Hola chicas, siento la tardanza, pero estas últimas semanas han sido de corrección de exámenes, sesiones de evaluación, papeleo, etc…que llegaba a casa cansada y sin ganas de sentarme a traducir, y como este fic es de capítulos grandes, pues no me valía con media hora. Por eso he preferido estar más libre para sentarme y volver a él. También, y no voy a mentir, estaba desganada porque no veo que tenga muchos RW, pero no me quejo, ni amenazo con dejarlo, no soy así, yo acabaré el fic, solo que me da pena por la historia que creo que se lo merece.

En fin, a disfrutar del siguiente capítulo

El polvo de hada

-El cuerpo del muchacho ha sido hallado esta mañana, pero su secuestrador aún está libre. El pequeño habría logrado escapar de la vigilancia de…

Emma apagó la tele, provocando que Regina se diera la vuelta.

-¿Qué haces?- gritó la morena levantándose bruscamente

En su pantalón beige se veían dos o tres surcos producidos por las lágrimas que derramaba.

-¡No es Henry, Regina! ¡Ese muchacho no es Henry!- la tranquilizó ella acercándose a su compañera

-¡Lo sé bien!

La morena se separó, evitando a Emma, para ir a colocarse delante de una ventana, mirando el sol poniéndose tras las colinas. Se había anudado sus cabellos en una cola de caballo que dejaba escapar los mechones más cortos. ¿Dónde podría estar su pequeño príncipe? Pensaba en lo peor, sin realmente atreverse a imaginarlo. Instantáneamente, sus lágrimas aparecieron en sus ojos y se giró para esconder su angustia.

-Sé que te gustaría salir corriendo para encontrarlo, pero Daniel te ha dicho que esperes

Regina se giró enérgicamente hacia ella

-¿Esperar? ¿Esperar qué, Emma? ¿Que mi hijo esté…?

No pudo acabar la frase, las lágrimas se precipitaron en sus ojos. Respiró profundamente y comenzó a caminar de aquí para allá. Emma la miraba, impotente, sentada en el sofá, lista a intervenir al menor signo de debilidad de su novia. Tras haber dado vueltas durante minutos, Regina se paró y se giró hacia ella bruscamente.

-¡Narcisa ha debido encontrarlo! ¡Voy a volver a Saint Augustin!

Esa idea ya había sido evocada tres veces y Emma se levantó de nuevo para interrumpir el camino de su novia.

-¡No! Daniel ha dicho que…

Regina levantó los brazos para que Emma no la tocara.

-¡Emma, me importa poco lo que haya dicho Daniel! ¡Quiero a mi pequeño! ¡Tú no puedes comprenderlo! ¡Por supuesto que no puedes, no sabes todo lo que una madre está dispuesta a hacer por su hijo!

La rubia hizo una mueca sintiendo cómo esas palabras la golpeaban en pleno rostro. No. Ella no lo sabía, no había tenido una madre por tiempo suficiente para darse cuenta de ello. Lanzó una mirada de reproche a la morena que, lejos de calmarse, sintió el deseo de desahogarse sobre Emma.

-¡Tampoco sabes por lo que he pasado para llegar hasta aquí, así que si todo se ha echado a perder por tu culpa, por culpa de nuestra visita, te juro que no te lo perdonaré!

Regina soltaba su veneno sobre la rubia que lo encajaba sin rechistar. Incluso intentó un movimiento para acercarse, pero rápidamente fue rechazada.

-¡Crees que todo es fácil! ¡Te metes en tus situaciones imposibles imaginando que todo irá bien, te adentras en cosas que te sobrepasan y crees que te irán a salvar! ¡La vida no funciona así, Emma! ¡Henry, quizás, esté a estas horas en una muy mala situación, todo porque quisiste conocer a la única persona por la que yo lo daría todo! ¡Quisiste ver lo único bueno que me ha pasado en la vida!

-Deja de tomarla conmigo- pidió Emma sintiéndose vulnerable

-¡No puedo creer que haya podido confiar tanto en una chiquilla como tú!

Emma sintió la angustia tras esas palabras amargas, pero se obligó a mantener la calma. A pesar del dentellazo de las palabras pronunciadas, las dejó rebotar en ella para que se perdieran más lejos. Esperaba con todo su corazón que Regina no pensara nada de eso, pero en alguna parte, la duda se insinuó. Regina estaba cada vez más violenta, estaba siendo tratada de perdida y otras locuras, sin embargo, cuanto más la hería Regina, Emma más se acercaba a ella para tomarla en sus brazos. Y aunque la cólera hacia que la morena se debatiera, su terror ascendía mientras la rubia la rodeaba de amor. Cansada de gritar y sin tener ya ningún insulto que lanzarle a la cara a la muchacha, Regina comenzó a temblar y sintió que sus piernas no la sujetaban. Atrapada por los brazos de Emma, se aferró a ella y hundió su rostro en el cuello de la estudiante que se agachó en el suelo con la morena.

