La magia

La noche cayó delicadamente sobre el castillo y antes de la cena, ya no existía nada de la disputa entre Regina y Daniel. Él había reparado en las miradas observadoras de Emma y comprendió en qué se parecían Regina y ella. Tenía la convicción de que debía ganarse la confianza de la rubia, pero ¿cómo hacerlo cuando no lograba confiar en ella?

Regina disfrutaba de su hijo jugando con él mientras que Emma terminaba de preparar la comida con Daniel. En fin…"con" Daniel, estaban en la misma estancia sin hablarse, mirándose de soslayo y observándose mutuamente.

-¡La cena está lista!- dijo el anfitrión golpeando suavemente una cacerola con una cuchara.

-¡Hum! ¡Huele deliciosamente!- cumplimentó la morena uniéndose a ellos.

Ella notó el ambiente cargado y quiso calmar un poco la tensión. Daniel se sentó en el extremo de la mesa, Regina se colocó a su izquierda, Emma a su derecha y el pequeño corrió para estar al lado de su madre. Henry monopolizó la conversación, lo que le vino bien a Emma que no tenía ganas de charlar; Daniel agradeció silenciosamente a Henry por tomar la delantera, así él podía escrutar los menores gestos de Regina, que ajena a esto, no podía evitar acariciar los cabellos de su hijo mientras este comía.

Daniel se eclipsó para ir a buscar el postre y Regina sintió la atmosfera aligerarse un poco. Emma estaba tensa, podía sentirla hervir por dentro; ella estaba desolada por eso, habría querido que todo fuera bien entre Daniel y ella. Desvió su mirada hacia la de Emma y le ofreció una ligera sonrisa serena.

Al final de la cena, todos juntos recogieron la mesa y Emma siguió a Regina por los pasillos del castillo.

Subieron a la segunda planta y atravesaron todo un pasillo hasta llegar a una gran puerta de madera oscura. Regina encendió la estancia tan pronto entraron y Emma descubrió una habitación al estilo barroco que era la cara completamente de la directora adjunta. Una luz iluminó bruscamente el interior de la habitación y rápidamente desapareció.

-Como puedes ver, el faro ilumina la habitación intermitentemente. Si eso te molesta, hay cortinas y persianas que puedes cerrar. Personalmente, siempre he amado esta habitación por ese pequeño toque mágico.

-¡Sí, gracias!- respondió planamente Emma aún hundida en sus pensamientos. Escuchaba a medias lo que le decía Regina.

-El cuarto de baño es la primera puerta a la derecha saliendo hacia las escaleras.

-De acuerdo, gracias.

Un pesado silencio se hizo entre ellas y Regina bailaba de un pie a otro.

-¿Puedo hacerte una pregunta?- cuestionó la rubia pensando de repente en algo

-¡Por supuesto!

-¿Quién es el hombre que te agredió en el Chapèlier Flou a comienzos del curso?

-Oh…él…

-Sí…me gustaría saberlo porque el otro día, estaba en tu casa. ¿Tiene relación con Narcissa?

-No, en absoluto, solo es el antiguo propietario de Beau Miroir y…él lo maltrataba, practicaba el método de la hiperflexión y lo dejaba entre excrementos, pero…Beau Miroir es un caballo de competición que vale muy caro así que ese querido de Sidney no ha soportado ver que la policía le arrancaba a su favorito.

-¿Y qué tienes tú que ver en esa historia?- preguntó Emma

-Sidney era mi vecino cuando llegué a la ciudad, fui yo quien lo denunció y con la ayuda de Granny pudimos apartar a Beau Miroir de sus establos…Prometió vengarse, pero no me da miedo.

Emma frunció el ceño, esta mujer parecía tener muchos enemigos, en otra vida tuvo que haber hecho cosas horribles para heredar tal destino…

-¿Es eso lo que te atormenta desde el comienzo de la noche?- preguntó Regina acariciando las sienes de la rubia.

Emma no respondió y Regina tuvo que conformarse con un beso.

-Bueno…Te dejo dormir.

Emma asintió.

-A partir de mañana, vengo a esta habitación, pero esta noche Henry quiere dormir conmigo…así que…

-¡Así que nada!- cortó tiernamente Emma –No me molesta, creo que ya te lo dije. No te sientas culpable por pasar un poco de tiempo con tu hijo, Gina.

La morena desapareció y Emma cayó rendida sobre la gran cama que había sido preparada para su llegada.


Regina amaba tener a su hijo pegado a ella, había tenido muy pocas ocasiones para ello y atesoraba esos momentos en que él se acurrucaba conrea ella para triturar su collar, o aferrar el pijama de su madre con sus pequeños dedos. Por su parte, ella le pasaba una mano por los cabellos y redescubría el olor de su hijo, sus nuevas cicatrices, esos nuevos gestos, y siempre lo que más la impactaba, era su tamaño; había crecido varios centímetros mientras que ella estaba en la otra punta del país, y cada vez que iba a verlo ya no le servían las ropas de la vez precedente. Una vez más, Henry se había apelotonado contra ella y había agarrado la mano de su madre, deslizando sus dedos entre los de ella, se había hundido en un juego que solo él comprendía y ante los ojos maravillados de su madre, pronto se quedó dormido, la respiración calmada y el ambiente tranquilo. Ella acabó por dormirse también, hundiéndose en un agitado sueño.

-Narci, estoy agotada…susurró Regina quitándose los zapatos

-¿Qué quiere decir «estoy agotada»?- preguntó secamente la rubia encendiendo un largo cigarrillo

-¡Significa que no tengo ganas de pelear!

Regina estaba cansada, le dio la espalda a la bella joven y cogió su teléfono para marcar el número del restaurante que tenía servicio a domicilio gratuito. Mientras terminaba de teclear, el teléfono salió disparado de sus manos. Narcissa acababa de darle un manotazo en su brazo y ella frunció el ceño.

-¡Narci! ¿Qué te pasa?

La rubia agarró a su novia por el cuello y la estampó contra la nevera; la cabeza de Regina chocó durante contra la puerta y durante varios segundos se quedó algo aturdida.

-¡Me gustaría que me escucharas una vez en tu puta vida!

-¡Narci! ¡Me haces daño!- dijo en pánico Regina

-¡Si me escucharas, no te haría daño!

-¡Para!

Narcissa encajó una pierna entre las de la morena y pegó su cuerpo al de ella.

-¡Joder! ¡Si supieras cuánto te deseo cuando estás en este estado!

-¡Narci!- gruñó Regina lanzándole una mirada glacial.

La rubia relajó el agarre para tirar al suelo a su novia.

-¿Cómo que Narci? ¿Intentas asustarme, Regina? ¿Intentas tomar las riendas? ¡Eres lamentable y deberías darme las gracias! Mierda, ¿sabes acaso quién te querría? ¿Quién te va a querer cuando la gente conozca la verdad sobre ti y tu hijo?

-¿De qué estás hablando?

-¡Hablo de ti, de la ramera que abrió sus piernas ante el hermano de su novio! ¿Qué pensará la gente si les cuento tu historia? ¿Comprendes?

Se aseguró con una mirada de que la morena había comprendido antes de continuar.

-¡Así que presta atención, Regina, soy la única que te quiere a ti y a tu hijo! ¡No lo olvides!

En su sueño, Regina se dejó arrastrar por una nueva pesadilla que no hacía sino sacar a flote sus recuerdos escondidos.

Regina y Narcissa entraron en la habitación del hotel y la morena dejó su tarjeta en la mesilla de noche. Pero cuando se dio la vuelta, vio que algo no iba bien.

-¿Narci?

-¿Lo encontraste divertido?- preguntó Narci con una voz que Regina conocía demasiado bien.

-¿De qué hablas?

-¿De qué hablo? ¡Hablo de ti contando la vez en que quise hacerte la comida por tu cumpleaños!

-¿Y?

-¿Te divierte humillarme delante de los demás?

-¿Humillarte? Jamás te he…

-¡Cállate!

La violencia de las palabras golpeó a la morena mucho antes que la bofetada.

-¡No lo vuelvas a hacer, Regina!

Como el silencio de Regina no le gustaba, Narcissa añadió otra bofetada y un puñetazo en el estómago y…

La morena se despertó sobresaltada. Su hijo roncaba ligeramente y eso la tranquilizó inmediatamente. Calmó su respiración y deglutió pasándose la mano por el rostro. Después, estrechó su agarre alrededor del cuerpo de su pequeño príncipe e intentó volver a dormirse.

Al día siguiente, Emma notó, aún medio dormida, que alguien le acariciaba los cabellos, abrió despacio los párpados y se dio de cara con el rostro de Regina que la sacudía tiernamente.

