DISCLAIMER: Yuri On Ice no me pertenece.
ADVERTENCIA: Se recomienda leer luego de terminar el fic (respectivamente luego de réquiem) para no llevarse spoilers.
Notas: No, no se me ilusionen mis amores xD, como sabrán o no, esta historia participa en los #PremiosKatsudon2018 , y sí, quedé de finalista (aplausos) no lo mencione porque...bueno, no lo sé xD, en fin, nos han impuesto un desafío y el mío consistía en:
Cambio de papeles. Desarrollar cómo serían las cosas con Viktor y Yuuri en los zapatos del otro.
Así que veremos aquí una revuelta de papeles :D pero más que cumplir, queria ver que tal les parece, me ha parecido interesante cambiar todo. En fin, sin mas chachara, empecemos.
Bestia
No puedes escapar de mí cariño
Soy todo lo que necesitas, lo que anhelas
Deja que congele tu corazón con mis agrios labios
Deja que sea tuyo por siempre
.
.
.
Contuvo el aliento, cuando el horizonte empezó a tener forma ante sus ojos, mientras que el pecho le cosquilleaba de pura excitación, entonces Makkachin, que venía saltando desde hace un rato en el pobre auto mugroso y maloliente, lo despertó de su ensoñación cuando llegaron al lugar que con tanta paciencia y templanza estaba esperando contemplar.
—Llegamos.
La lúgubre voz del taxista solo le dio más ánimos, pues el lugar tenía un ambiente tétrico sacado de alguna novela de Poe, pero le era de los más interesante, algo de jugosidad a su aburrida y aunque no quisiera admitirlo, desdichada vida.
—Gracias señor.
Tiro las esquinas de su boca hacia arriba, enmarcando su felicidad con las arreboladas mejillas que tenía por el frío, y bajo del auto con su fiel amigo dándole mucho, incluso demasiada propina al hombre con cara de pocos amigos.
El hombre ni siquiera se despidió, pero Viktor alzo su brazo despidiéndolo con mucha euforia y alegría, como si hubiera llegado a sus vacaciones de verano, a punto de pasar los mejores momentos de su vida.
— ¡Adiós, adiós!
El carro desapareció por la línea que anunciaba el crepúsculo, y Viktor se cobijó a su abrigo sintiendo la nariz fría. Estaban en invierno y la escarcha blanca vestía a los árboles con aspereza y lentitud, empapándolos del dulce color de la paz.
— Que sujeto tan agradable ¿no crees Maka?
El caniche ladró, notando ni un deje de sarcasmo en la voz que usaba el albino, y los dos expandieron su mirada hacia los alrededores maravillados por la vista. Viktor no sentía ni un ápice de miedo, es más, la loca idea de ir al pueblo a saludar sus nuevos vecinos rondaba por su cabeza como un mosquito cerca de su oreja, pero la manera en la que el caniche gruñía y parecía reacio a acercarse le hacía replantearse la idea.
—Es algo nuevo… ¿No te parece? , será un poco desalentador no escuchar los gritos histéricos de Yuri cada mañana, pero creo que es un cambio que nos puede ayudar un poco…un poco ¿No?
La risa le tembló, omitiendo la frase que quería salir de su boca, y escondió los labios entre la bufanda celeste, metiéndose las manos enguantas a los bolsillos del desabrido abrigo.
—Entremos
Tocó el frío metal de la reja que resguardaba la mansión y cuando chilló escandalosamente, fastidiando los sensibles oídos del canino, se aventuró hacia adentro detallando con un aire nostálgico, su antigua casa de niño; miles de recuerdos pasaron por su cabeza, como el rollo de una cámara fotográfica, con el sabor de la comida de antaño en la punta de su lengua y la melodía grabada en su cabeza, repitiéndose una y otra vez en un bucle de recuerdos.
Como no era una persona quisquillosa, no tuvo miedo de tocar la aldaba puesta en la puerta sin sus guantes. Era pesada, estaba llena de polvo, pero su sola presencia le hacía latir el corazón con rapidez, esa era la puerta que lo separaba de su destino, de su nueva vida, la que con tango gusto quería empezar ahora.
El caniche ladró, morando las cercanías de la mansión, y se mantuvo inquieto en todo el rato que metía la llave en la puerta.
—Vamos.
El incipiente miedo que tal vez debió manifestarse al ver la olvidada casa, demasiada sobria como para enfriarte la sangre, fue remplazada por un inquietante sentimiento que invadía su pecho. Viktor observo el andrajo de cortinas orladas, las paredes desnudas, la pasamanería tirada en el suelo, las escaleras forradas de una alfombra borgoña, el vidrial de colores al fondo, y arriba, casi encima de su cabeza, un cuadro cubierto por una manta blanca, inmaculada, más limpia que los pañales que utilizo de niño, en su suntuosa casa.
—Hmm ¿Cómo podré quitar la manta?
Torció la boca decepcionado, como un niño imposibilitado de agarrar su juguete favorito del armario más alto de la casa, y suspiro dejando sus cosas en el suelo.
— Si recuerdo bien, había una escalera por aquí…
Dejó a Makkachin ahí, mientras que vagaba por su casa, más curioso que aterrado por las fachas, solo tuvo oídos para sus pasos y su aliento, aun cuando su caniche, tenso y agazapado, estaba a la defensiva ante aquel golpeteo de suspiros que no brotaban ni de su amo, ni de él.