Ella se echó hacia atrás

-¡Emma! Yo…

No había querido decir eso…tenía miedo, había luchado tantos años para no sentir esto un día, pero tenía que confesarlo, tenía un miedo horrible.

-Perdóname, yo…

Emma era su único apoyo, si la rechazaba, se vería sola y desde el momento en que la joven había entrado en su vida, supo que ya no quería estar sola nunca más.

-Lo sé- respondió la rubia besándola en la frente.

El silencio se hizo, y pronto, el contacto físico fue demasiado insistente para Regina que se separó de la joven. Ella le lanzó una mirada de asombro. Aún se asombraba cuando se daba cuenta de la juventud de Emma y de su madurez, se asombraba al ver que apreciaba a la joven y se veía incluso comenzando algo más. Sacudió la cabeza, mientras se levantaba para sentarse en el sofá.

-Escucha, Henry dijo que iba a dormir a casa de un compañero y nunca puso un pie en la casa, la madre de su amigo ni siquiera estaba al corriente de que iba a ir, en mi opinión no me parece que sea un secuestro…- comenzó ella

Fue interrumpida por el timbre del móvil de Regina donde el nombre de Daniel apareció en la pantalla. El vientre de la morena se retorció y no puedo evitar pensar en la noticia del pequeño encontrado muerto en el río.


Henry había sido siempre listo, no solo porque era un muchacho muy inteligente, sino porque la vida había querido que fuera separado de su mamá muy pronto. Aunque no fuera una separación definitiva, no quería decir que no fuera difícil de soportar. Pero antes de eso, pasaron noches en que su madre lloraba mucho y daba vueltas sin lograr dormir, hubo huidas precipitadas y todo se había encadenado muy deprisa…

Henry estaba harto de no poder ver a su madre, así que había cogido dinero de su tío Daniel para poner comprar algo de comer y pagar el bus. Había tramado su plan durante varios días, había llenado su mochila de golosinas y agua y le había pedido a Grace, su mejor amiga, que le dijera a la maestra que estaba enfermo. En cuanto al bus, era más fácil, solo tenía que pasar tras una familia numerosa y sentarse cerca de ellos fingiendo que los conocía; ¡los conductores no se daban cuenta de nada! Sabía que su mamá se alegraría de verlo. No lo reñiría quizás demasiado por haberse perdido unos días de clase. Y además, estaría Emma, ¡se iban a divertir como locos! ¡Después de todo, no iba a dejar que su sitio lo ocupara otro niño! Solo quedaban diez minutos de viaje para llegar a Maine, el chófer acababa de anunciarlo por los altavoces. Allí, sabía que tendría que coger un último bus para llegar a casa de su madre. Había encontrado la dirección en el despacho del tío Daniel y sus búsquedas en Internet le habían mostrado cómo llegar y cuánto le iba a costar. Se colocó su mochila al hombro al ver que se acercaban a la estación. Pero se sorprendió al reconocer a su madre y a Emma, que lo esperaban en el andén. Hizo un gesto de sorpresa y desorbitó sus ojos. Su madre no parecía nada feliz de verlo. En absoluto.

El chófer abrió la puerta y el pequeño bajó con reticencia. Se dirigió hacia su madre, con la cabeza baja y esta dudó entre correr hacia él para tomarlo en sus brazos y echarle una bronca de la que se acordaría durante mucho tiempo. Emma presionó afectuosamente la mano de la ex alcaldesa y se permitió avanzar la primera. Se agachó delante del muchacho y le acarició la mejilla.

-¡Hey, chico!

-¡Emma!

La sonrisa que iluminó el rostro del pequeño derritió el corazón de la rubia, pero solo dejó aparecer una gran inquietud. Tras la llamada de Daniel, que finalmente había descubierto el plan de Henry, Regina y ella habían salido disparadas a la estación para encontrar al muchacho, pero al menos unos diez autobuses habían llegado sin Henry, el tiempo pasaba, y la angustia se hacía presente en sus almas.

-¿Cómo estás, chico?

-¡Super!- dijo él entusiasmado

Se hizo hacia atrás ante la mirada que le lanzó su madre.

-¿Mamá está muy enfadada?- preguntó

-¡Le has dado un susto de muerte! ¡No hay que escaparse de casa de esa forma, Henry!

-¡Pero no corría peligro alguno! ¡Tenía mi polvo de hada!- dijo enseñando el frasco de cristal que mantenía contra su pecho.

Emma frunció el ceño, ya no estaba muy segura de haber tenido una buena idea enseñándole el polvo de hada al pequeño.

