Danganronpa y sus personajes no me pertenecen.
—Deberías quitarte esa gorra, ¿sabes?
—No quiero.
—Sabes que, si no te la quitas, tu cerebro puede ahogarse por falta de aire, ¿no?
—… ¿De verdad?
Una risita traviesa.
—… Claro que no.
.
La mañana de su tercer día en el hospital, Shuichi amaneció sin sudores ni pesadillas —pero despertó muy, muy temprano. Al mirar el reloj, descubrió que eran apenas las siete de la mañana; aun así, aunque intentó volver a dormirse le resultó imposible; de modo que veinte minutos más tarde se hallaba sentado sobre la cama, mirando a través de uno de los grandes ventanales de la pared.
Las cortinas estaban abiertas, permitiendo que la luz exterior entrara a raudales por el vidrio. El día estaba soleado, aunque por ser todavía bastante temprano, la iluminación era suave.
Kaito no había vuelto a la habitación; su cama yacía tan vacía e inmaculada como cuando Shuichi se había ido a dormir.
Por primera vez en semanas, se levantó y se dirigió al baño para lavarse la cara. Tenía los ojos pegoteados de lagañas; la sensación del agua fría contra su rostro fue agradable. También el poder abrir los ojos y ver sus alrededores con absoluta claridad. Su propia mirada lo contempló a través del espejo; intentó acomodarse el cabello, aunque a duras penas logró arreglar algo de su eterno desorden.
Pasó los siguientes cuarenta minutos flotando en la habitación, sin hacer nada en particular. Cuando llegó la hora del desayuno, decidió acudir al comedor. Tendría que volverlo un hábito si no quería levantar sospechas ni que se lo llevaran a cuidados intensivos; aunque en ese momento no pensaba demasiado en el suicidio. De hecho, su mente vagaba a través de la nada, para de vez en cuando aterrizar en Kaito. ¿Qué habría pasado con él?
En el salón comedor no había demasiada gente. Era natural; apenas si acababan de abrir, y era demasiado temprano aún. Aparte de él mismo, allí dentro había sólo unas cuatro o cinco personas más. Se dirigió al mostrador de la parte de atrás, donde la misma mujer que lo había atendido la noche anterior aguardaba con una sonrisa.
—¿Cómo estás? —le preguntó amablemente. Él sólo soltó un escueto «bien»—. ¿Qué quieres tomar?
No dejó de sonreír al despedirlo; Shuichi llevaba consigo una bandeja con unas medialunas y una taza de café —descafeinado. ¿Kirumi? le había indicado que no podía servirle café con cafeína a menos que le llevara una credencial otorgada por su psiquiatra que indicara que podía consumir dicha sustancia, dado que podía intervenir con ciertas medicaciones o agravar algunos síntomas.
Tomó asiento en una larga mesa que se encontraba vacía. El café caliente fue como una caricia para sus papilas gustativas; nuevamente se preguntaba por Kaito. Algunas personas más habían entrado al salón comedor, pero a él no se lo veía por ninguna parte.
—Shuichi~ —Una voz aguda lo sacó de su ensimismamiento; no le sonaba de ninguna parte y acababa de llamarlo por su nombre de pila. Levantó la vista de su humeante café para encontrarse con la chica de cabellos blancos y vestimentas amarillas que había visto la noche anterior sentada en la misma mesa que Keebo y las demás. Sus ojos eran de un celeste entusiasta y sus labios se curvaban en una sonrisa amistosa—. Ah, Atua nunca se equivoca~
Él sólo la miró. No tenía idea de quién era Atua. Como si se conocieran de toda la vida, la joven colocó su bandeja del desayuno y se sentó justo delante de él. Se había servido un jugo y había escogido una manzana para comer.
—Yo soy Angie —se presentó tranquilamente, enderezando su bandeja sobre la mesa y lustrando la manzana con los dedos—. Atua me habló de ti. Me dijo que vendrías pronto. Él siempre está conmigo.
Shuichi no sabía qué responder, así que se llevó la medialuna a la boca con tal de tener una excusa para no contestar.
—Atua es bondadoso. Siempre me cuenta lo que va a suceder antes de que ocurra. —Shuichi observó cómo empezaba a pelar la manzana con las uñas. Nunca había visto algo así, y ciertamente Angie era muy buena en ello; pensó que probablemente no fuera japonesa de nacimiento—. Si quieres, puedo ayudarte a acercarte a él.
—Lo siento —se excusó Shuichi cuando ya no pudo pasar más tiempo en silencio; no quería ser descortés—. ¿Quién… quién es Atua?