-¡Hola!- saludó ella con voz ronca

-¡Buenos días, miss Swan!

Emma sonrió, ya no le molestaba cuando Regina la llamaba así, lo encontraba tierno. Se incorporó en la cama y miró a su alrededor.

-¿Dónde está Henry?

-En la escuela, hace media hora que ha salido.

-¿La escuela?

-Sí, tiene clases extraescolares todas las mañanas

-¡Qué fastidio!

-Ah, lo ha pedido él- informó Regina mientras se levantaba para dejar que Emma saliera de la cama.

-¡Bueno, sin género de duda, es tu hijo!

-¿El faro no te ha cansado?- preguntó mientras salía

-¡No, en absoluto!- respondió Emma siguiéndola.

Desayunaron y Emma aprovechó el estar sola con Regina para besarla extendidamente y murmurarle palabras dulces. Regina apreciaba y se encontraba a veces riendo como una adolescente. Después, planificaron un pic-nic en la playa para cuando Henry regresara, apenas tuvieron tiempo de preparar unos sándwiches que ya Henry las apremiaba.

Daniel no estaba, él trabajaba en los establos no lejos de allí y había dejado su juego de llaves a Regina.

En Florida, la temperatura era mucho más clemente y la playa ya veía a numerosos vacacionistas sentarse aquí y allá. Emma estaba feliz de poder pasar un poco más de tiempo con su novia, pero tenía que confesar que le había cogido cariño a Henry, que tenía ese lado adulto que jugaba peligrosamente con su lado infantil. Él tenía el don de pincharla sin que ella lo esperara y aparentemente, él estaba contento de desestabilizarla tan fácilmente.

-Emma, tu castillo de arena se parece a…

El pequeño dudó un momento en lo que iba a decir para no herir a Emma, pero se encogió de hombros y continuó

-…a nada

Regina se quitó las gafas de sol y miró el montículo de arena informe, Henry no se había equivocado.

-Euh…ya…donde vivo no hay arena

-¿Y dónde vives?

-¡En Maine!

-De acuerdo

-¡Y tu castillo de arena tampoco se parece a un castillo!- se defendió la rubia

-¡Sí, pero yo soy un niño! En tu caso, es algo vergonzoso

Regina estalló en risas, captando la mirada divertida de Emma y Henry.

-¡No hay más que decir, tiene tu socarronería!- afirmó la estudiante haciendo tabla rasa de su construcción.

Un cómodo silencio se instaló mientras ella vigilaba a Henry que se había ido a sentarse un poco más lejos. Emma había apoyado una mano muy cerca de la de Regina, y jugaba a hacer deslizar la arena entre sus dedos una y otra vez.

-Estoy feliz de haber conocido a tu pequeño…Se parece mucho a ti.

Regina asintió

-Es verdad- concedió

Su mirada se desvió hacia las olas y se perdió en un recuerdo.

-¡Señorita, empuje ahora!

-¡No!- jadeó Regina -¡Ya no puedo más! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer con este bebé?

Ella solloza como una niña perdida.

-¡No seas niña, Regina!- soltó la madre -¡No haberte dejado embarazar!

La cólera de la morena se transformó en gritos

-¡NO ME DEJÉ EMBARAZAR! ¡ME VIOLARON! ¡ME VIOLARON!

-¡Señor! ¡Regina, recomponte! ¡En esta familia no nos portamos así!

-¿Sabes qué, madre?¡No quiero formar parte de esta familia! ¡Márchate!

El muchachito se debatía para salir haciendo gritar a su pobre madre. Se aferró al borde de la camilla en la que había sido colocada.

-¡Empuje, señorita!

Se echa hacia delante empujándose con todas sus fuerzas para hacer salir al niño que había crecido en su vientre, lo quiere fuera de ella. Ella no lo quiere, se puso roja y gritó mientras lloraba. Gritó su rabia contra Leopold, contra Daniel, contra su madre y no logra hacer que el bebé salga.

-¡Otra vez! ¡Otra vez!- le piden

Pero es demasiado duro para ella, no lo consigue. ¿Cómo su vida había podido tomar tal camino? Piensa en su padre, que debe tener tanta vergüenza de ella. Piensa en su hermana, de la que no tenía noticias. Los sollozos de Regina repercuten en la estancia y Jenny, la joven enfermera piensa que jamás había asistido a un parto tan doloroso psicológicamente.

-Señora, podría quizás sujetarle la mano a su hija- propuso ella

La más joven le lanzó una oscura mirada.

-¡No! ¡No quiero que ella me toque! ¡Haga que salga! ¡Haga que salga!- gritó ella debatiéndose sobre la cama.

-¡Dios, eres como tu padre, haciendo una montaña de un grano de arena!

Regina siente una quemazón en el interior de sus entrañas y está segura de que no tiene nada que ver con el bebé, sino más bien con la rabia que se encendía en su interior.

Jenny, educadamente, hizo salir a Cora, la madre de Regina, al pasillo y toma su lugar en el cabecero de la joven mamá.

-¡Va a tener que empujar con todas sus fuerzas para que su pequeño pueda reunirse con nosotras! ¡Puede apretar mi mano si lo desea!

La mirada de Jenny es como un soplo de aire fresco, ella tiene una dulzura en sus ojos que la alienta a reunir sus fuerzas para hacer salir a su bebé.

Dos horas más tarde, al límite de sus fuerzas, las piernas bloqueadas en el estribo, Regina sigue llorando y con sus fuerzas ya agotadas. Tiene la impresión de revivir su violación, quiere dormir, quiere dejar de empujar y solo descansar, quiere morir. Jenny sigue ahí, sigue sujetando su mano y cada cierto tiempo le enjuga el sudor de la frente.

-¡Venga, empuje otra vez, Regina! ¡Su hijo viene!- murmuró ella

A su grito se le une el del recién nacido que es muy pequeño.

-¡Es un varón!- le anunció Jenny

Extrañamente, hubiera preferido una niña; de repente tiene miedo de que se parezca a Leo y se ayuda de los estribos para retroceder un poco cuando el médico le tiende a su bebé.

-¿No quiere cogerlo?-pregunta el médico perplejo.

Ella se siente idiota, con las piernas aún abiertas, una comadrona mirando abiertamente su entrepierna y ese médico que le tiende al niño. Jenny coge al recién nacido y murmura que lo va a limpiar un poco mientras Regina termina de dar a luz. ¿Terminar de dar a luz? Durante un minuto, Regina piensa que va a tener un segundo hijo, pero el médico le habla de la placenta, que hay que expulsar, y ella tiene que volver a empujar.

Media hora más tarde, Jenny regresa con el bebé limpio y envuelto en una mantita azul. Regina acaba de ser cosida, pero extrañamente la dejan en esa posición un momento más.

-Regina, ¿quiere verlo?- preguntó ella con una voz que no emitía juicio alguno.

Ella asintió débilmente y Jenny le colocó al bebé sobre el vientre, allí donde se había escondido durante meses enteros sin molestar a su joven mamá. De repente, ella lo encuentra magnífico, tiene los ojitos cerrados y solo puede ver sus pequeños cabellos negros que se parecen tanto a los suyos. Lo rodea con un brazo y él comienza a bostezar. Es en ese momento que ella sabe que jamás podrá separarse de ese pequeño ser.

-¿Va…va a quedárselo?- cuestiona Jenny porque debía saber si tenía que contactar con los servicios sociales o no.

Regina asintió débilmente.

-¿Tiene alguna idea de cómo lo va a llamar? Sé que es muy pronto y si le hace falta algunos días para pensarlo…

-¡Henry!- cortó la morena –Se llamará Henry, como mi padre

La risa de Henry la sacó de sus pensamientos y vio esa mirada que ponía cuando hacia alguna trastada. Emma tenía la misma mirada en ese momento. Traidores, se habían compinchado contra ella y antes de poder reaccionar, le echaron por los hombros un cubo lleno de agua salada. La tarde acabó entre risas y gritos de algunos.

El pequeño grupo volvió al caer la tarde y Daniel los esperaba ya con la comida.

-Entonces, Emma, ¿tu primer día en Florida?- preguntó él sentándose tras haberles servido unos copiosos platos.

-¡Excelente! ¡Es muy bonito, los paisajes son magníficos y la playa es grandiosa!

-¡Es verdad, es un pequeño trozo de paraíso! Mañana, podríamos ir a visitar la prisión. ¿Qué te parece, Emma?- propuso Daniel ganándose una oscura mirada por parte de Regina.

-¡Euh…vale, guay!

