—Y por cierto hijo, espero que puedas arreglar eso que te ha tenido tan taciturno y pensativo y sin querer comer tanto —dijo mi abuelo.
—Abuelo...
—Yuratchka, podrás ser el campeón mundial de patinaje, pero, sigues siendo ese pequeño ángel tan transparente como los de hielo que solías hacer —agregó, recordando ese ayer, donde no existía más que la nieve y la brisa nueva cada día.
—Yo, solo pienso en que ahora tengo que esforzarme mucho para seguir siendo el campeón...
—O impresionar a alguien, ¿quizás?
— ¡Abuelo! —exclamé, sonrojado, sin evitarlo.
—Ay hijo —rio, acomodándome el cabello para que se vieran mis ojos—. Solo quiero que sepas que eres un ser muy hermoso para que te preocupes por ello y seguro esa persona lo sabe.
— ¿Cómo puedes saberlo? —cuestioné, con la boca torcida y mi rostro caliente.
—Solamente lo sé, y si esa persona es la indicada para ti, también lo sabrá... y te lo dirá.

Me lo dirá...

Eso quisiera creer...

Pasan los días y no hay novedad en mi vida. Empiezo a detestar ver a las personas en la calle que se aman y son felices, en sí, esa gente que puede estar con aquellas personas que quieren. Es difícil anhelar a alguien tanto y que sea tan intangible como un giro al viento... Pero cuando creo que nada puede empeorar más, veo a Viktor regresar a la concentración, y es que, si bien no viene con el katsudon, si trae consigo todo ese amor a él, lo cual es irritante.

—Deberías regresar a Japón con el katsudon —espeto, sin un saludo de por medio siquiera.
—No hace falta, Yuuri está haciendo unos arreglos para venir a entrenar aquí también— me responde Viktor, tan alegre que, solo puedo callarme, porque yo también quisiera poder ser así de feliz.
—No lo sabía.
—Pero ahora que lo sabes, ¿por qué no me ayudas para hacerle una fiesta de recepción a Yuuri?
—Paso.
—Yurio, vamos, Yuuri es tu amigo, ¿no? Eso hacen los amigos, estar feliz por los otros y hacer lo que sea para que sean felices— agrega él y siento como se me revuelve el estómago. Debo ser la peor persona posible por no pensar así, por lo menos no en el estado en el que estoy.
—Está bien— me limitó a decirle y regreso a patinar, porque solo eso puedo hacer bien, al parecer.

Mientras más se acerca el día que regrese el Katsudon, más feliz está Viktor y yo más dolor siento, como la representación de que, el corazón aún me existe. El invierno casi se ha ido y, cuando menos percato, llega la fecha marcada con un corazón en todos los calendarios a los que tengo acceso en el centro de entrenamiento: el regreso de Yuuri Katsuki.

Toda la fiesta de regreso sale como tal quería Viktor, y, aunque en el fondo me da gusto ver que el Katsudon ha regresado, no puedo sentir más allá de ese gusto, porque hay un negro que opaca ese día, mi felicidad y de lo que ya no sé que hacer… El apartamento de Viktor está lleno de gente y nadie notaría si me fuera ahora, pero, en vez de eso, prefiero huir de la gente, y, tomo una botella de champagne de fuera, para encerrarme en su habitación.

Veo la enorme cama y al imaginarme que de seguro ellos dos estarán ahí en unas horas, como pareja, me provoca un no sé qué, que me lleva a abrir el champagne y apurarla hasta que no puedo. No sabe nada mal y, un trago no me hará mal, o eso pienso al salir a su balcón, donde el cielo y las constelaciones planchan la atmosfera donde la luna me parece ver de frente, preguntándome, si, de pura casualidad, él, Otabek, estará viendo el mismo plenilunio.

Quizás…

Tomo mi teléfono, y, me parece buena idea marcarle, para solo oírle. Pero, al instante, me parece pésima idea. Voy a colgar, cuando, él, me responde, y todo se transforma.

