Danganronpa y sus personajes no me pertenecen.
Voces apagadas; amortiguadas por la puerta cerrada detrás de la que se escondían.
Con el mayor sigilo que pudo, pegó la oreja a la madera. Los murmullos se volvieron un poco más claros.
—No puede ser…
—Ya lo sabíamos, cariño —una voz estrangulada por la congoja—. Nunca hubo demasiada esperanza.
Él tragó con fuerza.
.
Los domingos eran el peor día de la semana, por lejos.
Había algo deprimente, algo nostálgico, en los domingos. Como una brisa soleada arrastrando las secas hojas otoñales, o el silbido insípidamente alegre de los pajaritos al tocar el mediodía. El aroma de la carne cociéndose en una cacerola, las risas familiares en torno a una mesa desprolija repleta de platos y vasos que jamás eran todos iguales. Recuerdos de una infancia lejana, de corretear entre las piernas de los adultos, de los largos viajes para ir a visitar a la abuela.
Una tarde que caía con su penumbra anaranjada; el sepulcral anuncio del inicio de una nueva y ajetreada semana.
Shuichi había descubierto que, los sábados, el hospital se volvía un desierto. Silencioso, fantasmal; la rutina médica que obligaba a los pacientes a salir de sus habitaciones brillaba por su ausencia —la mayoría aprovechaba la falta de obligaciones y la quietud para permanecer en sus habitaciones, sin salir más que para tomar las comidas del día, dormitando sobre su lecho sin emitir más sonidos que los de sus acompasadas inhalaciones. Al patio tampoco había salido ni un alma porque el día entero había llovido; los truenos hacían vibrar las ventanas, y los relámpagos se volvían la única fuente de luz en las habitaciones a medida que oscurecía.
El domingo, por el contrario, la lluvia había amainado. El cielo, dudoso, se hallaba salpicado de nubes una mitad sí y la otra no; halos de luz solar se colaban entre los nubarrones negros, alumbrando los jardines empapados con su resplandor cálido. Sin siquiera una suave brisa que moviera las hojas de los árboles, allá afuera todo era quietud y silencio.
El inusitado optimismo que lo había invadido la noche del viernes se desvanecía. Solo en su habitación, Shuichi se había saltado el almuerzo y contemplaba el techo sin moverse en absoluto. La única señal de que estaba vivo era su pecho moviéndose despacio arriba y abajo cada vez que respiraba, y el ocasional parpadeo cuando los ojos empezaban a arderle de tanto tenerlos abiertos.
Miraba sin ver. Pensaba sin concentrarse en nada. El blanco del techo del cuarto era como su propia mente; un lienzo vacío, la nada inerte y blanquecina ocupando sus pensamientos como una niebla espesa.
—Saihara–chan.
La confusión de creer haber oído una voz lo sacó de su ensimismamiento; por su tono, estaba claro que no era la primera vez que lo llamaba. Sin levantarse, giró la cabeza y se encontró con Kokichi Ouma sentado en el borde de la cama de Kaito, observándolo con una expresión mezcla de curiosidad y diversión. No lo había escuchado entrar.
—… Ouma–kun —fue todo lo que pudo articular. El contrario se rió con cierto disimulo.
Era la primera vez que lo nombraba, aunque fuera sólo por su apellido.
—Vamos —lo instó éste, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta. Shuichi sólo lo miró; pero Ouma no dijo nada más, repitiendo el gesto con más insistencia que antes.
Se incorporó. No sabía bien por qué lo hacía. Se pasó los dedos por los ojos llenos de lagañas, tratando de limpiarlos para ver con mayor claridad. De inmediato sintió que las mangas de su ambo bajaban por su brazo hasta los codos, dejándolos descubiertos; se apresuró a volver a subirlas y desvió la vista con incomodidad.