-Henry…es peligroso lo que has hecho- explicó ella

-¡Quería ver!- susurró él escondiendo su boca con su mano libre

-¿Ver qué, chico?- preguntó ella acercándose

-Ver si vosotras teníais un nuevo niño y ver si mamá era feliz sin mí

Emma le colocó un asa en su sitio y apartó los mechones que habían caído sobre sus ojos.

-¡Oh, hombrecito…!

Un corto silencio se hizo entre los dos y Emma sintió que ya no tenía nada que decir, no era su papel.

Ella se alzó después de que el muchacho asintiera y juntos, caminaron hacia la morena que se había puesto una máscara durísima en su rostro.

-Henry Miller, te vas a llevar una buena- previno la morena posando una mano en la parte alta de la espalda de su hijo.

Durante el viaje a la mansión, el silencio se hizo pesado en el coche, Emma estaba convencida de que Regina esperaba estar al abrigo para dejar que su cólera estallara. Ella miraba sin cesar por el retrovisor, como si alguien fuera a aparecer de repente en el asiento de atrás, o comprobaba que nadie los siguiera. Sus cejas, tan fruncidas que estaban a punto de unirse, no habían dejado de estar arqueadas. Emma emitió un suspiro de alivio cuando entraron en el recinto de la mansión. Todos bajaron del coche, Henry miró alrededor de él e hizo un movimiento para echar a correr hacia los caballos que habían sacado las cabezas de sus boxes.

-¿A dónde crees que vas, jovencito?-gruñó la morena, con una mano sobre su cintura

Henry hizo una mueca encogiéndose. Había pensado salir ileso, pero no había contado que la cólera de su madre aún estaría presente tras el viaje en coche.

Cuando entraron, Regina le quitó la mochila de sus hombros y lo empujó suavemente hacia la cocina. Ella se quitó su chaleco oscuro, después lo colocó en el respaldo de una silla mientras le hacía una seña al muchacho para que se sentara frente a ella.

Emma sabía que un castigo esperaba al niño, pero estaba segura con respecto a su seguridad. Regina no era ni Linda o George, no iba a levantarle la mano a su hijo, no iba a infringirle castigo corporal; por primera vez en su vida, no temía una discusión. Sin embargo, Henry dijo una frase que heló durante un momento a la estudiante.

-¡Por favor mamá, no grites fuerte!-imploró él izándose sobre la silla.

Regina, por su parte, no sabía por dónde comenzar.

-Henry…- comenzó con dificultad

El muchacho no se atrevía a alzar la mirada hacia su madre. Sabía que ella podía enfadarse muchísimo y no le gustaba cuando eso pasaba. Ella tendió un brazo hacia él para alzarle el mentón y poder ver sus ojos. Emma se fue al salón para dejarlos más en intimidad.

-Quiero que me escuches muy atentamente, jovencito, porque solo tendremos esta conversación una vez. ¿Me has entendido?

Henry mantuvo su mirada en los ojos de su madre.

-¿Tengo que recordarte todas las reglas que hemos establecido?

Furioso, el muchacho cruzó los brazos sobre su pecho y frunció el ceño.

-¡Henry, hablo en serio!

-¡Son estúpidas, esas reglas!- dijo él, con su voz llena de enfado

-¡Son vitales, Henry! ¿Comprendes por qué?

-¡Me importa un pito, yo no quiero dejarte sola!

Regina comprendía perfectamente…Henry quería tener a su familia, como todos los niños de su escuela…tomó una de sus pequeñas manos con la suya y comenzó a hablarle en voz baja como cuando era pequeño, como cuando compartían un secreto.

-Ratoncito, te prometo hacer de todo para que estemos juntos de nuevo. ¡Pero no puedes hacer este tipo de cosas! ¡Es peligroso, inconsciente y estoy terriblemente decepcionada con este comportamiento!

El mentón del muchacho tembló fuertemente y de sus ojos, gruesas lágrimas cayeron.

-¡No llores, Henry! Solo te explico la situación.

-¡No, tú me estás echando la bronca!- replicó el muchacho enjugando sus lágrimas con la maga.

Regina retrocedió en su silla; ver a su hijo en ese estado de angustia le revolvía el estómago. No era justo. Esperó a que se calmara para continuar con la conversación.

-¿Imaginas el miedo que ha tenido que pasar el tío Daniel cuando ha descubierto que no estabas por ningún lado?

El moreno se encogió de hombros, visiblemente, no tenía muchos remordimientos.

-¿Pensaste en mí?

Ahora había tocado una fibra sensible, pues él alzó el rostro hacia ella y sus lágrimas comenzaron a resbalar.

-¡Bueno, sí…pero yo no quería asustarte, yo!

