Disclaimer: Star Wars y sus personajes no me pertenecen. Tanto los concernientes al Universo Expandido como a la saga original son propiedad de Disney, LucasFilms y demás, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.

Mil gracias a todas las personas que me han leído, a las que le han dado a seguir y a quien se ha molestado en comentarme. ¡Os quiero por igual!


Capítulo 02.

Era una tarde verdosa, casi escalofriante, mientras caminaba por el centro de una ciudad que empezaba a guarecerse de las pesadillas que vagan por la noche. Con el paso calmado, sereno, el adulto caminaba despacio, como si estuviese buscando algo entre los edificios. Llevando el rostro cubierto por una capa de color marrón y los ojos azules saltando deprisa de un lugar a otro, levantaba algunas miradas de sospecha por parte de los vecinos de la zona. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Acaso no iba vestido como un jedi? ¿Sería peligroso? La suspicacia de quienes le rodeaban le hizo esbozar una sonrisa cansada, pero no dijo nada, ni hizo ningún tipo de movimiento que pudiese resultar amenazador. Sus pensamientos le llegaban con tanta facilidad que no pudo sino suponer que, aunque totalmente ciegas a ella, eran criaturas débiles de voluntad ante la Fuerza, y por lo tanto fáciles de doblegar. Si era cierto lo que había visto... tenía que llevársela de allí cuanto antes.

Entonces escuchó una risa en lo lejano, clara e infantil, y el corazón le dio un doloroso vuelco dentro del pecho. Las imágenes se cruzaron ante sus ojos, provocando que se detuviese sin previo aviso. Un anciano se inclinó hacia delante en la mecedora que había en el porche de su humilde hogar, observándole, como esperando a que sacase un sable láser oculto -que de hecho, llevaba bajo la túnica- y empezase a matarles a todos. Pero Obi-Wan no hizo nada parecido. Tras dos segundos en los que se permitió regodearse en el escozor de la todavía reciente herida de su alma, aceleró el paso. Estaba cerca. Muy cerca. Tenía que encontrarla y llevársela de allí cuanto antes, puesto que no sabía cuándo el Emperador podía aparecer por allí. Y Vader. Tenía que salvarles de Sidious y Vader... Tenía que...

—Irás a Tatooine a por esos planos y me los traerás a la Estrella de la Muerte sin dilación.

«Tengo que salvar a la niña, al menos.»

Al igual que la visión que la Fuerza le había mandado en su letargo de meditación, las escenas se cruzaron en su cabeza, haciendo que se tambalease incluso estando sentado. El anciano colocó una mano en el suelo para no desplomarse mientras se llevaba la otra a la frente, notando el cosquilleo singular que producían las gotas de sudor al deslizarse por la sien hasta la barbilla, perdiéndose en su poblada barba blanca. Temblaba. Escuchar la voz ahora robótica de Anakin -no, de Vader- después de tantos años había sido mucho más de lo que podía llegar a soportar, y había roto absolutamente todo lo que había estado sintiendo y viendo desde fuera. Negó con la cabeza. Aunque había analizado mil veces la noche en la que había encontrado por fin el hogar de los padres de Mara, siempre volvía inconscientemente sobre ella, pues el temor de que alguien les hubiese visto era tan grande -y tan impropio de él- que necesitaba estar seguro de que no había quedado ningún cabo suelto.

Ninguno.

Había cometido tantos errores en los últimos treinta y cinco años que no era capaz de confiar en sí mismo, por mucho que ante los ojos de su discípula fuese ese hombre seguro, confiado y tranquilo. A veces sólo tenía ganas de dejarse llevar, hacerse uno con la Fuerza y desaparecer. Pero entonces veía la melena roja de Mara, sus ojos verdes, escuchaba su risa y cómo le regañaba por pasarse demasiado tiempo a la intemperie cuando las temperaturas empezaban a descender, alegando que ya no era ningún muchacho para pasar ese frío y salir indemne, y se resistía a marchar. Un fallo más: había vuelto a encariñarse demasiado con su discípula, pero le había sido difícil no querer a Mara, simplemente. No cuando al girarse veía en ella comportamientos tan similares a los de Anakin. No cuando se había acurrucado siendo una niña pequeña contra su regazo, buscando calor, ni cuando le había llamado padre, ni cuando había tenido que cuidar sus fiebres ni discutir con ella por ser tan orgullosa. Quería creer, no obstante, que esta vez había hecho las cosas bien. Que esta vez, todo iba a ser diferente...

«Además, aún no puedo marcharme. Todavía no.»

Aún quedaban cosas por hacer. Aún tenía que colocarla en el camino adecuado para que se encargase de enderezar todas las cosas que había hecho mal desde que había accedido a llevarse al joven Skywalker bajo su protección. En momentos así se odiaba a sí mismo, pues parecía que había buscado a Mara únicamente para redimirse a través de ella. Había visto en su visión la posibilidad de salvar más de un alma yendo a por ella, pero había actuado egoístamente, a pesar de todo. Había corrido detrás de la estela de su esencia para compensarlo todo...

Y ahora Anakin -no, Vader- había estado cerca de ese planeta. Respiró profundamente mientras introducía las manos dentro de las mangas de su túnica, procurando estabilizar su ritmo cardíaco, su presión sanguínea, en aras de poder revisar lentamente cada una de las palabras que había escuchado retumbando en su cabeza, de la escena que se había colado en sus recuerdos. El rostro de un joven rubio que luchaba por respirar. Pasillos blancos y negros. La oscuridad absoluta. Irás a Tatooine, había dicho, a por esos planos y me los traerás a la Estrella de la Muerte sin dilación. La Estrella de la Muerte... Separó los párpados lentamente. ¿Cuándo había cerrado los ojos? Lo ignoraba, y tampoco le importaba. La Estrella de la Muerte... Esbozó una sonrisa algo irónica. Al parecer, el momento se estaba acercando, después de todo. Delante de la pequeña chimenea que Mara solía mantener encendida cada noche y que Obi-Wan nunca se molestaba en prender, el anciano repasó punto por punto todos los datos que tenía, todas las pistas, toda la información, y la ordenó en su cabeza para que tuviese sentido, para que fuese un mensaje coherente y lógico.

Para que Mara pudiese entenderlo llegado el momento.

«Mara...»

La muchacha atravesaba los desiertos de Tatooine hacia su casa, con el speeder que había adquirido hacía tiempo y con dos androides sobre el vehículo. Regresaba. Su presencia era tan brillante, estaba tan unida a la Fuerza, que resultaba increíble que después de haber pasado por esa zona no la hubiesen percibido ni un poco cuando a él le era tan fácil localizarla en la distancia; sin embargo, lo agradecía. Haber tenido a Anakin -no, a Vader- tan cerca sin haber estado mentalizado de ello le habría pasado más factura de la que estaba dispuesto a reconocer ante nadie porque su misión era mantenerse estoico y firme. Para eso le habían educado como jedi, aunque había pasado tanto tiempo, tanto...

