Bajo la máscara
El ruido de los tacones de Regina resonó a lo largo del pasillo que estaba recorriendo. Amaba ese centro, los alumnos eran simpáticos, no había tantos alborotadores y el conjunto de profesores no era peor que otro. Amaba la arquitectura, con sus viejas piedras blancas, sus baldosas relucientes y sus altas bóvedas, tenía la impresión de estar en un castillo. Llegó ante una vitrina donde estaban expuestos los trofeos. Sonrió al ver que muchos habían sido logrados después de su llegada. Retrocedió y se sentó en el banco pegado a la pared. Admiró el conjunto y dejó libre sus pensamientos.
Algunas semanas antes, Kilian había salido del hospital. Las atravesadas miradas, la enfurecida cólera y las amenazas físicas se habían vuelto moneda corriente. Pero hoy, él había terminado por derrumbarse delante de ella como un castillo de naipes. En plena clase, mientras se negaba una vez más a responder a la preguntas de Regina, Ruby se había dado la vuelta repentinamente hacia él para soltarle
-Bueno, mira que estás pesado, ya van tres veces que te pregunta y todos sabemos la respuesta, así que podrías bien…
-¡Miss Lucas, se lo ruego, no se meta!- había intervenido la morena acercándose un poco a la mesa de la joven.
-¡Sí, cierra el pico, Ruby! ¡Ve a preparar cafés en lugar de darnos la brasa!- había replicado el muchacho en tono seco.
-¿Quién te crees que eres, pedazo de idiota?- había reaccionado la muchacha, asombrada.
-¡Miss Lucas! ¡Señor Jones!- había alzado la voz la directora adjunta para aplacar la tensión.,
-¿Qué quién me creo que soy? ¡No eres nadie para decirme nada, pobre perra!
-¡Killian!- había gritado Emma levantándose
El muchacho se había levantado también y había dado un paso amenazante hacia la rubia.
-¿Siempre ahí para defender a los más podridos, Swan?
-¡Siempre defenderé a los que merecen ser defendidos, no a los estúpidos lisiados como tú!
Cuando iba a golpear a su amiga, el cuerpo de Regina Mills se había interpuesto entre ellos y Killian había sentido algo diferente en su brazo, algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo, desde hacía semanas.
Una caricia. O más bien una agarrada mezclada con una caricia.
Regina había atrapado el antebrazo del muchacho y su pulgar acariciaba dulcemente la piel del chico. Quizás había sido ese el gesto que lo había salvado. Ella no actuaba como si él ya no tuviera mano, como si no pudiera pegarle a Emma, ella no actuaba como si él no fuera peligroso, ella lo consideraba en su plenitud.
-¡No va ciertamente a golpear a una de sus más fervientes amigas! ¡Recompóngase, Jones! ¡En cuanto a usted, Miss Swan, haría bien en dirigirse al señor Jones con el respeto que él merece!
Regina aún podía ver la mirada sombría de Killian atravesarla de arriba abajo, intentando decidirse a saber si iba a pegarle a su profesora, a Emma, o si su brazo iba a continuar siendo acariciado por la morena que hundía su mirada en la suya. Había retirado bruscamente su brazo inválido y había vuelto a su sitio para recoger sus cosas y dejar el aula, furioso por haberse dejado parar por una caricia.
Unos pasos la sacaron de sus pensamientos y se cruzó con la mirada sorprendida del psicólogo del instituto.
-¡Dr. Hopper!- lo saludó ella levantándose
Él alzo una mano para indicarle que se quedara en su sitio y se sentó a su lado. Se contuvo para no replicarle que no había pedido compañía y se volvió a sentar tranquilamente.
-¡Qué bellos trofeos!- comenzó Hopper sonriendo, con las dos manos apoyadas en su paraguas.
-¿Quiere hablarme de algo?- preguntó fríamente Regina mirándolo de arriba abajo.
-No
Ella le lanzó una mirada curiosa. ¿Qué quería entonces? ¿Acaso venía a menudo a admirar los trofeos la víspera de las vacaciones de abril?
Él carraspeó.
-Entonces, ¿viene a menudo a admirar los trofeos?- preguntó él con la mirada aún puesta en la vitrina.
-Me estaba haciendo la misma pregunta sobre usted.
Él sonrió de manera enigmática y Regina supo por qué no le gustaban los psicólogos…esos cretinos tenían todas las respuestas, pero nunca las ofrecían, y les daba igual si tú no las encontrabas.
-Creo que usted necesita tranquilizarse- dijo él de repente
Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza hacia él, atónita.
-¿Puedo sabe qué le hace pensar eso?
-Vamos, Regina, se pone delante de un vitrina repleta de trofeos ganados gracias a usted, gracias a todas las buenas acciones que ha hecho desde que entró en este centro. Se podrá decir lo que quiera, pero no ha sido Stromboli quien ha hecho que este instituto resurja.
-Le doy las gracias- dijo ella con un tono frío.
-Y ya que está observando esos trofeos, llego a la conclusión de que sin duda está buscando valor o intenta recordar todo lo que ha hecho bien.
Ella cruzó las piernas incómoda.
Emma no dejaba de atormentarla desde hacía varias semanas. Desde su cumpleaños, Emma y ella se habían quedado en el mismo punto. Regina aún no se habían confiado y Emma parecía esperar pacientemente.
