Danganronpa y sus personajes no me pertenecen.


¿Cuánto falta?

Una risita divertida.

Falta lo que sea necesario. Sabes que me gusta esforzarme y hacer las cosas bien.

Quiero escucharla…

Otra risita.

Pronto.

.

Los sueños eran el primero y el último de sus infiernos. El único averno del que no podía huir, el que lo visitaba una y otra vez y lo asfixiaba con sus luces blancas y sus recuerdos de colores. Ni siquiera era completamente razonable definirlos como algo infernal; el infierno no estaba en los sueños, estaba en el hecho de que estos se terminaran. Sueños y pesadillas; jamás eran eternos, en algún momento se tenían que acabar. Y era más fácil dejar morir a las segundas que a los primeros.

La mayoría de las veces, Shuichi Saihara no quería despertar.

Kaito continuaba sin aparecer. Había algo inquietante en su ausencia, en el profundo silencio nocturno donde faltaba su respiración acompasada —y el ocasional ronquido— mientras dormía, en la silueta horizontal de una cama de sábanas inmaculadas. La quietud, el apagón emocional que ocasionaba la falta de su ánimo entusiasta… Shuichi apenas si había compartido tiempo con él en aquella habitación de hospital, y aun así su ausencia se sentía como si lo hubiera acompañado toda la vida.

Era como si hubiera regresado a su hogar, como si volviera a estar solo en la penumbra de su habitación. Un hogar que había dejado de ser tal. Pero más que nunca, Shuichi se sentía cerca, muy cerca de la muerte.

La mañana del viernes, tras pasar su tercera noche sin su compañero de cuarto, se sentó sobre el lecho de éste y abrió el cajón de su mesita de luz. La sensación era la de estar revolviendo entre las pertenencias privadas de un difunto, pero hacía tiempo ya que Shuichi no le hacía asco al morbo de la muerte. Más ejemplares de la revista Science, papeles de caramelos, en su mayoría lo que había allí eran tonterías. Pero entonces observó un pequeño espejo de mano, cerrado con una tapa de color crema con dibujos de flores de colores.

Lo tomó con curiosidad; no se imaginaba por qué Kaito tendría una cosa así. Al abrirlo, notó que faltaba el espejo de la tapa superior —el que solía venir con aumento. El de la tapa inferior, por su parte, estaba resquebrajado. Faltaban algunas pequeñas piezas, y las que todavía estaban allí se deslizaban algunos milímetros sin que nada las mantuviera con firmeza en su lugar.

Shuichi tragó. Tragó con fuerza. Se dio cuenta de que era esto. Era la oportunidad que había estado buscando. Algunos de los pedazos del espejo eran lo suficientemente grandes, y parecían lo bastante afilados como para que pudiera cumplir su cometido sin problemas.

… Pero cuando contemplaba aquella antigua y resquebrajada reliquia, no veía en ella la llave para librarse de todo de una vez por todas. Sólo veía un recuerdo, un regalo importante que no le pertenecía.

Cerró el espejo y lo devolvió a su lugar en el cajón. Procuró dejarlo bien escondido —si el personal del hospital llegaba a descubrir que Kaito tenía algo como eso entre sus pertenencias, no había forma de que le permitieran quedárselo. Ni siquiera podía imaginarse cómo había hecho para colarlo en el hospital en primer lugar. Luego de devolver todo a su sitio y volver a cubrir la superficie del cajón con las revistas, lo cerró y regresó a su lugar en la habitación. Eran casi las ocho de la mañana. Lo mejor sería que fuera a desayunar.


De nuevo, la paleta de voces del «club de juegos» salpicaba el aire a su alrededor. Las exclamaciones y protestas llenaban el ambiente. Afuera estaba nublado; el cielo se ponía cada vez más negro, anunciando lluvia, por lo que la sala de juegos estaba iluminada principalmente con las luces de colores del interior.