Viktor, intrépido y sagaz, escapo furtivamente del miedo que quería sumergirlo, pues sus ojos vieron con asombro todo lo que le rodeaba, ignorando todas las pequeñeces que podrían haberlo almendrado.
Nada lo detuvo en su búsqueda, y cuando encontró lo que con tanta alegría quería tener entre sus brazos, la sostuvo y la llevo hasta la sala.
— ¿Que sucede Makka?
Sin embargo, su caniche no pensaba igual. Retrocedió dos pasos, gimiendo al ver las intenciones de su amo, pero al albino se alzó de hombros sin el valor de disculparse por su imprudencia.
— Espero no morir en el intento.
Hizo una pequeña broma, pero el gusto amargo no lo compartió su perro. Acto seguido, dejó la escalera posada en la pared que sostenía el cuadro, y subió con lentitud, el sudor deslizándose por su cien, las manos trémulas. Luego, agarro la sabana de la punta y la halo hacia sí, manteniendo el equilibrio, mientras que el jugoso oleo era devorado por sus pupilas, y el rojo absorbido por sus labios.
—Es…es un chico…
Se bajó con lentitud, aun cuando en su interior tuviera las ganas de tirarse para contemplar la pintura rápido, y entonces alzó la vista. Su garganta se atraganto ante la imagen, pero se embriago en pocos segundos, casi interminables para el canino que también observaba, asustado y confundido.
Era un joven, con la piel tan lívida que resaltaba entre el fondo rojo y naranja de las llamas de una chimenea, con unos ojos que se camuflaban entre el ígneo ambiente, alazanes.
Muy extraño
Despues estaban las hebras tan negras como los propios ébanos africanos, desaliñado; unos labios delgados, sí, finos, rojos por la sangre, símbolo de una buena salud, pómulos altos, mejillas cinceladas, un rostro en forma de corazón tan perfectamente pulido.
—Es…es muy hermoso —Extasiado por la vista detalló su postura.
Había un sillón grande y rojo, casi de terciopelo, pero el joven se mantenía de pie, a su lado con una sonrisita temblorosa tal vez causada por los nervios, los labios se le curvaban hacia arriba casi por obligación, pero su semblante denotaba sosiego, era difícil de explicar, pero el joven en la pintura no mostraba poder masculino…más bien ternura, una pizca de inocencia e ingenuidad muy palpable.
—Deberíamos dejarlo así ¿no crees?
Para la mayoría, por no decir todos, siempre les había parecido extraño que Viktor hablara con su caniche, casi como si él le fuera a responder con palabras, pero siendo su única compañía desde que era un adolecente, ya le era familiar ese sentimiento.
El caniche se quedó mudo, sin soltar ni un solo ladrido, y se encogió mas cuando levanto la mirada, el cuadro lo sentía muy arriba, muy extraño, a pesar de ser algo tan normal.
Al final, Makkachin ladró en afirmativa, contagiándosele un poco la alegría de su amo, y Viktor tomo la manta devolviendo la mirada hacia el marco de arabesco y su óleo. Sintió algo de vértigo al levantar la cabeza tan rápido, pero sus ojos, viendo algo nublado, solo captaban esa sonrisa brillante hacia su persona.
Se sentía en paz, sentado en su comedor con un buen desayuno, la afonía del lugar le llenaba de tranquilidad, y se regocijaba de su propia soledad con su amado perro…. eso diría si Viktor fuera algún antisocial sin amigos.
—Ah, que aburrido.
La brisa le acarició las mejillas y miró por su ventana el sol postrado en su cumbre; los arboles habían abandonado su vestido blanco y los pocos animales, por no decir ninguno, que rondaban por su mansión, habían olvidado su largo letargo de hibernación, primavera había tocado su puerta, y ahora mismo, las bellas flores nacían de entre la muerte blanca mientras que el albino se moría de tanto silencio.
No lo malentienda, estaba feliz de haber arribado a un lugar que tantos recuerdos le traía, pero como decía, no estaba acostumbrado a tanto silencio. Comenzando con que era una "celebridad" de la música, y terminando con que siempre estuvo con Yuri, su amado y adoptado hermano, que nunca callaba su gran bocaza, y menos la afilada hacha debajo de su lengua.
—Pensé que me acostumbraría….pero ah~ es tan aburrido~.
Resoplo, desplomándose en su silla, mientras que Makkachin lamia los dedos de su amo cubiertos de tocino. Él no era un idiota, obvio había intentado hablar con sus vecinos, los de aquel pueblo tan sombrío, pero apenas puso un pie ahí, todos desaparecieron como si hubiese sido la peste guardándoles un puesto para la muerte.
Se sintió mal, solo era un riquillo de buena familia, y no era por eso que no pudiera acercarse a él un par de pordioseros, es más, le gustaría ser amigo de personas de esa clase, sin embargo así como llegó con esos ánimos de felicidad, se esfumaron tan rápido como sus ganas de quedarse en esa mansión.
Estaba solo, bueno, con Makkachin, pero era obvio que necesitaba algo de compañía. Había sido un niño mimado antes de que sus padres murieran e incluso después de eso, a pesar de haberse ganado un poco el desprecio de Yuri, tenía sus comodidades.
