutinaria labor la absorbiera por completo. Ajena a que Edward se encontraba en el otro extremo, observándola en silencio de manera reflexiva.

Para el cobrizo, Isabella se componía de más y más desafíos. No sabía cómo llegar a ella y los trucos del pasado quedaban invalidados por completo. Eso no quería decir que se sintiera menos atraído, sino, que lo contario.

Por suerte, ahora Bella expresaba más cosas con su cara, gestos mínimos como rodar los ojos ayudaban a comprender mejor a la chica. La miró mover los pies y cabeza al son de una melodía que sólo ella podía oír, deseó caminar y quitarle un audífono y escuchar lo mismo, pero no sería bien recibido y era justo. Debía comenzar a respetarla en serio si quería lograr algo.

Esa única certeza, lo mantuvo sentado horas, pensando en cómo debería actuar. Al menos, hasta que la castaña terminó su labor y enfiló a la salida con sus cestas de ropa limpia. En su interior, lamentó que no iba a verla usando la gran camiseta para dormir. Pero hizo lo propio y la siguió.

—Paz—Isabella se detuvo confundida, cuando una paleta de fresa apareció ante sus ojos. Con solo mirar la mano, supo que se trataba de Edward.

—¿Qué significa eso? —interrogó con el ceño fruncido. Él lucía una cara inocente.

—Una ofrenda de paz. Lamento mi comportamiento de antes y desde el fondo de mi corazón quería pedirte disculpas y asegurarte que no volverá a ocurrir, a menos claro, que tú me lo pidas—el gesto irónico que se instaló en las facciones de la joven lo dijo todo.

—Entonces jamás pasará algo así de nuevo.

—Veremos, veremos—movió la paletita frente al rostro de la joven—.Vamos, te lo digo en serio. Simplemente creí que podría gustarte algo así.

— ¿Por qué creíste eso?

—Fue una suposición equivocada—se encogió de hombros.

— ¿Creíste que por mi forma de ser estaba esperando por el hombre que se atreviera a derribar mi resistencia y demostrara que en realidad no soy tan fría?

Él la contempló con atención.

—De hecho, no. No pensé eso. Sólo creí que yo te gustaba un poco, algo. ¿Ligeramente? Digo, preferiste mi cama por sobre la de los otros chicos… sólo creí que podría significar algo—al decirlo, pareció avergonzado, ya que desvió la mirada. Para Isabella, lucía tierno, espera, ¿qué? A penas procesó el pensamiento, sacudió la cabeza.

Al final, aceptó la paletita.

—Ya me disculpé por lo del sonambulismo. No le des vueltas innecesarias—aunque en su interior, ella se cuestionó la probabilidad de que fuera cierto. Al lado de él, Isabella se sentía inusualmente segura, de manera que su subconsciente tal vez lo encontró el candidato más adecuado para abrazar por las noches—.Seguro fui a tu habitación porque era la más cercana y no quería caer por las escaleras.

También era probable, pero carecía de más información al respecto. En su hogar, iba donde Renée porque la quería y porque era la única en casa. En la universidad, al que más conocía era a… lo miró de reojo, mientras caminaban de regreso.

—Lógicamente eso es probable, pero ¿cuánta lógica puedes tener sonámbula? —aquella pregunta la desarmó.

— ¿Intentas decir que a mi yo sonámbula le gustas? —dijo en tono burlón.

—A la tú sonámbula le gustaba tocarme bajo la camiseta—se inclinó para susurrarle y ella dejó la sonrisa de mofa—, también le gustaba que le tocara el cabello. La primera vez que apareciste allí creí que estabas jugando conmigo, así que me acerqué para susurrarte algo y te estremeciste. Ah, fue una reacción tan dulce—sonrió mirando al horizonte e Isabella se sintió avergonzada. Cuando su madre le revelaba lo que hacía dormida era tierno, hasta gracioso. Pero esto era tan vergonzoso que deseaba no ver la cara de Edward nunca más. Era una tarea ardua no sucumbir a esos sentimientos y mantener la entereza frente a él.

