El último "primer día"

Regina se despertó en sudor. Tragó con dificultad y lanzó un vistazo a su despertador. Las tres de la mañana. Suspiró y cogió la caja de pastillas dejada al lado de un gran vaso de agua. Después, la volvió a dejar sin intención de abrirla.

No pudo evitar encender la luz; desde hacía mucho tiempo no podía estar a oscuras de nada que se despertaba sola en su habitación. Quizás para asegurarse que estaba bien sola. Se sintió reconfortada, pero le faltaba el aire. Se puso la bata de seda, deslizó sus pies en sus confortables pantuflas y dejó la habitación.

Regina Mills vivía en una hermosa mansión, estaba a medio camino entre casa y un rancho antiguo. Amaba el lujo y las alfombras de pelo largo y precio desorbitante. Amaba el arte, la alta cocina y el perfume. Todo eso se transparentaba en su mansión, y si alguien entraba en su casa, podía fácilmente hacerse una idea global de la mujer que ella era. Salió de su habitación y dejó su mano deslizarse por la barandilla mientras bajaba los escalones más cercanos. Lanzó una mirada hacia la izquierda, por encima de la barandilla; desde ahí tenía una vista magnífica de su salón. Recordó las noches que había pasado en ese lugar observando la estancia. Desde ahí, no la veían y ella veía absolutamente todo. Así había podido ver a Mary Margaret y David acercarse poco a poco. Había podido escuchar a Will Scarlet hablarle a Jefferson de su plan para meter a Regina en su corazón y después en su cama. Había podido ver la expresión seria del doctor Whale cuando este se preocupada por su hermano, eminente abogado, porque aquel parecía perder la razón a causa de todos esos procesos.

Llegó a lo alto de las escaleras teniendo aún los dedos posados en la madera pulida. Miró a su derecha. Amaba ese sitio, la pared se dividía para dejar que el techo abrazara la estancia. Había hecho un pequeño salón en el que solamente cabían dos personas. Desafortunadamente, ella estaba ahí a menudo sola, pues Regina Mills, aunque contaba con algunos amigos, ya no deseaba compartir su vida con cualquiera. Muy a menudo desilusionada, herida, aplastada. Bajó las escaleras y llegó a la entrada de la mansión que se abría a una cocina donde el mármol y la madera oscura se aliaban maravillosamente. Abrió una puerta y entró en la guarnicionería donde se puso las botas, después cogió algunas golosinas antes de hundirse en el aire fresco de la noche. Atravesó el espacio que la separaba de las caballerizas donde dormían varios caballos. Todos salvo uno, su favorito.

-Beau Miroir- dijo ella dulcemente. La cabeza negra apareció un poco más abajo de la media puerta; Regina extendió sus labios en una sonrisa y posó una mano en la testuz del semental. El gruñido del animal la tranquilizó. Le presentó una golosina para que él avanzara un poco más y no pudo evitar abrazar su hocico mientras él tendía el cuello para coger el trozo de azúcar. Ella lo gratificó con varias caricias.

-Entonces, ¿no duermes mi querido?- murmuró ella, poco sorprendida. Él y ella se habían reconstruido al mismo tiempo, tenían los mismos traumas y los mismos insomnios. Cuando ella se despertaba, sabía que en su box, Beau Miroir tampoco podía dormir. Como si estuvieran conectados.

Sí. Regina Mills ciertamente no había tenido una vida fácil, pero ella se había levantado, había tomado las riendas y sobre todo, estaba viva.