Shuichi observaba la partida de jenga de Himiko y Rantaro. O eso se suponía. A diferencia del encuentro anterior, esa vez la doctora Izumi les había dado una consigna para jugar: debían competir. Amigable y sanamente —eso estaba fuera de discusión. Así que todos se habían apresurado a buscar sus juegos de competencia favoritos, y ahora el cuarto se llenaba con grititos de triunfo y acusaciones que iban desde «¡las reglas no son así!» a «¡hiciste trampa, te vi!».

En teoría, Shuichi estaba mirando la infructuosa partida de jenga entre Himiko y Rantaro. Infructuosa porque Himiko cabeceaba de sueño, y con frecuencia derrumbaba la estructura entera por no querer pensar demasiado cuál pieza le convenía sacar. En teoría porque lo cierto era que el muchacho apenas prestaba atención al juego que tenía lugar por delante de él, a pesar de que le había costado convencer a la doctora Izumi de que disfrutaba viendo competir a los demás. Su mirada enfocaba mucho más lejos, allá donde Ouma se hallaba enfrascado en una intensa partida de ajedrez… consigo mismo.

Si no le hubiera parecido tan solitaria, la escena podría haber resultado incluso cómica. El joven tomaba asiento de un lado del tablero y escudriñaba las piezas con máxima concentración —la mano en el mentón, la espalda encorvada sobre la mesita baja mientras entrecerraba los ojos, pensativo. Entonces movía una pieza —generalmente no tardaba demasiado tiempo en hacerlo—, se levantaba, y tomaba asiento en el banquito del lado opuesto, donde lo esperaban las piezas del color contrario. Y así sucesivamente.

Shuichi llevaba ya largo rato mirándolo, sin dirigir más que ocasionales miradas a la partida de jenga que de hecho tenía enfrente. Ouma era… extraño. Travieso y malicioso, parecía extremadamente carismático. Recordó que la doctora Izumi lo había nombrado como «el vicepresidente del club de juegos»; evidentemente, se había ganado el favor y el reconocimiento de la mujer.

Obtuvo una prueba más que concreta de eso cuando la voz de la doctora, a su lado, lo sobresaltó.

—Es muy bueno haciendo eso, ¿lo sabías?

Con un pequeño espasmo de sorpresa, Shuichi contempló los ojos amatista de la sonriente doctora. La miró sin comprender, pero ella hizo un gesto con la cabeza hacia donde Ouma continuaba enfrascado en su solitaria partida de ajedrez. Sabía que no había estado mirando a Himiko y Rantaro.

—Jugando por su cuenta. Normalmente, lo instaría a jugar con los demás. Pero ya ves… —Suspiró pesadamente—. Poder jugar contra uno mismo a algo tan complejo como el ajedrez, y ser capaz de sacar adelante una partida larga… no es algo que cualquiera pueda hacer —comentó.

Shuichi no dijo nada. Delante de él, Himiko cabeceó y volvió a derrumbar la torre de su juego. Rantaro soltó una risita entre nerviosa y divertida. La doctora Izumi entonces se dirigió a la pelirroja, y Shuichi dejó de escucharla. Seguía mirando a Ouma. Era carismático, y astuto. Al parecer también era bueno para conseguir lo que quería.

Entonces, ¿por qué estaba siempre tan solo? ¿Por qué su mesa del comedor estaba siempre vacía, exceptuando la porción de banco ocupada por él? Las últimas comidas, Shuichi lo había buscado con la vista a través del enorme salón —para encontrarse con que el muchacho ocupaba siempre la misma mesa, y nunca pero nunca había nadie que lo acompañara. Le llamó la atención que no ocupaba siempre la misma porción del banco; a veces se sentaba de un lado, a veces del otro; a veces se ubicaba pegado contra la pared por debajo del ventanal, otras veces tomaba asiento en el extremo que daba al pasillo. Era demasiado pronto para elaborar un patrón —sólo había empezado a prestarle atención tres o cuatro comidas atrás—, pero Shuichi se preguntaba si se trataría de una mera casualidad.

—¿Saihara–kun…? —La voz calmada de Amami Rantaro lo extrajo de su silencioso ensimismamiento. Lo contemplaba con sus ojos curiosos del color de las aceitunas—. Es hora de irse.

