Disclaimer:Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de George Lucas, de Lucasfilms, de Disney y demás, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.

Recomiendo escuchar la segunda parte del capítulo con las canciones Cantina Band y Cantina Band #2 de la B.S.O de la saga original, y la tercera parte con el Princess Leia's theme. ¡Espero que os guste!


Capítulo 03.

En hibernación, Luke no tenía sueños, cosa que agradecía.

La nave que había usado para llegar a Tatooine tenía un sistema de soporte vital lo suficientemente bueno como para que no fuese necesario pasar el trayecto hasta su destino en condiciones mínimas, pero en esa ocasión no parecía una mala idea. Al menos así tendría algo de paz. Sin embargo, aún no se había atrevido a entrar en trance, porque el miedo le recorría el cuerpo como una serpiente.

La Estrella de la Muerte no estaba situada demasiado lejos de Tatooine, en realidad. El viaje duraba menos de un día a velocidad luz, por lo que había esperado las horas pertinentes para poder ponerse en contacto con su maestro y comunicarle su fracaso. Había preferido hacerlo a distancia, ya que así el encuentro resultaría... menos doloroso. Como consecuencia, había abandonado el planeta desértico a primera hora de la mañana, y entonces había conseguido entablar conexión con el destructor de Vader, el Ejecutor, que estaba ya en el campo de tracción de la estación espacial del Emperador. Al colocarse frente al holocomunicador había temblado, pero al arrodillarse frente a la imagen de su maestro había conseguido mantener el temple y mostrarse sereno. Todo pura farsa. Lord Vader podía percibir sus inquietudes incluso a esa distancia, y Luke lo sabía. El terror le anegaba la capacidad de pensar con claridad, y cuando sus ojos celestes se toparon con el casco negro del sith, el muchacho supo que el castigo que le esperaba iba a ser el más duro de cuantos había recibido hasta el momento.

—Lord Vader.

—¿Has tenido éxito?

Los cinco segundos en los que se permitió mantener el silencio fueron de los más angustiantes que recordaba. Nunca había fracasado en su cometido; nunca. De hecho, hacía ya mucho tiempo que Vader no necesitaba aplicarle un correctivo. El que le había dado en la nave alderaaniana había sido el primero desde que el Emperador lo devolviese a su cuidado, después de muchos años. ¿Quizás cinco o seis? Luke no habría sido capaz de recordarlo ni aunque si mente hubiese estado rondando por esa información. Lo único en lo que podía pensar era en controlar la bilis que amenazaba por desbordarle los labios.

—No, mi señor.

Vader también mantuvo un silencio tan increíblemente cortante que sólo respirar resultaba doloroso. Sufrió un ligero espasmo en las manos que consiguió controlar con rapidez mientras rogaba porque todo empezase y terminase pronto, porque la espera era siempre lo peor. Siempre. Sin embargo, el tiempo se sucedía lentamente sin que nada ocurriese, así que Luke lo interpretó como que esperaba una explicación de su parte, de por qué la única persona que nunca le había fallado en todo ese tiempo había fracasado.

—Había... alguien en Tatooine. Alguien versado en las artes jedi. No... no pude vencerle.

—¿Un jedi? ¿En Tatooine? —su voz sonó afiladamente peligrosa. Luke supo que un paso en falso podría costarle la vida. No era la primera vez que lo había escuchado así—. ¿Quién?

—Kenobi. Obi-Wan Kenobi, señor. Su antiguo maestro —era una aclaración innecesaria, pero le salió sola de los labios—. Aparentemente vivía allí como ermitaño. Él encontró a los androides, probablemente.

—Obi-Wan Kenobi... —Al estar cubierto por completo, no había posibilidad de contemplar ninguna emoción en su cuerpo; sólo a través de su voz, Vader dejaba fluir sus sentimientos, y después de tantos años, Luke se vanagloriaba de ser capaz de reconocer cada pequeño matiz. En ese momento, sin embargo, no se sintió capaz—. Obi-Wan... —Su respiración mecánica le retumbó en los oídos—. ¿Me estás diciendo que no has podido vencer a un anciano decrépito que lleva años escondido detrás de una roca mugrienta como Tatooine? —el golpe de ira en su voz fue tan repentino que Luke tembló otra vez. La respiración del muchacho era cada vez más agitada, y notaba cómo el sudor le resbalaba por dentro del cuello de la ropa.

