Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es invención mía.
Capítulo V
…
…—Yo—espetó y sin sonrisas, ni voz amable, continuó—.Y elijo a Isabella como acompañante…
—Bien, está decidido. Ten las llaves y el dinero para el combustible. Es bastante cerca y ya terminaste el semestre, así que disfrútenlo. Iré por los papeles, regreso enseguida—dijo Jacob, palmeando alegremente la espalda de Edward.
—Buen viaje—se despidió Quil antes de desvanecerse tras la puerta de su habitación. El resto imitó su acción segundos más tarde, todos con expresiones de alivio.
La atmósfera en la sala era tensa, pese a que la chica se esforzaba por mostrar una expresión distraída, él percibía su rigidez.
— ¿Me dirás qué ocurre?
—Ya te lo dije. Nada ocurre.
—Eso no es cierto.
— ¿Por qué crees que sabes algo sobre mí? —frunció el ceño mientras descruzaba los brazos y lo observaba con severidad. Cualquiera diría que estaba en posición de ataque.
—Baja las armas, chica. No quiero una guerra.
—Por favor—espetó, desviando el rostro y cruzando los brazos de manera firme.
El lenguaje corporal de Isabella gritaba la molestia que se forzaba a esconder. Y si no podría controlarlo del todo, es que estaba realmente enojada.
—Oye…
—Bien, toma todo esto Edward—Jacob lo interrumpió, pasándole una torre de mediana altura de carpetas—.Anoté la dirección exacta y le pegué en un post it sobre la primera carpeta. Y ya deberían irse, se hace tarde—lo empujó hacia la puerta y obedientemente, se dejó guiar.
Depositó el encargo y pronto se ubicó en el asiento del piloto, buscó la dirección exacta en Maps, que indicó que tardarían alrededor de una hora y media en llegar si iban por la Sprain Brook Pkwy.
Una ridícula melodía inundó el coche en cuanto encendió el motor, así que conectó su celular y puso modo aleatorio a un volumen bajo. Estaba algo nervioso y ansioso por la oportunidad de estar con Isabella.
Él hizo todo eso, e Isabella aún no aparecía. Miró con ansiedad hacia la entrada de la casa y se preguntó si vendría.
Antes que la duda hiciera más efecto, apareció con una chaqueta ligera y un bolso que nunca le había visto. Pronto se subió, ajustó el cinturón y miró por la ventanilla. Bueno, parecía que él era el único entusiasmado por la travesía.
Con desaliento se puso en marcha. Y el silencio se prolongó por un largo periodo de tiempo, que cualquier otro habría dicho no perturbaba a la joven, pero él sabía que el movimiento brusco de su dedo contra la tela del pantalón no era habitual en ella.
— ¿De verdad seguirás pretendiendo que nada pasa? ¿Por qué te comportas así, qué ganas con esta actitud? Si hablas, las cosas podrían solucionarse ¿sabes?
— ¿Ah, sí? —musitó sin mirarlo, con voz apagada. Pero su mano se presionó contra el muslo con fuerza.
—Sé que estás molesta y que te afecta más de lo que quisieras. Percibo que estás enojada conmigo, pero no entiendo por qué y si no me lo dices, no podemos solucionarlo.
— ¿Enojada? Por favor, no me hagas reír.
—Háblame, Isabella—la miró con intensidad y ella le correspondió haciendo un mohín con la boca.
— ¿Por qué te hablaría de algo? No te tengo confianza.
—Eso no es cierto, lo sé. Te comportas de este modo porque te molesta estar enfadada y que yo sea capaz de notarlo. Ya no te sirve tratar de ocultarte bajo tus muros. Logré hacer una pequeña grieta para verte.
— ¿De qué estás hablando? No sabes nada.
—Claro que sé, y lo sé porque te he estado prestando tanta atención que no puedo sacarte de mi cabeza. Te lo he dicho antes, y puedo repetírtelo otra vez porque no temo mostrarte lo que soy: me gustas mucho.
—Yo no tengo miedo de mostrar algo, simplemente no me interesa hacerlo. ¿Quieres que hable? Bien, aquí va. ¿Sabes por qué no quiero seguir conversando contigo? Porque quiero que me dejes en paz, yo no sé por qué crees que me gustas o que me gusta que me persigas, pero es patético. Eres realmente ridículo siguiendo y molestando a alguien que no te toma en cuenta. Y es por eso que jamás podrás llegar a gustarme. No me gustan los hombres estúpidos como tú.
