Navidad

Emma, realmente, nunca le había prestado atención a su apariencia física, llevaba gafas desde los doce años y jamás había cambiado de pares, no formaba parte de las chicas delgadas con largas piernas de gacela. No tenía un cuerpo de ensueño y sus cabellos raramente estaban peinados y cuidados. A menudo los ataba en una cola de caballo para esconder sus nudos. Sin embargo, el hecho de hacer deporte le hacía tener consciencia de que su cuerpo cambiaba, sus caderas estaban menos rollizas y sus muslos más musculosos. También vio que su vientre se esculpía poco a poco y se hacía plano. Le gustaba lo que veía en el espejo y se entregaba a peinar sus cabellos todas las mañanas para atarlos en la cola de caballo o en una trenza algo más sofisticada. Pero lo que más le gustaba aparte de su transformación física, eran las conversaciones que tenía con su profesora durante las sesiones de deporte y cuando no hablaban, Emma adoraba escuchar las pisadas de la joven, así como su respiración controlada. La suya era bastante más errática y sibilante, pero mantenía el ritmo a pesar de sus agujetas.

Noviembre había visto cómo la nieve se precipitaba sobre la ciudad y no hacía más que aumentar. Era más difícil ir al colegio, pero Emma les había prohibido a los chicos fugarse de las clases.

Los rumores sobre ella habían cesado y ahora se centraban en la ausencia de Killian Jones. Hacía dos semanas que no venía a clase y Emma se inquietaba al ver su sitio vacío. Algunos contaban que había habido un ajuste de cuentas y que él se había llevado los palos, otros decían que había caído en la droga…

Una mañana, mientras todos intentaban seguir la clase soporífera del profesor de Historia, Regina Mills entró en el aula seguida de Killian, los ojos fijos en el suelo, el rostro triste y con golpes en algunas zonas. Sus heridas no eran ciertamente del día anterior, pero parecían aún dolorosas. Regina buscó algo en la clase, sin pedirle disculpas siquiera al profesor que había interrumpido y la miraba hacer con una mirada de sorpresa.

-¡Miss French!- llamó Regina dando con el rostro de la joven

-¿S…sí?

-¡Sígame!- ordenó Regina con voz que poco dejaba a la discusión. Belle se levantó y se dirigió hacia la directora adjunta con paso vacilante.

El trío salió al pasillo y Regina cerró cuidadosamente la puerta para que ningún alumno escuchara lo que decían. Algunos minutos después, Killian y Belle volvían a entrar en el aula y Regina los dejó sin una mirada.

Emma esperó al almuerzo en la cafetería para acosar a Belle con preguntas.

-¡Solo quería que lo ayude a ponerse al día!- murmuró la rata de biblioteca

-¿Es todo lo que os dijisteis?

-¡Sí, es todo!

-Belle, sé cuando mientes y…¡Ruby! ¡Me puedes ayudar aquí!- exclamó Emma revirando los ojos

-¿Hein? Lo siento, le escribía a Peter- se excusó la joven mirando su móvil.

-Entonces, ¿de dónde son esos moratones que tiene en la cara?

-Escuchad chicas, no soy yo la que debería hablar, así que…

-¡Pero solo a nosotras!- forzó Ruby mientras cogía una fruta

-¡No!

-¡Sinceramente, Belle, no es como si nos contaras los secretos ocultos de la NASA!

-¡A veces me pregunto qué edad tenéis!- exclamó ella marchando, dejando su plato de comida sin haberlo tocado.

Ruby se encogió de hombros y se giró hacia Emma.

-¿Acaba de llamarnos niñas pequeñas?

-Sí…grosso modo, es lo que acaba de decir

-¡Quizás es su novio!- se entusiasmó enseguida Ruby

-¡No puede ser! Si no, no me hubiera pedido que fuera al baile con él, y el día de mi cumpleaños, no hubiera metido sus manos en mis muslos- susurró Emma para que solo Ruby la escuchara.

-¡Ah sí, mierda! Por cierto, ¿vendrá finalmente al baile?

-No lo sé, le preguntaré

Emma tuvo la oportunidad horas después, al girar en el pasillo.

-¡Hey! ¡Killian!

-¿Swan?

