Mientras me ducho, siento el nervio recorrer mi piel. No quiero tener que ver a Otabek en las condiciones en las que él vendrá a Rusia, solo por un berrinche estúpido que hice, que, no sé ni cómo le voy a explicar.
Salgo, y Yuuri está dejando ropa limpia para mí sobre la cama.
—Toma, espero no te quede muy grande, es ropa mía y de Viktor.
—Gracias… Katsudon, sobre lo de anoche…
—Si algo aprendí es que el alcohol no es bueno, pero, tampoco callarse lo que uno siente.
—¡Pero yo no siento nada! — reclamo, pero, percibo como mis mejillas se encienden. Yuuri se ríe y se sienta en la cama, al lado mío.
—Verte así de vulnerable, me hace pensar en cuánto has cambiado desde que te conocí. Aquel día, que, como un vándalo, irrumpiste en mi baño. Y ahora, no solo eres el campeón mundial, sino un joven que, me recuerda mucho a quien fui…
—Nunca podríamos haber sido iguales.
—Cierto, porque, yo solo podía anhelar siquiera un día poder patinar en el mismo evento contra Viktor… Nunca pensé en que seríamos amigos, o que él me entrenaría… mucho menos, lo que somos ahora— responde él, con un dejo de tristeza que el amor, parece borrar.
—Eso…
—Si yo hubiera tenido la oportunidad de que él fuera mi amigo, seguro, por mi torpeza le habría demostrado lo que sentía, pero, no sé qué hubiera pasado, aunque, no me hubiera arrepentido… Porque, de lo único que sí me arrepiento es de, en el Grand Prix donde lo conocí, no haberme acercado a Viktor, y dejar que mi miedo me invadiera, aunque, el alcohol... por eso digo que este no es bueno, pero tampoco quedarse callado.
—Yuuri, yo, ¿ahora qué le voy a decir a Otabek?
—¿Qué tal lo que nos dijiste anoche a Viktor y a mí?
—¡¿Eh?!— exclamo, sin entenderlo.
—¿Acaso no lo recuerdas?
—No…
—Pues entonces no importa si no lo recuerdas, porque, si dejas que tu corazón hable como anoche lo hizo, él lo entenderá— termina y, poniéndose de pie, sonríe—. Apúrate para que desayunemos.
Y, mientras que Yuuri no ve como los pies de Viktor se alejan rápidamente de la puerta, él se acerca a la puerta y sale…
En serio que, como quisiera estar en su lugar…
Tengo un hueco tendido en el estómago y no es por las aspirinas que he tomado para bajar el dolor de cabeza por la resaca, sino por pensar que Otabek va a llegar en cualquier momento.
¿Qué va a pasar?
—Viktor, ¿No te dijo Otabek a qué hora llegaría?
—Dijo que, por la tarde, pero que me avisaría porque Yurio no le había querido responder. Estaba preocupado, y, a pesar de que le dije que todo estaba bien, se aferró a venir.
—No quiero verlo— tercio, y, me paro de la mesa.
—Deja de actuar como un mocoso. Irás a recibirlo tú, porque fuiste quien lo hizo venir a pesar de que él no podía; viene solo por ti— me reclama Viktor, pero, aunque tiene razón, no puedo enfrentar esto.
—Viktor, Yurio entiende eso, no seas tan rudo. Él lo irá a recibir, y nosotros lo acompañaremos, ¿de acuerdo? — replica el Katsudon, sonriente, y, me hace sentir aliviado de no ir solo.
—Solo porque Yuri me lo pide.
—Gracias…
—No tienes nada que agradecer, somos tus amigos, ¿verdad Viktor? — termina él y Viktor me ve, molesto aún.
Salimos rumbo al aeropuerto. En el camino, solo puedo pensar en qué puedo decirle a Otabek, pero todo me parece una excusa que no tiene sentido y que hará ver mi inmadurez de aceptar que no siempre puedo ganar, y, sobre todo, que no siempre todos están mal cuando yo creo que estoy bien.
El paisaje se me hace interminable, pero, por fin, llegamos. Revisando, y según el último mensaje de Otabek, llegará por la tarde. Mientras esperamos, ya que aún falta casi una hora, Yuuri va por café, y, a solas, en un sillón, nos quedamos sentados, en silencio, Viktor y yo.
Sé que quiere decirme algo, pero, por algún motivo, no se ha atrevido.
—Di lo que tienes que decirme, sé que escuchabas tras la puerta por la mañana.
— ¿Estás enamorado de Otabek?
— ¡¿Pero ¡¿qué?!
—Responde— dice, seco.
—Eso es lo que tenías que decirme.
—Lo tomaré por un sí.
—No puedes ir suponiendo las cosas que se te antojan— reprocho.
—No las supongo, tú mismo lo dijiste. Que no lo recuerdes, es diferente.
—Entonces, sí ya lo sabes, ¿para qué me lo preguntas?
—Solamente responde. Sí o no.
—Sí. ¿Feliz?
—Yo no soy quien debe de estar feliz por eso. Pero, te lo pregunto por un simple motivo. ¿Tú eres feliz?
—Viktor…
—Tienes miedo a que Otabek te rechace por ser solo amigos, o porque él ame a alguien más, o, porque no tenga tu preferencia sexual, incluso, a que la gente los vea mal o los rechace ¿cierto? — expone él, pareciéndome que puede leer la mente.
— ¿Qué ganas con esto?
—Que sepas una cosa: tú vienes a ser feliz a este mundo. Ve, arriésgate, y, si debes caer, cae, pero que tu caída sea en movimiento, no estando estático. Cuando yo fui por Yuuri, no pensé en todo eso que tú ahora piensas, porque, sino, se me hubieran ido las ganas de ir por él, me hubiera llenado de miedos y habría perdido la oportunidad de compartir mi vida a su lado. Te conozco desde que eras un niño, y, me enoja pensar que tú, ese delincuente ruso que puede ir por ahí gritando y reclamando de aquello que no le gusta, se ponga mal al pensar en todo aquello que no le debería importar si realmente quiere a alguien.
—Viktor, no puedo ir, así como así con Otabek y decirle que me gusta…
—Claro que no, no puedes ir a decirle eso, pero sí todo lo que nos dijiste a Yuuri y a mí anoche; lo que sientes por él realmente…—termina Viktor, al ver a lo lejos regresar a Yuuri, acompañado de… Otabek.
En ese sillón, poniéndome de pie de golpe, me quedo callado. Atónito. Mis piernas quieren salir corriendo, pero, mi corazón no late y de pronto, se desborda. La sangre me recorre de una manera tan lenta que, puedo sentirla hervir en mi piel, mientras que los ojos de Otabek se fijan en los míos y mi cabeza da vueltas con un eléctrico toque que me recorre la espalda.
— ¡Yuri! — grita, soltando su maleta y corre hacía mí, para, abrazarme. A mí. Por fin.
Él, aquél a quien tanto quería ver desde aquella noche que lo vi partir; a quien vuelvo a ver…
En esta ciudad donde nos volvemos a encontrar…
