Danganronpa y sus personajes no me pertenecen.
—¿Crees en el Cielo?
No pudo responderle. Quería decirle que sí, asegurarle que todo estaría bien; pero no quería mentirle. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Una risa suave.
—Lo supuse.
.
El lunes estaba resultando todavía más agotador de lo que se hubiera atrevido a imaginar.
—Odio, odio, odio estas tijeras ridículas. —Los largos y finos dedos de Iruma Miu manipulaban el plástico con contrariedad. Una gama de marcas rojas y pequeños cortes decoraban su piel; trazos blanquecinos sobre sus nudillos revelaban antiguas cicatrices que habían llegado para quedarse—. ¿Cuál es el punto de cortar papel si no corta? Diablos —fruncía el ceño y sacaba una lengua disgustada en dirección al blanco papel que sostenía con la otra mano —un papel que no hacía más que doblarse cada vez que trataba de recortarlo.
Shuichi había desistido de ofrecerle su ayuda. La rubia lo fulminaba con la mirada cada vez que lo intentaba, al son de sus «yo puedo sola, Bobichi». Él no sabía de dónde había obtenido el permiso para llamarlo por su nombre de pila —mucho menos para cambiarlo tildándolo de bobo—; probablemente tuviera algo que ver con la ligereza y la tranquilidad con las que Kaito lo usaba.
La pequeña tijerita de plástico de puntas redondeadas se mostraba tan inútil como un tenedor a la hora de tomar la sopa.
—¡Diablos! —protestó Miu con frustración, arrojándola contra el suelo y apretando los dientes—. ¿Qué piensan, que voy a dejar que te abras el brazo si me traen una tijera de verdad? ¡Conmigo no tienen que preocuparse por eso! —Exclamó con fastidio.
Miu era demasiado directa.
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —La doctora Izumi apareció junto a ellos con una sonrisa. Miu chasqueó la lengua y miró hacia otro lado—. Bueno, eso es… —La doctora hizo una mueca abochornada al ver el caos de papeles doblados en ángulos extraños que Miu había dejado esparcidos por el suelo, tras aburrirse de intentar recortarlos.
—No es mi culpa que nos den una tijera de pacotilla —masculló la muchacha, haciendo gran énfasis en la última palabra.
—Mira —se ofreció la autoproclamada presidenta del club de juegos, agachándose a su lado y mostrándole cómo hacer para que la tijera desgarrara el papel. Shuichi aprovechó para levantar la vista y mirar el resto del salón.
El bullicio colmaba el ambiente. Los habían llevado a una gran sala de luces blancas para que «pusieran a prueba su creatividad» —o ése era el pretexto para hacerlos sentarse en el suelo a recortar papeles hasta haber creado lo que ellos consideraran una obra de arte. La actividad era una propuesta del llamado «club de arte» —una convocatoria dirigida a todo el hospital para que, en parejas o grupos de tres, los pacientes pudieran expresarse mediante una creación artística.
Las supuestas «obras de arte» eran de lo más variadas y estrambóticas. Algunas incluso rozaban lo perturbador. A lo lejos, Kaito levantaba una cartulina que había cubierto con papelitos doblados en forma de estrellitas, simulando el cielo; sonreía con orgullo mientras su compañera de trabajo, Maki, lo observaba en silencio. Más allá, Angie se encontraba en su salsa —la muchacha trabajaba sola sobre un lienzo enorme que había creado pegando múltiples hojas de papel entre sí, y había logrado que le trajeran pintura y pinceles, por lo que tanto ella como sus alrededores eran un enchastre de los más diversos colores. Un grupo de curiosos la rodeaba contemplando su extraña creación —una pintura por completo abstracta en la que se entreveía hasta el último color que Shuichi pudiera imaginar, pero en la que imperaba el negro—; y ella clamaba alegremente que todo lo que hacía provenía de la mano de Atua, el verdadero ente creador de su arte.
Shuichi escudriñó la sala. Divisó a Keebo, Himiko y Tenko trabajando en conjunto en una esquina de la gran sala. En otro lugar, Rantaro creaba rosas utilizando cartulina roja, acompañado de una muchacha de largo cabello azul, anteojos, y aspecto decrépito a la que Shuichi estaba seguro de no haber visto jamás.
No había señales de la persona a la que estaba buscando.