-¿Guay? ¿En serio?- se exasperó Regina

-¿Tienes miedo?- la pinchó Emma dirigiéndole una mirada provocadora

-¡Evidentemente que no!

Emma y Daniel estaban perplejos, lo que irritó más a la morena. Suspiró y lanzó un «ok por la prisión», que fue recibido entre gritos de alegría.

-Bueno, ahora voy a acostar a mi hijo, antes de que se os ocurra otra brillante idea- murmuró ella

Emma llevó su vaso de vino a los labios y dejó que el líquido rojo resbalara por su garganta. Daniel la miró sin decir nada.

-Te haces preguntas sobre mí- dijo ella dejando el vaso en la mesa

Después de todo, no era tonta y no quería jugar a ese juego.

-Me pregunto cómo una muchacha tan joven puede comprender los problemas que Regina ha tenido.

Emma suspiró y recogió sus cubiertos dejándolos sobre el plato.

-Creo que te haces muchas preguntas sobre mi relación con tu amiga, así que…¡es tu amiga, es cierto! Pero te garantizo que si intentas intimidarme, no funcionará

-No intento…

-¿De verdad?- cortó la rubia –Estás aquí haciendo de amiguito conmigo cuando Regina está en la misma estancia, pero en cuanto ella da la espalda, me observas, giras a mi alrededor, te haces un montón de preguntas y te quedas ahí esperando a que yo haga un mal movimiento.

-No, Emma, no es para nada lo que deseo, solo me pregunto si precisamente harás la elección correcta, si eres lo bastante fuerte para hacer la elección correcta.

-¿Cuál sería en tu opinión?- preguntó ella entrecerrando los ojos

-Honestamente, me pareces muy joven y aunque hayas vivido situaciones difíciles como Regina lo cree, dudo que des la talla para luchar contra Narcissa.

-¡Es ahí donde te equivocas, no intento luchar contra ella!

-Entonces, ¿qué intentas hacer?- replicó Daniel pensando pillar a la estudiante

-¡Hacer feliz a Regina! No necesito luchar contra Narcissa porque ella no forma parte de la partida.

-¡Por supuesto que sí! Forma parte del pasado de Regina, ella es la razón por la que Regina es como es.

-No quiero luchar contra Narcissa, no lo necesito, porque Regina no me lo pide, ella no lo necesita, ella necesita ser feliz, respirar, ser libre. Necesita lo que yo puedo aportarle, no que esté llena de odio hacia su ex novia, y aunque la detesto, no necesito decírselo a Regina, no necesito luchar. Soy a quien necesita para sacar la cabeza fuera del agua. Y si eso no te agrada, me da igual.

-¡No es que no me agrade! ¡Solo es que quiero que estés preparada!

-¿Preparada para qué, por Dios?- se enervó ella golpeando la mesa con la palma de la mano.

-¡Para el día en que Narcissa os encuentre! ¡Porque os encontrará! ¡Quiero que estés preparada!

-¿Quieres que te diga lo que estoy dispuesta a hacer por Regina? ¡Estoy dispuesta a tomarla en mis brazos la próxima semana cuando tengamos que dejar esta casa para volver a nuestra ciudad, porque se hundirá por tener que marcharse sin Henry! ¡Estoy dispuesta a hacerla sonreír cuando esté triste, estoy dispuesta a colmarla de alegría cuando se sienta destrozada porque su hijo entrara en el instituto y ella no pueda acompañarlo! ¡Y yo estaré ahí cuando necesite huir de la ciudad porque la tarada de su ex novia la haya encontrado! ¡Ahí lo tienes! ¡No necesito luchar, solo necesito estar ahí!

-¿Eso es todo? ¿Crees que estar ahí bastará? ¡Es patético!- dijo él pasándose nerviosamente una mano por el rostro.

-¡Es todo lo que tú nunca has podido hacer, Daniel! ¡Y eso te pone enfermo! ¡Tampoco voy a pelearme contigo, no quiero eso, que quede bien claro, no tengo nada que demostrarte! Y no intentaré demostrarte nada. Estoy aquí por Regina, te aguanto porque ella te quiere mucho, pero si quieres un consejo, ve a ver a un psicólogo porque, francamente, la violación cometida por tu hermano al amor de tu vida aún no ha sido digerida y cogerla conmigo no solucionará nada. ¡Y ahora, voy a acostarme porque ya no quiero seguir viéndote babear de celos!

Emma se levantó y salió de la estancia, furiosa. ¿Quién se creía él que era?

Por su parte, Daniel no sabía de verdad cómo reaccionar ante todo lo que la rubia le acababa de decir.

Emma inspiró profundamente antes de abrir la puerta de su habitación. Encontró a Regina preparándose para meterse en la cama. Se acercó a ella y le dejó un beso en la sien.

-¿Todo va bien?- preguntó la morena frunciendo el ceño

-¡Estoy agotada!- explicó Emma mientras se quitaba los pantalones.

-¿Entonces, la prisión?- intervino Regina al cabo de un momento

-¡Está bien la prisión! ¡A Henry le va a encantar!- añadió Emma mientras cogía su cepillo de dientes.

Regina se metió bajo los cobertores y gruñó de descontento.

-¡Si tiene pesadillas, lo vas a consolar tú!

-¡Te pondrás muy pesada para hacerlo tú misma, así que no corro peligro!

Regina la vio meterse en el cuarto de baño. Emma había aprendido a conocerla muy rápidamente, hacia poco más de veinticuatro horas que estaban ahí y ella ya sabía cómo actuaba Regina con su hijo. Tras haberse duchado, Emma entró en la habitación y cerró la puerta discretamente, se deslizó bajo las sábanas y Regina apagó la luz, dejando que el faro las iluminase regularmente.

-¡Buenas noches!- murmuró Emma ya volteada hacia la ventana.

Regina no respondió, aún hundida en sus pensamientos. Sintió cómo el amor crecía en ella y se pegó a la joven imitando la posición en la que habían dormido en Washington. Pero esta vez, los papeles estaban cambiados. Ella besó su nuca tiernamente y pasó su mano por su vientre. Emma posó su mano en la de ella, como ella lo había hecho en Washington. Sin embargo, esa noche la rubia tenía las manos bien juguetonas y se divirtió pasando los dedos bajo la tela de la morena para acariciar su muslo. Regina sintió que las brasas se encendían en su bajo vientre y apretó la mano de la muchacha un poco más fuerte al sentir que las caricias se hacían algo más intensas.

-¡Redge!- susurró Emma en la noche, en una súplica sobreentendida.

-¿Sí?- la pinchó la morena en un tono inocente pasando la mano bajo la camiseta de la rubia.

-¿Daniel?- preguntó Emma girándose para darle la cara

-Su habitación está en la planta baja- informó ella dejándose besar suavemente la clavícula.

-¿Henry?- continuó Emma mientras Regina agarró su cabeza entre las manos para que dejara de besarla.

-Primera planta, está lejos para que nos oiga- susurró ella sonriendo

Emma colocó sus labios sobre los de ella, que los había acercado a los suyos y se besaron durante un largo instante. Regina no quería turbarla, así que ella se conformaba con acariciarle el brazo. Algunas veces su mano vagaba hacia la cadera de la estudiante, pero la notaba tensarse ligeramente, entonces la volvía a llevar a su brazo. Quería esperar de verdad a que Emma le diera luz verde, aunque era la rubia quien había comenzado los besos. La sintió enderezarse sobre las almohadas para sentarse.

-Regina…- resopló ella sorprendida por la emoción que la envolvía

-Shhhh, todo va ir bien- la tranquilizó tiernamente su amante.

Con la finalidad de tranquilizarla, ella se quitó su propia camiseta para que se familiarizara un poco con su cuerpo. Emma deglutió con dificultad al tener los pechos de Regina a algunos centímetros de su rostro. Sus ojos iban del pecho a los ojos de la morena, después desvió su mirada, sintiéndose de repente avergonzada por mirarla de esa manera.

Regina resopló, irritada.

-¡Em-ma!

-¡Redge, eres…hum…magnífica!

Y era verdad, su piel iluminada por la intermitencia de las luces del faro, sus cabellos desordenados cayendo indolentemente sobre sus hombros perfectamente dibujados, los ojos brillantes…

La morena sonrió, enternecida por la reflexión de Emma. Agarró el mentón de la joven y giró su rostro para poder mirarse a los ojos.

-Entonces si te gusta, puedes mirar…- susurró ella con voz oscurecida por la excitación.

Ella le agarró la mano y la posó dulcemente sobre su vientre. Emma, finalmente, no dejó pasar mucho tiempo antes de conquistar las curvas de su profesora, tuvo alguna dificultad en subir hasta el pecho de Regina, sin duda aún tímida con esos toques íntimos. Se besaron entonces con un poco más de intensidad y Regina le quitó suavemente el camisón, y Emma se encontró en braguitas ante la joven mujer.

