Danganronpa y sus personajes no me pertenecen.


De pronto, todo se volvió color blanco. La luz lo llevaba; lo arrastraba, lejos.

Parece que alcancé mi límite… —Una breve risita triste—. Lo siento.

.

Abrió los ojos de par en par.

La repentina claridad lo cegó. Los párpados le ardían; el corazón le latía a un ritmo desbocado. Sentía un fuerte dolor en las manos —se dio cuenta de que agarraba las sábanas con muchísima fuerza. Todo estaba húmedo; una fina capa de sudor cubría su piel, y su respiración se deshacía en jadeos.

—¿Shuichi? —Al principio no identificó la voz. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? Pero a medida que fue recuperando la visión —y con ella, una respiración más tranquila y acompasada—, los recuerdos y el peso de la realidad fueron llenando su mente, cubriendo el intenso fulgor blanco de su sueño reciente.

Se sentó en la cama del hospital.

—¿Estás bien? —La voz era la de Kaito, su nuevo compañero de habitación. Se encontraba en el internado psiquiátrico al que había llegado ayer. Su nueva psiquiatra era Ryo Sonoda. Su diagnóstico era el de trastorno depresivo mayor. Cada día le administraban una dosis de cien miligramos de sertralina, y otra de 10 miligramos de aripiprazol—. ¿Shuichi?

Kaito lo miraba desde su cama; por el ejemplar de la revista Science que tenía abierto en su regazo, y por el hecho de que su campera descansaba sobre sus hombros, parecía que llevaba un largo rato despierto. Shuichi miró el reloj en su mesa de luz: ocho y cuarto de la mañana. La enfermera le había dicho que el desayuno empezaba a las ocho, pero que nadie iría a despertarlo hasta las nueve y media.

—…Sí —murmuró finalmente. No le preguntó qué hacía despierto tan temprano; Kaito parecía la clase de persona que se levantaría a esas horas porque sí. En silencio, se levantó y se dirigió al baño.

El reflejo de su rostro en el espejo de la pared le devolvió la mirada. Sus ojeras se encontraban tan marcadas y evidentes como ayer; esta vez tenía el pelo desordenado, y sus ojos todavía cargaban el tormento de la pesadilla de la que acababa de despertar. No recordaba exactamente qué había soñado; pero no necesitaba recordarlo para saber con qué tenía que ver.

—¿Quieres ir a desayunar? —le ofreció Kaito cuando salió del baño. Él sacudió la cabeza, y su compañero de cuarto lo miró con mala cara—. No vas a poder eludirlo eternamente, ¿sabes?

Shuichi no contestó.


«Saihara–kun».

Miraba hacia adentro, pero no tenía nada particular en mente. Su vista se había desviado hacia un costado, en el suelo; había dejado de escuchar, mantener su atención centrada durante tanto tiempo siempre era un esfuerzo —y, como tal, no siempre resultaba bien.

—Saihara–kun.

El matiz insistente de la voz de la doctora Sonoda fue lo que lo sacó de su ensimismamiento. Levantó la vista hacia ella sin decir nada, enderezando la cabeza en un gesto cansino. Ella lo contempló con gesto insondable.

—Estaba comentándote el régimen de terapia grupal —puntualizó con paciencia—, para que me digas si te interesa. Sabrás que es una gran oportunidad; los resultados siempre son positivos, y es un buen sitio para conocer a los demás y hacer amigos.

Él la miró sin responder, durante unos instantes. No porque cavilara sus opciones: tenía clara su respuesta. Sólo se preguntaba cómo dársela sin sonar grosero.

—… No, gracias.

Ella asintió.

—Está bien. Pero tienes que elegir al menos una de las terapias alternativas. —Le dijo, tendiéndole un papel que yacía sobre su escritorio. El blanco de la hoja era muy intenso debido a la luz que entraba por la ventana y la alumbraba en todo su esplendor; Shuichi la tomó, quitándola de la luz directa del Sol para poder verla mejor.

