En peligro
Durante los días que se sucedieron, Emma se arrastraba como un alma en pena por los pasillos del instituto y evitaba cruzarse con la mirada de su profesora durante mucho tiempo. En cuanto a Regina, abandonó, por lo que se veía, la idea de ir sola al bar y charlar con la camarera. Aparecía rodeada de sus amigos y nunca era ella la que pedía, dejaba que David o Mary Margaret lo hicieran.
Emma estaba, así pues, tan triste como las piedras y presentía que la profesora Mills había roto todo lazo entre ellas. Sin duda Emma había ido demasiado lejos con sus preguntas. No era más que una alumna entre todas las demás y eso la volvía loca. Algo misterioso rodeaba a Regina Mills y Emma ardía en deseos de saber qué era. Belle y Ruby, sintiendo que su amiga no estaba del todo bien, le propusieron ir a Granny's después de clase. Era una pequeña cafetería regentada por la abuela de Ruby, que sabía llevar su negocio con mano firme y que, por otro lado, era una dulzura con Emma. Granny era el tipo de abuela que te estrecha contra su pecho para apaciguar tus penas y tus tormentos, y que con una sola mirada sabe perfectamente si se le estaba escondiendo algo. Emma la consideraba un poco su abuela, aunque jamás lo haya expresado de ninguna manera.
Cuando Emma entró en el establecimiento, Granny caminó delicadamente entre las mesas y se dirigió hacia las tres amigas. Se fijó en el rostro de Emma y posó una mano arrugada en su mejilla y le dio amables golpecitos. Granny veía que la pequeña rubia estaba contrariada, pero no hizo ninguna pregunta y las dejó sentarse a una mesa.
Belle colocó una copa llena de helado bajo las narices de Emma y esta se pasó la lengua por los labios. Después, frunció el ceño
-¿Y esto?- preguntó ella, suspicaz
-¡Helado de vainilla espolvoreado con canela, doble, y para terminar nata cubriéndolo, espolvoreada con…canela!
-¡Muy saludable todo!- remarcó Ruby, su mentón reposando en su mano
-¡Incluso creo que Granny he echado más canela que de costumbre!- añadió Belle poniendo una expresión de asco. Después de un tiempo, preguntó
-Entonces, ¿nos dices que pasa o qué?
La boca de Emma se torció, incómoda. No podía por nada del mundo hablarles de lo que la atormentaba. ¿Cómo podría confesarles que le había tomado afecto a su profesora de literatura y que ella no sentía nada más que…que qué? ¿Qué sentía la morena por ella? ¿Empatía? Nada más.
-Hay un chico que viene al bar de vez en cuando y…siempre que lo hace paso un momento especial con él, pero…la última vez, me dejó claro, más o menos que…no valía gran cosa para él…pero…pero es normal, no nos conocemos y…es…es complicado, ¡olvidadlo!- dijo ella mientras hundía su cucharilla en el helado
-Entonnnnnces, ¿te estás enamorando?- continuó Ruby ganándose una mirada atravesada de Belle
-Enamorada en realidad no, pero…me gusta mucho…
-Bueno, ¡solo tienes que tomar al toro por los cuernos y lanzarte directamente!
-Ya, tienes razón, ¡es lo que voy a hacer!- respondió ella forzando una sonrisa. Las chicas cambiaron de tema y Emma estuvo maquinando un plan para obligar a Regina Mills a hablarle. La ocasión se presentó al día siguiente mismo. Emma entró en la biblioteca, acababa de ver a Regina deslizarse dentro y quiso tener un momento con ella, nada con segundas intenciones, solo seguirla e intercambiar una cómplice mirada. Oyó el sonido de los tacones resonar en ese templo de los libros y siguió ese sonido a una distancia razonable.
-¡Eh, eh! ¡No ha devuelto sus libros!- la llamó una desagradable voz
Emma se giró hacia la bibliotecaria revirando los ojos
-Se los traigo hoy- suspiró ella abriendo su mochila para enseñarle las obras
-¡Porque está prohibido sacar mientras no devuelva los otros!
-¡Pero los voy a devolver, ya que están aquí!- se enervó la joven
-¡No se atreva a levantarme la voz, pequeña descerebrada!
Emma no se creía lo que escuchaba, ella no había hecho nada y esa pelirroja se divertía echándole la bronca por unas reglas que Emma no había infringido.
-Joder, ¿cuál es el problema?- soltó Emma acercándose peligrosamente a la bruja
-¡El problema es que en este instituto os creéis que todo lo tenéis permitido con vuestros vaqueros apretados y los Smartphones a todo volumen!