—Bueno, no es como si pudiera volver en el tiempo ¿Eh?
Dejó de divagar tanto y le acarició la cabeza al caniche, frotando la lengua delicadamente por sus dientes. Sentía el dulce sabor de chocolate en su paladar, y quería adueñarse solo un poquito, del dulce que invadía su boca, tal vez así aliviaría el sin sabor de su garganta.
Entre tanto aburrimiento, exploración, y de observar por horas con deleite el cuadro que había arriba de las escaleras, alguien toco el timbre de su casa.
Descubrió que muy cerca de ahí – No tanto, la verdad – Había un par de muchachos alejados del pueblo que desde hace tiempo, habían estado buscando alguien cercano – Y no tan extraño – con quien conversar.
Uno de ellos era un pelinegro con acento ruso, demasiado arraigado a su cultura retrograda como para querer tomar su mano sin algún guante, y aunque la otra chica también lo era, se mantuvo amigable incluso cuando bromeo con su color de cabello tan carmesí y lacio.
—Cuando escuchamos la noticia, no podíamos creer que alguien quisiera vivir en esta mansión.
Los invitó a pasar, emocionado al tener compañía, y no pude evitar preguntarle porque tanto recelo ante el lugar que hospedaba, lo único que guardaba de él eran recuerdos dulces, nada malo.
— ¿No lo sabe? Hay rumores tenebrosos de este lugar.
Viktor se sintió como un idiota, o tal vez solo eran mentiras para inducirle pánico, lo consideraban alguien dúctil, aunque él ni siquiera sabía la razón del Por qué.
—Y es una historia tan trágica.
El azabache, con aires de haberse salido de un teatro protagonizado por alguna obra de Shakespeare, se llamaba Georgie, Georgie Popovich, y la muchacha, Mila, Mila Babicheva, los dos no eran más que simples amigos de la infancia que sabían muchas cosas de esa casa, como aparentaban.
—De ser usted, no me quedaría en esta casa mucho tiempo….dicen que en la noche las luces se apagan por si sola,s y los del pueblo aseguran que hay una sombra siempre posada en la ventana…
Se quedó en silencio por un momento, dándole más peso a las palabras que escuchaba en ese momento, pero Viktor se mantuvo relajado, ¿Cómo iba a vivir algo así en su casa, si ni siquiera había sentido algo?
—Por cierto, a usted…— La pelirroja atrajo su atención, la miro por un momento sonriéndose por pura cortesía— ¿No le inquieta un poco…ese cuadro?
Siguió la dirección que su dedo apuntaba, pero lo único que descubrió fue la sonriente cara del muchacho en el cuadro que siempre lo saludaba con sus tiernos ojos asiáticos y sus labios de sangre.
— ¿Por qué debería? Es lo más bonito que hay en esta casa, ¿No, Makka?
El caniche titubeo, no estaba tan de acuerdo, pero no era quien para negarse ante la ingenuidad de su amo.
— Vamos, ¿no les parece hermoso?
Esa sonrisa segura, que transmitía más bien una cantidad inimaginable de espuria, solo logro hacer que sus invitados sonrieran igual. Nikiforov no estaba dispuesto a cubrir ese cuadro, cuando después de todo era lo que le hacía feliz en las mañanas al despertar.
Estaba seguro, que de haber conocido a ese muchacho, se habría enamorado perdidamente, lastima por el material con el que estaba hecho, ya habían pasado años desde ese entonces.
—Yo lo conocí— Admitió Popovich— Pero era tan callado y tímido que nunca me le acerque, lo pillaba en el jardín jugando con una rana y siempre parecía tener frio, porque se frotaba las manos sin parar.
Esa noticia emocionó realmente al albino, porque si había algo que quería desde que llegó, era saber más del hombre que desde hace algún tiempo, había estado habitando su casa ¿Un viejo amigo del abuelo? Muchas dudas asaltaban su cabeza.
— ¡Ay de mí! ¡Pobre alma desdichada!
Seguro de que no tenía vecinos normales, escucho el clamor del ruso detallando la desdeñosa actitud de Mila hacia su compañero, los dos se enfrascaron en una larga conversación de lo más banal, pero Viktor se mantuvo expectante ante los secretos que guardaba aquel cuadro.
¿Cómo aquella criatura tan pueril, con labios de seda y mejillas cinceladas, podía ser lo que sus acompañantes tanto vejaban?
Si ante sus ojos era un ángel, una obra maestra, podía ser proclamado el joven más bello que sus zarcos luceros hubieran visto, y eso era mucho, porque después de todo se consideraba tan observador y detallista, que estaba seguro de haber contemplado más de una belleza en sus presentaciones.
—En fin, disculpe mucho que nosotros lo perturbemos en su propia casa, es hora de que nos vayamos.
Por un momento recordó sus verdaderos sentimientos, y quiso detenerlos ahí mismo, invitarlos a sentarse, hablar sobre el clima, las noticias, sobre cualquier estupidez que pudiera hacerlos más cercanos; no quería sentirse tan desnudo como antes que llegaron ellos.
—Adiós y gracias por su hospitalidad.