Hubo un profundo silencio, interrumpido únicamente por la música y los carros pasando por los laterales.
Isabella observó la expresión de Edward con el corazón latiéndole en los oídos. Había perdido por completo la compostura y fue su enfado matutino saliendo por sus labios sin control. Con asombro y una desagradable sensación ascendiendo por su estómago, contempló el endurecimiento de las facciones del cobrizo. Era increíble, pero hacía un mejor trabajo que ella en eso de poner cara de póker.
—Ya veo—expresó con voz baja, mirando con atención al frente, al camino que comenzaba a ser consumido por las sombras de la noche—.He comprendido el mensaje, dejaré de molestarte.
Por primera vez en su vida, sentía que ella no tenía el control de los muros que la separaban de otra persona. Quería pedir disculpas por quitarle la jovialidad al rostro de Edward, por conseguir una inexpresión tan marcada como la suya propia. Sin embargo, su boca no dijo esas palabras.
—Bien—volvió la cara a la ventanilla, mientras sentía un nudo de disculpas ahogarle el pecho. Por qué se sentía tan desgraciada, si era lo que quería. Quería que él dejara de confundirla, que no le hablara, que no le importara más…
Pero no era tan sencillo, que Edward se portara así la hacía sentir mal, no era el chico que conocía y era su culpa.
¿Quién podía entenderla? Ella misma era incapaz de hacerlo. Y odió ser lo que era, odió comportarse tan fría cuando lo único que deseaba era retractarse y calentar su soledad con la energía del cobrizo. Pero era imposible, ella jamás había sido la calidez y energía positiva de alguien, no sabría qué hacer. Era una situación que la descolocaba, porque temía ser rechazada.
Estando del otro lado, le dolía pensar las veces que se comportó tan distante con Edward y cómo solía rechazarlo sin ceremonias. ¿Qué voluntad tan fuerte movía a ese hombre? Como fuere, había cruzado un límite y angustiada, presentía que se trataba de algo insalvable. O al menos, ella no sabía cómo arreglarlo.
Mientras ella se destruía la cabeza pensando sobre Edward, éste cada vez iba más cerca de su objetivo, deseando sólo llegar al destino, hacer el recado y volver. No tenía ganas de nada más que dormir por un día completo y recuperar su estado de ánimo. Estar deprimido lo hacía miserable.
En silencio, la pareja recorrió los kilómetros que restaban, con la noche cayendo cada vez más pronunciada. Hasta que finalmente el letrero de Bienvenidos a Cold Spring, los hizo espabilar.
El hombre se alojaba en una casa cercana al Rio Hudson, en West St. Según el GPS, en 20 minutos llegarían al lugar específico.
En el trayecto no había mucho que ver ya que era de noche y al parecer era un pueblo bastante tranquilo, sólo algunas parejas paseaban tomadas de la mano. Y en la plaza central se apreciaban indicios de vida nocturna algo más animada.
Frente al Río encontraron la residencia del señor Richard. Edward aparcó frente a la zona turística de Hudson y apagó el motor.
—Iré a entregar esto y nos iremos. ¿Vienes o te quedas?
—Me quedo.
—Bien—entonces cerró la puerta y desapareció.
Esa actitud tan distante y para nada juguetona hizo que algo dentro de Isabella se encogiera. Creyó que eso deseaba, pero estaba tan equivocada.
Lo vio alejarse hacia la casa de dos pisos. Estuvo un tiempo fuera y finalmente ingresó, dejando la calle vacía.
Suspiró mirando al frente, las luces del paseo turístico sólo iluminaban una pequeña porción del río, mientras que el resto permanecía tan oscuro como la boca de un lobo. Se quedó tan embobada mirando en esa dirección imaginando escenarios entre ella y Edward, que se sobresaltó cuando la puerta del coche se abrió.
Observó a Edward ponerse el cinturón y sin dedicarle ni un vistazo, encendió el motor y salió del estacionamiento. Las ensoñaciones de Isabella dieron un par de vueltas antes de esfumarse. Él no le iba a proponer bajarse y mirar un poco antes de regresar, no. Él no lo haría porque respetaba los límites que ella misma había puesto.
