Disclaimer: Star Wars y sus personajes no me pertenecen. Tanto los concernientes al Universo Expandido como a la saga original son propiedad de Disney, LucasFilms y demás, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.

Olvidé ponerlo en el prólogo, pero esto va dedicado a mi querida Valeria y a mi querido Daniel, cuyo entusiasmo me ayuda a continuar con esta historia. Y mil gracias a todas las personas que me han leído, a las que le han dado a seguir y a quien se ha molestado en comentarme. ¡Os quiero por igual!

¡Siento el retraso! Pero considerad esta publicación como mi regalo de San Valentín 3


Capítulo 01.

«El espacio es tan inmenso que sería muy fácil perderse en él...» pensó Leia, distraída, mientras contemplaba a través de una de las ventanas de la nave de su padre cómo una pequeña embarcación se desacoplaba de la suya para, tras quedar inerte flotando en el espacio durante unos segundos, volaba bajo el fuego de uno de los bláster exteriores, haciéndolo desaparecer para siempre.

La joven se estremeció, temblorosa, recordando el estado en que el piloto había llegado hasta ella; más muerto que vivo, se trataba del único superviviente de una misión suicida que podría darle la vuelta al conflicto en el que llevaba inmersa casi desde que tenía uso de razón. Había fallecido al poco de aparecer en el punto de contacto entre unas fiebres altísimas, lleno de heridas de armas de fuego y blancas, con infecciones por todas partes y huesos y órganos tan destrozados que no había posibilidad de repararlos ni siquiera en un tanque de bacta. Tanto Leia como los médicos que viajaban con ella se preguntaban cómo había conseguido llegar hasta donde estaba; su fuerza y su voluntad la habían maravillado hasta tal punto que se había jurado a sí misma que nunca olvidaría su nombre. Janu Del Mira. Habían decidido eliminar cualquier rastro de su existencia tras los quince minutos más agónicos de su vida, en los que él se había aferrado a sus ropajes, con los ojos desquiciados de alguien que sabe que va a morir, y había puesto en sus manos el objeto de su salvación.

Tan pequeño. Tan minúsculo. Pero tan decisivo...

Entrecerró los ojos con un disco negro apretado entre sus finos dedos blancos, notando una vez más que el cuerpo le vibraba por los nervios. Inspiró profundamente, queriendo mantener la compostura y repitiéndose una vez más que todo iba a salir bien, porque habían sido muy meticulosos y las naves imperiales no tenían por qué saber que el rebelde que habían conseguido escapar con los planos habían entrado en contacto con ella para ponerlos a salvo en sus manos. Si les atrapaban, no obstante, no tenía muy claro que fuesen a creer que estaban yendo a Alderaan por una misión diplomática accediendo a su planeta natal a través de aquella ruta, pero tenía que intentarlo. Soltó el aire que había estado aguardando, se irguió con toda la firmeza que pudo y se retiró de su posición para ir a hablar con el capitán de la nave. Tenían que llegar cuanto antes...

Entonces una alarma empezó a sonar por todas partes, y a través de los altavoces que estaban instalados por todos los puntos de la nave resonó la voz del capitán Antilles, que se dirigió a la tripulación con un deje de desesperación en la voz: un crucero imperial acababa de aparecer a su lado. Con el miedo retorciéndose en sus entrañas, Leia regresó a la ventana para comprobar, ante su desazón, que era cierto. Un destructor acababa de alcanzarles. Pronto comenzaron los disparos que hicieron que la nave se zarandease y que ella perdiese momentáneamente el equilibrio. Se apoyó en una de las paredes antes de salir corriendo al primer pasillo que encontrase en su camino. Todo vibraba y zumbaba a su alrededor. La gente había empezado a correr por todas partes, esperaba ella que no presa del pánico. Aún con los planos en las manos y el corazón latiéndole con fuerza dentro de la boca, Leia se escondió en una de las zonas que sólo visitaban los ingenieros que estaban contratados para verificar la zona de los motores. Sudaba debajo de sus finos ropajes, y frenética, empezó a dar vueltas en el lugar en el que estaba, decidiendo qué hacer. ¡Qué hacer!

Respiró dos veces, intentando mantener la calma, porque alterada no iba a conseguir nada, y se centró en buscar una solución. No iba a darle tiempo a escapar ni mucho menos, porque la persecución no duraría mucho más; incluso puede que ya hubiesen encendido el rayo tractor que les haría acoplarse a su crucero. Aunque los escondiese en la nave al final darían con ellos. Si los transmitía, podrían ver el receptor y poner a alguien más en peligro. Que estuviesen allí, tras ellos, para atraparles implicaba que ya no podía seguir escondiendo su alianza con los rebeldes; no podía poner en peligro así a nadie más. Se llevó las manos a la cabeza, desesperada, y entonces lo vio, rodando por delante de la puerta que ella había atravesado segundos antes, y fue como si la luz de un sol se encendiese por primera vez delante de ella. La ruta. El borde exterior. Tatooine. Estaban al lado del planeta Tatooine...

—¡R2D2! ¡R2, ven aquí!

Como princesa, estaba acostumbrada a estar en compañía de androides, y aunque les encontraba útiles y les respetaba, no habría depositado la confianza en ninguno de ellos para algo tan importante. Pero esa unidad R2D2 siempre había sido diferente, inquieta y concienzuda; mucho más que muchas personas que ella había conocido. Se inclinó delante del pequeño astrodroide, que empezó a pitar, probablemente preguntando qué podía hacer por ella con esa graciosa insistencia que le caracterizaba. Leia sonrió de soslayo, más nerviosa y asustada que otra cosa, y empezó a hablar.

—R2, voy a encomendarte una misión realmente importante. Tienes que grabar un mensaje y llegar al planeta Tatooine. Allí buscarás a un hombre llamado Obi-Wan Kenobi, y se lo transmitirás, ¿de acuerdo? También tendrás que proteger estos datos —le enseñó el disco—. ¿Estás dispuesto? —Se sintió tan estúpida en ese momento, hablándole a un robot como si estuviese tratando con un ser orgánico e inteligente. Pero el entusiasmo con el que le respondió le tranquilizó un poco, aunque no tenía muy claro por qué. Mas tuvo la certeza de que aquel androide llevaría a cabo lo que le había pedido, y eso le hizo mantener la esperanza más de lo que habría imaginado en un primer momento—. Bien, graba esto, por favor...