Abrió la puerta y aferró las crines de Beau Miroir para alzarse sobre su grupa. En su cabeza, escuchó la voz de su madre: «¡Regina, montar sin silla es imprudente! ¡Si todo un equipo ha sido inventado para montar a caballo, alguna razón habrá!» Con una presión sobre los flancos del semental, lo hizo avanzar tranquilamente justo hasta el prado que se extendía delante de ella. Tenía espacio suficiente para hacer que hiciera un poco de ejercicio. Los detectores de movimiento hicieron que se encendieran parte de la extensión de hierba un poco seca por el verano que acababa de terminar y pudo lanzar el caballo al trote, y después al galope. El viento de septiembre se arremolinaba en sus cabellos, dándole la impresión de libertad; el aire era fresco, pero el calor de verano aún no había tenido tiempo de desaparecer. Regina inspiró varias veces para que sus pensamientos negativos desaparecieran volando tras ella. Aferraba firmemente las crines entre sus dedos cuidando para no lastimar a su protegido. Un cuarto de hora más tarde, lo devolvió a su box y lo secó, y cepilló con mimo. Finalmente, depositó un beso en su hocico y le obsequió con unas últimas caricias.

Ella regresó a la mansión y tomó una ducha para no tener el olor a caballo en su piel. Aunque ese olor no le desagradaba mientras estuviera ocupándose de ellos, prefería llevar su propio perfume en su trabajo con los alumnos.


Emma Swan se deslizó bajo su cama para buscar su calcetín desaparecido, por nada del mundo podía retrasarse su primer día de clase. Mucho menos en su último primer día.

Al año siguiente ya dejaría el instituto, dejaría esa maldita ciudad y sobre todo, ya no necesitaría vivir con la familia de acogida. La verdadera vida se le abría ante ella, y con eso, un campo inmenso de posibilidades. Esa prisión era cada día más difícil de soportar y los dos meses de verano que acababa de pasar habían sido agotadores, pero Emma se había consolado pensando que el próximo verano sería finalmente el último, después, ya no estaría ahí para soportar las leyes de la vida de la familia de acogida. Entre la madre alcohólica que se ofrecía para adoptar cada vez más niños a los que no deseaba acoger, pero por los que sí cogía alegremente el dinero, y el padre detentor de una violencia sin límite, Emma hubiera querido pasar la mayor parte de su tiempo en el exterior, pero en lugar de eso, se ocupaba de sus compañeros de infortunio.

Extendió la mano un poco más lejos para inspeccionar la esquina más sombría, pero no encontró nada. Suspiró.

Amber apareció en la habitación y tropezó con los pies de Emma que sobresalían de debajo de la cama. Ella cayó pesadamente al lado de la rubia que, intentando darse la vuelta bajo el colchón, se golpeó la cabeza. Intercambiaron una mirada y estallaron en una carcajada. Amber se levantó y ayudó a su hermana mayor a salir de su escondite.

La joven blandió un pedazo de tela bajo la nariz de la rubia.

-¡Mi calcetín! ¿Dónde…? ¡Buaj!- Emma soltó la tela, asqueada. Estaba recubierto de una sustancia pegajosa e incolora.

-En la boca de Grumpy

Emma reviró los ojos. Grumpy era el perro de la casa. Un bonachón San Bernardo mal alimentado cuyas actividades se resumían en dormir y mordisquear objetos diversos. Había llegado a la casa al mismo tiempo que Emma, cuatro años antes. Nadie sabía de dónde venía el perro, pero suponían que el padre de familia lo había traído para descargarse en esa pobre criatura en vez de en los niños cuando una crisis de violencia lo asaltaba. Funcionaba…a veces.

Emma no tenía tiempo para buscar otro par de calcetines, puso una mueca de asco y metió el pie en la prenda que aún goteaba babas, se recolocó sus gafas en su nariz antes de levantarse.

-¡Todo el mundo abajo en cinco minutos!- gritó para que los más grandes la oyeran.

Todas las mañanas, ella era el reloj de todos. Ella se levantaba, preparaba el desayuno intentando quemar lo menos posible las tostadas, despertaba a todo el mundo, subía a prepararse y volvía a bajar a tomar su desayuno.

Escuchó un lloro en el pasillo y salió a ver qué ocurría. Lucy, una niña de nueve años que había llegado a la familia de acogida durante el verano, estaba de pie en el pasillo, con expresión perdida.

-¿Lucy? ¿Qué ocurre?- preguntó acercándose prudentemente

-Es la vuelta al cole-confesó la niña bajando la cabeza

-¡Oh! ¿Tienes miedo porque es un nuevo cole?

La niña asintió con la cabeza y se quedó mirando a sus pies.