-¿Todo bien? Yo…quiero decir, no tienes pinta…en fin…tu rostro es…de verdad horrible. ¡Bueno, no! No del todo, es solo que…hum…

-Déjalo, Swan, ¡estoy bien!- suspiró él

-¿Estás seguro? Ya sabes, no quiero forzar la confidencia, pero si puedo hacer algo…

-Todo se arreglará, no te preocupes

-Oh…ok. Euh…¿iremos aún al baile juntos?

-¡Por supuesto! En tu opinión, ¿por qué crees que he vuelto al instituto?- dijo él con una sonrisa pícara mientras se alejaba por el pasillo.

-¡Killian!- lo volvió a llamar ella

-¿Sí?

-Tus problemas, ¿no se van a arreglar, verdad?

Él clavó sus ojos en los de la joven y dio una pequeña sonrisa triste antes de alejarse.

El mes de noviembre acabó y el mes de diciembre vio llegar el primer consejo escolar. A Regina le gustaban esos consejos pues le permitían tomar consciencia de los diversos problemas que sus alumnos podrían encontrar. Sin embargo, la tonelada de papeles que eso le aportaba hacia que raramente abandonara el colegio antes de las diez de la noche, así que estaba viendo a Emma menos a menudo para su trabajo, pero le había mandado que le enviara cada semana un informe.

El hecho de no ver más a la profesora Mills en el Chapèlier Flou atormentaba a Emma, pero felizmente, aún tenía las clases de apoyo y las horas de deporte por las mañanas antes de clase…

El último consejo antes de las vacaciones era el de la clase de Emma; fue, de lejos, el más agotador para Regina, que tuvo que pelearse por algunos alumnos para que estos no fueran expulsados del centro. Salió exhausta, pero feliz por haber podido mantener a todo el mundo en sus pupitres. Al llegar a su coche, reparó en un grupo de jóvenes con capuchas levantadas sobre sus cabezas, no prestó gran atención hasta que vio sus neumáticos pinchados. Se giró hacia la tropa y escrutó su reacción. Uno de ellos se adelantó, pero se quedó en el otro lado de la calle y se llevó su pulgar a la garganta desplazándolo de izquierda a derecha. Ella sostuvo su mirada mientas sacaba su móvil para llamar a la grúa. El grupo desapareció rápidamente montado en bicicletas herrumbrosas.

El mensaje estaba claro, Regina Mills era la diana de amenazas, pero, ¿por qué?


Las vacaciones de Navidad siempre habían sido un suplicio para Emma, un aburrimiento mortal. Sin embargo, las aprovechó para trabajar más en el bar y hacer aún más deporte para entrar en su vestido.

El 25 de diciembre, un ambiente particular flotaba en el aire. En la familia de acogida, ese día se resumía a un «Feliz Navidad» dicho en el pasillo. Así que, cuando Ruby le había suplicado que fuera a celebrarlo con su abuela y ella, Emma había aceptado rápidamente para huir de la morosidad de su hogar.

Tiró una ropa sobre la cama, solo tenía un vaquero negro que podría pasar, se preguntó si Joy tendría algo que pegase para una fiesta. Ella le prestó un suéter con encajes beiges y dorados que ponían en alza sus cabellos dorados. Joy le propuso también hacerle un moño para que cambiara un poco de peinado.

-¿Has previsto algo para Navidad?- preguntó Emma mientras Joy, con la lengua fuera, se concentraba en terminar el moño alto que estaba confeccionando.

-Eh, bueno, no sé, pienso que voy a ir a dar una vuelta con dos o tres amigos, pensaba que August vendría a visitarnos…pero por lo visto no

August y Emma habían estado varias veces en la misma familia. Siempre se habían reencontrado como si el destino quisiera reunirlos pasara lo que pasara y se habían hecho muy cercanos. Él también había conocido a la familia de Linda y George, pero tras una enésima disputa con George, se había largado. Ahora haría dos años. Algunas veces, las chicas recibían una carta que les avisaba del sitio donde se encontraba, pero esas cartas se estaban haciendo cada vez más escasas y Emma dudaba que algún día fuera a verlo otra vez.

-¡Voy a ver si nos ha enviado algo!- anunció Joy como si hubiera leído en la mente de la rubia.

Se precipitó hacia abajo y dejó a Emma que se maquillara sola. Joy apareció minutos más tarde con una carta.