Sin querer hacerle más caso a la pesada sensación de pena que la embargaba, miró por la ventanilla hasta que la incomodidad al ver parejas tan alegres se volvió intolerable y jugó con su celular para matar el tiempo.
Iba tan concentrada escribiéndole a su madre, que cuando Edward se detuvo y unas luces azules, rojas y amarillas le hirieron los ojos, se encontró totalmente desorientada.
— ¿Qué ocurre? —parecía haber problemas más adelante.
—No lo sé—respondió estirando el cuello para ver más allá de los carros al frente. Un oficial se acercó y bajaron la ventana— ¿Qué está pasando?
—Hubo un accidente múltiple en la carretera. Estará cerrada hasta mañana, cayeron unos cuantos árboles y es imposible seguir por aquí.
—¿Hay otra pista?
—La hay, pero debe estar colapsada. Además están haciendo trabajos para la época estival, así que no la recomiendo—explicó.
—Entiendo.
—Creo que sería mejor que dieran media vuelta y buscaran alojamiento por esta noche.
—De acuerdo, gracias oficial.
—Buenas noches—se despidió para seguir informando a los automóviles posteriores.
— ¿Qué haremos? —preguntó la joven.
— ¿Qué prefieres tú?
—No lo sé. Tal vez sea buena idea seguir el consejo del policía.
Él pareció incómodo por el comentario, pero asintió al final.
—De acuerdo. Daré vuelta en el siguiente desvío. Espero que haya algún lugar disponible—comentó preocupado por la gran cantidad de coches que realizaban la misma maniobra de regreso.
Y vaya que fue una preocupación acertada. Tan sólo había dos hoteles y en el primero tuvieron mala suerte, pues todos los cuartos habían sido rentados. Mas, para la fortuna de la pareja, en Pig Hill, la segunda opción había una habitación disponible.
— ¿Sólo una? —volvió a preguntar Edward.
—Así es, con esto del accidente y las otras carreteras en reparaciones, muchos decidieron regresar y quedarse a pasar la noche. Lo siento, es todo lo que podemos ofrecer.
—Lo tomaremos—aceptó Isabella con voz firme. Y el joven que atendía asintió. Tomó los datos necesarios y al poco tiempo le entregó las llaves.
Ambos anduvieron en silencio hasta la habitación trece y la castaña fue la primera en entrar. Había una pequeña salita con un par de sitiales, un gran espejo. Luego una gran cama con dosel y una ventana a la derecha que daba a la calle. Era un espacio reducido, pero poseía una decoración acogedora aunque algo excesiva.
—Voy a ir por algunas cosas a la tienda que vi en la esquina, también le avisaré a los chicos. ¿Necesitas algo? —interrogó sin verla, ya que manipulaba su celular.
—Sólo un cepillo de dientes, por favor.
—Bien—entonces salió dejándola sola.
Se permitió un largo suspiro y sentarse en la blanda cama. No entendía cómo podía tener tan mala suerte, que justo el día que lía por completo todo, tenía que quedarse con Edward. ¿En qué momento iba a recomponerse y convencerse de que no le importaba?
—Soy tan estúpida—regañó, restregándose los ojos con molestia. Era tan tonta por creer que iba a poder hacer eso cuando se sentía tan culpable.
Arrastrando los pies miró el cuarto de baño y se dijo que después de comer algo, tomaría una ducha.
Bajo hasta la cafetería, donde notó un gran grupo de gente discutiendo con el encargado por el tema de las habitaciones. Ella y Edward sin duda habían tenido la fortuna de llegar primero.
Cogió una taza y se sirvió té. Compró un trozo de pastel y se ubicó en una esquina de la habitación, mirando por el gran ventanal. Si los ánimos no hubieran estado tan bajos, tendría un montón de nervios a flor de piel por estar a solas con Edward. Sin embargo, dado los recientes sucesos, que él intentara algo con ella era la última de sus preocupaciones.
Comió distraída por largo tiempo, hasta que su celular vibró.
—Dime—era Edward.
—Tienes las llaves, y no puedo entrar.
—Voy enseguida—apenas terminó la frase, él colgó.
La joven se apresuró en regresar y vio la expresión de fastidio en el rostro masculino.
—Lo siento, estaba comiendo algo.
No importaba si él no intentaba nada con ella, los nervios estaban ahí, tan presentes que sólo deseaba dormir pronto.
— ¿Comerás?
