Azul.

Ese color frío que en este mismo momento pertenecía a dos ojos enormes que me observaban fijamente con cautela, pero sin miedo.

Era como si pudiesen ver a través de mí.

Su mirada mostraba calma por lo que no me sentí amenazada, pero algo en sus pupilas, un brillo peligroso, me decía que no confiara demasiado.

El dueño de esos hermosos ojos era un gran lobo que permanecía de pie justo delante de mí. Su grueso pelaje era blanco y casi podía camuflarse con el paisaje que nos rodeaba. Su nariz negra se movía ligeramente debido a su respiración, y sus orejas levantadas y tensas mostraban que solo estaba alerta y no tenía intenciones de atacarme, pero lo haría sin ninguna duda si se sintiera amenazado.

Hipnotizada, no podía parar de mirarlo. Cualquier persona habría salido corriendo para poder protegerse o gritado por ayuda, pero estaba paralizada. Tenía miedo, pero mis piernas no me hacían caso. Mi cerebro se centraba más en esa rara conexión que estaba ocurriendo entre la gran bestia y yo.

El can tampoco se movía de su posición, cosa que aliviaba un poco mi nerviosismo. Realmente era un animal precioso, pero eso no significaba que no me pudiera hacer pedazos en cuanto me moviese. Ante ese pensamiento, empecé a respirar más rápido y traté de arrastrarme con el fin de alejarme un poco y tener la oportunidad de escapar. Todo esto, mientras seguíamos con nuestras miradas conectadas.

Nos quedamos por unos minutos así, hasta que un movimiento a mi espalda hizo que mirase hacia atrás. La rama de uno de los árboles que había detrás de mí se sacudió, provocando un poco de ruido. Probablemente, algún pájaro decidió alzar el vuelo justo en ese instante.

Cuando volví a girar mi cabeza para volver a encontrarme con el lobo, para mi sorpresa ya no estaba allí. Había desaparecido sin dejar rastro. Ni siquiera había huellas. ¿Cómo puede un animal tan grande escabullirse así de rápido sin hacer nada de ruido?

Me levanté sacudiendo la nieve de mi ropa al mismo tiempo que vigilaba en caso de que volviese a aparecer otra vez. Es la primera vez que me encuentro con una especie así cara a cara y me resulta bastante raro que no haya intentado atacarme.

Estaba bastante asustada y confusa al principio y, no sé cómo, pero ha conseguido detener a tiempo un ataque de pánico con solo mirarme a los ojos. Hubo un momento en el que vi algo distinto, algo que se parecía a mí, y no estoy hablando de mi reflejo precisamente. Algo casi... Humano.

"Pero... ¿en qué tonterías estoy pensando? Era solo un lobo... Uno grande."

Una vez que salí de mi trance, caminé rápidamente en dirección a mi casa. Este lugar no es seguro y, sobre todo, después de lo que ha pasado.

Cuando atravesé la entrada y subí las escaleras, no sin antes asegurarme de que las puertas y ventanas estaban cerradas, entré en mi habitación y me puse algo más cómodo. Saqué mi teléfono del bolsillo de mi chaqueta y llamé a Olivia para contarle todo lo que había ocurrido. Necesitaba hablar con alguien, y mi padre probablemente estaría ocupado.

– ¡¿Cómo?! Espera... ¿He oído bien? – cuando terminé mi narración de los hechos por segunda vez, estaba nerviosa y se puso en modo interrogatorio. – ¿Como que te has encontrado un lobo? ¿Estás bien? ¿No te ha atacado? ¿Por qué andas por el bosque tu SOLA sabiendo que es peligroso? – no sé por qué le gustaba su labor como enfermera, se le daría mucho mejor trabajar con el FBI.

– Te lo vuelvo a repetir. – dije riéndome pensando que a veces se parecía demasiado a mi padre. – Me he encontrado con un lobo blanco en uno de los claros de bosque, nos hemos quedado mirándonos y luego ha desaparecido. No pensaba que sería peligroso dar una vuelta, además eran las cinco y media y no había oscurecido todavía. Ni siquiera ha intentado acercarse a mí.

– ¿Estás de coña verdad? Es un puñetero lobo, y se alimenta de carne. – inquirió haciendo más hincapié en la palabra carne. Suspiró. – ¿Seguro que no te has dado un golpe en la cabeza y lo has soñado? – esta vez sonaba preocupada y molesta.

– La baja temperatura de la nieve que ha tocado mis manos me lo ha dejado más que claro. – dije con un tono gracioso para tranquilizar un poco a Olivia. – Estoy bien, Oli. ¿Sabes qué? No creo que vuelva, así que no tienes de que preocuparte. O no le he caído bien, o no le ha gustado mucho mi olor. – dije sonriendo, y noté como soltaba una pequeña risita a través del móvil, acompañada por otro suspiro.

– Creo que ahora me parece más simpático. Deberías ducharte más a menudo. – fue su turno para bromear y burlarse de mí. Nos reímos las dos juntas. – Aun así, quiero que me llames si ocurre algo extraño o vuelve a pasearse ese peludo "amigo tuyo" por allí.

– Claro. No te quiero acampando en el porche de mi casa como el verano pasado cuando vimos un oso cerca y decías que tu vigilarías la casa y me protegerías. – reíamos a carcajadas cuando recordamos ese momento.

– Bueno, tengo que colgar si no quiero quedarme sin presa esta noche. – canturreó. Casi podía verla moviendo sus cejas de arriba a abajo.

– ¿Otra vez? ¿A quién le has echado el ojo esta noche? – pregunté negando con la cabeza en un gesto de desaprobación.

– A un morenazo alto vestido de traje y que, por cierto, le sienta como un guante. Lo siento, te tengo que dejar, por aquí se acerca. Chao. Llámame mañana y me cuentas. – se despidió lanzándome un beso y colgó.

– Adiós. – me despedí apartando el teléfono lentamente de mi oreja y colocándolo encima de la mesita.

Deshice la cama y la preparé para acostarme. Ni siquiera bajé al primer piso para cenar, los últimos acontecimientos del día me dejaron agotada, sobre todo emocionalmente.

En mi cabeza cada vez surgían más preguntas y dudas sobre aquel lobo. Llevo mucho tiempo dando paseos por esa zona y es la primera vez que me pasa algo así. ¿Ha estado siempre ahí? Si eso es verdad, se ha estado escondiendo muy bien. ¿Por qué habrá decidido mostrarse ahora? ¿Era algún tipo de aviso para que no volviese allí? Y..., ¿por qué estaba tan tranquilo con mi presencia en su territorio?

No paraba de darle vueltas a estas preguntas. Mientras contemplaba el blanco techo de mi habitación, echada sobre el colchón con mis brazos estirados a cada lado, visualicé el aspecto del animal mentalmente. Ese precioso pelaje blanco de aspecto suave que daban ganas de acariciar durante horas. Y sus ojos. Sus ojos eran lo que más me intrigaba. Reflejaban el peligro que corría estando tan cerca de él, pero también podía ver angustia y dolor, como si estuviese sufriendo por culpa de algo que lo atormenta constantemente. ¿De verdad fue solo mi imaginación?

Reflexionando acerca de todo esto, llegó un momento en el que mis párpados comenzaron a pesar, así que cerré los ojos y me dormí.