—Lo siento, maestro. Sigue siendo más poderoso de lo que habría podido imaginar. Consiguió derrotarme.

Entonces vino el primer envite. Vader casi nunca usaba esa técnica, la favorita del Emperador, porque prefería el castigo directo. Pero su conciencia se resintió, asfixiada, bajo el peso del sufrimiento que Vader le introdujo en el cuerpo a través de la Fuerza. No era algo concreto ni fácil de explicar; a fin de cuentas, no era sencillo torturar a través de la mente. Se trataba más bien un bombardeo de imágenes cruentas asociadas a vivencias que le habían resultado insoportables en su momento y que parecían activar algo en su cerebro que le hacía sentir un indescriptible dolor. La nave se llenó con sus gritos, pero no suplicó ni una vez; rogar no servía de nada, generalmente, sólo esperar a que todo terminase tal cual había comenzado.

—Regresa cuanto antes a la Estrella de la Muerte. —No sabía en qué momento había terminado a cuatro patas en el suelo, ni cuándo había terminado vomitando. Al oír de nuevo la voz de su maestro asintió con la cabeza, aunque no la alzó—. ¿Me has oído?

—Sí... Sí, maestro. Estaré allí cuanto antes.

Tras eso la imagen del sith se había esfumado tan rápido como había llegado, dejando al muchacho solo, tembloroso y con el rostro anegado de lágrimas que se apresuró en borrar de su piel, furioso una vez más. Se levantó a paso ligero, limpió el suelo de la nave, introdujo los datos para llegar a la zona donde se encontraba su destino y accedió a la velocidad de la luz. Después de eso se sentó en el pequeño catre que había en uno de los costados del vehículo para descansar y desde entonces ahí estaba, intentando decidirse sobre si hibernar o no. ¿Cuánto rato llevaba allí? ¿Minutos? ¿Horas? No podía saberlo.

El recuerdo de Vader se mezclaba con lo sucedido en el planeta desértico y le torturaba. No sólo porque no le había contado nada de la conversación con Kenobi -cierto era que él tampoco le había dado opción a ello-, sino porque en el fondo no estaba muy seguro de querer hacerlo. Algo dentro de su corazón le decía que era mejor que se quedase con las palabras del anciano para sí mismo, a pesar de que lo primero que había sentido al marcharse era deseos de borrar todo lo referente a ese maldito viejo, porque sólo le producía sentimientos encontrados. Su conciencia se había acercado a la de él de forma tan sosegada y amigable que se había sentido horrorizado al principio, sin saber muy bien cómo reaccionar, y por eso había podido entablar contacto con él. En seguida se había reprendido por su estupidez, pero se había encontrado sintiéndose incapaz de apartarse. ¿Cuánto hacía que alguien se le había acercado y le había hablado con tanta calidez? Recordaba que todo él se había estremecido ante ese contacto tan suave, y recordaba haber pensado si no era así como un padre debía de hacer sentir a su hijo.

Ahora se reprendía enormemente por ello, por mostrarse tan débil, pero desde el encuentro con Leia en su nave estaba absolutamente descontrolado. Siempre que se topaba con ella sentimientos que no sabía que tenía parecían aparecer de la nada para volverle completamente loco. Se preguntaba si en el fondo no sería mejor que ahora que la habían atrapado la ejecutasen; quizás con su muerte todo volviese a los cauces que se suponía que debía seguir, y dejase de hacer y pensar estupideces que le alejaban del camino de Vader y del Emperador.

Como las dudas que Obi-Wan había plantado dentro de él.

«Ven con nosotros, Luke», le había dicho. «Ven con nosotros», había repetido dentro de su cabeza. «Este no es tu destino. Aléjate de todo este dolor y de toda esta tristeza. Tú no eres como tu padre. Eres mejor. Puedo notar el bien dentro de ti... Déjanos ayudarte.»

Ir con ellos.