—Ya lo hice. ¿Cómo decidimos quién se queda la cama? —preguntó dejando las bolsas en el suelo y rebuscando algo.
—Puedes tenerla, si quieres.
—Mejor dejémoslo al azar—se levantó al fin y le tendió un cepillo de color negro. A continuación sacó una moneda— ¿Cara o cruz? —la miró a la cara, luego de un tiempo sin hacerlo y ella perdió un poco el hilo de la conversación. ¿Era esto una especie de dimensión desconocida en donde intercambiaban roles?
—Cruz.
De inmediato, él la lanzó. La detuvo en la mano y la abrió para que ambos vieran al mismo tiempo.
—Cruz. Te quedas la cama. Iré a pedir mantas extra—parecía que ahora no toleraba estar con ella mucho tiempo en la misma habitación.
—Ni que tuviera peste o algo—masculló, molesta sin saber por qué.
Rebuscó en su bolsillo y le dejó un par de dólares por el cepillo de dientes sobre la mesita entre ambos sitiales. Luego se metió al baño para tomar una ducha y como no tenía más ropa se colocó la misma.
Guardó el monedero en el bolsito que usaba muy de tarde en tarde, y lo dejó sobre el mueble cercano al calefactor, con el celular dentro. Entonces procedió a secarse el pelo y no se molestó en mirar a Edward cuando por fin regresó con ropa de cama.
En completo silencio, acomodó las cosas cerca del mueble. Recogió los dólares, su cepillo y entró al baño. Los ojos marrones no dejaron de seguirlo durante todo el tiempo.
Finalmente, terminó con su cabello, se quitó los pantalones, la chaqueta y se quedó con la camiseta más holgada y de mangas cortas bajo las mantas.
Al cabo de unos minutos, salió Edward con una toalla sobre los hombros. Completamente vestido.
Se secó el pelo con la misma tela, y luego la tendió sobre el respaldo de una silla. A continuación apagó la luz y se acercó a su cama en el piso. Pese a que la castaña quería dejar de mirarlo, no dejó de hacerlo aun cuando se bajó los jeans y se quitó la camiseta.
El corazón femenino saltó y provocó un extraño hormigueo en los dedos al ver la varonil espalda moverse, ese conjunto de músculos estirándose para abrir las colchas atrajo la atención de Isabella de una manera casi ridícula.
Por fin él desapareció de su campo de visión y dejó caer la cabeza. Estuvo unos minutos regañándose, hasta que oyó un suave suspiro.
Aquel simple sonido la hizo recordar sus palabras de la tarde, y con esos recuerdos vino la certeza de que ya no habría un omelette para ella nunca, tampoco volvería a secarle el cabello, ni repararle la bicicleta. Por supuesto ya no trataría de hacerla reír, ni la acompañaría a la lavandería. No le daría dulces ni le quitaría las gafas si se quedaba dormida. Reconocer eso le afectó más de lo que pensó que haría, y se encogió sobre su propio cuerpo. Sentía que estaba perdiendo algo importante y no hacía nada por evitarlo, aunque ¿podría hacer algo? No era posible que todo mejorara por un lo siento, la vida no funcionaba así, ¿verdad? Aún si lo decía desde el fondo del corazón, incluso si su voz se ahogaba por la emoción que la embargaba… disculparse no haría la diferencia. ¿Entonces por qué su cuerpo quería hacer exactamente eso? ¿Por qué estaba apretando los labios para retener las palabras?
La noche avanzó tranquila, con la luz de la calle iluminando muy poco la habitación. El sonido de algún reloj escondido dentro de la estancia interrumpía la calma con su ritmo imparable, pero no había ningún ruido adicional. Sólo un par de respiraciones constantes. Una de ellas fingía estar acompasada, pues le resultaba imposible dormir, había tanto que no cuadraba que no sabía qué punto de la historia se perdió.
Se restregó los ojos y acarició la barbilla, sintiendo una ligera barba asomándose a la superficie.
¿Cómo iba a quitarse todo el veneno de Isabella? No había forma de que lo abandonara pronto, pero no quería sentirse tan lamentable mucho tiempo más, no era su personalidad habitual y por lo general, sus emociones eran fuertes, ya fueran buenas o malas.
Suspiró, sabiendo que le aguardaba un largo camino por recorrer.
Eso pensaba, cuando de pronto oyó el susurro de mantas, a continuación un par de pasos y finalmente cómo alguien se metía en la cama improvisada con él.