Temió que la pregunta la ofendiera; pero los ojos de Angie brillaron con emoción, como si la entusiasmara que Shuichi le preguntara al respecto.
—¡Atua es quien tú quieras que sea! Es bueno, y misericordioso, y tiene todas las respuestas. —Cerró los ojos con expresión pacífica, y por su aire de misticismo, Shuichi empezaba a pensar que Atua era alguna especie de ente divino—. Atua acepta ofrendas de sangre sin importar de quién vengan —añadió Angie a continuación. Shuichi tragó—. ¿Te interesa?
—Eh, —carraspeó audiblemente— no, gracias.
Angie sólo suspiró, sin darle demasiada importancia. Acto seguido, se abocó a una larga perorata respecto del poder creador divino de Atua, y de cómo la asistía con sus obras de arte. Al parecer a Angie le gustaban mucho la pintura y la escultura, y se había inscrito a las sesiones de terapia artística.
—Atua revela sus creaciones a través de mí —le explicó con solemnidad, orgullosa de ser quien transmitiera el conocimiento de su dios al mundo—, yo sólo pinto y dibujo lo que él me dice.
Shuichi había perdido el interés en su café, que ya se había enfriado; y sus medialunas se habían acabado hacía rato. Angie apenas iba por la mitad de su manzana y no había tocado su jugo; él no sabía cómo escapar sin parecer maleducado. Por cómo hablaba la muchacha, resultaba obvio que la gente no solía escucharla, y Shuichi no quería hacerla sentir mal.
—Ah, Saihara–kun. —La llegada de Keebo fue su salvación. Acababa de entrar al comedor; por su expresión y la determinación con la que se había dirigido a su mesa, parecía haberse dado cuenta de que Shuichi estaba en un aprieto. Angie saludó con una sonrisa, pero su mirada pronto se desvió a la figura que había entrado junto a Keebo y se había apresurado hacia otra mesa más lejana.
—¡Qué bueno que vinieras, Tenko! —exclamó, levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia donde la otra muchacha se había escabullido. Mientras se llevaba la bandeja consigo, decía—: Justo hoy Atua me reveló en un sueño algo que deberías saber…
Cuando se alejó lo suficiente, su voz se apagó. Empezaba a llegar más gente al comedor, y por eso el ruido de fondo era cada vez mayor. Entretanto, Keebo había tomado asiento en el lugar de Angie.
—… Gracias —murmuró Shuichi. Keebo sacudió la cabeza, meciendo sus cabellos blancos hacia un lado y al otro.
—No es nada. Yonaga–san se pone… intensa, cuando habla de Atua–sama. —Suspiró, sin decir nada más. Ambos permanecieron en silencio unos instantes. Shuichi agradecía que lo hubiera rescatado, pero ahora estaba atrapado con Keebo —y aunque era preferible antes que Angie, el silencio era… incómodo.
—¿No vas a desayunar? —le preguntó por decir algo. Keebo sacudió la cabeza otra vez.
—No tengo hambre. Vine sólo para acompañar a Chabashira–san —puntualizó. Shuichi levantó la vista y observó la mesa en la que Angie y Tenko se habían sentado. Esta última tenía la vista fija en el propio Shuichi, contemplándolo con nerviosidad. Desvió los ojos en cuanto se dio cuenta de que él también la miraba.
Keebo pareció darse cuenta de la confusión de su compañero de mesa, porque en seguida aclaró:
—A Chabashira–san no le gusta estar en compañía de hombres. No es personal.
Aquello parecía ir mucho más lejos que un simple disgusto por el género masculino —la manera en que la joven contemplaba ansiosamente su alrededor era indicador de algo mucho más fuerte. Pero Shuichi tenía otra pregunta más importante en mente.
—¿Y qué hay de ti? Parece tenerte confianza —señaló.
Entonces Keebo parpadeó y tragó de forma visible. Sus ojos claros se mostraron incómodos por un instante, antes de que su expresión se tornara insondable y musitara:
—… Supongo que soy una excepción. —Desvió la mirada a un costado con gesto apagado. Shuichi se dio cuenta de que algo no cuadraba; acababa de cometer un error. Pero antes de que pudiera pedir perdón, la puerta del comedor se abrió una vez más y una voz estridente anunció:
—Llegó por quien lloraban, imbéciles. —Shuichi se preguntó si Miu entraría todos los días de esa forma al salón comedor. Luego de su entrada triunfal, la joven hizo un gesto con la lengua hacia Shuichi y Keebo, a modo de saludo. Apenas demoró unos minutos en ir y volver de la parte trasera del comedor; sólo traía un gran vaso de agua con ella.
