El caso es que, me decidí que no bastaba con pensarle tanto porque no iba a llegar a nada, aunque tampoco había mucho que hacer con ello, sobre todo porque no podía dejarme claro que es lo que me pasaba realmente.

Entre hielo, soledad y estrellas, patino en la inmensidad de mis pensamientos donde todo me parece tan distante. Entre cada espera a que él y yo tengamos un encuentro, virtual, pero, a fin de cuentas, encuentro.

Chats, WhatsApp, o videollamada. No hay más, porque estamos tan lejanos que lo que antes me parecía algo normal, ahora me gusta a una separación que es cruel y despiadada. Pero es lo que tengo y no me queda de otra. Como no me queda de otra más que ir develando yo mismo que es lo que me pasa, porque, no sé ni que hacer o a quién decirle esto, no cuando él es mi único amigo, pero es justo de él de quien tengo todo este cúmulo de tentaciones de gritar o salir huyendo o simplemente, prenderle fuego a estos recuerdos que no tienen final, y que me hacen caer en un juego que no tiene nombre, porque no sé ni lo que es.

Pasan los días. Hablamos de patinaje, de cómo estamos estos días descansando, y de banalidades. Supongo yo que es todo de lo que los amigos hablan, o por lo menos, intento seguir la línea de lo que con el katsudon o con Viktor, suponiendo que fueran ellos los que estuvieran charlando conmigo. Es mi autoengaño, o mi manual para no errar y terminar en un tendido mortal de hiel.

Por tanto, debo de callar decirle cuánto me falta la calidez vívida de su sonrisa, y escuchar en su voz mi nombre. Me siento tan idiota, porque, no sé qué es todo esto. No intento cambiar mis ideas, porque respeto lo que está pasando en mi mundo, pero así solo voy perdiendo las horas y las horas que se siguen. Le intento no dar muchas vueltas, porque me apena pensar que haya caído en aquello que parecen todos en mi alrededor haber caído: el amor...

No lo había pensado como tal...

Quizás solo es esta noche plagada de estrellas la que me trae esas reflexiones, tras días de pelear contra mí mismo... Tras entender que, en este momento, donde patino en un lago congelado a la luz de la luna llena, con el único sonido del hielo al pasar por las cuchillas de mis patines, quisiera estar con él, patinando, no como lo hicimos en mi número de la gala, sino como lo hicieron Viktor y Yuuri en su número.

Repaso las cosas vívidas para ver si el hueco en mi pecho deja de doler. Para comprender que solo somos amigos, y que soñarle no es significado de nada... Para convencerme de que, yo, Yuri Plisetsky, el campeón mundial del Grand Prix Final, no puedo sentir algo por mi primer amigo, por mi nuevo amigo; por mi "amigo"... No y no.

No...

Que tonto soy. No lo vi. Soy un rotundo idiota. Y ahora, heme aquí, con estas ganas de que esté frente mío para poder decirle aquello de lo que me he dado cuenta... Otabek, no puedo comparar esto con nada sentido antes, pero, si es igual a todo aquello que he leído en la red sobre ello estos días, he llegado a la única conclusión posible entonces: me gustas.

Ahora, el problema es que, no sé cuándo volveré a verte... No para decírtelo, obvio, sino para poder corroborarlo, claro está, si no te pierdo antes, aunque técnicamente pese a estar tan cerca, nunca te he tenido...

Aún no perdí... ¿O sí?

Y al pensar en eso, con un frío que recorre mi columna, me llega la idea triste a la mente de que, no solo se trata de que me gustes, de que te guste, de que sea algo mutuo, porque, hay otra barrera que del giro parece aún más infranqueable: para que yo te gustara tú tendrías que ser gay. Y aunque al llegar a estas conclusiones me hace darme cuenta que si tú me gustas y ambos somos chicos, entonces yo soy gay, no significa que tú también lo seas... Como si no fuera suficiente con el gusto, de paso, está una orientación sexual diferente y... ¡Ahhhhh! Estoy harto. Cansado. Dolido.

Otabek...

Cuando los días regresan a su rumbo actual y todos empezamos a prepararnos para las siguientes competencias, debo dejar a mi abuelo y regresar a vivir con Yakov y Lilya. No quiero, pero así tendré la mente ocupada y eso ayudará a que no siga con la cuchilla clavada graba con el nombre de Otabek.

—Yuratchka, ojalá pudieras quedarte más tiempo.
—También a mí me gustaría, abuelo.
—Ven a visitarme cuando puedas, por favor. Quiero seguir viendo en el hombre que te estás convirtiendo de cerca. Y quiero que sepas que, si necesitas algo, hablar, comer, lo que sea, aquí estaré para ti.
—Gracias —contesto y nos abrazamos. En el porche nos quedamos un momento y al soltarnos, siento la nostalgia propia de dejar un momento, lugar y gente, y tener que partir.
—Y por cierto hijo, espero que puedas arreglar eso que te ha tenido tan taciturno y pensativo y sin querer comer tanto —agrega él y me sonríe, y entiendo que soy el único que no se daba cuenta que era tan obvio que, debí haberme abierto y pedido consejo sobre mi sentir, pero... ¿Cómo explicarle a mi abuelo que me gusta otro patinador, un hombre, y que no sé qué hacer?
—Abuelo...

Y así, voy de regreso a mi vida anterior con tres pequeños cambios: amigos, un título mundial encima, y un amor que me quema la piel. Por ahora, en tanto, solo me queda esperar, y saber que poco y nada puedo hacer, aunque por él haría lo que fuera, sin pensarlo...

Así, regreso a la pista donde tengo que seguir entrenando, con mi única ilusión por delante: volverlo a ver en la siguiente competencia. En el deseo egoísta de que Otabek únicamente llegue a esa competencia para volver a contemplarme en sus ojos, verme en ellos, saberme que el mundo no importa, porque mi mundo es él.

Pero, al tratar de hacer un salchow, y caer, comprendo, entre el hielo en mis manos y el silencio del lugar, que no hay garantía para volverlo a ver, y que al final, querer abrazarlo tanto solo hace más profunda esta herida que se desborda como la lluvia cual estrellas...

Porque, aunque estemos juntos, no hay más, porque, aquí en Rusia o en Kazajistán, o en Japón o donde sea, nuestros corazones están en el mismo lugar...

Tan cerca, tan lejos...