—Hoy no…—refunfuñó. No se sentía bien como para lidiar con la adorable Bella durmiente. ¿Acaso quería castigarlo? En el momento que un par de manos pequeñas se ciñeron a su cuerpo, y sintió la suavidad de la figura femenina contra su espalda, tuvo la certeza de que no se trataba de un castigo, sino, que de una cruel tortura.
Ella se aferró a él con fuerza. Se había confiado porque estaban enemistados, por ello sólo se quedó con la ropa interior. Mas, ahora que los delicados dedos se estrechaban contra su estómago, se daba cuenta del error. La sentía por todo el cuerpo directamente y eso trabó su respiración.
Quería que lo tocara más, que la Bella sonámbula consolara sus sentimientos heridos por la Bella despierta…
Y eso no estaba bien.
Recurriendo a lo última parte de su moral, agarró la mano de la chica y la detuvo. Se preparó para hablar, pero su boca sólo pudo abrirse medio centímetro.
—Lo siento—oyó un débil susurro y a continuación se sintió fuertemente apretado entre los brazos de Isabella, que escondió la cara contra su espalda y por tanto la voz sonó aún más bajita—.Siento mucho todo lo que dije antes, sé que no es suficiente y que no va a remediar nada, pero quería que supieras que me arrepiento de mis palabras. No creo que seas patético ni ridículo, por el contrario. Has persistido en tu propósito aun cuando he sito tan dura contigo—él apenas y podía reaccionar, estaba petrificado por la sorpresa. Jamás esperó que Bella se metiera a su cama y lo tocara estando despierta—.No soy muy buena para hablar, pero quería que supieras que jamás me había sentido tan triste y miserable por tratar mal a otra persona. No estoy muy segura de lo que signifique pero… creo que siento algo por ti, es lo único que puede explicar por qué se me apretó la garganta apenas te dije esas cosas y por qué me sentí tan enfadada cuando vi a esa chica bajar las escaleras. Aunque no sé qué debería hacer de ahora en adelante… sé qué quería disculparme contigo. —Sintió los brazos de la joven aflojar y reaccionó antes de pensar. Se volteó de pronto y la encaró. Las mejillas de Bella estaban un poco sonrojadas y sus ojos se veían vulnerables, pese a que trataba de mantener una expresión seria, fue capaz de detectar el nerviosismo.
Apenas se movió, ella pegó los brazos a sí misma y lo observó con atención.
—Hablas rápido cuando te pones tensa, ¿eh?
Mantuvo los labios cerrados.
— ¿Estabas celosa por Tanya?
—No sé si celos sea el término más adecuado…—comenzó a decir, pero se interrumpió rodando los ojos y suspirando a continuación—.Supongo que podrían llamarse así, no lo había experimentado antes.
La honestidad a regañadientes de la joven hizo que Edward sintiera su pecho vibrar. Era increíble cómo unas simples palabras de la castaña podían elevar su ánimo.
— ¿Por qué te sentiste celosa? Te dije que me gustabas.
—Eso no quiere decir nada. No estamos juntos, yo misma lo quise así—espetó volviendo a sentir molestia.
— En primer lugar, Tanya es una amiga, tiene novio y sólo la ayudé con su entrega final—hizo una breve pausa—.En segundo lugar, tengo una pregunta ¿no has cambiado de opinión respecto a nosotros? —él extendió una mano y le acarició la cabeza. Isabella, recorrió la cara de Edward con apreciación para determinar si mentía respecto a esa chica. Finalmente, suspiró, creyendo sus palabras.
—No lo sé.
El cobrizo rio suavemente.
— ¿Y qué sabes? Esto es nuevo en ti.
—Todo esto es nuevo para mí. Nunca me sentí de esta manera antes. No estoy acostumbrada a que alguien que no sea Renée se preocupe por mí o me demuestre cariño.
— ¿No has tenido novios?
—No. Los chicos de mi pueblo sólo querían molestarme. Y ninguno de ellos llamó mi atención de esa forma.
— ¿Esa forma de atención es algo bueno?
—Eso creo—desvió la mirada, pero la devolvió al rostro masculino de prisa. Bajo el cuello de Edward sólo había más piel y ya era mucha distracción. En primer lugar, no entendía muy bien por qué no espero hasta el día siguiente para disculparse, cuando ambos estuvieran vestidos. Y en segundo, ¿por qué lo había abrazado?