Sin embargo, así como se mantuvo callado con sus propios pensamientos hacia el muchacho que dominaba su raciocinio, lo hizo con su propia petición vociferaba en silencio. Los dejo ir, recibiendo un pequeño papel con un número telefónico, prometiendo ferviente que los llamaría cuando tuviese alguna duda o problema.
Cuando los vio lejos, tan lejos como la neblina lo dejaba ver, alzo un brazo despidiéndose a pesar de que ya no lo veían, una costumbre vieja, no podía deshacerse de ella.
—Bien Makka, es hora de hacer algo de lim…
Calló. Al voltear a su izquierda, el caniche no estaba, ni siquiera a su derecha y de hecho, desde la pregunta sobre el cuadro, no lo había sentido en ningún momento. ¿Habría estado tan absorbido por la belleza del óleo, que no notó cuando se fue?
Cerró la puerta y abrió un poco las ventanas para que el sol pudiera iluminarlo un poco, luego se alzó de hombros convencido de que seguro estaba en el patio haciendo de sus travesuras. Makkachin era tranquilo, pero su instinto ni siquiera él lo domaba.
—Bueno, al menos te tengo a ti ¿Eh?
Le guiño un ojo al azabache eternamente feliz, pero el silencio se volvió lacerante en cuestión de segundos, los nervios comenzaron a hacerle sudar, aun cuando no notaba la diferencia entre la belleza que contemplo al llegar y la que veía ahora.
—Ah, soy un idiota.
Exhaló un profundo y agrio suspiro, sintiendo caricias ásperas en su espalda, y se dio media vuelta cubriéndose las mejillas ruborizadas.
Luego de la inesperada noticia y que Makkachin desapareciera tan extrañamente, luego de unos días de pánico y mucho preocupación, lo encontró en el jardín con una rana en la boca.
Recuerda haberlo castigado, regañado, hasta llorado, pero estaba inmensamente feliz de haberlo encontrado. El caniche se escudó con el motivo de que quería explorar toda la mansión, pero no conto con que era tan grande y repetitiva, todos los pasillos eran exactamente iguales y si unos llevaban a un lugar, otros te regresaban al mismo, así como un laberinto.
Su vida regreso a ser la misma, pero luego de algunos semanas de completa paz y soledad, una cosa ofusco toda su buena vibra faltando solo un día para que la semana se acabase.
—Yo no subí eso, ¿Y tú?
La sabana inmaculada que hace unas semanas quitó del hermoso cuadro, volvía a cubrirlo con una sórdida personalidad de querer cubrirlo para siempre. La piel se le erizó en ese momento, y todas las palabras de sus vecinos empezaron a tomar sentido.
Pero como siempre, solo depuso esos pensamientos, se rio de su propia paranoia y trato de ocultar con mucho fracaso, la emoción de saber que tal vez si había algo en esa casa. Estaba jugando, claro, pero si era así, creería que solo era algo onírico.
—Vamos por las escaleras .
Volvió a buscarla, volvió a quitar la sabana, el cuadro quedó al descubierto , y el nervioso chico lo observó de nuevo; igual de quieto, igual de lozano.
—Creo que deberíamos de buscarle algo de utilidad a esta sabana.
Esta vez no la dejó encima de alguna silla u olvidada entre la ropa sucia, se permitió lavarla para luego colocarla de mantel en la mesa del comedor, no era uno precisamente y se veía hasta rusticó que lo hiciera, pero si se sentía bien, estaba bien hacerlo.
Todo volvió a lo mismo, como un bucle, pero las cosas se volvieron a salir de control una noche de mucho frio.
Había salido a buscar un vaso de agua, bajo el rechinar crudo de la madera, y al levantar la vista, con unas ganas enormes de aliviar su alma con ese rostro, de nuevo, la sabana estaba ahí, burlándose de su pobre ignorancia.
Se sintió agravado, perdiendo la templanza que había cosechado todo este tiempo, y camino a zancadas hasta su mesa de comedor chasqueando la lengua al ver lo inevitable.
Lo tomó todo como un juego de niño, aun cuando era terrorífico y paranormal todo lo que sucedía.
A plena madrugada busco las escaleras, despertando a su perro que a diferencia de él, dio un brinco del susto y no sacó el rostro de la alfombra hasta que el albor le tocara nuevamente.
— ¿Dónde está?
Sin embargo, muy bien planeado, ni las escaleras estaban, nada, lo había echo perfectamente.
Respiró profundo, tocándose el puente de la nariz, tan soñoliento como para recatar en la situación.
—Ya será mañana…
Luego tomo su vaso de agua rindiéndose por esa noche, no era un hombre que gustara de la vigilia, era lo peor si quería mantener un poco de su joven rostro.
A la mañana siguiente, cuando los árboles dejaban de oscilar entre sí y la luna callaba, empezó su pequeño juego, lo atribuyo al aburrimiento, en verdad no esperaba ningún resultado, pero todavía seguía curioso ante las cosas tan extrañas que sucedían en ese lugar.
— ¡Señor fantasma!— vociferó— ¡Señor fantasma!
El can se mantuvo aterrado ante las locuras de su amo, pero Nikiforov se columpió por cada pasillo ordenando la presencia del "fantasma". Busco detrás de los cuadros, dentro de los floreros, tal vez entre la madera suelta del piso, pero nada, no había nada.
