Tras el espejo

Emma era lista, siempre lo había sido. Sabía que, tras su partida, no podía ir sino a un único sitio, solo había una persona que no le haría ninguna pregunta. Emma había montado en su bicicleta para dirigirse al puerto de la ciudad, al llegar se encontró a Killian en plena conversación con su hermano alrededor de una botella de ron. La escucharon llegar y se giraron hacia ella.

-¡Bueno, os dejo solos!- dijo el hermano de Killian alejándose hacia el barco.

-Swan, ¿qué haces aquí?- preguntó el muchacho frunciendo el ceño

-¿Puedo…puedo quedarme contigo un tiempo?

Como única respuesta, él le pasó la botella. Ella soltó su bolsa llena de sus cosas y se sentó a su lado.

-Jamás había venido al puerto por la noche, es bonito

-Sí, la vista más bella de toda la ciudad está aquí

Ella vertió el alcohol en su garganta y apreció la sensación de ardor al paso de la bebida. Él le cogió la botella y bebió a su turno.

-¿Mal día?- preguntó

-Sí

-Bueno, venga te propongo una peli y a la cama

Él le ofreció su puño y ella se lo golpeó con el suyo para una discreta señal de consentimiento. Él cogió la bolsa de la muchacha, como verdadero caballero y la instaló en un bello camarote.

-Es muy bonito, gracias Kill'

-Es el camarote de mis padres, no debería faltarte nada.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

-De viaje, mis padres siguen de viaje- adivinó el muchacho huyendo repentinamente la mirada de su amiga- No se ocupan a menudo de nosotros, pero cuando vuelven es una verdadera fiesta.

Emma tenía una pálida sonrisa feliz, Killian se retiró y la dejó instalarse como quisiera.

Ella se sintió aliviada por haber encontrado un techo para varias noches y volvió a pensar en la confesión arrancada a Regina Mills. Jamás hubiera creído tal cosa; ese modelo de rectitud, de fiabilidad y de honor acababa claramente de caerse del pedestal. Cogió su teléfono entre las manos y dudó durante un rato en si borrar el número de la morena.

¡Nunca tomar una decisión presa de la cólera!, le gritó la voz de Belle en su cabeza, dejó entonces el aparato y apagó la luz.

Al día siguiente por la mañana no fue a correr y se tomó su tiempo para hablar con Joy antes de ir a clase. Se encontraron alrededor de un café.

-Por cierto, ¿dónde estás quedándote?- preguntó la pelirroja mirando a la estudiante

-¡Killian!- dijo Emma demasiado feliz por no tener que mentir.

Joy asintió silenciosamente

-¿Tienes noticias de los otros?

-Sí, Jeremy está en Nueva York para…

-¿Nueva York? ¿Qué está haciendo allí abajo?

-¡Quizás haya encontrado una familia de adopción!

-¡Guay! Estoy feliz por él, ¿y Nathan? ¡Ese pequeño cabroncete no contesta a mis mensajes!

-Está llevando mal que estemos todos separados, pero por lo demás, todo va bien

-¿Y Lucy? No he tenido noticias de ella, pero pasaré a verla en cuanto tenga tiempo.

El timbre sonó, precipitando una muchedumbre de alumnos por los pasillos. Las dos muchachas salieron de la cafetería y se separaron para ir a sus respectivas clases. Mientras que Emma se dirigía a su taquilla para coger sus cosas, divisó la presencia de Regina Mills y vaciló en dar media vuelta. Demasiado tarde, la mirada de la morena acababa de pasar sobre ella, crispándola de repente. ¿Cómo una mujer tan bella, inteligente y recta podía abandonar a su hijo? Emma jamás podría comprenderlo…

Avanzó, sin embargo, hacia las taquillas y la abrió rápidamente después de que la morena la hubiera saludado.

-Miss Swan, estoy…querría saber dónde ha dormido esta noche

Si se la miraba bien, la profesora Mills tenía enormes ojeras bajo sus ojos y la tez pálida.

-He encontrado un sitio que me acoja- respondió fríamente

-Escuche, es un terrible malentendido…

-Ese chico, ¿es su hijo?

La morena se quedó en silencio, con un brillo amenazador en la mirada, no tenía la intención de responder y Emma no debía ir más lejos en ese asunto.

-¡Se lo voy a decir yo, creo que es su hijo y que lo ha abandonado! Entonces, ¿voy bien o no?- continuó la rubia con una violencia nueva en su tono de voz.