Emma desorbitó los ojos.
-¿Ha tenido usted un mal día? ¿O simplemente es usted una mal follada?- gritó dejando caer su mochila para enfrentársele
-¡Swan!- resonó la voz de Regina Mills tras su espalda
Emma hizo una mueca, la morena no podía aparecer en peor momento…
-¡Señora directora, espero que este comportamiento sea castigado severamente!- dijo ofendida la pelirroja mirando fijamente a Emma, contenta de que la alumna estuviera en líos.
-¡Yo no he hecho nada!- se defendió Emma retrocediéndose encontrándose atrapada, entre la directora y una estantería.
-¡Bien, bien, bien…creo que debe volver a la hora de castigo, miss Swan, la lección parece que no ha sido bien aprendida!- resopló Regina con voz ronca
-Pero, no es justo, yo…
-Dorothy, puede volver a su puesto, yo me encargo de esta pequeña insolente
Emma tragó con dificultad, vio a la pelirroja lanzarle una sonrisa malvada y perderse entre los estantes polvorientos.
-¡Profesora, le aseguro que no he hecho nada!- intentó explicarse
-¡Es usted una cabeza loca, Swan, y no toleraré esto en mi establecimiento!- declaró Regina escrutando el estante que estaba justo detrás de Emma
-¡Bueno, que yo sepa, aún no le pertenece!
Estaba furiosa y la injustica que acababa de sufrir hacía que un veneno corriera por sus venas: la cólera.
El movimiento de cabeza que hizo Regina Mills inquietó a Emma, que retrocedió aún más contra las estanterías tras ella. Hundió su mirada en la de su profesora y no encontró sino negrura, parecía que toda huella de humanidad hubiera desaparecido de su rostro.
-¡No juegue conmigo, miss Swan, sobre todo, no juegue conmigo, corre un alto riesgo de perder y créame, le dejaría un gusto muy amargo!
El aliento de su profesora acababa de deslizarse por su cuello y sintió cómo su respiración se aceleraba. Sus ojos descendieron hacia los labios rojos de la directora adjunta y durante un segundo, titubeó en besarla antes de sentir una mano sobre su hombro, que la hizo sobresaltarse.
-¡No intente nada ridículo, sáqueselo de la cabeza!-¿Regina Mills había adivinado lo que Emma se disponía a hacer? ¡Imposible!- ¡Esta tarde tendrá la hora de castigo, le hará mucho bien!- ordenó la morena secamente antes de darse la vuelta para seguir por el pasillo. El eco de sus tacones resonó hasta que dejó la biblioteca.
Regina se metió en su despacho y se quitó la chaqueta de su traje. Moría de calor. Estaba convencida de que los ojos de Emma se habían detenido en sus labios. Miró su reflejo en el espejo que tenía en el fondo del despacho y frunció el ceño. ¿Qué le sucedía? Emma Swan era una alumna, menor para más inri, ¿cómo podía tener esos pensamientos hacia una…niña? Su corazón comenzó a latir más deprisa. Quizás provenga del hecho de que Emma parecía mucho más mayor, estaba ya bien formada, tenía una madurez que Regina jamás había visto en ninguna otra alumna, aunque algo impulsiva. La morena inspiró lentamente y se sentó en su silla para volver en sí. Millones de preguntas atravesaban su cabeza, ¿era ella una peligrosa depredadora sexual? ¿Estaba tan echada a perder hasta el punto de hacer sufrir a las más jóvenes? Sacudió la cabeza, después se echó a reír, no imagina nada más malvado, solo que Emma posara sus labios en los suyos, ¡no! No imaginaba nada, ya que fue la mirada de Emma la que le hizo pensar en eso. Se llevó las manos a la cabeza, tenía que dejar ya de pensar en Emma Swan, o se volvería loca. Después de todo, tenía una pequeña fijación con ella después de que la hubiera protegido delante del bar. Pocas personas se preocupaban de Regina de tal manera, así que el hecho de que una de sus alumnas dejara su puesto de trabajo para ir a socorrerla le había removido las tripas. Ignorar a Emma parecía ser lo mejor, sin embargo, Regina sentía algo. Algo que la empujaba a cuidar de la joven, algo que la hacía decirse que ella no era tan feliz como quería dejar transparentar. Había algo en Emma Swan…La morena suspiró y se pasó una mano por los cabellos. Estaba obnubilada por la pequeña rubia y no dejaba de darle vueltas. Apretó fuertemente los párpados y volvió a suspirar. No avanzaba y eso la irritaba profundamente: esa joven amenazaba con echar por tierra su equilibrio ya bastante frágil y eso no podía suceder.