Los primeros días, Regina había estado serena diciéndose que podría abordar los pasajes sombríos de su vida al día siguiente, después al otro, después al otro, pero al cabo de dos semanas, aún no había encontrado el valor y había acabado por culparse. Sabía que Emma se hacía muchas preguntas, solo que era demasiado educada para acorralar a Regina. Confusa, incómoda y avergonzada, la morena había empezado a evitarla, poniendo como excusas reuniones, o fingiendo estar ya dormida cuando Emma volvía…Estaba actuando como una verdadera niña. Y poco a poco, sentía la mirada de Emma pesar sobre ella, sin embargo no era una mirada de reproche, solo una mirada triste. Triste por no ser digna de confianza, triste por no ser aceptada plenamente. Regina le negaba una explicación y su cuerpo. Solo que Regina no quería perder a Emma. Pues a pesar de todo, la joven era un soplo de oxígeno, ella la calmaba. Ella le enseñaba el mundo de una manera diferente, le enseñaba a vivir a pesar de las heridas del pasado sin ni siquiera saber cuáles eran. Regina estaba cambiando y se estaba aferrando poco a poco a la joven estudiante. Más se aferraba, más miedo tenía de volver a comenzar los errores del pasado. Estaba cambiando, se dejaba tomar la mano cuando estaban viendo la tele, dejaba que Emma le acariciara la espalda cuando se estaban quedando dormidas, por las mañanas aceptaba despertarse con un brazo alrededor de su cintura, dejaba que Emma ensillara a Beau Miroir. Quizás tenía incluso sentimientos por la joven. Emma le daba tanto sin recibir gran cosa a cambio. La culpabilidad se había vuelto aplastante y cuanto más retrasaba la conversación, más pánico le entraba.
Contrajo la mandíbula adquiriendo una expresión seria. ¿Debía pararlo todo? Huir le pareció una buena solución durante unos minutos.
-¿Qué se supone que debo hacer cuando todo en mi pasado me dice que dé marcha atrás sobre lo que está a punto de suceder?- preguntó, quebrando el relativo silencio del pasillo.
El psicoanalista entrecerró los ojos y se tomó un tiempo antes de responder, tanto que Regina creyó que no la había escuchado.
-Creo…que debería encarar todo con los elementos que tiene en el presente, no con los del pasado. Si no, nunca avanzará
Ella suspiró, evidentemente era una respuesta de psicólogo. Una respuesta que quiere todo y nada dice y sobre todo, una respuesta que no le convenía. Mantuvo su espalda recta y los ojos fijos en un enorme trofeo dorado.
-¿Y si esos elementos del pasado encuentran mi presente para, sin duda, destruirlo?
-Habla con enigmas, Regina- gruñó dulcemente Hopper.
-¡Le dijo la sartén al cazo!- se burló ella
-¿Tiene miedo de que algo del pasado influya en su presente?- adivinó el hombre apretando un poco más su paraguas
-Eso es
-Si mantiene el pasado hundido, acabará por corroerla, y no condenará su presente, sino su futuro.
Ella suspiró, frustrada.
-¡En cualquier caso, estoy sin salida!
-Quizás su presente sencillamente necesite a su pasado para asegurarle un buen futuro
-Pero me había dicho que…
-Soy psicólogo, Regina, no adivino. Mi papel no es dar respuestas sino plantear las correctas preguntas para que usted saque las mejores conclusiones a su manera.
Ella se quedó aturdida con esas palabras y frunció el ceño pensando en lo que le acababa de decir. Tenía esa sonrisa divertida que tienen todos los psicólogos al ver que su paciente buscaba activamente la solución.
Él se levantó y tras una breve inclinación de cabeza, se alejó canturreando.
Ella reviró los ojos.
-¡Pepito Grillo!- murmuró ella antes de coger sus cosas para marcharse.
Miró su reloj, Emma aún debía estar en el trabajo. Decidió ir a buscarla.
Al entrar en el calor del Chapèlier Flou, se desabotonó el abrigo y caminó hacia la barra.
-¡Hey!- dijo al ver a Emma
-¡Hey!- respondió la rubia sonriendo de oreja a oreja
-¿Tienes tiempo después de tu turno para un paseo a la luz de la luna?- preguntó
-Yo sí, pero tú, vas a estar un poco acaparada- susurró Emma mientras colocaba una botella tras ella.
-¿Por qué cosa?
Emma hizo un gesto con la cabeza hacia el fondo de la sala donde David, Mary Margaret, Will y Cholè tomaban una copa.
-Ah…pero de aquí allá se habrán marchado- la tranquilizó Regina golpeando la barra para darse valor e ir a donde estaban sus amigos.
-Te llevo una copa de sidra
-¡Gracias!
Regina llegó a la mesa de sus amigos con una sonrisa radiante.
-¡Sabía bien que os encontraría aquí!- exclamó ella
-¡Redge!- exclamó Chloè feliz por verla
-Ah, ¿sales por fin de tu castillo?- soltó David dándole un abrazo para saludarla.
Ella se apartó de él sonriendo y se sentó entre Mary Margaret y Will, suspirando.
-¡Bueno, he terminado con el papeleo y necesito urgentemente una copa!
Chloè la miró atentamente, sabía muy bien que su amiga mentía.
-¿Cuándo tendremos una velada en tu casa, Redge?- preguntó ella con mirada risueña.
-De momento estoy demasiado cansada para hacer nada en mi casa, Tink- replicó secamente la morena
-¿Ah sí? ¿Nada morboso que contar?
La curiosidad de Mary Margaret acababa de ser despertada y tomó la pajita entre sus labios para sorber tranquilamente su bebida mientras que las preguntas se acumulaban sobre Regina.
-Entonces, ¿quién era la persona que estaba en tu casa la otra noche?- preguntó Chloè
-Nadie, no había nadie y espero que no os paséis la noche hablándome de eso.
-Oh…¿acabó mal?- preguntó David frunciendo el ceño, como si estuviera dispuesto a blandir su espada para ensartar al desgraciado que se hubiera metido con ella.
-Bien, y lo vuelvo a repetir, estaba enferma, de verdad
-¡A mí, me vale!- exclamo el profesor de deporte
-Paso más tiempo en el instituto que en mi casa, es normal que coja todos los microbios que campan por allí…
-Tienes que despejarte la mente- susurró Will posando una mano en su brazo. Él la acarició con la yema de su índice.
-Sí, por eso he venido- declaró ella lanzándole una ojeada a Emma.
Esta estaba precisamente preparando su copa y felizmente no había visto el gesto de Will.
-Estábamos pensando precisamente que Will y tú podríais venir a cenar a casa un día de estos- propuso David jugueteando con su copa
Chloè se contuvo para no reír y miró a su amiga para ver cómo iba a escaparse de ese mal trago.
-Es…una buena idea, sí, ¿por qué no? Uno de estos días.
-¡Perfecto! ¡Mañana!- exclamó Mary Margaret demasiado feliz de hacer de Celestina.