—Yuri, hola…
—Otabek… Hola.
— ¿Cómo estás? Supe de la fiesta de bienvenida de Yuuri—san, pero le dije a Viktor que no podría ir porque no me dieron permiso en la concentración, disculpa.
—¿Sabías de la fiesta? — pregunto, molesto, obviamente.
—Sí, ¿por qué me lo…?
—¿Y por qué no me lo dijiste, Otabek?
—Pues, es que, quería que…
—Vaya amigo que eres— le reclamo, pero, me siento mareado, y, atino a colgar al unísono de solamente escucharlo decirme: "Yuri…"

Me acabo la botella y salgo de la habitación, pero, ya no hay nadie, y Viktor y el Katsudon están limpiando el apartamento. Estoy tan enojado, tan molesto, que, cuando el celular suena, lo apago…

—¿No vas a contestar, Yurio? — me pregunta Katsudon, y, sin hacerle caso, acometo contra Viktor, aventando el celular al sofá.
—¿Por qué no me dijiste que habías invitado a la fiesta a Otabek?
—Porque, quería que fuera sorpresa para ti y él…
—Me pasé ayudándote con esta estúpida fiesta estas semanas y no pudiste decirme eso. ¿crees que puedes burlarte así de mí, ah, Viktor?
—Yuri, cálmate, te aseguro que Viktor no lo hizo con mala intención— me dice el Katsudon, acercándose a mí, y quitándome la botella de champagne. Todo me da vueltas.

—Otabek no quería que te dijera nada Yuri— me dice Viktor, y, se acerca, quitándole la botella vacía a Yuuri, para ponerla en una mesa.
—Entonces, él no quería que yo supiera, vaya amigo.
—Yuri, ¿qué te pasa? Es lógico que él te quisiera dar una sorpresa, es tu amigo.
—Ese es el maldito problema Viktor; ese…—grito, dejando a los dos atónitos.
—Yurio…
—Yuri, ¿tuviste un problema con Otabek? — me pregunta Yuuri, y, solo puedo bajar mi mirada, porque, en este momento, quisiera poder gritar tantas cosas que me queman el pecho, pero, no puedo decirlas; no puedo, pero sí quiero.
—No, pero, pero… Yo…
—Lo extrañas, ¿cierto? — sigue el Katsudon, y, solo siento mis ojos llenarse de lágrimas sin control.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estás ebrio y, solo así podrías admitir algo que, todo tu ser demuestra— tercia Viktor y me ofrece un pañuelo—. Y, porque, desde que volviste a San Petersburgo has estado así, y, ahora, comprendo el motivo.
—Idiota…
—Necesitas ir a dormir, ven— agrega, pero yo me niego. Mi cuerpo se siente débil, así que me siento en el sofá, y, mirando mi celular a un lado, me pesan los ojos…

Despierto y veo todo escombrado y nada más. Es de día y la cabeza me va a explotar. No quiero prender mi celular, y, al ponerme de pie, de inmediato, tengo ganas de vomitar, así que corro al baño y, lo hago. Me siento mal en más de un sentido. Cuando voy por el pasillo de regreso, la puerta de la alcoba de Viktor está abierta ligeramente y, ganándome la curiosidad, me asomo para ver a ese par de idiotas, abrazados, durmiendo tan felices que, solo siento un dolor en mi estómago que se extienden en mi corazón.

No estoy celoso de ninguno. Estoy celoso de no poder ser yo, quien, en una mañana tan llena de azul que entra por las ventanas, no sea el que está, así, abrazado de él, de Otabek… Tomo el celular, y, armándome de valor, lo enciendo… ¿Ya qué más da?

Una, dos, diez, veinte llamadas perdidas de Otabek. Tres, seis, treinta mensajes suyos preguntándome si estoy bien o qué ocurría. Ya no quiero leerlos, no cuando he sido un estúpido, al preocupar así a Otabek, al culparlo de algo que, no era su culpa…

—Otabek no quería ilusionarte en que vendría si es que no le daban permiso. Cada día me llamó para que no olvidara no decirte, y, para contarme cómo iba lo de su permiso para venir…
—Lo sé Viktor…—respondo, apretando el teléfono, sintiéndome correr en círculos sin una escapatoria.
—¿Ya hablaste con él?
—No. No sé qué decirle…
—Pues tendrás que pensarlo ahora, Yuri.
—¿Por qué? — pregunto, desconcertado, justo cuando leo el último mensaje que Otabek me envió…
—Porque Otabek viene hacía Rusia…

A Rusia… Por mí… Eso…

¿Cómo saber que sentir cuando no quisiera sentir más?

Continuará…