Tomó asiento junto a Shuichi. Llevaba la parte superior de su ambo atada por arriba de la cintura igual que siempre; ahora que la veía bien, le llamó la atención lo verdaderamente delgada que era. Contempló el vaso de agua, pero no dijo nada.
—Si no desayunas como corresponde, te harás mal a la salud —señaló Keebo con tono severo. Miu chasqueó la lengua, echando sus largos y desordenados cabellos rubios hacia atrás.
—Cállate, Keebo —espetó. A continuación, carraspeó como si nada, y dijo—: Marmota–san de verdad la armó ayer. Me dijeron que se necesitó al tipo gigante de limpieza para trasladarlo, ¿es cierto? —Miró a Shuichi con gesto entre curioso e inquisitivo.
Él se acordó del hombre enorme que había inmovilizado a Kaito la noche anterior.
—No lo sé —mintió—. No estaba allí cuando sucedió. —Miu bufó con disgusto.
—Me dijeron que sí. Supongo que tendré que buscar mejores fuentes… —Se acomodó la parte de arriba del ambo sin ningún disimulo, y luego dijo—: Como se haya puesto así por lo que le pedí… qué imbécil.
Shuichi se puso de pie de repente. Apenas fue consciente de haberlo hecho; estaba cansado. Aferró las mangas de su ambo con las puntas de los dedos, tirando de ellas para abajo. Miu y Keebo lo miraron con curiosidad.
—… Tengo que ir al baño —se excusó; aunque la mentira perdió fuerza en cuanto levantó su bandeja con los restos de comida y se la llevó consigo. No importaba. La dejó en el mostrador, donde Kirumi le agradeció con una sonrisa mientras atendía a otra persona, y salió del comedor.
En el camino se cruzó con Himiko, que parecía demasiado adormilada como para saber a dónde iba. No lo vio, y Shuichi agradeció que fuera así. Estaba cansado, muy cansado. Angie era intensa, no sabía qué había pasado con Kaito, y Miu lo insultaba como si nada. Por momentos recordaba lo que había sucedido la noche anterior, y sentía una extraña sensación de opresión en el pecho. La manera en que Keebo había desviado la vista minutos atrás le producía exactamente lo mismo.
Había pensado que su estadía en el hospital, por breve que fuera, sería un infierno. Pero se había equivocado: no era un infierno, sino muchos infiernos, uno para cada paciente —infiernos que se entrelazaban unos con otros, que quemaban con unas llamas que no eran las propias.
Shuichi ya tenía suficiente con su propia apatía y su propio dolor.
Cuando llegó al cuarto, en parte le agradó encontrarlo vacío; pero el alivio duró poco, pues su mente en seguida se ensombreció preguntándose dónde estaría Kaito. Se dejó caer sobre la cama y permaneció inmóvil. Se hubiera quedado allí quieto hasta morirse si hubiera podido hacerlo. Podía inventarse una excusa para no ir a almorzar; pero esa misma tarde tenía su primer encuentro de ludoterapia, y la doctora Sonoda lo acribillaría a preguntas si no se presentaba. No tenía más remedio que ir.
Sin embargo, nada le impedía dormir todo el rato antes de que esa hora llegara. De modo que se acomodó sobre el colchón, cerró los ojos, y se abandonó a la dulce inconsciencia del sueño.
La sala de juegos era grande, y estaba decorada con luces de colores. Varios estantes cubrían las paredes de color celeste, cargados con un sinfín de juegos de mesa —Shuichi conocía muchos de ellos, pero otros tantos no le sonaban de nada. Como en todas las habitaciones del hospital, un enorme ventanal permitía el ingreso de la luz del Sol al cuarto. También había varias mesas y sillas dispuestas para que los pacientes pudieran sentarse a gusto.
Cuando Shuichi entró —cinco minutos antes de las cuatro— la sala estaba vacía; o eso pensó, hasta que divisó la pequeña figura de Himiko dormitando en un rincón del cuarto. Frente a ella yacía un castillo de naipes a medio armar. Miró por la ventana, que daba al patio central; y no fue hasta las cuatro en punto que llegó alguien más.
Era una mujer alta, de cabellos castaños cortos, que vestía el blanco uniforme del personal del hospital. Llevaba un cardigan rosado encima de los hombros, y sus ojos color amatista sonrieron desde detrás de sus anteojos al ver a Shuichi allí sentado.