-¡No!- murmuró ella ante el gesto de Emma se esconder sus pechos.

Ella los besó como si se tratara de dos maravillas desconocidas. Emma exhaló satisfecha y dejó incluso que un gemido traspasara sus labios. No estaba para nada desencantada de haber comenzado esas caricias.

Sus manos se perdieron en los oscuros mechones y se concentró en las emociones que sentía crecer dentro de ella. Regina estaba de rodillas delante de ella, y se inclinaba un poco más para dejar besos ardientes en sus pechos, su garganta, su vientre musculado. Después, la morena tomó delicadamente una de sus piernas y la apartó para poder colocarse entre ellas. Emma se enderezó, de repente nerviosa, pero la sonrisa que le envió Regina la calmó instantáneamente. La morena volvió a mordisquearle el mentón arrancándole un suspiro de satisfacción.

Emma ya no sabía dónde tenía la cabeza, entre los besos de Regina, su pierna que chocaba dulcemente contra su entrepierna y sus manos que prodigaban caricias sobre sus muslos, tenía la impresión de nunca haber prestado atención a su cuerpo. Por su parte, ella acariciaba la piel de la directora adjunta dejando que cada músculo se dibujara bajo sus dedos. Sintió la lengua de la morena jugando con la cima de uno de sus pechos y se sobresaltó con la descarga que ese acto envió a su cuerpo.

-¿Te gusta?- preguntó Regina, que se preocupó con ese sobresalto repentino de la joven.

-Sí…- respondió ella finalmente, casi sin respiración –Yo…¡Regina!

Emma agarró la nuca de la morena para que no se moviera de donde estaba.

La sintió reír contra su pecho, una risa dulce, no burlona, una risa llena de comprensión.

Emma comenzó a quitar la parte baja del pijama de su amada y sintió un nudo formarse en su garganta cuando el faro iluminó las piernas torneadas ahora descubiertas. Emma dejó sus manos vagabundear sobre las exquisitas formas de su compañera y se detuvo en las caderas, metiendo sus dedos unos milímetros por debajo del elástico que era fácil apartar. No se atrevía a ir más lejos, esperando que su reina tomara la delantera.

Frunció el ceño cuando sintió los dedos de su amante chocar contra la tela de encaje que la protegía aún de toda intrusión.

-¡Emma!- gruñó la voz grave de Regina que tuvo por efecto electrizar todo el cuerpo de la joven.

-Hum…- respondió ella deslizándose a lo largo de las almohadas para colocarse completamente debajo del cuerpo de la antigua alcaldesa. Tenía la impresión de estar protegida de todo peligro.

Regina detuvo todo movimiento e inclinó sus labios hacia la oreja de Emma para gemir dulcemente. Las manos de la joven se aferraron instantáneamente a las caderas de la morena y las arañaron tiernamente.

-¡Gina!- gruñó ella

El gemido tuvo un efecto devastador y tuvo la sensación de que iba a estallar en mitad de la habitación. Le costaba cada vez más controlar la respiración y suplicó a su compañera con la mirada.

Un calor rodeó dulcemente su monte de Venus y Emma se dio cuenta de que una de las manos de la directora estaba en contacto directo con una parte de su cuerpo que nunca le había concedido a nadie. El calor emanado por la mano de Regina la hizo perder sus sentidos y llevó sus manos al rostro de su amante para que la besara.

-Emma, cálmate, no haré nada que te perturbe- murmuró Regina entre los besos casi desesperados de la joven.

-Yo…lo siento, continúa.

Regina retiró su mano y decidió ir aún más despacio. Volvió a besar su pecho y se enderezó mientras la miraba.

La rubia posó una de sus manos en la mejilla de su reina y sintiéndose lista, asintió varias veces con la cabeza

-¡Continúa!

Haciéndole caso, Regina deslizó el pedazo de tela empapado y las cosquillas que provocó el elástico al salir por sus tobillos hicieron estremecer a Emma. Regina hizo un camino de besos desde los finos tobillos de Emma hasta el interior de sus muslos, provocando en la rubia grandiosos gemidos. Emma colocó una mano sobre su boca, la visión de Regina entre sus muslos le provocaba gemidos incontrolables. La amazona volvió a ponerse sobre ella y dejó que Emma se uniera a su cuerpo. La rubia la había rodeado con un brazo, no quería por nada del mundo que la morena se alejara.

La morena comenzó a deslizar, poco a poco, sus dedos entre sus húmedos pliegues y finalmente alcanzó su clítoris, que acarició con su dedo corazón.

-¡Oh Dios!- exclamó Emma sintiendo que algo nuevo recorría su cuerpo.

Se dio cuenta de que Regina sonría contra ella y en un gesto frenético, buscó la otra mano de su compañera. Sus dedos se entrelazaron, se apretaron, y los nudillos de Emma se volvían blancos poco a poco.

-¡Abre los ojos, Emma!- murmuró Regina

Regina hizo rodar el botón de carne entre sus dedos, y fue recompensada con pequeños movimientos de pelvis. Creyó perder sus dedos comprimidos en la mano de Emma y la besó dulcemente para que relajara un poco la presión. El agarre sobre sus dedos se relajó en efecto y ella volvió a comenzar su dulce tortura.

Emma sentía un calor desconocido ascender por sus piernas y alcanzar los dedos de Regina que se aplicaban entre sus muslos. Ella dio un golpe de cadera un poco más fuerte, mostrando su descontento por tener que contentarse con tan poco. Para castigarla por casi haberla desconcertado, Regina comenzó a pellizcar su clítoris. Emma lanzó un grito involuntario y llevó su mano a su boca soltando entonces la de Regina.

La joven se la retiró diciéndole con una voz que Emma no le conocía

-¡Te he dicho que no nos podían escuchar!

-Pero…Hum…Regi…¡NO!

Una mano acababa de posarse en su pecho y excitaba su pezón enviándole más descargas eléctricas a su bajo vientre.

-No voy a…han…tardar en…¡oh Dios mío!- gimió Emma moviendo sus piernas sacudidas por temblores que ya no controlaba en absoluto.

Regina decidió parar su tortura; ejerció una fricción en la vagina de la joven que no pudo evitar que varios grititos traspasaran sus labios. Se aferró a las sábanas, su cuerpo se tensó, se arqueó formando un ángulo peligroso, como si fuera a romperse en dos y finalmente el calor del cuerpo de Regina la acompañó al caer sobre el colchón.

Regina besó su frente empapada de sudor y la estudiante tardó varios minutos en volver a tomar consciencia de la realidad. Aún estrechaba el cuerpo de la antigua alcaldesa contra ella y no pensaba soltarla enseguida. Ella esperó a volver a recuperar su ritmo normal de respiración y a que sus músculos se relajaran por sí mismos. La morena llevó una mano al pecho de Emma y posó su mentón en ella.

-¿Todo bien?- preguntó

El faro continuaba barriendo la estancia regularmente y Emma encontró ese momento simplemente mágico. Esperó un poco antes de responder, dejando que sus dedos trazaran arabescos sobre la espalda de la mujer. Después, tras algunos minutos, besó a Regina y apartó de su rostro algunos mechones que habían caído ante sus bellos ojos oscuros.

-¡Quiero más, Gina!- susurró ella

La morena se enderezó un poco. Había comprendido el pedido de Emma, pero se preguntó si sería realmente capaz. Tenía consciencia de que iría a arrebatarle físicamente la virginidad a Emma y notó que el pánico la invadía.

-Emma, ¿estás segura?- preguntó, insegura

-¡Quiero que seas tú, nadie más, quiero que tú seas esa persona, quiero que tú seas mi persona!

Subyugada por la confesión de la joven, la besó con furor y descendió su mano, guiada por la de Emma. Hizo que alzara un poco la pierna para tener mejor acceso a su cálida y húmeda cueva.

Ella plantó su mirada en los orbes verdes de la joven y tiernamente, entró en ella. Emma hizo una mueca antes de posar una mano en la mejilla de Regina para tranquilizarla. La morena se hundió más profundamente, hasta sentir el himen de la joven en la punta de sus dedos, empujó para llegar un poco más lejos, sintiéndolo rasgarse repentinamente.

Emma lanzó un pequeño grito de dolor y hundió su rostro en el hombro de Regina.

-Emma, ángel mío…- murmuró Regina para que la joven le hablase.