Ouma no dijo nada, aunque por la manera en que había observado sus brazos mientras Shuichi procuraba esconder las vendas de su vista, era obvio que se había dado cuenta del gesto. El muchacho de cabellos azules se incorporó como si no hubiera pasado nada; de inmediato, el extraño visitante se levantó también y se encaminó sin más fuera de la habitación.
Shuichi lo siguió por largos pasillos. Al igual que el día anterior, el hospital estaba casi desierto. Atravesaron numerosas alas y diversos sectores; dejaron atrás los pasillos F y D, la sala de musicoterapia, un sinfín de habitaciones y salas que Shuichi ignoraba de qué eran, y llegaron a una pequeña puerta metálica cuyo cartel rezaba «salida de emergencia». Se encontraba en un pasillo prácticamente oculto, detrás de una montaña de literas y sillas de metal que descansaban apiladas en su abandono, cubiertas de polvo.
Ouma se encaminó hacia la puerta y la abrió sin más; ésta produjo un chirrido metálico al moverse, sonido que indicaba que no era abierta muy a menudo. El resplandor soleado del exterior iluminó el pasillo; el cabello violáceo del muchacho adquiría un tinte curiosamente cálido al ser alumbrado por el Sol. Shuichi titubeó.
—Hum… —murmuró, incómodo. Ouma puso los ojos en blanco y le hizo un gesto apremiante.
—Vamos, Saihara–chan.
No tenía ganas de discutir; tampoco había ninguna enfermera allí que pudiera ver lo que estaban haciendo y reprenderlos. Y, en realidad, tampoco había ningún cartel que indicara que ir por allí estaba prohibido —aunque el sentido común le decía a gritos que era evidente que no se suponía que salieran por ahí. Ignorando las voces de la razón, Shuichi siguió a Ouma al exterior.
Los intermitentes rayos del Sol bañaron su rostro.
Era un espacio amplísimo, totalmente descubierto a los caprichos de los nubarrones del cielo. Un alambrado rodeaba la porción de campo perteneciente al hospital —porque sí, era campo, con el césped tan alto que casi llegaba a la altura de las rodillas, algunos árboles aquí y allá, y la inmensidad de la tierra allá donde se mirara el horizonte. A lo lejos se observaban algunas casas rurales, donde pastaban unos pocos animales, y los árboles frutales se preparaban para el invierno.
El hospital parecía haber adoptado ese sector como una suerte de patio trasero donde dejaban el mobiliario que ya no se utilizaba —algunas camillas metálicas descansaban oxidadas contra la pared al lado de la puerta por donde Shuichi y Ouma habían entrado, y a su lado había una pila de arena y numerosos ladrillos cubiertos por un plástico negro que posiblemente guardaban para hacer reparaciones. Pero Shuichi no dedicó más que una mirada a ese sector del patio; pues sus ojos pronto se volvieron hacia donde miraba Ouma, allá donde se extendía el césped y los haces de Sol bailaban entre las nubes del atardecer.
Era una visión única. Shuichi apenas si había mirado por la ventana del coche cuando lo habían traído al hospital; tenía claro que su ubicación era en las afueras de la ciudad, pero nunca se había detenido a observar detenidamente el paisaje ni los alrededores —y la ventana de su habitación daba al patio central del edificio.
La luz del Sol sobre sus ojos era intensa. Los últimos meses apenas si había salido de ambientes cerrados, donde la penumbra lo envolvía como un manto mucho más agradable que tener que dar la cara ante el astro rey. Y antes de eso… su rostro siempre había estado protegido por esa sombra de la que se había obligado a despojarse cuando todo había terminado.
—Ya ves. —La voz de Ouma interrumpió el profundo silencio que reinaba allá afuera; el clima inestable había provocado que hasta el último de los pajarillos se ocultara entre los árboles. El muchacho se daba aires, con los brazos en jarras y el mentón ladeado hacia arriba; una gran expresión de autosuficiencia pintada en su rostro—. Mis contactos me comentaron sobre este lugar, es a donde vengo cuando necesito encomendarles alguna misión. Una organización tan grande no puede quedarse sin su líder~
Era difícil saber cuánto de lo que decía era en serio; por su gesto divertido, probablemente esa cantidad era cero. Pero, aun así, cuando hablaba, lo hacía muy convencido de lo que estaba diciendo.