Era una lista de aproximadamente una docena de distintas terapias que podían tomar los pacientes del hospital: entre ellas estaban la terapia del grupo, la ludoterapia, la terapia deportiva, la musicoterapia…

Tragó con fuerza.

—Si necesitas tiempo para pensarlo, puedes tomarte algunos días… —estaba diciéndole la doctora Sonoda, pero Shuichi la interrumpió.

—Ludoterapia —sentenció con firmeza. Ella lo miró arqueando las cejas—: No soy… bueno en los deportes, y las otras no me interesan mucho.

Tras un breve instante de silencio, la doctora asintió. Shuichi le devolvió la lista.

—Ludoterapia será, entonces. Los encuentros son los miércoles y los viernes a las cuatro de la tarde —le dijo—. Pero la sala está abierta todos los días desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche. Puedes ir cuando gustes —le sonrió.

Shuichi asintió.

—También te recomendaría que comieras en el comedor —sugirió ella, ahora con tono más severo, si bien continuaba siendo amable—. Comer solo en la habitación no es bueno.

Shuichi no dijo nada. Era obvio que la tipa sabría que no estaba comiendo con los demás. En cualquier caso, Kaito tenía razón: no podría evitarlo eternamente. El problema era que tenía tan pocas ganas de hablar con nadie que el sólo hecho de ir a ver a la psiquiatra ya constituía un mérito enorme. Pero claro, hacía todo con la misma idea en mente: evitar problemas, no levantar sospechas.

Poco después, la doctora Sonoda lo dejó libre por el resto de la tarde. Shuichi se dirigió de regreso a la habitación, sin mirar demasiado a nadie. En el camino se cruzó con Keebo; pero lejos de detenerse para hablarle, sólo le dedicó una breve mirada, sin dirigirse a él más que con una ínfima sonrisa de reconocimiento antes de pasar por su lado sin pronunciar palabra. Internamente, Shuichi agradeció que sólo le hubiera sonreído; de todas las personas que Kaito había traído la noche anterior a la habitación, Keebo parecía la más… sensata. No lo molestaría si notaba que no quería ser molestado.

Esa tarde también la pasó solo en el cuarto. Kaito había vuelto a irse —Shuichi no sabía a dónde—, de manera que tenía la habitación entera para él solo. Nadie entró al cuarto hasta entrada la noche, cuando una enfermera hizo presencia en la habitación para anunciar que ya era el horario de la cena. Él tenía sus serias dudas de que hicieran eso con todos los pacientes del hospital: probablemente era una forma poco sutil de indicarle que en algún momento tendría que empezar a ir a comer al salón comedor.

Aquella noche parecía tan buena como cualquier otra para hacerlo. Shuichi no tenía ganas de soportar gente, pero mucho menos tenía ganas de aguantar reproches porque comía solo en su cuarto. Así que se armó de valor, aferrando los bordes de las mangas de su ropa con los dedos, y salió de la habitación.

Se dirigió a través de los pasillos a donde creía recordar que se encontraba el salón comedor. Albergaba esperanzas de equivocarse y no hallarlo nunca, pero su orientación era lo suficientemente buena como para jugarle una mala pasada: pronto se encontró parado frente a unas grandes puertas dobles que estaban entreabiertas, y desde detrás de las cuales provenía un gran barullo de gente hablando entre ella, sonidos de platos de plástico, y el chirrido de las sillas al moverse contra el piso.

Respiró hondo y entró.

El recinto era amplísimo; de paredes azul claro y altos techos, había lugar allí para un centenar de personas. Largas mesas se distribuían a través de toda la sala; casi todas ellas estaban ocupadas por al menos una o dos personas, aunque otras se hallaban llenas en su totalidad, con una docena de personas diferentes ocupándolas. Unos grandes ventanales en la pared de la derecha permitían observar el cielo nocturno cubierto de estrellas; a lo lejos se observaban las luces de la ciudad, pues el hospital se encontraba en las afueras de ésta.