-¿Es de él?- preguntó Emma dándose la vuelta rápidamente, dejando caer la mitad de las cosas de maquillaje.

-¡No, princesa! Es una carta para ti, pero no es la letra de August.

-¿De quién será?- pregunto ella

-No lo sé, pero es un papel bonito, incluso hay una especie de logo en el sobre, como una flor.

Emma abrió el sobre y vio con alivio que se trataba de una carta de Elsa y Anna.

-¿Qué dice?- preguntó Joy corriendo hacia su hermana mayor

-¡Anna ha conocido a un chico! Se llama Sven. Es un compañero del equipo de Elsa, ha entrado en un equipo de patinaje artístico y habla de un cierto Hans, que tiene pinta de ser un completo idiota. Nos manda besos a todos.

-¿No hay más noticias de Anna?

-Creo que tienen mucho que hacer con su tía…- rezongó Emma dejando la carta, ahora frustrada por no saber más.

-Vamos a responderles, ¿no?- preguntó Joy, inquieta

-¡Sí, les vamos a decir que Jeremy finalmente no se irá antes de los dos años y que todo va bien en el más podrido de los mundos!

Joy suspiró. Un sonido de claxon interrumpió el curso de sus pensamientos. Era Ruby y su abuela. Emma corrió por el pasillo y se encontró de cara con George que subía las escaleras. Él la agarró de un brazo y la obligó a mirarlo.

-¡Estás muy bien así, hermosa Emma!

-Gracias George- dijo ella en voz baja

-Feliz Navidad- murmuró él con voz sin pizca de alegría

Ella le lanzó una mirada oscura y rápidamente soltó su brazo. Emma corrió para reunirse con Ruby que esperaba delante de la puerta y se sintió tranquila por pasar la Navidad fuera de ese lugar. Subió al coche tras haber saludado cálidamente a Granny. Sin embargo, al ver que no se dirigían a casa de Ruby, Emma lanzó miradas inquisitivas a su amiga.

-Granny, ¿a dónde vamos?- preguntó Ruby, también ella intrigada

-¡Eh bueno! ¡Te dije que íbamos a casa de unos amigos, cabeza loca!

-¡No, me dijiste que celebraríamos Navidad con tus amigos! ¡No que no fuera en casa!

-Bueno, te has ganado una salida, ¿de qué te quejas?

Ruby se enfurruñó, y se hundió en el asiento, dejó caer que se había pasado dos días limpiando la casa de cabo a rabo para nada.

-¡Primero, vamos a buscar a una amiga, después vamos a casa de Marco!

-¿Marco?- interrogó Emma

-Es un amigo de Granny, se conocen desde hace mucho tiempo, hace unos diez años fue director de nuestro instituto. La gente del pueblo dice que hubo miradas…amorosas entre mi abuela y él.

-¡Ruby! ¡No digas tonterías!..¡Ah! ¡Llegamos!

Emma miró por la ventana y divisó a una joven delante de una imponente mansión. Tras haber parpadeado varias veces, sintió su vientre retorcerse de repente.

-¿La profesora Mills?- exclamó Emma girándose hacia Ruby, con expresión furiosa.

-Granny, ¿vamos a pasar la Navidad con una de nuestras profes?- gimió la joven mirando a su abuela.

Se callaron cuando Regina entró en el vehículo. Ofreció una tímida sonrisa a las chicas en la parte de atrás y besó a Granny en la mejilla.

-¡Muchas gracias por haber venido a buscarme!

-De nada, mi niña, no fue tu culpa que tu coche se haya averiado- respondió cálidamente la anciana dándole unos golpecitos en la rodilla.

-Ese coche…- gruñó amablemente Regina balanceándose en su asiento, incómoda. Ella y Emma no habían intercambiado sino una mirada que visiblemente las había turbado a las dos.

Cuando se veían en el café, no había nadie para juzgar su particular relación. Aquí, las cosas eran diferentes y se daban perfectamente cuenta de ello.

Emma se hundió en su asiento durante el resto del viaje, sin soltar una palabra ni una mirada a los demás. Regina conversó tranquilamente con Granny, que no dejaba de lanzarle «mi niña» y «mi ángel» que hacía que Ruby revirara los ojos.

