En un pequeño hospital, cuyo nombre ya nadie sabía se encontraba Carlisle Cullen trabajando. A diferencia de la mayoría de los vampiros, a Carlisle no le molestaba ni incomodaba estar tan cerca de humanos —resaltando el hecho de que su profesión tenía una relación muy grande con la sangre—, sino que su inmenso deseo de ayudar a los demás le facilitaba la tarea de controlar su sangre. No quería ser controlado por su sed, dejando atrás su raciocinio convirtiéndose en un monstruo. Esa ideología fue con la cual inculcó en su familia.
A su lado estaba Edward, quien, al tener un control casi tan bueno como su padre, cada vez que podía lo acompañaba en el hospital. Carlisle no lo diría nunca en voz alta, pero su hijo favorito sería siempre Edward. No sólo influía el hecho de que fue el primero en pertenecer a su clan, sino porque siempre recibió su apoyo, aunque no siempre fuese la decisión correcta.
La paz que había en el cuarto fue interrumpida cuando una enfermera —posiblemente nueva, por como temblaba de pies a cabeza, mostrando su nerviosismo, además de que evitaba ver a de forma directa a los vampiros frete a ella— entró apresurada. Se quedó unos cuantos segundos viendo a los hombres delante de ella, y de forma casi instantánea su rostro adquirió un tono rosado. Nunca había visto tanta perfección junta, pensó cohibida, la enfermera. Edward evitó soltar una carcajada al escuchar el pensamiento de la mujer.
Edward normalmente bloqueaba los pensamientos de las demás personas, pero había veces en que centraba en éstos para saber si representaban un peligro para su familia, y, admitía para sí mismo, que era divertido saber como los mortales quedaban pasmados por su belleza sobrehumana.
—Disculpe, doctor Cullen, pero se requiere su presencia en la sala de emergencias —tartamudeó, sin atreverse a levantar la mirada. Carlisle asintió con una expresión sería, para así salir de su oficina.
—Perdone, señorita —empezó Edward con una voz suave—, ¿pero podría acompañar a mi padre a la sala de emergencias si no es mucha molestia?
La mujer —la cual era alta, tenía la piel cremosa y su rojo cabello (el cual se notaba que era teñido) le llegaba hasta la espalda— se sonrojó furiosamente al tiempo que comenzaba a tartamudear. Se repetía una y otra vez que sólo era un muchacho el hombre frente de ella. Este pensamiento sólo hizo que la sonrisa de Edward creciera, pero cuidando de que no se notasen sus colmillos.
—Por supuesto, no veo ningún problema. —Tropezando, salió corriendo de la habitación, con su cara color granate.
Carlisle negó con la cabeza divertido, pero no se molestó en decirle nada a su hijo, sabiendo de antemano que éste ya sabía lo que pensaba. Edward tampoco intento explicarse, porque había cosas que sólo él y Alice entendían, y por alguna razón su hermana había tenido una visión en la que tenía que ir junto a su padre a la sala de emergencias. No sabía muy bien la razón, porque la visión era muy difusa, pero tanto Edward como Alice decidieron no arriesgarse.
Al entrar a la sala tanto Carlisle como Edward contuvieron la respiración, sintiéndose aturdidos de pronto. El lugar estaba inundado con el olor a sangre, y a una distancia considerable varios doctores rodeaban a una mujer que había dado a luz, con aspecto derrotado. Recobrando el control, Carlisle se acercó a sus colegas para comenzar a ayudarlos. Edward se quedó donde estaba, por seguridad. Podía tener un gran control, pero a diferencia de su padre, no llegaba al punto de poder estar al lado de una persona sangrando si dejarse llevar por el hambre.
El lector de mente sondeó las mente de los doctores, descubriendo que la vida de la mujer ya estaba dada por perdida. Se concentró en su padre, quien a pesar de los años aún le seguían pesando las muertes a las cuales había sido testigo. Edward comprendía que a pesar de que su Carlisle tratase de salvar a todos, era irrazonable querer transformar a todos en vampiros. En el momento en que la mujer dejó de respirar los médicos se alejaron, en completo silencio, menos Carlisle, quien observaba a la paciente con una gran tristeza.
—Edward, ¿puedes salir un momento? Necesitamos hablar. —El recién nombrado no se molesto en contestar, sabiendo que los demás no habían escuchado. Sólo salió, escuchando al instante pasos detrás de él, y cuando Carlisle lo traspasó, comenzó a seguirlo.
Tendremos un nuevo integrante en la familia, pensó determinado, pero con un deje de tristeza. Edward lo observó confuso, pero sabiendo de antemano que no se detendría en ese momento para aclarar sus dudas, continuó caminando.
Durante casi todo el trayecto no comprendió el pensamiento de su padre, hasta que se detuvo por unos instantes en frente de unas puertas para después entrar por ellas. Por unos segundos la expresión de Edward era de completo terror, y comprendió todo al percibir el mismo olor a sangre —pero más tenue— de la mujer que acababa de morir. Aprovechando su vista mejorada buscó a través de toda la sala hasta que la identificó. Era una bebé más pequeña de lo normal, su piel estaba sonrojada y sus manos cerradas fuertemente en forma de puño.
Aprovechando que nadie estaba cerca, tanto Edward como Carlisle aprovecharon para acercarse a la cuna con su velocidad sobrehumana.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres hacer? —preguntó en un susurro Edward.
—De lo que estoy seguro, es que ya no tiene a nadie en este mundo.
Edward iba a objetar, pero todo pensamiento coherente murió al ver como era observado por la bebé. En sus ojos color miel claro había absoluta confienza, muy diferente a como normalmente los bebés los miraban (porque incluso a esa edad tan temprana podían sentir el peligro que los vampiros emanaban). Con lentitud la levantó para cargarla. Sonrió, y su sonrisa no hizo más que crecer al ver como la bebé intentaba hacer lo mismo, fallando en el proceso.
Bueno, pensó divertido Edward, si haga lo que haga me voy a ir al infierno, puedo hacer lo que quiera.
Carlisle observó todo en silencio, y negando con la cabeza él también sonrió. Tal vez lo que iban a hacer no era tan malo.