Las voces se entremezclaban unas con otras; había algunas personas que hablaban tan fuerte que sus voces eran perfectamente audibles e identificables incluso desde la puerta del lugar —otros pacientes, por el contrario, permanecían en silencio y mirando su plato, sin emitir sonido alguno. El personal del comedor se encargaba de servir la comida en un mostrador en la parte trasera, donde todos debían hacer fila y aguardar a ser atendidos.

—¿Shuichi? —Una voz lo llamó desde algún punto del salón; él escudriñó las mesas con la mirada hasta dar con el rostro asombrado de Kaito —que, al hacer contacto visual con él, en seguida convirtió su expresión en una sonrisa.

Le mesa en la que se hallaba sentado Kaito estaba ocupada por él y dos personas más: una de ellas era Miu, la chica rubia que había acudido a la habitación la noche anterior; la otra era una chica que Shuichi no conocía y a la que no había visto hasta el momento: tenía el cabello muy largo y oscuro, y lo llevaba recogido con dos colitas de color rojo. Desde donde se encontraba, Shuichi no podía ver su rostro, aunque sí podía ver que se encontraba sentada en un extremo de la mesa, alejada de Kaito y Miu.

El muchacho le hacía gestos a Shuichi para que se acercara. Él sabía que no tenía opción, así que se encaminó hasta allí.

—¡Vaya! No pensé que fueras a venir hoy, por eso no fui a buscarte —comentó. Shuichi no dijo nada, y él procedió a explicarle el funcionamiento del lugar—: Mira, tienes que ir allá, tomar una bandeja, y elegir la opción que quieras. —Lo miró serio—. El takoyaki es lo mejor, de lo mejor, deberías probarlo —le dijo con severidad; entonces recuperó la sonrisa—. Luego ¡ven a sentarte con nosotros!

«Nosotros» en realidad parecían ser Miu y él, porque la otra chica no se veía muy involucrada en el pequeño grupo. Pero Shuichi no dijo nada y se dirigió a donde Kaito le había indicado.

En el camino pasó entremedio de varias mesas; la mayoría de ellas estaba ocupada por gente que no conocía, aunque divisó una mesa en la que se habían sentado Himiko, Keebo, la chica que se había rehusado a entrar a su habitación la noche anterior —creía recordar que su nombre era Tenko—, y otra chica a la que no había visto nunca, de cabellos tan blancos como los de Keebo, pero piel marcadamente oscura. Llevaba ropas de color amarillo y parecía estar contando algo al resto con mucho entusiasmo.

Shuichi hizo la fila, que avanzaba a una velocidad aceptable. No es que estuviera apurado, pero a nadie le hacía gracia tener que esperar de pie. Delante de él había un muchacho alto de largos cabellos oscuros que tarareaba una sombría melodía mientras aguardaba.

Cuando llegó su turno, la mujer que lo atendió le sonrió. Tenía el cabello gris verdoso y parecía relativamente corto, aunque por la redecilla con la que se lo sostenía era difícil saberlo. Aun así, no se veía demasiado mayor; habría de tener, cuanto mucho, unos diez años más que el propio Shuichi. Su gesto era amable mientras lo miraba con sus grandes ojos del mismo color que su pelo.

—Es la primera vez que vienes, ¿no es así? —Él sólo asintió, incómodo—. No te preocupes, para todos es igual. ¿Qué prefieres? —le preguntó, haciendo un gesto hacia donde se exhibían las descripciones de los tres platos del día con sus respectivos ingredientes. Soba, takoyaki, y un plato vegetariano basado en arroz y verduras.

—… Takoyaki, por favor.

