Esta mañana me he levantado de mejor humor además de tarde, he recogido algunas de las cosas que dejé ayer repartidas por la entrada debido a mi falta de energía, y me he puesto rápidamente lo primero que he encontrado en mi armario, a la vez que maldecía e insultaba a todo lo que se cruzaba en mi camino ya que llegaba tarde a nuestro encuentro.

He quedado con Olivia en una cafetería situada cerca del vecindario en el que vivo para hablar con ella sobre lo que ocurrió ayer, y para que me cuente qué pasó con ese chico importante y guapo del que tanto me habló.

Mientras voy caminado, me viene a la mente lo que sucedió el día anterior con el arbusto cercano a mi casa. Es algo a lo que no le di mucha importancia en ese momento, pero ahora mismo estoy un poco molesta. ¿Y si no fue un conejo? ¿Por qué estaba tan cerca de la casa? ¿Qué estaba buscando o de qué se estaba escondiendo? Más preguntas como éstas dan vueltas en mi cabeza hasta que giro una de las esquinas de la calle y me encuentro a Olivia en el establecimiento sentada y "charlando" con uno de los camareros.

No voy a negarlo, es una chica muy atractiva y también tiene su encanto. Sus ojos verdes y su piel morena son lo que más llama la atención a la gente, además de su pelo castaño y liso cortado sobre los hombros. El problema es, que es demasiado directa y sincera la mayoría de las veces, aunque tiene un gran corazón y se preocupa mucho por la gente más cercana a ella. No le gusta verse envuelta en problemas ni en ningún tipo de relación con los chicos, pero eso no significa que no quede con ellos.

Me acerqué a la mesa en la que está sentada. Cuando me ve, se levanta y me saluda con un beso en la mejilla para después volverse a sentar. Una vez que las dos estamos cómodas y servidas con nuestro café y nuestra bandeja llena de calorías, unos dónuts, comenzamos con nuestro diálogo.

- Que sepas que me voy a vengar por lo de ayer. - le dije a mi amiga mirándola con mala cara al mismo tiempo que ella me observaba inocentemente.

- Oh, vamos, seguro que tampoco fue para tanto. - me replicó dando un sorbo de su café para después mirarme con una sonrisa y brillo en sus ojos, que mostraban lo bien que se lo estaba pasando con este tema de conversación. - ¿Qué tal con Alfred? Es un señor muy divertido, cariñoso, y un caballero de los que ya no quedan. - me dijo intentando no estallar en carcajadas.

- Sobre todo en lo que se refiere a ti. - la fulminé con la mirada. - Me preguntó dónde estabas. Te echaba de menos y se le notaba mucho. - anuncié sonriendo y dándole un bocado a uno de los dónuts. - Por cierto, ¿qué tal te fue con tu adonis? - pregunté levantando las cejas.

- Uf, creo que es mejor si no hablamos de él. - resopló e intentó cambiar de tema, pero me quedé mirándola esperando a que explicase qué problema tuvieron. - Es un buen compañero de conversación... y de copas. Pero la sorpresa que me dio después no fue de mi agrado. - hizo una mueca de disgusto y la interrumpí antes de que siguiera explicando.

- ¿Malo en la cama? - la miré fijamente a los ojos para encontrar la respuesta, ya que tardó en responder.

- Peor. Fetichista. - dio otro sorbo a su café.

- ¿Pies? - sugerí riéndome para mis adentros mientras ella negaba con la cabeza.

- Dolor. - empezamos a reírnos. Casi me ahogo con el bollo redondo que estaba devorando.

- Entonces, ¿no pasó nada? - levanté una ceja.

- Bingo. Me fui a casa y me quedé dormida en cuanto me tumbé en la cama. - esta vez, fue su turno para coger uno de los dulces de la bandeja.

- Así que te cubrí para nada. - bufé. Si las miradas matasen, ahora mismo ella estaría enterrada. - Ayer llamó mi padre para preguntar cómo estaba, y me dijo que seguía con el problema de la vecina.

- ¿La china metalera? - preguntó riéndose. Afirmé moviendo mi cabeza al mismo tiempo que terminaba mi café.

En un segundo, Olivia se puso seria e incómoda, preparándose para realizar la siguiente pregunta. Ya sabía lo que iba a preguntar.

- ¿Sabes algo de... tu madre? - me miró a los ojos hablando con cautela, ya que sabía cómo me afectaba este tema a veces. Normalmente, es un tema que me es indiferente, pero ha habido gente que lo ha utilizado en mi contra y me ha perjudicado bastante.

- Nada... Desde que se fue no volvimos a saber de ella, ya lo sabes. Si no llamó después de eso, no creo que lo vaya a hacer ahora. - respondí sonriendo, haciéndole saber que no debía preocuparse por eso.

Mi madre no es una persona de la que solamos hablar mucho, además de porque no sabemos nada de ella, también es debido a que el tema entristece y enfurece mucho a mi padre, a pesar de que han pasado seis años.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía catorce años y fue por varias razones. Solían discutir mucho y hubo una época en la que mi madre se apoyaba en el alcohol para poder, según ella, aguantarlo. A eso se le añade como mi madre le fue infiel con uno de los hombres del vecindario en el que vivíamos en ese momento. Yo era joven y pensaba que en algún momento se arreglaría, que no duraría mucho, de lo único que me preocupaba eran mis amigos y estudiar, hasta que llegaron los papeles a los que tanto miedo le tenía mi padre. Esa noche no pude dormir escuchando como intentaba esconder su tristeza subiendo el volumen de la televisión.