—Hey, ¿qué ocurre? —él le sostuvo el rostro, parando sus pensamientos—.Estabas mirándome y de pronto sólo parecía como si no estuvieras aquí. ¿Segura estás despierta?
—Estoy despierta.
— ¿Entonces? Dime, habla conmigo.
—Es sólo que no entiendo por qué me estoy comportando así—sinceró—.No entiendo por qué no actué con más lógica, y hablé contigo mañana. Tampoco sé por qué me metí aquí, invadí tu espacio y te abracé.
—Oh, yo no tengo problemas con que invadas mi espacio personal. Me encanta compartirlo contigo y me gusta aún más que me abraces.
Ella sonrió.
—Somos tan distintos que no tiene sentido.
—No tiene por qué tenerlo—susurró Edward, acariciándole la cara con suavidad. El calor de las manos masculinas la hacía sentir un agradable cosquilleo en el estómago, además de concientizarla sobre su propia feminidad.
Sin saber la razón, los ojos de la joven vagaron por la cabeza de Edward. Desde su cabello de aspecto suave, sus cejas, pómulos y se detuvo en los labios. Por primera vez se preguntó cómo se sentiría un beso, ¿sería una sensación que ya conocía? ¿Sería como en las películas? Algo bueno debía tener, para que a la gente le gustaran tanto.
Despacio, él bajó una de las manos hasta tomarla por la cintura y acercarla más. Ella percibió el calor irradiando de la piel de Edward, y de pronto sintió la imperiosa necesidad de tragar.
—¿En qué piensas?
—Hueles bien—fue lo que salió de su boca, sin siquiera darse cuenta de ello—.Quiero decir…
—Tú también hueles bien—respondió, ubicando la gran mano en la curva de su espalda. El corazón de la joven echó a correr al recordar que sólo llevaba la camiseta, nada de pantalones.
De pronto la cabeza de Edward se acercó a la suya y por unos instantes creyó que la besaría. Sin embargo, siguió de largo hasta su cuello, donde lo sintió respirar. Luego depositar un beso y alejarse.
El cuerpo de la chica se quedó de piedra, tensa por la novedad de lo experimentado. El beso en ese sitió había enviado una descarga a través de su piel.
—Sip. Hueles muy bien.
—Es porque tomé una ducha.
—No, no es eso. Es como hueles tú. Conozco tu aroma, has estado en mi cama muchas noches.
—No lo digas así. Pareciera como si hubiéramos estado haciendo otras cosas.
— ¿Qué cosas? —él volvía a jugar con ella como siempre.
— ¿Crees que me da vergüenza hablar contigo de eso? —alzó la mirada, respondiéndole el desafío.
Él sólo se encogió de hombros, sonriendo de forma traviesa. Y le resultó imposible contenerse, le correspondió el gesto.
—Me encanta cuando sonríes de verdad. Tienes un hoyuelo muy bonito justo aquí—Edward tocó un punto justo bajo el labio inferior. Y la chica sintió cómo su corazón latía más deprisa. Con la mano que tenía en la cintura trazó un camino por su espalda, hasta llegar a la parte posterior del cuello, donde acarició con los dedos.
La respiración de Bella quedó atascada en algún punto de sus pulmones.
—Haces que mi corazón se aceleré—le contó. Y la joven abrió los ojos con sorpresa.
— ¿En serio? —incapaz de retener sus ganas de comprobarlo, extendió la mano y la posó en su pecho. El latido se dejó sentir sin problemas, golpeando contra su palma—.Es cierto—murmuró, alegre de no ser la única con ese problema.
— ¿Puedo comprobar si el tuyo late rápido también? —le preguntó al oído y se estremeció.
Antes que pudiera responder, él movió la mano hacia el frente y sin vacilar la ubicó entre sus pechos.
Isabella sintió sus mejillas más tibias que lo normal, porque sabía que su corazón estaba vuelto loco.
—Cielos, parecieras estar sufriendo una taquicardia. ¿Te sientes bien? Me pregunto si serías capaz de resistir un beso o una caricia más íntima.
—Por supuesto que puedo. Todo el mundo puede hacerlo. Y no estoy sufriendo una taquicardia, no te burles de mí.
Dejó de tocarle el pecho, para acariciarle la garganta.