-Mañana no será posible, tengo algo con la escuela…
-¡Algo con la escuela, no he odio hablar de nada!- murmuró Chloè atrapando su pajita en su boca.
-Evidentemente, no eres más que la enfermera, no veo por qué las reuniones que conciernen a la dirección te serían comunicadas- replicó secamente Regina que estaba cansada de ese pequeño juego.
-¡Bien, pasado mañana entonces!- propuso David.
-Euh…yo…
-¿Otra cosa con el instituto?- dijo Mary Margaret frunciendo el ceño, suspicaz.
-Eh, bueno…
-¡No! Pasado mañana es conmigo con quien tiene algo previsto. Lo siento, Will. Pero es nuestra noche de chicas- dijo Tink decidiéndose finalmente a ayudar a su amiga.
Regina le lanzó una mirada de agradecimiento.
-Escuchad, miraré mi agenda y os daré un fecha en que esté libre, ¿de acuerdo?- propuso la morena
Will posó una mano sobre su muslo y mientras la acariciaba suavemente, le murmuró.
-No tardes demasiado de todas maneras.
Emma llegó en ese momento y depositó el vaso de sidra ante la nariz de su profesora.
-¡No puede ser, Swam! ¿Sabes que siempre das un susto cuando apareces?- exclamó Will sobresaltándose
-¡Solo a los clientes que hacen cosas extrañas!- dijo entre dientes Emma.
Tink abrió como platos sus ojos y Regina se sintió de repente incómoda.
-¡Sales de la nada así como así, francamente, es flipante!- continuó el profesor de deporte mirando alrededor de la mesa para tener algo de apoyo.
-Bueno, es mi ronda, ¿podrías traernos otras bebidas? ¡Las mismas!-preguntó en tono condescendiente
Emma lanzó una mirada inquisitiva a su compañera que la evitó cuidadosamente. Furiosa, se marchó a preparar las bebidas mientras que la mesa volvía a su conversación.
-Bueno, ¿quién ha sido seleccionado para ir al viaje con los de último curso?- preguntó de repente Mary inclinándose sobre su amiga
-Únicamente habrá profesores que se ocupen de ellos, y creo que hay muchas posibilidades para que David y tú vayáis.
-Deberíais coger a una enfermera, nunca se sabe
-Figuraos que, de momento, el director quiere ir de acompañante- informó la morena
-Ok, olvida lo de la enfermera- gruñó Chloè
A lo lejos, Emma reparaba en la mano de Scarlett que subía y bajaba por la pierna de su morena. No haciendo nada llamativo para rechazarlo, a parte de una expresión terriblemente incómoda, Regina intentaba interesarse en la conversación.
-¿Cuántas plazas quedan libres para los profesores?
-¡Cuatro, pero no pienso entrar, así que no vale la pena que comencéis a hacer miles de castillos en el aire!
Emma fulminaba y se estaba subiendo por las paredes al ver que la morena no quería, por lo que se veía, hacer nada para rechazar las embestidas de Will, a lo mejor le gustaban. Emma se tranquilizó al ver que su turno acababa en diez minutos. Sin embargo, cuando alzó la vista, vio que Regina había, finalmente, posado su mano en la de Will. Un dolor se hizo presente en su costilla izquierda y sintió cómo la rabia se acumulaba en su ser. Agarró la bandeja y posó los vasos en ella.
Regina había decidido posar su mano en la de Will para que él cesara con sus movimientos, pero el gesto, que no había sido percibido por nadie, fue tomado por el profesor de deporte como un primer paso.
Sin embargo, Chloè vio muy claramente que la mirada de Emma cambiaba a lo lejos y ella intentó por todos los modos avisar a su amiga.
-¡Aquí tenéis las bebidas!- gritó Emma con la bandeja encima de los hombros de Will que se sobresaltó una vez más. Pero esta vez, él dio un golpe a la bandeja de la joven que la dejó caer claramente sobre las rodillas de este.
-¡Oopss!- dijo Emma con falsa expresión de lamento
-¡Por Dios! ¡SWAN! ¿CUÁL ES TU PROBLEMA?- gritó Will levantándose, cubierto de diferentes bebidas que llenaban los vasos segundos antes.
-Lo siento, profesor, le ha dado un golpe a la bandeja y…
-¡Qué idea ponerla sobre los hombros de un cliente!-replicó el hombre furioso
-¡Cuidado con las velas!- previno Mary soplando una de ellas para apagar la llama.
Chlioè se contuvo para no reír y felicitar a la bella rubia por su golpe de efecto. David frunció el ceño y se levantó a su vez para recoger los cristales rotos de la mesa.
-¡Qué idiota! ¡Es increíble!- rugió Will intentando secarse sus vaqueros.
-¡Jefferson tiene que pensarse muy seriamente echarte de este bar!
Emma lanzó una mirada cargada de sobreentendidos a Regina que prefirió mirar a otro lado.
-¡Hey!- exclamó David -¡Cálmate un poco! ¡No fue su culpa, ha sido un accidente, eso ocurre!
-¡Gracias por defenderme!- declaró Emma lanzándole a Regina una mirada cargada de reproches antes de volver tras la barra para buscar un cubo de agua caliente.
-¡Bueno! ¿Y si nos vamos? ¡Creo que esta noche ya pide ser acabada!- dijo Chloè mientras se levantaba.
-Y de todas maneras, solo quedamos nosotros en el bar, deberíamos marcharnos- añadió Mary.
David y Mary Margaret se levantaron y dejaron el dinero en la barra, después Will hizo lo mismo después de despedirse de Regina y Chloè.
Chloè se giró finalmente hacia Regina y le dio un beso en sus cabellos.
-¡Suerte con la rubia!- le murmuró
Salió del bar y Regina fusiló a Emma con la mirada. Se levantó y se dirigió hacia la salida. De repente, Emma se precipitó sobre ella y la empujó hacia los baños. Se dio prisa en cerrar la puerta y empujarla contra la madera negra.