—¿Vas a hacer tu parte o qué? —La impetuosa pregunta de Miu lo trajo de vuelta a su pequeña realidad, en la que la rubia por fin había conseguido dominar la tijera y ahora recortaba papeles con esmero—. Oh, ¿estabas viendo a alguna chica? —Le soltó ella con tono divertido. «No de nuevo» pensó él, recordando el interminable y agresivo monólogo en el que ella le había advertido, antes de empezar la actividad, que como intentara ponerle un dedo encima iba a probar uno de sus últimos inventos en su zona genital. Shuichi había olvidado el aterrador nombre del artefacto en cuestión.
—¿Qué debería hacer? —preguntó, hablando por la que se sentía como la primera vez en horas. Miu parecía decepcionada por la falta de interés de Shuichi en su pregunta, pero en seguida le indicó los trazos que quería que hiciera con marcador negro sobre unas cartulinas. Y él volvió a sumirse en sus pensamientos mientras pasaba el fibrón sobre las hojas de papel que Miu le había señalado.
El resultado final de la obra de arte ideada por Miu había sido extravagante, pero no inesperado. La tipa había aspirado a una figura a escala de ella misma, hecha con papeles doblados y pegados entre sí; sus rasgos faciales, trazados con las gruesas líneas que Shuichi había dibujado sobre las hojas. Como resultaba obvio, no tenían ni el papel ni el tiempo suficiente para hacer algo tan grande y pretencioso, de manera que acabaron con una figura de medio metro de altura y proporciones absurdas que hicieron que la muchacha frunciera el ceño con disgusto.
—¡Bah! Era imposible imitar algo tan perfecto, de todas maneras —había comentado con desdén. Shuichi observaba el homúnculo de papel sin saber qué decir: la cabeza ridículamente grande si se la comparaba con el resto del cuerpo, los senos demasiado marcados, y las piernas tan finas que parecían tallarines. Las artes plásticas nunca habían sido su fuerte, y Miu pecaba de megalomanía al proponerse una empresa tan ardua y grandilocuente.
Era casi mediodía cuando todos empezaron a abandonar el salón. La doctora Izumi le había pedido a Shuichi que se quedara para ayudar a limpiar junto con algunas personas más. Él no había sabido decir que no, de manera que allí se encontraba, pasando un trapo húmedo por el enchastre de pintura que Angie había dejado en el suelo, y levantando trozos de papel tan ínfimos que sentía que no terminaría nunca.
Juntó montones de obras olvidadas por sus dueños —algunos las habían conservado y se las habían llevado a sus habitaciones; otros las habían dejado atrás con la misma facilidad de quien se desprende de un trozo de basura que ya no necesita—; muchos dibujos eran realmente buenos, como uno de una cárcel lúgubre pero bien delineada en la que se observaban los rostros viles o entristecidos de cada uno de los presos —el dibujo estaba firmado por un tal «Ryoma». Otras obras resultaban indescifrables.
Le llamó la atención un dibujo que encontró en un sector especialmente caótico de la habitación, donde había manchas de marcador negro en el suelo y trozos de papelitos repartidos por doquier. La hoja blanca era absorbida por un gran agujero irregular y de color negro que nacía justo en su centro. Las líneas negras que lo conformaban eran desprolijas, se ahogaban en el papel y perdían fuerza para recobrarla unos centímetros después de manera abrupta. Unas manchas de pintura blanca —al parecer, hechas con los dedos a falta de pincel— conformaban siniestras sonrisas sobre el negro del agujero. Las manchas grisáceas de una mano sucia que se apoya sobre la fibra negra y luego sobre el papel decoraban hasta el último espacio que el agujero negro dejaba libre.
—¿A que podrían exhibirlo en un museo?
La voz de Kokichi Ouma justo por detrás de él lo sobresaltó. Se giró despacio para encontrarse con que el muchacho se sonreía pagado de sí mismo. Tenía un trapo húmedo en una mano, para sorpresa de Shuichi —no lo había visto en todo el rato que se había pasado buscándolo por la habitación, ni ahora que quedaban muchas menos personas limpiando el cuarto.
—¿Sabes? Muchas de mis obras de arte fueron expuestas en museos. La crítica las aclamaba como «anárquicas, corruptoras de un sentido estético obsoleto» —citó—. Aunque eso es mentira.
Shuichi no sabía qué decir. Sentía una fuerte vibración de incomodidad. Contempló el ominoso dibujo y luego volvió a mirar a su interlocutor. Como si una voz le gritara que las cosas estaban fuera de su lugar correcto.
