Disclaimer: Naruto no me pertenece, es de Masashi Kishimoto. La historia sí es mía.
Aviso: Este fic participa en la Copa Fanficker, del grupo Shhh... SasuNaru NaruSasu.
Género sorteado: Tragedy.
AU donde los homosexuales son perseguidos y asesinados.
But remember when a dream appears,
You belong to me.
I'll be so alone without you
Maybe you'll be lonesome too... and blue...
...
..
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La sangre de Sasuke escapó por su boca mientras se abrazaba el estómago con el brazo que le quedaba. Ahí, a unos cuantos metros, el cabello rubio de Naruto se ondeaba con el viento, como si fuesen hilos dorados de trigo listo para cosechar. El sol inclemente le dio de lleno en los ojos, causándole la ilusión de un parpadeo continuo sobre la mirada. Tosió fuerte, creyendo que en cualquier momento vomitaría un pulmón, pero siguió avanzando, arrastrándose por la roca caliente hacia Naruto. El pecho de Uzumaki rezumaba sangre tibia, y sus ojos azules imploraban algo que no alcanzaba a murmurar porque las fuerzas no le alcanzaban.
«No me mientas —le habría dicho suplicante—, y dime que por fin vamos a descansar». Sasuke entonces le habría mentido, porque eso era lo que Naruto merecía, aunque sea para aliviarle las ansiedades y la soledad el efímero instante que se mantuviera consciente.
Las pisadas fuertes de los enemigos los rodeaban, y se escuchaban crueles y despiadados como los dioses que les miraban desde arriba, cansados de la justicia y su ciega espada. Les habían cazado sin piedad, como perros viles condenados a morir sin poder tocarse.
«Vamos a escapar», se prometieron, con ingenuidad de infante, con esperanza de la mariposa migratoria. «Allá vamos a poder ser felices juntos», y quisieron creer que así sería. Naruto y Sasuke compartían una marca que tenía forma de hojuela de maíz, como las que comían en el desayuno. La tenían en el mismo lugar, debajo del hueso pélvico. A veces Naruto bromeaba con él y le decía que era una marca de almas gemelas, y Sasuke rodaba los ojos y le daba un pequeño coscorrón para que dejara de decir tonterías: «Ojalá que no», le decía Sasuke, tras terminar de hacer el amor, y aunque no lo decía, Naruto lo sabía, y lo entendía mejor que nadie. Ojalá que no fueran almas gemelas, porque de serlo, entonces no acabarían bien.
Tal vez era verdad que gente como ellos no debían existir, pero de ser cierto, ¿al menos no podrían morir juntos? La verdadera tragedia no estaba en los planes rotos de vacaciones en la playa, ni estaba en la casa jamás visitada en medio del bosque. No estaba en todos los cumpleaños que se iban a perder, ni en los desayunos de los jueves con jugo de naranja y huevos refritos. No estaba en la falta de mañanas nubladas, de furia o celos tiernos de Naruto cuando lo viera ser perseguido por las mujeres hechizadas cautivas de la belleza que poseía Sasuke, ni en la vida completa que soñaron y que jamás pudieron reproducir. No estaba en los ojos negros de Sasuke que se obligaban a permanecer despiertos, ni en la mano de Naruto que aferraba con fuerza la daga traicionera que le estaba arrebatando la vida clavada a su pecho. Estaba, quizás, y muy probablemente, en la distancia de sus cuerpos, en las yemas de Sasuke que buscaban desesperadas el calor del cuerpo de Naruto, y los labios desnudos que imploraban al menos un último beso que jamás llegaría.
El sonido de los tambores de la banda de guerra se escuchaba más cerca a medida que un pitido largo le quemaba el oído izquierdo. Antes de alcanzar la mano de Naruto, su mirada se apagó, abatido sobre la piedra como un halcón cazado, y sus dedos se estiraron cansados. No le alcanzó el tiempo, ni siquiera para echarse a llorar.
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