Se detuvieron delante de una mansión situada en lo alto de la ciudad, en la colina norte y bajaron del coche.

Ruby se puso al lado de su abuela para darle la bronca por haber omitido dónde iban a pasar la Navidad. Emma siguió los pasos de Regina y mantuvo las manos hundidas en sus bolsillos y su nariz en su bufanda.

-¡Está usted muy hermosa, miss Swan!- cumplimentó Regina mirando el peinado de la alumna

Emma cruzó su mirada y le respondió con una discreta sonrisa.

-¡La he llegado a ver más parlanchina!- murmuró Regina inclinándose dulcemente hacia la joven

Emma respondió con un sonido que estaba a medio camino entre un gruñido y un carraspeo. Regina no tuvo tiempo de decir nada más, ya que el pequeño grupo ya salía a la puerta de entrada.

Ruby casi se cae para atrás cuando descubrió a David Nolan y Mary Margaret Blanchard en el salón de Marco. Le lanzó una mirada desolada a Emma que parecía, ella también, turbada al ver dónde había aterrizado.

Pasar la Navidad con tus profesores eran, como menos, poco habitual. El pequeño de Nolan y Blanchard estaba allí, pegado a las piernas de su madre antes de ver a la profesora Mills. En ese momento, corrió hacia sus brazos.

-¡Redzina!- gritó él hundido su cabeza en el cuello de la joven.

-¡Hola muchachito!- dijo ella saludando con un gesto de la mano a los padres que se habían girado ante el grito del pequeño.

Mary Margaret avanzó hacia el pequeño grupo y saludó a todo el mundo. Ofreció un hojaldre a Emma y Ruby, como si tener a dos de sus alumnas en las cercanías no la molestara en absoluto.

-¿Todo bien, chicas?- preguntó sonriendo

-Euh…Granny no nos dijo que estarían nuestros profesores…- respondió Ruby masticando el hojaldre.

-¡Rubs! ¡Eso no se dice!- se ahogó Emma

-¿Hein? Ah, pero, euh…no, pero no pasa nada, hein…es solo que…no…nos lo esperábamos

Regina rio mientras dejaba al niño en sus pies.

-¡Sí…los profesores también celebran la Navidad! ¿Extraño, no?- murmuró ella como si les confiera un secreto.

-¡Ya!- confirmó a joven

-¡No!- dijo Emma atrapando el brazo de Ruby que decía lo primero que le venía a la boca –¡Estoy segura que después de un vaso de ponche, será más sensata!- se excusó Emma tirando de su amiga hacia más lejos.

-Oh, mierda…Emma, gracias. ¡Ya no sabía dónde meterme!

-Yo tampoco- gruñó la rubia barriendo la estancia con la mirada, mientras Ruby se alejaba para coger una copa.

Emma pudo reconocer a Rumple Gold, un abogado adinerado que había comenzado su carrera en esa ciudad y que ahora vivía en la costa Este, charlaba con el Dr. Victor Whale, eminente cirujano neurólogo en el hospital que se encontraba en la otra punta de la ciudad. Había muchas personas más que Emma no conocía y jamás había visto antes.

Se sentía mal frente a todo esa multitud que había invadido el salón. Buscó a Ruby con la mirada, evidentemente estaba en compañía de Peter que había aparecido no se sabía cómo. Se sentía como pez fuera del agua. Divisó un sillón vació apartado en la estancia y fue a sentarse para tener el placer de observar desde ahí a los invitados. Rápidamente su mirada cayó sobre Regina. Esta charlaba con una rubia bajita que había posado su mano en el brazo de la morena, se trataba de la enfermera del instituto, Chloé Tinker. Emma frunció el ceño cuando Regina se inclinó al oído de su amiga y murmuró algo que hizo que la mujer estallara en risas. La rubia desvió su mano hacia la espalda de la directora y la acercó para contarle un secreto al oído. Regina pareció apreciar el momento y deslizó su mirada hacia Emma. Le sonrió a la otra y la atrapó por el codo para llevarla lejos de la mirada de la estudiante.

Esta última entrecerró los ojos y se pellizcó los labios. Una mano le tendió un vaso y alzó la mirada por todo lo largo de ese brazo pálido. Dio con el rostro de una chica que debía tener la misma edad que ella y que le sonreía amablemente.