-Pero, ¿qué…?- tuvo tiempo de pronunciar Regina antes de que la boca de la estudiante se abatiera sobre la suya. Regina soltó su bolso que cayó al suelo y sus manos fueron al encuentro del liso vientre de la rubia. Descendió sus pulgares sobre sus caderas y encontró algo de aire cuando la joven se separó de ella por algunos segundos. Regina la notó bajar por su cuello y no pudo evitar que un gemido franqueara sus labios cuando tomó consciencia de que Emma estaba succionándole ávidamente el cuello. Con una brutalidad nueva, Emma aplastó las manos de Regina contra la puerta y continuó su tarea. La pelvis de la directora adjunta intentaba entrar en contacto con la de su alumna, pero aquella gruñó de descontento, la rubia forzó a la morena a quedarse pegada contra la puerta colocando una pierna entre las suyas.
Regina gimió otra vez y dejó de luchar. Después, de repente, ya no hubo nada. Se encontró adosada a la puerta, sin ningún cuerpo que la retuviera. Tras haber recuperado un poco su respiración, se recolocó un mechón en su lugar.
-¿Qué ha sido esto?- preguntó, los ojos cargados de incomprensión.
-¡Acabo de dejar mi marca en ti!- confesó Emma pasándose la mano por los cabellos.
Regina frunció el ceño.
-¿Qu…qué?
-¡Que no vuelva a atreverse a poner su mano en tu muslo o lo mato!
Regina arqueó las cejas, los tormentos de los celos se habían apoderado de Emma y Regina no lo encontraba sexy para nada, todo lo contrario, sintió un pánico retorcerle sus entrañas.
-¡Emma, ha estado fuera de lugar y totalmente estúpido! ¿Por quién me tomas?
Mientras decía eso, se había desplazado hacia un espejo que le devolvió la imagen de ella con un chupetón violeta en el cuello.
-¡Por alguien que juega con las apariencias! ¡Es verdad, habría podido meter su mano bajo tu falda y le habrías dejado para que tus amigos pensaran que no te tiras a una estudiante!
-¡Yo no soy así!- se defendió la morena dándose la vuelta
-¿Cómo eres Regina? ¡Esa es la cuestión! ¡Sabes todo de mí y yo no sé nada! ¡Me conformo con poco, pero confieso que cuando veo que un perfecto cretino tiene más en una noche que yo en varias semanas, tengo dudas!
Regina se calló, no sabía qué responder porque en el fondo, sabía que Emma tenía todo el derecho de hacer preguntas. Se apoyó en el lavabo y se pinzó el puente de la nariz. Sentía que una migraña se acercaba.
-¡No soy tu objeto, Emma!
-¿Hein?
-¡Me marcas como si fuera un cosa, como si te perteneciera, no pertenezco a nadie!
Los hombros de la joven se relajaron, no estaba segura de comprender a dónde les había llevado la conversación.
-¿De qué hablas?
-¡De esta monstruosa marca que acabas de dejarme en el cuello para que Will no se acerque a mí! ¡Soy lo bastante mayor para saber lo que quiero! ¡Soy bastante mayor para saber lo que necesito en la vida, y soy bastante mayor para rechazar las embestidas de un hombre!
-Entonces, ¿por qué no lo hiciste?- rugió Emma, furibunda, con un brazo extendido hacia la puerta.
-¡Porque debo mantener las apariencias! Parece que no te das cuenta de la gravedad de la situación si nos descubren
-¿Y piensas acostarte con él para guardar las apariencias?- preguntó Emma de manera provocadora.
Los ojos de Regina lanzaron centellas.
-¿Lo haces por nosotras o lo haces porque sería mucho más fácil con alguien distinto a mí? ¿Lo haces para guardar las apariencias o lo haces para guiarme a la salida? Porque hace varias semanas me dijiste que querías ser honesta conmigo, me dijiste que querías darte al cien por cien conmigo, pero…desde ese día nada ha cambiado, y no lo digo porque quiera forzarte a confiarte a mí, pero me gustaría saber si lo vas a hacer, si aún debo ser paciente, o si tienes en mente, finalmente, deshacerte de mí porque esta relación que tenemos es demasiado difícil de soportar.
Regina sintió un sollozo bloquearse en su garganta, estaba tan perdida y no sabía si debía huir frente al comportamiento de Emma o darle una segunda oportunidad. Emma no sabía nada de su vida y ella no podía actuar en consecuencia, ella no sabía qué tipo de comportamiento echaba para atrás de forma fulminante a Regina. La morena volvió a respirar al cabo de varios segundos durante los cuales se había hundido en una intensa reflexión.
-Yo…necesito pensar…quiero decir, yo…¡mierda, Emma! ¡Me acabas de marcar como si fuera un objeto!
La palabrota pronunciada por Regina asombró a la rubia que jamás la había escuchado decir groserías.
-No ha sido para…en fin…no pensaba marcarte, solo quería que él dejara de manosearte
Emma se había acercado a Regina para coger sus manos y tranquilizarla.
-¡Bueno, no vamos a hablar de todo esto en este sitio!- declaró Regina lanzando una mirada de asco a su alrededor. -¡Vamos a casa!
Regina desactivó la alarma y le indicó a Emma que entrara. La joven se quitó los zapatos y se dirigió hacia Regina que se lavaba las manos en la cocina. Pasó un brazo alrededor de su cintura y su mano se deslizó por el vientre de su profesora. Durante todo el viaje, se habían mantenido en silencio, sintiendo que la confesión de la de más edad estaba al límite de estallar en el habitáculo del Mercedes, pero ahora, quería consolarla.
-Gina, lo siento mucho.
Regina se soltó de su agarre y se secó las manos con un paño limpio. Después, dejó el paño en la encimera y se giró hacia la rubia.
-Es hora de que te cuente todo.
Regina había apoyado sus manos en la isla de la cocina, parecía aferrarse a ella con todas sus fuerzas para no derrumbarse. Emma nunca la había visto en tal estado. Nunca había visto esa mirada asustada e implorante.
-¡Regina! Si no quieres…
-¡No!- cortó la morena –Sé que te debo la verdad, pero después de todo lo que te voy a decir, sé que querrás marcharte. He retrasado este momento lo máximo que he podido…
Estaban cara a cara, sabiendo que habían llegado a un punto desde el que no habría marcha atrás.