-¡No estoy aquí para hablar de eso!- resopló Regina –La policía nos ha llamado esta mañana para decirnos que George y Linda han dejado de estar bajo custodia. No han sido examinados de momento, la policía espera tener más pruebas, por tanto…le aconsejo que sea prudente cuando…

-¡No! ¡Francamente, sus consejos me importan poco!

La profesora de literatura mantuvo una vez más el silencio. Estaba segura de que si la rubia continuaba por ese camino, no podría aguantarse y le daría una bofetada.

Por prudencia, se dio la vuelta y se perdió en el marasmo de alumnos que se empeñaban en cortarle el camino. Emma suspiró desdeñosamente. Patética. Cerró la taquilla con fuerza y reviró los ojos.

Se dirigió al hospital después de comer, la ausencia de un profesor le dio la posibilidad de hacerlo. Cuando entró en la habitación, se quedó estupefacta al ver a Alice con un pañuelo en la cabeza, claramente calva. No logró ocultar su sorpresa y el hecho de haberse quedado parada en el umbral de la puerta no había ayudado.

-Caen cada vez más, así que me lo he quitado todo…de todas maneras, pronto iba a pasar- dijo Alice en tono amargo.

Emma suspiró y puso una mueca desolada.

-¿El qué?

-Mis cabellos…sé que choca un poco, pero…

-Alice, no es la ausencia de cabello lo que me asombra- mintió Emma

La joven la miró frunciendo el ceño, sin comprender.

-No, es más bien el pañuelo que tienes en la cabeza, es…feo- rio la joven

Alice abrió la boca, estupefacta. Emma jamás reaccionaba como los otros y siempre lograba sorprenderla. Se unió a ella en sus carcajadas y se quitó el pañuelo para mirarlo más de cerca.

-Sí…es verdad que es feo, me lo ha dado el hospital…

-¡Parece el vómito de un paciente!

Alice desdobló el trozo de tela y frunció sus cejas, casi inexistentes. Emma tenía razón. Se echaron a reír otra vez como locas y solo se pararon algunos minutos más tarde.

-Entonces, ¿qué hay de nuevo en el reino de Millsy y Swanny?

-Ya…euh…sobre ese tema…

Cuando Alice se enteró de la noticia se quedó con la boca abierta.

-¿Estás de broma?

-No…

-¡Mierda! Escondía bien su juego…

-Bueno, sí…

Emma escupió todas sus cuestiones y se puso a caminar de un lado a otro tramando planes para olvidar hasta la misma existencia de su profesora. Cuando se giró hacia su amiga, una media hora más tarde, esta se encontraba dormida apretando el feo pañuelo entre sus dedos.

Emma la tapó con cuidado y le dejó una nota sobre la mesilla de noche

Veo que mi vida es trepidante

Descansa bien

Xxx

Emma

Las clases de Regina se habían hecho menos cálidas, menos fáciles, y sobre todo, menos agradables. Todos los alumnos se preguntaban por qué su profesora se había vuelto fría, casi tanto como el primer día de clase, pero ninguno podía imaginar que era porque Emma Swan había puesto el dedo en la llaga. En cuanto a esta última, seguía las clases de la profesora Mills sin escucharlas de verdad, conformándose con lanzarle oscuras miradas a la directora adjunta. Una vez acabada la clase, ella huía sin esperar y se negaba a escuchar al club de fans de Mills diciendo lo maravillosa que ella era. Tenía tantas ganas de soltarles que ella había abandonado a su hijo, que había dejado un enorme vacío en el corazón de un pequeño…

En clase, se negaba a responder a la preguntas, se conformaba con un vago «no sé» o «ni idea», recibiendo una mirada amenazadora o sencillamente desanimada.

Al final, le importaba poco mostrarle abiertamente a la morena que sencillamente la despreciaba.

Ese martes por la mañana, Regina les «propuso» más o menos un proyecto que consistía en que cada uno debía escribir un texto, y que los mejores irían a un concurso cuyo premio sería entregado en Nueva York. Emma suspiró y se hundió en su silla. Mostraba su desinterés total estirando sus piernas ante ella y poniendo expresión furiosa. Después de todo, no tenía ganas de creer en esa sonrisa cautivadora, en esos ojos brillantes con una falsa malicia, en esa boca roja que dejaba pasar tanta amabilidad por lo general.