-Re…gina…- resopló con dificultad Emma moviendo su pelvis para acentuar un poco más el vaivén de su compañera -¡No te pares!- suplicó presionando su nuca

Regina comenzó entonces largos movimientos de vaivén en la vagina de la joven y con su pulgar, acariciaba ferozmente el botón de oro ya antes bastante excitado.

Los dedos de Regina se curvaron en ella y la morena sintió muy nítidamente las paredes de la estudiante estrecharse espasmódicamente alrededor de ella. Pequeños flashes de luz se filtraron bajo los párpados de la más joven. Y de repente, la liberación, un grito cargado de una angustia puramente alegre, y la sensación de estallar en millones de sentimientos. Regina la miró con ternura y la acogió en sus brazos, manteniéndola estrechada contra ella. Esperó a que Emma retomara su ritmo normal de respiración y se inquietó cuando la vio hacerse un ovillo.

-¿Emma? ¿Algo va mal?- preguntón Regina preocupada de repente por haber podido hacerle daño.

-¡Estoy tan…feliz!- murmuró la rubia acariciando la espalda de su reina.

Se quedaron largos minutos sin decir nada y Emma se incorporó, de repente incómoda.

-¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? Quiero decir…¿tengo que…?

Regina sonrió tiernamente y la atrajo hacia ella.

-No hay manual de instrucción, Emma, te propongo dormir para que te recuperes de tus emociones.

Pero Emma estaba demasiado feliz para poder dormir aunque sus párpados le ardían atrozmente. Escuchó la respiración de Regina hacerse regular y alzó la cabeza para asegurarse de su sueño. Habría querido gritar al mundo entero que Regina Mills era su novia, su reina, la ladrona de su corazón. Se felicitó por haber encontrado una persona tan buena para ofrecerle su virginidad y se preguntó por un instante si Regina no estaba desilusionada de que ella no le haya hecho nada a su vez…

De repente, se entristeció, Regina no había tenido la misma oportunidad. Ella, que se había mostrado paciente, que había esperado a que Emma estuviera preparada para sentirla en ella, más profundamente, que había retrasado el momento de dolor de Emma, ella nunca había conocido eso…Su virginidad le había sido arrancada salvajemente, con dolor, con miedo y sin poder controlar nada. Instantáneamente, Emma vio sus ojos llenarse de lágrimas y los sollozos comenzaron a sacudir su espalda. Quiso controlar su llanto, pero por una razón que se le escapaba, era incapaz.

Regina retira el trozo de cristal clavado en su palma e hizo una mueca dejándolo caer en el lavabo, hace un ruido ensordecedor. Las gotas de sangre enrojecen la loza al entrar en contacto con ella. Regina siente dolor. Nota una presencia tras ella y se da la vuelta. Narcissa está en el umbral de la puerta, y la mira, con una expresión desolada en el rostro.

La morena se pone una venda, apartándose de ella. La escucha acercarse y se tensa. Una mano se desliza por su vientre y ella mira en el espejo el reflejo de la persona que se coloca tras ella. Sus ojos se encuentran y una presión contra su vientre la hace acercarse a Narcissa. La sensación es desagradable. La rubia hunde su nariz en el cuello de la morena y deposita un beso en su hombro.

-Lo siento

Ella se tensa. Siente la mano descender más abajo. Narci besa sus párpados y desciende por su mandíbula. La estrecha contra ella y se echa a llorar. La rubia cae de rodillas ante ella y Regina la mira postrada a sus pies. Ella posa una mano en su cráneo y cuando Narci deposita un beso en el vientre sobre la tela de su vestido, ella se aferra al borde del lavabo. Sabe lo que viene. Narci la rodea con sus brazos y presiona su rostro contra el vientre de la morena.

Narci se levanta y planta sus labios contra los de ella mientras la sube al lavabo.

-Regina- murmura ella aferrando sus cabellos. Ella quiere que la mire a los ojos mientras le hace el amor.

Regina tiene la mirada fija en lo que tiene delante.

-¡Regina!

Ella no reacciona, Narci la levanta un poco más sobre el lavabo y entra violentamente en ella. Como una toma de poder, como un juego. Regina lo encuentra, en un primer momento, desagradable, no le gusta, por la fuerza, esa brutalidad de la que hace gala su novia, pero poco a poco, las sensaciones en ella se hacen agradables, de repente, ella sonríe, lo aprecia.

-¿Emma? ¿Qué va mal?- dijo en pánico Regina despertándose sobresaltada

-¡No! ¡No, por favor, vuelve a acostarte! ¡No me preguntes!- suplicó la joven poniéndose de pie al lado de la cama.

-Pero Emma, estas completamente desnuda, vuelve a la cama, vas a coger un resfriado- gruñó Regina logrando agarrarla por la muñeca.

-Regina, lo siento tanto- gimió ella

-Pero, bueno, ¿qué sientes?- se asombró ella frunciendo el ceño

Emma estaba ahora sentada en el borde de la cama, y Regina posó su mentón en el hombro de la rubia, esperando pacientemente a que se calmara.

-No…Yo…no quiero hablar de eso ahora, yo…por favor, hablaremos más tarde, solo es…una…estupidez, por favor, de verdad, no quiero hablar ahora.

-De acuerdo, pero por favor, vuelve a acostarte. ¡Pégate a mí, tengo frío!

Terminaron la noche, una en los brazos de la otra, Emma aferrándose a Regina, como si tuviera miedo a perderla en cualquier momento y Regina acunándola con la mirada, miles de preguntas en su cabeza. ¿Había sido demasiado rápida, demasiado atrevida, demasiado fogosa, demasiado viva?

Al día siguiente, Regina sacudió dulcemente el hombro de la rubia para despertarla.

-¡Hummm!- ronroneó la joven dándose la vuelta

-¿Qué? ¿Emma Swan no quiere despertarse para un buen desayuno?

-Gina, tengo agujetas en todos mis miembros- informó ella

La de más edad hundió su rostro en la almohada para ahogar una risa grave- y terriblemente sexy- pensó Emma.

-Creo que me has roto…- gruñó la joven moviendo una pesada pierna.

-Prometido, no lo haré más

-¡No!- exclamó Emma alzando rápidamente la cabeza.

-¿Enganchada?

Emma se encogió de hombros, incómoda. Estaba en las nubes y ni sus miembros doloridos ni su fatiga podían quitarle su buen humor.

-Siento no haber hecho gran cosa a mi vez…- murmuró ella cubriéndose el pecho

-¡Estoy segura de que te resarcirás!

Una chispa se iluminó en las pupilas de la estudiante y asintió con la cabeza.


San Agustín era la ciudad más antigua de los Estados Unidos y Emma no dejó pasar la ocasión para observar las casas de madera que aún subsistían en la parte más antigua de la ciudad. Estaba ansiosa por visitar cada lugar descrito en el folleto que había cogido en la oficina de turismo y se extasiaba con Henry ante los resúmenes que tenían por función dejarle los dientes largos.

-¡Son verdaderos niños!- bromeó Daniel que se había unido a ellos para la ocasión.

Un imponente edificio rosado se erigió ante ellos cuando llegaban para comenzar la visita. Desde los primeros minutos, fueron conquistados por los modelos que retrataban las escenas cotidianas de los prisioneros y se divirtieron incluso tomando fotos en las que Emma y Henry posaban en el interior de las celdas, interpretando a los desdichados encerrados por la Reina Malvada. En suma, se divirtieron como locos. Emma intentó tomar discretamente la mano de Regina, pero esta se soltaba al cabo de varios minutos. Había que ir con tranquilidad.

La rubia tomaba cuidado para no dirigirle la palabra a Daniel, aunque no podía evitar lanzarle miradas atravesadas cada cierto tiempo.

-Mamá, ¿podemos ir a comprar un helado, por favor?

Regina miró su reloj y protestó antes de dejarse arrastrar por su hijo hacia el puesto de helados.

-Emma…

-¿Piensas fastidiarme mucho tiempo más?- preguntó Emma sintiendo que iba estallar pronto.

-¡Wow! ¡Tranquila, venía a excusarme!

-¡Te excusas ahora y mañana encontrarás otro modo de hacerme ver que no doy la talla para la situación!

-No, Emma. He comprendido, he comprendido. No puedo hacer nada más. No podré cambiar tu opinión, pero aunque no tengamos la misma opinión, no quiero estar enfadado con la que ha sabido llenar el vacío en la vida de Regina.

Emma entrecerró los ojos, pero no tuvo tiempo de responder, pues Regina volvía hacia ella.

Henry estaba extenuado y no tardó en quedarse dormido antes de que la cena estuviera acabada.

-¡Muchachote, a la cama!- propuso Regina acariciándole tiernamente la espalda.