-Escucha, ya verás, vas a coger el bus y ya ahí harás nuevos amigos, y después, vas a conocer tu nueva clase, y harás más amigos aún, y poco después estará el recreo y el comedor y después el bus. Volverás con un mogollón de amigos. ¿De acuerdo?

-Hum…

-Bueno…mira, toma- se quitó una pulsera de su muñeca y se la colocó a Lucy –Te presto mi pulsera de la suerte para que te la dé a ti, ¿ok? En cuento tengas miedo de hablar a nuevas personas, solo tendrás que mirarla y te dará valor. ¿Sabes por qué?

La pequeña movió la cabeza de derecha a izquierda

-Ok, no se lo digas a nadie, pero…es mágica, yo gracias a ella tengo tanta suerte- murmuró al oído de la pequeña.

Esta pareció tranquilizarse y volvió a su habitación. Emma volvió a comprobar su mochila, metió algunos bolígrafos dentro, un paquete de caramelos, volvió a salir al pasillo y entró en la habitación del último pequeño, Jeremy. Tenía dos años y a menudo lloraba; con el niño colgado a su cintura, bajó las escaleras volando y se detuvo frente a Linda

Linda era la "madre de familia", no prestaba atención a los niños que acogía, aunque, cuando estaba sobria, cosa rara, intentaba interesarse por ellos.

-Buenos días Emma- lanzó, recibiendo una mirada inquisitiva de la rubia que buscaba sus zapatos.

-Hola- respondió ella encasquetándole al bebé en sus brazos

-¿Lista para la vuelta?-preguntó mientras colocaba a Jeremy en su silla alta.

-Euh…Sí- balbuceó Emma, perpleja

Torció el cuello para echarle un vistazo a la cocina que se había vuelto reluciente.

-¿Has limpiado?- gritó Amber quitándole de esa forma a Emma las palabras de la boca

-Eh, sí, ¡no veo qué hay de sorprendente!- dijo ofuscada Linda

Ante la mirada lúgubre de Amber y Emma, Linda tiró de su suéter, incómoda.

Nathan saltó los últimos escalones, con su mochila en las manos y un cuchillo en la otra.

-Nath, ¡nada de cuchillos en la escuela!- gritó Emma arrancándose lo de las manos

-Pero si se meten conmigo, no podré defenderme

-Nadie se va a meter contigo el primer día, la gente no te conoce aún- dijo irónicamente Emma – Mañana, ya veremos- dijo provocando una irritada mirada por parte del muchacho.

-¡Átate los cordones!

-¡Wow! ¡Linda ha limpiado!- dijo él asombrado entrando en la cocina para buscar otro cuchillo

-¡No veo lo que hay de sorprendente!- dijo Linda entre dientes revirando los ojos

Joy, una adolescente pelirroja se precipitó por las escaleras. Estaba impecable, como siempre. Si no se supiera que vivía ahí, se habría podido creer que había salido de una familia completamente respetable, y ese era el objetivo. Tenía una gran sonrisa y recolocaba una de sus trenzas sobre su hombro.

-¿Por qué sonríes así?- preguntó Nathan poniéndose su suéter

-Hoy no cogeré el bus porque es el primer día de clase y puedo oficialmente ir a la escuela a pie con Emma- dijo orgullosamente

Emma escondió su sonrisa y abrió la puerta de entrada.

Cada vez que un niño tenía el derecho de no coger el bus atestado de chicos estúpidos, gritando o sudando, se pensaba que era el hecho de crecer que les daba más libertad. Pero Linda y George tenían una razón mucho más sencilla que eso: más crecían los niños, el Estado menos dinero les daba para ocuparse de ellos, por tanto en lugar de sacrificar la pantalla plana instalada en la habitación de matrimonio, habían preferido no pagar más el bus.

Joy, a sus catorce años, era la que más tiempo llevaba viviendo en esa casa. Vivía ahí desde hacía siete años y parecía acomodarse a cualquier nueva situación. Se giró hacia Linda y apuntó un dedo hacia ella guiñándole un ojo.