-Hola- murmuró la morena que le empujó el vaso un poco más hacia la nariz

-¡Oh, euh…perdón, hola!

Mirándola más de cerca, Emma reparó que de verdad era muy pálida. Se levantó para dejarle su sitio.

-¿Parezco tan enferma como para eso?- preguntó la morena con expresión triste

-¿Hein? Euh…no, es que…en fin…pensaba que…

-Me llamo Alice- cortó ella para que Emma no tuviera que seguir justificándose. Tomó asiento en el sillón y cruzó sus piernas lechosas.

-Encantada, yo soy Emma

-¡De acuerdo!

-¡Hum…euh, gracias por la bebida!

-De nada, vi que necesitabas una bebida estimulante

-¿Hein?

Alice plantó su mirada en la suya, pero sin embargo no respondió. Emma frunció el ceño, era extraña esa chica con sus grandes ojos azules. Prefirió darse la vuelta e irse a buscar a Ruby, pero al no encontrarla, eligió una esquina tranquila y no encontró nada mejor que las escaleras, de cara a la puerta de entrada. Suspiró, la velada prometía ser larga, sobre todo si Regina Mills se regodeaba en hablar con todo el mundo menos con ella.

Cuando ella estaba ahí, Emma sentía la necesidad de tenerla cerca, de hablarle, de tener un contacto con ella. En lugar de eso, su profesora la ignoraba abiertamente. El pequeño Nolan apareció delante de ella e intentó subir los escalones sin caerse.

-¿Quién eres tú?- preguntó con voz aguda

-Me llamo Emma- respondió ella haciéndose a un lado para que él se sentara a su lado.

-¡Yo soy Neal Nolan Blanchard!

-¡Encantada jovencito!- sonrió ella tendiéndole la mano

-¿Sabes lo que quiero hacer cuando sea grande?

-No

-No lo digas, eh, es un secreto. ¿De acuerdo?

-¡Sí! ¡No diré nada!-prometió Emma conteniéndose para no reír.

-¡Quiero ser pirata! Tendré un barco, como Jack Sparrow y dentro estarán mamá, mi papá y Redzina.

-¿Ah sí? ¡Es una muy buena elección, chico!- aseguró Emma asintiendo con la cabeza

-¿Sabes? También puedes venir tú, ¡te invitaré para que no estés triste!

-Bien, te lo agradezco

-¡Neal! ¿Dónde te escondes, diablillo?- llamó una voz que Emma conocía muy bien.

-¡Está conmigo!- respondió ella girando la cabeza para ver aparecer a Regina, toda sonriente.

-Mírate, bribón, creía que mamá te había pedido que esperases antes de salir corriendo.

-¡No quiero tomar la medicina!- gritó Neal posando sus pequeñas manitas en la boca

Emma se movió, algo incómoda por haber sido sorprendida en plena conversación con el pequeño.

-¡Neal, es importante que tomes la medicina, si no, seguirás estando malo y no podrás ir a ver a Beau Miroir!

El niño comenzó a refunfuñar y se cruzó de brazos para mostrar su descontento. Emma esperaba ver a su profesora irritarse y declarar con voz fría que si no iba, le daría la medicina a la fuerza, pero en lugar de eso, ella se agachó ante él y le tomó el mentón entre los dedos.

-¡Muchachito, lo sabes, si no tomas la medicina, no podrás convertirte en pirata!

-¿De verdad?- gruñó Neal girándose hacia Emma para tener la confirmación

-Sí, es verdad. ¡Además, no sirve de nada luchar contra Regina Mills, es la pirata más temible que haya visto!

Neal frunció el ceño y preguntó dulcemente

-¿Eres una buena o malvada pirata?

-¡Malvada, por supuesto!- respondió Regina usando una voz ronca

Neal comenzó a gritar y reír al mismo tiempo, mientras echaba a correr hacia su madre. Regina y Emma intercambiaron una mirada cómplice y Emma abrió la boca para hablar.

-¡Ah! ¡Estáis ahí! ¡Vamos a comer!- informó Tinker deteniéndose al lado de ellas.

Emma cerró la boca y rompió el lazo que habían creado.

Cada uno se sentó después de discutir para sentarse donde cada uno querían. Emma estaba entre Ruby y Whale, Regina estaba frente a Emma, sentada entre el profesor Blanchard y la enfermera.