—¿Ves ese árbol? —Le señaló el único árbol dentro de las inmediaciones del hospital, de este lado de la reja—. Hay un transmisor oculto en el tronco, sólo tengo que utilizarlo cuando quiero que estén aquí, y vienen en un santiamén —le explicó como si se tratara de algo obvio. A continuación, se rió como un zorro y añadió—: Aunque eso es mentira~
Shuichi no dijo nada. Pasaron unos minutos en silencio; Ouma se había acercado al árbol y le daba golpecitos en el tronco con expresión de concentración, como si buscara un espacio hueco en su interior. Shuichi alternaba entre observar su extravagante conducta y volver a mirar el campo que se extendía hasta el infinito.
Pasaron un rato de esa forma, sin que ninguno de los dos dijera nada en voz alta. Shuichi se preguntaba por qué lo habría llevado hasta allí.
—Traje cartas —dijo Ouma entonces, luego de asentir conforme tras golpear el árbol una última vez y regresando hacia donde se encontraba el otro joven. En su mano derecha traía un mazo de naipes de póker. Tomó asiento en una porción de suelo donde el césped era más bajo, y le hizo un gesto a Shuichi para que hiciera lo mismo.
Más por inercia que por otra cosa, Shuichi también se sentó. La tierra estaba ligeramente húmeda por la lluvia reciente.
Ouma procedió entonces a explicarle las reglas de lo que parecía un juego bastante simple: se mezclaba el mazo, se descartaban diez cartas, y cada uno sacaba una de las cartas restantes por turnos. El que obtenía el as de diamantes ganaba automáticamente; si ninguno de los dos lograba obtenerlo, ganaba el que juntaba una mayor cantidad de cartas de color negro. El que alcanzara las cinco victorias en primer lugar ganaba el derecho de imponerle una prenda al perdedor.
A Shuichi no le hacía mucha gracia el asunto de la prenda; pero pronto descubrió que no tenía motivos para preocuparse. Las primeras tres partidas, obtuvo el as de diamantes y, por lo tanto, la victoria. La cuarta fue un empate, dado que ambos habían obtenido la misma cantidad de cartas negras, y el as de diamantes había quedado en el pilón del descarte. La quinta partida la ganó un Ouma bastante irritado por no haber podido ganar ninguna de las cuatro partidas anteriores.
La sexta y la séptima, Shuichi volvió a ganar —una, al obtener otra vez el as de diamantes; la otra, por conseguir cinco cartas negras más que Ouma.
—¿Eh? ¡Saihara–chan! —comentó Ouma con tono sorprendido; aunque abría la boca como una «o», Shuichi podía ver el fuego del fastidio causado por la derrota en sus ojos—. ¡No me dijiste que eras un maestro en las trampas!
—… No lo soy —murmuró él; a decir verdad, él también estaba sorprendido de haber ganado, pues nunca había sido muy afortunado en los juegos de azar.
—Hmm… —Ouma lo contempló con gesto dudoso; acto seguido se rió y se encogió de hombros—. ¡Vale! Las reglas son las reglas, así que te toca ponerme una prenda~
—Uhm… —Shuichi titubeó, incómodo. No había pensado que, aunque se hubiera salvado de que Ouma le pusiera una prenda a él, ahora estaba atrapado en la situación inversa. No sabía qué inventar ni tampoco le interesaba hacerlo. Empezaba a sentirse cansado de pasar tanto tiempo bajo el Sol—. No se me ocurre nada.