—Tú debes ser Saihara–kun, ¿verdad? —le preguntó. Él asintió—. Yo soy Izumi Kaori. Puedes decirme Kaori, si quieres. Soy la presidenta del club de juegos —sentenció sonriendo; Shuichi la miró sin comprender—. Ryo prefiere hablar de ludoterapia, pero club de juegos suena más bonito.
Shuichi le dedicó una sonrisa fugaz. Ella dejó la libreta que traía consigo sobre una mesa, y se aproximó al rincón del cuarto para despertar a Himiko.
Diez minutos después, todos los pacientes estaban dispuestos en un círculo de sillas, del que también formaba parte la doctora Izumi. Exceptuando a Himiko, no había más caras conocidas para Shuichi allí dentro. Por la llegada de un nuevo integrante al «club», los otros pacientes fueron presentándose uno a uno. Himiko apenas si dijo algo sobre sí misma en su presentación, y rápidamente fue seguida por un tal Rantaro, que procedió a presentarse con gesto divertido por el poco entusiasmo de la pelirroja.
—Hay algunas personas que faltan —indicó la doctora Izumi en cuanto Shuichi terminó de introducirse con incomodidad—, pero quizás lleguen más tarde. ¿Qué les gustaría jugar hoy?
Las opiniones enseguida se dividieron; los jugadores se repartieron entre las distintas mesas según lo que cada uno quería jugar. Himiko sólo quería construir su castillo de naipes, que había derrumbado sin querer al despertarse, y Shuichi se ofreció a ayudarla. Todos los demás se habían repartido en otros juegos, y no tenía ganas de hablar con gente nueva ni de que le preguntaran por su condición. Himiko, que apenas notaba lo que sucedía a su alrededor, parecía perfecta para eso.
De hecho, a la muchacha no le gustaba que Shuichi tocara mucho su castillo. Insistía en que podía armarlo sola, que sólo necesitaba que le sostuviera algunas cartas para que no se derrumbaran mientras colocaba las siguientes. Era una tarea bastante fácil, al principio; pero pronto Himiko empezó a sentir sueño, y Shuichi debía despertarla una y otra vez para que no se le acalambraran los brazos sosteniendo las cartas en un mismo lugar.
El castillo estaba a medio armar cuando Himiko volvió a dormirse. La doctora Izumi se hallaba sumergida en una partida de shogi contra el tal Rantaro; por lo que Shuichi pudo disfrutar de unos momentos de paz, sin hacer nada en absoluto, mientras Himiko descansaba al otro lado de la mesa. Al menos hasta que una figura entró en la sala y, tras escudriñar el sitio por unos minutos, decidió encaminarse directo hacia él.
Era un muchacho bastante bajo, de cabellos color violeta oscuro, y vestimentas completamente blancas. Sus ojos, del mismo tono que su pelo, contemplaban a Shuichi con un brillo malicioso. Apenas llegó junto a él, tomó asiento en la cabecera de la mesa, justo donde Himiko había estado armando su castillo, y con un dedo índice empujó una de las cartas de la base de éste.
La estructura se derrumbó de inmediato. El joven se rió de manera áspera, como un zorro astuto luego de realizar una gran travesura.
—Ey —protestó Shuichi, mirándolo con mala cara—. ¿Por qué hiciste eso? —Había pasado la última media hora junto a Himiko armando aquel castillo.
El muchacho ladeó la cabeza como si no entendiera su pregunta; pero su rostro en seguida recuperó la expresión maliciosa y le soltó:
—Eres el nuevo ¿no es así?
Su voz era… infantil. No era que su timbre fuese aniñado como el de Himiko, es que decía las cosas como si fuera un niño pequeño intentando fastidiar a todo el mundo. Shuichi sólo lo miró; entonces, la doctora Izumi llegó junto a ellos.
—Ouma–kun, él es Saihara–kun. Se unió a nuestro club hoy —le dijo con una sonrisa; a continuación, miró a Shuichi—. Él es Ouma–kun. ¡Es el vicepresidente del club!
Aquello no tenía sentido. Ouma se sonrió pagado de sí mismo. Justo entonces, Himiko despertó de su sueño, y contempló su castillo derrumbado con estupefacción.
—¿Quién derribó mi castillo? —lloriqueó de inmediato. Ouma se rió y empezó a juntar las cartas, haciéndolas a un costado y tomando solamente dos.
—Vamos, haremos otro. ¿Ves? —Puso las dos primeras cartas del castillo—. Saihara–chan, fue muy cruel de tu parte hacer eso —señaló con tono de decepción. La doctora Izumi sólo rió y se retiró. Shuichi estaba pasmado.