-Miss Swan, por favor, quédese al acabar la clase- declaró de repente la morena, sacándola de sus pensamientos.

Cuando sonó el timbre, los alumnos se precipitaron hacia fuera, el último cerró la puerta tras él, dejando a las dos mujeres enfrentarse con la mirada.

-Miss Swan, esto no puede continuar así, no puede poner en peligro sus estudios simplemente porque esté enojada conmigo

-¿Enojada? ¡No, no estoy enojada, profesora, estoy viviendo uno de mis más grandes decepciones!

-¡Bien, pues ya somos dos!

Emma la fusiló con la mirada y su discusión fue interrumpida por los altavoces que empezaron a crujir.

-Las señoritas Emma Swan y Joy Serrano deben dirigirse al despacho del Director Stromboli inmediatamente.

Ella frunció el ceño y le lanzó una mirada de provocación a la morena.

-¿Sabe qué? No solo es usted una decepción, sino que me da mucho asco.

-¡Swan!

Recogió su mochila y salió al pasillo, vio a Joy allí y en pocas zancadas se unió a ella.

-¿Sabes por qué nos llaman?

-¡No!

Llamaron a la puerta del despacho y una voz las invitó a entrar.

-¡August! ¿Qué haces aquí?- gritó Emma

No se lo creía, August estaba delante de ella, en el despacho del director del instituto. Parpadeó varias veces y miró a Joy que parecía en el mismo estado que ella.

El director separó las manos y sonrió ligeramente.

-¿Entonces conocéis a este hombre?- preguntó a las dos chicas

-¡Se lo había dicho!- replicó August entre dientes

Joy le saltó instantáneamente al cuello mientras Emma se quedó un poco hacia atrás. Aunque estaba contenta, le echaba en cara aún no haber dado señales de vida en todo ese tiempo. Es más, ¿por qué estaba ahí?

-¿Alguien puede explicarme qué pasa?- pidió ella sin moverse

Joy se soltó de August y se giró hacia Emma, adquiriendo enseguida una expresión inquieta.

-Le escribí a August hace dos semanas y ha venido- explicó Joy

August tomó el relevo e intentó ablandar a Emma con una sonrisa.

-He cogido un apartamento no lejos de aquí, tras haber conversado con un miembro de los servicios sociales, me han dicho que tenía todo el derecho para hacer una petición para cogeros y de momento para «acogeros». Tengo espacio suficiente para vosotras, Amber, Lucy y Nathan.

-¿Vamos a vivir contigo?- preguntó Joy al borde del desmayo

-Así parece, si…todos estáis de acuerdo.

Él rodó una mirada ansiosa hacia Emma, conocía bien las reacciones tempestuosas de la rubia. Hacía un mes que dormía en casa de Killian y realmente no sabía cómo terminar con esa situación, ahora tenía una solución.

El apartamento que August había conseguido algunos días antes era pequeño, olía a madera quemada y ninguna foto colgaba en ningún lado. Emma entró en él, Nathan colgado a sus espaldas, Amber y Joy les seguían riendo alegremente y Lucy arrastraba una mochila tras ella. Una bola de pelo negro y blanco apareció tras ellos y se detuvo en seco, sin esperarse ver a tanta gente.

-Ah, sí…os presento a Fígaro

-¡Un gato!- gritó Nathan bajando de la espalda de la rubia para correr hacia el felino.

Emma deslizó una mirada burlona a August.

-¿Tienes un gato?- repitió ella, con la risa al borde de los labios.

-Sí, ¿no es adorable?

Emma se encogió de hombros, una voz se impuso en su cabeza…La de Regina: «¡Ni hablar de que mis ropas estén cubiertas de pelos!» Suspiró y se giró hacia los otros, estaba feliz de volver a ver los pequeños rostros inocentes y aprovechó para cubrirlos de besos. Incluso Nathan se dejó hacer, demasiado feliz por poder volver a ser él mismo.

Pasaron la noche devorando pizzas y llenándose de refrescos. Hacia medianoche, mandaron a los pequeños a la cama, August tenía tres habitaciones, él y Emma habían repartido los cuartos antes de dirigirse a la cama del joven para seguir charlando un rato más.