Jamás me sentí culpable por lo que pasó. Mi padre me dijo que nunca lo hiciera, que no tenía nada que ver en esos temas de adultos. Pero, ahora comprendo cómo se sintió y por qué lloraba de tal forma esa noche. La quería demasiado y no se esperó aquello de ella.

Cuando terminamos de hablar, llamamos al camarero y pagamos. Nos levantamos y nos despedimos volviendo cada una a sus respectivas casas.

Eran las dos de la tarde cuando me fijé en el reloj de la cocina una vez que terminé de lavar el uniforme del trabajo, y de recoger y limpiar un poco la vivienda. Me puse a buscar algo para cocinar, pues tenía bastante hambre. Limpiar siempre me da hambre. Encontré un poco de pollo y ensalada que sobraron de la otra noche y, cuando metí la carne en el microondas, escuché un ruido en el porche de la parte de atrás de la casa.

Caminé hacia la puerta sigilosamente y me asomé para ver qué es lo que había sonado. O más bien caído. Encontré una de las macetas tirada en el suelo y el recipiente hecho pedazos. Unos metros más lejos de la maceta, el culpable de este desastre masticaba otra de mis plantas que se había convertido en su almuerzo. Un conejo blanco con manchas de color café en su espalda y cola, era el culpable de la ansiedad que estaba viviendo hasta ahora, desde lo que pasó con el arbusto.

"Así que solo era un conejo. Ya puedo estar tranquila."

- Debo informarte, amigo mío, de que mis plantas no son trozos de lechuga de los que te puedes alimentar. - sonreí contemplando como el peludo y pequeño animal seguía balanceando sus mandíbulas de un lado a otro, disfrutando de su comida.

Ver al roedor comer me provocó envidia y reavivó esa sensación en mi estómago. Recogí la maceta, los restos del envase de arcilla y volví a entrar en casa para, por fin, disfrutar de mis sobras.

Terminé mi almuerzo, lavé los platos en el fregadero de la cocina, pegado a la gran ventana que mira hacia el bosque, y me senté en el sofá del gran salón rodeado de madera tanto en el suelo, como en las paredes y el techo. Eso le daba un aspecto rústico y hogareño, cosa que a mi me encantaba. Frente a mí, se situaba una televisión con una pantalla no muy grande, pero que se veía bastante bien, y debajo de ésta, una chimenea que siempre me ayudaba a entrar en calor en los fríos días de invierno.

Me eché por encima una de las mantas que mantengo en el baúl de la esquina de la sala y cogí el libro que reposaba sobre la pequeña mesita de café al lado del mueble sobre el que me sentaba. Una vez acomodada, comencé con mi rutina de lectura. Era un libro bastante viejo, de esos que lees una y otra vez porque te gusta y su historia nunca aburre. Típica historia de romance, pero con toques de novela policíaca, lo cual la hacía menos pesada.

Cuando me giré para cambiar la postura de mi cuerpo, la cual ya me resultaba incómoda, por la ventana vi como la nieve caía sobre los árboles y la oscura tierra del suelo, sin ese verde que la solía cubrir en verano. Ya era hora de que nevara. Estamos en pleno invierno y se estaba retrasando bastante. Para algunos de los habitantes del pueblo será una mala señal ya que cuando se acumule, les resultará complicado moverse de un sitio a otro, pero yo lo encuentro fascinante. Me recuerda a mi niñez, cuando salía a jugar con mis amigos o con mis padres y hacíamos ángeles en la nieve o simplemente nos lanzábamos bolas hechas con el frío material para fastidiarnos los unos a los otros. Este pensamiento me hizo sonreír.

"Esos sí que eran buenos momentos."

Me quedé un momento observando la danza de esos copos a través de la ventana y luego volví a enfocarme en mi libro.

Dejé el tomo sobre la mesita, me levanté del cómodo sofá de color marrón y caminé hasta la entrada. Me puse mi abrigo color café, mi bufanda de lana blanca acompañada de un gorro de un tono más oscuro que el del abrigo y salí a disfrutar de un agradable paseo por la arboleda. Todavía no oscurecía y tenía que aprovechar.

Eran las cinco y media cuando andaba perdida entre los árboles, sin ningún destino marcado. Me encanta pasear por esta zona, aunque por la noche sea peligroso y dé un poco de miedo, me ayuda a pensar y a relajarme. Por el día es un lugar en el que podría pasar horas caminando. Esta vez, la nieve caída le daba un aspecto frágil y puro, engañando a todo al que entraba, haciéndole pensar que ningún tipo de peligro podría estar acechando. Yo siempre estoy atenta a cualquier sonido, pero hasta ahora no ha ocurrido nada extraño.

Estaba entrando en un claro del bosque que acababa de encontrar cuando, apenas a unos pasos de tocar el círculo de luz que lo bañaba, tropecé con una de las raíces de los árboles que sobresalían del terreno tirándome de lleno al suelo.

- Mierda. - fue lo único que salió de mis labios en cuanto mis manos, sin protección alguna, entraron en contacto con el frío y blanco suelo intentando detener el impacto de mi cara contra la superficie. - Joder... Está helada.

"La nieve está helada. Una observación muy inteligente de tu parte, Kayla."

Me quedé echada sobre la gélida capa blanca durante unos segundos, suspirando, y cuando me puse sobre mis rodillas para levantarme, al alzar la cabeza, me encontré a corta distancia de unos enormes ojos azules que me miraban fijamente.