La semana pasó tranquila y Emma había logrado pasar desapercibida hasta el viernes por la tarde.
Durante la clase de Personajes monstruosos, se sentó al fondo del aula, como siempre, esperando poder esconderse detrás de un compañero. Pero no contaba con la determinación de «Millsy» de hacer participar a todos los alumnos.
-Entonces, miss Swan, ¿qué piensa de nuestra condesa?-le preguntó al cabo de un cierto tiempo
La joven se enderezó un poco en su silla y se encogió de hombros, dobló la esquina de su hoja
-Ella es…odiosa- respondió
Regina arqueó una ceja e inclinó la cabeza hacia un lado
-¿Odiosa? ¿De verdad? ¿Por qué?
-Bueno, destruye todo el amor que hay a su alrededor y pervierte a Cécile de Volanges…
-No son sus acciones lo que me interesan, sino por qué hace todo eso
-¿Acaso porque es una retorcida?
Regina movió la cabeza de izquierda a derecha.
-Es una pena, miss Swan, pensaba sinceramente que era usted más inteligente
-¡Todos tenemos expectativas y en algún momento u otro todos nos desilusionamos!- replicó Emma sosteniendo la mirada de la profesora
-¿Perdón?- declaro la voz glacial de la morena que heló a toda la clase
-Honestamente, la condesa está demasiado concentrada en su rabia, su miedo y su odio, si sencillamente se hubiera confiado a los que la querían ayudar, sin duda habría acabado mejor. El lado oscuro tomó la delantera.
Un largo silencio se instaló en el aula y Emma suspiró, sabía que había metido la pata y que la profesora Mills iba a estallar.
-Bien, es un análisis…fuera del tema y no veo realmente a dónde quiere llegar, pero habrá que trabajar más duramente, Swan, no le preguntaba lo que habría podido hacer para alcanzar la felicidad, sino de dónde provenía su lado oscuro.
Regina le lanzó una mirada atravesada y retomó el curso de la clase. Al final, Emma salió apresuradamente y llegó a la calle, necesitaba una buena bocanada de aire.
-¡Hey, love!- la llamó Killian corriendo para alcanzarla
-¿Killian, qué quieres?- preguntó, sin ninguna gana de charlar
-Parece que le cerraste el pico a la Mills- dijo con una sonrisa burlona
-En realidad no, ¡me ha puesto en mi lugar como debía hacerlo- desmintió la rubia mientras desprendía su bicicleta del poste
-En todo caso, hay que tenerlos bien puestos para contestarle…Eso o estar totalmente perdida
-¿Perdida?
-Sí, perdida tipo chiquilla metida en problemas que no se atreve a hablar de ellos.
Emma comenzó a caminar sujetando firmemente el manillar de su bici.
-En primer lugar, no soy una chiquilla, y en segundo lugar, ¡no estoy metida en problemas!
-Wow, ok, love, escucha, solo quería decirte que en realidad no sirve de gran cosa ponerte en tu contra a los profes y que…si necesitas hablar, estoy aquí…
Ella rió irónicamente
-No creo que puedas hacer nada por mí, Kil'
-¿Ah no? ¿Segura? Te recuerdo que mi hermano y yo vivimos en el puerto, es decir, un lugar con más mala fama en esta ciudad no lo hay. He tenido mi cúmulo de rollos y he cometido muchas tonterías. Pero muchas. Así que, créeme cuando te digo que puedo, al menos, escucharte cuando tengas preocupaciones de huérfana
Emma se detuvo y lo miró fijamente a los ojos
-Gracias, Kil', pero no de momento, y no es un problema de huérfana
-¡Ok, bueno, si necesitas hablar, estoy abierto! Bien, me voy por allí, nos vemos uno de estos días- dijo tomando el camino que daba al puerto.
Emma prefirió caminar hasta el Chapélier fou, arrastrando su bicicleta a su lado. El viento, en esos últimos días, estaba más frío y se estrechó su abrigo para continuar su camino. No tenía ningún modo de conocer más a Regina Mills y esta, por otro lado, había tomado distancia con ella, entonces, ¿qué hacer? ¿Abandonar? No estaba en la forma de ser de Emma y aunque lo hubiera estado, ciertamente habría redoblado esfuerzo solo por la bella morena.
De repente, Emma se detuvo. ¿Por qué? ¿Por qué Regina estaba adquiriendo tanta importancia en su vida? Después de todo, no la conocía, ella nunca la había ayudado, se divertía en ponerle horas de castigo…Emma sacudió la cabeza. ¿Hacía todo eso por atracción?