Se frotó los ojos con los dedos, notándose el doble de cansado de lo habitual. Repasó la escena que había visto una vez más, buscando el momento en concreto en el que el joven rubio aparecía asfixiándose, y un ramalazo de tristeza y ansia le recorrió por dentro. Aunque no le hubiese visto al lado de él, le habría reconocido en cualquier parte, pues su rostro se asemejaba tanto al de su padre que resultaba imposible no relacionarle con él. Luke. Verle después de tanto tiempo le hizo sentir una pesada carga en el corazón, profunda y densa, y las lágrimas habrían acudido a su rostro de haber podido, pero Obi-Wan Kenobi no podía darse el lujo de llorar. En su lugar se apartó rápidamente de aquello, respiró profundamente dos veces, unió de nuevo los párpados y expandió su mente hacia todos los rincones del planeta que le eran conocidos, buscando de nuevo la presencia de su pupila.

«Mara...» pensó, reconociendo la vibrante presencia de la joven «Mara, ¿te diriges ya hacia aquí?»

Esperó durante algunos segundos, pues la joven no siempre podía escuchar su voz en la distancia. Inmediatamente se tranquilizó al reconocer cómo sus mentes entraban en contacto y sus pensamientos le llegaban; distantes, leves, pero le llegaban.

«Sí, espero poder llegar antes de que se ponga el segundo sol. Aun así, no pienso detenerme. No voy a pasar la noche en mitad del desierto en la zona de los tusken con dos droides parlanchines.»

«¿Droides?»

«Sí...» su mente sonó cansada y él esbozó una sonrisa sin proponérselo. «Son un fastidio, pero su presencia aquí no es casualidad. Cuando lleguemos a casa te lo explicaré.»

«Cuento con ello. No te retrases. Y Mara.»

«¿Sí?»

Dudó. ¿Debía decirle algo ahora? ¿Debía alertarla? ¿Asustarla? Expulsó todo el aire que pudo de sus pulmones y abrió los ojos.

«Ten especial cuidado. He sentido una perturbación en la Fuerza.»

«Lo sé» dijo ella a los pocos segundos. Obi-Wan sintió que no debía de sorprenderse por ello, pero lo hizo, y fue incluso grato, porque eso suponía que subestimaba a su aprendiza y que ella estaba muy por encima de lo que habría podido imaginar. «Y creo que los androides están relacionados.»

«Bien. No tardes.»

Se dio el lujo de insistir una vez más y de sentir la oleada de reproche por parte de ella antes de cortar la conexión, aunque no de apartarse de ella totalmente. El peligro parecía bailar en las cercanías, de modo que habría sido insensato permitir que vagase totalmente sola por los amplios desiertos del planeta sin nadie a quien pudiese alertar de sucederle algo. No obstante, aún tenían tiempo. Aunque Luke fuese a bajar a Tatooine en busca de los androides -no le cabía duda alguna que se trataba de los que Mara había mencionado- aún podía llegar a tardar en dar con ellos, si bien no podía darse el lujo de ser tan optimista como para pensar que fuesen a tener demasiado tiempo entre hallar y ser hallados.

Sin embargo, la idea de un encuentro con el joven le tentaba enormemente. Se llevó una mano al mentón y rascó su poblada barba blanca, intentando decidir qué hacer, porque quizás, y sólo quizás, había opción de llegar hasta a él ahora que Vader no le acompañaba. Quizás, y sólo quizás, podía subsanar el terrible fracaso que le torturaba desde hacía diecinueve largos años. Quizás... ¿Y poner a Mara en peligro? ¿O enfrentarla a la misión que tenía pensado encomendarle, después de todo? La culpabilidad tejía hilos dentro de Kenobi, impidiéndole alcanzar la paz que tan ansiosamente buscaba alcanzar desde hacía tanto tiempo; ¿la merecía, si quiera? No era más que un viejo cansado que había cometido tantos errores que no podía llegar a vivir suficiente tiempo como para enmendarlos, y que no se le había ocurrido nada mejor que cargarlos en la espalda de una chiquilla, fuerte como el sol, pero frágil, en el fondo, como todas las criaturas vivas.

«Mara... Oh, Mara. Espero que algún día encuentres en tu corazón la capacidad para perdonarme por todo esto...»

Respiró profundamente. No debía pensar tanto; no había una solución fácil a su problema y no iba a hallarla torturándose por las cosas que había y no había conseguido hacer. Debía confiar más, en sí mismo, en Mara, en Luke, y en la Fuerza. Era demasiado mayor para permitir que sus emociones negativas guiasen tanto sus pensamientos como sus acciones; cuando llegase el momento sabría lo que tenía que hacer, como siempre lo había sabido, hubiese existido algún obstáculo que hubiese terminado impidiéndoselo o no, ya fuese alguien más... o él mismo. A fin de cuentas, ¿quién sino su propio corazón, su propio amor hacia el muchacho al que había visto crecer y entrenado, había sido el que le había impedido acabar con la vida de quien había sido como un hermano para él? ¿Quién si no él mismo había provocado su propio sufrimiento?

Con muchísima calma se levantó del suelo, sacudió sus ropajes y salió al exterior; quería contemplar el peculiar cielo de Tatooine con tranquilidad por última vez. Al contrario que Mara, que siempre lo había detestado, Obi-Wan había encontrado una extraña placidez en la sobriedad, la aridez y la tranquilidad de aquel desértico planeta. Probablemente no habría conseguido sentirse tan a gusto en otra parte, porque pocos lugares le habrían proporcionado un entorno tan aislado, aunque tan duro, como aquel. Además, había algo hermoso en lo interminable de las ardientes llanuras, en lo azul de sus limpios cielos, alejados de la contaminación, en lo inmenso de los eternos soles que asolaban la tierra y elevaban las temperaturas hasta tales extremos que hacía la vida vegetal casi inviable. Aquel planeta, se dijo, le recordaba sin lugar a dudas a la hija que había criado sin ser suya; Mara era igual de difícil, igual de ardiente e igual de solitaria, pero indudablemente bella.

A lo mejor por eso también sentía cierto aprecio por Tatooine. Porque le había permitido criarla a salvo.

Recostado contra la pared de piedra blanca recalentada bajo los soles, Obi-Wan centró su mirada en el horizonte y nada más, dejando la mente completamente vacía de cualquier pensamiento. Así, de nuevo, la Fuerza le llenó con toda su esencia, relajándole, calmándole, guiándole con su silenciosa voz hacia parajes que le trajeron algo de esa paz que tanto ansiaba y que tan poco conseguía alcanzar. Fue de este modo como le encontró Mara al llegar, ruidosa con su speeder, y aún más ruidosa con la compañía que venía tras ella. Sin referirse a él, desenganchó al astrodroide de un azul y un blanco sucios que no dejaba de pitar en binario y de discutir con su acompañante dorado en un tono que sonaba muy protocolario, muy de alta cultura, e intuía por el rostro de su padawan, extremadamente irritante.