-¿Por qué querría marcharme?- preguntó Emma posando una mano sobre la de Regina que se sobresaltó con el contacto.
-Porque no soy la que tú crees, estoy destruida, Emma.
Un nudo de aprensión se formó en el vientre de la estudiante. Entrelazó sus dedos con los de la mayor y la atrajo hacia ella.
-Regina, sea lo que sea que hayas podido hacer, creo que soy lo bastante fuerte para escucharlo- murmuró en el hueco de su cuello.
La morena retrocedió unos pasos y se giró hacia la nevera de donde sacó una botella de vodka. Se sirvió un vaso y se lo tragó de un sorbo. De nuevo, el miedo se leía en su rostro y Emma vio su mirada perderse a lo lejos. Ella se acercó y deslizó su mano por sus cabellos para acariciar su mejilla con su pulgar mientras que sus otros dedos descansaban en su nuca.
-¡Regina, por favor, confía en mí! ¡No me marcharé!
-No hagas promesas que no puedas cumplir- declaró secamente la mayor.
Emma contesto sus ácidas palabras con un beso dulce y tierno. Se dirigieron hacia el salón, la morena no olvidó llevarse con ella la botella y un vaso.
El fuego que crepitaba en la chimenea expandía en la estancia su dulce calor, pero sin embargo, Regina estaba temblando. Había dejado caer la máscara de frialdad y Emma sabía que necesitaría mucho valor para hablar.
Regina suspiró y se tomó su segunda copa que produjo un sonido seco cuando la dejó sobre la mesa.
-El día que cumplí veinte años, yo…maté a mi padre
Emma parpadeó varias veces, sin creer lo que escuchaba. Frunció el ceño e intentó mantener una expresión impasible.
-Yo…yo…¿por qué?- preguntó atónita.
-Tengo que contarte toda la historia para que comprendas, pero…Emma, te lo suplico, no me juzgues demasiado rápido.
La joven asintió en silencio y Regina se lanzó en su relato, hablaba con voz grave y rota.
-Mi familia es una de las más poderosas del país. Es ese tipo de familia de la que no se escucha mucho hablar, pero que dirige con mano de hierro sus pequeños chanchullos. Nací en el momento en que todo estaba adquiriendo grandes proporciones para mis padres y me beneficié, junto con mi hermana mayor, Zelena, de una educación estricta en la que solo era válida la excelencia. No tenía derecho a ninguna distracción y mis juegos de niña se limitaban a aprender las buenas maneras y practicar las disciplinas más costosas. Pocos eran los que se atrevían a dirigirnos la palabra porque mi madre esparcía el terror por toda la ciudad y nadie era digno de hablar con sus hijas, y el que lo hiciera se encontraba sin trabajo o obligado a dejar la ciudad. Yo sufría la soledad, acabé por asfixiarme y por sentirme muerta en mi interior. Fue desarrollando una especie de rebelión odiosa contra mi madre y arrastré a mi hermana conmigo. Lo que es extraño, porque mi madre nos había enfrentado a la una contra la otra, pero al cabo de cierto tiempo, acabamos por comprender que la vida sería mucho más agradable si nos llevábamos bien. Los momentos en que mi madre salía de casa eran los más dulces y más felices. Mi padre, Zelena y yo formábamos una verdadera familia unida y yo estaba muy apegada a mi padre; él era una tabla de salvación, mi burbuja de libertad, pero era terriblemente cobarde.
Ella suspiró, sin duda lamentaba que su padre no hubiera sido más valiente.
-Creo que nunca lo vi oponerse a una decisión de mi madre, por muy injusta que fuera.
Ella sacudió la cabeza, sintiendo que olvidaba precisar algunas cosas.
-Emma, no hablo solamente de una madre que, por el bien de sus hijas, les impide ir con malas compañías. Te hablo de una madre tiránica, que distribuía bofetadas sin venir a cuento, que usaba la fuerza para que nos mantuviéramos en nuestro debido lugar. El día en que el sheriff me sorprendió con mis amigas fumando en una esquina, puedo asegurarte que mi madre se enteró al minuto siguiente y la paliza que recibí quedará grabada en mi memoria para siempre.
Emma no dijo nada. Quiso cogerle la mano a la morena, pero esta retrocedió sintiendo que tenía que acabar la historia, que tenía que ir hasta el final para no dejarse ir.
-Un día, mi hermana se marchó a vivir a Canadá y no dio noticias a mi madre. Creo que quería acabar con esa vida. Así que me encontré sola en las garras de mi madre. Mis días se resumían en levantarme, ir a instituto y seguir clases de piano o de equitación o qué sé yo. En la universidad, hice amigos. Dos, a decir verdad, Narcissa y Daniel. Daniel era también mi monitor de equitación, teníamos la misma edad y todo eso nos acercaba. Él vivía en una familia mucho más modesta que la mía y su hermano no era alguien a quien se debiera frecuentar mucho. En fin, él tenía todo para que mi madre lo detestara inmensamente.
Emma notó que el corazón de Regina en ese momento acababa de romperse un poco. Ella sabía que ese muchacho probablemente había roto su corazón, pero que también le habría dado muchas alegrías. Se concentró en el rostro de la morena que acababa de adquirir una expresión sombría y grave.
-La noche de mis veinte años…- se detuvo, la garganta apretada y el estómago hecho un nudo. Hundió su mirada en los ojos de Emma y lo que encontró la consoló. Emma no tenía miedo, solo había ternura tras sus pupilas. Encontró en su mirada algo que le dio valor para continuar.
-Deseaba festejar mi cumpleaños en compañía de un único chico. Aquel que había sabido acercarse a mí y tocar mi corazón: Daniel. Mi madre, evidentemente, estaba terriblemente en contra, pero mi padre, ese día, vino a verme tras mis clases de equitación, se sentó a mi lado y me dijo que la puerta de atrás de la casa estaría abierta esa noche.
Ella se interrumpió, dejándose recaer contra el sillón.