—No sé si serías capaz de tolerarlo. Quizá sufras un infarto en el proceso, no podría quedarme tranquilo a menos que lo compruebe.
— ¿De qué estás hablando? No voy a ir al doctor sólo porque estás diciendo estupideces—regañó con el ceño fruncido.
—Ningún doctor va a comprobarlo. Yo lo haré.
—Tú no eres doctor.
—Podría serlo hoy—se encogió de hombros—.Y ya que tú estás tan concentrada en monitorear mi corazón, haré lo mismo contigo.
Recién entonces se dio cuenta que seguía tocándolo y cuando fue a retirar la mano, él la detuvo.
—Estoy bromeando, Bella. Sólo quería conseguir un beso.
—Oh.
— ¿Puedo hacerlo? He estado fantaseando un poco con tus labios—confesó trazando la forma del inferior. Los oídos de la castaña tronaban—.Y con tu cabello—lo acarició a continuación, enredando los dedos entre las suaves hebras—y tu cuello—su piel parecía florecer en cada nuevo sector donde su toque llegaba—… y tus clavículas. Me pareces una combinación de fortaleza y delicadeza totalmente armónica. La composición de tu silueta es perfecta para mis ojos, podría pasar horas sólo mirándote y descubriendo cómo el movimiento pasa a través de ti.
Mientras iba hablando, Bella dejó de concentrarse en otras cosas que no fueran su boca. Tenía una forma particular de pronunciar algunas palabras y letras que le resultaba muy atrayente.
¿Qué eran esas ganas de quererlo tocar? No quiso resistirse.
Sus dedos contra su pecho trazaron un dibujo sin sentido antes de viajar hasta el desordenado cabello. No tardó en acariciarlo y acercarse a él. Ahora era su propio pecho el que monitoreaba los latidos.
—No tienes que halagarme. También quiero…—no la dejó terminar, pues bajó la cabeza y puso en contacto sus labios con los femeninos. Tragándose las palabras que venían a continuación.
El primer roce fue cálido y palpitante. Su cuerpo pareció vibrar desde dentro hacia fuera. Sensación que se incrementó cuando él movió la boca, incitándola a hacer lo mismo.
Edward era paciente, pero Bella era buena aprendiendo. Y pronto él se preguntó si aceptaría más.
En el mismo momento que descendía con su mano y la ceñía por la cintura, trazó con la lengua el borde del labio inferior.
La primera reacción de Isabella fue detenerse. Pero el deseo de sentir más de esa embriagante emoción, la llevó a copiar el gesto de manera más tímida.
Edward profirió un suave sonido de satisfacción que provocó una profunda descarga de excitación en la joven. No sabía qué parte de todo era lo que le gustaba, pero quería más. Por primera vez antepuso sus instintos por sobre la lógica y la sensación de libertad y locura eran indescriptibles.
El cobrizo moduló su propio deseo, y sólo jugó con su lengua, en una batalla que no ponía a ninguno de los dos en peligro. Mas, no contaba con que la pierna desnuda de la joven pasara por sobre la suya y se enroscara en la pantorrilla. Aquello dejaba sus caderas muy próximas, aparte de dejarle sentir sus senos contra su pecho.
Apretó su espalda de manera inconsciente y su mano viajó por cuenta propia hasta el muslo que felizmente acarició.
Ella se apartó de la boca masculina, jadeando por la sensación de la caricia contra la piel de su pierna. Se había movido sin darse cuenta y su corazón latía tan rápido que no la dejaba pensar. Y Edward no le dio tiempo para calmarse, pues con los labios atacó su garganta, besándola hasta las clavículas.
Una parte de ella quería que siguiera, y otra que se detuviera porque no sabía qué hacer. Se sentía sobrepasada y fuera de control de lo que ocurría.
De pronto Edward la hizo recostar la espalda contra la cama, mientras sostenía su pierna en su cadera. Ella se sobresaltó cuando lo percibió entre sus piernas, y que su ansiosa boca bajaba la camiseta y ahora le besaba el inicio del pecho izquierdo. Sumándose a eso, la mano que antes sólo acariciaba su muslo, ahora iba recorriendo hacia el interior.
—Espera—lo detuvo con el aliento entrecortado y poniéndole las manos en los hombros.
Él se congeló en el acto y suavemente la soltó.
—Lo siento. Me entusiasmé de más—se disculpó con la respiración igual de alterada que la femenina.
—Está bien. Sólo me asusté.