Durante la cena, Emma se sintió muy sola, Ruby estaba focalizada en Peter y charlaba con él, Regina hablaba con la rubia a quien Emma había decidido odiar, Whale no tenía una conversación interesante para una joven y Emma no se veía hablando con la profesora Blanchard o con Nolan, tenían ese lado papá/mamá cuando se dirigían a ella que la molestaba enormemente.

Antes de servir el postre, los comensales pidieron una pausa para digerir lo que acababan de tragarse.

Emma salió para airearse un poco, y el aire fresco contrastaba tanto con el calor del interior que tuvo la impresión de que sus pulmones se congelaban. Golpeó sus pies uno contra el otro para calentar sus piernas y frotó sus manos enérgicamente.

Tras ella, la puerta se abrió y se cerró despacio, se dio la vuelta, aún apoyada en la balaustrada que rodeaba el porche.

-¡Miss Swan!

-Profesora- murmuró Emma dándose la vuelta

Notó que la joven se ponía a su lado, imitando su postura.

-¿Está pasado una buena velada?

Emma se encogió de hombros y se negó a mirar al rostro de la morena.

-Parece algo triste- remarcó Regina inclinándose hacia ella, su hombro tocando ligeramente el de Emma

-No…todo va bien

Regina arqueó la ceja y miró el paisaje que se extendía ante sus ojos. Marco tenía una casa situada en las alturas de la ciudad, que desde el porche se podía divisar en la lejanía las casas alinearse en líneas casi perfectas. La nieve había recubierto la ciudad en poco tiempo y la campana parecía congelada, detenida en el tiempo. Pensándolo bien, las casas parecían trozos de azúcar alineados. El viento movió algunas ramas y Emma se estremeció rodeándose con sus brazos.

Regina esbozó su partida

-¿No hay nadie a quien eche de menos en este tipo de fiestas?- preguntó Emma antes de que Regina entrara

Esta se giró y volvió sobre sus pasos

-Sí, por supuesto- respondió ella escrutando el rostro de la rubia.

-¿Por qué pensamos en la gente que nos falta precisamente en este tipo de acontecimientos?

Regina escrutó el paisaje y buscó una respuesta apropiada.

-En mi casa- comenzó ella acercándose un poco más al hombro de Emma –el suelo está hecho de viejas piedras oscuras…- continuó Regina sonriendo

Emma giró la cabeza, sabiendo muy bien que no iba a describirle la arquitectura de su casa por nada. Notó la cercanía de su hombro con el de su profesora y sintió mariposas en lo hondo de su vientre.

-Cuando la compré, no me di cuenta de que una de las piedras no estaba a la misma altura que las otras. Está un poco más baja y forma un hueco en el suelo, justo delante de la puerta de mi habitación. Al principio, estuve muchas veces a punto de caerme. Y después, con el tiempo, aunque el agujero siegue estando ahí, me he acostumbrado a vivir con eso, así que logro esquivarlo, pero a veces, cuando hay algo importante en mi vida, no pongo atención y es en ese momento que tropiezo con él. Eso me recuerda que está ahí.

Emma sonrió, emocionada de que Regina hubiera encontrado una metáfora para mostrarle que lo que sentía era normal.

-¡Sí!- dijo dejando salir vapor de su boca

Regina y ella se quedaron largo tiempo pegadas, mirando el paisaje ante sus ojos. Emma giró su rostro hacia su profesora. Esta tenía una mirada sombría, como si la tristeza se hubiera amparado de ella sin poder hacer nada para evitarlo.

-Marco debe estar esperándonos para el postre- declaró de repente la joven sobresaltando a la estudiante.

Emma asintió y la dejó entrar en la casa. En el momento en que Emma iba a seguirla, vio unas piernas bajarse de la silla de madera esculpida en la esquina del porche.

-¿Alice?- dijo ella avanzado prudentemente

La chica sonreía de manera enigmática y sus ojos se hundían también en el impresionante paisaje.

-Yo pienso en mi madre- confió la joven girándose hacia Emma con los ojos embargados de lágrimas.

-¿De…qué…estás…?