-Solo me dijo eso y se marchó. Yo estaba loca de alegría. Por primera vez en mi vida, mi padre se aliaba conmigo contra mi madre y créeme, después de la marcha de mi hermana, lo necesitaba de verdad. El desarrollo de esa noche está muy claro en mi mente. Me preparé durante horas y esperé a que todos estuvieran acostados. Bajé y salí del jardín por la puerta que mi padre había dejado abierta. Caminé varios kilómetros desde mi casa, había podido avisar a Daniel por medio de su hermano, que trabajaba en esa época en los establos de mis padres. Le había dado una nota para que se la entregara a Daniel. Debíamos encontrarnos al borde de un lago…un sitio que a Daniel y a mí nos gustaba particularmente cuando paseábamos a caballo.
La mirada de Regina se perdió un instante y durante un segundo, ella se preguntó si iba a poder continuar con esa historia que se había quedado en las profundidades de su alma durante tanto tiempo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y las apartó con un gesto rabioso.
-Daniel nunca vino. En su lugar, me encontré a Leopold, su hermano. Él había desarrollado unos celos por su hermano que habían destruido absolutamente todo amor y toda humanidad a su paso.
Ella se detuvo, la emoción se volvía muy fuerte, se levantó y fue a apoyarse en la chimenea, inclinando su rostro hacia las llamas que casi le quemaban las mejillas. Soltó un gemido y volvió a servirse una copa. Volvió sobre sus pasos y se mantuvo de espaldas a Emma que sintió que debía empujar algo las cosas.
-Regina, ¿qué ocurrió?- preguntó en voz baja
-Leo me explicó que Daniel no me merecía, que él era demasiado débil y demasiado estúpido para mí. Yo estaba confundida, no comprendía lo que me decía y no dejaba de preguntar dónde estaba Daniel. Como no me respondía, intenté hacerle comprender que no se podía mandar en el amor y que era Daniel de quien yo me había enamorado.
Ella cerró los ojos aferrándose a la chimenea.
-En el momento en que dije eso…se lanzó sobre mí.
Su voz murió en su garganta. Se obligó a continuar, a pesar de las lágrimas que asolaban su rostro.
-Me violó.
Emma apretó los dientes, notando las nauseas. Clavó sus uñas en el brazo del sillón para no estallar en llanto. Ese monstruo le había robado su candor, su juventud…su virginidad.
-Chillé, grité por ayuda, pero nadie vino. Cuando hubo acabado, me dejó allí. Mi vestido estaba medio rasgado y moratones se esparcían por mi cuerpo. No lloré, creo que estaba demasiado impactada y ya había sobrepasado el estado de las lágrimas. De lo que me acuerdo es de ese dolor. Yo no era más que dolor y tardé un momento en poder levantarme. Creo que fue el miedo a que volviera y comenzara todo de nuevo lo que me hizo huir a través de los árboles. Cuando alcancé la carretera, caminé sin rumbo hasta encontrar una cabina telefónica y llamé a mi padre. Apareció en menos de cinco minutos y comprendió enseguida lo que había pasado.
Regina se bebió otra copa y se giró hacia Emma a quien ella acababa de destruir todas las ilusiones.
-En el coche, en el momento en que quiso llevarme al hospital, entré en pánico y me entró una crisis de angustia, las lágrimas que había retenido hasta ese momento se transformaron en gritos, bofetadas, golpes: todo el miedo y la rabia que había sentido contra Leopold, resurgía porque mi padre quería obligarme a ir al hospital. Intentó calmarme…soltó el volante…algunos segundos…
Emma dejó caer sus hombros, la continuación era fácil de adivinar.
-De un solo golpe, todo se hizo increíblemente luminoso, una luz viva nos deslumbró en la noche oscura, y antes de que mi padre tuviera tiempo de desviar el coche, un 4x4 se estampó contra el lado del conductor.
Emma escuchaba en silencio el doloroso relato de Regina.
-Cuando me vi cubierta por la sangre de mi padre, enseguida comprendí. Y me quedé paralizada hasta que el conductor del otro vehículo se acercó a hablarme. No recuerdo verdaderamente lo que decía, pero sé que encontré turbador hablar con un desconocido de algo tan íntimo como la muerte de mi padre. No recuerdo en realidad el resto. Tengo esta cicatriz, encima de mi labio, mi padre, él, se dejó allí la vida.
-¿Y Leopold?- preguntó Emma estrechando su brazo alrededor de sus rodillas, que había subido hasta su pecho.
-Tras el accidente, fui llevada al hospital donde mi madre intervino para que no me tocaran. Solo comprobaron que no tenía ninguna hemorragia interna y mi madre me llevó a casa.
-¿Nunca le contaste lo que te había pasado?
Regina hizo una pausa
-Sí. Aunque la detestara con toda mi alma, seguía siendo mi madre y yo la necesitaba más que a nadie.
-¿Qué hizo ella cuando se lo contaste?
-Me abofeteó. Me dijo que yo era una puta y no íbamos a denunciar la violación, porque yo me lo había buscado y que un juicio mancharía la reputación de la familia.
Las cejas de Regina se plegaron bajo el dolor.
-Los días que siguieron fueron muy duros. Y después, mi hermana volvió para el entierro de mi padre. Me esperaba que ella también me detestara, pero me tranquilizó mucho. Yo no le conté nada, pero era…como si ella lo supiera. Cuando se marchó, me volví a encontrar sola con mis demonios. Debía lidiar con la muerte de mi padre y la violación que había sufrido.
Emma apretó los puños. Quería que ese relato acabara lo más rápido posible.
-Caí en una depresión profunda durante los tres meses siguientes al entierro. Daniel no comprendía mi alejamiento repentino y poco a poco, me di cuenta de que, quizás, nunca lo había amado, porque me sentía atraída por las mujeres. Solo que mi madre había formateado mi cerebro para que yo fuera esa perfecta muchacha que se casaría a la mayoría de edad con un hombre rico. La que me salvó de esa situación se llamaba Narcissa. Teníamos muchas cosas en común. Su madre, tras haberla traído al mundo, cayó muy enferma y cuando se recuperó, comenzó a odiar a su propia hija, incluso llegando a llamarla Cruella. Narcissa era magnífica, rubia de ojos azules, centelleaba de felicidad y sufría como yo con el encierro impuesto por su madre. Comenzamos una magnífica historia de amor y a pesar de sus dos años más que yo, conseguía que me sintiera cómoda en cualquier situación. Un día, comencé a sentir dolores en mi bajo vientre y noté que un líquido resbalaba por mis piernas. Hacía casi nueve meses que había sido violada y durante esos nueves meces, un pequeño había estado creciendo en mis entrañas sin que yo me diera cuenta. Mi madre me llevó a una clínica privada y en la más absoluta discreción, di a luz a un bebé magnífico.