Tras haber hablado de banalidades, ella le confió todo. Ruby, Belle, Alice, su vida, incluso dejó caer algunas palabas sobre Regina sin jamás dar su nombre. En fin, terminó por confesar la traición de la morena, su amor por ella. Lloró mucho, encontrando los brazos de August reconfortantes y calurosos. Ella le confió sus ganas de acostarse con el primero que llegara para aplacer sus ganas de venganza. Él no dijo nada, conformándose con acariciarle la espalda suavemente.

Durante varios días, todos se fueron aclimatando, Emma seguía trabajando en el bar y entraba de puntillas cuando ya todos dormían. Se deslizaba en la cama y August se despertaba brevemente para hacerle un poco de sitio.

Para olvidar su tristeza, Emma no dudaba en hacer horas extras, o en hundirse en su trabajo. Vagaba como un alma en pena a donde quiera que fuera. Sin embargo, cuando recibió su paga a finales de semana, supo que era la suma que le faltaba para el viaje escolar y no pudo evitar sentirse feliz. Por primera vez, iba a participar en un viaje escolar con sus amigas.

Rápidamente quiso decirles la buena noticia y tras abrazarse, fijaron inmediatamente una quedada en Granny's para celebrar el acontecimiento después del día de clases.

La joven había guardado cuidadosamente el dinero en un sobre, pero el hecho de tener que dárselo a la profesora Mills le pesó enormemente. Tenía la impresión de tener una losa sobre sus hombros.

Por eso, el sobre permaneció todo el día en la mochila de Emma y cada vez que se cruzaba con la directora adjunta, sentía su corazón encogerse en su pecho, no quería enfrentarla.

-¿Entonces? ¿Ya se lo has dado?- preguntó Belle mientras sacaba dos libros de su taquilla

-No, lo he…olvidado

-¿Olvidado? Emma, es el viaje…

-¡El viaje del siglo, sí, lo sé!- cortó Emma

Belle frunció el ceño y decidió cambiar de tema.

-Por cierto, el ojo que me mandaste buscar es un enigma. No he encontrado nada en la biblioteca, estoy segura de que es un símbolo nuevo.

-Sí…bueno, puedes dejar de investigar

Belle la miró como si Emma acabara de tragarse un enjambre de abejas.

-¿Dejar de investigar?

La rubia reviró los ojos y se pinzó el puente de la nariz.

-¡Belle, por favor, deja esa mierda de investigación!

-¡Emma! ¿Qué haces?- dijo Ruby uniéndose a sus amigas -¡Tenemos clase de apoyo en diez minutos!

-¡Bien, así podrás darle el dinero a la profesora Mills!- le recordó Belle viendo a Ruby y Emma alejarse.

Emma reviró los ojos y siguió a Ruby como si estuviera yendo a un concurso de boxeo para el que no había dado su consentimiento para participar.

El mes de febrero estaba aún frío, la nieve parecía que no quería dejar la ciudad. Sin embargo, el frío glacial que entró en el aula no parecía venir del exterior sino de la propia Regina. Aparentemente, la idea de encontrarse en petit comité con Emma tampoco le agradaba.

Por primera vez, ese curso fue una tortura. Regina cogió los exámenes de su bolso y los dejó caer pesadamente sobre la mesa. Les echó la bronca severamente a sus alumnos a la vez que les iba dando su prueba. Cada uno recibía la bronca estoicamente, al llegar ante la mesa de Emma, último examen, como hecho adrede, Regina sonrió malvadamente.

-¿Piensa sacar adelante su vida con esto? ¿Algo que mínimamente roza lo suficiente? ¿Cómo hará, Swan? ¿Ablandar a la gente con detalles de su vida?

Ruby miró dolorosamente a Emma que no se defendía. Permanecía estoica, sus ojos fijos en los de su profesora. Algo estaba pasando, una guerra acababa de estallar en sus ojos y nadie supo verdaderamente por qué.

-¿Respóndame, Swan?- soltó Regina gritando un poco más alto

-No tengo nada que decir.

Susurros se oyeron entre los alumnos y Regina se giró rápidamente hacia ellos para hacerlos callar.

Lanzó una última mirada asesina a Emma y volvió a su mesa para comenzar con la dolorosa corrección.

-¿Quieres que vaya contigo?- preguntó Ruby al final de clase

-No, todo irá bien, ve a buscar a Belle, os veo en Granny's

El silencio se hizo rápidamente, los alumnos ya se habían esfumado tras esa clase agitada. Emma se acercó a Regina que leía un trabajo tachando la mitad de la página.