—No iba a hacerte daño.
—Lo sé. Sólo… es demasiado rápido. No estoy segura de querer hacer esto ahora. Hay muchas cosas que debo pensar antes.
—Lo entiendo.
Pasaron algunos segundos en silencio, tranquilizando sus respiraciones. Uno contra el otro, sintiéndose.
—Antes de que me comportara así… ¿te sentías bien? —preguntó Edward.
—No fue sólo tu comportamiento, ¿de acuerdo? Se sentía tan agradable y estimulante que no supe cómo manejarlo.
Él sonrió, rodando sobre su costado para quedar de frente a ella. La contempló con dulzura antes de tomarla por la cintura. Le parecía tan irreal la situación, que tenía que tocarla para comprobar que no estaba soñando o alucinando.
—¿Siempre es así de intenso? —Interrogó con ojos inocentes, sin saber lo que provocaba en la mente de Edward.
—No lo sé. Para mí es muy intenso contigo, como con nadie más. Pero como es la primera vez que te sientes así por alguien, es probable que se deba a eso.
Ella pareció reflexionar.
—No tengo interés por comprobarlo con nadie más. Me gusta cómo me haces sentir. Me gusta que te preocupes por mí, y me gusta cuando me tocas.
Él sintió las cenizas renacer en fuego que corrió por sus venas, acrecentado por la mano de ella sobre la suya.
—¿Ya no vas a apartarme de tu camino?
Isabella suspiró.
—No tengo idea de qué va a suceder de ahora en adelante. No es algo que me haga feliz ¿sabes? Me gusta el control, me gusta adelantarme a los hechos, pero contigo es imposible—confesó, acostándose de lado y mirándolo con intensidad—Sin embargo… estar contigo me hace sentir bien. Despiertas cosas en mí que creía ser capaz de apagar o ignorar. Ahora esas cosas son tan fuertes que no puedo hacer de cuenta que no están ahí. Y si eres el culpable, debes hacerte cargo.
— ¿Eso quiere decir que…?
—Creía que eras más listo—rio la chica.
—Lo soy, sólo quiero que me lo digas—murmuró, acercándola más a su cuerpo.
—No voy a apartarte de mi camino, pero no sé si seré alguien fácil de llevar.
—Yo tampoco sé si lo seré. Podría ponerme demasiado cariñoso a veces.
—Creo que puedo lidiar con eso.
— ¿Si?
—Acabo de hacerlo, ¿no?
—Oh, nena. Esto no es nada.
— ¿Nada?
—Sabes cómo se reproducen los humanos, ¿no?
—Por supuesto que lo sé.
—Pues quiero hacer eso contigo.
—Yo no quiero hijos.
—No hablo de hijos, sino del proceso de creación de ellos.
— ¿No crees que vas muy rápido para la primera cita?
—Esto no es la primera cita. Es como una pre-cita.
—Nos besamos en la pre-cita. Renée estaría decepcionada—se quejó dramáticamente Isabella.
— ¡Acabas de bromear! Por Dios, estamos yendo muy deprisa en esta relación.
Ambos se rieron, mientras se abrazaban más.
— ¿Dormirás conmigo? —le preguntó, acomodando el cabello tras la oreja.
— ¿No lo he hecho antes?
—Pero esta sería la primera vez que haces un paseo nocturno a mi cama despierta. Tenía que preguntar.
—Me quedaré, aunque no hayamos tenido ninguna cita y no estemos en una relación.
—Eso puede arreglarse. Mañana tendremos una cita. O varias, estamos en Cold Spring después de todo—le acarició la cabeza, y ella comenzó a cerrar los ojos.
—Me parece bien—susurró con voz somnolienta.
—Te quiero, Bella—Edward le dio un beso ligero en los labios y pegó sus frentes.
Era el comienzo de una relación que prometía ser toda una aventura.
Fin
Holaaa! ¿Qué les pareció? Debo confesar que me gustan mucho estos dos, quizá en un futuro retome la historia o.o Bueno, ya me dirán qué opinan de la historia!
Por otra parte, quiero darles gracias por el apoyo, los reviews, los favoritos y alertas. Estas instancias hacen que me den muchas ganas de volver con mis otras historias, para poderlas leer. Espero que este mini fic les haya gustado, y nos estaremos leyendo en la próxima.
Un abrazote y muchas bendiciones!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.