¡Por Dios, Emma, de verdad estás perdiendo la cabeza! Pensó retomando la marcha.
En cuanto llegó al Chapèlier fou, pidió a Jefferson si el domingo podía llegar un poco más tarde, él no le preguntó por qué y ella se sintió aliviada por no tener que explicar que vivía en una familia de acogida y que algunos miembros de esa familia se iban a otro país el cual ella probablemente jamás pisaría. Él le concedió dos horas.
Así pues Anna, Joy, Amber, Lucy, Nathan y Emma cargando con Jeremy entraron por la puerta del Granny's para tener una comida de confraternización. Por supuesto sin que Linda y George fueran invitados. Todo fue muy bien, Nathan, que veinticuatro horas antes se había llevado la bronca por parte de Emma, era un amor e incluso había cogido a Jeremy y se lo había puesto en sus rodillas para jugar un poco con él, sin cuchillo. Emma grabó en su cabeza esa imagen, sabía que en los días malos, podría siempre pensar en ese momento de libertad y alegría. Había aprendido eso muy joven, aprender a disfrutar de los momentos felices pues podía dejar de serlo al segundo siguiente.
Al final de la comida, Elsa dio un sobre a la mayor del grupo y le hizo señas para que lo abriera.
Los ojos de Emma se desorbitaron y dejó de respirar por un instante.
-Pero…hay…
-Novecientos dólares- informó Anna
-¡Novecientos dólares!- gritó Nathan arrancándole a Emma el sobre de las manos -¿Y eso por qué?
-Para que Emma pueda solventar vuestras necesidades cuando George y Linda desaparezcan durante un tiempo sin dejar nada en la nevera. Ah y…hay una parte de la suma reservada a Emma para su viaje y para que se compré un vestido para el baile de Año Nuevo.
-¿El baile de Año Nuevo?- preguntó Emma
-¡Sí! ¡En tu instituto todos los años hay un baile y vas a ir y pondrás verde de envidia a Katherine porque llevarás el vestido más hermoso de la fiesta!- bromeó Anna –Te aconsejo verde…no…no, azul es mejor ¡O rosa! ¡No está mal el rosa!
-En todo caso, nos mandarás una foto- la cortó Elsa
-Pero, no puedo aceptar esto, es…
-¡No es nada! ¡No vamos a llevarnos dinero a casa de nuestra tía! ¡Y además hacer esto es un gran placer para nosotras!
Nathan frunció el ceño y se giró rápidamente hacia Anna
-¡Sois guays, las hermanitas, el día en que esté de paso por Yellow machin, pasaré a veros!
Anna estiró sus labios en una débil sonrisa
-¡Claro, precisamente tienes que apreciarnos el día en que nos vamos!
La mesa estalló en risas y el móvil de Emma emitió un bip de alerta.
-Ah…tengo que irme…- murmuró con la voz cortada por la pena
No le gustaban las despedidas, eran desgarradoras.
Y el lunes, tras la partida, no quedó sino un gran y vacío agujero en su caja torácica y el pesado ambiente de la casa no arreglaba las cosas.
Los días pasaron y mediados de octubre llegó muy rápido con sus días lluviosos. Los alumnos se veían confinados en las aulas y pasillos, ya que la zona de recreo se empantanaba.
En el último año, el mes de octubre era también cuando había que comenzar a hacer un trabajo detallado sobre un tema elegido, así como una memoria que se debía realizar en algunos meses. Había que elegir un director para el trabajo y cada alumno debía poner el nombre del profesor elegido en la parte de arriba de una página aterradoramente llena de diversas preguntas. Ruby mordisqueaba su bolígrafo, no sabía qué profesor podría encenderle la curiosidad para escribir su trabajo, a excepción del profesor de matemáticas. Nunca había visto a un profesor tan sexy y tan motivador. David Nolan era el hombre perfecto. Se inclinó, sin embargo, sobre la hoja de Belle y se echó a reír al ver el nombre que había escrito.
-¿Qué?- preguntó Belle, ansiosa por lo que la morena iba a decir
-¿El profe de historia?
-Bueno, ¿y qué? ¡Es el más adecuado a mi tema! ¡No voy a elegir al profesor de Educación Física!