-¿A qué debo el placer?- preguntó la morena con voz fría sin alzar los ojos hacia la rubia

-Bien…hum…yo…

-Realmente no tengo tiempo, miss Swan, ¿qué quiere?

Furiosa, Emma sentía su sangre hirviendo. Tiró el sobre que llevaba encima de lo que leía Regina, tan fuerte que una parte del dinero cayó sobre los muslos de la morena.

-¡Es la pasta para el viaje! ¡Gracias por apuntarme en la lista de los que van! ¡Gracias por haberme recibido! ¡Buena tarde!

No escuchó la reprimenda de Regina y salió sin cerrar la puerta tras ella. Desde el pasillo pudo divisar el rostro de la morena, deformado por la cólera.

En cólera, Emma se dejó caer sobre el sillón entre Belle y Ruby. Había llegado a Granny en tiempo record, pero a pesar de todo, estaba muy pálida.

-¿Cómo ha ido?- preguntó Ruby

-Le he dado el sobre

-Emma, ¿todo bien?

-Sí, sí…es solo que…Mills no ha mostrado claramente que estaba contenta de que yo fuera.

Ruby frunció el ceño y lanzó una mirada a Belle para ver por dónde iba la cosa.

-Nos importa un bledo, ¿no? Que esté contenta o no- preguntó la lectora inclinándose hacia Emma.

-Sí, sí…

La abuela de Ruby apareció tras el mostrador y le hizo señas a Emma para que se acercara.

-¡Hola Granny!- saludó la joven alzándose sobre el taburete.

-Entonces, pequeña, ¿nos escapamos de la mansión Mills?- preguntó dulcemente Granny mientras preparada la bebida preferida de Emma -¡No pongas esos ojos! Estoy al corriente de lo que ocurre.

-Granny, ¿de qué habla?

-Cuando George y Linda fueron detenidos, supe que te alojabas en casa de Mills, pero que rápidamente te habías marchado. No te preocupes, Ruby no está al corriente- la tranquilizó Granny al ver a Emma lanzar una mirada hacia sus amigas sentadas unos metros más lejos.

Emma vaciló unos segundos antes de responder, después de todo, ella no le iba a ir con el cuento a nadie.

-Sí…me marché- terminó por decir

-¿Qué había allí que no te gustaba?- preguntó la anciana con una sonrisa de lado. Emma se sintió incómoda. Es verdad, Granny debía preguntarse cómo ella, una chica de las calles, podía ser difícil. Se sintió algo picada, pero no tuvo tiempo de responder.

-¿Sabes? Regina es misteriosa, pero tiene razones para ello. Si te dejó incómoda de alguna manera, estoy segura de que no fue voluntariamente.

-No es eso, Granny- murmuró Emma con voz lúgubre y triste

Granny no tenía la intención de marcharse sin tener una buena explicación.

-Granny, no puedo decírtelo, tú la quieres mucho, ¿verdad?

-¡Es una amiga leal y un gran mujer! Solo es un poco autoproctectora, pero aparte de eso…

Emma asintió con la cabeza varias veces.

-Entonces, querida, dime qué pasa. Siento que algo te corroe por dentro.

Emma vio de repente un modo de saber más de Regina, su deseo de ahondar en el misterio que rodeaba a esa mujer era más grande que la cólera que sentía, no dudó más y se enderezó en el asiento.

-¿Acaso ella ha nombrado a un pequeño muchacho de cabellos marrones?

La sorpresa y el espanto se dibujaron durante un segundo en el rostro de la abuela, después, se volvió impasible. Secó un vaso y lo dejó en el estante de atrás antes de seguir.

-Si tú mezclas tu historia con todas las que te encuentras, Emma, no irás muy lejos en la vida. Tienes que aprender a escuchar las historias de los demás.

-¿Estás al corriente de algo, Granny? ¡Dime! ¡Por favor!

-No me incumbe a mí contártelo y creo que deberías ir a disculparte con Regina. Te lo he dicho, Emma, esa mujer tiene un corazón de oro, intenta recordarlo.

Emma volvió a su sitio, frustrada. No sabía mucho más y Granny le pedía que confiara en una mujer que había roto su corazón sin ni siquiera darse cuenta.