Shuichi parpadeó y descubrió que todos a su alrededor habían empezado a juntar las cosas y salir de la sala. No sabía cuánto tiempo había pasado; había perdido dicha noción al sumirse en sus propias ensoñaciones. Asintió en silencio y lo ayudó a guardar las piezas del jenga —Himiko se había ido en compañía de la doctora Izumi, aunque ignoraba el motivo. Rantaro le agradeció su ayuda y poco después se retiró también. Shuichi hubiera hecho lo mismo de no haber quedado otra persona dentro de la sala.

Ouma continuaba inmerso en su solitaria partida de ajedrez. Shuichi se aproximó despacio y observó el tablero; no era el mejor jugador de ajedrez, pero era lo bastante decente en el juego como para poder decir que esa partida estaba bastante pareja —si podía decirse algo así de un juego en el que participaba una sola persona.

Creyó que Ouma no había notado su presencia allí y estaba a punto de irse a hurtadillas cuando este último dijo:

—¿No deberías irte con los demás, Saihara–chan?

La pregunta lo hizo frenarse en seco. Si a Ouma lo molestaba que lo observara jugar, no iba a ser quien le llevara la contraria —tampoco era que le interesara mirar qué hacía, la mayor parte del tiempo sólo observaba el tablero en silencio y no era algo exactamente emocionante de ver. Pero el tono del muchacho de cabellos violáceos no era de enojo ni de nada que se le pareciera; más bien sonaba como si estuviera diciendo una obviedad. Y la manera en que se dirigía a él, con aquel apelativo honorífico tan informal, no hacía otra cosa que confundirlo más.

—¿Por qué? —La pregunta escapó de sus labios por sí sola. Shuichi no tenía motivos para preguntar. No le interesaba nadie, no le importaba lo que hiciera Ouma y mucho menos tenía razones para cuestionarlo; las afirmaciones extrañas abundaban dentro de aquel edificio, y buscarles sentido tenía tanta lógica como desafiar la gravedad. Podía aprovechar sus palabras para irse de ahí en silencio, sin necesidad de responderle nada ni de justificar comportamiento suyo alguno porque que se fuera parecía ser lo que Ouma esperaba de él.

«¿Por qué?», en realidad, fue una pregunta mucho más para sí mismo que para su interlocutor.

—Porque a la gente no le agrado —sentenció Ouma sin más; sin despegar la vista del tablero, ni inmutarse mientras levantaba un alfil y lo movía tres casilleros en diagonal hacia adelante y a su derecha. Acto seguido se incorporó, y tomó asiento en el almohadón del lado opuesto, sin dirigir más que una fugaz mirada hacia Shuichi que éste no supo leer.

Frunció el ceño; Ouma no dijo nada más, y un minuto más tarde, Shuichi se alejó y salió de la habitación. Una vez en el pasillo, lo invadió una extraña sensación de alivio. No como si antes de eso hubiera sentido miedo ni nada parecido; era como si, durante su breve intercambio con Ouma, la atmósfera de la sala de ludoterapia hubiera estado cargada con emociones muy pesadas. Emociones que no provenían de sí mismo, sino del extraño jugador de ajedrez.

«A la gente no le agrado».

Pensó en la sonrisa de orgullo de la doctora Izumi, y en lo alegre que se había mostrado Himiko mientras armaba el castillo de naipes con él.

Pensó en su figura solitaria en la mesa del comedor.

Pensó en sí mismo, en cómo había pasado casi toda su vida en casi completa soledad. En el infierno en el que se había hundido cuando esa casi completa soledad había dejado morir el casi y se había vuelto absoluta y omnipresente.

Desechó todos sus pensamientos mientras regresaba a su habitación. No quería pensar más.


No importaba cuánta gente entrara a su cuarto, sencillamente se sentía vacío si Kaito no estaba allí.