-¡Habitación recogida, cosas y peluches ordenados! ¡Porque quien dice día de vuelta al cole, dice visita sorpresa de los servicios sociales!

Amber y Emma soltaron un «ahh» de entendímiento, comprendiendo de repente la maniobra de su madre de acogida. Lucy llegó al hall con expresión más tranquila en su rostro, Emma percibió que su pulsera aún embellecía la muñeca de la pequeña.

-¿Por qué?- preguntó Nathan intentando esconder el cuchillo en su bolsillo

-Porque si no, Linda tendrá un mal informe y no podrá recibir a otro niño. ¡Y como hay tanto sitio, sería una pena!- soltó Emma dándole una colleja al muchacho, mientras le quitaba el cuchillo del bolsillo.

-¡Ahh!- suspiró Nathan –Creí que Linda quería convertirse en una madre como Dios manda- dijo él aliviado

Joy, Lucy, Nathan, Amber pasaron todos bajo el brazo de Emma que mantenía la puerta abierta y atravesaron el jardín viendo que el bus bajaba por la calle.

-¡Mierda, Elsa, Anna! ¡Vamos a llegar tarde!- soltó Emma mientras cogía las llaves

-¡Hasta la tarde!- dijo Linda

Nathan, Lucy y Amber echaron a correr para no perder el bus. En cuanto a Joy, se giró hacia Emma con una gran sonrisa, lista a echar a andar con su hermana mayor.

Emma llegó justo a las en punto al aula para su primera clase y fue a sentarse entre Ruby y Belle.

Las dos muchachas eran sus mejores amigas y eran lo opuesto la una de la otra. Belle era dulce, tranquila, sosegada, siempre con un buen consejo. Siempre tenía un libro en la mano y lo cambiaba sin parar. En cuanto a Ruby, era provocativa, mechas rojas diseminadas en su cabello oscuro, ropa corta, y siempre un chico a su vera. Sabía mangonear a sus novietes e intentaba cada día colocar a Belle con alguien para sacarla de sus libros. Sin embargo, desde hacía un tiempo, Ruby había conocido a un chico, llamado Peter, al que parecía apreciar más que a los otros. Belle, incluso, la picaba diciéndole que quizás se había enamorado.

-¿Qué me he perdido?- preguntó Emma al ver la expresión confusa de Ruby

-¡La peor noticia del año!- murmuró Ruby chocando de forma payasa su cabeza contra la mesa

Belle reviró los ojos y se inclinó hacia Emma para murmurar

-¡Tenemos a la profesora Mills en literatura, y Ruby ha montado un drama!

-¡Oh no!- gimió Emma hundiéndose en su asiento y subiéndose las gafas.

-¡Pero si no la conocemos!- protestó Belle sentándose bien, tranquilamente

-¡Mi querida Belle, harías mejor en sacar la nariz de tus libros y visitar las redes sociales de vez en cuando! Si lo hicieras, te esperarías lo peor, como todos nosotros

-¿Y por qué?- preguntó la amante de los libros cruzándose de brazos, determinada a sacárselo a Ruby

-¡Porque Mills es una zorra! ¡Una verdadera bruja, estoy segura de que tiene una enorme verruga en la punta de la nariz, y que es una vieja! ¡Parece ser que nos hace leer una tonelada de libracos de los que no se comprende nada y que nos da un montón de test de los que hay que analizar lo que no está anotado en los textos pero que se lee entre líneas, así que perdóname si no salto de alegría!

-Ruby, es una profesora de literatura, y en mi opinión, prefiero que nos haga leer libros, es lo más apropiado en esa materia, ¿no crees?

-Belle…es una profe fría, distante, injusta y…y…

-¡Bueno, al menos, podrá, quizás, acrecentar un poco tu vocabulario! Parece que te faltan las palabras

Ruby le sacó la lengua y Emma empezó a sacar sus cosas para estar lista para el comienzo del curso.

Ella nunca se había encontrado con esa Mills, pues la planta de arriba debía estar reservada a los últimos años y sus profesores.