-Quiero que Emma me lea un cuento.

Un silencio se hizo en la estancia, Regina era la única lectora que había franqueado el umbral de la puerta de su habitación. Emma deslizó una mirada tensa hacia la morena que parecía haber recibido una bofetada increíble.

-Deberías dejar que tu madre te lea el cuento, chico, es vuestro momento a solas.

-No. No, Emma, está bien- declaró Regina con voz neutra levantándose para besar a su hijo en los cabellos -¡Buenas noches mi ángel!

Henry saltó a la cama y esperó a que Emma fuera a arroparlo para darle su libro preferido. Ella se sentó apoyándose en el cabecero y él se acurrucó en sus brazos. Al comienzo de la segunda página, él estaba ya estirado sobre sus piernas y ella escuchó incluso un ligero ronquido subir por su busto. No obstante, terminó la historia, francamente no quería enfrentarse a la mirada de Regina. Cuando hubo llegado a la última línea, cerró despacio el volumen y lo dejó en la mesilla de noche de Henry, después, lo alzó ligeramente para poder salir de su abrazo y lo recostó sobre la almohada en una posición que creyó cómoda. No olvidó arroparlo y ponerle los cabellos en su sitio. A continuación, subió a tomar una ducha y rezó con toda su alma para que Regina ya estuviera dormida.

-¿Y?- preguntó la morena al escuchar que la puerta se abría.

Tenía las rodillas dobladas sobre algunos trabajos subrayados en rojo que esperaban su suerte.

-Y le he leído la historia del pobre soldadito de plomo…y me he indignado con el final…

Regina alzó la cabeza para escrutar el rostro de la joven.

-¿Me lo reprochas?- preguntó Emma

-¿Estar indignada con el final de un cuento?

-De haberle leído a Henry- corrigió ella

-¿Por qué te lo reprocharía?

Emma se sentó en el borde de la cama y apartó de la nariz de Regina los trabajos.

-¡Emma!- previno el tono severo de la directora

-Porque es tu pequeño muchacho y solo su mamá le leía cuentos antes de ir a dormir.

Regina suspiró y cruzó los brazos sobre su pecho.

-Te aseguro que no te reprocho nada, es solo que…no estaba preparada para que ayer fuera la última vez en que le leyese un cuento.

Emma movió la cabeza y recolocó un mechón tras la oreja de su compañera.

-¡No ha sido la última vez!

-No es solo eso, Emma- se impacientó – Henry siempre ha tenido dificultades para crear lazos con los otros, tiene muy pocos amigos, es excelente en la escuela, pero no en la vida social, no celebra sus cumpleaños y se…cierra.

-¿Y?

-Sigue mi modelo, sin quererlo yo, no tiene un modelo normal de familia, nada de papá, una mamá que lo ve una vez al año, no tiene hermanos ni hermanas. He hecho todo por no darle el mismo modelo de educación que yo recibí, pero lo he lanzado a una soledad profunda…

-Gina, Henry es un chico inteligente, es por eso que está un poco apartado, pero sabe que lo quieres y que tú…

-No es feliz, Emma. ¿Cómo podría serlo? Su mamá no lo arropa todas las noches, puede ser…muy difícil, tiene accesos monstruosos de cólera que no se arreglarán con el tiempo…solo desde que tú estás aquí, tengo la impresión de que…te toma un poco como su nueva mamá y…es un poco doloroso…aunque estoy contenta de que te aprecie, pero…yo…

Regina ya no encontraba las palabras y Emma la ayudó

-Tú eres su mamá

-Sí- suspiró Regina que se había levantado para ir a apoyarse en la ventana.

Se pasó, nerviosamente, una mano por los cabellos y Emma se quedó sentada en la cama, sin saber qué decir.

-¿Quieres que me aleje de él?- preguntó ella

-No, no digo eso, solo estoy un poco triste de que esté creciendo sin mí, sin poder ver sus progresos día a día, nunca estoy ahí en los momentos importantes de mi pequeño.

Emma no tenía la solución, no tenía palabras mágicas, le pidió a la morena que fuera hasta ella y la estrechó fuertemente en sus brazos. No sabía cómo calmar las tensiones de su compañera, pero podía hacerle sentir todo su amor manteniéndola contra su corazón.

-¿Por qué lloraste anoche?- preguntó Regina tras algunos minutos de silencio

Emma sintió su corazón acelerarse, no estaba segura de querer hablar de ello, pero al ver la mirada inquieta de Regina, no tuvo corazón para mentirle.

-¿Hice algo mal?- preguntó Regina

-¡No, shh! ¡Calla!- la cortó la rubia enderezándose un poco a pesar de la ceja levantada, interrogadora de la de más edad.

Inspiró profundamente y se lanzó

-Estaba conmocionada porque…era mi primera vez y fue perfecta. Lloré porque habría querido que la tuya también lo hubiera sido.

-¿Mi primera vez contigo?

-No, Regina. Tu primera vez. Yo…siento hablar de ello, es horrible por mi parte, pero…¡no merecías eso! ¡No merecías ser violada…!

-¡Emma, stop!- gruñó la voz fría de Regina que había roto todo contacto con la joven

-Regi…

-¡No! ¡Stop!- gritó ella. Emma mantuvo la boca abierta y una mirada cargada de incomprensión. –Emma, nadie en el mundo merece eso, pero…no era mi primera vez, quiero decir, fue una violación, no hubo acto de amor, y Emma…tuve una primera vez llena de amor, de ternura y de paciencia. Te aseguro que…

-¡Regina! Era tu primera vez, la primera vez que alguien te tocaba, la…

-¡No quiero recordarla como mi primera vez!- gritó ella

Se había acercado a la ventana y se había dado la vuelta, una vena palpitante en su frente parecía amenazar con estallar.

Emma sintió las lágrimas en sus ojos y abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió violentamente y Daniel entró, la mirada despierta y los músculos tensos.

-¡Por Dios! ¡Daniel!

-¿Todo va bien? Estaba en el baño cambiando las toallas y…Regina, te he escuchado gritar.

-¡Daniel, no se entra así como así en la habitación de dos mujeres que son pareja! ¡Y…no te preocupes, todo va bien!

-¿Seguro?- preguntó mirando cómo Emma se secaba las lágrimas con el reverso de su mano.

-¡Necesito tomar el aire!- dijo la joven titubeando; ella lo empujó para pasar y casi corrió por las escaleras.

-¿Regina?- la llamó Daniel mirando la silueta de la joven cortándose en la luz del faro.

-¡Vete!- dijo en tono seco

-Escucha, yo…

-¡Daniel! ¡Vete!- gritó ella

-¿Qué ha pasado?

-¡Todo es por tu culpa! Todo en mi vida ha ido mal, Daniel, porque tú fuiste incapaz de ir hacia delante conmigo.

-Escucha, no quise asustar a Emma…

-¿Asustar a Emma?- Regina se dio la vuelta y lo traspasó con la mirada

-No estabas al corriente…- adivinó él

-¿Qué le has dicho?

-Regina…

-¡Déjate de Regina! ¿Qué le has dicho?


Emma hundió la mano en el paquete de papas fritas que había cogido de la cocina y las metió en su boca. Había encontrado refugio en una tumbona frente al jardín iluminado por la luna. Miró al cielo barrido por el resplandor del faro y suspiró de frustración. Una lágrima rodó por su mejilla y ella la enjugó rápidamente. Se enderezó para no atragantarse y aferró el vaso de agua para poder hacer pasar las papas. Divisó la silueta de su compañera, apoyada en una de las columnas que sostenían el balcón de la casa.

-Emma, no llores- resopló ella acercándose

La joven unió sus piernas en un mismo sitio para que Regina pudiera sentarse en el borde de la tumbona. Ella borró una nueva lágrima y se maldijo interiormente por estar tan débil.

-¡Emma!- la llamó dulcemente

-¿Ah sí? ¿Quieres que ahora hable? ¿Tengo el derecho de hablar?- se enervó Emma manteniendo sus dedos en sus labios para esconder su tembloroso mentón.

Regina cruzó sus piernas y fijó su mirada en el cielo.

-Daniel me ha confesado las cosas que te dijo, no tenía que decirte eso, no creía que se atreviera a tanto.

-¡Regina, me da igual lo que me ha dicho! Quiero saber por qué me has gritado en la habitación hace un momento. Quiero saber a quién tengo frente a mí.

-Emma, lo siento, yo…- rio nerviosamente –Soy complicada.

Emma pasó una mano por los cabellos de la morena para forzarla a mirarla.

-Estoy aquí para ti, pero si no me dejas acercarme más que esto, ¿cómo quieres que te ayude?