—¿Eh? ¡Vamos! Piensa algo divertido —insistió Ouma con expectativa. Shuichi hizo como que lo pensaba, pero sabía que no se le ocurriría nada en absoluto. Al final, el contrario sacudió la cabeza y dijo—: Vale, no tienes que decidirlo ahora. Te lo guardas para cuando se te ocurra algo~
Poco después, Ouma guardó los naipes y Shuichi dijo que quería volver dentro. Para su sorpresa, el contrario no puso reparos; y tras una última mirada a las nubes que se amontonaban en el cielo y los rayos de un Sol que caía en el occidente, regresaron al pasillo en penumbra y cerraron la puerta detrás de ellos.
Habían hecho menos de una docena de pasos cuando una figura enorme apareció en el corredor.
—¿Ouma–kun? ¿Qué «hacer» aquí?
—Ah, Gonta–chan. —Shuichi observó sorprendido cómo Ouma caminaba hacia la gigantesca silueta con absoluta tranquilidad. Cuando la lámpara del pasillo iluminó de lleno su rostro, se dio cuenta de que era el tipo enorme que había ayudado a sacar a Kaito de la habitación ya varios días atrás. Tenía el cabello largo y castaño, y además de alcanzar casi los dos metros de altura, también era muy musculoso. Vestía el uniforme del personal auxiliar del hospital, y sus grandes ojos de color rojo los observaban con gran curiosidad—. ¿Cómo va todo? —Le preguntó el muchacho como si nada.
—Este pasillo «estar» prohibido para los pacientes —señaló el tal Gonta ladeando la cabeza. Parecía tener un pobre dominio del idioma, y hablaba con mucho acento —quizás era extranjero. Ouma rió.
—Es que mi doctora me recomendó que saliera un rato afuera para despejarme. Así que le pedí a Saihara–chan que me acompañara~ —No había forma de que el tipo se tragara una excusa tan pobre.
—Ah, así que «ser» eso… —Shuichi contempló atónito cómo Gonta se reía; entonces sus ojos rojos se volvieron hacia él—. Gonta «conocer» a tu amigo. Saihara–kun «ser» compañero de cuarto de Momota–kun.
Para sorpresa de Shuichi, Ouma no dijo nada. Él se quedó callado, sintiéndose incómodo. No esperaba que el tipo lo reconociera. Contempló el suelo; y por primera vez, Ouma no llenó el silencio como lo había hecho hasta entonces.
—¿Qué «ocurrir»? ¿Gonta «decir» algo malo? —preguntó éste con preocupación.
—Ah, para nada~ —Intervino Ouma finalmente, como si acabara de salir de un trance—. Es que Saihara–chan está muy cansado. ¡Así que nos vamos! Ha sido divertido verte hoy también~ —Hizo un gesto a Shuichi, que en seguida se puso en marcha detrás de él. Gonta se despidió de ellos con una sonrisa tímida, y pronto dejaron atrás aquel lúgubre pasillo.
De vuelta en el sector del hospital que solían frecuentar, no se encontraron con nadie en el camino. Los corredores seguían tan desiertos como hacía unas horas. Ouma caminaba a paso alegre, con las manos moviéndose de un lado a otro en los costados de su cuerpo; Shuichi permanecía sumido en sus pensamientos.
Había algo que lo incomodaba. No sabía bien de qué se trataba; aunque, con toda probabilidad, se debía a que Gonta le había recordado la ausencia de Kaito en su habitación, y aquella noche agitada en la que habían tenido que inyectarlo para controlar su arranque furioso. Además, no entendía por qué Ouma había aparecido de la nada en su cuarto y lo había llevado hasta ese lugar. ¿Sería una forma de agradecerle por haberse sentado en la misma mesa que él durante la cena del viernes?
Cuando llegaron al sector H, Ouma se despidió de él con una sonrisa divertida y se retiró a su habitación. Shuichi se refugió en la suya y cerró la puerta al tiempo que soltaba un suspiro de agotamiento.