Pero Ouma sólo rió, antes de volver a alejarse para continuar limpiando una esquina de la habitación salpicada de témpera roja. Shuichi lo observó irse antes de devolver la vista al dibujo. El círculo negro parecía feroz, amenazador —y ahora que lo miraba más de cerca, muy pequeño, justo en el centro… se veía la figura de un payaso.
Un payaso de máscara blanca con lágrimas negras y nariz roja —y, lo más importante, cabellos de color violeta que caían justo a los costados de su cuello.
La doctora Sonoda hacía un buen trabajo en ocultar su curiosidad, pero Shuichi no necesitaba que ella se la demostrara de manera explícita para saber que la sentía. Todas sus entrevistas hasta el momento, exceptuando la primera, se habían basado en ella haciéndole preguntas y él limitándose a responderlas, sin dar nunca más información de la que se le pedía. Las consultas psiquiátricas del muchacho jamás se habían caracterizado por un Shuichi hablador que hiciera sus propias preguntas y respondiera las que se le formulaban a él con más de lo necesario.
Por eso, cuando le preguntó dónde había pasado Kaito los días que había estado ausente, no importaba cuánto se esforzara la doctora por no variar ni un ápice la expresión de su rostro —Shuichi ya sabía. Sabía que acababa de llamar su atención. Justo lo que no quería hacer; pero algunas cuestiones merecían el sacrificio.
—Momota–kun pasó unos días en un programa de rehabilitación para pacientes con conductas explosivas o violentas.
Una respuesta genérica y cuidadosa —una respuesta que no decía a Shuichi nada que él no supiera, que no establecía más que lo obvio.
—¿Qué clase de programa?
La doctora le sonrió, pero tenía los labios tensos en una fina línea.
—Es un programa especial para ciertos pacientes y no me corresponde a mí contarte de qué se trata —sentenció con cuidado—. Pero, si quieres, puedes preguntárselo a Momota–kun.
La doctora Sonoda sabía que, aunque Shuichi se lo preguntara, sería difícil lograr que Kaito se lo dijera. Exceptuando su petición para que no le contara a nadie lo que había pasado aquella noche, jamás habían tocado el tema de su repentino brote de ira —mucho menos de lo que había pasado después.
—Estuvo solo todos esos días —replicó él, con una firmeza que no sentía hacía meses— ¿no es así? —Implacable, no desviaba la vista de los impasibles ojos de la doctora.
—Deberías preguntárselo a tu compañero de cuarto, Saihara–kun.
No le dio ninguna otra información. Por unos instantes, en el consultorio no voló ni una mosca —ni siquiera las blancas cortinas de la ventana abierta, por la que se asomaban los rayos de un Sol tímido escondido detrás de las nubes, se atrevieron a balancearse cuando la brisa exterior entró a la habitación. Entonces Shuichi se puso de pie, sacudiendo la cabeza. La doctora Sonoda no era mala gente, lo sabía. Sólo estaba cumpliendo con su trabajo.
—Nos vemos el miércoles —lo saludó ella; y él estaba a punto de abrir la puerta para irse cuando otra pregunta se dibujó en su mente.
—¿Es usted la psiquiatra que atiende a Ouma Kokichi?
Esa tarde ya había llamado su atención. Otra pregunta más no haría ningún daño.
Nuevamente, ella lo evaluó con la mirada antes de responder. Pero esta vez sí le respondió.
—Aunque he hablado con Ouma–kun algunas veces, él no es mi paciente. Lo atiende la doctora Shirokane.
Al salir, Shuichi se preguntó cuánto tiempo llevaría Ouma en el hospital —si la doctora Sonoda recordaba su nombre a pesar de que no era su paciente, el muchacho debía llevar allí un tiempo considerable. Se preguntó cuánto llevaría allí dentro toda la gente con la que había hablado, siendo que Miu y Kaito habían tenido el tiempo suficiente para desarrollar aversión por Ouma, para conocer a Angie y Keebo; tiempo suficiente para que Rantaro y Himiko hicieran sus actividades juntos en el grupo de ludoterapia.
Se sintió fuera de lugar. Como si hubiera irrumpido en un sitio donde hasta entonces reinara una cierta armonía —extraña y disonante, pero establecida a su manera— y se hubiera colado de la misma forma en que un extranjero llega a un país donde no pertenece. Éste no era su sitio. La vida no era su sitio. Empezó a revolvérsele el estómago, y apuró el paso rumbo a su habitación.
—¿Saihara–kun? —Una voz llamó su atención justo cuando doblaba por una esquina—. ¡Saihara–kun! Gonta por fin «encontrarte».