-Ah…¡el profe de Educación Física no está mal tampoco!- se acordó Ruby, dudando ahora entre Scarlett y Nolan
Emma aún no había escrito el nombre, se preguntaba si era una buena idea poner «Millsy» en lo alto de la página. Sin embargo, la señorita Blanchard, su otra profesora preferida, parecía ser más apropiada. Por otro lado, Emma veía ahí la ocasión para pasar más tiempo con Regina Mills y conocer más de ella. Al menos, lo esperaba. Decidió asumir su elección, y lo escribió en letra capital en la línea prevista a tal efecto. Esperaba, con todo su corazón, que su petición no fuera rechazada. Cada vez que se cruzaba con Regina en el pasillo, esta no la miraba, y desde hacía algunos días, Emma pasaba por todos los estados de emoción, la inquietud, la tristeza, la cólera…
Eso se hizo notar en el bar, cuando ella rompió su tercer vaso. Jefferson la miró con expresión inquieta. Normalmente, Emma era calmada, jovial y tomaba la iniciativa, pero esa tarde estaba agitada y no lograba calmarse. Lanzaba ojeadas furtivas hacia la puerta y rompió su cuarto vaso cuando divisó a Regina atravesar el umbral de la puerta.
Ella se agachó repentinamente bajo la barra para recoger los trozos y no ser vista. Desgraciadamente para ella, al levantarse, se encontró cara a cara con su profesora.
-¡Precisamente a la que quería ver!- murmuró la morena enarbolando una sonrisa encantadora
-¿Ah sí?- preguntó Emma con voz seca
Regina asintió y posó sus dos manos en el borde de la barra
-¿Qué quiere beber?- preguntó Emma intentando ser profesional, echó los trozos de cristal en la basura antes de girarse hacia la morena
-¡Información!
Emma puso morros y suspiró
-No tenemos eso en el bar, lo siento, ¿otra cosa?
-¡La veo muy segura de sí misma tras esa barra, Swan!- replicó la morena con voz autoritaria, retomando así su papel de profesora
La rubia tragó saliva y hundió su mirada en la de mujer que tenía delante, la escena de la biblioteca le vino a la cabeza. Detestaba ese poder ridículo que la obligaba a doblegarse ante su profesora. El mote de Millsy ya no le hacía pensar en un peluche sino más bien en la hidra venenosa que nunca muere, poco importaba el golpe asestado o las palabras hirientes. Cogió de nuevo un vaso y se ciñó a sonreír irónicamente.
Al cabo de varios segundos, la sonrisa depredadora de Regina hizo su aparición.
-¿Usted me quiere?- preguntó ella
-¿Perdón?- dijo con voz estrangulada Emma haciendo casi caer el vaso que estaba secando
-¿Como tutora?
Emma se quedó paralizada, ¿qué habría podido beber Regina Mills para hacerle ese tipo de pregunta? Miró a su alrededor y comprobó que nadie podría escucharlas.
-¿De qué me habla?- preguntó la alumna que estaba al límite de tomarle la temperatura a su profesora
-Tutor/a elegido/a para la memoria: Regina Mills- leyó la morena sacando una hoja de su bolso
Emma se abofeteó mentalmente y siguió la conversación como si nada.
-Bueno, si usted quiere, pensaba que estaría bien hacerla con usted porque…yo…digamos que…sé que…pocos alumnos la piden a usted y…y además…por mi tema, pensaba que quizás podría ayudarme.
Regina dejó que un largo silencio se instalara. Emma reviró los ojos, estaba convencida de que Regina amaba ese tipo de silencios. Debía adorar ver el rostro de su alumna descomponerse ante su mirada.
-¿Por qué no?...Pero como trabaja después de las clases, tendríamos que vernos en el bar
-¿Eso quiere decir…que acepta?
Regina no respondió, la verdad era que no tenía elección. Stromboli, el director, le había prohibido rechazar a ningún alumno. Y la única que la había elegido era Emma Swan.
-Hum…en fin, por lo de trabajar en el bar, es una buena idea, sobre todo porque solo hay gente por la noche…así que…podríamos pasar la hora del té aquí
-¡Muy buena idea!
-¿Y por qué no comenzar esta tarde? ¡No hay nadie en este momento!...Pero…¿quizás tenga cosas que hacer?- se refrenó la pequeña rubia
Regina vaciló un instante y se pellizcó los labios sacudiendo la cabeza.
-No, no tengo nada que hacer, estoy libre como el viento, esta tarde.
Se instalaron en una mesa, que Emma ya tenía cubierta de papeles y Regina esperó a que su alumna abordara el tema de su memoria. Ella se mostró paciente, atenta y juntas comenzaron a redactar una sinopsis. Las tardes de entre semana eran poco movidas y solo una veintena de clientes pasaron por la puerta. Los habituales.
-¿Necesita ayuda…miss Swan?- preguntó Regina cuando hacía ya varias horas que la noche había envuelto la ciudad.