Pasó una semana más sin que Emma hiciera nada para acercarse a Regina. Había vuelto a hacer deporte, pero sin cruzarse en el camino de la morena, durante las clases, evitaba cuidadosamente contrariar a la bella morena y en el trabajo se encontraba bastante tranquila. Sin embargo, las palabras de Granny se inmiscuían en la cabeza de la rubia y ya no ponía tanto esfuerzo en detestar a la directora adjunta.

Las noches en el bar eran cada vez más completas y Emma tomaba parte cada más en la locura de los viernes. Aceptaba de buen grado las copas que los clientes le pagaban, olvidando casi que no era amiga de ellos.

Su corazón parecía a la vez anestesiado de todo y atravesado por la pena que Regina le había causado. Sufría y veía todos sus otros problemas como si fueran insignificantes. Pero cuando vio a Regina Mills entrar, su corazón entró en combustión dolorosa. La morena estaba ahí seguramente por ella, hacía varias semanas que ella no había puesto los pies ahí. La escuchó avanzar suavemente hacia ella.

-Miss Swan…

-Buenas noches, ¿qué le sirvo?- preguntón Emma evitando la mirada de la morena

-Miss Swan, tenemos que hablar

La traición que aún sentía era punzante, se sentía a la vez vacía y llena de tristeza. Creía a pie juntillas que Regina Mills era un modelo de rectitud y de fuerza. Emma sintió las lágrimas en sus ojos y alzó la cabeza para desafiar a Regina. Pero lo que vio la turbó. La directora adjunta estaba en el mismo estado y ella no parecía estar en forma. Parpadeó varias veces antes de tomar una decisión.

-Yo no…yo…- balbuceó la rubia. Se sentía un poco mal y se preguntó si realmente valdría la pena escuchar lo que la directora le iba a decir. Tenía miedo, realmente miedo de haberse equivocado estrepitosamente y no quería tener la verdad frente a ella.

-Hay una mesa libre, y pronto vamos a cerrar, podríamos sentarnos para hablar-propuso Emma secamente

Regina, muy feliz por tener una oportunidad con la rubia, tomó la delantera y se sentó en la mesa aislada. Emma se unió a ella y se sentó enfrente.

-¿Todo va bien? ¿Se…aclimata en casa de su amigo?- comenzó Regina para aligerar un poco la atmosfera.

-Sí, todo va muy bien.

Regina notó que la paciencia de Emma era muy débil y decidió entrar directamente en el meollo del asunto.

Dejó una foto entre ellas y una sonrisa triste pintó sus labios.

Los ojos de Emma se agrandaron de asombro. Regina tenía en sus brazos al muchacho que Emma había visto en la foto de la habitación de la morena. Ella estaba muy diferente en esa foto. Miraba al pequeño con una ternura y un amor incondicional. Él tenía sus pequeñas manos en el rostro de la joven y reía a carcajadas. Algunos segundos antes de ser tomada la foto, seguramente ella le habría hecho cosquillas, pues él estaba todo desaliñado y rojo por haber reído mucho. El parque que estaba detrás de ellos estaba bañado por el sol.

-Es Henry. Es mi pequeño. Al igual que usted, ama el chocolate caliente con canela, adora los cuentos de hadas, los reescribe sin parar y aún piensa que su mamá es una heroína desconocida. Detesta a Peter Pan…- un sollozo bloqueó su garganta, impidiéndole sacar cualquier sonido –Lo amo más que a nada en el mundo.

Emma frunció el ceño y entrecerró los ojos, también ella sumergida por la emoción que emanaba de esa mujer.

-¿Dónde está él?- preguntó

La respiración de Regina se aceleró, estaba a punto de hacer una revelación, pero el dolor que eso le engendraba era muy grande.

-¿Sabe, Miss Swan? Hay situaciones en la vida que hacen que la única forma de proteger a los seres que se ama es ponerlos lejos de uno. ¡Es lo que yo he tenido que hacer!

Emma adquirió un expresión de asombro y terriblemente avergonzada. Ella, que había creído que Regina se había separado de un niño para conservar las apariencias.

-Yo…lo siento. No sabía que…

-Lo sé, Swan. ¡Es por eso que se lo cuento! No quiero que tenga una falsa idea de mí, no lo soportaría.

-¿Muchas más personas están al corriente?- preguntó ella

-¿De Henry? No. Muy pocas lo saben, sería ponerlo en peligro.

Emma asintió y mantuvo la boca cerrada. Se quedaron así durante largos minutos, cada una centrada en sus reflexiones.