El enorme muchacho del sector auxiliar del hospital se aproximaba hacia él con una sonrisa tímida. Shuichi se paró casi por inercia. Gonta traía un pequeño paquetito en sus manos —el papel envolvía una forma irregular con torpeza.
—Gonta «buscarte» mucho tiempo. Gonta «querer» darte un regalo. —Pasó una mano por detrás de sus largos cabellos castaño oliváceo y se rascó el cuello con incomodidad—. Gonta «querer» pedirte perdón. —Le tendió el paquete, dubitativo.
Shuichi lo miró sorprendido.
—¿Pedirme perdón… por qué cosa?
Gonta lo miró como si no entendiera, sin responderle nada. Al final, Shuichi tomó el paquete con dedos temblorosos y aguardó a que el contrario dijera algo —pero, de nuevo, Gonta callaba; y Shuichi, sin saber bien por qué, esbozó una pequeña sonrisa.
—Gracias, Gokuhara–san.
—Gonta —lo corrigió él, sonriéndole también—. A Gonta no «gustar» las formalidades de Japón —se excusó con timidez—. Pero Gonta «usar» formalidades con los pacientes para que ellos no «enojarse». —Shuichi asintió. Eso confirmaba que Gonta no era japonés, aunque su nombre sí lo fuera.
Por un momento ninguno de los dos supo qué decir; finalmente, el contrario se excusó diciéndole que tenía que continuar con su trabajo, y tras dedicarle una última sonrisa tímida, se alejó a paso torpe por el pasillo. Shuichi contemplaba el pequeño regalo en sus manos.
Mientras continuaba su camino de regreso a su habitación, se dio cuenta de que el retortijón de su estómago se había esfumado. Algo en lo que acababa de suceder había aplacado su angustia —quizás fuera que Gonta lo había tenido en cuenta, haciéndolo sentir como uno más en el hospital; o, tal vez, fuera haber confirmado que éste era extranjero, demostrándole que no era el único que no se adaptaba, el único que no se sentía completamente parte de una situación nueva.
Fuera lo que fuese, se sentía mucho mejor cuando llegó a su habitación y encontró a Kaito tirado en su cama hojeando una de sus revistas. El muchacho se incorporó al verlo entrar.
—¿Cómo te fue? —le preguntó alegremente.
—… Bien —respondió Shuichi, tomando asiento en su propio lecho y mirando el paquete irregular en sus manos. Sintió la mirada de Kaito clavada sobre el pequeño regalo—. Gok–… Gonta–kun me dio esto.
Kaito emitió un sonidito curioso, acercándose a mirar. Shuichi quitó la envoltura con todo el cuidado posible, descubriendo un librito muy pequeño y una lupa, también de tamaño mini.
—Vaya —comentó Kaito con interés—. ¿Ésa es de vidrio? Vas a tener que esconderla —le advirtió. Shuichi lo sabía —quizás por eso Gonta había estado tan nervioso al dársela. La lista de los objetos que los pacientes tenían prohibido poseer era larga, y los que estaban hechos de vidrio se encontraban entre los primeros de la lista. Se preguntó el porqué de tan extraño regalo, y entonces procedió a observar el pequeño libro.
Realmente era pequeño, cabía cómodamente en la palma de su mano y no superaba el centímetro y medio de grosor. La tapa era de tela de color marrón, y no decía nada; al abrirlo, Shuichi descubrió que las páginas eran muy finas, tanto que casi se volvían translúcidas. La primera hoja rezaba «Guía para la observación y el reconocimiento de insectos».
Kaito se rió con ganas.
—No sé cómo no lo vi venir —comentó ante un Shuichi que lo miraba confundido—. Gonta adora los insectos, siempre anda por ahí buscando alguno al que quedarse mirando —le explicó—. Eso explica la lupa.
—Oh. —Tenía sentido. Hojeó el libro prestándole atención a medias —una parte de su cerebro contemplaba los pequeños dibujos de los insectos y las flechas que indicaban los rasgos más importantes a tener en cuenta para reconocerlos; la otra parte reflexionaba sobre el regalo. Gonta no lo conocía y no sabía qué le gustaba, de modo que le había regalado casi una parte suya, algo que lo hubiera hecho feliz a él mismo. Esbozó una leve sonrisa.
Cuando levantó la mirada, notó que Kaito lo miraba arqueando las cejas.