Quiso protestar, en especial cuando Himiko lo fulminó con la mirada, ofendida por la traición. Pero no tenía ganas de discutir, y pronto se dio cuenta de que la pelirroja se veía mucho más feliz armando el castillo con Ouma que con él. El muchacho de cabellos morados decía puras estupideces mientras montaban la estructura —tonterías que iban desde «soy el número uno del mundo en la construcción de castillos de cartas» a «¿sabías que el rey Henrik III de Suecia construía castillos con cartas en su tiempo libre?». Shuichi ni siquiera estaba seguro de que hubiera existido un rey Henrik III en Suecia. Pero Himiko exclamaba y reía asombrada ante semejantes declaraciones, y Shuichi no iba a ser quien interrumpiera su diversión.
De modo que pasó el rato restante contemplando cómo Ouma y Himiko levantaban juntos un nuevo castillo. Cuando terminó la hora y media que duraba la sesión de ludoterapia, la doctora Izumi se despidió de todos diciéndoles que los esperaba de vuelta el viernes. Pero justo cuando Shuichi creía que podía escapar de regreso a su cuarto, la voz de la doctora lo llamó.
—Saihara–kun, Ouma–kun. —Shuichi se dio vuelta con abatimiento; ella lo miró con una sonrisa—. ¿Me ayudan a ordenar las cajas en sus estantes?
Shuichi sólo asintió. Ouma protestó.
—¿Por qué yo? ¿Por qué no sólo Saihara–chan? Él es el nuevo. —A Shuichi lo asombraba la confianza con la que se refería a él. La doctora Izumi rió.
—Por hacer travesuras —replicó con simplicidad. Ouma chasqueó la lengua; pero empezó a tararear apenas se pusieron a juntar las cajas y colocarlas en sus respectivos instantes, dejando claro que en realidad no le molestaba tanto tener que ordenar. Shuichi realizó la tarea en silencio.
Cuando terminaron de ordenar todo —inclusive las cartas que Himiko había dejado tiradas por ahí—, Ouma se pasó la mano por la frente como si se secara el sudor, aunque no había transpirado en absoluto. Miró a Shuichi con gesto curioso.
—Eres interesante —sentenció tras escudriñarlo unos segundos. La doctora Izumi acababa de retirarse tras despedirse de ambos, por lo que se habían quedado solos; Shuichi arqueó una ceja—. Puedes venir a verme si quieres que te enseñe a construir castillos de cartas.
Shuichi no sabía si contestarle algo o no; tampoco sabía exactamente qué responder a eso.
—… Aunque es mentira. O podría ser mentira que es mentira. ¡Todo un mundo de posibilidades! —exclamó Ouma con entusiasmo. Shuichi decidió que era mejor no decir nada, y tras sólo asentir con la cabeza, salió del salón en dirección a su cuarto.
Una vez más, estaba agotado.
Esa noche fue aun más deprimente que la anterior. Pasó la cena entera solo: Kaito seguía sin volver a aparecer. Keebo, Himiko, Angie y Tenko se habían sentado en una mesa del fondo; las tres últimas charlaban con bastante ánimo, aunque Keebo miraba el suelo y no formaba parte de la conversación. En otro sector del salón, Maki comía silenciosamente en un extremo de la misma mesa en la que Miu estaba sentada con alguien del personal del hospital. A su lado, la mujer hablaba con ella y le hacía gestos para que comiera. De cuando en cuando, la rubia dirigía miradas de odio hacia Keebo, que evitaba mirarla a toda costa.
Shuichi escudriñó el resto del salón. Rantaro, del club de juegos, estaba sentado en una mesa lejana con tres personas que él no conocía —sus cabellos verdosos y su ambo grisáceo eran reconocibles desde cualquier distancia. Casi todas las mesas estaban ocupadas por al menos dos o tres personas, aunque no hablaran entre ellas, excepto…
Descubrió una única mesa que se hallaba ocupada por una sola persona —y esta persona no era otra que Ouma. El muchacho comía distraídamente, riéndose solo de a ratos, y devolviendo luego la vista a su comida para volver a reírse, como si hubiera algo gracioso en ella.
Shuichi tragó. Era la imagen visible de la soledad.
Apenas terminó de comer, devolvió su bandeja. Esta vez rechazó el pastelito que le ofreció Kirumi; no tenía ni hambre ni ganas de comérselo. Salió del salón y volvió a su habitación por la que se sentía como la millonésima vez en los últimos días.
Kaito seguía sin volver. No le importó. Se dejó caer sobre su cama, y así como se encontraba —vestido, y sin cepillarse los dientes—, se durmió.