En su búsqueda interminable, más aburrido que emocionado, encontró una sala que no recordaba haber visto el primer día que llegó ahí y todos los que le siguieron.
Tenía una puerta con un bonito enrejado tupido hecho de listones de madera, con una pequeña rendija para seguramente no ser visto si te asomabas ahí.
— ¿Y eso?
Miró al caniche, pero este se mantuvo tan callado desde que vio sus intenciones, que no opino nada. El albino se alzó de hombros y entró al recinto dominado por un melancólico sentimiento de pena.
—Oh, un piano.
Había un vitral arriba, y las paredes eran de un verde musgo en contraste con el claro del suelo, no había nada de tapicería, solo el piano, además de algunas puertas alrededor que llevaban a diferentes pasillos.
— ¿Sera posible…?
Una idea le nubló la mente, y se sentó al frente del instrumento tocando delicadamente ese atril tan empolvada con partituras encima, su pecho revoloteo de alegría, sus pies encontraron los pedales como si los estuviese buscando desde hace mucho tiempo.
—Bien, ¿Con que empiezo?
Se tronó los dedos inquieto y simplemente improviso tocando algo al azar. Se tambaleo de ahí para allá buscando algo emotivo que pudiera alcanzar sus dedos, pero se estaba yendo más por las graves que por las agudas, por difícil que quisiera evitarlo.
—Tal vez si…
Cambió la idea por algo lento, una balada. La luz le atravesó el cuerpo cuando las nubes se deslizaron en una cadencia conocida por la hora del día, y cerró los ojos sin ninguna idea, solo tocando porque sí, porque necesitaba comprobar algo.
Abrió un ojo cuando notas que no recordaba haber tocado sonaron, entonces cambió la dinámica, empezando a salpicar suavemente entre las teclas, dándole paso al rotundo sonido agudo que absorbía el suyo.
Sí, definitivamente no eran sus dedos aquellos a la par.
— ¡Lo sabía! ¡Sabía que te gustaba la música!
Un grito retumbo en sus oídos y el sonido en seco del silencio que le siguió después, le confirmo todo. Cuando llego, vio unas partituras encima del atril, pero si recordaba bien, él nunca había tocado en ese lugar, lo que significaba que…
—¡Hola!
Detalló la mirada de espanto que lo observaba también, pero de pronto se puso pálido al comprender la situación. El joven con su cabello sedoso esparcido por los ojos, en una desordenada textura de telaraña que flotaba alrededor de su cara, parecía ser tan inocuo que sentía que no había nada que temer, pero la profusión ardiente en su mirada, le apretaba la garganta como si lo asfixiara. Lo contemplo por segundos que parecieron horas, y el muchacho recobró su voz.
—¿P-P-Por qué…Por qué no qui-quitas mi cuadro?
Se sostuvo de la silla agarrándose la frente, un vértigo lo tumbo hacia adelante y apareció ante sus pupilas una neblina blanca y espesa.
—¿P-P-Por qué…siempre me miras?
La quebrada voz se recompuso y antes de caer ante la pesadez de sus parpados entumecidos, el pelinegro estiró los brazos atrapando su abismal oscuridad.
Despertó entre ligeras caricias, y cuando sus ojos se abrieron de par en par, trayendo consigo el susto que había sentido anteriormente, el iris alazán que lo asechaba en ese momento se tropezó con la suya en un pequeño instante antes de que cerrara los ojos aterrado.
—No es real, no es real, no es-
Sintió que le arrancaban las manos de la cara, el joven acerco su rostro tímidamente examinando sus facciones. Lo vio fruncir el cejo, torcer la boca, parecía tan sorprendido como él ahora
—Es bueno…es bueno verte….
No logro interpretar sus palabras, pero la curva que tomaba sus labios se le hacia la más linda del mundo, así que como caballero no tuvo el valor de preguntar a que se refería .
–Ah…cierto….
Su voz era como el canto de una mariposa, sí, silenciosa. Cada que hablaba era suave y tibio, había que agudizar un poco el oído.
— ¡¿C-Cómo te llamas?!
Tropezó con su propia lengua ante tal situación de alto calibre, pero lo asimilo todo cuando el azabache ladeo la cabeza tocándose el mentón delicadamente.
—Yuuri…Yuuri Katsuki.
Cuando Nikiforov dijo su nombre y estrecharon sus manos, confirmándole que el muchacho era tangible…o bueno, algo así, dijo lo primero que se le cruzo por la cabeza.
—Ah, ya entiendo.
Para calmar sus ansias, se enderezó y lo observo sentado en sus pantorrillas, porque antes tenía la cabeza sumergida en su regazo
— Esto es un sueño ¿No?
Yuuri no dijo nada, pero igual Viktor no esperaba una respuesta a lo que le parecía ya bastante lógico.
— ¡A-Ah! —Giro la mirada hacia el gemido de sorpresa y lo siguiente que sintió fue el caliente vapor de una vaso— L-L-Le hice un té…
Su corazón dio un vuelco ante aquel pequeño detalle tan dulce, lo agarro sintiendo la porcelana demasiado ígnea, ¿En verdad era un sueño? , su mano seguía palpitando por aquel quemazón.