De regreso en su cuarto, lo invadió una sensación eterna. Eterna en términos paradójicos: recordaba su persistencia en el tiempo después de sus períodos de ausencia. No era otra cosa que la soledad, ese hielo en las venas que recuerda el abandono. A veces se alejaba un poco, le permitía sentir que era alguien por unas horas —pero siempre estaba al acecho, a una distancia demasiado corta como para que pudiera olvidarse de ella en el tiempo, para que pudiera ignorar un futuro cercano en el que su peso helado volvería, ineludiblemente, a caer sobre sus hombros.
El rato que había pasado con Kokichi Ouma había soplado a la soledad como una brisa, la había apartado por poco más de una hora y le había entregado un respiro que no era tal. De vuelta en su cuarto, ya no había ningún viento que pudiera removerla; estaba allí, aferrada a su alma como las raíces de un árbol se aferran a la tierra. Kaito Momota había conseguido lo mismo en su momento —funcionar como una suerte de aire turbulento que echaba lejos esa sensación inmunda, pero a la vez tan familiar; sin embargo, ahora se había ido, y Shuichi estaba de vuelta solo con sus negros pensamientos, con su nada blanca y el absurdo de todas sus contradicciones.
Se abrazaba con fuerza a la soledad. Nunca había podido evitarlo. Había algo desesperante en el tacto de los otros, en su cercanía, en sus voces vibrando en el mismo aire que lo rodeaba a él. Pasaban los minutos, las horas, y la presencia de otros empezaba a ahogarlo. Entonces volvía a abandonarse a la soledad, esa compañera fría que sin embargo jamás le mentía; el silencio y las promesas de que, en tanto estuviera solo, no habría juicios ni expectativas sobre ni hacia él. Nada más que el sonido apagado de su respiración, y la eterna consciencia de una naturaleza ambigua.
Era su séptimo día en el hospital. Su séptimo día de internación psiquiátrica, la séptima Luna de tantas que no deberían haber sido. Ni la luz ni las sombras debían significar ya nada para él. Y, aun así, allí estaba, enredado en las sábanas de un colchón sobre el que no había pensado dormir más de tres o cuatro veces, atrapado en una realidad de la que no se sentía parte.
Pensó en el Sol colándose entre las nubes de afuera. Pensó en el césped acariciando sus piernas ocultas tras las ropas del hospital, los golpeteos de unos nudillos contra la corteza de un árbol, los animales pastando en la distancia de un vastísimo campo. Pensó en el cielo y las hojas verdes y el silencio; en los pasillos desolados, en el espejo hecho añicos en el cajón de Kaito, en las sonrisas amables de Kirumi, en Himiko quedándose dormida sobre la primera superficie plana que encontrara.
Pensó en la vida y la muerte, en el tacto frío de una tijera metálica contra sus dedos —en el silencio de un baño donde ya no quedaría nadie al amanecer, sólo una carcasa vacía y ensangrentada.
Una semana era mucho tiempo.
A la hora de la cena, su estómago gruñía en protesta. No era la primera vez que se saltaba una comida; pero el régimen alimenticio del hospital había acostumbrado a su cuerpo a recibir una ración nueva aproximadamente cada seis horas —de modo que su ausencia en el almuerzo se hacía notar.
Llegó al salón comedor más temprano de lo normal. En el mostrador de atrás, Kirumi lo recibió con una sonrisa y le preguntó si prefería fideos, pollo grillado con puré, o pescado con verduras. Mientras le servía el pescado que había elegido, le preguntó:
—¿Va todo bien?
—… Sí —replicó Shuichi tras un instante de duda.
—Gokuhara–kun se siente bastante culpable. —Él la miró sin comprender. Kirumi no era una persona de muchas palabras y él no sabía de quién le hablaba—. Gonta–kun —aclaró ella al notar su confusión.
—Ah —balbuceó Shuichi, recordando su breve encuentro en el pasillo con aquel tipo enorme. No tenía idea de cómo había llegado a oídos de ella—. D–de verdad, no pasa nada… —aseguró, incómodo. Acababa de llegar y ya quería irse.