-¿Perdón?- se sobresaltó la joven
-Es hora de cerrar, ¿no?- indicó Regina mirando su reloj
-¿Hein? ¡Oh! ¿Ya? No he visto pasar el tiempo. ¿Quiere una última copa?
Ante la frase con doble sentido bien presente, Regina alzó la cabeza para saber si su alumna se había dado cuenta de lo que acababa de decir. Visiblemente no. Para no hacérselo ver, ella declaró
-Sírvame una infusión, así ya no tendré sino que meterme en la cama al llegar a casa.
Emma borró la imagen de Regina acostada en una cama antes de darse la vuelta para ir a prepararle la infusión. Emma se ocupó en recoger y limpiar rápidamente y al final solo quedaba una única clienta. Emma avanzó hacia la baja morena que tecleaba en su móvil.
-Lo siento, tengo que cerrar- dijo dulcemente
-Ah, bien
Le dio las gracias por la infusión y cogió sus cosas para marcharse.
-¡Gracias por mi memoria!- respondió Emma con voz entrecortada
Regina esperó a que Emma apagara todas las luces antes de salir al mismo tiempo que ella.
-¿Nos vemos mañana a media tarde?- propuso la directora mientras se ponía sus guantes oscuros
La muchacha cogió las llaves del bar del fondo de su bolsillo y cerró la puerta a consciencia, después se giró hacia Regina con una sonrisa.
-¡Sí! ¡Si no tiene más alumnos de los que ocuparse!
-¡Hum…ya sabe, la Ice Bitch no es muy popular para los trabajos finales!
Emma desorbitó los ojos y su respiración se detuvo en su caja torácica. ¿Cómo tenía consciencia Regina Mills de ese mote ridículo?
La morena se inclinó entonces hacia la rubia y murmuró
-¡Conozco ese mote desde hace tres años, miss Swan!
Bastante incómoda, Emma jugueteó nerviosamente con sus llaves y evitó mirar a su profesora a la cara.
-No se avergüence, ese mote me lo he ganado solita. Dígale a Miss Lucas que no es muy buena inventando motes
Dejó caer un pequeño silencio, divertida, y se alejó
-¡Buenas noches, miss Swan!
Sintió la mirada de Emma en su espalda, pero continuó caminando hasta su coche. Se echó a reír una vez que entró en el habitáculo. Esa velada había aliviado un poco el corazón de Regina: como si estuviera metiéndose en una nueva relación de seducción con un amante. Desgraciadamente, el miedo salió a la superficie y se preguntó si merecería la pena. Corría el riesgo, después de todo, de quemarse.
Emma se tiró sobre la cama, hundiendo su rostro en su almohada, lo que le permitió ahogar un gemido de frustración. Habría querido besar a Regina en plena boca y tirarla sobre la cama. Se dio la vuelta hacia el techo y suspiró. ¡En tus sueños, chica! Ciertamente ella está bien servida y seguramente no por mujeres sino por un hombre bien fornido que le da su dosis de placer… pensó aplastando su puño contra el colchón. Dio vueltas durante un tiempo antes de quedarse dormida evitando, más mal que bien, pensar en la hermosa morena.
Se despertó de buena mañana con un grito de…¿rabia? ¿Miedo? Sus ojos se abrieron antes incluso de tener consciencia de la situación y su cuerpo se arrastró hacia fuera de la habitación, como si alguien hubiera tomado las riendas de su cerebro. Nathan había vuelto a hacer de las suyas, solo podría ser eso, pensó bajando peligrosamente las escaleras…
Llegó al salón donde una escena apocalíptica la esperaba.
-¡Pedazo de bueno para nada!- gritó George blandiendo su cinturón
-¡Qué te jodan!- respondió Nathan que se debatía como un diablo
-¡George!- lo llamó Emma quedándose paralizada en el umbral de la puerta –Por Dios, ¿qué ocurre?
Nathan estaba estampado contra la pared y no podía evitar al hombre que se lanzaba contra él, como una bestia feroz.
-¡Sucio pequeño cabrón!- ladró George alzando el brazo con el que sujetaba el cinto. Emma saltó por encima del sillón y se colocó delante de su hermano menor, abrazándolo para protegerlo. La hebilla de acero se clavó entre sus omoplatos, provocando un dolor vivo que le ascendió hasta la nuca, como si acabara de recibir una descarga eléctrica. Lanzó un grito y se apoyó contra la pared para no caer bajo el fulgurante dolor. Nathan se lanzó contra George para hacerlo caer.