—Gracias, Yuuri.
Se lo llevo a la boca, cuidando bien de no quemarse, y el halito le empaño la nariz mientras que su garganta se aliviaba ante el dulzor de un buen té. Cuando acabó, bajando la taza de sus labios, no recayó en que estaba siendo detenidamente escudriñado por el azabache.
— ¿Qué pa…?-
La lengua se le durmió, al igual que todos sus sentidos, y la vista de nuevo se le apagó justo cuando la sonrisa de oreja a oreja nacía de los rojos labios del pelinegro.
Yuuri lo atrajo a su regazo, enterrando los falanges en las hebras albinas, pero luego bajo la mirada, sumergiendo sus pupilas en los fantasmas vivientes a través de los parpados de Viktor.
—Me gusta más verte dormir.
Cuando recobró el sentido, en lo que parecía la tercera vez del día, desnudo las paredes y barrió el suelo rápidamente, pero como suponía, no había nada.
—Uff, entonces si fue un sueño.
Se levantó de la cama dispuesto a cumplir su rutina, pues por el clima suponía que ya era tarde, así que se dirigió hasta la sala, dispuesto a llegar a la cocina, hasta que vio algo que lo dejó anonadado.
—Oh…lo siento…
Yuuri estaba encima de las escaleras cubriendo el cuadro con la manta nuevamente, pues Viktor se las había ingeniado para destaparlo antes de ponerse a llamarlo por puro aburrimiento.
Nikiforov sumergió sus dedos en toda la vasta cabellera que todavía le quedaba, e hiperventilo buscándole un lado positivo.
— ¿E-Esta bien?
Aun cuando se quería convencer de que todavía estaba soñando.
—E-E-Entonces… ¿Eres una clase de fantasma o algo así?
Yuuri no contesto, se mantuvo callado en todo momento, solo observándole sin parpadear
— No sé cómo empezar en este tipo de situaciones…
La mayoría del tiempo, por no decir siempre, eran las personas las que intentaban interactuar con él, no al revés, y cuando era al contrario, siempre podía regalarles una sonrisa de oreja a oreja para calmar sus ansias; pero esta vez no era así, porque concretamente la persona con la que intentaba hablar parecía estar más muerto que vivo, además de que su mirada no le agradable demasiado que admitamos.
—L-Lo siento…
El titubeo de su voz lo trajo de vuelta y le sonrió dulcemente ya con el trago de la resignación en el estómago.
— Es que hace mucho no hablo con alguien…o alguien habla conmigo, así que por eso se me hace tan extraño.
Un retorcijón salvaje en las tripas lo hizo suavizar su semblante, se sentía realmente apenado por la situación del pelinegro, a pesar de que ahora mismo debería ser él el que estuviera tan perturbado.
—¿Te puedo hacer una pregunta? — Katsuki asintió, aunque ya le estuviese haciendo una— ¿Por qué no querías que viera tu cuadro?
Ups, mala decisión. Yuuri torció la boca desviando la mirada, y luego bajo la misma algo apenado.
—B-Bueno…no me gusta llamar mucho la atención…y que usted viera mi cuadro todos los días de ese modo…me hacía sentir un tanto incomodo ¿sabe?
La razón le pareció de lo más infantil, como si un niño pequeño le hubiese explicado porque no dejaba de comer chocolates.
— ¿Por qué? — Pregunto abatido — Si es muy hermoso.
Supo que dio en el clavo cuando sus palabras lograron sacudir el rostro sórdido del azabache. El susodicho se acercó un poco hacia el albino, como si su cercanía le confirmase las palabras antes dichas.
—Hermoso… ¿Eso crees?
Asintió efusivamente. ¿Qué más daba? Siempre era sincero con sus sentimientos, y si tenía que halagar aquella belleza lozana, lo haría sin dudar ni un poco.
— Usted también… también es alguien muy guapo.
A ojos externos la conversación se desviaba de su punto clase: conocerse mutuamente, pero Nikiforov siempre había aceptado los halagos como un premio para su ego, así que sonrió anchamente con el atisbo del arrebol en sus mejillas pálidas.
—Puedes tenerme confianza ¿Si? ¡De hecho!, me hace muy feliz tener compañía, tal vez podamos ser muy buenos amigos ¿no crees?
Se sorprendió, se estaba tomando con mucha calma toda la situación, pero había dicho anteriormente, cuando llego a ese lugar, que no esperaba algo normal o cotidiano al pisar esos suelos, aunque claro, no es como si se hubiese preparado psicológicamente para ser amigo de un fantasma.
—Está bien.
Viktor estaba seguro de sus palabras, de hecho, estaba orgulloso de las propias – pues no era muy bueno con ellas – pero al oír el afirmativo del azabache, ese que de nuevo lo observaba como un animal salvaje al asecho, su pecho se había comprimido en un claro signo de angustia.
¿Desde cuándo…tan confiado?
Sintió que él mismito se había metido en las fauces del lobo, y su sentimiento creció cuando Yuuri empezó a sonreír mas agudamente, las puntas de sus labios ascendieron hacia el cielo y Nikiforov experimento lo más cercano al terror.
¿Estaba bien cierto? Se veía realmente inocente y puro, de seguro ni una mosca había matado, ¿No?