-Sin embargo, así fue, Henry- dijo ella secamente

Se hizo un silencio en la estancia, solo se escuchaba el eco de la televisión proveniente desde la otra estancia y los sollozos del niño.

-Henry, por favor, no lo vuelvas a hacer, realmente he tenido mucho miedo- suspiró finalmente Regina.

-¿Vas a gritar?

-No, ratoncito. Pero, primero, vas a llamar al tío Daniel para disculparte, y después, iremos a preparar tu habitación.

El pequeño se lanzó a sus brazos asintiendo. Aunque ella debería haberle echado una bronca más fuerte, no podía ver esa carita triste por mucho tiempo. Preparó la comida favorita de su hijo, después tras una larga negociación donde se confesó vencida, - Emma y Henry eran irreductibles cuando formaban equipo-, se sentaron en el salón para comer delante de la tele. Henry estaba sentado entre las piernas de su madre y tragaba su comida a toda prisa mientras Regina le acariciaba tiernamente los cabellos. Lo mimaba con la mirada mientras él le quitaba comida del plato a Emma.

En el momento de irse a acostar, Regina no se hizo de rogar cuando le pidió que le leyera un cuento, ella aprovechó para recordarle que las reglas que habían establecido eran capitales para poder vivir lo más felices posibles. La noche ya estaba bien entrada cuando salió de la habitación de invitados.

La fatiga la sorprendió en el momento de volver al salón, Emma se había quedado dormida delante de la tele, las gafas cayéndosele sobre la nariz y la boca medio abierta. Se quedó unos instantes observándola, apoyada contra el marco de la puerta. Después de la noche en que había perdido a su padre, su visión de las cosas había cambiado considerablemente. Los complots enfermizos de su madre y las traiciones de Narcisa habían logrado vaciarla de toda fe en la humanidad. Así que cuando conoció a Chloé, se había prohibido amar. A pesar de sus encuentros apasionados y tiernos, se negaba a aferrarse a ella a pesar de hacer infeliz a la enfermera. La única que había logrado penetrar en su zona de seguridad había sido Emma. Sin embargo, apenas se había dado cuenta durante la primera clase, y aunque la había visto de nuevo en su despacho el primer día, se había esperado tener que vérselas con un torbellino que le iba a dar más problemas que paz. Hurgó en su memoria para saber en qué momento todo había dado un giro. No fue el primer día, ni siquiera el día en que le había preguntado a la joven por qué no podía ir al viaje de fin de curso. Quizás al día siguiente, cuando Emma quiso tener noticias de ella…La rubia ignoraba entonces todo de su vida, ignoraba que recibía amenazas permanentes de Sidney Glass, ignoraba que Henry le había colgado el teléfono el día anterior…Ignoraba todo de su sombrío pasado y precisamente, ella le había preguntado si estaba bien. No, ni ahí. Se había conmovido, pero Emma aún no había derrumbado sus barreras. La incomodidad de Regina había aparecido la noche en que habían jugado al juego de los chupitos en el Chapelier Flou. Aunque había intentado realzar sus barreras, Emma se había deslizado en la brecha y el juego de ambas había comenzado. Un juego al que ella había decidió participar, convencida de poder controlar las reglas. Eso fue mucho antes de descubrir la vida de Emma, antes de ver una similitud flagrante con la joven que ella misma había sido. Ese eco había hecho que la rubia se convirtiera en alguien fácil de comprender y enternecedora. Tras eso, ella había creído poder convertirse en una confidente, una amiga…pero el juego ya había dejado huellas en sus corazones y poco a poco, ya no era un juego. Pero el momento donde ella se había abierto un poco más que con ningún otro fue cuando había creído perder la confianza de la joven. Después, todo había ido muy rápido, el beso dado en el Chaperlier Flou, los meses de paciencia de Emma, la visita a Saint Augustin…Emma era la compañera que nunca había podido tener antes. Posó una rodilla a cada lado de la joven y le quitó delicadamente las gafas, despertándola con el gesto.

-¡Gina! Humm, ¿qué haces?- preguntó ella poniendo inmediatamente sus manos sobre los muslos de su compañera.

-Te beso

Dicho y hecho, posó sus labios en los de Emma que sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.

-¿Y por qué?

-Para que me perdones por haber sido horrible contigo…estoy un poco avergonzada.

-¡Gina, tenías miedo por tu hijo!- la defendió la rubia barriendo el aire con un gesto de la mano

A pesar de esto, Regina percibía bien que la había contrariado y sinceramente estaba apenada. Entrelazó sus dedos a los de la joven.

-Emma, por favor, olvida todo lo que haya podido decir hace un rato, yo…estaba aterrorizada y como siempre pasa cuando tengo miedo, rechazo a todo el mundo…

…para no destruirlos- terminó Emma con voz sombría

Sus ojos se encontraron en la oscuridad; Emma había captado perfectamente la situación.