Hasta que no se hubo asegurado de que ambos estuviesen en el suelo Mara no cruzó miradas con él, y en sus ojos verdes brilló un relámpago de reproche que le hizo esbozar una pequeña sonrisa. La joven no era demasiado alta, pero desde su posición parecía interminable.

—Realmente te gusta tentar a la muerte, viejo. ¿Sabes lo rápido que va a empezar a hacer frío aquí? —Casi no podía atisbarse nada ya de los dos soles. Obi-Wan parpadeó con algo de sorpresa en la mirada, pues realmente no se había percatado de que el tiempo hubiese avanzado tan tremendamente deprisa—. Anda, levanta. Haremos la cena y hablaremos.

Si nada que reprocharle a la muchacha, Kenobi la siguió al interior de su hogar.


Después de pasar un largo rato con los androides el anciano pudo hacerse una idea de la enorme paciencia que Mara había conseguido desarrollar para soportar a C3PO. La existencia del droide en su casa, lejos de hacérsele pesada, le divertía su programación tan cortés, tan educada y tan insistente. No le molestaba responder sus preguntas educadas ni su cordial curiosidad; en cambio, Mara parecía suspirar cada vez más alto cuanto más avanzaban los minutos. Aquello le divertía, pero prefería no dejar constancia de ello.

Se encargó de limpiar lo que habían ensuciado para la comida mientras 3PO le informaba absolutamente de todo lo que había pasado en los últimos días, y escuchó con tremendo interés el asunto del asalto a la nave de su último dueño, el capitán Antilles. Recordaba a Raymus Antilles y lamentó su muerte, pues aún era un hombre joven y su servicio durante las Guerras Clon, además de su papel durante La Purga, habían sido enormes. Tras él, Mara intentaba entender el sistema de R2 para acceder al mensaje que llevaba en sus entrañas, según les había comunicado 3PO, pero el pequeño robot se negaba a ceder ante la joven.

—Padre, haz el favor de venir de una vez. Este maldito cabezón con ruedas no quiere poner el maldito mensaje ante nadie que no sea tú —bufó, visiblemente irritada y frustrada. Obi-Wan se secó las manos con gesto adusto y se giró hacia la joven, que escondió la mirada.

—Controla tus emociones, Mara. —Ella asintió mientras Kenobi tomaba asiento a su lado, lejos de la mesa principal—. Veamos, pequeño, qué tienes para mí.

No le hizo falta mucho. R2 se aproximó alegremente hacia él y permitió que lo tocase. Obi-Wan sonrió ante la actitud del droide -resultaba tan increíble que una máquina pudiese tener personalidad-, y no le fue demasiado complicado hacer que la criatura mostrase el holograma que había grabado. Contemplar el rostro de la joven que apareció proyectada frente a él le supuso más sorpresa de la que habría estado dispuesto a desvelar; no obstante, únicamente se cruzó de brazos y se dispuso a escuchar.

General Kenobi. Hace años serviste a las órdenes de mi padre en las Guerras Clon. Ahora él te suplica que le ayudes en su lucha contra el Imperio. Me temo que no puedo presentarte su petición personalmente, ya que mi nave está siendo atacada y me temo que mi misión de llevarte a Alderaan haya fracasado. He puesto información vital para la supervivencia de la Rebelión en la memoria de este androide R2. Mi padre sabrá cómo recuperarla. Asegúrate de que llegue a salvo a Alderaan. Son tiempos desesperados para nosotros. Ayúdame Obi-Wan Kenobi. Eres mi única esperanza.

Ninguno dijo nada durante varios segundos. Incluso el droide de protocolo parecía haber perdido la capacidad de articular sonidos. Esto no significaba, sin embargo, que las mentes de Obi-Wan y Mara no estuviesen bullendo, ni comunicándose entre ellas. La joven estaba llena de dudas, de inquietudes, incluso de ansiedad. Las Guerras Clon. Alderaan. El Imperio y la Rebelión por fin habían entrado en su casa, y eso significaba que tenían que moverse, que actuar. Como el anciano había temido, el momento había llegado, tanto para él como para su aprendiz, y eso significaba que no debía de quedarle demasiado tiempo para todo lo que tenía que hacer, además de transmitir. Por mucho que confiase en Mara, por mucho que la considerase preparada para afrontar las vicisitudes de la vida, era tan joven, y él le había contado tan poco. Tan poco. ¿Podría hacerlo en lo que les quedaba? ¿Tendría el valor necesario?

Sólo buscó los ojos de la padawan cuando se encontró con la entereza suficiente como para soportar la intensidad de su mirada. Mara estaba absolutamente decidida. Lo decía todo su cuerpo, absolutamente, y Obi-Wan sólo pudo quererla como había querido a pocas personas en todo el universo. Saber que pronto se separarían sólo hacía que el dolor que procuraba ocultar en lo más profundo de su ser fuese un poco más intenso; afortunadamente, la joven estaba tan centrada en todo lo demás que no le fue difícil esconderlo.

—Parece que los caminos de la Fuerza nos llevan hacia Alderaan. —La sola idea pareció hacer brillar a la joven, que se puso de pie y empezó a trastear por la habitación—. Mañana mismo iremos hacia Mos Eisley y...

De pronto Mara se detuvo en seco, a la par que Obi-Wan frenaba su discurso. Algo se resbaló de las manos de la joven hacia el suelo, ninguno fue consciente exactamente del qué, pero el ruido que hizo, acolchado por el polvo y la arena que siempre entraba por la puerta, resonó como si hubiesen sido mil copas del cristal más fino. Y ni aún así llegaron a reaccionar, tan centrados estaban en lo que acababan de percibir acercándose a toda velocidad por la inmensidad de Tatooine; una perturbación en la Fuerza tan inmensa, tan intensa, tan inestable y perturbada que incluso les había cortado la respiración.

—¿Cómo...? —Mara fue la primera en articular palabra, absolutamente desconcertada. No llegó a cruzar otra, pero a su maestro no le hizo ninguna falta, porque él estaba pensando lo mismo.

«¿Cómo es posible que no lo hayamos detectado con anterioridad?»

Tanto odio, tanta violencia y rabia. Tanto dolor... Obi-Wan se puso de pie con solemnidad, ignorando por completo la inquietud de los androide, y avanzó hacia la puerta. Mara intentó controlar su voz temblorosa, pues de pronto el hombre que la había criado parecía pequeño e insignificante, mucho más anciano de lo que podía haberle llegado a parecer nunca. Se movía con tanta lentitud, como si supiese perfectamente lo que iba a encontrar al otro lado de la entrada, y aquello pudiese ser tan terrible o incluso más que la muerte. Un miedo irracional la invadió sin previo aviso, pero ni siquiera eso perturbó a Obi-Wan. El padre no estaba, ni el maestro. Sólo quedaba el jedi, el hombre.

—¡Maestro! ¡Maestro! —gritó ella, con los puños apretados. Pero él no respondió. Sólo se colocó fuera del edificio, aguardando, esperando. Y Mara no podía comprenderlo. Sólo tenía dentro de sí el impulso para lanzarse sobre él y apartarle de esa energía tan perturbadora que parecía estar inundándolo todo cada vez más y más rápido—. ¡Maestro, por favor!