Mientras le servía su plato, Shuichi observó que la mujer llevaba una placa con su nombre enganchada en su uniforme, que era negro con detalles blancos. «Kirumi». Cuando volvió a levantar la vista, ella ya le tendía su plato con una sonrisa.

—Un gusto conocerte —le dijo ella, y luego de murmurar un escueto «gracias», Shuichi se alejó.

Kaito volvía a hacerle gestos para que se sentara con él. No era que tuviese pensado ir a sentarse en otro lado. Así que se dirigió a su mesa, donde tomó asiento justo al lado de su compañero de cuarto; frente a él se encontraba Miu. Al igual que ayer, llevaba la parte superior de su ropa atada en la cintura, volviendo visibles su vientre y su ombligo; se había echado el cabello a un costado sobe un hombro, y había dejado de revolver su plato de comida —que no parecía haber tocado hasta entonces— para mirar a Shuichi.

—Uh… No sabría decir si te ves igual o peor que ayer —comentó como quien no quiere la cosa; él no le contestó nada.

—¡Mira! —intervino Kaito, tirando de su manga derecha y señalando hacia su izquierda—. Ella es Harumaki.

Kaito señalaba a la chica del extremo de la mesa, que se encontraba sentada del mismo lado que ellos, pero no había hecho ademán alguno de acercarse. Ahora que Shuichi podía ver su rostro, descubrió que tenía los ojos de un intenso color rojo, y llevaba el flequillo recto, con una pequeña hebilla en un costado. Su expresión era insondable; Shuichi pensó que iba a ignorarlos por completo, hasta que, en tono bajo —pero lo suficientemente alto como para que pudieran escucharla— murmuró:

—…Ya te dije que no me llames así.

Su voz era suave y calma; no denotaba ninguna emoción más que una leve irritación.

—¡Ah, vamos, Harumaki! ¡No seas así! —la instó Kaito con diversión—. Él es Shuichi.

Estaba claro que ése no era el verdadero nombre de la chica; sin embargo, Kaito parecía hacer lo que quería en lo que a su forma de tratar al resto se refería. Shuichi nunca le había dado permiso para llamarlo por su primer nombre, aunque tampoco le molestaba que lo hiciera. En realidad, no le importaba en absoluto.

La chica sólo le dirigió una breve mirada, antes de devolver la vista a su plato.

—… Maki —dijo en un murmullo. Shuichi no replicó; suponía que ése debía ser su verdadero nombre. Poco después, Kaito empezó a contar el sueño que había tenido la noche anterior; fue la situación ideal para desconectar el cerebro y comer, mientras se perdía en los confines de su mente.

Kaito tenía razón, hasta cierto punto: el takoyaki era rico —no tanto como le había dicho, y sin dudas mucho menos que el takoyaki que hubiera podido comprar fuera del hospital; pero tenía gusto a algo, y eso ya era decir mucho. Mientras comía, Shuichi miraba hacia adelante sin ver realmente; aunque sí alcanzó a distinguir que, a lo lejos, Keebo y la otra chica de pelo blanco parecían haberse sumergido en un arduo debate, mientras Himiko y Tenko observaban. Notó que esta última, de tanto en tanto, miraba a su alrededor con atención; no parecía cómoda en absoluto, aunque su incomodidad no parecía estar relacionada con sus compañeras de mesa, sino con el resto de las personas del salón.

—¿Crees que puedas conseguirme unas baterías? —La pregunta de Miu lo sacó de su ensimismamiento; había llegado a captar que estaba quejándose de algo, pero no había oído de qué se trataba. En ese momento, sus ojos celestes se hallaban fijos en Kaito, que se rascaba la nuca con incomodidad.

—Bueno, eh… Eso… —Tragó de forma visible—. Puede que sea un poco complicado…

¿Ah? ¿No dijiste que te habías hecho amigo de alguien del personal de limpieza? ¡Seguro puede traerte unas de afuera! —protestó ella. Soltó el tenedor de plástico sobre el plato —que, Shuichi observó, continuaba tan lleno como cuando él había llegado.