-No me gusta que me conozcas tan bien- susurró Regina posando su frente contra la de su compañera

-¿Gina?

-¿Hum?

-¿Puedo saber por qué no llevas pantalón?- dijo divertida Emma acariciando los muslos de su amada

-¡Porque se han quedado en la entrada!- dijo susurrando pasando una mano por los cabellos rubios.

Emma presionó su índice y su corazón contra el culotte ya húmedo, provocando un ligero gruñido. La mano de la ex alcaldesa se aferró a la nuca de Emma, que aprovechó para hundir su rostro en el escote de Regina, depositando dulces besos sobre su piel perfumada. No tardó mucho tiempo en ver chispas de colores, danzado bajo sus párpados. Y la necesidad vital de sentir la piel de Regina pegada a la suya se hizo dolorosa. Se quitó su camiseta para enseguida atacar los botones de la blusa blanca. Se alegró al descubrir un sujetador de satén en el que se transparentaban los pequeños pezones hinchados de placer. No se molestó en ayudar a Regina a quitarse la blusa, pegando su boca en el tejido para mordisquear los sensibles pezones. La morena inclinó la cabeza hacia atrás y se dio prisa en quitarse la blusa para hacerla una bola y tirarla en el sillón. Emma abandonó el húmedo tejido para dedicarse al broche del sujetador que inmediatamente cedió. Dejó que Regina se las arreglara con el trozo de lencería mientras ella deslizaba su mano en el culotte para presionar su clítoris.

-¡Emma!

Regina pegó un poco más su cuerpo contra la estudiante y se mordió el labio.

-¡Shhh! ¡Te recuerdo que Henry puede escucharnos!- susurró besándole el mentón.

La morena se obligó a permanecer en silencio clavando sus manos en los hombros de la joven. Emma penetró tiernamente a su compañera mientras seguía mimando su botón de carne. La lengua de la morena se insinuó en la boca de Emma, y esta sintió un nuevo vigor del que Regina jamás había hecho gala. Empujó sus dedos en su interior a contratiempo para desestabilizar a su compañera.

-¿Qué haces?- gruñó la morena despegándose de ella

Había en sus ojos algo peligroso, la amenazaba con la mirada, esa misma mirada que tenía cuando un alumno hacía una tontería. La rubia esbozó una sonrisa que se transformó en una mueca de sorpresa cuando sintió dedos expertos entre sus piernas. Regina se había deslizado como una traidora bajo su ropa interior. Instintivamente, su brazo rodeó el busto de la morena y la mantuvo firmemente mientras que ella la penetraba algo más fuertemente, haciendo que levantara sus temblorosas rodillas. Cuidaba en no hacerle daño, pero Regina acentuaba sus golpes de pelvis para mantener un ritmo conveniente. Emma, por su lado, estaba al borde del placer, pero se concentraba en seguir dándoselo a Regina.

-¡Gina! ¡Gina! ¡Para! ¡Voy a gritar!-previno ella retorciéndose para volver la posición incómoda para la ex alcaldesa.

-¡Te necesito, Emma!- susurró la morena hundiendo sus orbes sombríos en los de la joven.

Ella comprendió el mensaje y se abandonó a las caricias de su compañera mientras redoblaba el esfuerzo para mantener la coherencia en los gestos que estaba realizando.

Regina se arqueó de repente contra Emma, gozando mientras la miraba a los ojos. Emma la acompañó intentando besarla para ahogar el estertor de placer. La morena se quedó un momento sobre Emma para retomar el aliento, sintió un ligero sobresalto cuando Emma salió de su interior y ella aprovechó ese momento para besar una vez más a la joven.

A continuación subieron a la habitación para continuar con sus juegos.

Henry las despertó al día siguiente saltando sobre la cama con los primeros rayos de sol. Tras numerosos gruñidos, Regina acabó por cogerlo y hacerle feroces cosquillas, dejándolo respirar cada cierto tiempo para volver a la carga en su alegre tortura. Emma se despertó con una patada en sus costillas y se unió de buen grado a la batalla contra Henry. Se levantaron y tomaron un sustancioso desayuno antes de que Emma tuviera que marcharse para ir a visitar a Nathan.

El día pasó muy despacio a su gusto, ella, que tenía ganas de ver a su pequeña familia, miraba las horas desfilar a una lentitud provocadora. Y para colmo, Jefferson le pidió que hiciera dos horas extras. Así que volvió justo cuando Henry ya había cerrado los ojos para unirse a Morfeo.