El temblor del suelo indicó a Emma que él había logrado tumbarlo. El muchacho se precipitó hacia ella y la ayudó a levantarse. Ni siquiera se había dado cuenta que estaba arrodillada en el suelo.
-Lo siento, Emma, ¿por qué te has interpuesto?- la sermoneó Nathan
-¡Pequeña zorra! Siempre metiéndote en lo que no te importa, ¿eh?- gruñó George que se había levantado y la agarraba del brazo.
George era grande, ancho, siempre sucio, pero tenía una fuerza de un oso, de tal manera que cuando atrapó a Emma, ella tuvo la impresión de que su brazo iba a romperse como una ramita. Grumpy ladraba desde hacía minutos y nadie parecía preocuparse por ello, ni George.
-¡Suéltame, pedazo de cerdo!- replicó Emma, con el rostro deformado por el dolor
-¡Te juro que haré que te arrepientas de esto! ¡Vas a dejar de interponerte por un largo tiempo! ¡Ya es hora de que sepas cuál es tu puto sitio, Emmy! ¡Una mujer no se mete en mi camino! ¿Comprendes? ¡Una noche, cuando no lo esperes, te enseñaré lo que es un hombre! Podrás intentar rebelarte, pero te causará más dolor…- amenazó con una risa malvada atrayéndola hacia él. La pegó a su cuerpo y una mano se posó en los riñones de la rubia.
Las lágrimas brillaban en ese momento en las mejillas de la rubia y escuchó un ruido metálico antes de ver el cuerpo de George caer ante sus pies, ella casi cayó con él, pero consiguió a tiempo mantenerse estable.
Nathan tenía una sartén en la mano y tragó saliva antes de atreverse a alzar la vista hacia Emma. Se miraron y Emma lanzó una mirada hacia la entrada donde Joy, Amber, Lucy estaban de pie, recién levantadas y ya conmocionadas.
George delante de ellos acababa de amenazarla con violarla y todos sabían que no podían hacer nada.
Ellos no podían avisar a nadie.
Estaban solos.
Solos.
Las lágrimas corrían aún por las mejillas de Emma y Joy entonces tomó las riendas de la situación.
-Nathan- lo llamó ella –Vacía una botella de whisky y déjala al lado de ese miserable, creerá que ha cogido una cogorza más…Lucy, sube a vestirte para ir al cole. Amber, ocúpate tú del desayuno, yo voy a curar a Emma antes de que comience este día de mierda. ¿Dónde está Linda?
-¡Arriba, planchando la oreja, está fuera de circulación!- informó Nathan vaciando el whisky en el fregadero.
Joy tendió una mano a Emma y la ayudó a pasar por encima del cuerpo de su padrastro. Una vez en la habitación, la pelirroja comprobó el brazo de Emma así como su espalda donde la hebilla del cinturón se dibuja perfectamente. Contuvo sus palabrotas mientras pasaba una pomada sobre el morado que ya se había formado. Sabía perfectamente que eso no ayudaría mucho, pero al menos le daría tiempo a Emma de restablecerse.
-¿Por qué a George se le había ido la pinza?- preguntó Emma al ver a Nathan en el umbral de la puerta
Este bajó la cabeza y confeso con voz avergonzada.
-Tenía hambre, Em'. Solo cogí un poco de pastel del que habías hecho antes de ayer. ¡Te lo juro!- afirmó él con voz débil
-Te creo, Nath. Y cuanto tengas hambre, te sirves, ¡no les debes nada, de acuerdo, sobre todo a ese pedazo de cabrón! No les debemos nada- insistió Emma.
A pesar de los buenos cuidados de Joy, ni el dolor ni la nausea abandonaron a Emma en todo el día. Ente las doce y las dos, los alumnos tenían una pausa un poco más larga ese día debido a la ausencia de un profesor, entonces Ruby, Belle y Emma decidieron ir al parque del insti a pesar del frío.
-¡El día que me vaya de esta ciudad se me hará raro no ver más vuestras caras!- dijo ella al cabo de un momento
Ruby y Belle se intercambiaron una mirada de comprensión. Sabían que algo había tenido que pasar, pero Emma no les decía jamás gran cosa de su vida en la familia de acogida y las chicas jamás habían tenido valor para obligarla a hablarles.
-¿Por qué te irías de la ciudad?- preguntó Ruby tras algunos minutos de silencio
-No lo sé- respondió Emma notando ya las lágrimas quemarle los ojos
Era la primera vez que se planteaba abandonar la ciudad para no sufrir los golpes, los insultos y la violencia de todo tipo. Había soportado las bromas picantes de George cuando se ponía falda, había soportado que él entrara en el baño cuando ella se duchaba, había soportado una o dos caricias en el muslo, pero ahora…George quería hacerle pagar lo que había hecho y no podría evitar tener miedo durante todas las noches a partir de ahora. La prueba era que ya estaba aterrada.