Entonces él giró el rostro, y Mara se sintió horriblemente estúpida en ese momento. Había tanta paz, tanta tranquilidad en su rostro, que en ese momento fue ella la que se sintió insignificante. Al contrario que su espalda, los ojos de Obi-Wan transmitían una grandeza y una serenidad que parecía empequeñecer a cualquier criatura que hubiese en las proximidades.

—Señorita Mara —pronunció el androide entonces—. Señorita Mara, ¿qué sucede?

La joven apretó los puños, intentando controlar su miedo y su frustración. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Cómo podía darse el lujo de reaccionar así? Era cierto que nunca había sentido algo semejante en todos los años de su vida, pero no era ninguna criatura indefensa e incapaz de controlar sus emociones. Era una padawan. Era una jedi perfectamente entrenada. Daba igual a lo que se enfrentase, no debía permitir que odio, que el temor, la gobernasen. Ella estaba perfectamente capacitada para superar esas emociones y dejarlas atrás. El Código de Odan Urr se repitió firme en su cabeza, como bien lo había aprendido desde pequeña; casi se vio a sí misma siendo una niña de melena rojiza y revuelta al lado del adulto, recitándolo como la filosofía de vida que era para ella.

No hay emoción; hay paz.

No hay ignorancia; hay conocimiento.

No hay pasión; hay serenidad.

No hay caos; hay armonía.

No hay muerte; está la Fuerza.

No supo cuándo había cerrado los ojos, pero al terminar, separó los párpados lentamente, sintiéndose casi renovada, mucho más serena, aunque aún sentía los nervios revolviéndose dentro de sí. Era cierto. Era una jedi. Respiró profundamente mientras alzaba el rostro hacia el exterior, y se sorprendió al encontrar una sonrisa orgullosa dibujada en los labios de su maestro; aquello encendió una mecha dentro de ella que prendió en una llama cuyo calor le recorrió cada pequeño recoveco de su cuerpo. Estaba lista. Podía afrontar lo que fuese que se aproximaba.

—3PO, permaneced aquí dentro en silencio. Y pase lo que pase, no salgáis.

Sin esperar a recibir respuesta avanzó con paso firme para colocarse al lado de su maestro, y aguardó. El frío helador de las noches de Tatooine la golpeó sin piedad, pero ella no pareció inmutarse lo más mínimo. La mano de Obi-Wan, cálida y callosa, se posó sobre su hombro, y su conciencia se alargó hacia la de ella para tocarla, para tranquilizarla, asegurándole que todo saldría bien.

«Esto no es más que una prueba, Mara. Tu primera prueba.»

«¿Mi prueba? ¿Es que sabes quién...?»

«Sí. Y creo que tú también.»

La imagen del chico de ojos fríos le cruzó la mente, y Obi-Wan le transmitió entonces la visión que le había asaltado mientras meditaba. Irás a Tatooine a por esos planos. Mara volvió a tomar aire lentamente de nuevo, sintiendo que el nudo del estómago aumentaba; no por miedo, no por ira. Era la inquietud de saber que se le estaba evaluando en esa situación. ¿Sabría cómo actuar delante de un enemigo de los jedi? El sable de Anakin Skywalker se tornó pesado, de pronto, contra su cadera, y Mara estuvo tentada de tirarlo lejos de ella, pero no lo hizo; sólo deslizó suavemente los dedos hacia el metal de su empuñadura, y su frialdad le tranquilizó. Se lo repitió: podría.

La sonrisa de Obi-Wan le llegó de nuevo, pero esta vez directamente a su mente. Ella esbozó otra, sin mirarle, y colocó su mano derecha sobre la de Obi-Wan, reposando en su hombro izquierdo; sentir su calor le ayudó a mantenerse firme mientras oteaban el horizonte.

Su invitado no se hizo desear mucho más. Pocos minutos después una nave apareció en el cielo; un caza imperial. Impasibles, contemplaron cómo aterrizaba delante de la puerta del que había sido su hogar todos esos años, y mantuvieron la vista firme en la plataforma que se abrió frente a sus figuras. La luz que emergió del interior de la estructura contrastó con la oscuridad de la noche que les rodeaba, y junto con la que manaba del interior de la casa, creó un círculo de claridad donde sólo estaban ellos tres. Obi-Wan. Mara. Y pronto, la figura embozada en negro del joven Luke, que descendió casi con pereza por la rampa metálica hasta posar sus pies sobre la arena, que empezaba a perder temperatura muy poco a poco.

La padawan sintió de nuevo ese frío que encogía el corazón al centrar su mirada sobre la de él. Sus ojos eran increíblemente azules, mucho más que los de su maestro, pero infinitamente más heladores, a pesar de que un fuego oscuro ardía muy detrás de ellos. Fue una sensación extraña la que la invadió ahora que estaba frente a otra persona como ella, además de su maestro, aunque fuesen tan diametralmente opuestos. A fin de cuentas, Mara simbolizaba la luz, y ese chico el reverso tenebroso. Era tan intensa la Fuerza en él que incluso asustaba. Sin embargo, aunque debía de ser oscura, sólo podía sentir una profunda inestabilidad que resultaba inquietante. Eso no era para nada lo que había esperando en él, tan imponente como le había parecido en su visión; tenerle delante era como observar un tapiz negro con múltiples desgarrones que no paraban de abrirse y de coserse a la misma velocidad.

¿Qué clase de criatura tenía delante?

Y sin embargo, de alguna forma, le sintió algo cercano. ¿Porque eran más o menos de la misma edad? ¿O porque él la contemplaba con la misma curiosidad que ella a él? Casi parecía que se había olvidado de que Obi-Wan estaba a su lado...

—Hola, Luke. —La voz del anciano atrajo la atención del joven, que apartó los ojos de Mara para centrarlos en él. Azul contra azul—. Ha pasado mucho tiempo. —El joven tardó en responder, como si estuviese analizando la situación y midiendo cada paso antes de darlo. A Mara le parecía increíble que pudiese mostrarse tan frío cuando por dentro era un volcán en erupción. Resultaba un contraste realmente inquietante; casi artificial.

«¿Le han hecho ser así?»

«Sí.»

Lo seco de la respuesta de Obi-Wan no era nada nuevo, y sin embargo le extrañó, porque lo percibió más tenso de lo que estaba aparentando encontrarse. Al intentar ponerse en contacto con él, Mara percibió una barrera en su mente que nunca había alzado contra ella, y eso la inquietó todavía más. Pero decidió no demostrarlo, tampoco.

—Te agradecería que hablases en voz alta para que mi padawan pudiese escucharte, Luke.

El joven enarcó una ceja, aparentemente extrañado ante esa petición, antes de dirigir la mirada de nuevo hacia Mara. La joven controló el impulso que le nació de los adentros al ver en sus ojos tan sólo indiferencia, e incluso algo de desprecio, cuando antes casi había podido leer la inquietud escrita en su cara. No entendía por qué aquello le había sentado tan mal, y por desgracia para ella fue un foco chispeante fácilmente perceptible por ambos hombres, y eso arrancó una sonrisa sardónica de los labios de Luke.