-Intentó esperarte- murmuró Regina acunando a su pequeño príncipe

-Mañana descanso y Nathan me ha pedido que lo deje tranquilo, ¡me ha llamado mamá gallina!- se ofuscó Emma sentándose delicadamente al lado de esa pequeña familia.

-Podrás pasar el día con nosotros, vamos a montar a caballo, pedido exclusivo de Henry

-En ese caso, no me niego

La mirada de Regina estaba empañada, la frente fruncida por una madura reflexión y una mano que encerraba a la otra.

-¿Qué ocurre?- adivinó Emma deslizando un mechón tras la oreja de la ex alcaldesa.

Tras un corto silencio, Regina bajó los pies del sillón y sujetó a su pequeño para que no resbalara.

-Voy a devolverle su libertad a Daniel

Emma frunció el ceño e inclinó la cabeza hacia un lado.

-¿Perdón?

-Emma, quiero que Henry crezca a mi lado, quiero que me despierte todas las mañanas como lo ha hecho hoy. He pasado un día con él en mi casa…No he tenido la necesidad de preguntarle a Daniel el programa del día, yo…es demasiado duro sin él.

Emma encajó el golpe, no sabía si tenía derecho a dar su opinión sobre la situación, pero si Regina le estaba hablando de eso era probablemente porque esperaba un consejo.

-Gina, sabes que no está seguro aquí, ¿y qué les vas a decir a tus amigos? ¿A tus colegas? ¿«Ah sí, por cierto, tengo un hijo»?

-¡No lo sé, ya vería! Mi decisión está tomada

Regina se levantó para llevar a Henry a su cama dejando a la rubia desconcertada y siguiéndola con la mirada. Caliente-frío, era como se podría definir mejor la relación entre las dos, pasar de una tórrida noche a un «no tienes nada que decir sobre mi vida», era el ritmo que llevaba su relación. Fuera lo que fuere, Emma decidió acompañar a Regina por la vía que había elegido y no contradecirla.

El día siguiente transcurrió, para su gusto, muy rápido y el mismo sentimiento tuvo Regina que adoraba mirar cómo su hijo se agarraba delante de ella. Él sabía que su mamá era una amazona sin parangón, ya la había visto montar varias veces, pero esta vez, estaba feliz de que lo hubiera dejado montar con ella. Sin embargo, cuando volvían del paseo, él vio el coche de Daniel aparcado frente a la mansión, se retorció para ver el rostro de su madre volverse sombrío.

-¿Vamos a tener que despedirnos, mamá?

Regina no respondió, prefirió dejarlo bajar y darle las riendas a Robin que llevó a Beau Miroir al interior de los establos.

-¿Has tenido buen viaje?- preguntó Regina dándole una sonrisa educada a su amigo de la infancia.

-Largo, pero deseo tener una noche de sueño en la majestuosa casa de mi amiga antes de tener que partir.

Emma, tras haber saludado a Daniel, se fue a ayudar a Robin a desensillar a los caballos. Daniel, sintiendo que se venía algún problema, entrecerró sus ojos escrutando el rostro de Regina a quien conocía de memoria.

-¿Ha pasado algo con Henry?- preguntó

La amazona suspiró y le hizo señas para que entrara, le preparó un café para ocupar sus manos y no ponerse a temblar. Decidió, sin embargo, no andarse con rodeos y comenzó la conversación algo bruscamente.

-Me voy a quedar a Henry

Daniel soltó la taza sin haberla tocado y escaneó el rostro de Regina con asombro y muda cólera.

-¡Lo he pensado bien y creo que Narcisa lo ha dejado estar!- continuó Regina evitando darle tiempo para hablar. –Ella no puede perseguirnos toda la vida. Henry tendrá una vida más estable aquí y tendrá a su madre con él y es mejor así

-¿Es una broma?

Ella cerró los párpados, cansada de tener que justificarse.

-¡Daniel, por favor, no hagas las cosas más complicadas!

-¡Yo no «hago las cosas más complicadas», he venido para recoger a Henry y es lo que voy a hacer!

-¿Te atreverías a llevarte a mi hijo a la fuerza?

-¡Lo haría por su seguridad si tengo que hacerlo!- se enervó Daniel sin comprender a qué jugaba su amiga de la infancia.

-¡Es mi hijo!- gritó de repente la morena golpeando la mesa con sus manos

-¡También es el mío!- replicó él en el mismo tono

Ahogada, la morena abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.

-¡Tu sangre corre por sus venas, pero eso nunca lo convertirá en tu hijo! ¡Solo me pertenece a mí!- dijo ella con la voz tomada por la cólera.

-¡Lo vas a destruir, Regina! ¡Lo vas a destruir porque te estás olvidando las prioridades de tu vida! ¡Te acuestas con una estudiante, habíamos dicho que no más de tres años en cada ciudad y tienes la intención de quedarte más tiempo aquí, ahora quieres que él viva contigo! Puestos así, envía una tarjeta de visita. ¡Sabes muy bien que Narcissa nunca abandonará la caza!