Al pensarlo ahora sólo podía sonreír con amargura. Por supuesto que sí. Ir con él. Se miró las manos mientras sentía el dolor arremolinarse dentro de su cuerpo; ya no había salvación posible para alguien como él, con los dedos tan manchados de sangre. Vivía sumido en las tinieblas desde hacía muchísimo tiempo, y era prácticamente lo único que recordaba y que conocía. La gente como él no podía caminar de vuelta hacia la luz, donde Obi-Wan le contemplaba con esos ojos compasivos, y desde donde Mara brillaba al lado de su maestro.

Mara.

Tampoco le había hablado de Mara.

Había dicho claramente a Vader que había visto sólo a Obi-Wan, y que había sido él quien había encontrado a los androides, ocultándole a posta la existencia de la discípula. ¿Por qué? No lo sabía. En realidad no creía que hubiese un motivo más allá de que aquel detalle sólo habría hecho que el castigo se prolongase más de lo que se había dado, pero en realidad le resultaba contraproducente, porque terminaría contándoselo, y la pena por ocultárselo sería casi tan grande como la que habría recibido por confesarle que ella le había hecho frente sin vacilar, sin posibilidad de derrotarla.

Apretó los puños sobre su ropa oscura. Algo ardió de nuevo dentro de él al recordar el combate contra Mara; la había subestimado completamente. No habría esperado que la serenidad de los jedi pudiese equipararse a la rabia de los sith. Por supuesto, él aún no era uno propiamente dicho; no había pasado la prueba final y aún quedaban muchos aspectos en su ser que pulir, como esa estúpida debilidad que sentía por Leia, que le volvía blando. Aun así le había desconcertado. Sus movimientos habían sido tan gráciles, tan fluidos, y al mismo tiempo tan intensos. ¿Ese era el verdadero poder de un jedi? ¿La capacidad de explotar su potencial manteniendo la mente en paz? No tenía sentido… Había visto a Vader enfrentarse a muchos jedis incluso después de la época más prolífica de la Purga; escoria que se había escondido como había podido en la galaxia, y ninguno le había parecido gran cosa frente a su maestro. Y según había sabido, se había tratado de grandes maestras y maestros jedi. ¿Era Obi-Wan muy diferente, entonces, y por eso el nivel de Mara era superior a lo que podría haber esperado en una aprendiza de jedi? ¿O acaso él era tan débil que una simple padawan podía hacerle frente? ¿No estaba, acaso, ni remotamente cerca de sus mentores?

Resultaba tan frustrante. Casi tanto como lo cerca que había estado de ceder ante las palabras de serpiente de Kenobi. De no haber sido porque el Emperador le vigilaba en todo momento, quién sabe lo que podría haber pasado. Desde el primer momento en que lo había tomado bajo su mando, a diferencia de Vader, Darth Sidious había establecido una conexión con él a través de la Fuerza que le permitía vigilarle cuando estaba a solas, sin supervisión. Debía de haber notado sus grandes vacilaciones mientras escuchaba al jedi, y le había aplicado el correctivo necesario. Era un honor que el Emperador tuviese en mente su seguridad en todo momento, pero en el fondo le asustaba la idea de que fuese absolutamente consciente de todas las dudas y todos los secretos que guardaba dentro de sí. Le aterrorizaba lo que pudiese hacerle la próxima vez que se encontrasen…

Se frotó los ojos con las manos, decidiendo en ese momento recostarse para hibernar. Había dejado puesta la alarma en el vehículo que le despertaría cuando estuviese a punto de salir de la velocidad luz, así que respiró profundamente una última vez antes de cerrar los ojos y reducir sus constantes vitales al mínimo. Afortunadamente, en la hibernación, no había sueños…


Mos Eisley era un auténtico tugurio, al igual que el antro en el que estaban bebiendo, pero era un lugar tan bueno como cualquier otro para encontrar un trabajo, aunque fuese un trabajo de mierda. El ruido de la cantina, mezcla de las incesantes charlas y de la estruendosa música que sonaba de fondo, tenía atontados a la mayoría de los clientes, fugitivos, caza recompensas y contrabandistas, pero no a él. No a Han Solo. Con los dedos aferrados al cristal recalentado de su vaso medio vacío, contemplaba la vida que se movía por allí dentro, vigilando a todos los idiotas que le ignoraban y a los que aparentaban hacerlo. No era tan ingenuo como para pensar que después de los "pequeños problemillas" que estaba teniendo con esa babosa gigante y fétida no iba a tener a nadie detrás de su cabeza; con Chewie al lado se sentía más seguro, cierto, pero tampoco se trataba un crío indefenso que no era capaz de disparar un mísero bláster. Y si llevaba vivo y en libertad todo ese tiempo no era, desde luego, por tratarse de un novato incapaz de mantenerse alerta.