-Parece que ella ha cogido el puesto de directora adjunta este año- informó Belle imitando a Emma

-¡Nos hundimos en el caos!- murmuró dramáticamente Ruby

Sonidos de tacones golpeando el suelo repercutieron a lo largo del pasillo que llevaba al aula. Después, se hicieron más precisos, más apremiantes y finalmente, una joven mujer entró en el aula de clase. De repente, los alumnos corrieron a sentarse en sus pupitres y miraron a la persona que estaba delante de ellos. La joven no tenía una estatura impresionante, no era una vieja agria y por lo que podía ver Emma, no tenía ningún forúnculo en la nariz. En resumen

-¡Mierda, está cañón!- resopló Ruby en dirección a sus dos amigas

Las dos asintieron.

La profesora recorrió el aula con una mirada fría, una de sus cejas alzadas, como si desafiara a que un alumno dijera esta boca es mía. Entró un poco más en la clase, cerró la puerta tras ella. En ese preciso instante, Emma tuvo la desagradable impresión de estar en una trampa. La morena, pues Regina Mills tenía los cabellos de un negro azabache, dejó su maletín de cuero negro sobre la mesa y se dirigió hacia la pizarra para escribir su nombre.

-Buenos días a todos- dijo finalmente con voz grave

Emma se incorporó un poco en su silla para mirar las finas piernas de la profesora aprisionadas en un falda tubo gris. Poco a poco, los ojos de Emma ascendieron, deteniéndose un poco en el sobresaliente trasero, después escrutaron la blusa de seda azul. Casi se ahogó cuando la profesora Mills se inclinó para dejar la tiza en el cuenco para tal efecto. Emma estaba segura de que su profesora llevaba un sujetador de encaje negro. De repente, se cruzó con los ojos marrones de la joven. Ellos la miraban fijamente, había sido pillada en flagrante delito. Volvió a dejarse caer en su silla y sintió como su tez se volvía de un rojo tomate, comprobó que nadie la había visto y se subió sus gafas en su nariz para darse contención. Al volver a alzar la vista, vio una sonrisa depredadora dibujarse en los labios rojos de la profesora Mills.

Emma ya no escuchaba nada, demasiado concentrada en su bochorno. Retomó el asunto de la conversación al cabo de cierto tiempo.

-Voy a pasar lista para conoceros rápidamente durante las clases. Aunque estoy segura de que algunos no tardarán en hacerse notar.

Se volvió a encontrar con la mirada de Emma. Ruby y Belle se giraron hacia su amiga y la interrogaron con la mirada. La rubia se encogió de hombros, fingiendo que no comprendía.

Regina se detuvo en cada nombre, alzando la cabeza para mirar a las caras a sus alumnos a los que enseguida incomodaba debido a sus penetrantes ojos. Después de haberles pasado revista a todos, se levantó y comenzó a repartir unas hojas.

-Los de último año tienen que elegir una opción para tener puntos extras en los exámenes finales. Así que, voy a daros una hoja que me tenéis que devolver a finales de la semana, el segundo documento que os voy a dar es un test que tiene por objetivo evaluar vuestro nivel en mi materia. No toleraré ningún nivel por debajo de la media, lo que significa que aquellos que tengan bastante menos de la media tendrán deberes suplementarios que entregar para progresar.

Sus tacones golpeaban el suelo de piedra, mientras pasaba por las filas distribuyendo las hojas. Mientras las daba, no pasaba la oportunidad de traspasar con la mirada a cada alumno y Emma tenía la impresión de que una máquina se había puesto a funcionar en la cabeza de la joven para registrar cada rostro y asimilarlos a un nombre. Ella no escapó a ese examen de rayos X y desvió la mirada, increíblemente abochornada. Regina Mills regresó a su mesa y tras algunos segundos durante los cuales había mirado su reloj, soltó un «podéis comenzar» que animó la clase. Todos se pusieron en movimiento a la vez y dieron la vuelta a la hoja para comenzar el test. Suspiraban y muchos parecían al borde de las lágrimas al ver las cuestiones. A Emma le estaba costando concentrarse, le había descaradamente echado el ojo a su profesora y la había pillado en el acto. Comenzó a hacer su test mientras Regina les señalaba el tiempo que les quedaba.