Las palabras salieron de su boca con tanta rapidez que incluso le sorprendieron. Una vez hubo terminado, introdujo el disco con la información que había sido robada al Imperio y el androide se separó de ella, reuniéndose con el larguilucho droide de protocolo que siempre le acompañaba, C3PO. Inconscientemente se mordió el labio inferior, preguntándose en su fuero interno si había actuado correctamente al mandar al exilio a esas dos criaturas. ¿Y si no lo conseguían? ¿Y si su esfuerzo caía en vano? Al menos estar apartado de todo y de todos los mantendría a salvo, se dijo a sí misma mientras se deslizaba por los pasillos en busca de la zona en la que tenían escondidas las armas, por si acaso se producía un asalto como aquel. Los sonidos de disparos bláster resonaban en el exterior, y Leia notó que el miedo le golpeaba la garganta, pero no pensaba dejarse avasallar por él. Cuando había accedido a ayudar a su padre contra el Imperio había sido absolutamente consciente de lo que suponía; ahora no iba a ceder, ni a lamentarse. Encontró una pistola, sólo una, escondida bajo la trampilla del suelo, y regresó a su posición anterior. Los sonidos de la batalla se habían disipado. Sólo se escuchaban pasos, pasos, pasos...

De pronto una sensación heladora le recorrió el cuerpo, y tuvo la certeza firme de que había alguien allí, con ella, buscándola. Alguien a quien conocía. Alguien...

—No te escondas más, princesa. —Se giró tan bruscamente que podría haberse hecho daño, pero milagrosamente no fue así. El corazón le latió más deprisa aún al ver aparecerse frente a sí, todo de negro, como siempre, a la figura de Luke Starkiller, el fiel discípulo de Vader—. Tu nave ha caído. Es inútil.

Leia sintió que una oleada de rabia le invadía todo el cuerpo, y llevada por un impulso, empuñó el arma, apuntándole, pero él movió un dedo, como si le diese pereza, e hizo que el bláster saliese disparado de sus manos hacia la de él. Lo observó como si fuese la primera vez que viese uno, lo hizo flotar con esos extraños poderes que tenían tanto él como su maestro, y con una leve vibración el aparato se destruyó por completo. Luke la contempló con sus ojos, azules y fríos como las mañanas de invierno en Alderaan, y el desasosiego la inundó por completo, casi la desesperación. Y en su fuero interno la rabia regresó, sintiéndose traicionada.

Odiaba a Vader como odiaba a todos los imperiales, seres rastreros, absolutistas y controladores. Lo más lógico era que hubiese despreciado también al joven que siempre acompañaba al lacayo del Emperador, y en primera instancia así había sido. Siempre tan cruel, tan distante y despiadado como su maestro. Por eso había sido una sorpresa descubrir que a ella la observaba en la distancia con algo de emoción contenida en la mirada; él, a quien había visto hacer gala de una verborrea digna de un senador, refiriéndose a los rebeldes como despojos, con tanto hielo en la voz que podría haber congelado todo el Senado Imperial con su aliento y con tanto desprecio que dolía, la contemplaba casi con anhelo. Le había parecido entonces tan extraño como insoportable, y durante los primeros meses en los que acudió al Senado con su padre, le había evitado completamente.

Con el tiempo, sin embargo, había hablado alguna vez con él. Quizás cuando él había reunido suficiente valor para acercársele, había pensado ella en su momento. Y aunque al principio le había despreciado por ser quien era, había terminado suavizando ese sentimiento, ya que junto a ella, Luke nunca actuaba igual que ante los demás. Su voz se sosegaba, sus gestos se relajaban y sus ojos brillaban con un calor extraño, impropio, siento tan celestes y tan insondables como los que él tenía. No se podía decir que hubiese sentido aprecio por su persona, o que hubiese confiado en él, pero que hubiese sido quien le había buscado y atrapado para llevarle ante Vader había sido más doloroso de lo que le habría gustado reconocer. ¿Qué había esperado? ¿Qué hiciese desaparecer esa fachada que mantenía perenne para permitirle escapar? Qué estupidez.

—Debí suponer que no vacilarías ni un segundo en cumplir tu cometido, Starkiller. —Se regodeó en sus adentros al contemplar que el rictus en el rostro del joven se alteró tan insignificantemente que si no hubiese tenido la mirada fija en él no lo habría percibido. Alzó las manos hacia él, señal inequívoca para que la esposase—. Vamos, llévame ante tu maestro. Cuanto antes terminemos con esto mejor.

Sin embargo él no le sujetó las muñecas, y Leia perdió ligeramente la respiración al contemplar un súbito relámpago de tristeza en esos ojos tan diferentes a los suyos. Tan breve y fugaz que sin duda debía de habérselo imaginado. Recuperó la compostura mientras él le indicaba que avanzase, colocándose a su lado, sin tocarla o sujetarla. Leia era lo suficientemente lista como para saber que si no lo hacía era porque no lo encontraba necesario; Starkiller siempre le había parecido, ante todo, un hombre práctico, igual que Vader. Caminó con orgullo hacia donde sabía que encontraría al hombre de negro, manteniéndose firme. Ese era su destino. Ese, inequívocamente. Ella había nacido para luchar por la rebelión, cada vez lo tenía más claro. Por eso no dudó ni vaciló cuando aparecieron frente a la mano derecha del Emperador, sino que respiró con fuerza y se dispuso a hablar con seguridad. Seguía asustada, pero no pensaba permitir que nadie lo vislumbrase ni por asomo.

—Darth Vader. Sólo tú podías ser tan osado. El Senado Imperial no tolerará esto. Cuando oigan que has atacado a una nave diplomática...