—Puede que usted fuese un gran jedi, Kenobi, pero su padawan desde luego no parece digna de usted —dijo de pronto Luke. Su voz sonaba cortante como el hielo. Mara supo que lo decía para provocarla, para que atacase primero, y por eso se mantuvo detrás de su maestro, controlando sus emociones y su respiración—. Una jedi no muy estable.

—Y tú un intento de sith demasiado poco estable, también —comentó Obi-Wan casi con una sonrisa en los labios—. Dime, Luke, ¿está tu maestro satisfecho con su trabajo, también? —la sonrisa desapareció de un plumazo para dar paso a una ola de rabia lo suficientemente intensa, también, como para ser percibida desde fuera—. Ya veo que no. Y dime, Luke, ¿qué te ha mandado tu maestro a hacer aquí? ¿Buscabas algo en concreto?—Percibió una crispación en la mano derecha del joven—. ¿O nos buscabas a nosotros?

—Usted sabe perfectamente por qué estoy aquí, Kenobi. Así que no se haga de rogar y deme lo que nos pertenece.

—¿De verdad es 'nos', Luke?

—¿Puede ser otra cosa? —preguntó, riendo con amargura en la voz. Alzó la mano derecha mientras el sable láser volaba hacia ella; al atraparlo apretó el botón que activaba la hoja, que brilló de un intenso color rojo. Mucho más que el pelo de Mara, que en ese momento se mecía con el viento nocturno de Tatooine, frío, en comparación a las ardientes mañanas—. Maestro y aprendiz son uno hasta el momento de la separación. Usted debería saberlo mejor que nadie.

—¿Es eso lo que te ha enseñado Vader?

Mara miró a su mentor, preocupada. Hablar de él siempre le había producido un visible dolor, pero ahora no había nada reflejado en su cara. Nada. La joven admiró su capacidad para controlarse, cuando ella ni siquiera había podido controlar la rabia que le había invadido segundos antes. Aunque se considerase preparada, aún le quedaba tantísimo por aprender para poder considerarse a sí misma una jedi de verdad. ¡Qué tonta había sido al darse esa categoría! Seguía siendo una padawan, después de todo.

«Maestro...»

«Tranquila. Todo saldrá bien. No te dejes llevar por sus palabras.» Su calidez la tranquilizó, como siempre. Sin un solo sonido, sólo con imágenes y emociones, Obi-Wan le demostró que tenía plena confianza en ella, en su entrenamiento, en sus habilidades.

—Los androides, anciano —contestó él, cortante, cada vez más rabioso por dentro—. No me hagas perder más el tiempo.

—Tiempo es lo único que tenemos, Luke. Dime, ¿qué harás si no te los doy? ¿Nos atacarás a mi padawan y a mí? ¿Nos matarás?

—Si es necesario.

«¿Si es necesario?» Esa respuesta le sorprendió, así como el atisbo de sonrisa que surcó los labios de su maestro. ¿No se suponía que los sith no tenían compasión ni piedad? Luke también percibió la mueca del adulto y su rostro se turbó, igual que sus emociones. Mara empezó a sentir que le dolía algo dentro de la cabeza; ¿acaso todos eran como él? Grifos incontrolables de sentimientos que anegaban los alrededores sin cesar. Resultaba agotador.

—De modo que si nos negamos nos matarás. Pero si te los damos voluntariamente, ¿te marcharás sin más, sin informar a Vader de nuestra presencia?

—Maestro —interrumpió ella, sin comprender nada. Estaba dispuesta a continuar hablando, pero la mano de Obi-Wan se alzó entre ambos, impidiéndole continuar.

Cuando se centró de nuevo en el joven, algo indignada por aquello, la confusión se hizo presa de ella, pues también el rostro de él parecía, de pronto, extrañado. Como si se de verdad se lo estuviese pensando. ¿Qué estaba pasando? Fue a increparle de nuevo a su maestro al respecto, aunque fuese con la mente, pero de nuevo se chocó con la barrera que había alzado entre ambos. Solo entonces comprendió que no estaban conversando sólo con la voz, sino también a través de la Fuerza; y parecía estar surtiendo efecto, pues el rostro de Luke parecía cada vez más descompuesto, más asustado y más inquieto.

—¿Te marcharás sin hacernos daño?

—Yo...

Fue lo único que consiguió pronunciar después de interminables segundos en silencio, aguantando la mirada serena de Obi-Wan. La mano del sable tembló, incluso, y durante un instante a Mara le pareció que estaba a punto de dejarlo caer. Se sentía fascinada. ¿Hasta dónde llegaban las habilidades de su mentor? Parecían interminables... Sin embargo, de pronto una expresión de intenso dolor surcó el rostro del muchacho, que ahogó un grito que pareció destrozarle la garganta. Se llevó las manos a la cabeza con tanta fuerza que parecía que intentaba impedir que se partiese en dos. Entonces los ojos de el joven volvieron a encenderse en llamas azules, y con un grito rabioso hizo desaparecer la leve conexión que, casi imperceptiblemente, se había establecido entre Obi-Wan y él.

—¡Deja de decir estupideces, anciano! ¡Dame los androides o muere! —Visiblemente entristecido, el adulto cerró los ojos.

—Haz lo que debas hacer, por supuesto.

Aunque no había nada en sus palabras que le indicasen que esa era la señal, Mara supo que acababa de darle libertad para actuar. Luke se abalanzó sobre él con tanto odio que se sintió sobrecogida, durante un segundo, pues aunque turbia y violenta, su aura no había rezumado tanta hostilidad como en ese momento. ¿Qué le había dicho Kenobi para que reaccionase así? No lo sabía. Tampoco importaba. El zumbido del sable láser rompió el eco de los pasos de la joven, y antes de que el arma de Luke le alcanzase, Mara se había interpuesto entre ambos y había parado su ataque con total eficacia. Le extrañó sentirse tan tranquila en ese momento, a pesar de que el conflicto acababa de empezar, pero ni siquiera la intensidad de los ojos de Luke pudo romper esa sensación.

Desvió ese primer ataque hacia un lado con un movimiento sencillo, detuvo el siguiente y el siguiente, con mandobles cada vez más fuertes, más enérgicos, sin ceder un solo centímetro del suelo que estaba pisando. Luke retrocedió varios pasos, sin embargo, confuso; resultaba tan obvio que la había subestimado que podía llegar a ser insultante, mas Mara lo único que hizo fue respirar tranquilamente, de nuevo, y giró su sable láser, adoptando la pose del centro del ser (1), con el sable sostenido de forma horizontal a la altura de su barbilla. Mara dejó que la Fuerza fluyese dentro y fuera de ella como si de un catalizador su cuerpo se tratase, y de pronto no existió nada salvo ella misma, su arma y su contrincante, y al mismo tiempo era consciente absolutamente de todo lo que sucedía a su alrededor; el viento, la tierra, la casa, el hombre, los androides, la nave, la luna…

Luke, sin embargo, parecía incapaz de serenarse. Los sith, se dijo Mara, no eran serenos. Recurrían a las emociones –especialmente a las negativas– para suplirse de poder, de energía, y utilizaban la Fuerza como una herramienta más para pelear, como si no fuese más que otro sable de luz que empuñar con otra mano. Siempre le había parecido una forma muy triste de utilizar algo tan precioso como aquello. El joven se quitó la capa que llevaba con un movimiento rápido y elegante, y adoptó una pose ofensiva, colocando su arma cuan larga era entre ambos cuerpos.