Su socio estaba en la barra cuando les vio entrar.

Desentonaban tanto que sólo si hubiesen llevado encima un enorme cartel con luces de neón avisando de que eran presas fáciles habrían resultado más discretos. Han se rió entre dientes antes de darle otro sorbo a su bebida, disfrutando de lo fuerte de su sabor. El viejo no parecía gran cosa, de todos modos, pero la chica... ¿Qué haría tan joven con un pellejo como él? No fue el único en percatarse de su presencia, desde luego, pero hasta él sintió asco de las miradas que estaba recibiendo. Cerdos galácticos había por todas partes, y no todos eran precisamente gamorreanos. Hubo uno que incluso se atrevió a cogerle del hombro para atraerla hacia él, un imbécil con una nariz echa puré que estaba al lado de un cara culo.

—Otro espectáculo —susurró. Ahora ella se pondría a gritar y...

¡Wow! Soltó una carcajada al ver cómo sin ningún tipo de esfuerzo la chica le rompía la muñeca con toda la serenidad del mundo para dejarle ahí retorciéndose entre dolores. La gente de los alrededores contempló la novedad durante unos segundos antes de volver a sus quehaceres; al parecer les inspiraba tanta lástima como a él. El viejo ni se había girado, por cierto. Conversaba muy entretenido con un idiota peludo que le resultaba tremendamente familiar.

—¿Chewie?

El wookie asintió con la cabeza antes de señalar la mesa donde se encontraba él, y se adelantó, probablemente para informarle de lo que fuese que le acababa de contar el viejo. Esperaba que al menos fuese un trabajo lo suficientemente sustancioso como para poder pagarle por fin a Jabba. Como tenían aspecto de pardillos, esperaba poder sacarles al menos los 10.000 créditos que le hacían falta para que su cabeza saliese por fin del mercado de cazarecompensas.

—¿De dónde has sacado al viejales? —la voz gutural de Chewie intentó resonar en un tono más bajo de lo habitual, aunque sin demasiado éxito. Afortunadamente, no muchas personas eran duchas en el idioma de su amigo—. Así que buscan un piloto, ¿eh? Bueno, bueno, veamos qué podemos conseguir de estos imbéciles llamativos.

No tardaron en llegar a la mesa. La chica fue la primera en atrapar su atención, de nuevo. De cerca era incluso guapa; su melena rojiza y dorada era imposible de ignorar, incluso recogida en la adusta trenza que llevaba. Tenía, además, unos impresionantes ojos verdes, unas pestañas pardas que parecían interminables, y unos labios sonrosados y llamativos en medio de un rostro tostado por los soles de Tatooine, lleno de pecas, y era increíblemente joven. ¿Cuántos años podía tener, diecisiete, dieciocho? Recién salida del cascarón... y tan horriblemente seria ni tan terriblemente disgustada por tener que tratar con su persona... ¡Como si él no fuese un regalo para la vista!

—Han Solo. Capitán del Halcón Milenario. Chewie dice que necesitáis un pasaje para el sistema Alderaan.

El anciano parecía más a gusto que ella, no obstante, como si estuviese habituado a ese tipo de transacciones. Sólo con mirarle a los ojos Han supo que le traería problemas, porque tenía esa intensa mirada que sólo podía catalogar de 'viejo chalado', a pesar de lo sereno que se mostraba. Pero algo dentro de él le decía que no podía contar con tener una travesía tranquila si accedía a llevarles con ellos en el Halcón. Sin embargo no tenía demasiadas opciones; estaba realmente desesperado por conseguir dinero, e incluso dispuesto a aceptar a una cría que se creía demasiado buena y un viejales con aspecto de ermitaño pirado.

—Sí, de hecho. Si se trata de una nave rápida —apuntó.