—Esta vez no se tendrá ninguna piedad contigo, alteza. Se han descubierto transmisiones en esta nave con espías rebeldes. Quiero saber qué ha sucedido con los planos que le enviaron.

—No sé de qué me estás hablando. Soy miembro del Senado Imperial en una misión diplomática a Alderaan.

—¡Formas parte de la Alianza Rebelde y eres una traidora! ¡Lleváosla! —indicó, perdiendo la paciencia.

Por supuesto que no había funcionado. Leia se mantuvo erguida, firme, pero resignándose a lo inevitable. La torturarían y luego la matarían. Su traición era ahora visible y realmente fragrante, y no había posibilidad alguna de que consiguiesen exculparla de sus delitos. No mientras Vader tuviese a su mano el botón que abría las puertas de su ejecución. Luke, que había permanecido todo el tiempo en silencio detrás de ella, indicó a los soldados de asalto que no era necesario que se moviesen con un simple gesto, y tras, esta vez sí, cogerla del brazo, se dirigió con ella al interior del destructor. Durante medio minuto ninguno de los dos dijo absolutamente nada, pero a Leia le pareció percibir cierta tensión en la línea de la mandíbula de su acompañante, como si estuviese mordiendo los dientes con fuerza, con aprensión, o conteniendo algo que pugnaba por salir de sus adentros. Sin embargo no le inspiró ninguna compasión o sentimiento positivo. Por ella podían arder todos en lo más profundo del espacio, sin que nadie llegase a tiempo para prestarles ningún tipo de ayuda. Sólo esperaba que los androides...

—¿Androides? —la voz del joven sonó ronca, y a Leia se le erizaron todos y cada uno de los pelos de su cuerpo, asustada. ¿Cómo...? —. ¿Qué androides?

—Yo no... No sé de qué estás hablando. Tu señor y tú tenéis problemas para...

Nunca llegó a terminar la frase. Él la cogió por los brazos, apretándole fuertemente la carne entre los dedos, y la contempló con una fijeza como nunca había osado hacerlo. Asustada, al principio Leia no supo qué esperar. No había dicho nada en voz alta y no entendía cómo él había podido saber lo de R2 y C3PO. ¿Acaso sus poderes también implicaba que podía leer las mentes de los demás? Empezó a retorcerse, a forcejear para salir de su agarre, cuando de pronto sintió como si estuviesen perforando su cerebro con una pica. Gritó. Luke empezó a gruñir a su lado mientras ella perdía el equilibro hacia atrás, estremecida por el dolor, y agarró su cuerpo con una gentileza que nunca habría imaginado en él.

—No te resistas, princesa. No quiero hacerte daño.

—¿Qué... qué me estás haciendo? —volvió a proferir un quejido. A ambos lados, tropas imperiales empezaron a acumularse, firmes. Odiaba no poder ver a través de sus máscaras, todas iguales, blancas, de ojos negros—. ¡Sal de mi cabeza! —gritó, sin saber muy bien qué decía, pero obteniendo un alivio instantáneo que vino acompañado de una súbita pérdida de fuerzas.

Completamente contrariado por la resistencia que había presentado a sus habilidades, y por el que hubiese podido expulsarle de su mente ella sola, Luke la contempló, desmayada, casi, en sus brazos, y le indicó a un grupo de cuatro soldados que la llevasen a una celda cuanto antes. Tras eso, salió corriendo hacia donde se encontraba Vader, con el sable láser rebotando contra el muslo izquierdo, intentando tranquilizar sus pensamientos antes de llegar ante él. Por mucho que los usuarios del reverso tenebroso fuesen caóticos e hiciesen uso de sus sentimientos negativos para potenciarse, si se presentaba ante lord Vader diciendo incoherencias, probablemente no terminaría mejor que la princesa Leia en esos momentos.

Un súbito ramalazo de culpabilidad se retorció en sus entrañas, pero lo apagó rápidamente. Era una rebelde. La traición que había sentido en ella cuando le había visto aparecer también se había despertado dentro de su seno, aunque en realidad sólo había estado provocado por su propia incompetencia. Debía de haberlo supuesto. Alguien como ella, tan luminoso, tan deseoso de hacer el bien no iba a mantenerse a un lado ni mucho menos. Leia no era de los que salía corriendo y no ayudaba a los demás, sino que se mantenía hasta el final disparando para que escapase hasta la última persona, aunque supusiese su muerte.

«Estúpida» pensó con rabia. «Sólo tenías que haberte mantenido alejada de todo esto. Era lo único. ¡Lo único!» Moff Tarkin no tendría piedad alguna de ella, pero se lo había buscado. O eso se dijo para convencerse.

Pronto llegó al lado de Vader, que le contempló con sus ojos muertos, sin entender muy bien qué hacía allí en esos momentos. Luke se dio el lujo de recomponerse antes de hablar, sin emitir ningún jadeo, pues aquella carrera no había significado nada para él.

—Señor, sé dónde ha escondido los planos robados.

—Yo también. —Su determinación se tambaleó. La voz de su maestro siempre sonaba fría pero él mejor que nadie sabía distinguir los matices, y aquello no presagiaba nada bueno—. Una cápsula de salvamento fue lanzada hace escasos minutos. Ella los escondió allí. —El soldado que había al lado de Vader hizo una reverencia breve y se marchó sin dilación—. Sé lo que estás pensando. Quieres ir detrás de los planos y traerlos a mi presencia. —La enorme figura del hombre, enfundada en negro, se aproximó hacia él lentamente. El joven se mantuvo firme en todo momento, aun sabiendo lo que probablemente vendría después—. Sí. Es lo que generalmente haría, ¿verdad? Mandarte a por ellos, pues así me aseguraría que no habría fallos. Pero dime, Luke. ¿Quieres ir tras ellos por tu voluntad solícita... o porque quieres enmendarte?

—Señor, yo...