—Estás sanando bien —comentaba la enfermera que lo había conducido a sus aposentos el primer día. Sentada en una silla delante de él, examinaba las largas cicatrices rojizas que recorrían su brazo izquierdo; los fantasmas de los puntos salpicaban los costados de las líneas enrojecidas como si fueran pecas.

Aunque estuviera prácticamente solo en su habitación, sentado en el borde de la cama mientras la mujer observaba su brazo, se sentía desnudo sin las vendas. Desde que había llegado al hospital psiquiátrico hasta entonces, sólo se las habían quitado dos o tres veces para evaluar la evolución de sus heridas. El segundo día le habían quitado los puntos. Siempre había llevado las mangas del ambo extendidas, procurando tapar con ellas las blancas vendas que cubrían constantemente su brazo izquierdo. No quería preguntas, ni cuestionamientos de ningún tipo. Aquellas líneas eran suyas, eran parte de una experiencia que le pertenecía, y no había otra persona que pudiera entenderla.

—Podemos retirar las vendas, si quieres.

—No. —Su rechazo al ofrecimiento de la enfermera fue casi instantáneo. Ésta arqueó una ceja canosa, y él murmuró—: Preferiría… no…

—No tienes nada de qué avergonzarte —señaló ella con tono amable. Shuichi no sabía cómo ni quería explicarle que no era vergüenza lo que sentía, de modo que se limitó a sacudir la cabeza. Ella suspiró con suavidad y asintió—. Buscaré unas nuevas en el botiquín y te ayudaré a ponértelas.

La mujer se giró hacia la cómoda, donde había dejado el gran botiquín blanco, y empezó a rebuscar en su interior. Shuichi aguardó en su sitio, observando los restos de las vendas que le acababa de quitar —que yacían sobre la superficie metálica del carro en el que la enfermera había traído todos sus instrumentos, incluido el botiquín. Al lado de la tela blanca descansaban las tijeras que la mujer había utilizado para cortarla y el antiséptico que esparciría sobre la herida antes de colocar su reemplazo.

Shuichi observó sin decir nada cómo, minutos más tarde, la enfermera envolvía su brazo en un nuevo juego de vendas. Por primera vez, levantó la vista y observó el nombre en la placa de su uniforme. «Enya Nijimura». Había estado ahí siempre, pero jamás le había prestado atención.

Le agradeció para sus adentros.

—Ya estamos —anunció finalmente. El brazo de Shuichi volvía a estar envuelto en un limpio juego de vendas blancas. De inmediato bajó la manga de su ambo, cubriendo su brazo por completo; la enfermera lo miró con una sonrisa enternecida—. Si quieres quitarlas o volver a cambiarlas, házmelo saber.

Shuichi asintió en silencio. Poco después, la mujer le recordó que pronto sería el horario de la cena, juntó sus cosas y se retiró.

Exhaló con profundidad. Volvía a estar solo. Las vendas que envolvían su brazo parecían arder con expectativa. Esperó uno, dos, tres minutos en absoluta quietud; pero excepto por algún grito en la lejanía, nada perturbó la tranquilidad del cuarto.

Se movió despacio, volviéndose hacia la puerta y comprobando que estaba cerrada. Entonces tanteó las sábanas desordenadas de su cama. Había estado durmiendo antes de que la enfermera fuera a revisarlo. Palpó las sábanas y frazadas, hasta que sus finos dedos dieron con algo duro y metálico.

Como un truco de magia, hizo aparecer de entre las mantas una tijera de color plateado. Excepto que no se trataba de un hechizo, ni era cualquier tijera; se preguntó cuánto tiempo podría tardar en darse cuenta la enfermera Nijimura de que le faltaba una de sus valiosas herramientas.

«Gracias» volvió a pensar internamente. Se incorporó y abrió el cajón de su mesa de luz; procuró esconderla lo más que podía, colocándola debajo de una revista Science que le había prestado Kaito y otras chucherías que tenía ahí guardadas. Lo cerró y miró a su alrededor. Nada fuera de lo usual. Su compañero de cuarto seguía sin volver, y de no ser por el cartel con su nombre en la puerta, Shuichi no habría podido afirmar que fuera a hacerlo alguna vez. Todo estaba igual que siempre, y en silencio.