—¿Tú también eres un fanático de los insectos? —le preguntó con extrañeza. Al principio Shuichi no entendió por qué se lo preguntaba, pero entonces se dio cuenta de que había estado sonriendo tontamente mientras contemplaba el mini–libro. Sacudió la cabeza.
—Supongo que sí.
Durante la cena, la composición de la mesa era la misma de siempre: Shuichi sentado al lado de Kaito, que a su vez tenía a Maki sentada a su izquierda —aunque a un metro y medio de distancia. Miu estaba sentada del otro lado, frente a Shuichi, y revolvía la comida en su plato como siempre hacía.
Escudriñaba el gran salón comedor. Ouma no se veía por ninguna parte. No había vuelto a verlo desde la actividad artística de esa misma mañana.
—… Y esa es mi idea genial —concluyó Kaito en ese momento, satisfecho como si acabara de elaborar el plan más brillante del último siglo.
Miu lo contemplaba asqueada.
—Si piensas que voy a salir a la noche a buscar bichos repugnantes…
—¿Tú qué opinas, Shuichi? —le preguntó Kaito como si no escuchara a la rubia, que lo fulminó con la mirada.
—Pues… —Shuichi titubeó; no había escuchado nada de todo lo que había dicho, perdido en sus pensamientos como se encontraba mientras investigaba las caras que se asomaban por toda la sala—. ¿Cómo dijiste que es?
Kaito emitió un suspiro de exasperación. «No me estabas escuchando» era lo que le decía su mirada de reproche. Shuichi tragó con incomodidad.
—Estaba diciendo que, ya que Gonta te regaló el librito de los insectos —puntualizó, enfatizando su mirada para darle a entender que quería que lo escuchara y se estaba asegurando de que lo hiciera—, podríamos hacer algo divertido y salir a buscar algunos.
—¿Qué tiene eso de divertido? —espetó Miu, intentando meter bocado en la conversación. Kaito volvió a ignorarla.
—Es… es de noche —señaló Shuichi.
—¿Lo ves? Sería ridículo salir a–…
—No importa, conseguiremos una linterna. Seguro que Miu tiene una para prestarnos —comentó alegremente, mirándola mientras sorbía los largos fideos de su ramen. La expresión de ella era de la más cruda indignación.
—Claro que no tengo una cosa así —le espetó—, y aunque tuviera una, no te la prestaría. Marmota–kun, si lo que quieres es una excusa para llevarme a algún lugar oscuro de noche y hacer cosas indec–…
—No te preocupes, conseguiremos una linterna, no puede ser tan difícil —la interrumpió Kaito sin más, pasándose la servilleta por la boca y girándose para mirar a Maki. La muchacha había permanecido en silencio todo el rato. No era nada nuevo: nunca comentaba nada ni participaba de ninguna de las conversaciones de la mesa; conversaciones que, en general, se basaban en Kaito dando largas peroratas, Miu protestando, y Shuichi limitándose a responder las preguntas de su compañero de cuarto sin añadir mucho más—. ¿Vienes, Harumaki?
Ella le echó un rápido vistazo, antes de devolver la mirada a su plato vacío.
—Maki —lo corrigió—… Vale.
El rostro de Kaito se iluminó con una gigantesca sonrisa, y la expresión de Miu era incrédula.
—¿La rarita número uno va a ir? —exclamó sin creérselo. Kaito no cabía en sí de gozo. Shuichi sentía una enorme curiosidad por la respuesta afirmativa de la castaña; había esperado que se negara—. Tch, problema de ustedes. Si alguien los encuentra, van a meterse en un lío infernal.
Aunque tenía el mentón erguido como si se diera aires de superioridad, un pequeño tic en uno de sus ojos transmitía la sensación de que, ahora que Maki había dicho que sí, se arrepentía de haberse negado a ir.
—¡Bien! Luego de comer iremos a nuestras habitaciones, y cuando las enfermeras terminen de hacer sus rondas nos encontraremos en el pasillo.
Miu se quedó con mala cara el resto de la cena, y no volvió a tocar su plato.
Cuando regresaron a sus habitaciones, Shuichi se sentó en su cama a esperar. Nunca había dicho explícitamente que sí a Kaito, pero no quería entristecerlo con una negativa —y, por alguna razón, tampoco quería abandonar a Maki en la extraña empresa que su compañero de cuarto había propuesto para esa noche. Le daba la sensación de que para ella no había sido fácil decir que sí —y, con lo abrumador que podía llegar a ser Kaito a veces, lo mejor sería que no tuviera que lidiar con él ella sola.
Por no mencionar que estaba seguro de que Kaito había pasado los últimos días solo.