¿En serio? ¿Le estaba vacilando? Enarcó una ceja antes de inclinarse hacia delante para continuar hablando.

—¿Una nave rápida? ¿Nunca habéis oído hablar del Halcón Milenario? —inquirió, entre curioso, escéptico y un poco indignado.

—¿Deberíamos de haber oído hablar? —¿En serio? Bufó hastiado antes de encarar a esos posibles clientes.

—Es la nave que hizo la carrera Kessel en menos de doce parsecs. —Lo cierto es que la falta de reacción por parte de la pareja le irritó bastante. ¿Ni siquiera un triste 'ooh'? ¿Es que habían vivido aislados o qué? Aún así, orgulloso, continuó alardeando de su pequeña, porque el que pusiesen en duda su velocidad era incluso insultante—. He dado esquinazo a naves imperiales. Y no sólo a cruceros sino naves grandes del tipo corelia. —La chica le estaba empezado a cabrear, con esa expresión impasible—. ¿Es suficientemente rápida para ti, viejo? ¿Cuál es la carga?

—Sólo pasajeros. Yo, esta chica, dos androides. Y ninguna pregunta a contestar.

Han se rió. Lo que suponía. Pasajeros problemáticos y viaje comprometido. Su intuición estaba lejos de fallarle, aún.

—¿Qué pasa? ¿Algún tipo de problema local?

—Digamos que preferimos evitar embarazosos contactos imperiales.

¡Ahí estaba! La oportunidad para sacar dinero que había estado esperando. Bien, desde luego pensaba aprovecharla.

—Bueno, ese es el quid de la cuestión, ¿no? Os costará entonces algo extra. —El viejo le miró como si nada de lo que fuese a decir pudiese sorprenderle. Han se sintió realmente inquieto. No estaba muy seguro de que aquel tipo le gustase en absoluto—. Diez mil. Por adelantado.

—¿¡Diez mil!? —espetó ella, diciendo algo por primera vez en todo el rato y mostrando algo de indignación que le resultó a Han de lo más agradable—. Padre... —Vaya, eso no se lo había esperado. ¿No era muy mayor para tener una hija tan joven como aquella? La mano del viejo sobre su brazo había cortado cualquier tipo de réplica de lleno, y Han sonrió entre dientes, pero de nuevo, al centrar la mirada sobre el anciano, se sintió inquieto.

—Podemos pagarte dos mil ahora más quince mil cuando lleguemos a Alderaan. —Ella se giró hacia él, contemplándole como si estuviese loco, pero para Han fue música para sus oídos.

—Diecisiete, ¿eh? —El adulto asintió con la cabeza. ¡Menudos pardillos desesperados! Iban a salvarle de terminar con el culo emparedado en uno de los perturbadores juegos de Jabba; de haber podido, les habría besado allí mismo. Sonrió brevemente antes de finalizar el trato—. De acuerdo, tenéis nave. Partiremos tan pronto como lleguéis. Muelle de carga 94.

—94 —repitió el viejo—. Bien. Haremos unos ajustes y nos encontraremos allí cuanto antes. Vámonos, Mara.

El hombre se levantó casi con parsimonia, pero la chica permaneció contemplándole con el ceño fruncido unos segundos más. Han le sostuvo la mirada, divertido, retador, durante unos segundos, pero de pronto, sin saber por qué, empezó a sentirse cada vez más inquieto. Sus ojos eran tremendamente intensos; tanto que tuvo la desagradable sensación de que estaba leyendo dentro de su cabeza sin ningún tipo de reparo ni de dificultad. Como si fuese capaz de abrirle en dos sólo con quedarse así, observándole fijamente. La sonrisa que había tenido en el rostro se desdibujó, y de forma inconsciente desvió la mano hacia el bláster que portaba en la pierna.

—Mara —insistió el anciano—. Tenemos que irnos.

Sólo entonces la chica parpadeó, rompiendo el contacto visual, y se levantó con la misma tranquilidad que el adulto. Han soltó el aire que no sabía que había estado reteniendo, apartó los dedos de su arma y les siguió con la mirada hasta que desaparecieron del local. Entonces se giró hacia Chewie con el triunfo resonando en la voz.