Se encaminó al comedor. Primero iría a comer. Luego se ocuparía de lo que tenía planeado para más tarde.


Una vez más, el salón comedor estaba repleto con los pacientes del hospital. Y una vez más, Shuichi se sentaba solo en una mesa.

La comida de ese día era spaghetti. Los fideos eran resbalosos y costaba engancharlos en el tenedor; el muchacho observaba su comida con poco interés mientras giraba el cubierto de plástico sobre la pasta.

A lo lejos, Angie estaba nuevamente reunida con Keebo, que no parecía tocar su comida ni tampoco escuchar el incesante monólogo de su compañera de cabellos blancos. Tenko no se veía por ninguna parte. Himiko, por el contrario, dormitaba sobre la misma mesa en la que Rantaro se dividía entre tratar de mantenerla despierta, comer su propia comida, y charlar con un muchacho todavía más bajo que la pelirroja a quien Shuichi no creía haber visto jamás. Estaba de espaldas a él, pero por lo inmutable de su gesto no parecía siquiera contestarle a su interlocutor; sólo lo escuchaba hablar mientras comía en infinita lentitud.

Un poco más cerca de donde se encontraba Shuichi, Maki estaba sentada igual de sola que siempre y comía su comida en silencio; en el otro extremo de la misma mesa observó que, de nuevo, Miu tenía compañía. La misma enfermera que había visto con ella la otra vez estaba sentada a su lado y hablaba con ella. La joven rubia revolvía su plato con el tenedor y hacía muecas.

Ya no buscaba a Kaito. De haberse encontrado allí, ya se habría aproximado a él llamándolo a voces, diciéndole alguna tontería e invitándolo a sentarse en la misma mesa que Maki y Miu. Probablemente no volvería a verlo. Retirarían su nombre de la puerta —no el de Kaito, sino el suyo. Y si éste regresaba alguna vez, se encontraría con una habitación tan vacía como la que Shuichi se había encontrado las últimas noches.

Era como debía ser.

Levantó la mirada de su plato y, como si se tratara de un imán, sus ojos se desviaron a la derecha y aterrizaron sobre la solitaria figura de Ouma. Sentado en la misma mesa de siempre —esta vez, había elegido exactamente el mismo sitio de la mesa que Shuichi ocupaba en la suya—, comía sus fideos riéndose por su cuenta. Aunque, a intervalos, su expresión abandonaba las risas para sumergirse en la concentración; y, cuando lo hacía, cierta penumbra ensombrecía sus facciones con un dejo negruzco.

Shuichi se puso de pie. Como todo lo que hacía, no sabía bien por qué lo hacía ni qué lo impulsaba a hacerlo; su cuerpo llevaba tiempo funcionando en piloto automático, y él ya no tenía las fuerzas para intentar controlar el mando. Levantó su bandeja y se alejó de su mesa en dirección a la de su compañero del club de juegos.

Cuando tomó asiento en la mesa de Ouma —en el banco contrario al de éste, pero no justo frente a él sino en diagonal—, el muchacho lo contempló con ojos entre curiosos y divertidos. El violeta de su mirada parecía incluso burlón. Shuichi no se sintió afectado por la sorna con la que lo contemplaba.

—Oh, ¿tengo compañía? —preguntó Ouma con tono divertido. Shuichi acomodó su bandeja y llevó el tenedor hacia el plato intentando actuar con normalidad. No sabía por qué acababa de hacer lo que acababa de hacer, pero no había vuelta atrás—. Esto no es nuevo, la gente se muere por estar conmigo, sólo que no saben cómo acercarse a mí~ —Sentenció el joven dándose aires. Acto seguido, soltó una risita—. Aunque eso es mentira~

Shuichi no sabía cómo responder, así que no dijo nada. Ouma continuó hablando.