—Espérame aquí, ahora vuelvo —le había avisado su compañero de habitación hacía ya casi diez minutos, antes de desaparecer tras la puerta del cuarto sin darle más explicaciones. Shuichi se preguntaba a dónde habría ido, pero afuera todavía se oía el bullicio de la gente regresando a sus habitaciones y las enfermeras todavía no pasaban a revisar que se encontraran allí, de manera que aún era temprano — todavía no tenía por qué preocuparse.
Sentado en su lecho en la soledad de la habitación. Shuichi se levantó las mangas de la parte de arriba de sus vestimentas verde agua, descubriendo unas largas cicatrices rosáceas que recorrían casi toda la longitud de sus antebrazos. Esa misma tarde, después de regresar de su consulta con la doctora Sonoda, la enfermera Nijimura le había ofrecido retirar los vendajes —y él, por algún motivo, había accedido. Deslizó un dedo por una de las largas marcas, palpando la irregularidad de su piel, y tragó con fuerza. El regalo de Gonta y la idea de Kaito lo habían distraído, pero aquellas líneas mortíferas eran un recordatorio contundente de por qué se encontraba allí.
—¡Listo! —La puerta abriéndose y cerrándose de golpe y la alegre exclamación de Kaito lo hicieron sobresaltarse y tapar las cicatrices de inmediato. Su compañero de cuarto no pareció darse cuenta de nada —o, si se había dado cuenta, lo disimulaba muy bien—, porque sonreía de oreja a oreja cuando, de debajo de su campera violeta, extrajo una pequeña linterna de color verde oliva, que prendió y apagó repetidas veces para demostrar que funcionaba.
—¿De dónde la sacaste? —le preguntó Shuichi, un poco asombrado. Una cosa era decir que conseguiría una linterna, y otra muy distinta era conseguirla.
Kaito se veía muy pagado de sí mismo. Tomó asiento en su lecho frente a Shuichi, ocultando la linterna debajo de la almohada.
—Gonta, claro —respondió orgulloso—. Al principio se negó, pero cuando le dije para qué era se volvió loco de contento y me la prestó sin preguntarme nada más.
Tenía sentido. De hecho, por lo que había visto hasta el momento de Gonta, parecía casi obvio. No sabía cómo no se le había ocurrido antes.
—Lo invité a venir —comentó Kaito, dejándose caer de espaldas sobre su cama y contemplando el techo lleno de gozo—. Pero no quiso. Dijo que no le gusta mucho la oscuridad.
Esperaron un rato, dejando el tiempo pasar sin más que algún que otro comentario de Kaito. Shuichi había ocultado la lupa entre los pliegues de su ropa, y observaba los dibujos del pequeño librito distraídamente. Pasó media hora hasta que una enfermera vino a asegurarse de que estaban en su habitación, y otra media hora más hasta que alguien golpeó la puerta despacio. Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar, ésta se abrió y dos figuras entraron en el cuarto.
—Ah, ¡viniste, Miu! —susurró Kaito con alegría.
—Claro que no. ¿Una chica sola en la habitación de dos chicos, durante la noche? —La simple idea le parecía escandalosa—. S–sólo… ¡sólo vine a asegurarme de que no le hagan nada a Harukawa!
El rostro de Maki era inexpresivo, pero a Shuichi le daba la sensación de que, aunque Kaito y él intentaran hacer algo contra ella, era más probable que los que salieran heridos fueran ellos.
—Oh, ¿entonces no piensas venir? —Mientras Kaito denotaba su decepción y Miu protestaba, Maki reclinó la espalda contra la pared sin decir nada. Sus ojos estaban clavados en Shuichi, que pronto se sintió incómodo y miró hacia otro lado.
Tras varias protestas de Miu, la muchacha se retiró de vuelta a su habitación. Ellos tres decidieron esperar unos minutos más para asegurarse de que no quedaba nadie en los pasillos.
—Me alegra que vinieras, Harumaki —comentó Kaito, contento. Habían apagado la luz y se miraban unos a otros en la penumbra, sólo iluminados por las luces nocturnas que provenían del exterior.
—Maki —lo corrigió ella por enésima vez—… Me gustan los insectos —comentó escuetamente.
Kaito continuó haciéndole preguntas, a las que ella respondió con monosílabos o no respondió en absoluto, antes de decidir que era hora de irse. Se dirigieron en silencio hacia la puerta y se aseguraron de que no quedara nadie en el pasillo, que ahora estaba oscuro, antes de ponerse en marcha.