—Aparta.

—No.

—Los jedi sois más estúpidos de lo que pensaba —espetó. Tan impaciente.

No cruzaron ninguna palabra más. Se mantuvieron contemplándose, analizándose, intentando prever los movimientos que vendrían a continuación antes incluso de que se deslizasen lo más mínimo. La batalla se llevó primero a cabo en sus mentes, rápidas, ágiles, sopesando probabilidades, midiendo consecuencias y efectos. A Mara le sorprendió que tardase tanto en reaccionar, tan ansioso como parecía por poner final a aquel encuentro. Sin embargo, evidentemente, fue él quien dio el primer paso.

Prácticamente volvió a saltar sobre ella, sorprendiéndola con su rapidez. Pero los reflejos de Mara eran también afilados y consiguió detenerlo con un solo giro, shun (2). El choque se mantuvo intenso durante unos segundos, en los que ninguno cedió lo más mínimo frente a su adversario. Fue Luke, de nuevo, quien rompió el contacto, para empezar a atacar de forma mucho más agresiva; cho mai (3), cho sun (4), cho mok (5), todas destinadas a amputarle partes del brazo con la que empuñaba el arma. La sucesión de golpes fue tan rápida, entonces, y con tanta intensidad, que a Mara le costó esquivarlos con la misma facilidad con la que había evitado el resto de golpes. Una gota de sudor se resbaló por su sien y cayó sobre la tierra seca con el último, antes de conseguir apartarlo de su lado.

La sonrisa de suficiencia en el rostro del aprendiz de sith hizo que se le revolvieran las tripas; había terminado cediendo terreno para evitar ser desmembrada de tal forma que su desventaja se hacía evidente. Él la había subestimado a ella, pero ella también había infravalorado sus capacidades; su cuerpo estaba en estado de tensión absoluta y podía prever los golpes, pero no la fuerza impresa en los mismos, y la rabia de Luke le daba mucho empuje a sus ataques. Así que respiró una vez más, empuñó el sable con ambas manos en vertical al lado de su cabeza y aguardó en silencio, absolutamente concentrada. No podía ir solo a la defensiva, y eso lo sabía; se había vaciado de emociones negativas, así que no debía de asustarle al atacar. No debía de tener miedo a nada, ni siquiera a su propio comportamiento, porque eso sólo significaría que tenía dudas, y no podía albergar ninguna dentro de su cuerpo. Ningún jedi debía hacerlo, pues eso era lo que separaba a los vivos de los muertos, y aunque la muerte tampoco era territorio desconocido y no debía sentir pavor, la voluntad de vivir era lo que manejaba a las criaturas del universo. Era lo que les ataba a la Fuerza. Y aunque no le daba miedo morir, Mara quería seguir viviendo.

«Haz las cosas, Mara. Nunca lo intentes. Hazlo, o no lo hagas.»

Se lanzó contra él como un disparo de bláster. El cuerpo de Luke la recibió con entereza, y contrarrestó sus ataques con la misma ferocidad con la que los había emitido, pero Mara se sintió capaz de avanzar incluso cuando en apariencia estaban estancados en el mismo sitio. La sucesión de golpes se dibujó con tal rapidez que un ojo inexperto no habría podido seguirlos; los giros, las patadas, los saltos, las esquivas, los retrocesos y los avances, los mandoblazos. Obi-Wan, alejado, contemplaba la batalla; Mara resultaba rápida, letal y certera, y mantenía perfectamente el ritmo contra Luke, quien tampoco estaba cediendo ni un ápice de su terreno. Estaban tan centrados en su objetivo que habían perdido la noción de lo demás mientras danzaban el uno en torno a la otra y viceversa, y el anciano se preguntó a sí mismo cómo terminaría todo aquello.

No sólo la lucha. A fin de cuentas, el encuentro de Mara y de Luke parecía haber estado destinado a suceder desde el momento en que él había decidido ir a buscarla; él había entrelazado sus destinos al aceptarla como discípula, y el camino que habían de recorrer ambos era, al final, el mismo, aunque fuesen en direcciones opuestas. Obi-Wan había sentido una reciprocidad en las emociones de ambos jóvenes mientras se habían analizado durante los primeros segundos; ninguno se había percatado de las vibraciones que habían emitido, tan centrados estaban en el otro, y él las había sentido perfectamente. Aunque sobre fondos distintos, Mara y Luke habían sido capaces de sentir la conexión que les unía, para bien o para mal, y por eso estaban entregados hasta ese extremo en la confrontación que estaba sucediéndose en esos momentos.

Sin embargo, el anciano, secretamente, esperaba que la rivalidad que acababa de nacer entre ellos terminase diluyéndose, porque guardaba la esperanza de que Luke transitase hacia la luz, donde podrían guiarle lejos de la oscuridad y el dolor en la que Vader le había sumergido desde niño. Estaba tan roto, tan destrozado…

«Anakin, ¿qué le has hecho al hijo de Padme? ¿Qué le has hecho a tu propio hijo…?» pensó con enorme tristeza, a la par que el desvío del ataque de Mara volvía a separarles a una distancia prudencial.

Ambos jadeaban, la mirada prendida en la del otro, expectante, intensa, aguardando por el próximo movimiento. En otras circunstancias, pensó Obi-Wan, esa compenetración habría salvado millones de vidas. Ahora, sin embargo, enfrentaba dos por las de todo el universo. Dio un paso hacia delante.

—Basta —dijo con voz firme y autoritaria—. Mara, detente. —La joven giró el rostro hacia él como si acabase de acordarse de que estaba allí. Obediente, enfundó el sable, pero lo mantuvo firmemente aferrado en su mano, y volvió a centrar su atención en su adversario—. Muchacho, déjalo. No podrás vencer a Mara en estas condiciones; tú mismo eres capaz de percatarte de eso. —Luke gruñó, y a Mara le pareció ver que un destello dorado brillaba por debajo del azul de su mirada; sentía su rabia y su frustración; evidentemente no esperaba que ella le hubiese presentado tanta batalla—. Así que no nos hagas perder más el tiempo, ni a mí, ni a mi discípula ni a tu maestro, y regresa a su lado. Quizás allí seas más útil que aquí.