Emma no lograba comprender los términos de la mitad de las cuestiones, sobre los periodos literarios, los confundía sin parar, y viniendo de dos meses de vacaciones no iba a mejorar su recuerdo…finalmente, el tiempo pasó a una velocidad increíble y pronto, Regina se levanto de su asiento.

-¡Este es el nivel requerido para acceder al saber!- explicó la profesora de literatura recogiendo las pruebas -El nivel requerido para que no salgáis del instituto con las cabezas vacías y para que afrontéis la vida armados de conocimientos que no podréis alcanzar después. Para ser más claros, aquellos que no obtengan la media con esta tarea, deberán trabajar mucho más que los otros.

Emma miró a Ruby que parecía derretirse en la silla.

-Me tomo muy a pecho el hecho de que salgáis con armas para afrontar la universidad o sencillamente la vida que se os ofrece.

-¡Yo las armas ya las tengo conmigo!- rió Killian Jones enarbolando un puño cerrado y llevándose la otra mano a su entrepierna

-Si yo fuera usted, señor…- ella se inclinó para leer el nombre en su prueba -…Jones, evitaría ser pretencioso. Debería saber que aquellos que ladran mucho, son los que menos muerden.

La clase estalló en risas y Killian frunció el ceño, con expresión huraña.

Killian era un marginal que provenía de malos barrios, tenía una expresión dulce y amable que podía muy bien transformarse en cruel en poco segundos. Quería mucho a Emma y la dejaba tranquila la mayoría del tiempo.

Regina Mills volvió a su mesa y borró rápidamente su sonrisa vencedora.

-Bien, ya es la hora de la pausa, os veo después del recreo para daros las pruebas y ver los afortunados que tendrán que participar en horas de apoyo.

Su mirada se clavó a la izquierda de Emma y esta casi se desmayó cuando ella extendió la mano hacia ella.

-¿Sí, señorita…?

-Euh…Ruby…Ruby Lucas

Emma miró a su amiga y se sintió aliviada.

-¿Señorita Lucas?

-¿Quién va a llevar los cursos de apoyo?

-Yo evidentemente, ¿quién otro?- respondió la profesora encogiéndose de hombros

-¡Pero, yo creía que solo tendríamos más trabajos que hacerle!- dijo asombrada Emma sintiendo que su curiosidad tomaba las riendas

-Una vez al mes, tendréis dos horas de apoyo después de las clases para hablar precisamente de esos trabajos y para ver dónde están vuestros errores.

La clase contuvo un estremecimiento y sintieron el aire volver a sus pulmones solo cuando el timbre se dignó a sonar.

Fuera, Ruby se había apoyado en las blancas taquillas, haciendo que su ropa de un rojo vivo destacara.

-¡Mi vida está jodida!

Belle intentaba tranquilizarla pasando su mano por su espalda. Ella le lanzaba miradas rabiosas a Emma, que no decía nada para serenar a la muchacha. Se contentaba con mordisquear un chupete.

-Creo que voy a decirle a la abuela que vuelvo a la cafetería y que dejo los estudios

-¡Ruby, no seas tan…pueril!- dijo Emma, decidiéndose a intervenir

-¿Hein?

-Con suerte, alcanzarás la media y no iremos a esos curos, y si estamos condenadas a ir, vamos a ver el lado bueno de las cosas…tú eres bi

Ruby y Belle se miraron sin comprender.

-¡Y bueno, confiesa que no es nada desagradable a la vista!

-¡Es tan fría como un glaciar en Plutón!- replicó Ruby sacudiendo la cabeza

Emma se encogió de hombros, ella no era de la misma opinión. Y por la mirada que había recibido cuando había sido pillada en flagrante de delito de voyerismo, no dudaba para nada que Regina Mills podía ser tan caliente como el sol.

-De todas maneras, Belle nos ayudará a dejar rápido esos cursos de apoyo. ¿Verdad, Belle?