La mano de Vader se alzó como si estuviese sujetando algo invisible, y los ojos de Luke se abrieron de par en par, conociendo el peligro de esa acción. De pronto, todos los que habían estado pululando a su alrededor desaparecieron, no queriendo ser testigos de aquella escena, porque sabían muy bien que podían terminar siendo los perjudicados. El joven rubio contuvo el impulso de retroceder, porque sabía que eso no serviría de absolutamente nada, y se mantuvo firme, con los ojos ardiendo, hasta que sintió aquella desagradable presión en el cuello que le cortó la respiración. Uno de sus brazos se levantó por inercia para intentar liberar su agarre, pero se obligó a bajarlo. Si se resistía sería mucho peor; esa había sido siempre su experiencia.

—Crees que no me he percatado porque no has abierto la boca mientras la estaba interrogando, pero tus sentimientos siempre te traicionan, Luke, incluso cuando crees que no los percibo.

—Señor...

—Sé que se te ha pasado por la cabeza la estúpida idea de ayudarle, pero he de suponer que sólo ha sido momentáneo y porque, por algún motivo que ignoro, pareces sentir algo por esa muchacha, a pesar de que el Emperador y yo llevamos toda la vida intentando que destierres ese tipo de comportamiento.

—Lord Vader... —se mareaba, perdía la conciencia de sí mismo.

—No sabes lo decepcionado que me siento en estos momentos, Luke. Quizás no tendré más remedio que permitir que el Emperador te reclame de nuevo a su lado para que vuelvas a ser... recalibrado.

—Padre, por favor... —gimió de forma casi imperceptible, con las mejillas llenas de lágrimas, pero Vader pudo percibirlo perfectamente. Aflojó la presión y Luke se desplomó de rodillas sobre el suelo. Se llevó las manos a la garganta, entre toses, sintiendo el ardor que le recorría la tráquea—. Lo siento, mi señor Vader. Soy... soy indigno de tus esfuerzos.

—No vuelvas a llamarme así. —Su voz sonó una octava por encima de lo habitual. Estaba realmente alterado—. Te lo prohibí hace muchos años.

—Discúlpame, señor. Discúlpame...

El sith no dijo nada durante unos segundos, contemplando la figura de su hijo retorcida en el suelo, luchando por respirar, y sintió una oleada de rabia que le recorrió de pies a cabeza. Por él. Por sí mismo. Por todo. Apretó los puños en un arranque pero pronto se tranquilizó. Al igual que Luke, su interior siempre ardía en llamas, pero a diferencia de su hijo, él era perfectamente capaz de controlarlo todo.

—Irás a Tatooine a por esos planos y me los traerás a la Estrella de la Muerte sin dilación.

—Sí, señor. Gracias, señor.

—Bien. —Sin embargo, en vez de irse, permaneció de pie frente a él. Primero con la mirada fija en sus botas negras, Luke fue ascendiendo hasta que encaró su máscara, tan negra como su odio—. Límpiate la cara y sal cuanto antes. No perdamos más tiempo.

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Siempre había sentido una cierta aversión por Tatooine.

A pesar de haber sido entrenada para sobreponerse a cada sensación negativa que le recorría al cuerpo, aquel era quizás el sentimiento que más difícil le había resultado reprimir cada vez que se encontraba contemplando cualquiera de los soles que coronaban el cielo siempre limpio, azul, eterno y brillante de Tatooine. Y no era tanto quizás por la arena, el calor o la gente que habitaba aquella enorme mole llena de interminables dunas que sólo desaparecían para dar lugar a escarpados precipicios y a rocas afiladas que te hacían cortes por todas partes que escocían como mil demonios. Era más bien lo que simbolizaba para ella, el estar atada a un lugar sin posibilidades prontas de escapar de allí. Sabía que no debía anhelar la libertad, como no debía de esperar cosas de otros lugares que no había visitado nunca; lo que se esperaba de ella era que tuviese la cabeza en su sitio, y generalmente así era, porque se trataba de una persona centrada. Pero en realidad no era tanto la posibilidad de marcharse de allí sino saber que no podía moverse tranquilamente fuera de aquel planeta porque si despertaban demasiada curiosidad en sistemas cercanos al centro de la galaxia pondría el foco sobre ella, y eso supondría estar en busca y captura para siempre. No era tanto Tatooine, o que tuviese ganas de visitar otros lugares, sino que si su existencia se descubría fuera del Borde Exterior su vida y la de su mentor correrían grave peligro, de modo que lo único que podían hacer era arrastrarse bajo la arena hasta que la tormenta hubiese pasado de largo.

Siempre había sentido aversión por Tatooine, pero lo que verdaderamente detestaba era el Imperio y lo que les habían hecho, y era quizás lo único que había tardado en aprender a disimularlo más de lo que le habría gustado.

De muy niña tenía el recuerdo de haber sido menos capaz de controlar esos pequeños arranques de ira cada vez que recordaba que se encontraban aislados en ese lugar, cuando rondaba los siete u ocho años, que contrastaban enormemente con la seriedad y la aparente serenidad que la caracterizaba. Por supuesto, su maestro se había preocupado en corregirle cada vez, pero si no le hubiese conocido tan bien como ella creía podría haber jurado que alguna vez incluso le había visto sonreír cuando ella había arremetido contra la injusticia que gobernaba sus vidas, como si encontrase algo bueno en aquella muestra de carácter, en el fondo, aunque en sus ojos siempre había bailado una tibia tristeza.

Enfurruñada por su actitud -la de los dos- le espetaba en respuesta, hosca, que no sabía por qué demonios seguía intentando entrenarla si no era capaz de controlarse cuando era lo que se esperaba. Incluso entonces había sido perfectamente consciente de las aspiraciones que tenía que conseguir, y él solía contemplarla entonces con esa expresión seria tan suya y con esos ojos celestes que siempre le transmitían una seguridad, una firmeza y una fuerza que nadie más conseguía darle, fijos en ella, como si no existiese nada más en ese mundo. Siempre que lo hacía, incluso ahora que ya era una adulta, conseguía que se sintiese pequeña, insignificante, como una cría tonta que no conseguía atisbar con claridad los planes que el universo tenía para su persona. Ese papel del que él siempre le hablaba, pero al que ella no le daba crédito, porque nunca se había creído realmente importante -no era más que una padawan- y dudaba mucho que fuese a jugar ningún papel trascendental en la historia de nadie, ni siquiera en la suya propia.