—Bueno, no–quiero decir, sí, pero… —Kaito carraspeó—. Vaya, lo siento. ¡Tengo que ir al baño! —exclamó; y un instante después, había desaparecido de su asiento.

Miu chasqueó la lengua.

—¿Moraleja? —preguntó, con el entrecejo fruncido en un gesto de disgusto—: nunca confíes en Marmota–san. La mitad de lo que dice son estupideces, pero pensé que realmente se había hecho amigo de alguien de limpieza. Ya ves, con lo sociable que es…

Repitió el chasquido, y volvió a mirar con desagrado el contenido de su plato. En el extremo de la mesa, Maki seguía sin decir nada; aunque, por su expresión, no parecía estar perdida en sus pensamientos. De hecho, parecía escuchar perfectamente todo lo que ocurría a su alrededor; pero era como si no le importara, o como si no tuviera interés alguno en formar parte de lo que la rodeaba.

Shuichi terminó de comer sin entablar conversación —a menos que los esporádicos gruñidos de protesta de Miu contaran como tal. Kaito no volvió a aparecer. Una vez hubo finalizado su plato, tiró los restos en la basura y llevó la bandeja y los cubiertos al sitio indicado por un cartel. Al verlo, la mujer que lo había atendido antes le hizo un gesto para que se acercara, ofreciéndole un pastelito de postre. Shuichi lo tomó y se fue a su habitación.

Estaba a punto de llegar cuando un estruendoso golpe llamó su atención. Miró a su alrededor, pero no vio nada extraño. La gente que pasaba por su lado no pareció alterarse en lo más mínimo por aquel imponente sonido. Continuó caminando por el pasillo, y pronto el golpe se repitió. No tardó mucho en darse cuenta de que el estruendo parecía provenir de su propio cuarto.

Cuando llegó a la puerta, el sonido de otro golpe se lo confirmó.

Abrió despacio, inseguro sobre qué iba a encontrar en el interior.

El cuarto era un desorden. Su parte de la habitación se encontraba en perfecto estado, tal como él la había dejado; pero la cama de Kaito se hallaba tumbada de costado, y el colchón yacía en el piso, entre un caos de sábanas y mantas. La colección de revistas de su compañero de habitación estaba desparramada por el suelo, y sobre ellas se había caído la mesa de luz —la pantalla de la lámpara se había roto, y el reloj despertador estaba tirado en el suelo justo al lado de la puerta del cuarto.

En el momento exacto en que aquella escena fue develada ante los ojos de Shuichi, una figura alta, ataviada con una chaqueta color púrpura, pegó una patada a la estructura de madera de la cama, que se derrumbó boca abajo con un gran estrépito.

—¿K–Kaito? —preguntó él con aturdimiento; pero justo entonces su compañero soltó un grito enfurecido; y, casi al instante, alguien empujó a Shuichi, apartándolo del camino, y se abalanzó sobre aquel.

No tuvo tiempo de reaccionar; la enfermera atrapó a Kaito entre sus brazos y, cuando Shuichi quiso darse cuenta, ya le había aplicado una inyección en el cuello, con firmeza. El muchacho gritó enfurecido y se volteó para abalanzarse sobre la mujer, que retrocedió —y, junto con ella, tironeó de Shuichi para llevarlo hacia atrás.

Por un instante, las facciones de Kaito parecieron enloquecidas. Pero justo cuando parecía que iba a saltar hacia ellos, su rostro perdió su gesto amenazador y parpadeó con aturdimiento. Otra enfermera entró entonces en el cuarto; y, con ella, un muchacho enorme que llevaba el uniforme del personal de limpieza. Este último atajó a Kaito en sus brazos justo cuando éste se desmayaba; acto seguido, la enfermera le tomó el pulso; y poco después se lo llevaron juntos de la habitación, sin emitir palabra.