El muchacho, sin embargo, no dio señales de moverse. Permaneció donde estaba, con las manos temblorosas, y no obstante firmemente aferradas a la empuñadura de su sable en dirección hacia ellos. Fue entonces cuando Mara percibió también algo de miedo en su figura, y la compasión la golpeó por dentro, pues cómo de horrible debía de ser enfrentarse tras un fracaso a alguien a quien se tenía tanto pavor. Él pareció percibir su inquietud, y el odio que destiló todo su ser hacia ella fue tan inmenso que estuvo tentada de retroceder, de nuevo. Pero no lo hizo; también se mantuvo clavada donde estaba.

—Si de verdad cree que voy a rendirme...

—No es rendirte. Es asumir la realidad. Y la realidad es que no puedes vencer a Mara, ni con toda tu rabia dominando tus acciones. La Fuerza es muy intensa en ti, Luke, y podrías llegar a ser realmente poderoso, pero tú mismo te coartas con tu actitud. Estás demasiado confundido para explotar todo tu potencial.

El joven permaneció unos segundos más en la misma postura. Entonces se irguió, adoptando de nuevo esa expresión de frialdad que había hecho estremecerse a la padawan en su momento, haciendo desaparecer la hoja de su sabel. Por dentro seguía en llamas, pero se las estaba apañando para templarlas poco a poco.

—Chorradas —espetó.

—No son chorradas, Luke. Eres tan consciente como yo de eso. Por eso has enfundado tu espada.

—Se equivoca, Kenobi. —Paseó la vista por toda la zona, deteniéndose un segundo en la casa antes de volver hacia él—. Ahora apártese o luche conmigo. Esto sólo puede terminar de una manera, y es con la muerte de alguien.

Mara adelantó un pie, dispuesta a continuar batiéndose con él, pero el brazo de Obi-Wan se lo impidió. Su maestro se colocó entre ella y el joven aprendiz de sith, y ante la expresión perpleja de su protegida, apartó su capa marrón para extraer el sable de luz y lo prendió, adoptando la pose defensiva más básica para todos los jedi. No le hizo falta alzar la voz, ni siquiera dirigirse a ella, para que la padawan entendiese que no quería ser interrumpido, así que permaneció detrás, contemplando con cierta ansia la escena, pues no recordaba la última vez que le había visto sacar su arma.

—Sea pues.

Visto y no visto.

Del cuerpo de Luke surgieron cuatro heridas nuevas antes de que ninguno pudiese reaccionar. Shiim (6). Algo tan básico como acertar con el borde del sable láser rápidamente en varias zonas del cuerpo. Jung ma (7). Dulon (8). Mara no había visto nunca antes un cuerpo tan anciano moverse tan rápidamente. ¿Cómo era posible? El soresu (9) de Kenobi no tenía absolutamente nada que ver con el suyo, que se le antojó ortopédico, burdo. Su maestro se movía con tanta facilidad que parecía estar bailando alrededor de su contrincante, quien sufría visiblemente para mantener la posición firme. Estaba claro que se encontraba a otro nivel, mucho más avanzado, a pesar de que el cuerpo de Luke era más joven y mucho más vigoroso. Pero la experiencia de Kenobi era un grado a tener en cuenta, a pesar de que empezó a jadear más pronto que tarde.

Sun djem (10). Luke consiguió evitar que el sable quedase destrozado con la ofensiva de Kenobi, dirigida a desarmarle mediante la destrucción del mismo, pero fue por muy poco. Miró al anciano, jadeante también, afectado por la pelea con Mara y por el desconcierto que le suponía el verse superado por alguien que no debía de poder andar sin ayuda, a su entender. Kenobi era mucho más anciano que él y que su aprendiza, ¿cómo era posible que le superase por tanto? La rabia, siempre la rabia, anidó dentro de él con fuerza. Sin embargo, las palabras del viejo le hicieron mantener ese sentimiento a ralla de forma inconsciente. Tú mismo te coartas con tu actitud. ¿Se referiría a aquello? Apretó la empuñadura del sable. Significaba que si dejaba la ira a un lado, ¿su poder sería mayor? Negó con la cabeza con fuerza, intentando desechar esas estúpidas ideas jedi. Su mentor era poderoso porque el reverso tenebroso le hacía poderoso, y el odio era lo que le alimentaba. Desprenderse de ese sentimiento era un absoluto error.

Pero entonces, ¿por qué le costaba tanto? ¿Por qué? No conseguía entenderlo.

La serenidad del anciano le ponía nervioso. Sí, debía de ser eso. No podía entender cómo era capaz de mantener la calma, de sentirse tan tranquilo incluso en esas circunstancias. No tenía ningún sentido. Había sentido dolor dentro de su alma cuando se había acercado a hablarle, zalamero, a través de la Fuerza, pero todo se había esfumado cuando él había cortado la conexión mental con él, y no sólo porque había forzado la separación. Al mirarle, ahora no podía sentir nada que no fuese paz, y aquello le perturbaba enormemente, igual que le había sucedido con la chica. En un principio había sido fácil leer dentro de ella, tan llena de sentimientos, de emociones, que hacer que estallasen habría sido relativamente fácil; le había parecido carne del lado oscuro, y de haber tenido la oportunidad, habría intentado despertar su odio, porque incluso desde la lejanía había sentido su intensa conexión con la Fuerza. Era poderosa. Sin embargo, en un momento de la batalla, no sabía ni cómo ni por qué, había conseguido desprenderse de todo ello y había sido como enfrentarse a la Fuerza pura. Estaba viva. Pensaba. Latía. Pero en la superficie sólo había serenidad. Evidentemente su maestro había perfeccionado aquello, pues debajo de la aparente tranquilidad de Mara había sentido vibrantes sus emociones; con Kenobi, sin embargo, era como intentar leer en un espejo. Sólo podía verse y sentirse a sí mismo; no conseguía ver nada más allá.

Y eso le estaba desestabilizando de tal modo que no conseguía remontar en el enfrentamiento.

Shiim. El corte en la mano le desarmó. Luke ahogó un grito mientras veía cómo el sable caía, encendido, sobre la arena, y en un acto reflejo se aferró a la herida, a pesar de que de ella no manaba sangre. No obstante, ardía. El láser había quemado la carne, y la cicatriz que luciría en el sitio sería un eterno recordatorio de aquel vergonzoso encuentro.

—Déjalo ya, Luke —repitió Obi-Wan— y márchate de aquí. Morir a mis manos no beneficiará absolutamente a nadie, muchacho.

—Cierre la boca. No sabe nada. No entiende nada. —Habló con la cabeza gacha. Su voz sonaba compungida, contraída por el sufrimiento—. No sabe nada.

—No, no lo sé. Pero conozco a Vader, y...

—¡No! —gimió él, alzando unos ojos azules que nadaban en una tristeza y un dolor tan profundos que detuvo el discurso de Obi-Wan—. No. Usted conoció a Anakin Skywalker. No conoce a Darth Vader. No sabe nada de él, ni de mí, ni de nosotros, ni de lo que... ¡No hable como si fuese capaz de entender absolutamente nada! —Se hizo un silencio que resultó desgarrador y asfixiante. Mara lo contemplaba todo desde atrás, sin comprender, sin entender, nadando en emociones que suponía debía de superar. Pero, ¿cómo hacerlo? Estaba tan confundida. Obi-Wan había dicho que era una prueba para ella, mas, ¿en qué sentido?