-Me emociona mucho que me lo haya contado. Yo…de verdad, estoy conmocionada y me siento una verdadera idiota. Debería haber pensado un poco antes de juzgarla- confesó la rubia, con la voz trémula.

-Usted es una buena persona, miss Swan

-Usted es una mejor persona que yo, profesora Mills, no sabe hasta qué punto me gustaría ser como usted.

Regina sintió una ola de ternura hacia Emma crecer en su pecho. Esa muchacha causaría su pérdida, estaba segura de ello.

-Swan, si le he dicho todo esto, es para que no tenga una falsa idea sobre mí, pero también porque me habría causado mucha tristeza tener que marcharme un día sin haberle dicho la verdad

-¿Marcharse?- Emma sintió el pánico insinuarse en ella -¿Se va a marchar?

-De momento no está previsto, pero…la vida me ha enseñado que todo puede cambiar de un día a otro.

Emma asintió manteniendo sus ojos clavados en sus manos. Sabía mejor que nadie que la vida podía cambiar de un día a otro, sin embargo nunca había medido las verdaderas consecuencias de ello. Sabía que todo podía tambalearse, pero jamás la idea le había aparecido tan clara en la mente.

De repente, la luz se apagó y Emma se levantó bruscamente.

-¡Hey!- dijo ella

-Oh, lo siento Em'- gruñó Leroy –Yo…te dejo cerrar, ¿ok?- preguntó sin haber visto todavía a Regina

-Sí, sí, ok

Ella se volvió a sentar. La luz exterior de las lámparas era lo único que iluminaba el interior del bar.

Ante el silencio de Emma, Regina carraspeó y se levantó.

-Bien, gracias por haberme escuchado. Dejo que cierre tranquilamente.

Emma le agarró el brazo con fuerza impidiéndole hacer ningún movimiento.

-¡Tengo algo que decirle!- dijo Emma

-Miss Swan, pero ¿qué hace?- dijo Regina, riéndose a medias

-¿No lo ha comprendido?- gimió la rubia avanzando mientras Regina retrocedía

-Swan, ¿qué ocurre?- preguntó ella, ahora asustada

Estaban en el centro de la sala, no lejos del mostrador y a Emma le costaba elegir las palabras.

-¡Yo…tengo sentimientos…por usted!- soltó finalmente

-Swan, no tiene sentimientos hacía mí, solo está un poco perdida. Necesita estabilidad. Puntos de anclaje, de…

Emma agarró su rostro entre sus manos y besó los labios de la morena, recibiendo una descarga eléctrica en todo su cuerpo. Sus labios estaban ahí, pegados a los de Regina Mills, eran cálidos, dulces. Emma podía sentir el aliento de la mayor correr por sus mejillas.

Sorprendida en un principio, la morena no supo qué hacer, después se dio cuenta de que estaba tomando parte de ese beso y rechazó a Emma bruscamente.

-¿En qué está pensando, Swan?- soltó la directora adjunta posando sus dedos en sus labios, como para comprobar lo que acababa de pasar.

Se debatía entre la rabia que la había abatido durante esos últimos días y un sentimiento nuevo que le retorcía las entrañas en ese momento preciso.

La rubia elevó las manos al aire, como para señalarle que no haría nada más. Después, una sonrisa estiró sus labios. Había notado que Regina había deseado compartir ese beso justo hasta antes de empujarla.

Regina pareció ahogarse ante el comportamiento de Emma. Quiso huir, pero su cuerpo se precipitó contra el de la rubia, dejó caer su bolso al suelo y empujó a la joven contra el mostrador, sus labios se sellaron y sus manos se deslizaban por todos lados. Las manos de Emma también estaban presentes, se habían deslizado entre los faldones de su abrigo y habían encontrado refugio en sus caderas. Regina enderezó la cabeza para darle acceso más fácil a Emma. Ella parecía incapaz de rechazar a la joven y esta última, sintiéndose animada, no pudo evitar continuar la línea imaginaria que se detuvo en el cuello de la morena. Allí donde su perfume era más embriagador. Era característico de Regina, secreto, misterioso, frío, pero cálido a la vez, especiado y dulce. A la medida.

Regina sintió un gemido listo para escapársele de los labios, pero un destello de lucidez le atravesó la mente, empujó a la joven aplastando su espalda contra la barra, haciéndole gruñir de dolor.