—Lo que me deja tranquila, es que si alguna vez se lo cuentas a alguien, no te creerá—atacó, buscando dejar el tema y buscar un motivo para enfadarse. El enfado era más seguro que la vergüenza.

—Jamás se lo diría a otra persona, me gusta pensarlo como algo privado entre tú y yo—le sonrió de manera amable y la descolocó por completo. Prefirió desviar el rostro, dedicándole atención al envoltorio del dulce que pronto se metió a la boca sólo por hacer algo.

— ¿Debería agradecértelo? —susurró.

—Quizá yo debería agradecerte a ti por esos momentos.

—No digas cosas como esas.

—Oh, lo siento. Ya comprendí que no puedo tocarte ni hacerte cosas que no consientas, pero yo puedo pensar y decir lo que quiera, no tienes injerencia en eso—se encogió de hombros.

—Te comportas como un crío—espetó rodando los ojos y adelantándose. Edward se quedó prendado de la larga trenza que caía por la espalda de la joven, quería tocarla, pero se contuvo al último momento. No quería arruinar nada. Se conformó con ir a su lado.

— ¿Qué harás cuando finalice el semestre?

—Iré a casa—respondió, esbozando una sonrisa que sí le llegó a los ojos. He ahí lo que había estado esperando tanto tiempo, sus ojos brillaban como los de cualquier otra persona con esperanzas y alegrías.

—Te hace mucha ilusión, ¿no?

—Sí—respondió acomodándose las gafas. Él aún era capaz de ver la viveza de sus ojos.

— ¿Te llevas bien con tu madre entonces?

—De maravilla—pensó que no diría más; incluso ella se sorprendió cuando agregó: —.Siempre hemos sido sólo las dos, es la única familia que tengo. La quiero mucho.

Al decirlo, lo miró son asombro.

—Entiendo. Para mí son mis padres y hermanos. Algún día deberías conocerlos, son agradables— continuó hablando, para evitarle el sentimiento de arrepentimiento que de seguro experimentaba al hablar sobre sí misma.

— ¿Cuántos son? —preguntó en voz baja. Edward sonrió, Isabella no era de las que preguntaba si no sentía verdadero interés.

—Tengo una hermana y un hermano. Jasper es el mayor, y Rosalie la del medio.

—Así que eres el más pequeño.

—Así es. Al que quieren más—le guiñó un ojo y ella le sonrió.

Ah, qué bien se sentía su pecho al verla así. Deseaba que no dejara de sonreír jamás, su rostro se iluminaba con esa simple curva en sus labios.

— ¿Tú eres hija única?

—Sí. Renée dijo que una le bastaba y le sobraba—la castaña acomodó un mechón de cabello tras su oreja, sintiéndose de pronto tímida. No solía hablar con nadie sobre su pequeña familia, la mayoría se apresuraba en criticar a su madre y advertirle sobre seguir sus pasos, porque arruinaría su vida para siempre. No era agradable pensar que tú arruinaste la vida de tu madre.

Sin embargo, Edward sólo parecía interesado y aunque sabía sobre el asunto de Renée, no había emitido ningún juicio

—A veces quería tener un hermano o hermana mayor, creo que las cosas habrían sido más fáciles para mí.

— ¿Por qué lo dices?

—La gente es absurda y adora criticar y opinar sobre cosas que no les conciernen. No se contienen aunque se trate de una niña—el cobrizo fue capaz de asimilar la información implícita en el comentario. La gente del pueblo no se lo había puesto fácil, ni siquiera cuando fue chica.

Sus instintos de oso querían abrazarla, y decirle que nadie sería tan desagradable con ella otra vez, deseaba volver atrás en el tiempo y conocer a la Isabella pequeña, y darle cariño hasta hartarla. Anhelaba hacer eso ahora, pero ella no lo dejaba.

De cualquier forma, Edward era un optimista y no se rendía fácil.