—Prometo no decepcionarte, Viktor.
Se convenció de que no era mala idea, y desde ese día en compañía de Makkachin, su otro visitante en la casa era Yuuri; descubrió que gustaba de tocar el piano y leer, que en realidad no podía ver sin sus gafas de montura azul – Sonaba extraño cuando pensaba que era un fantasma, pero en realidad no deseaba cuestionar su existencia si no deseaba quedar loco- y por último, que había sido aprendiz de su abuelo, el viejo Nikiforov.
En fin, el preludio fue realmente dulce, le gustaba tener a alguien con quien hablar sin tener que llamar a sus vecinos para charlar por teléfono, y Yuuri no era tan mala compañía, después de todo, la mayoría del tiempo permanecía callado a su lado.
No obstante, así como empezó de dulce, la incipiente amargura logro empavonarlo volviéndolo insípido, amaba la compañía del pelinegro, pero se había vuelto algo tedioso…
—Hola Viktor, ¿Qué haces?-
Literalmente lo veía todo el tiempo, en sus tres comidas, en su cuarto de baño, en todos los pasillos, cuando tocaba el piano, cuando bajaba a la biblioteca, incluso cuando dormía lo hacía. Sus pasos eran silenciosos, pero su presencia se había echo tan fuerte que era obvio cuando sabía que lo tenía a sus espaldas, viéndolo, con quien sabe que expresión, pero contemplándolo con una minuciosa y limitada sucesión de pasos, así como una estatua.
No quiso decirle lo fastidioso que era, lo nervioso que lo ponía todo el tiempo, pues al solo intento de manifestar algo, su belleza lo cegaba de tal forma, que sentía que cualquier cosa provocado por ese muchacho habría de ser perdonada por él, siempre, no importaba lo grave que fuera.
Con esa razón y unas cuantas más, invento varias maneras de hacer que su presencia no le ofuscara tanto, entre ignorarlo, cubrirse con la sabana hasta la cabeza, o simplemente mantenerse demasiado ocupado como para notarlo oscilando alrededor suyo, no obstante, y como suponía, Yuuri también encontró varias formas de que no funcionara.
Entre ellas, contemplar con más intensidad en su aparente "ignóralo u ocúpate en algo". Sus ojos eran como cuchillas fabricadas de plumas, pero así como decía, le causaban cosquilleos de terror y pánico, luego estaba el "Cubrirte con la sabana" porque aunque durmiera así, protegido por esa suave tela, cuando intentaba dormir sentía la uña del azabache rasguñando su refugio, y era tanto así que a la mañana siguiente, había un agujero a la altura de su rostro, lo bastante grande como para que un ojo se asomara entre ellos curioso a observar su contenido.
Aguanto por un par de semanas, demasiado a su parecer, hasta que simplemente, lo encaro en uno de sus cotidianos días y le dijo la verdad.
Claro que torció un poco la historia, y solo le indico indirectamente que estaba siendo realmente molesto, de una manera realmente sutil , y entonces, cuando la última sílaba se deslizo por su boca, Yuuri bajo la mirada lentamente, como si lo hubiese insultado de pies a cabeza.
—Yo… ¿Yo soy una...una molestia para usted?
Retrocedió un par de pasos, mientras que la cuchilla de sus palabras le atravesaba el pecho. Era débil ante muchas cosas, pero que Yuuri lo mirase tan lamentable, casi como si estuviese a punto de llorar, era el colmo.
— ¡N-No! ¡Nunca!
Se sintió manipulado, como si Katsuki supiera las herramientas que tenía a su favor, pero incluso sabiendo eso, no podía evitar caer ante su encantadora belleza.
—P-pero u-uste-
— ¡Olvida todo lo que dije! ¡S-Solo era una mentira!
Torció su cara en lo que parecía una sonrisa, u el azabache asintió con lentitud detonando su confusión.
—Vamos…-
Se desinflo cuando dio media vuelta, y apretó duramente sus cienes castigándose a sí mismo, entre tanto que el azabache detrás suyo viraba los ojos con sorna.
La vez que Mila, sin compañía de Georgie, vino a su casa pidiendo un libro prestado, le comentó lo mal que se veía, detalló su enmarañada cabeza y luego le dijo que la camisa que usaba estaba al revés, no le tomo mucha importancia a eso, pues Yuuri había desaparecido desde que despertó y eso le ponía los pelos de punta.
Katsuki no hacía nada malo, era inofensivo, pero saber que no lo tenía bajo la mirada solo lograba asustarlo más.
Luego de que le entregara el libro y ella se fuera, a la mañana siguiente una gran tormenta llego hasta su casa. Había despertado de golpe, pues sentía leves caricias en los segmentos de su columna, que más que calmarlo lo incomodaban demasiado.
—Oh, l-lo siento…
La sabana se resbaló de su cuerpo mientras que escuchaba el leve eco de un trueno a la lejanía, mientras que Yuuri bajaba la cabeza avergonzado por sus hazañas sin sentido.
—Tranquilo.
Pero no podía enojarse con él, es más, ya se estaba acostumbrando un poco…o eso quería creer
—Así que lloverá muy fuerte ¿cierto?.