—Es lo que le dije —sentenció Kirumi con tranquilidad, mientras terminaba de servirle las verduras en el plato y lo colocaba sobre la bandeja—. Pero Gokuhara–kun es muy sensible. —Sacudió la cabeza en resignación—. ¿Un pastelito? —Le ofreció; Shuichi negó, agradeciéndole, y pronto se alejó a través del comedor.
Le resultaba difícil imaginar que un tipo gigantesco como Gonta Gokuhara pudiera ser tan sensible como para quedarse pensando en un asunto así —pero no tenía motivos para desconfiar de Kirumi. Y si algo había aprendido esta semana, era que las apariencias podían llegar a ser muy engañosas. En cualquier caso, sólo quería olvidar aquel encuentro, suprimirlo por completo de su mente.
Observó el salón comedor y descubrió que Ouma estaba sentado en la misma mesa de siempre. Al verlo, el muchacho empezó a hacerle señas para que se acercara. Shuichi caminaba hacia allá, y estaba a menos de un metro de distancia de la mesa cuando una voz familiar lo llamó.
—¿Shuichi?
Se giró para descubrir lo último que esperaba ver: Kaito Momota acababa de entrar al salón y tomaba asiento en la mesa que los últimos días habían ocupado Miu y Maki, que también se hallaban sentadas allí. Probablemente habían llegado al comedor mientras Shuichi se encontraba en la parte de atrás de éste. El muchacho se veía igual que siempre: con el cabello purpúreo desordenado, la corta barba sobresaliendo por la parte inferior de su mentón, y la campera violeta echada sobre los hombros —un brazo metido en su respectiva manga, el otro suelto por debajo de la otra. Era casi como ver un fantasma; excepto que se trataba de un fantasma en perfecto estado de salud —o eso parecía, pues se lo veía bastante bien.
Lo miraba aturdido; sus ojos alternaban entre el propio Shuichi y algo por detrás de él. Éste se giró para encontrarse con que ese algo no era otro que Ouma, que a su vez contemplaba la escena con gesto intrigado. No decía nada en absoluto.
—¿Qué haces? —Le preguntó Kaito con tono casi histérico. Le llamó la atención su voz, por lo que volvió a mirarlo para descubrir que ahora lo contemplaba con la alarma bañando su rostro entero—. Ven a sentarte con nosotros —le indicó demandante, abriendo los ojos con advertencia y haciendo un gesto con la cabeza hacia la mesa en la que se encontraban Maki y Miu. La primera sólo observaba la situación con absoluta inexpresividad, y la segunda torcía el gesto en una mueca de asco, aunque Shuichi ignoraba el motivo.
Dudó. No entendía qué sucedía. Quería sentirse aliviado por el regreso de Kaito, pero la extraña situación se lo impedía. De pronto se encontraba en una dicotomía donde necesariamente tenía que elegir —y tomar decisiones nunca había sido su fuerte.
La expresión de Kaito era tan sugerente que, tras un último vistazo a Ouma, se encaminó a la mesa que le indicaba su compañero de cuarto.
—Dioses —masculló el muchacho cuando Shuichi tomó asiento a su lado, todavía sin comprender del todo la situación. Acomodó la bandeja sobre la mesa y, al mirar a Kaito, notó que éste contemplaba a Miu con irritación en los ojos—. Me voy de viaje unos días, ¿y me encuentro con que dejaron que Shuichi se fuera con ése? —Puso un énfasis muy fuerte en la última palabra.
—Qué tonterías dices de un viaje —espetó Miu. Era la primera vez en días que Shuichi la veía de cerca; parecía mas irritada que de costumbre, y tenía ojeras y marcas rojas bajo los ojos—. Además, ¿por qué me lo dices sólo a mí? ¿Quién crees que soy, su madre? —inquirió con indignación.
Kaito bufó. Maki no decía nada; había vuelto la vista hacia su plato y comía el pescado en silencio. Shuichi no la había visto en la fila del mostrador, quizás había llegado al comedor incluso antes que él.