—Eres una persona excepcional, Mara Jade. Siempre lo has sido. Y serás una de las mejores y más poderosas jedi que haya habido en la historia de nuestra Orden.

Tras esas palabras la pequeña siempre se giraba, apretando los puños y espetando alguna frase desagradable mientras se marchaba de la diminuta casa en la que vivían los dos, pero lo hacía sonriendo, complacida en el fondo, porque Obi-Wan nunca perdía la esperanza con ella, a pesar de que se sentía en aquel entonces un auténtico desastre. Que siguiese confiando en ella no hacía más que aumentar las ganas que tenía por cumplir todas las expectativas que pudiese tener en ella, y se esforzaba cada día más y más para que se sintiese orgulloso de la vida que había decidido salvar y criar. Daba igual lo que él quisiese para su futuro, porque ella se lanzaría a cumplirlo con los ojos cerrados.

Le quería tantísimo como a un padre, y así le llamaba, porque era el único rostro querido que recordaba en el mundo, a pesar de que sabía que no era su hija biológica ni mucho menos. Al principio él la había observado con reproche en los ojos cada vez que se había dirigido a él de ese modo, pero con el paso del tiempo se había convertido en suave ternura y le había dejado hacer. A Mara le gustaba pensar que el viejo jedi le quería tanto como ella a él, y eso sólo magnificaba sus deseos de ser la persona que él esperaba que fuese: valiente, capaz, justa, serena, noble... Aspiraba a cumplir todas esas cualidades sin excepción desde que había tenido uso de razón, frustrándose al encontrarse fracasando a lo largo de su infancia y su pronta adolescencia, como se esperaba de cualquier aprendiza. Sin embargo, a pesar de que Obi-Wan era un maestro severo nunca le había reprendido con dureza cuando había fallado, e intentaba redirigirla con toda la diligencia y la calma que le eran posibles.

A Mara aquello le había fascinado siendo más joven, y una vez, con once o doce años, le había preguntado si nadie había conseguido sacarle de sus casillas en la vida. El anciano había sonreído con tanto cariño y tanto dolor impreso en los ojos y en los labios que la muchacha se había encontrado arrepintiéndose al instante, y se había jurado no volver a hacer mención a aquello nunca. Sin embargo, sus palabras se le marcaron muy dentro, dejando una huella profunda.

—Hubo una vez un joven al que entrené que me lo ponía muy difícil a veces. Era impetuoso y tenía muy poca paciencia para resolver las cosas como los jedi deben hacerlo. A menudo me encontraba corrigiéndole, lo que suponía enzarzarnos en una discusión que podía hacerse eterna.

—Yo también soy... así —había reconocido, ruborizándose mientras él se reía.

—Lo cierto es que en algunas ocasiones me recuerdas a él. Sin embargo tú tienes mucho más temple, más entereza y la mente más fría. Las pocas veces que hemos discutido han sido menos por el modo de vida de los jedi y más porque regañas mis hábitos como si yo fuese el aprendiz y tú la maestra. —Las pecas de Mara habían quedado invisibles ante el rojo de sus mejillas, y Obi-Wan había vuelto a reír suavemente—. Afortunadamente tú eres bastante menos tozuda, aunque eso no quiera decir que a veces no seas difícil de tratar —había dicho, casi divertido, y Mara no había tenido muy claro si la estaba halagando o no.

—¿También murió durante La Purga? —había preguntado con cierta inocencia, sentada a su lado, en el suelo del pequeño salón circular de su casa, creyendo que ese era el motivo de la pena que le asaltaba al hablar de él. La mirada del adulto se había endurecido tanto que la hizo sentirse cohibida, y si lo hubiese creído posible, Mara habría jurado haber atisbado una pizca de rabia y de rencor en sus ojos.

—No. No, ni mucho menos. De hecho muchos buenos jedis murieron bajo el peso de su sable láser. —Mara se horrorizó tanto que no encontró fuerzas para hablar en ese momento—. Nos traicionó a todos, presa de una ambición que nunca habría imaginado en él, y se puso del lado del Emperador para subyugar a toda la galaxia. Dejó de ser el hombre bueno que yo conocía para transformarse en Darth Vader.

La expresión en los ojos de Obi-Wan se hizo tan acerada, su aura se volvió tan intensa y la Fuerza que sentía siempre pacífica dentro de él se revolvió con tanta violencia que la joven sintió como si el filo de un cuchillo acabase de posarse en su garganta y le cortó la respiración. Nunca le había visto así, y sintió tal oleada de miedo que no pudo controlarla en absoluto. No obstante fue eso lo que hizo que el anciano reaccionase, al percibir el temor de su joven discípula a través de la Fuerza, y respiró profundamente, buscando controlar sus emociones.

—Lo siento, Mara. Ven. —En ese momento la muchacha se percató de que se había apartado de él—. No quería asustarte.

—Es que... nunca te había visto... —consiguió decir—. Te hizo daño. —No había sido una pregunta.

—Sí. Aunque reconozco que no fui el más perjudicado de todo esto. —Mara observó que apretaba los puños sobre sus ropajes claros—. Yo conseguí huir. Esconderme. Y fue una suerte que te encontrase porque si no, ignoro lo que él o el Emperador podrían haber hecho contigo. —De nuevo percibió un intenso dolor dentro de él, y Mara deseó con todas sus fuerzas terminar esa conversación, pero su lengua, inquieta, habló un poco más, ya que Obi-Wan nunca hacía referencias a su pasado. Nunca. Era como ver agua brotando de un manantial seco por primera vez, y una pequeña parte de su ser, egoísta, le hizo continuar.

—¿Me habría matado?

—Quizás. O te habría recogido para entrenarte bajo su mando. No lo sé. El Emperador es un hombre retorcido, sin lugar a dudas, y no siempre alcanzo a comprender la complejidad de sus pensamientos. Pero al menos a ti pude salvarte de eso...