-¡No puedo más! ¡Se ha vuelto imposible vivir sin él!

-¡Pobre Regina, encuentras la vida complicada en tu gran mansión, paseándote de brazos de una joven deliciosa, con un puesto de directora adjunta, encuentras la vida tan dura, no haces más que quejarte sin parar! ¡Pero mira a tu alrededor, por Dios! ¡Haces infeliz a Henry haciéndole creer que pronto podrá vivir contigo! ¡Sabes muy bien que no es verdad y que nunca podréis ser una familia normal! ¡No habrá familia con él e incluso él mismo lo ha comprendido! ¡Habrías podido parar todo esto mucho antes, pero no lo hiciste!

-¡Para!

Las palabras de Daniel se perdieron en su mente y el dolor se desencadenó en ella, la verdad la asaltaba brutalmente.

-Señora alcaldesa, tiene que hablar con nosotros para que podamos ayudarla- murmura suavemente la agente de policía posando una mano sobre la mesa de interrogatorio.

Regina no sabe muy bien cómo ha llegado a encontrarse ahí, su bebé gritando en la otra estancia y con un corte en la mano.

Narcissa la había atacado unas horas antes, después le había hecho el amor en el baño. Regina sacude la cabeza. ¿De verdad había ella hecho el amor?

«¡Narci, no, por favor, para!» había murmurado ella durante largos minutos.

Las nauseas se apoderaron de ella y amenazó con vomitar. La oficial le sostuvo la cabeza y sus miradas se encontraron.

-¡Ella me ha forzado!

-¿La ha forzado a qué?- pregunta bruscamente el otro policía presente en la sala. Se llama Marino y no es delicado. Sin duda la detesta porque es una mujer, joven, y tiene poder.

-¡Le dije que no!- susurró ella

-¿De qué está hablando, señora?- preguntó más suavemente la mujer que comprende parcialmente por qué esa morena bajita ha aparecido ahí con su hijo.

-De mi…de…había dicho que no y…¿me dolía la mano?

Marino, en la esquina de la sala, se llevó su índice a la siente y lo giró.

-Otra que ha cambiado de opinión en medio de un polvo

Los sollozos de Regina llenan la estancia y siente una mano sobre su hombro, una mano que viene a consolarla, pero que rechaza. Es la segunda vez que no la creen, la segunda vez que desprecian lo que ella ha sufrido…

Al otro lado de la mampara, percibe una voz

-¿Dónde está mi mujer? He visto su coche aparcado delante, ¿está bien?

Regina se levanta bruscamente y se traga sus lágrimas.

-¡Tengo que marcharme!- gimió ella acercándose a la puerta

-¡Señora alcaldesa! ¡Por favor! ¡Quédese aquí, podemos protegerla si habla! Tiene que confiar en nosotros y…

Regina abre la puerta, no quiere escuchar sus palabras. Narcisa está allí, se ha puesto su abrigo de piel y su labial rojo escarlata.

-Aquí estás…

Ella había dejado escapar la posibilidad de confiarse, de entrar en el sistema judicial, había cerrado la puerta a su salida.

Daniel continuaba despotricando sus atrocidades que tenían como finalidad hacer reaccionar a su amiga.

-¡Para!-pidió ella otra vez

Pero Daniel la conocía demasiado, sabía que sin el golpe de gracia, ella no atendería a razones. En lugar de eso, la angustia la atrapó y las palabras chocaban en su cabeza. El cuchillo posado en la encimera captó su atención, lo cogió para cortar un tomate que había sacado para el almuerzo «¡Tiene que callarse!», pensó ella cerrando los ojos

-…no puedo creer que pienses eso!

Emma apareció en la cocina en ese momento

-¡Hey! ¡Se os escucha desde fuera!- dijo ella

Avanzó hacia su novia y posó su mano en su hombro, la morena se giró violentamente y Emma sintió la hoja del cuchillo hacerle un corte. Un ardor seco, fuerte, doloroso.

-¡Oh Dios mío! ¡Emma!

-¡Ay! ¡Joder! ¿Qué te pasa?- gritó la rubia llevándose la mano a la mancha de sangre que se formaba en su camisa

-¡Regina!- gruñó Daniel acercándose a Emma para sostenerla.

-¡Yo…lo siento!- balbuceó la morena retrocediendo hacia la cocinilla.

El cuchillo cayó al suelo y el ruido que hizo pasó desapercibido entre los gritos de la más joven.

-¡Oh, joder! ¡Cómo duele!- gritó Emma alzándome la camisa

Un largo corte aparecía en su carne por encima de su cadera y el color rojo contrastaba con la piel tan blanca de la joven.