-¡Por supuesto! Soy muy buena en literatura, haré que recuperéis todo lo atrasado en un mes, máximo

Sus ojos brillaban ya de felicidad; ya se veía comprobando los conocimientos de sus amigas con los libros más maravillosos que ella conocía.

-¡Joder, la que nos espera, querida!

Belle torció la boca y lanzó una mirada culpable a sus dos amigas.

Cuando volvieron a clase, no se sorprendieron al comprobar que Emma y Ruby tendrían que ir a los cursos de apoyo mientras que Belle iba de sobrada.

Al fin de la mañana, cada una se dirigió a la cafetería para recobrar fuerzas antes de la tarde deportiva que les esperaba.

Ruby y Emma ya se quejaban de la lista de autores que tenían que leer y que Madame Mills les había dado «a los retrasados»

-¡Francamente, tengo siete chiquillos y un perro en casa de los que ocuparme! No tengo tiempo de leer…¿esto qué es?

-Oscar Wilde- precisó Belle mordiendo su trozo de carne

-¡Tiene pinta de ser aburrido como la lluvia!- refunfuñó Ruby dejando caer su cabeza sobre la mano

-¡Te equivocas, es muy instructivo!

-¡Belle, solo tú quieres ir a estudiar a la universidad, Emma se convertirá en poli y yo, en camarera! Así que perdóname si no nos interesamos en lo que este gran Oswald tiene que decirnos

-¡Oscar!- corrigió la morena mirando a Ruby con expresión desolada

Emma reviró los ojos y se inclinó para ver a Regina Mills que comía en la otra punta de la cafetería en compañía de otros profesores. Ella estaba en silencio, escuchando a Mary Margareth Blanchard, profesora de ciencias naturales, hablarle con pasión. Asintió varias veces y se inclinó finalmente para no ser escuchada por los otros profesores. La profesora Blanchard estalló en una risa e intercambiaron una mirada cómplice. La profesora Mills dejó aparecer una pequeña sonrisa sincera. De repente, la mirada de Regina se cruzó con la de Emma y esta volvió a colocarse bien en la silla como si acabaran de tirarle un cubo de agua helada.

-Emma, ¿estás bien?- preguntó Belle enarcando las cejas

-¿Hein? Sí, sí, estoy bien

Al otro lado de la cafetería, Regina rió interiormente y retomó el hilo de la conversación que sus colegas habían seguido sin ella.


Belle era la primera en correr para entrar en clase de literatura, matemáticas o física, como contrapartida, el deporte no era santo de su devoción. Arrastró los pies para ir allá y se llevó un sermón de Ruby, que adoraba correr.

-¡Vamos, vamos, Belle, no puedes tener una mente sana y llena de ideas de Oswald sin tener un cuerpo sano y sin toxinas!- bromeó la adolescente ajustándose sus botas.

Belle reviró los ojos y renunció a enseñarle a Ruby el correcto nombre del autor que ella quería citar. Entraron en los vestuarios y comenzaron a desvestirse para ponerse el chándal.

-Vaya, vaya- dijo una voz alta tras ellas –¡Veo que Emma aún no ha cambiado de estilo durante las vacaciones!

Emma se giró y se encontró cara a cara con Katherine y su corte. Una banda de pijas listas a reírle las gracias a la Barbie que les servía de jefa.

-Hola Katherine, veo que aún usas el mismo perfume, ¿cuál era su nombre, Ruby?-preguntó Emma girándose hacia su mejor amiga

-Euh…Caca nº 5, ¿no era?

-Eso es, caca nº 5

-¡Viniendo de dos chicas que se visten con alfombras del baño, eso no me afecta!

-Oh, alfombras de baño…- resopló Emma poniendo una expresión teatral como si se hubiera sentido ofendida

Las otras chicas de la clase rieron y esperaron la continuación, esperando a ver qué hacían. Belle se colocó al lado de Emma y Ruby, no apreciaba que se metieran con sus amigas.

-Por cierto, Kathy, ¿cómo va Liam?- preguntó de repente Emma sabiendo que se estaba metiendo en arenas movedizas

-¿Y eso qué te importa?