La muchacha mantuvo sus ojos verdes puestos sobre el jedi, ansiosa por preguntar a quién se refería con esa frase incompleta, porque estaba claro que por su mente pululaba un nombre que pugnaba por salir a la luz. ¿Se refería a Darth Vader? ¿O había alguien más...? No se atrevió a presionar más por esa zona, temerosa de hacer salir a la luz recuerdos tan dolorosos que ni él ni ella habrían podido soportarlo del todo, así que decidió que prefería quedarse con esa duda. La que no pudo retener en sus labios fue otra, mientras acariciaba con los dedos morenos el sable de luz que pendía de su cinto.

—Maestro. —Rara vez se refería a él así, pero se sentía incapaz de llamarle 'padre' en esos momentos; Mara sabía distinguir muy bien cuando estaba haciendo de progenitor y cuando de tutor—. Este sable... —Se sorprendió al verle sonreír.

—Eres muy intuitiva, Mara. Eso puede salvarte en más de una ocasión. —Emitió un suspiro cansino—. Sí. Era de él.

—¿Cómo es que lo tenías tú?

—Eso, jovencita, no te interesa en absoluto, de momento. —Mara frunció el ceño y volvió a sonrojarse, esta vez entre avergonzada y ofendida, lo que sólo hizo que el adulto sonriese de forma más pronunciada—. Pero contestaré a la otra duda que surca tu mente con tanta insistencia. Su nombre era Anakin Skywalker.

Cualquier rastro de enfado que hubiese anidado dentro de ella, ya fuese por su respuesta o porque odiaba que pudiese leer en ella con tanta facilidad, desapareció por completo ante esa revelación. Una imagen, clara como el día, surgió de la nada ante sus ojos: la de un joven alto, rubio y de mirada celeste que sonreía con suficiencia, orgulloso de sí mismo. Vestía como un jedi y reconoció rápidamente su sable láser colgado del cinto. Luego se transformó en una horrible figura de negro, retorcida como la oscuridad, que sólo le inspiró recelo y temor. Se estremeció, preguntándose qué podía llevar a un hombre a abandonar el camino de luz para sumergirse en unas tinieblas tan densas. No obstante su joven mente, que saltaba con rapidez de un tema a otro, no le dio más vueltas de las necesarias a ese tema, ya que aún no conocía el ansia de poder y se mantenía pura como un diamante recién pulido. No, había sido otra cosa que la que había llamado su atención, desterrando cualquier otra idea.

—Skywalker... ¿No se apellida así el granjero de humedades que vive no demasiado lejos de aquí? —aunque su casa quedaba a mucha distancia de cualquier parte, lo que estaba sólo a medio día de camino lo consideraba relativamente cerca.

—Así es. Owen era su hermano.

—¿Era? ¿Murió? —preguntó, extrañada, pues no le había dado esa impresión. Obi-Wan había fruncido el ceño, quizás sopesando una respuesta certera a esa pregunta.

—Eso es bastante difícil de decidir, Mara, pero yo diría que sí. Porque cuando se transformó en Darth Vader, quien sigue asolando con su maldad, Anakin Skywalker desapareció en el reverso tenebroso para siempre.

Aquello le había entristecido, sorprendentemente, porque esa verdad resultaba tan desoladora como dolorosa para Kenobi, quien se mantuvo silencioso el resto de la jornada, dando entender a la joven que no tenía intención alguna de conversar sobre eso ni sobre nada en las horas que les quedaban despiertos. De todos modos Mara no habría querido continuar, porque los pensamientos le habían bullido con rapidez en la cabeza y de no haber estado concentrada para que Obi-Wan no hubiese podido leerlos, habrían escapado de su mente a la misma velocidad que como se sucedían ante ella. Esa noche había decidido que de algún modo u otro conseguiría que la paz llegase a su maestro con respecto a ese asunto, le costase lo que le costase.

Habían pasado seis años desde esa conversación. Por aquel entonces Mara no había sido más que una cría preguntona, y cuando miraba atrás y recordaba cosas como aquella se daba cuenta de que había cambiado muchísimo, aunque en ese momento no lo habría creído posible. Seguía siendo hosca, seguía teniendo mal genio, pero se sentía mucho más prudente, más segura de sí misma y de sus capacidades.

Montada en una rudimentaria speeder que había conseguido comprar trabajando aquí y allá en las diferentes ciudades, regresaba ese día bajo los ardientes soles a casa después de haberse pasado varias semanas dando vueltas para intentar conseguir fondos para obtener provisiones. Obi-Wan se empeñaba en que tenían que vivir de lo que el desierto les daba, pero cuando Mara empezaba a espetar que a ella lo único que le provocaba eran dolores de cabeza, la dejaba marchar para que campase a sus anchas y consiguiese lo que quisiese. Hacía tiempo que Kenobi había declarado que tenía total confianza en su adiestramiento y que sabía perfectamente que encontraría la forma correcta de lidiar en cada situación. Ignoraba si lo había hecho para tranquilizarla o para presionarla, pero había intentado no pensar en la sensación de agobio que esa idea le había anclado en el estómago y centrarse en que si su maestro la consideraba preparada, quizás realmente lo estuviese.

Lo más curioso había sido descubrir con el paso del tiempo que Obi-Wan había tenido razón en su momento. Se había encontrado siendo capaz de mantener la calma y de afrontar con envidiable tranquilidad determinadas situaciones que en su niñez se habría creído incapaz. Eso había reforzado mucho la imagen que tenía de sí misma, la había hecho madurar y sentirse preparada para lo que fuese que el destino tuviese para ella, en ese momento o más adelante.

Pero la verdad era que nunca habría esperado el desarrollo de los acontecimientos posteriores.