Su compañero de habitación iba adelante, luego lo seguía Maki, y detrás de todo iba él. Cada tanto echaba un vistazo por encima del hombro para verificar que no hubiera nadie que pudiera pescarlos por detrás. Caminaron casi de puntillas, procurando no hacer ruido, pero a paso ligero —de manera que se expusieran a que los atraparan el menor tiempo posible.
Shuichi se preguntaba a dónde estarían yendo —había pensado que Kaito querría ir al patio, donde había grandes macetas con arbustos y árboles donde buscar insectos, pero no era allí a donde se dirigían. Sólo después de dejar innumerables salas y pasillos detrás, sin encontrarse absolutamente con nadie en el camino —«la seguridad de este hospital es pésima» pensó para sus adentros—, se dio cuenta de a dónde los llevaba Kaito.
Cuando dejaron atrás las literas y las sillas oxidadas, y se encontraron frente a la corroída puerta con el cartel de «salida de emergencia», Shuichi no tuvo dudas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Maki; pero entonces Kaito abrió la puerta con toda la suavidad posible, y los tres salieron a lo que los esperaba allá afuera.
El predio a donde Ouma lo había llevado la tarde anterior era un sitio completamente diferente por la noche. La luz de la Luna, que estaba llena, iluminaba el alto césped con un resplandor etéreo, casi fantasmal. La suave brisa producía ondulaciones en las hojas de los arbustos, y el gran árbol antes de las rejas que los separaban del infinito se cernía como un coloso nocturno.
Shuichi evaluó a Kaito con la mirada, pero decidió no hacer ningún comentario. No podía ser algo casual —no había forma de que tanto él como Ouma conocieran ese sitio sólo por casualidad. Pero estaban solos en el medio de la oscuridad en un lugar donde no debían estar, y Maki se encontraba con ellos —lo último que quería era hacer enojar a Kaito trayendo a Ouma a la conversación. De modo que se calló la boca y, en su lugar, extrajo la lupa y el librito de entre su ropa al mismo tiempo que Kaito encendía la linterna.
—Sólo tenemos una, así que tendremos que permanecer los tres juntos —comentó. Pronto, los tres se encontraban agachados sobre el césped, removiendo las largas cintas verdes que nadie podaba hacía siglos en busca de alguna señal de vida.
Durante un rato, no encontraron más que hormigas. Las pequeñas se movían rápidamente, cargando hojitas en una hilera directo a su hogar. «Va a llover» comentó Maki, mientras Shuichi escudriñaba la amplia sección sobre hormigas de su libro, intentando determinar de cuál variedad se trataba. Todas le parecían iguales; ni siquiera Kaito podía diferenciar unas de otras, de manera que abandonaron la tarea y continuaron buscando algún otro bicho que se les hiciera más distintivo.
—Esta es… —repasó todas las hojas dedicadas a las libélulas, buscando una que se le pareciera a la que acababan de encontrar muerta—… Podría ser una «hemicordulia ogasawarensis»… —Sólo leerlo le costaba trabajo, mucho más pronunciarlo en voz alta—… O una «hemicordulia okinawensis»… —Aunque pasaba de página una y otra vez, no veía ninguna diferencia. Esto era más difícil de lo que jamás se hubiera imaginado.
—Tiene que ser la primera —señaló Maki—. La otra sólo se ve en Okinawa y algunas islas Amami —leyó.
—¡Entonces es ésa! —exclamó Kaito, contento de que por fin pudieran identificar algo. Shuichi asintió, y Maki no dijo nada. Minutos después, se embarcaban en la búsqueda de algún otro insecto.
Pasó un largo rato sin que hallaran nada. Shuichi se preguntaba qué hora sería mientras Kaito, Maki y él escudriñaban el gran árbol en busca de algo interesante. Lo ponía nervioso estar tan cerca de ese árbol, y mucho más que sus compañeros lo estudiaran con él. Era una sensación extraña; como si ése fuera un lugar muy importante para Ouma, y él estuviera traicionando su confianza.
Desechó a Ouma de sus pensamientos al mismo tiempo que Kaito emitía una exclamación de emoción.
—¡Tenemos que atraparlo antes de que se vaya, Harumaki! Pero me da impresión agarrarl–…vaya. —Kaito pasó del entusiasmo al asombro cuando la muchacha tomó el escarabajo entre sus dedos como quien agarra una piedra o un botón, sin emitir la más mínima señal de asco alguno. El insecto sacudía sus patitas con frenesí, casi como si exigiera que lo soltaran.