-¡Henry!- murmuró Emma como una evidencia.
Regina asintió y tomó otro sorbo de su bebida.
-Mi madre quiso que abandonara a mi hijo y luché durante varios meses hasta la noche en que Narcissa vino a recogerme en su suntuoso coche. Yo tenía veintiún años cuando cogí a mi pequeño y nos marchamos. Dejé la universidad, mi vida de familia, a mi madre, la ciudad donde había crecido y encontramos refugio en Nueva York. Narcissa había robado suficiente dinero a su madre para permitirnos vivir algún tiempo sin encontrar trabajo y satisfacer nuestras necesidades. Nos mantuvimos así diez meses. La vida se desarrollaba apaciblemente y amaba tanto a Narcissa que habría podido tirarme a las vías del tren por ella. Día tras día, nuestros lazos se estrechaban. Finalmente, mi madre nos encontró en el momento en que no teníamos un centavo más para el alquiler y aceptamos volver para instalarnos al lado de su casa. Ella, que no quería un bastardo bajo su techo, nos encontró un apartamento para los tres y pudimos beneficiarnos de la fortuna de mi familia. Retomé los estudios. Mi madre, para restaurar el honor familiar, me regaló una ciudad seis meses después. Henry tenía un año y el dinero que el puesto me daba servía para satisfacer sus necesidades. En cuanto a mí, tenía el derecho de hacer lo que quisiera, mientras no empañara la reputación de mi madre con mi hijo bastardo y mi novia lesbiana. Narcissa y Henry habían sido silenciados y yo era alcaldesa de una ciudad con solo veintidós años. Yo tenía talento, bastante talento, pero Narcissa no lo quería ver y comenzó a convertirse en Cruella. Aunque su madre siempre me había puesto en guardia, yo había supuesto que era porque quería alejarme de Narcissa. Y cuando más o menos había logrado escapar del agarre de mi madre, caí en las garras de Cruella. Y los golpes, las amenazas, las palizas y la destrucción mental volvieron a comenzar. Estaba de nuevo prisionera de su situación intrincada.
Se tomó un tiempo para tragar y volvió a su relato. Emma no habría podido pararla, y es más…¿acaso lo quería?
-Una noche en que me negué a acostarme con ella, Cruella cogió a Henry mientras estaba durmiendo y apuntó un arma contra él. El trato era sencillo, si aceptaba acostarme con ella, dejaba a mi hijo, y si me negaba, lo mataría. Fue una etapa más en la violencia, ella quería tener el control sobre mí, convertirme en su cosa. Cedí y me acosté con ella, y una vez que hubo acabado, esperé a que se durmiera profundamente, cogí a mi hijo y me escapé. Estuve de ciudad en ciudad durante varios meses, pero ella me encontraba y siempre le faltó poco para matarme. Por el bien de mi hijo, recurrí a la única persona que de verdad me había amado.
-¿Daniel?- preguntó Emma con voz neutra
Regina asintió
-Le confié a mi hijo en el mayor de los secretos y huí. El día en que ella me encuentre, no tendrá a Henry, y no podrá hacerle daño. Jamás.
El silencio se instaló y la confesión resonaba por toda la estancia. Emma tenía las lágrimas al borde sus ojos y las dejó resbalar cuando Regina la miró.
-Estoy destrozada por la vida, Emma, solo confío en mí misma. No soy la persona formidable que tú imaginas. Estoy rota, no tengo familia, estoy desenraizada, y tengo un vacío en mí que nunca podrá llenarse.
Emma se arrodilló delante de su amada y poso una mano en su mejilla.
-Fuiste tú quien me enseñaste que hay rostros mucho más hermosos que la máscara que los cubre, es verdad, Regina. Acabo de tener la prueba. La imagen que tenía de ti era bastante pálida con relación a tu verdadero rostro, yo…te tomo toda entera, te tomo como eres, y soy feliz de que seas esta mujer fuerte y bella y…y…llena de bondad. Yo…- su voz se rompió en un sollozo cargado de emoción. Se sentó al lado de su compañera y la atrajo hacia sus brazos. Acarició sus cabellos durante largos minutos aun bajo la impresión de esa confesión.
¿Sería ella lo bastante fuerte para reparar el corazón de Regina? ¿Conseguiría curarla? Emma sintió un nudo de angustia llenarle el pecho, no estaba segura de querer eso en su primera relación seria. Regina era su profesora, ya era bastante complicado. ¿Cómo podía lidiar con una situación como esa?
Frunció el ceño, se había asustado con toda esa historia, pero la necesidad de estar todo el tiempo a su lado, las ganas de verla sonreír y sencillamente la felicidad de escucharla reír eran señales bastante serias para que Emma se conceda el intentarlo. Después de todo, se estaba enamorando, lo sabía.
La rubia sintió cómo, poco a poco, el cuerpo de la morena adquiría un peso nuevo. Agotada por su confesión, la joven se había quedado dormida y Emma no tuvo corazón para despertarla. Cogió una manta y cubrió ambos cuerpos para no pasar frío en mitad de la noche.
Regina se despertó algunas horas más tarde y se estremeció al sentir la manta cubrir únicamente sus piernas. Un brazo de Emma rodeaba aún sus hombros, pero eso no bastaba para hacerla entrar en calor. Besó castamente a la rubia para que se despertara y le sonrió dulcemente.
-¡Hola!- dijo Emma con voz ronca
-¡Hola!- respondió la morena -¿Vamos a acostarnos arriba?- propuso Regina acariciando dulcemente el brazo de su alumna.
-¿Qué hora es?- preguntó la joven enderezándose, obligándola a su vez a hacerlo.