-Los días de fiesta, pienso en mi madre. Murió cuando yo era muy joven, y después de eso, no he vuelto a ver sonreír a mi padre. Ya no hay Navidades en familia…no más juegos de escondite en el jardín, no más cuentos antes de ir a dormir. Tras la muerte de mi madre, solo hay miradas tensas, cosas no dichas, murmullos apenados. Y después mi enfermedad…

-¿Tu enfermedad?- repitió Emma sentándose en el reposabrazos

-Tengo leucemia. Es por eso que Whale está aquí, vigila para que no me fatigue demasiado. Él tuvo la idea de sacarme del hospital por Navidad…no mi padre.

-Di, parece que le guardas mucho rencor a tu padre- apuntó la rubia

-Papá nunca más ha hablado de mamá tras su muerte, como si tuviéramos que olvidarla, como si jamás hubiera existido- dijo ella con voz triste –Imagino que hará igual tras mi muerte- soltó finalmente.

Emma se quedó en silencio al principio, después respondió

-Estoy segura de que piensa a menudo en tu madre, pero para no hacerte daño, no te habla de ella, por miedo a revivir ese recuerdo. Yo…¿nunca te he visto en el insti?

-No, fui dada de baja debido a mi enfermedad.

Emma asintió y lanzó una mirada hacia el interior de la casa, la señorita Blanchard estaba mirando por la ventana, una mirada colmada de lágrimas. Regina estaba a su lado, con expresión seria. Emma se levantó y tendió la mano a Alice que le pareció mucho más frágil ahora que sabía por qué la muchacha tenía la piel tan diáfana.

Entraron discretamente en la casa, y Emma percibió que a la chica le costaba mantenerse en pie a causa del frío; tomó la mitad de su peso sobre ella para acompañarla hasta la silla. La rubia sentía las miradas pesar sobre ella, pero intentó no hacerles caso. Le dio a Alice una taza humeante que Marco acababa de traerle. Poco a poco, las conversaciones volvían a su ritmo, pero Emma sentía pesar sobre ella la mirada de la directora adjunta que parecía pasarle un escáner con sus oscuros orbes.

Tras la cena, todos ayudaron a recoger y se fueron a instalarse en algún sitio de la casa. Emma charló con Alice, después Ruby y Peter se les unieron y comenzaron una partida de cartas. La noche llegó lentamente y Marco propuso poner la radio para escuchar los villancicos, después, pasó una bandeja con vasos de ponche de huevo. La velada arrancó alegremente y la nieve empezó a caer en grandes copos. Pronto, los adultos se pusieron a cantar villancicos, y Ruby incluso intentó lanzarse con cantos más osados.

Regina estaba apoyada en la barra que separaba la vasta cocina del inmenso salón, miraba al pequeño Neal con ojos enternecidos. Chloé se acercó despacio y miró a su amiga.

-¿Redge?- llamó la rubia bajita con una tímida sonrisa en la comisura de los labios

-¿Sí?

-¿Ya has bebido suficiente por esta noche, no?- dijo Tink extendiendo el brazo para coger el vaso que sujetaba la morena

-¡Vaya…pareces mi madre!- gruñó Regina revirando los ojos

La sonrisa de Cholé dejó paso a una expresión reprobatoria.

-¡Te rogaría que no me insultaras!

Regina asintió enarbolando una sonrisa burlona.

-El otro día hablé con ella por teléfono, te manda un beso- la picó la morena

Chloé lanzó una mirada a su alrededor y divisó a Emma, que una vez más, miraba a su amiga.

-Di, la rubita aquella, ¿quién es?

-Una de mis alumnas, Emma- respondió la morena lanzando una rápida ojeada

-¡Es mona! ¡Pero, sobre todo no deja de mirarte! ¡Y de lanzarme miradas asesinas!

-¡Qué dices! ¡Es una alumna, te digo!

-No sería la primera vez que una rubita captara tu atención

-¡Chloé!- previno Regina girándose de espaldas a la barra para poder apoyar sus codos.

-¿Qué? Es la verdad, ¡no seas tan mojigata, Redge!

-Ahora no, por favor

-¿Es de esta alumna de quien me hablabas el otro día?

Regina lanzó una mirada vacilante a su amiga.

-¡Sí!- acabó por decir dulcemente

Neal se acercó para meterse delante de la directora y sus pequeños bracitos rodearon sus piernas.