La morena suspiró, no tenía ganas de volver a hablar sobre su vida; desde que se había confiado a la rubia, las pesadillas que tenía eran más violentas, más cercanas a la realidad también…no eran pesadillas, sino recuerdos que salían a la superficie cuando era más vulnerable.

-Emma, fue una violación y…aún era virgen, pero…no podemos llamar a eso una primera vez porque…no fue la primera vez que hice el amor, ¿comprendes?

-¿Por qué no me lo dijiste en la habitación?

-Porque tú siempre hablas sin prestar atención a lo que pueden sentir las personas que tienes delante. Jamás he contado esta historia a nadie, a no ser mi madre, Daniel y tú…no tuve que hacerlo con Zelena, porque ella comprendió, creo, y porque…de todas maneras no soy una gran habladora. Sea como sea, no necesito que esa historia salga a la palestra cada vez que tú te sientas conmovida.

-Tengo la impresión de que…no, nada- se calló la joven

-¡No, dime!- pidió Regina intentando ser dulce

-Esa historia de la violación nunca la has superado- soltó la estudiante midiendo sus palabras.

-Emma…- suspiró la de más edad pasándose una mano por el pelo –Solo quiero…dejar eso tras de mí. Es el pasado…- concluyó ella en un tono que no dejaba presagiar una continuación para esa conversación.

Emma comprendía muy bien, pero sin embargo sabía que ese tipo de trauma debía gestionarse, si no, las consecuencias más tarde serían más graves. Sin embargo, la atrajo hacia ella y se acurrucaron, una contra la otra, mirando el cuelo donde la luna ya había comenzado a desplazarse. Cuando una brisa se alzó, decidieron entrar y subir a la habitación.

Al día siguiente, Emma no estaba tranquila, Regina estaba contrariada y Daniel bastante incómodo, y eso lo volvía más torpe. Tras haber tirado el café, roto un vaso, aplastar el pie de Henry y destrozar un jarrón, prefirió sentarse y reunir a todo el mundo en la mesa.

-Quiero presentar mis excusas a cada uno de vosotros. Creo que…solo estoy un poco perdido porque alguien aparte de Henry y de mí, trae algo de felicidad a Regina- explicó él, girado hacia la rubia. –Y no he hecho nada para perjudicar vuestra pareja, solo quiero que toméis las decisiones correctas, ha sido muy duro desaparecer de la superficie de la tierra, no quiero que todo se vea comprometido de un solo golpe.

Regina, que había mantenido los brazos cruzados sobre su pecho hasta ese momento, se inclinó para agarrar la mano de Daniel.

-No nos sucederá nada, Dan- murmuró ella –Porque somos mucho más fuertes siendo tres que dos. ¡Emma es mi apoyo!

Emma, de todas maneras, tardó tres días en dirigirle la palabras a Daniel, pero nadie lo tuvo en cuenta, lo comprendían.


Regina lanzó su almohada contra el cabecero de la cama tras haberlo ahuecado violentamente. Se acostó y subió el edredón sobre su cuerpo para comenzar su noche sin ni siquiera esperar a Emma. Había venido a la casa para disfrutar de su hijo y aunque estaba muy contenta de que él creara lazos con su compañera, ella habría querido conservar esos momentos privilegiados que mantenían con él antes de dormirse. Hacía cuatro noches que se dormía frustrada y triste porque Henry prefería pedirle a Emma que le leyera un cuento.

Escuchó la puerta abrirse y notó a Emma entrar en la cama para pegarse a ella.

-Ese hombrecito reflexiona rápido…- murmuró Emma besando el hombro de su compañera.

-….

-Parece que tú tienes una voz de malvada más creíble que la mía- refunfuñó Emma

-….

-¡Tiene miedo, Regina!- exclamó de repente Emma alejándose de ella

-¿Perdón?

-Tiene miedo de que lo sustituyas por otro niño, tiene miedo de que tú y yo queramos otro hijo. Quiere que le elijamos a él. Creo que piensa que compartiendo momentos contigo y conmigo, yo lo querré y lo elegiré…

-Dios…-resopló Regina conmovida por el razonamiento de su bebé.

-Tienes que explicarle mejor las cosas, Regina- aconsejó la rubia buscando la mano bajo las sábanas.

Finalmente se encontraron y sus dedos se enlazaron fuertemente.

-Gracias Emma- murmuró Regina tras un prolongado silencio.

La mano de Emma acarició el interior del muslo de Regina y sus ojos se cruzaron. Emma besó la frente de Regina que había cerrado los ojos, dejándose guiar por las sensaciones que no había sentido desde hacía mucho tiempo. Un ligero gemido pasó por sus labios; no le hizo falta mucho más a Emma para sentir su bajo vientre encenderse ferozmente. Con un gesto rápido, se enderezó por colocarse a horcajadas sobre la morena y descendió para besar la boca de Regina que pedía un beso más. Con un hábil movimiento de cadera, Regina colocó a Emma debajo de ella; agarró las salvadoras manos y las dirigió hacia su pecho para que Emma continuara con sus dulces caricias.

-¡Regina!- aulló la rubia sintiendo los pezones rígidos bajo sus dedos.

Una sonrisa iluminó el rostro de la directora adjunta y se inclinó para frotar su pelvis contra la de la más joven. Emma se enderezó y se quedó sentada, deslizando su mano entre los dos cuerpos, acarició el sexo de Regina por encima de las braguitas de encaje, con su otra mano acariciaba aún uno de los pechos de su amante y su boca se había perdido hacia el lóbulo de la oreja de Regina.

Regina ahogó un gemido sobre el hombro pálido de la joven muchacha que la torturaba con la ayuda de sus dedos que se habían deslizado bajo la tela para explorar los pliegues de su intimidad.

-¡Continúa!- suplicó ella mordisqueando tiernamente su hombro.

La lengua de Emma saboreó el expuesto cuello; adoraba ese contacto y sintió cómo su placer se extendía por los dedos inexperimentados de la joven. Esta reculó, algo sorprendida y Regina le sonrió incrustando su mano tras su nuca para acercarla. Emma rodeó el busto de su compañera para mantenerla en el sitio y continuó su exploración. Regina la dejó hacer tranquilamente, sabiendo muy bien que Emma necesitaba tiempo para descubrir el cuerpo de su compañera. Es más, estaba sorprendida de que ella hubiera pasado directamente a la etapa "entrepierna". Sintió los dedos presionar en un sitio particularmente sensible y se sobresaltó inmediatamente. Emma acababa de presionar su clítoris.

-¡Ahí!- gritó ella antes de que Emma se moviera -¡Esta bien!- la alentó

-¿Qué?

Regina pegó su frente a la de ella y mordisqueó su labio inferior con ternura.

-¡No olvides ese sitio, Emma!- susurró con voz ronca

Sintió el índice de Emma describir pequeños círculos, después presionar tiernamente.

-¡Henry!- susurró de repente Regina quedándose estática

-¿Hein? ¿Qué?- pronunció la rubia frunciendo el ceño, aún dedicada a darle placer a su amazona.

Regina apartó rápidamente a Emma y una expresión trastornada se plasmó en su rostro. Pequeños pasos corrieron hacia la puerta y un chirrido anunció la llegada del muchacho.

-¡Mamáaaaaa!- gritó el pequeño entrando

Emma saltó de la cama para no encontrarse en su camino y se escondió en el cuarto de baño, avergonzada y enfriada repentinamente.

-¡Hey! ¡Ratoncito! ¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esas lágrimas?

-¡He tenido una pesadilla!-lloró Henry aferrándose al cuerpo aún cubierto de una fina película de sudor.

-Estoy aquí, mi ángel, estoy aquí, no llores más. ¿Me lo quieres contar?

Ella lo estrechó contra su corazón y acarició sus cabellos afectuosamente. Media hora más tarde, Henry dormía aferrándola contra él y Regina esperaba que Emma volviera. La rubia salió finalmente del baño, con un rostro avergonzado.

-¿Qué estabas haciendo?- susurró la morena mirando cómo recorría la distancia que la separaba de la cama.

-Esperaba a que te durmieras- dijo Emma

Regina frunció el ceño y le señaló a Henry en sus brazos.

-¿Ha tenido una pesadilla?

-Hum, hum- asintió dulcemente la morena -¿Por qué esperabas que estuviera dormida?

-Estuvo…nada…

-¿De qué hablas?

-Tú ni siquiera has…no sé…sentido algo…en fin…

-¡Emma, ha estado muy bien!- rio Regina –Si Henry no hubiera intervenido, te aseguro que me habría sentido plenamente satisfecha. Y además, no es una carrera o un concurso de rendimiento.