Regina miró su reloj y parpadeó varias veces para poder ver la pequeña pantalla plateada.
-Las siete.
-Ok, necesito un café e ir a correr- bostezó Emma retirándose la manta.
Regina frunció el ceño. Tenía la impresión de que la muchacha rehuía su mirada.
-¿Vuelves a mediodía?- preguntó intentando mantener el control de su voz.
-Euh…no, voy a comer con Alice hoy, no me esperes, sin duda voy a dormir en casa de August.
-Ya veo.
Sí, Regina veía perfectamente las artimañas de la rubia para huir. Se daba cuenta de que la rubia no quería una taza desportillada como novia, rodeó sus rodillas y se puso seria.
-¡Hasta luego!
Regina no respondió, dejando que la rubia escapara a toda velocidad. Pero la puerta no hizo ruido y giró la cabeza para ver a la rubia volver sobre sus pasos.
-¡Te llamo esta noche!- murmuró para tranquilizar a la morena depositando un beso en su frente.
Esa misma noche, cuando llegó al bar, Leroy le dio un sobre con su nombre escrito. Una cita. Una cita después de su turno, en el pequeño parque que está a mitad de camino entre la casa de August y la de Regina, poco frecuentado, pues está alejado de la ciudad.
Así que, hacia medianoche, dejó su bicicleta pegada a las verjas del parque y se dirigió hacia el sitio desde donde se podía observar toda la ciudad. Miró las luces centellear y encontró eso increíblemente romántico. Tenía una sonrisa en sus labios y sintió una presencia tras ella. Regina Mills estaba sentada en un banco, la observaba discretamente. Emma hundió su mirada en las pupilas de la de mayor edad.
-¡Gina!- gritó ella
La rubia se unió a ella y cuando iba a darle un beso, vio en su mirada que algo no iba bien. Mantuvo el silencio durante un largo momento. Escrutando su rostro, Emma podía ver que la morena luchaba contra sus pensamientos que, visiblemente, no se atrevía a compartir.
-¡No es razonable!- soltó finalmente
Emma sintió que el corazón se rasgaba en su pecho. Un nudo se formó inmediatamente en su garganta y tuvo la desagradable sensación de que la partida ya había sido perdida.
-¿Razonable?- repitió ella, asombrada
-¡Swan, es una alumna! Yo…
-¡Llámame por mi nombre!- gritó ella sintiendo una violenta cólera tomar posesión de su cuerpo. Se levantó para estar en una posición más elevada que la morena.
-Es una de mis alumnas y creo que hemos ido, claramente, demasiado lejos…
-¡Deja de llamarme de usted!
-Swan…
-¡Mis labios ha tocado los tuyos! ¡He estrechado tu cuerpo contra el mío!- gritó Emma intentando captar su mirada.
-¡Swan! ¡Más bajo!- ordenó la joven lanzando una mirada a los alrededores.
-¿Más bajo?
Emma se precipitó hacia ella y agarró los faldones de su chaqueta azul. La empujó con suavidad y precaución contra el respaldo del banco y acercó su rostro lo bastante cerca de su boca.
-Atrévete a decirme que no te ha gustado
Regina sentía los puños de Emma por debajo de su garganta. El aliento de la joven se volvía errático y sus ojos se llenaban de lágrimas. La morena bajó su mirada hacia los labios de su alumna, después hizo un esfuerzo considerable para girar la cabeza. Ella tuvo también ganas de llorar y agarró los puños de Emma para rechazarla furiosamente.
-¡Le estoy dando una vía de escape, Swan! ¡Podría tener la decencia de tomarla y huir!
Regina se levantó para marcharse, la espalda recta y el rostro hacia abajo.
-¿Huir? Pero…
Emma enseguida comprendió, Regina creía que estaba demasiado destruida para ella.
-¡Regina! ¡Por favor! ¡Escúchame!- suplicó Emma alzando las manos frente a ella
-¡Preferiría que no!- dijo con voz estrangulada la morena intentando disimular sus ojos bañados en lágrimas
-¡No! ¡No! ¡No!- repitió la joven cogienda por los hombros -¡Te lo suplico, escucha lo que tengo que decirte!
Pasó una mano bajo el mentón de su amada que tenía el rostro surcado por la cólera, la tristeza y la vergüenza.
-¡Por favor, tuve miedo! ¡Tuve miedo!- repitió Emma para hacerse comprender bien.
Regina alzó la mirada hacia Emma, asombrada y confundida.
-Es verdad, esta mañana tuve miedo. Lo siento, pero tuve miedo porque pensaba que yo era la más destruida de las dos. Tuve miedo porque de repente me dije que era yo la que tendría que levantarte y…no sé cómo hacerlo, tuve miedo de decepcionarte, tuve miedo de no lograrlo, tuve miedo de que…de que estuvieras tan desilusionada por mí. Me cagué por perderte, así que quise alejarme un día para encontrar un modo de ayudarte, un modo de…de sanarte. Regina, por favor, no te marches porque…estoy aquí, ahora estoy aquí, no quiero perderte, no…¡te lo ruego, di algo!- Emma tenía la respiración entrecortada y pensó que su discurso no había servido de nada. Así que se inclinó para rozar los labios de su amante y la besó dulcemente. Agarró con sus dedos el cuello de la chaqueta para impedir que huyera y para aplastarse algo más contra sus labios. Finalmente, retrocedió, dejando que la moren decidiera.
-¡La vía sigue abierta!- murmuró Regina dándole aún una oportunidad para huir.
-¡Entonces, ciérrala, porque te juro que no me marcharé!- aseguró ella –Lo siento si has podido creer que iba a abandonarte después de lo que me confesaste, solo soy….inexperta y solo quería alejarme un día para no joderlo todo- explicó ella dándole una patadita a una pequeña piedra.
-La comunicación es su talón de Aquiles, miss Swan- bromeó Regina
Emma posó una mano en su mejilla y apartó un mechón azabache que recolocó tras la oreja.
-Quiero ir a ver a Henry- murmuró ella hundiendo su mirada en la de Regina
-¿Perdón?
-¡Llévame a ver a tu hijo! ¡Por favor, partamos ahora, quiero conocerlo!