Quiso empezar una conversación normal – si es que existía algo así a estas alturas - pero cuando se enderezo dispuesto a quitarse el pijama, noto varios moretones morados alrededor de su pecho y brazos.
— ¿Qué demo-
—Oh, debieron de ser los mosquitos.
Le explico Katsuki sonriendo tímidamente. Nikiforov enarcó una ceja dirigiéndose hacia su espejo de pared, pero entonces cuando las tocó, una corriente eléctrica le recorrió todo el cuerpo.
—Pues son mosquitos muy raros ¿Eh?
Murmuro con ironía, acariciándose los rasguños que tenía en los muslos.
¿Qué mierda paso anoche?
Viktor lo dejaría pasar, si no fuera porque no era la única vez que pasaba. Si contaba bien era la quinta, aunque antes solamente le habían arañado la espada y el estómago, no le habían dejado unos vulgares morados en la piel.
—Lo siento, no te comento que antes esta mansión estaba infestada de sanguijuelas, es posible que-
— ¡¿Qué?!
Yuuri se tambaleo asustado, alzando los brazos en un claro signo de preocupación, y Viktor respiro profundo aplacando la rabia que le carcomía el pecho.
—Me altere, perdón.
Katsuki pareció aplacarse con eso, y solamente sonrió mirando la ventana.
—Es cierto que te veo dormir, pero nunca hago nada más que eso.
Y Viktor le creía, ese muchacho tan bello no lo veía capaz de hacer cosas tan despreciables como abusar de él, tanto que incluso él tenía más pinta de ser el acosador a veces.
El día fue tranquilo, o así le parecía, hasta que le comento el extraño cuadro de acuarelas que había encontrado cuando se puso a cerrar todas las ventanas por la tormenta. El pelinegro le contó muchas cosas, pero así como lo hizo, también se contradijo en varias.
Viktor no se creía el ser más inteligente del mundo, pero sentía que Yuuri escondía algo, por eso cuando subieron y lo dejo solo en plena penumbra con una vela, se dispuso a pensar en sus palabras.
Obviamente no lo enfrentaría, si lo hacia el muchacho volvería a hacerse la víctima, y aunque sabía eso, estaba seguro que lo perdonaría y dejaría de dudar de él. A todo esto, Makkachin desde que Yuuri apareció, se había echo cercano a este, más que Viktor de echo; estaba todo el rato pegado a él, o en el jardín, a veces si Yuuri desaparecía, él también, y solo cuando era de comer, lo veía a su lado ladrando de emoción.
No pensó en las razones, pero admitía que ahora se sentía más solo que nunca.
Entre tanto recelo y vacilaciones, una llamada lo interrumpió abruptamente cuando cruzaba por un pasillo. Contesto, mirando con repulsión la puerta a su lado, y la noticia de la desaparición de Mila llego a sus oídos.
La intemperancia lo llevó a cometer la locura de pensar lo peor, pues cuando las palabras pasadas de Yuuri se hicieron oír en su cabeza, ya no pudo desoír la verdad.
Se fue corriendo hasta su habitación, tropezando con sus propios pies, a consecuencia se reventó un labio, y en todo el camino su único rastro fue la sangre que derramaba su rostro. Su primera impresión a ver su habitación desolada, fue acercarse al balcón, la respiración haciéndose tan pesada como para morirse ahogado, el dolor del golpe cauterizado por el terror que inundada su pecho.
Parpadeo varias veces para acostumbrarse a la masacre que detallaban sus pupilas, y se cubrió la boca sintiendo un nauseabundo olor que venía de la lluvia.
—Viktor…te sangra el labio….
Sintió los ojos vidriosos, confirmando la mentira que había deseado ignorar todo este tiempo, y estuvo reacio a voltearlo a ver, aun cuando las arcadas seguían latentes en su garganta.
—Te traje algo de hielo ¿Si? Ven.
Era despiadado, ignorando todo lo que sucedía. Las lágrimas gordas terminaron por ceder y cayeron en picada hasta el suelo
— ¿Estas bien? Vamos, no te pongas así.
Tuvo el valor de preguntar el por qué, separando la palma con sabor a hierro de su boca, pero el pelinegro lo miraba calmado, en un estado de sosiego casi perpetuo.
— ¿Qué dices? Es obvio
Abrió los ojos desmesuradamente, mientras que el rostro tierno se deformaba en una enferma sonrisa.
– Esa perra solo deseaba separarnos, ¿No notaste como te veía?
Tembló al sentir el hielo en su boca, mientras que la fría mano del pelinegro se hundía en su mejilla con ternura.
—Claro, eres muy estúpido para darte cuenta.
La cara de la otra moneda relucía, tan podrida y abyecta como desde un inicio se mostró ser
—No le tomes tanta importancia.
Seguidamente, le limpio la herida, deslizando la mano por su espalda con cariño y devoción.
—No llores más cariño, harás que me excite al ver tu linda cara.
Se cubrió la cara llorando silenciosamente, con las náuseas en la punta de la úvula, pero el azabache ronroneo extasiado enterrando la cabeza en su pecho con una curva gigantesca en su boca.
-Esto es un sacrificio para que nuestro amor se consuma cariño, esto es solamente el comienzo.
Gracias por leer 3 y sí, Yuuri abusaba de Viktor frecuentemente. :D
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