Hola, perdón por tardar en actualizar, ya estoy en finales y los trabajos me traen loca, además de que estos días tuve otros compromisos y no estuve en mi casa. En fin, muchísimas gracias por su paciencia y sus reviews :3 me alegra que les esté gustando la historia.
En este capítulo les presentaré a algunos de los antagonistas, por lo tanto dejaremos un poco de lado lo que está ocurriendo en la Sociedad de Almas. Además, me tomé la libertad de jugar con el concepto del Oni, así que no son tan parecidos a la tradición japonesa, digamos que es una mezcla con los demonios occidentales 7u7.
LOS ANDRANIS
Capítulo 3: Intervención.
La lluvia torrencial empapaba las calles del mundo humano cuando, en un callejón de la ciudad de Karakura, justo al lado de una tienda de conveniencia, apareció una puerta de hierro en la mohosa pared; despedía una luz rojiza del otro lado, apenas filtrándose por la rendija inferior. La puerta se abrió con un chirrido y dio paso a una figura masculina que llevaba algo cargado al hombro derecho.
Se trataba de un hombre de al menos metro ochenta y cinco de estatura. Vestía un traje completamente negro, desde la camisa abotonada hasta el cuello, la corbata de satén y los zapatos perfectamente lustrados. Contrastando con esto, su cabello, corto y rubio en la cabeza terminaba en una larga trenza que le caía por encima del hombro izquierdo. Sus ojos eran de un color azul gélido, las cejas gruesas y de un color más oscuro que el cabello, una barba apenas incipiente en la punta, labios delgados y firmemente presionados en una línea recta.
Se acomodó el cuerpo de Rukia al hombro antes de salir por la puerta, la cual desapareció del mismo modo en que había aparecido. Sus ojos barrieron a su alrededor para saber en dónde se encontraba. Lo malo de utilizar el Ostium era que nunca se sabía exactamente en qué localización iba a abrirse. Los únicos que habían aprendido a controlarlo eran Serel y Narem.
Escuchó un bufido molesto, demasiado familiar para no saber de quién se trataba.
-Te tardaste demasiado, Arioch –dijo una voz del otro lado de un contenedor de basura a su izquierda.
Arioch, reconociendo al dueño de aquella voz, así como el tono quejumbroso, se encontró con Doran, uno de sus compañeros.
Doran estaba recargado en la pared, de brazos cruzados y con una sonrisa muy característica en el rostro. Su cabello castaño iba amarrado en una coleta alta y algunos mechones caían desordenadamente en su frente. Sus ojos amielados nunca estaban del todo abiertos, lo que le confería la apariencia de estar aburrido. Se acercó a Arioch y, aunque era algunos centímetros más bajo que él, le sostuvo la mirada sin sentirse intimidado.
Arioch también sonrió al verlo, o mejor dicho, sonrió al ver la cicatriz que cruzaba un lado de su boca, cerca de la comisura. Era una marca que Doran había obtenido como resultado de una pelea con Arioch. No es que no pelearan constantemente, pero aquella vez se trataba de decidir quién sería el segundo al mando. El resultado fue aquella marca permanente que para Arioch servía como recordatorio de que su fuerza y habilidad eran superiores.
Sin embargo, para Doran, era una marca que portaba con orgullo, pues aunque no había hablado de esto con nadie, planeaba tener su revancha algún día. No le gustaba arrodillarse ante Arioch y mucho menos acatar sus órdenes. Arioch estaba consciente de esto, y esa era la razón principal de sus constantes disputas.
-La chica no estaba sola –respondió Arioch.
Doran soltó una carcajada.
-¿Y qué? ¿No pudiste tomarla de todas formas? No sé cómo puedes llamarte a ti mismo Oni, o mejor aún, cómo puedes llamarte hombre.
Arioch ensanchó su sonrisa. Sabía que Doran sólo trataba de provocarlo. Su actitud impulsiva era el principal motivo por el que no había conseguido ser el segundo al mando. Se encogió de hombros y empezó a caminar por el largo callejón.
-Misterios de la vida.
Doran frunció el ceño al ver que Arioch no había caído en su juego y caminó unos pasos detrás de él, fulminándolo con la mirada porque no podía hacerlo con sus propias manos, al menos no todavía.