-¿No era el tipo con el que salías antes de que se tirara a tu mejor amiga? ¿En tu habitación? ¿El día de tu cumpleaños?

-¡Cierra la boca, Swan! Yo solo he sido abandonada por un chico…¡a ti, tus propios padres no te quisieron al nacer! Lógico, con la cara que…

No tuvo tiempo de acabar la frase, Ruby se había lanzado sobre ella y le había asestado un puñetazo.

Hacía falta mucho más para apenar a Emma, sobre todo cuando Katheryn no renovaba su stock de insultos. Pero Ruby, lista a defender el honor de su amiga, se había cabreado inmediatamente.

-¡Parad!- pidió Belle intentando solucionar el jaleo.

Emma se metió en la pelea y aprovechó para darle un puñetazo bien dado en el mentón a Katheryn.


Delante del despacho de la directora adjunta, Katherine y Emma esperaban, lanzándose miradas asesinas. Emma había logrado que su profe de Educación Física se tragara que Ruby se había interpuesto queriendo separarlas, pero que en ningún caso había sido la instigadora de la pelea. Katherine no había dicho nada, celebrando ya el castigo que la rubia iba a recibir.

Regina Mills se presentó delante de las jóvenes en compañía de una pareja que visiblemente acababa de realizar una inscripción tardía. Al ver el labio hinchado de Emma y el mentón abierto de Katherine, la pareja vaciló antes de estrechar la mano de la directora adjunta. Esta los acompañó hasta la salida de la recepción. Cuando volvió a ellas, las dos jóvenes tuvieron un movimiento de retroceso. A Emma le costó tragar y levantarse para entrar en el despacho.

-¿No veo lo que dos jovencitas vienen a hacer a mi despacho en este estado el primer día de clase?- dijo Regina Mills rodeando su mesa para sentarse en su sillón –¡Espero unas buenas explicaciones por parte de cada una!

Un largo silencio acogió sus palabras y se molestó ante la situación. Suspiró y las miró fijamente a una y después a otra.

-Señorita…Midas, ¿no?

-Sí, señora

-¿Podría aclararme mis dudas? Me gustaría saber por qué se pelearon.

-No lo sé, yo solo me defendía, señora, Emma se lanzó sobre mí sin previo aviso.

Emma le lanzó una oscura mirada y apretó los puños, lista a saltar. La mentira era insoportable para ella.

-Señorita Swan, ¿qué tiene que decir en su defensa?

Emma clavó sus ojos en los de la directora adjunta y esperó algunos segundos antes de responder bajando la cabeza. Estaba en una ratonera, si decía la verdad, se vería obligada a culpar a Ruby y eso, se negaba a hacerlo.

-Nada, señora

-Señorita Midas, en se caso, puede macharse

Katherine salió corriendo del despacho, demasiado feliz de escapar del castigo. La puerta se cerró en un pesado silencio. Regina Mills escrutó el rostro de su alumna y de repente arqueó las cejas.

-No me parece usted una pequeña idiota, señorita- declaró ella cruzando las manos.

-No lo soy, señora

-En ese caso, ¿por qué no se ha defendido cuando la han acusado falsamente?- hizo una pausa durante la cual Emma alzó los ojos hacia los de ella, sorprendida. Regina suspiró y abrió una carpeta para comenzar un nuevo trabajo, despidió a Emma diciéndole

-Bien, de todas maneras tendrá una hora de castigo en compañía de Katherine esta tarde, después de las clases

-Pero…

-No permitiré, después de vuestro comportamiento, que no seáis castigadas. Los conflictos no se arreglan con los puños, señorita, ¡ya es hora de que tome nota!

-Es que…esta tarde tengo que recoger a mis hermanos y hermana y…

-Estoy segura de encontrara una solución, señorita, la dejo que avise usted a la señorita Midas del castigo

Emma salió sin protestar. Su último primer día no podría haber sido peor. No estaría presente en la visita de la asistente social e iba a pasar su hora de castigo con Katherine. Gruñó de insatisfacción antes de correr por el pasillo para alcanzar a la rubia.