-¡No, lo sé, es solo que de verdad quería que esta noche te subieras por las paredes!

-¡Emma!- suspiró Regina –¡Bésame antes que nos quedemos dormidas!- pidió ella

Al día siguiente, Regina se despertó teniendo la visión más bella que jamás había tenido antes. Ella cogió rápidamente su móvil y tomó una foto. Henry había hundido su cara en el cuello de Emma y una de sus piernas estaba doblada sobre el vientre de la joven. Esta había pasado un brazo protector alrededor del muchacho, su mano reposaba en la cabeza del niño. Se sentó en la cama y miró esa sublime visión. Daniel llamó suavemente a la puerta y entró de puntillas.

-Ah, no encontré a Henry en su cama- informó él dejando un beso en los cabellos de su amiga que se había dado la vuelta hacia Emma y su hijo.

-¿Qué haces?- preguntó él sentándose a su lado

-Miro lo que podría haber sido mi vida- murmuró ella sintiendo que un sollozo se instalaba en su garganta.

Daniel movió su cabeza asintiendo tristemente y pasó un brazo protector alrededor de los hombros de su amiga.

-¡Habría querido tanto que hubieras tenido esa vida!

-Yo también, te lo aseguro

Emma abrió los párpados y se sobresaltó al ver a los dos adultos mirarla como si fuera un fenómeno de feria.

-¿Sabéis que sois flipantes?- murmuró ella cuidando de que Henry no se despertara.

-¡Lo siento!

-¡Lo siento!

Daniel se levantó y les dijo que iba a preparar el desayuno.

-¿No has dormido muy mal?- preguntó Regina poniendo una expresión apenada.

-No te preocupes, estoy contenta de haber servido de almohada a tu hijo.

Regina se recostó a su lado y aprovechó para besarla.

Esa misma noche, Henry volvió a pedirle a su madre que le leyera un cuento y ella concluyó una vez más la historia del soldadito de plomo. Arropó a su muchacho y apagó la luz.

-¡No!- gritó de repente el pequeño moreno alzándose

-¿Qué ocurre?- preguntó Regina frunciendo el ceño

-¡No apagues!- pidió con una voz en la que se dejaba notar algunos sollozos.

-¿De qué tienes miedo, ratoncito?

-¡No me gusta mucho la oscuridad!

-¿Desde cuándo?

El pequeño se encogió de hombros y torció la boca en una mueca incómoda.

-Bueno, mañana, iremos a comprar una lamparita de pared, ¿de acuerdo?

El niño pareció poco convencido, pero no obstante, asintió.

-Por esta noche, te dejó la luz, ¿de acuerdo?

Ella le acarició los cabellos una última vez antes de salir de la habitación y entrar en la suya.

Al día siguiente, como prometido, se dirigió al centro comercial en compañía de Henry y Emma para comprar la lamparita. Al ver la expresión malhumorada del muchacho, Emma se agachó delante de él y le preguntó con voz de pirata.

-¡Bueno, chico! ¿Estamos poniendo mala cara?

-No

-¿Ah no? ¿No quieres decir lo que tienes, grumete?

Él sacudió la cabeza de izquierda a derecha y Regina se acercó a su vez.

-Ratoncito, ¿no te gusta la lamparita?- preguntó ella

Él se cruzó de brazos, no quería darle pena a su mamá. Emma, por su parte, comprendió rápidamente, después de todo, había visto muchos niños pasando por casas de acogida.

-¡Bueno…no es por defenderlo, hein, pero las lamparitas son para bebés!

De repente, captada su atención por esa conversación, el muchacho alzó los ojos hacia su madre para ver su reacción.

-¿Ah sí? ¿Y qué debería coger, miss Swan?

-¡Yo conozco cosas mucho más guays que una lamparita de bebé!- dijo la rubia con expresión altanera que no engañó a nadie.

Los labios de Regina se estiraron en una sonrisa y arqueó las cejas tomando una expresión de Reina Malvada.

-¿De verdad?

-¿Confías en mí?- pidió Emma tendiendo la mano para coger la lamparita.

Sin vacilación, la morena dejó la lámpara en la palma de su mano y dejó que la estudiante se perdiera entre los pasillos. Volvió con tres planchas de plástico blanco, frascos y diferentes materiales.

-¡Veo que tu solución es mucho más cara que una lamparita!- se alarmó Regina

-Sí, pero es también mucho más divertida.

Una vez en casa, Emma colocó una plancha delante de cada uno y les dio unas tijeras.

-¡Bien, vais a cortar estrellas! ¡Atención, eh, no de cualquier forma! ¡Tienen que parecerse a estrellas de verdad!

Charlaron alegremente mientras se hundían en los trabajos manuales impuestos por la rubia. Una vez que cada uno hubo cortado una cantidad respetable de estrellas, Emma puso un tarro delante del pequeño así como pinceles y un plato donde había una sustancia extraña.

-¿Qué es eso?- preguntó Regina inquietándose de repente por la salud de su hijo.

-¡Si no decide comerse lo que hay en el plato, no es nada peligroso!- previno Emma recibiendo una mirada atravesada por parte de Regina.

Dio instrucciones a Henry y desapareció en la habitación del pequeño con las estrellas. Le prohibió que pusiera los pies en el cuarto antes del cuento de la noche y con esos nervios encima él terminó de cenar.

-¡Mamá! ¿Vamos a leer un cuento ahora?- pidió él levantándose de la mesa.

-¡Emma nos acompaña, creo!

Subieron los tres y Henry comenzó a reírse al ver las estrellas colgadas de su techo, algunas descendían con la ayuda de un hilo transparente. El tarro estaba apoyado sobre la lámpara de la mesilla de noche de Henry que corrió hacia su cama riendo.

Regina leyó rápidamente la historia y Emma, insegura de qué debía hacer a continuación. La rubia le sonrió y se encogió de hombros.

-¡Bueno, venga, acostaos los dos! ¡Tal madre, tal hijo, no conocéis nada de magia negra!- bromeó la estudiante.

Ella se recostó al lado de los dos y miraron hacia el techo.

-¡Venga, Henry, cuenta hasta tres, Regina, a las de tres, tienes que soplar muy fuerte!

La morena protestó, pero estuvo lista para entrar en el juego con su pequeño.

-¡Uno…dos…tres!

Emma apagó la luz mientras Regina soplaba. Las estrellas brillaron en la oscuridad y Henry comenzó a aplaudir.

-¿Y? ¿No es bonita la magia?- preguntó ella a los otros dos

-¡Síiiii!

-¡Emma, es magnífico!

Era verdad, la rubia había creado una Vía Láctea perfecta y Regina estaba segura de que Henry solo podría tener sueños magníficos.

-Di Emma, ¿dónde está el País de Nunca Jamás?- pregunto el niño

La joven señaló una estrella algo más grande y declaró

-Segunda estrella a la derecha y…

-…y todo recto hasta el amanecer- terminaron los tres a la vez

-¡Toma, chico, esto es polvo de hadas!- susurró Emma cogiendo el tarro donde la pintura fosforescente de Henry dibujaba algo, en efecto, feérico.

-¡Qué guay! ¿Ves mamá?

Mamá había visto muy bien, pero ella ya no miraba el tarro, miraba a la joven que había hecho tanto por su hijo. Quizás, después de todo, era un hada. Un sollozo se aposentó en el fondo de su garganta. Pronto llegaría el final de esas vacaciones y temía enormemente ese momento. No quería dejar a su pequeño una vez más.

Desafortunadamente, algunos días más tarde, tuvieron que retomar el camino para poder descansar al llegar, antes de la vuelta a clase. Daniel las acompañó al coche con Henry que no dejaba de llorar.

-¡No llores, muchachote! ¡Si no, mamá también se va a poner a llorar!- le susurró Regina.

-¡No quiero que te vayas!

La despedida fue desgarradora, tanto para Henry como para Regina y Emma. Daniel tuvo que sujetar al pequeño para que no se lanzara sobre el coche de su madre. Por su parte, Emma sujetaba la mano de la joven para que no le entrara unas ganas repentinas de bajar para correr hacia su pequeño. La amazona tuvo que detenerse una hora más tarde para calmar el torrente de lágrimas que inundaba su rostro. Emma se soltó el cinto y la atrajo hacia ella para consolarla.

-¡No quiero más esto!- gritó Regina llorando como una magdalena.

Ella sentía claramente el desgarro en el sitio preciso donde se encontraba su corazón. Henry era quien le insuflaba la vida y alejándose de él, sentía su mundo hundirse con un ruido ensordecedor, y nadie podía hacer nada.

Ni siquiera Emma.