Shuichi estaba atontado.

—Lo siento, Saihara–kun, es una lástima que tuvieras que presenciar esto —le dijo la enfermera que había aplicado la inyección. Se acomodó su uniforme, que se le había desarreglado en el forcejeo—. No sé si tu compañero te lo dijo, pero pienso que es importante que lo sepas. Momota–kun padece de un tipo de trastorno explosivo intermitente, lo que lo lleva a desarrollar episodios de ira intensa e incontrolada. Algunas veces es posible calmarlo mediante el diálogo, pero en ocasiones como hoy…

Sacudió la cabeza y suspiró. Instantes después y tras desearle buenas noches, pidió permiso y se retiró, prometiéndole que en seguida acudirían a acomodar el caos que Kaito había dejado detrás de sí.

Shuichi todavía estaba aturdido —tanto era así que se tambaleó hasta su cama y se dejó caer sentado sobre ella. Sus ojos contemplaban fijos el colchón que Kaito había derribado en el suelo, el desorden de revistas repartidas por el piso. Una de ellas yacía abierta en la página de un artículo que conmemoraba la llegada del hombre a la Luna.

Se puso de pie y, tras dejar su pastelito sobe su mesa de luz, las juntó, levantándolas una por una, enderezando las páginas que se habían doblado, y cerrándolas. No se detuvo hasta haberlas juntado todas; luego las colocó sobre el mueble al fondo del cuarto. Eran poco más de una docena, y sólo eran revistas; pero, por algún motivo, lo incomodaba verlas esparcidas por el suelo. No entendía por qué.

Poco después llegaron dos tipos del personal de limpieza para ordenar el desastre; Shuichi se retiró al baño todo el tiempo que permanecieron allí. No tenía ganas de que le hablaran, ni de que le hicieran ninguna pregunta. Se sentó en los fríos adoquines del suelo y se quedó ahí cavilando la situación.

Estaba perturbado. Era extraño porque era una emoción que hacía tiempo no sentía; pero era difícil de imaginar que alguien pudiera entrar en su habitación, encontrarse con una situación semejante, y no tener ninguna reacción al respecto. En realidad, lo que lo turbaba era el contraste entre el Kaito que había conocido el primer día, y el Kaito al que había visto esa noche. La diferencia era abismal —desde que se habían encontrado por primera vez, su compañero de cuarto no había hecho otra cosa que sonreírle e invitarlo a lugares. Nunca se hubiera imaginado una faceta suya como la que acababa de ver.

Entonces recordó lo que se había señalado a sí mismo el día anterior: que tanto él, como Kaito, como Miu, como Maki y como todos los demás estaban ahí por algún motivo. Nadie se encontraba en ese lugar por gusto. Que en algún momento se manifestaran los síntomas por los que Kaito estaba ahí dentro era esperable —y dada su condición, quizás era un milagro que no hubiera ocurrido antes.

Por primera vez desde que llegara al hospital, se subió la manga izquierda de su vestimenta y contempló los largos vendajes que cubrían su brazo. Se limitó a mirarlos, pensando en todo y en nada en particular; recordando aquella noche hacía ya una semana pero sin sentir nada por el recuerdo —como si su mente reprodujera sus memorias pero él no pudiera entenderlas.

Cuando oyó que fuera de la habitación sólo había silencio, salió del cuarto de baño. Los hombres habían ordenado todo y ya se habían ido. La cama de Kaito volvía a estar tendida y en su lugar; habían reemplazado la pantalla de la lámpara, que descansaba de vuelta sobre la mesa de luz; todo se encontraba de regreso donde debía, como si allí nunca hubiera sucedido nada.

Se acostó en su cama, cubriéndose con las sábanas y las frazadas; aguardó un rato, pero Kaito nunca volvió. No esperaba que lo hiciera —no esa noche.

Poco después, se durmió.