-Emma, sé que nunca hablamos, pero…esto tiene pinta de ser grave. ¿Ocurre en algo en tu casa?- preguntó Belle, prudente
-No más que de costumbre- mintió encogiéndose de hombros
-¿Quieres venir a Granny durante un tiempo?
-Sí, ya, ¿y qué hago con los demás?- preguntó Emma casi ríspida
No tenía huida posible. Estaba prisionera, como un pequeño pájaro en la jaula que apenas tenía sitio para desplegar sus ateridas alas. Se sentía ahogada, se levantó bruscamente e inventó la excusa de que tenía que devolver un libro en la biblioteca para poder escapar a la mirada pesada de sus amigas.
Caminó sin destino y al girar en un pasillo, casi chocó con una morena alzada sobre tacones de aguja.
-¡No puede ser verdad!
-¡Oh no!- gimió Emma, Regina era la última persona que deseaba ver ese día
Habría querido no verla cuando se encontraba en un estado tan lamentable.
-¿Miss Swan?- dijo asombrada Regina al verla
Debo tener una cara de pena, se dijo Emma revirando los ojos
-Profesora
Pasó al lado de la mujer que la agarró por el brazo para retenerla unos segundos. Emma puso una mueca de dolor y apartó rápidamente su brazo del agarre de la mayor.
-¿Todo bien?- preguntó Regina frunciendo el ceño
-¿Por qué? ¿Quiere ponerme una hora de castigo porque casi choco contra usted?- replicó la rubia frunciendo el ceño
Regina entrecerró los ojos marrones y una expresión contrariada tomó sitio en su rostro.
-Swan…
-No, lo siento, la dejo, si quiere castigarme, hágalo, ¡me importa poco!
Emma giró sus talones y se sorprendió al no escuchar la voz de su profesora gritarle.
Se refugió en los aseos y se subió la manga de su suéter para ver a aparecer un horrible morado en su antebrazo, allí donde George la había agarrado esa misma mañana. Hizo una mueca y volvió a cubrir rápidamente su herida al escuchar abrirse la puerta.
Regina Mills apareció en el umbral y cerró la puerta tras ella. Alzó un dedo hacia la joven.
-¡No se mueva!- le ordenó pasando a su lado
Comprobó cada una de las cabinas para ver si alguien podía escucharlas y se giró inmediatamente hacia Emma. La rubia casi se esperaba ver desfilar su vida ante sus ojos. Ya veía los grandes titulares en los periódicos: «Una alumna encontrada muerta en los baños de su instituto…» Seguramente la nombrarían Myrtle, la llorona.
Su futura asesina avanzó a grandes pasos hacia ella.
-Voy a darle una oportunidad, una única oportunidad para decirme la verdad
-¿Qu…qué? ¿Qué verdad?- balbuceó ella intentando retroceder, incómoda con la proximidad de Regina
-¿Por qué le duele su antebrazo?
El corazón de Emma dejó de latir para inmediatamente ponerse a palpitar a un ritmo desenfrenado y bastante elevado, ¿cómo había adivinado? Emma frunció el ceño y abrió varias veces la boca antes de fabricar una fingida carcajada.
-¿Qué se imagina? ¡Me he torcido el brazo al caerme de la bicicleta!
Regina entrecerró los ojos y tendió la mano. Emma miró la mano tendida y alzó sus ojos verdes hasta los océanos marrones e inquietos de la profesora Mills.
-¿Qué?
-¡Su brazo!
Emma lo escondió a la espalda y retrocedió un paso.
-No es usted enfermera, ¡no me puede pedir eso! Y además ya le he dicho que ha sido una caída de la bicicleta que…
-¿No una pelea?- preguntó Regina
-¡No!
-¡Entonces, enséñemelo!
-¡No!
Emma estaba en pánico, su respiración se estaba volviendo errática y de repente se le secó la garganta.
-¿Está segura de que no quiere decirme la verdad?
-¡Pero esa es la verdad!- murmuró débilmente la rubia
Emma creyó ver la decepción en la mirada sombría frente a ella, pero pasó tan rápido que no pudo estar segura. Regina se dio la vuelta y se dirigió a la salida.
-¡Si no dice nada, no puedo ayudarla, condesa!
La puerta se cerró despacio y Emma se quedó quieta un largo momento antes de salir a su vez con su corazón horadado por la tristeza.