—La gente es solo gente. Lo importante es que escuches a las personas que te importan y que te valoran, porque ellas siempre querrán lo mejor para ti—le sonrió cuando lo miró con atención. Y fue incapaz de resistirse a acariciarle la cabeza.

— ¿Soy tu mascota para que me toques así la cabeza? —interrogó poniendo cara severa.

—Si fueras mi mascota jamás saldrías de mis brazos—ella rodó los ojos y se apartó de su mano.

—Qué patético.

—Tus palabras me hieren el corazón—gimoteó. Y la molestó el resto del camino de regreso.

Cuando llegaron a la casa, Embry y Quil lloriqueaban, provocando una cara de irritación en Isabella. Todo lo que había visto en ese lugar, era a hombres lloriquear por todo.

— ¿Qué les ocurre? —interrogó Edward, palmeando la espalda de Embry.

—Oh, Edward—lo abrazó y el cobrizo le dio golpecitos en la cabeza. La escena era graciosa, reconoció Isabella y le gustaba cómo Edward trataba a las personas—. Es horrible, Quil y yo tendremos que dar los exámenes de segunda oportunidad—le golpeó el pecho, mientras el de ojos verdes hacía un sonido que en general se emplea con los bebés para calmarlos.

—Por favor, dejen el melodrama. Ustedes se lo buscaron, no estudiaron lo suficiente. Deberían agradecer que aún tienen una oportunidad—habló Seth—.Es un lástima que se vayan a perder las fiestas, pero es lo que los tontos obtienen al final—Embry dejó de fingir los sollozos y clavó los oscuros ojos en el muchacho.

—Estás muerto, Seth—entonces Quil y él se abalanzaron sobre la víctima, rodando como cachorros por el piso de la sala. Por suerte, Isabella logró esquivarlos.

Hasta ese momento, había permanecido de pie con la cesta entre los brazos, mirando a Edward consolar al chico.

Al percatarse de su comportamiento, enfiló decida hacia la escalera, ignorando que Jacob la observaba desde una esquina y sonreía a continuación. Era increíble, pero parecía que a la chica inexpresiva, le interesaba en algún grado Edward.

No sabía cómo lo había logrado, mas, se alegraba de que el cobrizo estuviera teniendo éxito.

-o-

Isabella pretendía hacer muchas cosas, pero luego de estirar las mantas y verificar que estaba libre y podía comprar los pasajes para Forks, se quedó profundamente dormida.

Cuando despertó, estaba cubierta por una manta, las gafas en el escritorio y la ventana se encontraba cerrada. Sabía que no se había tapado antes de dormirse y sabía también que ningún otro habitante aparte de Edward se atrevería a entrar a su dormitorio.

Sin saber muy bien la razón, sonrió un poco y se acurrucó más bajo la colcha. A lo lejos oyó risas femeninas, pero estaba tan cansada que sólo pudo seguir durmiendo.

En esa nueva ronda, soñó con Edward y al abrir los ojos al día siguiente, sintió un inexplicable vacío al comprender que sólo había soñado con que la abrazaba y que el calor de su cuerpo no era real.

¿Vacío? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Desde cuándo soñaba con Edward?

Gimió contra la almohada y apretó los ojos. Había muchas cosas que debía pensar, pero no deseaba hacerlo por temor a la respuesta. Para evadirlo, se incorporó y bajó la escalera bostezando.

De inmediato fue a la cocina por un vaso de agua y luego por su habitual cereal con leche, cómo le gustaría que Edward le preparara un omelette justo ahora.

— ¿Por qué siquiera piensas en eso? —se regañó. Pero, cuando oyó pasos bajando se tensó y volvió la mirada con el corazón haciendo movimientos extraños en su cavidad torácica, esperando de manera estúpida que fuera Edward.

Pero no era él, sino que una chica con desordenado cabello rojizo. Cuando la vio, se acercó y le besó la mejilla, sonriendo muy alegre. Estaba tan desconcertada, que no fue capaz de hacer más que mirarla como si tuviera tres ojos en vez de dos.

—Debes ser Bella. Soy Tanya—la tal Tanya masticaba goma de mascar de cereza, podía olerla.