Faltaban algunas horas para que siquiera se atisbase de lejos el emplazamiento donde su casa se mantenía oculta a los curiosos y a los extraños cuando percibió una perturbación en la Fuerza, tan intensa y demoledora que le hizo perder el control de su vehículo y estrellarse contra el suelo. Mientras caía, quedando bocarriba sobre la abrasadora arena recalentada de todo el día, la Fuerza trajo consigo varias imágenes que hicieron que su pecho vibrase intensamente. No le hizo falta demasiado esfuerzo para reconocer al hombre-máquina que había visto años atrás, cuando le habían hablado de él. Vader había estado relativamente cerca de ese sistema y esa idea le insufló un extraño sentimiento en su interior. Sin embargo no fue la única escena. A su lado, un joven rubio que no debía ser mucho mayor que ella se giraba para escoltar a una muchacha de pelo castaño y gesto casi impenetrable a través de los pasillos de una nave de paredes blancas y suelo negro, y esa escena le hizo sentirse mucho más confusa que antes.

«No pueden tratarse de momentos simultáneos. No puede...»

Tirada en la arena, con la respiración acelerada, intentó normalizarla y se quitó el paño que le cubría la boca para que no le entrase arena mientras conducía. Repitió los ejercicios de meditación que conocía desde niña, consiguiendo alcanzar una relativa paz; la Fuerza estaba tranquila en ese momento, sin más alteraciones, y eso le dio pie a poder reflexionar sobre lo que se le había permitido ver. Con los párpados unidos, repasó a conciencia la visión, y la certeza de que eso había sucedido relativamente cerca de allí y el desconcierto que ello suponía aumentaron considerablemente. Simplemente no había podido ser, porque el muchacho que había visto, tan claramente como si hubiese estado caminando a su lado, era la viva imagen de Anakin Skywalker como ella le había visualizado en su momento, al descubrir su existencia. Sin embargo, pronto cayó en la cuenta de su propio error.

«No eran iguales. Parecidos, pero no iguales.»

Además de pequeñas diferencias en su físico, aunque altivo y algo soberbio, el antiguo padawan de Kenobi le había transmitido cierta calidez; repleto de emociones que quizás debían ser menos intensas, Anakin le había parecido muy humano. El joven que había visto caminando por los pasillos de esa nave, sin embargo, le había dejado un sentimiento helador en el cuerpo, como si pendiese de un hilo ante un mar oscuro y hubiese encontrado la forma de hacerse inmune a ese miedo.

Respiró profundamente y abrió los ojos. Tenía que llegar cuanto antes junto a Obi-Wan para poder transmitirle lo que la Fuerza le había mandado, pues debía significar algo importante. Se subió en su viejo speeder con determinación, volviendo a cubrirse los labios y asegurándose de tener la cabeza bien protegida y los ojos protegidos con sus gafas; entonces, cuando estaba a punto de arrancar, algo en la lejanía llamó su atención. Era una figura alta que se movía hacia el este con esa torpeza mecánica propia de los androides, brillando dorado bajo lo que empezaba a ser el lento ocaso de los soles. La escena se le antojó cuanto menos que desconcertante a la joven, que accionó el motor para acercarse al robot. Se detuvo a su lado escasos minutos después, y su voz metálica le llenó los oídos.

—¡Oh, cielos, menos mal! Creí que terminaría mis días tirado en cualquier esquina como en un desguace.

—¿Qué demonios haces aquí, androide? —Mara dejó al aire de nuevo su boca y sus ojos, contemplándolo con curiosidad.

—Oh, permítame que me presente. —Cada palabra iba acompañada de un movimiento casi brusco de sus rígidas articulaciones—. Mi nombre es C3PO. Relaciones cibernéticas humanas. Estoy especializado en más de 6 millones de formas de comunicación y...

—Pues como no aprendas a comunicarte con más de 6 millones de granos de arena, si sigues en esa dirección no vas a encontrar mucha conversación en prácticamente días de distancia —cortó bruscamente. Fue gracioso ver casi la contrariedad reflejada en un rostro que no estaba diseñado para transmitir emociones—. ¿Qué hace un androide de protocolo vagando por estos páramos sin compañía de cualquier otra criatura orgánica?

—Bueno, mi complemento y yo nos estrellamos atrás y...

—¿Tu complemento?

—Sí, un astrodroide muy cabezón llamado R2D2 —repuso con cierta irritación—. El muy condenado decidió que la otra dirección era sin duda mejor y nos separamos, cuando está claro que...

—¿Y dices que os estrellasteis? —La imagen de los pasillos de la nave se le vino a la cabeza, no supo muy bien por qué, pero supo que su instinto no le fallaba y que estaba relacionado con eso.

—Oh, sí. Nuestra cápsula. Nuestra nave fue invadida por soldados imperiales y R2 se empeñó en que teníamos que escapar, así que nos introdujimos en una cápsula de salvamento y acabamos en ese desértico planeta. Por cierto, ¿dónde estamos?

—En Tatooine. Tan alejados del centro del universo que nadie de por aquí ha soñado con verlo jamás. —Se mantuvo pensativa mientras el androide continuó divagando sobre cosas que no le interesaron demasiado—. ¿Por qué tu complemento tomó la iniciativa de huir? Es poco habitual en un androide.

—Lo cierto es que no lo sé. La mayoría de las veces no consigo entenderle. Está claro que no lo programaron bien en su momento. Por cierto, ¿con quién tengo el honor de estar hablando en estos momentos?

La certeza de que aquellos dos androides estaban relacionados con Vader, el joven y la chica crecía dentro de ella de forma arrolladora, y Mara sabía reconocer perfectamente cuando la Fuerza le estaba mandando una señal tan clara. Aquello le había mantenido ensimismada de nuevo, y fue la pregunta de C3PO la que le sacó de su aislamiento.

—¿Qué? Oh, Mara. Mara Jade. —Guardó silencio unos segundos más. El sol más grande se mantenía aún a cierta altura, por lo que era probable que aún tuviesen suficiente tiempo para lo que estaba pensando—. Ven, C3PO. Sube a la moto. Vamos a ir a buscar a tu complemento y luego nos resguardaremos de la noche.

—¿Qué? ¡Oh! Es usted muy amable, lady Mara. —La joven se echó a reír ante ese tratamiento—. ¿Sucede algo?