-¿Estás seguro de que es ella?
-Sí –respondió Arioch secamente. Puso a Rukia en el piso y señaló el emblema de su uniforme, el que la marcaba como miembro del clan Kuchiki-. ¿Lo ves? Es Rukia Kuchiki.
-De acuerdo, entonces entrégamela –demandó Doran de pronto.
-¿Por qué tendría que entregarte lo más importante de la misión?
-Ya es tu culpa que estemos retrasados. La llevaré al castillo.
Arioch suspiró. A veces discutir con Doran era como discutir con un niño. Bastaba con hacer un berrinche para que todo fuera como él quería. Arioch decidió que haría lo que le pedía por aquella vez. De todas formas, aunque Rukia pesaba lo de una pluma, no tenía muchas ganas de ser la mula de carga.
Doran recogió el cuerpo de Rukia y lo sostuvo entre sus brazos de forma delicada, y no como bombero como había hecho Arioch.
-Te veré en el castillo –dijo Doran, aunque no sonó a despedida, sino más bien a amenaza. Flexionó las piernas y su cuerpo se convirtió en una nube de humo negro que envolvió al de Rukia y se elevó por los aires, cruzando el cielo nocturno en dirección al castillo.
Cuando Arioch se encontró solo, se acercó a la calle principal y se quedó observando a la gente que pasaba con aire distraído, nadie parecía reparar en él a pesar de que su aspecto general contrastaba con aquel callejón. Era como si estuviera detrás de un velo que lo hacía invisible y que por lo tanto lo mantenía alejado del resto del mundo, al menos de casi todo el mundo, pues de pronto tuvo una extraña sensación en el cuerpo, como si estuviera siendo observado a través de la mira de un rifle, sólo por hacer una burda comparación. La diferencia, la gran y vital diferencia, fue que un rifle hubiera sido menos mortal en esos momentos.
Una ola impresionante de reiatsu azul con destellos blancos lo golpeó directamente en el pecho y lo lanzó directamente hacia el contenedor de basura, lo cual hubiera sido un inconveniente si no hubiera reaccionado milésimas de segundos antes del impacto, justo a tiempo para volverse humo.
Cuando volvió a materializarse su respiración estaba agitada y su mirada buscaba ávidamente a su agresor, sus sentidos alerta a cualquier cambio. Otro golpe llegó por un costado y lo estampó en la pared y esta vez no pudo esquivarla. Cayó al suelo con un ruido sordo, sus miembros se estremecían con violencia por el ataque inesperado. Se incorporó lentamente y antes de estar completamente de pie, el filo de una espada, de una gran espada color plateado y negro, lo acorraló contra la pared sin poder moverse.
Los gélidos ojos de Arioch se enfocaron en el que sostenía la espada y no pudo evitar sonreír a pesar de la situación. Su agresor era un adolescente de menos de veinte años y llamativo cabello anaranjado, además de un uniforme shinigami.
-¡¿Qué hiciste con Rukia?! –gritó el muchacho, encolerizado.
Es él, pensó Arioch con fascinación cuando sus ojos se encontraron con los almendrados del chico, que parecían estar sacando chispas. Más que la espada y el denso reiatsu sofocante que emanaba su cuerpo, lo que mantenía a Arioch inmóvil contra la pared era esa mirada de fuego que parecía querer destrozarlo lentamente.
¿Cómo lo había encontrado? No tenía idea, pero lo que le interesaba en ese momento era averiguar qué, exactamente, lo conectaba con Rukia Kuchiki, pues Arioch no acostumbraba, ni le gustaba, dejar cabos sueltos. Aquel joven con impresionante fuerza bruta y poder espiritual era lo que podía considerarse un inconveniente. Qué demonios, él podía ser el que arruinara sus planes.
Pero también, por fortuna, podía ser su carta ganadora.
Arioch ensanchó su sonrisa al concretar la idea en su mente y se conformó con desvanecerse en una nube de humo, lo cual le permitió liberarse del mortal agarre del adolescente y dejar atrás sólo un rastro de azufre.
Continuará…