—Soy Isabella—corrigió, pero su voz era baja. ¿Qué ocurría? ¿Por qué de pronto se sentía como si un gigante la hubiera pisado?

—Oh, Edward te llamaba Bella, así que supuse que era tu nombre. Lo siento—la chica vestía unos jeans claros, zapatillas y un top que mostraba su vientre plano. Y cuando pasó a su lado para escarbar en el refrigerador dejó un aroma dulzón en el aire.

Sin darse cuenta siquiera, Isabella se apoyó en la encimera y la observó con atención, triturando los cereales con una fuerza desmedida.

—Bueno, él estaba equivocado. Tiene esa estúpida costumbre.

—Lo sé, ¿verdad? Siempre anda poniendo apodos—ella sacó del jugo de Edward y bebió de la botella como si tal cosa—.Me encanta este jugo, que bueno que lo tenga—le dio otro trago—.Pero es encantador ¿no? —se rio y ella recordó las risas femeninas que oyó la noche anterior, eran las mismas pero ella había dado por sentado que provenían de la planta baja—.Edward, quiero decir. ¿No te parece que es ilegalmente guapo? Y es tan bueno en las cosas manuales—a Isabella le sorprendió el torrente de imágenes sucias que acudieron a su mente al oírla decir esa última frase.

No sabía que la molestaba más, si ella sintiendo una desagradable sensación en el estómago que la hacía querer echar a la pelirroja y guardar la botella de jugo de Edward o el hecho de que estuviera prestándole tanta atención a algo que era obvio.

—Dios, ya voy tarde. ¿Se me notan las ojeras? —le preguntó acercándose de repente. La castaña se aseguró de sostener con firmeza el pocillo, por si acaso se le escapara un puñetazo—. Casi no dormí, Edward es tan exigente—lloriqueó.

—No se notan—logró decir, controlando su voz y expresión, pese a cómo se sentía realmente.

— ¡Eres tan dulce! —le palmeó la mejilla y cogió un plátano—.Ya me voy, dile a Edward que muchas gracias por todo. No quise despertarlo, se veía tan tierno durmiendo. ¡Adiós! —agitó la mano mientras salía a la rápida de la casa.

—No soy tu jodida lechuza—exclamó mirando con enfado en la dirección por donde se olía su perfume.

—Wow, ¿qué hay con esos ojos de asesina tan temprano? Me recordaste a Levi de Shingeki—Seth fingió un estremecimiento, y su cháchara la sacó del trance.

¿Qué era esa estúpida reacción? ¿Desde cuándo las conquistas de los chicos le afectaban así? ¿Desde cuándo algo de lo que pasara en esa casa la afectaba de esa manera?

—Maldita sea—masculló, dejando el pocillo sin acabar en el fregadero.

—Eh, no te lo has terminado…—oyó que el muchacho le hablaba, pero ella ya subía las escaleras. No tuvo cuidado al cerrar la puerta ni al comenzar a empacar sus cosas.

Edward le había calado más profundo de lo que creía, pero ya no más. Al final, resultaba ser como toda la gente que conocía: una decepción.

¿Qué ella le gustaba? Ja ¡Sí, claro!

Isabella sabía cómo reaccionar a este tipo de situación. Lo sabía bien y le funcionaba.

Mientras ordenaba, construía su muralla y al acabar, se sentía impenetrable y a salvo. Algo fría y oscura, pero a salvo.

Cogió sus cosas y fue por una ducha. El agua contribuyó a quitarse de encima las preocupaciones y al salir, se sentía como nueva.

—Buenos días Bella—la saludó el cobrizo con rostro de sueño, demostrando claramente que había pasado la noche en vela.

—Buenos días—respondió de manera cortante. Ni siquiera se molestó en pelear por el diminutivo, sólo pasó por su lado y se metió a la habitación.

El resto del día fue similar, cruzó las palabras necesarias y se mantuvo al margen de las actividades de la casa, sólo prestó oído a que esa tarde se celebraría una reunión de emergencia antes de salir fuera. Necesitaba hacer algo o moriría dentro. Caminó hasta la cochera y cogió la bicicleta.