—¡Diecisiete mil! Esos dos deben de estar realmente desesperados y a mí pueden salvarme el pellejo. —Se levantaron a la par para salir—. Vuelve a la nave y prepáralo todo.

Sin embargo, Han no pudo avanzar demasiado. En el momento en que el wookie se perdió de vista, la irritante voz de Greedo apareció frente a él, así como toda su repelente figura verdosa, apuntándole con un arma directamente al pecho.

—¿Ibas a alguna parte, Solo?

Mierda. Aparentando la tranquilidad que sabía que debía de mantener en ese tipo de situaciones, empezó a retroceder lentamente hasta que su cuerpo dio con la pared que tenía detrás y se vio obligado a tomar asiento. Lo hizo como si hubiese sido su intención todo el tiempo, no como si un movimiento en falso por su parte pudiese hacer que su vida peligrase. Greedo se sentó justo enfrente de él sin dejar de apuntarle con el arma.

—Pues sí, Greedo. De hecho iba a hablar directamente con tu jefe. Dile a Jabba que ya tengo el dinero.

Han suspiró hastiado cuando el rodiano empezó a responderle, y de forma muy disimulada y controlada, colocó una pierna por encima de la otra, formando un ángulo de noventa grados y cubriendo de este modo su bláster. Sólo por si las moscas.

—Demasiado tarde —dijo en su propio idioma, entendible, aún así, para el humano—. Debiste haberle pagado cuando tuviste la oportunidad. Jabba ha puesto un precio a tu cabeza tan grande que todos los cazadores de recompensas de la galaxia te estarán buscando pronto. —Su risa le dio pereza. Menudo cretino—. Suerte que te he encontrado primero...

—Sí, pero esta vez tengo el dinero.

—Si me lo das, olvidaré que te he visto.

—No lo tengo conmigo. —Actuaba como si nada, con naturalidad, distrayendo los dedos de la mano izquierda contra la pared de atrás como si ese idiota no estuviese a punto de dispararle. Muy despacio deslizó la mano derecha hacia la funda del arma, que abrió con cuidado para que los cierres no hiciesen ruido—. Dile a Jabba...

—Jabba está harto de ti. No tiene tiempo para contrabandistas que arrojan su cargamento a la primera señal de un crucero imperial. —Vaya, aquello dolió.

—Incluso a mí me abordan a veces. —Se aferró al arma con fuerza y la sacó despacio, despacio... —. ¿Crees que tenía otra opción?

—Eso díselo a Jabba. Quizás sólo se quede con tu nave.

Separó la mano de la pared, adoptando una expresión mucho menos burlona y mucho más seria.

—Por encima de mi cadáver.

—Esa es la idea. Llevo mucho tiempo esperando esto.

—Sí. Seguro que sí. —Y disparó.

El tiro de Greedo chocó contra la pared tras esquivarlo fácilmente, y su cadáver calcinado cayó sobre la mesa como un plomo cuando su disparo acertó en el pecho de la criatura. De nuevo, los comensales se distrajeron un segundo ante el estallido del cuerpo de Greedo. El olor a carne quemada inundó la zona y Han se levantó, casi perezoso, mientras guardaba el bláster en su funda, de nuevo. Se dirigió al dueño del local y le tiró dinero extra mientras se disculpaba por el desastre que había ocasionado como si hubiese derramado simplemente un vaso, y no acabase de dejarle a un rodiano muerto. Tampoco le dedicó demasiados pensamientos. Nunca había soportado a Greedo.

Ya en el exterior colocó los brazos en jarra y respiró profundamente. La perspectiva de un dinero tan cuantioso le animó lo suficiente como para esbozar de nuevo una sonrisa, y sin más perspectiva que la de cumplir un trabajo, se dirigió hacia el hangar donde descansaba el Halcón.


En el otro lado del universo, con la mirada perdida en el cielo azul, Bail Organa sentía que no viviría para ver el final de la guerra.

No habría sabido decir por qué, ni explicar el motivo con palabras. Simplemente era una sensación que le ahogaba el pecho; o quizás aún más, era una certeza. El adulto se aferró a las barandillas de la terraza de sus aposentos con fuerza, intentando no sentirse la persona más pesimista del planeta, pero no era algo que pudiese controlar. Él no era un jedi, a fin de cuentas, que hubiese aprendido a lidiar con sus emociones. Se trataba de sólo un hombre y que había puesto mucho esfuerzo -quizás demasiado- en ganar un conflicto que no estaba totalmente seguro de que fuese a terminar.