—Puedes llamarme sólo Mara. Te aseguro que no tengo nada de señora. Ahora date prisa. Esta zona está dentro de la ruta de los jawas, y si encuentran a tu amigo solo lo más probable es que termine desguazado en alguna parte o vendido a algún granjero. —Arrancó ante las exclamaciones del androide, que no tardó en colocarse en la parte trasera del speeder. Mara se colocó las protecciones de la cara de nuevo con la vista prendida en el horizonte. Entonces alzó el brazo y señaló—. Fíjate. Es uno de sus Reptadores de las Arenas.

En el horizonte se vislumbró, salido de la nada, un enorme vehículo de extraña forma que se deslizaba por las dunas a una velocidad muy inferior a la que ella podía alcanzar con su moto. 3PO se escandalizó todavía más, e intentando mantener la calma ante la irritante voz del androide, salieron despedidos con toda velocidad en la dirección que el robot acababa de indicarle con la esperanza de que no fuese demasiado tarde todavía. Sus reflejos, incrementados por la Fuerza, hicieron muy fácil esquivar a los diminutos carroñeros de chatarra, y pronto pasaron de las inmensidades de arena a las rojizas cordilleras de escarpadas rocas donde solían colocarse para tender emboscadas, tanto ellos como los tusken. Mara usó sus habilidades para cerciorarse de que ninguna forma de vida especialmente inteligente rondaba por los amplios parajes y callejones ardientes que se abrían ante ellos como un laberinto. La muchacha respiró, mantuvo la calma y dejó nuevamente que su instinto actuase por ella, porque la Fuerza no era sólo un instrumento que usar a su conveniencia, sino que latía viva dentro de su cuerpo, y a veces sólo había que dejarla hablar para saber cómo proceder. Cómo actuar.

—Los sith son arrogantes, Mara, porque creen que controlan la Fuerza en su totalidad. Creen que es un arma, pero la Fuerza es energía pura, y además es la esencia de las cosas —le había explicado Obi-Wan cuando aún era demasiado pequeña para entenderlo—. Vive en nosotros, nos habla si podemos escucharla, obedece nuestras órdenes cuando se lo pedimos, pero también controla nuestras acciones en momentos en los que nos parece imposible que pueda serlo. No seas quien empuña siempre la herramienta, Mara. Conviértete en parte de ella y deja que fluya.

«Deja que fluya...»

Aunque todas las esquinas parecían iguales, Mara no tuvo miedo en ningún momento, pues supo que no se perdería, y que aunque no estaba buscando a un ser vivo, la Fuerza le ayudaría a encontrarle. ¿Por qué, si no, habría decidido en el último momento atravesar esos parajes cuando el camino era más largo? ¿Por qué, si no, le había mandado esas imágenes y la certeza de que R2D2 y C3PO estaban relacionados con ellas? No creía en las casualidades ni en el destino. Creía en la certeza. Y la certeza la daba la Fuerza.

El androide de protocolo había estado tan contrariado todo el tiempo, tan asustado, que sólo había soltado frases inconexas la mayor parte del trayecto, pero tras el pasar de las horas sin tener éxito en su empresa, empezó a hablar con mayor insistencia y con mayor alarma en la voz.

—Si no te callas harán que nos descubran —espetó al final la joven de mala gana.

—Lo siento, señorita Mara. Pero es complicado para mí. Esto parece interminable y... ¡Oh! ¡Mire! ¡Mire!

La muchacha alzó el rostro un poco para encontrarse a lo lejos con la figura casi redondeada de un pequeño astrodroide que avanzaba resuelto hacia delante, aunque a veces parecía renquear casi con miedo, un sentimiento tan humano que la joven padawan se sintió extrañada. Nunca había conocido a unos androides tan peculiares como C3PO y el que parecía estar intentando avanzar contra viento y marea en unas condiciones que habrían hecho renunciar a cualquier criatura orgánica que se preciase. Se sorprendió a sí misma pensando que era mucho más valiente que muchas formas de vida que había conocido, y con una sonrisa divertida en los labios avanzó hacia el llamado R2D2 para detenerle.

—¡R2D2! —llamó, haciendo que el pequeño androide detuviese su avance y girase su cabeza redondeada. Empezó a pitar, aparentemente contento, antes de moverse en dirección hacia la que estaban. Mara se detuvo cuando faltaban escasos centímetros y dejó que fuese él quien les diese el encuentro. Su vocecita chillona que sólo clamaba binario parecía entusiasmada—. ¿Qué dice? —preguntó a 3PO.

—¡Sí bueno, pues yo no me alegro nada de verte, condenado cabezudo! Mira todas las molestias que nos has causado a la señorita Mara y a mí. Si no hubiésemos venido a buscarte a saber qué habría sido de tus circuitos.

—C3PO...

—¡No me pongas esas excusas! Deberíamos haber dejado que...

—¡C3PO! —cortó, alzando demasiado la voz para su gusto. Un guijarro se desprendió de lo alto de una de las colinas, activando todos sus sentidos. No sucedió nada. Sin embargo, Mara no bajó la guardia—. ¿Me puedes explicar qué está diciendo, por favor? Porque intuyo que dominando más de 6 millones de formas de comunicación puedes entender lo que dice.

—Oh, sí, disculpe. ¿Y mis modales? R2 expresaba su alegría de vernos, y luego se justificaba acerca de su misión.

—¿Misión?

—Sí, está obsesionado con encontrar a un tal Obi-Wan Kenobi y transmitirle un mensaje que...

—¿Obi-Wan? —La sorpresa incluso le hizo colocarse de pie sobre el speeder. Mara dirigió su mirada verde al androide, que rodaba la cabeza como si no comprendiese qué estaba sucediendo en absoluto. Ella se echó a reír, a la par que bajaba de un salto, y se dirigió al astrodroide, que pareció contemplarla con desconfianza—. La Fuerza debe tener algo preparado para vosotros dos, sin lugar a dudas, porque esto no puede ser ni coincidencia ni suerte.

—¿A qué os referís, señorita Mara? —la joven contempló al androide con una sonrisa en el rostro.

—Que yo puedo llevaros directamente con Obi-Wan Kenobi.