— ¿Estás bien? Has estado actuando extraño hoy—comentó Edward que aprovechó el momento para abordarla. La notaba tan distante como el día uno, como si esos seis meses jamás hubieran pasado.

—Estoy bien—le sonrió de aquel modo desabrido y odió el gesto. Por inercia, se acercó.

—No es verdad, algo ocurre. Dime qué te molesta.

—Nada me ocurre—la joven le palmeó el hombro y siguió adelante con la bicicleta, ignorándolo.

No le gustaba la situación, pero no entendía qué sucedía. Se sentía tan frustrado.

No le quedó otra opción más que volver a la casa y esperar a que regresara para tratar de indagar sobre el tema. Jugó algunas partidas contra los chicos, pero a cada instante miraba hacia la puerta. Odiaba que Isabella se comportara así.

Pensó durante mucho tiempo qué pudo enfadarla, ¿que la arropara? ¿Que se metiera a su habitación sin permiso?... ¿Acaso sería por Tanya? La simple idea le hacía sentir escalofríos. Si a Bella le afectó la visita de la chica, significaba que él le importaba en un ámbito afectivo, ¿y si estaba celosa?

Antes que su entusiasmo se desbordara, cortó el pensamiento. Era tan poco probable, que imaginarlo ya era un desafío a la naturaleza.

Casi saltó de su asiento cuando la vio entrar por la puerta con las mejillas y nariz sonrojadas. No le dedicó ninguna mirada, sólo siguió su camino hacia el segundo piso, pero Jacob se interpuso.

—Ahora que están todos, préstenme atención.

A regañadientes Sam y Seth dejaron el juego. Embry y Quil salieron de las habitaciones con rostros cansados y se apoyaron contra la pared.

— ¿Qué ocurre?

—Hay que ir a dejar una documentación del funcionamiento y manejo de las casas, además de un reporte de cómo ha funcionado la nueva normativa. Yo ya he hecho el de nuestro hogar.

— ¿Entonces?

—Hay que ir a dejar los papeles a Cold Spring. Para hacerlo más justo, se decidió hacer un sorteo y…

—Jacob, eres el tipo con la peor suerte, ¿por qué no nos dijiste nada?

—Yo no puedo ir, tengo que estudiar—se quejó Quil.

—Aun no digo nada—se quejó Jacob.

—No hace falta, ya sabemos que perdiste y le tocó a esta casa hacer el recado.

— ¿Por qué Cold Spring? —Gimoteó Seth.

—El encargado adelantó las vacaciones, pero debe recibir los papeles. Así son las cosas chicos—se encogió de hombros— y ya saben las reglas que tenemos en caso de ocurrir esto.

—Yo no las sé—acotó Isabella.

—Lo siento, tienes razón. Lo que haremos será sortear quién debe ir. Yo no participaré, porque ya hice bastante con el papeleo—advirtió y el grupo estuvo de acuerdo en ese punto—.El que salga, puede escoger a un acompañante y éste no puede negarse.

Los suspiros de la sala llenaron el espacio.

—Esa tonta regla la inventamos borrachos, no debería ni siquiera existir—se quejó Sam.

—Me parece bastante justo—dijo la castaña.

—Como digan. Hagamos esto luego, debo regresar al estudio—gruñó un desaliñado Embry.

—Bien, ya hice los papeles. El que saque una cruz, debe ir.

Jacob extrajo de su bolsillo cinco trozos de papel doblados y permitió que todos sacaran uno. Cuando el grupo tuvo el suyo, dejó que los abrieran.

— ¿Quién tiene la cruz?

Una gran mano exhibió el símbolo y a continuación un par de ojos verdes se fijaron en unos marrones.

—Yo—espetó y sin sonrisas, ni voz amable, continuó—.Y elijo a Isabella como acompañante.


Nos leemos el domingo! Un abrazote y muchas bendiciones.

Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.