—Ya ves, lo que pasa es que cuando eres el líder de una organización secreta internacional con más de miles de miembros, todos quieren contigo. ¡Sin discriminación por género! —Le guiñó un ojo, sacándole la lengua—. Obviamente el nombre de Kokichi Ouma resuena en las altas esferas, nunca tuve necesidad de guardar mi identidad —puntualizó—. Ni siquiera cuando ocurrió ese asunto con la esposa del primer ministro… El miedo es un factor decisivo, ¿sabes?

Intentaba darse aires de misterio. Shuichi suspiró para sus adentros. Aquel monólogo no estaba demasiado lejos de los de Kaito — esos sobre batallas navales contra piratas y corsarios marinos que Shuichi dudaba que hubieran ocurrido alguna vez. Aunque apenas lo conocía, ya estaba hablándole de estupideces por las que él no le había preguntado.

Sin embargo, «Kokichi Ouma»… Era la primera vez que conocía su nombre completo. La doctora Izumi no se lo había mencionado cuando se habían presentado, ni el propio Ouma lo había hecho tampoco. No era que Shuichi tuviera planes de llamarlo por su nombre de pila, de todas formas. Pero era información nueva para él.

Ouma no parecía esperar que Shuichi comentara nada sobre lo que le contaba. De hecho, este último no habló en absoluto en todo el rato que pasó sentado en la misma mesa que el joven de cabellos violáceos. Éste se la pasó hablando y hablando sobre sus disputas con importantes figuras públicas —que, de alguna manera, siempre terminaban con una dramática escena de él mismo obteniendo una aplastante victoria sobre su contrincante. Ocasionalmente, intercalaba un «ah, pero eso es mentira~» en sus relatos —no era que Shuichi necesitara que se lo aclarase. Le habló de sus subordinados en la organización secreta —los presentaba con seudónimos como «nariz roja», «máscara» y «equilibrista»— y hacía comentarios enigmáticos respecto de sus malévolos planes. Todo se encontraba cargado de un aire misterioso y circense que no hacía más que verse reforzado cada vez que mencionaba alguno de aquellos curiosos seudónimos.

Fue extraño. Él terminó de comer mucho antes que Ouma, que apenas tocaba su comida para poder continuar con su interminable monólogo. Cuando el joven de cabellos violetas también finalizó su cena, quedaban pocas personas en el comedor; se levantó para dejar su bandeja en el mostrador del fondo, donde Kirumi le agradeció con una sonrisa que Ouma respondió con un guiño; Shuichi también dejó su bandeja y salieron juntos del salón comedor.

Llegaron al pasillo H y Shuichi se sorprendió al descubrir que la habitación de Ouma también estaba allí, en el mismo sector que la suya —jamás lo había visto fuera del comedor y de la sala de juegos. Ocasionalmente se había cruzado con Maki y con Miu, que también ocupaban habitaciones en esa área; pero jamás con Ouma.

El contrario se despidió con un gesto de mano y una sonrisa maliciosa, y se encaminó al fondo del pasillo, donde desapareció tras atravesar la última puerta —en la pared opuesta a donde se encontraba la de Shuichi, que además era la primera del corredor. Quizás por eso no lo había visto nunca allí… Desde donde se encontraba, tampoco llegaba a ver las placas de su puerta. Pensó en acercarse, pero su cerebro descartó la idea de inmediato. En cambio, se giró y entró a su habitación, que lo recibió tan vacía como las últimas noches.

Se sentó en el borde de su cama sin prender las luces. Afuera, las estrellas brillaban y la Luna blanquecina iluminaba los jardines del patio con su resplandor plateado. Shuichi permaneció inmóvil varios minutos; una parte de su cuerpo lo impulsaba a abrir el cajón de su mesa de luz, pero la otra lo mantenía fijo en su lugar bajo razones que ni siquiera él mismo comprendía bien.

«No es el momento» parecía decirle, distorsionada como una radio que no sintoniza bien, una voz etérea en lo profundo de su mente. «No aún».

Un día más…

Agotado, se dejó caer de lado sobre el lecho, y pronto se durmió.