—Tienes razón. No sé nada. Darth Vader no es más que una caricatura oscura del hombre al que entrené y al que amé como a un hermano. —Guardó la hoja de su sable, que colgó de nuevo del cinturón, y dejó caer ambas manos contra sus costados—. Pero a pesar de todas las monstruosidades que pueda haberte hecho a lo largo de estos años, sí sé que no te matará. Pero el dolor... —Apretó los puños, contemplando la figura del muchacho con desesperación. Mara pudo incluso saborearla. ¿Quién era ese joven, exactamente, y por qué Obi-Wan estaba gastando tanto esfuerzo en dialogar con él?—. Ven con nosotros, Luke.

—¿¡Maestro!? —la voz de Mara sonó cortante detrás de él mientras Kenobi alzaba el brazo y le tendía la mano al muchacho, cuyas pupilas quedaron tan contraídas que sus ojos se convirtieron en dos pozos celestes.

—¿Qué...?

Diez segundos.

1.

Luke, pasmado, contempló el rostro del anciano.

2.

Se mantenía firme y relajado, como en todo momento.

3.

Su mirada brillaba limpia y honesta. Le prometía comprensión y consuelo.

4.

—Obi-Wan, ¿qué significa esto?

6.

—Silencio, Mara.

7.

Luke dirigió la mirada a la mano arrugada del anciano. Sin palabras le estaba prometiendo consuelo y aceptación. Le estaba prometido cariño, e incluso un futuro lejos del sufrimiento.

8.

Le estaba ofreciendo ser el padre que no había tenido nunca.

9.

Le estaba ofreciendo la salvación.

10.

Entonces se echó a reír; pero era una risa sin alegría, llena de amargura y de resignación. Obi-Wan le contempló con tristeza mientras recogía el brazo, conociendo la respuesta incluso antes de que Luke la pronunciase en alto. Mara, por su parte, se sintió dolida. ¿Por qué estaba actuando así? ¿Acaso era porque se trataba del discípulo de Vader, o porque se parecía a él, y quería redimirse de su error trayéndole de vuelta a la luz?

—Luke...

Las carcajadas cesaron de golpe, sin previo aviso. De pronto, los ojos de Luke parecían más oscuros que la noche, y antes de que ninguno pudiese reaccionar, alzó la mano herida y les golpeó con la Fuerza hasta hacerles chocar contra el muro de la casucha. Mara amortiguó el impacto como pudo para ambos cuerpos, pero no salieron indemnes de aquello, desde luego. Al pasarse la mano por la nuca la sintió húmeda y pegajosa; sangre.

—Cierre la boca o se la cerraré yo ahora mismo. —Se giró, y antes de que nadie pudiese decirle nada, cogió el sable, lo apagó, y se echó la capa sobre los hombros—. Sois escoria jedi —escupió con odio—. Como eso parece pesar en tus hombros, anciano, la próxima vez que nos veamos me aseguraré de hacerte sentir el castigo que me espera a manos de lord Vader por este fracaso. Ojalá que eso te destruya por dentro.

Sin mediar ninguna otra palabra, accedió a la rampa de la nave, que se cerró tras él, y mientras Mara ayudaba a su maestro a levantarse, el vehículo, simplemente, desapareció tan rápido como había llegado.

—Maestro, ¿qué...?

La sombra en los ojos del adulto le frenó la lengua. Fue como si le arrancasen parte del corazón y lo tirasen al estómago de un sarlacc, pues nunca, jamás, había visto a Obi-Wan tan absolutamente desolado como en ese momento. La rabia regresó a su interior, pero tan pronto como fue consciente de ella, intentó pasar por encima de ella, patearla, deshacerla. Sin embargo, el dolor permaneció.

—Maestro —llamó, sin éxito—. Padre —repitió con voz más suave, y esa vez sí que obtuvo una reacción por parte del hombre, que la miró como si acabase de volver de algún lugar muy lejano—. Padre, ¿estás bien?

Él simplemente asintió con la cabeza mientras se erguía, observándola con intensidad. Avergonzada agachó la cabeza y se separó. Sin embargo, le sorprendió sentir los brazos de Obi-Wan rodeándola en un abrazo que no recordaba haber sentido en todos los días de su vida. El anciano la apretó con fuerza contra su cuerpo marchito, y Mara sintió que la inundaba un llanto extraño e incontrolable.

—Lo siento, Mara. Lo siento mucho. —La chica permaneció quieta durante los primeros segundos, incapaz de comprender nada. Cuando se encontró con fuerzas para reaccionar, le rodeó también con timidez, absolutamente extraña a ese tipo de afecto físico, pero llena de una calidez que prometió guardar en su mente para el resto de su vida—. Mis continuos fracasos serán tu carga.

—Padre, ¿qué estás...?

—Lo siento, hija —continuó, dejando perpleja a la pobre muchacha—. Ojalá algún día puedas perdonarme.


Notas de autora: ¡Buenas! En primer lugar, espero que os haya gustado el capítulo. Ha sido intenso y complejo de escribir, especialmente por la escena de esgrima, pero la verdad es que me siento bastante contenta con el resultado. Esta nota es, de hecho, para dejaros un pequeño apéndice con los movimientos que han sido mencionados a lo largo del combate. Yo os voy a dejar una sencilla explicación, pero para más información, os aconsejo que os acerquéis por la wookieepedia, donde podréis encontrar más información al respecto. Si lo hacéis, os aconsejo que busquéis siempre el apartado 'Legends', que es el que me baso para crear esta historia.

(1) Pose del centro del saber.

(2) Shun. Giro de 360º realizado con una sola mano, ganando velocidad para el ataque.

(3) Cho mai. Golpe que se utiliza para cortar la mano del arma del/de la oponente.

(4) Cho sun. Golpe que se utiliza para cortar el brazo del arma del/de la oponente.

(5) Cho mok. Golpe que se utiliza para cortar cualquier miembro del/de la oponente.

(6) Shiim. Golpe con el que se busca hacer heridas más pequeñas al/a la oponente con la punta del sable láser.

(7) Jung ma. Giro de 360º cuyo poder es obtenido por el ataque inminente del/de la oponente.

(8) Dulon. Esta es la más complicada de explicar. La parte de delante empuñadura se sujeta a la altura del vientre con la hoja ascendiendo treinta grados, y se dará un giro para colocarse en la espalda del/de la rival, que será cortada. Más o menos. Me ha sido difícil traducirlo, la verdad.

(9) Soresu. También conocida como la Forma III, es el estilo de lucha que utiliza Obi-Wan, basada en una máxima cobertura defensiva, minimizando la exposición a otras armas.

(10). Sun djem. Golpe que se utiliza para desarmar o destruir el arma del/de la oponente, con intención de no herirle.

Y creo que esto es todo. ¡Un saludo y gracias de nuevo por leer!