Sonrió al pensar en lo que Leia le habría dicho si hubiese podido conocer sus pensamientos. Probablemente le habría lanzado una mirada de reproche antes de comenzar con un discurso sobre el motivo por el que no podía perder las esperanzas ni rendirse que le haría sentirse al mismo tiempo orgulloso y triste; por un lado, porque se había convertido en una mujer excepcional, por otro porque precisamente le recordaba demasiado a su madre, y pensar en Padme era algo que siempre hacía que se le estremeciese el corazón. La había amado como a una hermana, y verla marchitarse en la flor de la vida se había llevado parte de su juventud con ella; a pesar de todo siempre había intentado recordarla tal y como había sido antes de la llegada del Imperio, tan fuerte y tan llena de vida. Gracias a Leia aquello no había sido tan difícil, pues había tanto de Padme en ella… su entrega, su determinación, su pasión y su fortaleza. Era difícil no verla reflejada en la joven.

Es todo Padme, ¿verdad, Bail? No hay nada del padre, le había dicho Breha una vez. A Bail se le habían atragantado las palabras en la garganta antes de poder asentir con la cabeza y no responder nada más, pues no quería inquietar a su esposa.

Pero lo cierto era que también había de Anakin en Leia, aunque nunca se hubiesen relacionado lo suficiente. Había tratado con él lo suficiente en las Guerras Clon como para ver algo de lo impetuoso del carácter del antiguo jedi en su hija, así como su temperamento rabioso e irascible, puesto que Leia cuando odiaba, odiaba de verdad e intensamente. No era un sentimiento pasajero ni fácil de calmar, sino que le arraigaba muy dentro y le llevaba casi a ser incapaz de cambiar una opinión sobre alguien a quien detestase. Eso, desde luego, no lo había sacado de Padme, que era un alma bondadosa y compasiva como las que más, a pesar de todo. No, la amargura de Leia era como la de Anakin. Durante muchos años le habían atemorizado las leves muestras de la herencia jedi en ella, pues le asustaba que la encontrasen, y a sí mismo, que al final terminase recorriendo la misma senda que su progenitor.

Afortunadamente, no había sucedido ni una cosa ni la otra. Aunque tenía una intuición increíble y gozaba de unos reflejos muy por encima de la media, Leia nunca había hecho nada que hiciese a los demás sospechar que pudiese ser sensible a la Fuerza; no sabía si porque no la había heredado o porque no la había desarrollado, pero Bail igualmente lo agradecía. Si no, nunca se habría atrevido a llevarla al Senado y a pasearla cerca de Darth Vader… y de su aprendiz.

La imagen del joven Luke le inundó la mente y le hizo sentir una profunda pena. Habría reconocido al hermano de Leia en cualquier parte, por supuesto, ya que era idéntico a su padre cuando él le había conocido; igual de rubio, con los mismos ojos azules, prácticamente el mismo rostro… Sin embargo la mayoría de la gente que había conocido a Skywalker no lo relacionaba con él, tanto porque se pensaba que el jedi había muerto como porque casi nadie sabía que Padme se había quedado embarazada, y mucho menos de Anakin. Sólo cuatro personas en la galaxia tenían esa información; cinco, porque estaba convencido de que Vader lo sabía. Lo que no podía comprender era cómo no había asociado nunca a Leia con Padme, con lo parecidas que eran.

«Quizás la ha olvidado», se dijo. «Y quizás eso sea lo mejor para todo el mundo...»

—Bail, ¿te encuentras bien?

La imagen de su esposa apareció a su lado, con las manos entrelazadas sobre su vestido azul oscuro. El antiguo senador le dirigió una mirada cariñosa antes de cogerla por el hombro y colocarla justo a su lado, disfrutando del calor de su cuerpo. A la única persona a la que había querido más que a Leia y a su madre era a su esposa, Breha, incansable compañera, reina de Alderaan e instigadora de su alianza con la Rebelión. Breha había sido la que llena de energía, de fuerza, le había mirado firmemente a los ojos cuando el Imperio había empezado a someter sistemas mediante la opresión y el terror, y le había dicho que no podían permanecer al margen.