-¡Swan! ¡No!

Los ojos verdes de la rubia brillaron encontrándose con los de Regina. Hizo un movimiento para enderezarse, pero Regina retrocedió rápidamente.

-¡No! ¡Stop! Por Dios, ¿qué…?

Estaban casi sin aliento y la morena tenía expresión de asombro. Emma agarró sus caderas dulcemente, pero juzgando el contacto demasiado íntimo, prefirió posar sus manos en los brazos de la joven. Ascendió hacia sus hombros y finalmente tomó su rostro entre sus manos.

-Swan…- resopló Regina en un sollozo

-¡Shh!- murmuró Emma

No estaba segura de ella misma, en sus gestos, incluso estaba en pánico, pero sabía lo que quería: Regina Mills. No abandonaría el combate, lucharía para obtener lo que quería. Y sobre todo, lucharía para que Regina aceptara algo de felicidad en su vida.

-Swan…- dejó escapar la joven para que la rubia dejara de torturarla. Posó sus manos en los antebrazos de su alumna para que la soltara.

Emma retrocedió manteniendo de todas maneras una mano en la muñeca de Regina.

Las dos estaban asustadas, pero la sonrisa que iluminaba el rostro no podía mentir. Tras algunos segundos, Regina cerró los ojos y declaró

-Swan, yo…debería soltarme, o corremos el riesgo de no poder pararlo más.

Emma tuvo la impresión de que su cuerpo era un pinball. Una bola de felicidad y de excitación golpeaba todas sus esquinas, su corazón, su vientre, su caja torácica. Soltó su agarre y Regina tuvo que sujetarse a la barra para no tambalearse.

¿Qué estaba haciendo? Tragó con dificultad y retrocedió unos pasos.

-Bien, tengo que volver a casa

¡Bien Regina! ¡Continúa, vete y no te des la vuelta!

-Si quiere venir…- murmuró con voz grave

¿Qué? ¿Dónde está la marcha atrás? ¿Dónde están los buenos principios de no acostarse con una alumna?

-¿Seguro?-preguntó Emma con una delgada sonrisa

¡No!

-Sí

Regina hizo una mueca. La lucha que se producía entre la razón y su corazón acababa de comenzar y no estaba dispuesta a parar. Se recobró un poco y posó la mano sobre el hombro de Emma.

-No, miss Swan, no…

Emma la miró, estupefacta. Regina había vuelto a su máscara de hierro. La rubia dejó de lado su timidez y atrapó delicadamente la mano de la directora adjunta. Esta se turbó y su respiración se aceleró inmediatamente.

-Vamos a dejar el «Miss Swan» y el tratamiento de usted, ¿no?

Regina frunció el ceño. Todo eso quizás iba un poco rápido. De repente se sintió pillada en una trampa y retiró su mano de la de su alumna.

Instantáneamente, Emma comprendió que algo no iba bien. Vio el rostro de la morena cambiar y volverse inquieto y perdido.

-¡Wow, ok! ¡No he dicho nada!- dijo ella retrocediendo algunos pasos para dejarle claro que no estaba ahí para hacerle daño.

En la penumbra, Emma logró captar la turbación de su profesora y se mantuvo a distancia para hablarle. Hundió su mirada en la suya y le ofreció una tímida sonrisa.

-Esto es lo que vamos a hacer, yo te voy a tutear, y tú, tú lo harás cuando estés preparada. ¿De acuerdo?

Regina asintió en silencio, más para mostrar que había comprendido que por estar en realidad de acuerdo. La verdad era que quería huir. Partir y sobre todo borrar lo que acababa de pasar. El hecho de que haya amado ese momento no era la cuestión. Emma era una alumna y debía seguir siéndolo.

-Bien, ahora voy a cerrar- dijo Emma continuando con su sonrisa –Veo que necesitas tiempo, espacio, y sé que tendré que ser paciente. Así que, voy a dejarte tranquila, esperaré a que quieras llamarme Emma, que quieras dormir conmigo en el mismo espacio.

Regina abrió sus ojos como platos, "dormir conmigo". ¿Estaba ella ya en eso? ¿Estaba ella en alguna parte? La morena no respondió, giró sus talones y se dio prisa en salir del bar para llegar a su coche. Emma la miró marcharse, con el ceño fruncido. Después se golpeó la frente con la palma de la mano.

-¿En serio?- se dijo, furiosa consigo misma.