—¿Qué… qué sucede? —se atrevió a preguntar Shuichi tras unos segundos sin que nadie dijera nada. Había llegado más gente al comedor, y podía oír la voz de Angie hablándole de las maravillas de Atua a otra persona. Todavía no tocaba su comida.
—No te juntes con Ouma —le soltó Kaito sin más. Shuichi arqueó las cejas demandando una explicación; su compañero de cuarto carraspeó y aclaró—: No… no es bueno. Es turbio.
No dijo nada más. Shuichi no quería tener problemas, pero tampoco se conformaba con unas afirmaciones tan pobres de contenido y argumentos. Necesitaba motivos para acceder a una cosa así. Pero Kaito parecía decidido a vadear la cuestión.
—Vaya, se supone que debíamos festejar mi regreso, pero mira nomás con qué me encuentro apenas vuelvo… —masculló—. Quédate aquí —le indicó al final; acto seguido, se levantó y se alejó a través del salón, yendo a buscar su propia bandeja a pasos firmes.
A Shuichi lo fastidiaba que lo trataran como un perro —un perro al que, al parecer, había que darle indicaciones para que no hiciera tonterías. Pero también se sentía preocupado; y no quería joderla con Kaito ahora que éste había vuelto de donde fuera que hubiese estado. En su sitio en la mesa, Miu sacudía la cabeza a un lado y al otro en negación. Todavía no había ido a buscar su bandeja de comida. Levantó sus ojos celestes hacia Shuichi y le dijo:
—Marmota–san tiene razón. —Por su tono de voz, parecía que odiaba tener que admitirlo—. Ouma no es buena gente. ¡Bah! ¿Quién aquí dentro podría serlo? Estamos todos aquí por raritos —espetó contrariada.
Poco después, ella también se levantó para ir a buscar su plato. Shuichi y Maki se quedaron solos en la mesa; ella seguía sin decir nada. No estaba seguro de haber escuchado su voz nunca más desde el día que se habían visto por primera vez.
Se animó a echar un vistazo en dirección a la mesa de Ouma. El muchacho estaba allí sentado igual que siempre; sólo que ahora contemplaba su plato en silencio y hacía muy pocas muecas. De cuando en cuando se reía; pero las risas eran velozmente reemplazadas por una expresión triste, como si le costara mantenerse risueño y no fuera todo más que una fachada que pretendía ocultar sus verdaderas emociones.
Incapaz de soportarlo más, Shuichi devolvió la mirada a su plato. ¿Qué… por qué…? No tuvo demasiado margen para hacerse preguntas, pues pronto Kaito y Miu volvieron con sus respectivas bandejas, y el primero en seguida se sumergió en un largo monólogo en el que contaba las aventuras que había vivido en su ausencia. Shuichi dudaba que hubiera siquiera una palabra cierta en todo lo que decía; sabía que Kaito había permanecido dentro del hospital todo el tiempo, probablemente en alguna sala de cuidados intensivos, y que el único viaje que podía haber hecho era el del sueño inducido por la inyección que le habían dado para controlar su ataque de ira. De hecho, Miu se lo dijo explícitamente varias veces; pero Kaito no quería ni oír hablar de eso, desechando las acotaciones de la rubia con un gesto de mano y volviendo a sumergirse en sus delirantes historias. Cuando ella le preguntó si el motivo de su enojo había sido el pedido de baterías que ella misma le había hecho, Kaito actuó como si no supiera de qué le estaba hablando.
El monólogo de su compañero de cuarto terminó cuando lo hizo la cena; Shuichi y él se encaminaron juntos de regreso al cuarto, sin que el primero se atreviera a mirar de vuelta a donde estaba Ouma por miedo a encontrarlo en la misma situación en la que lo había visto cuando había decidido sentarse con Kaito. Maki se había ido antes que ellos; Miu permaneció en la mesa, sin apenas haber tocado su comida.