-¡Redzina! ¡Cógeme en brazos!- pidió el chico alzando la cabeza hacia ella.

-¿Ah? ¿Tienes algo que pedirme?- dijo ella apretándolo contra ella

-Sí, sí, ¿tu Papá Noel también va a pasar?

-¿Mi Papá Noel?

-¡Sí, porque es el tuyo el que siempre trae los mejores regalos!

-¡Ah…bien, estamos felices de saber eso!- dijo Mary Margaret dejando su vaso en la encimera

El pequeño hundió su cabeza en el cuello de Regina, avergonzado.

-¡Ah, pero eso es porque mi Papá Noel le roba las ideas al de tus padres!

Mary Margaret sonrió y fueron interrumpidas por Marco, que las invitó a pasar a la mesa de nuevo. La profesora Blanchard llevó a Neal a acostarse y le prometió que lo despertaría cuando Papá Noel pasara.

La velada pasó tranquilamente y llegó la hora de los regalos. Emma se sentía verdaderamente incómoda, pues ella no había traído nada para nadie. Realmente no tenía referentes sobre la fiesta de Navidad y sencillamente ni se le había ocurrido pensar en los regalos.

-Rubs, ¿nos podemos dar nuestros regalos a la vuelta?

-¡Oh no! ¡Quiero darte el tuyo!

-Rubs, por favor…no me gustaría hacerlo…delante de los profes…

-Ah, de acuerdo…

Ruby parecía algo desilusionada, pero Emma se sintió aliviada, salió de la casa pretextando un dolor de cabeza mientras que todo el mundo se daba los regalos.

La nieve se rompía bajo sus pies mientras avanzaba hacia la carretera y los copos se arremolinaban furiosamente alrededor de ella. Su sombra proyectada por las luces que rodeaban la casa bailaba sobre la superficie blanca. Enseguida fue alcanzada por otra sombra.

-Miss Swan, no hay gran cosa que hacer un 25 de diciembre al borde de una carretera.

-Necesitaba tomar el aire- resopló la joven

-Tome

Regina le tendió un paquete.

-¿Qué es esto?

-Un regalo de Navidad

-Pero…¿sabía que yo iba a venir?- preguntó Emma

-No, lo tenía en mi bolso desde hacía un tiempo

Emma se sorprendió. Lanzó una mirada a su profesora y sus labios se abrieron al menos hasta sus orejas.

-¿Me ha comprado un regalo y lo tenía en el bolso ya desde hacía tiempo?

-¡Swan, abra el regalo!- rechinó Regina revirando los ojos

Rompió el papel de regalo y descubrió un estuche violeta y dorado.

-¡Es demasiado…yo…no puedo aceptar!

-¡Miss Swan, no le regalo una caja!

-Sí, lo sé, pero solo la caja es…y además…yo…en fin…¿le…le ha dado un regalo a Ruby?

-¡Ruby no es la alumna a quien le dirijo su memoria!

-¿Le da regalos a todos los alumnos a quienes le dirige la memoria?

-¡La cuenta se hace rápido, solo tenga una!- replicó hábilmente la directora adjunta

Emma bajó la mirada a la cajita y alzó la tapa.

-Es hermoso…¡Gracias!

Regina arqueó la ceja y se giró un poco más hacia Emma

-¿Sabe lo que es?- preguntó

-Un árbol

-No, miss Swan, es una metáfora

-¿Una metáfora?- preguntó Emma mirando el llavero plateado enlazado a un aro por una pieza de cuero.

-Es el árbol de la vida

-No conozco el significado de ese árbol

-Bien, creo que es usted buena en las búsquedas en la biblioteca

Emma estalló a reír.

-Un regalo que me conduce derecha a los libros, ¿por qué no me asombro?- dijo irónicamente Emma

-Buenas noches, miss Swan- concluyó fríamente la morena alejándose hacia la casa.

-¡Espere! ¡Ni siquiera le he dado las gracias! Yo…Realmente es usted…

Regina arqueó una ceja, esperando la continuación. Al ver que no venía, presionó un poco a su alumna.

-¿Sí?

-¡Incomprensible!- soltó Emma dando un paso hacia delante. Agarró el hombro izquierdo de Regina con su mano derecha y se inclinó para depositar un beso en su mejilla.

Después, se alejó para entrar en la casa. Cada una por separado.