—Somos un planeta pacífico, sí, pero no podemos dejar que la injusticia campe a sus anchas, Bail. Nuestra República lleva en pie más de tres mil años y no podemos permitir que alguien como Palpatine la destroce sólo por su ambición. Debemos hacer algo.

Y lo habían hecho.

Él se había convertido en la voz fuera del planeta dentro del consejo de la Rebelión, y Breha dentro. La reina se había encargado de crear de forma clandestina una fuerte conciencia anti-imperialista en todos los rincones de su mundo; un gran número de voluntarias y voluntarios salían de las clases en los colegios que impartía su esposa, encargada de la educación de las hijas e hijos de Alderaan, y muchas familias nobles gestionaban parte de sus recursos para ayudar, en secreto, al grupo. Bail sentía que su aportación era realmente ínfima en comparación con el trabajo de su esposa, pero lo ejercía con orgullo y la ayudaba con pasión en aras de encontrar un futuro mejor para el mundo. Para Leia.

—¿Bail? —repitió ella, observándole preocupada—. ¿Sucede algo?

—Sí y no. —Respondió crípticamente. Volvió a mirarla; las arrugas empezaban a vislumbrarse en su piel blanca, pero su cabello seguía tan oscuro como siempre. El de él, en cambio, empezaba a poblarse de canas—. Es sólo que tengo la impresión de que no volveremos a ver a Leia nunca más.

Breha se giró por completo hacia él, interponiendo su cuerpo entre la baranda y el hombre. Le sacaba una cabeza, pero nunca parecía pequeña ni indefensa; lo llenaba todo con su presencia. Bail suspiró mientras le acariciaba el rostro con ambas manos, intentando llenarse del recuerdo de su esposa, de su olor y de la belleza de su mirada. La mujer, en cambio, se aferró a sus brazos con suavidad, alarmada por las palabras de su marido, de su fiel y tierno Bail, siempre sereno, pero últimamente demasiado ausente y triste.

—¿Es eso lo que te ha estado teniendo inquieto todos estos días? Oh, Bail. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué piensas eso?

—No lo sé, Breha. No lo sé. —El viento meció suavemente los cabellos de la pareja—. Pero cada vez se hace más pesado y más cierto en mi corazón. Lo sentí el día que se marchó de Alderaan y sigo notándolo ahora, cada vez más hondo. Creo que nuestros días están contados, esposa mía; y aunque no me asusta la muerte, sí que lamento no poder contarle a Leia toda la verdad acerca de ella, de su padre y de su hermano.

Breha frunció los labios y apoyó la frente sobre el pecho de su marido. El latido de su corazón era cauto, tranquilo y constante; su olor denso, como el de los bosques de su planeta. Llevaba casada con él más de veinte años y no había un sólo día en que se arrepintiese de haberlo hecho, pues nadie podría haberle ayudado mejor que él con las cargas que desde joven había tenido que soportar al cargo de un reinado que podría haber resultado abrumador de no haberle tenido a su lado. Dentro de sí buscó la energía para apartar esas ideas pesimistas de su cabeza, pero aún recordaba la expresión de Leia en su rostro cuando se habían despedido, semanas atrás, en el muelle de embarque. Era casi como su hija hubiese tenido la misma sensación que Bail, y sus abrazos y sus besos le habían sabido a despedidas definitivas.

—Si así fuese, estoy segura de que Leia nos perdonará. —Le sintió sonreír, aunque no le veía—. Sabrá que lo hicimos para protegerla de la verdad, demasiado horrible para ser contada.

El beso llegó suave, como todos los anteriores. No solían hacerlo en público porque el protocolo no les dejaba, pero en privado siempre sabían a ternura y un amor maduro que les había ido llenando con el paso de los años. Cuando sus labios se separaron, sus ojos se fijaron de nuevo en el firmamento, que empezaba a oscurecerse poco a poco.

—Ojalá tengas razón, Breha. Ojalá tengas razón…

Sólo siete días después, Alderaan desaparecería de la galaxia para siempre.