Una vez fuera del comedor, atravesaron los pasillos mientras él muchacho de cabellos violáceos hablaba tonterías; pronto llegaron a su cuarto, y Shuichi estaba sentándose sobre la cama cuando el contrario se puso serio.
—Shuichi —lo llamó con tono severo, indicándole que quería hablarle de algo importante. Éste lo miró sin decir nada, esperando a que hablara—. Por favor —lo notaba visiblemente incómodo—, no le hables a nadie de… de lo que pasó la otra vez.
Desvió la mirada hacia la ventana como si no pudiera mirarlo a los ojos.
—Claro —accedió Shuichi en seguida. Había comprendido de inmediato a qué se refería su compañero, y ni siquiera se le había pasado por la cabeza hablar de eso con nadie. Se imaginaba que el episodio de ya varias noches atrás era algo de lo que Kaito no se sentía orgulloso. Y, además, ¿a quién iba a decírselo? ¿A Ouma? Apenas si había intercambiado diez palabras con él.
—Y además… —se apresuró a añadir el contrario—. Lo de Ouma es en serio. Ese tipo… no está bien, ¿entiendes? —Esta vez, Shuichi lo miró con gesto inquisitivo. Una cosa era que le pidiera que no divulgara lo que, consideraba, era la privacidad de Kaito. Shuichi había presenciado su arranque de furia, sí, pero era algo suyo y no tenía derecho de ir contándolo por ahí. Otra cosa muy distinta ya era que su compañero de cuarto pretendiera controlar con quién se juntaba y con quién no. Dándose cuenta de su escepticismo, Kaito añadió—: Yo… varios tuvimos problemas con él. No puedo explicártelo bien.
Hubo una pausa; el contrario lo miró por un instante antes de volver a desviar la vista.
Al final, Shuichi asintió.
—Lo tendré en cuenta.
Kaito pareció a punto de protestar; pero se lo pensó dos veces, quizás porque Shuichi lo miraba con la suficiente fijeza para dejar en claro que no aceptaría más sermones al respecto. Poco después, su compañero de cuarto volvió a hablarle de tonterías mientras él se lavaba los dientes y se acostaba en la cama; Shuichi apagó la luz del velador pronto, mientras que Kaito tomó una de sus revistas Science y se puso a leerla tras exclamar lo mucho que las había extrañado.
El día más quieto y lúgubre de la semana se había vuelto el más extraño y movido de todos los que Shuichi había pasado en el hospital. Tenía demasiadas preguntas y muy pocas respuestas —¿por qué Ouma lo había llevado a aquel patio tan escondido? ¿Dónde y cómo había estado Kaito los últimos días? ¿Cuál era el problema entre su irascible compañero de cuarto y su extravagante compañero del «club de juegos»?
Por primera vez en bastante tiempo, su mente permaneció ocupada un largo rato antes de que lograra conciliar el sueño. Por las noches acostumbraba poner la mente en blanco y olvidarse de la realidad lo máximo que podía. Esa noche, en cambio, se abrazaba a la realidad en busca de respuestas a todos sus interrogantes. No sentía un fuerte apego al mundo que lo rodeaba. Pero las preguntas sin contestación eran algo que lo ponía nervioso.
Tras poco más de una hora maquinando e intentando encontrar relaciones entre cosas que parecían absolutamente inconexas, se durmió.
Ah, esto fue más largo que los capítulos anteriores.
Quiero aclarar que esto NO es ni será un (tri)ángulo amoroso Kaito/Shuichi/Kokichi. Odio esas estructuras con todo mi ser, este fic es SaiOuma y no quiero hacer quedar a Kaito como el enemigo. Kaito es una buena persona que se preocupa por quienes quiere, lo que no lo exime de cometer errores. Si es que alguien lee esto, por favor denle tiempo a Kaito para explicarse y evolucionar.
Saben que sus comentarios son más que bienvenidos~