—Búscalo en el libro —le dijo Maki—, tiene que estar en la sección de los escarabajos.
El bicho, al que estudiaron con la lupa, tenía el cuerpo de un verde intenso y alas doradas —no podía ser muy difícil de distinguir incluso entre tantos dibujos. Tras unos minutos pasando las hojas y examinando el centenar de escarabajos distintos que éstas exhibían, Shuichi leyó un nombre:
—«Popillia japonica».
—¡Vaya!
—Parece que es bastante común —comentó, leyendo la descripción y cómo era un insecto plaga en el continente americano, más particularmente en Estados Unidos y Canadá.
Lo miraron por unos instantes. Entonces Maki, sin previo aviso, apretó los dedos entre los que lo sostenía y lo estrujó hasta que se oyó un crujido.
Shuichi tragó, sintiéndose repentinamente mareado. Kaito jadeó.
—¡Ha–Harumaki! —chilló, tan fuerte que Shuichi tuvo que dirigirle una mirada de advertencia para que bajara la voz—. ¿Por qué…? —No podía completar la pregunta.
El insecto había dejado de mover las patitas, y yacía inerte entre los finos dedos de la muchacha, por los que ahora se deslizaba un líquido de aspecto desagradable que emanaba el pequeño cadáver del animalito.
Ella no dijo nada; sólo contempló el bicho muerto por unos segundos más, antes de soltarlo y dejarlo caer al suelo. Se limpió los dedos en su ambo de color rosa sin que su rostro denotara ni en más mínimo desagrado por lo que estaba haciendo. Shuichi estaba aturdido, y Kaito boqueaba como un pez fuera del agua, sin saber qué decir.
La muchacha se dio media vuelta.
—Ya es tarde —musitó—. Es hora de regresar.
Ninguno de los dos se movió de su sitio. A Shuichi no le respondían las piernas. Ella no los esperó, abriendo la puerta que daba al interior del hospital y desapareciendo en el oscuro pasillo antes de que ésta se cerrara detrás de ella.
Entonces Shuichi se giró y descubrió que Kaito temblaba. Aunque la linterna descansaba en la mano de este último y apuntaba hacia el suelo, la luz de la Luna alumbraba lo suficiente para que pudiera percibir un brillo irracional en sus ojos violáceos, mientras su cuerpo entero se sacudía de arriba abajo.
Temeroso, le colocó una mano dubitativa en el hombro. Aunque sus emociones estaban nubladas por la eterna apatía, había un dejo aterrado en lo profundo de su mente. Algo que le decía que tenía que detener esto antes de que ocurriera.
—Momota–kun —murmuró con cautela. Éste tenía los labios apretados y se estaba poniendo blanco.
—Kaito —lo corrigió—. Estoy… estoy bien. Estaré bien. —Shuichi no retiró la mano de su hombro, y los sacudones fueron haciéndose menos pronunciados hasta desaparecer por completo. El muchacho, que hasta entonces había permanecido con la vista clavada en el suelo, lo miró para indicarle que ya estaba bien. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa que no llegaba hasta sus ojos y que Shuichi no creyó en ningún momento. Pero al menos había dejado de temblar.
No dijo nada. Una parte suya se sentía aliviada de que el arranque de ira de su compañero de cuarto se hubiera aplacado, pues quién sabía cómo podía terminar con ellos dos solos, en mitad de la noche y en un sitio donde no se suponía que debían estar. Otra parte todavía sentía náuseas por lo que había presenciado. Era una tontería, de verdad lo era, pero ver a Maki aplastar el escarabajo de esa forma hasta matarlo había sido… ¿Por qué hacer algo tan cruel con una criatura tan indefensa?
El camino de regreso a su habitación fue mucho más accidentado que el anterior; más de una vez tuvieron que ocultarse entre las sombras y contener la respiración para que no los pillara una enfermera o alguien del personal auxiliar que circulaba por allí. Cuando por fin llegaron al cuarto, Kaito metió la linterna en el cajón de su mesa de luz y lo cerró de golpe, dejándose caer sobre su cama sin decir nada. Shuichi, que tenía la cabeza embotada, ocultó la pequeña lupa, dejó el pequeño libro sobre su propia mesa de luz, y se metió en la cama —tapándose con las sábanas hasta el mentón.
Pronto se durmió —y, por primera vez en muchísimo tiempo, tuvo una noche sin sueños.
No me he olvidado de esta historia en absoluto.