-¡Necesita puntos de sutura!- diagnosticó el hombre frunciendo el ceño

-¡Ah no! ¡No voy al hospital!

-¡Sí! ¡Hay que ir!

-¡Yo…lo siento!- repitió Regina dejándose caer al suelo

-¡Daniel! ¡No voy al hospital! ¡Y Regina, para! ¡No es grave! ¡No se ha muerto nadie!


Emma se encontró acostada sobre la mesa de la cocina, apretando los dientes mientras Daniel terminaba de coserla.

-¿Ya has hecho esto en alguien que no sea un caballo?- preguntó ella golpeando la mesa debido al dolor.

-¡No, pero no estoy seguro de que tengas otra elección!

-¡Ay! ¡Efectivamente!- susurró Emma pasándose una mano por los cabellos -¿Qué fue eso?

-¿De qué hablas?

-¡De Regina, a quien le ha faltado poco para clavarme un cuchillo de cocina en el abdomen!

-¡Ya te lo ha dicho! ¡No lo ha hecho a propósito!

-¡Eso no lo dudo, pero…lo que ocurre es que me gustaría que no se volviera a producir!

-¡No la toques cuando está en pánico! ¡Eso es todo!

-¡Oh…claro! ¡Sinceramente tan fácil como eso!

-¡No en vano te previne de que la vida con ella no sería fácil!

Emma no comentó nada. Se concentró en la voz de Regina que le estaba recordando a Henry que no se olvidara de coger su libro de su habitación.

Después del accidente, ella había reflexionado y llegado a la conclusión de que Daniel tenía razón. O más bien, había dejado que Daniel la convenciera una vez más y en vez de pasar la noche en la mansión, Henry y él iban a irse y se quedarían en un hotel por el camino. Daniel había puesto como excusa que quería que Henry volviera rápidamente a la escuela, pero todos sabían que quería evitar otra disputa. Emma no estaba segura de saber quién tenía la razón y quién estaba equivocado, así que ella había dejado las cosas pasar mientras presionaba la herida para cortar la hemorragia.

Regina sollozaba mientras le colocaba un DVD a su hijo. Henry y ella jamás podrían tener una vida como la de los otros muchachos con sus mamás.

-Francamente Daniel, ¿cómo has podido decirle eso?- preguntó Emma con un tono indignado

-¡Por el bien de Henry y por el de ella misma!

-¡No estoy segura de que le hayas hecho mucho bien!

-¡Terminado!

Emma miró su cintura y suspiró profundamente. No había pasado lejos de la catástrofe.


Regina permanecía en el marco de la puerta y no se atrevía a mirar a nadie a los ojos. Besó a su hijo, le dijo que se portara bien. Después, dejó que subiera a la parte de atrás del coche. Esperó a que tuviera puesto el cinto antes de cerrar la puerta. Finalmente, se giró hacia Daniel, que le apretó afectuosamente el brazo, mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

-Te llamo cuando lleguemos- la tranquilizó

Ella asintió sin responder. El coche dejó el terreno de la mansión, y por la ventanilla, ellas pudieron ver a Henry que intentaba más mal que bien contener sus lágrimas.

Emma rodeó el vientre de su compañera con sus brazos y observaron cómo se alejaba el 4X4. Después, entraron, con el corazón en un puño. Una vez que la puerta se cerró, Regina cruzó sus brazos sobre su pecho y se puso su máscara fría y distante, dijo que tenía trabajos que corregir y se encerró en su despacho. Ni siquiera salió para comer.

Emma la encontró, más tarde, echada en su habitación, ya lista para dormir.

-¡Y yo que pensaba que ibas a transformarte en una sexy enfermera esta noche!- bromeó la rubia

Regina le lanzó una oscura mirada.

-¡Está bien! ¡Bromeaba!- rio Emma dejándose caer en la cama, se ayudó con un codo para ascender hacia el cuerpo de su amante y posó su cabeza en sus piernas.

-¡Gina! Puedes hablarme, lo sabes…

-¡Emma! ¡Casi te apuñalo!

Emma desorbitó los ojos, no entendía a que venía eso ahora, pero visiblemente, preocupaba a Regina tanto como la partida de su hijo.

-¿Apuñalarme? ¡Calma, solo es un rasguño!

-¡Podría haber sido peor!- se inquietó la amazona

-Por favor, no deseo hablar de eso, quiero que te relajes y que te calmes…

La morena pasó sus dedos por los cabellos de la más joven y eso la calmó un poco. Y por lo que se veía, lo mismo pasó con Emma, que se quedó dormida aferrando las piernas de la morena contra ella. Dulcemente, Regina la ayudó a pasar bajo las sábanas, después, tras haberse echado cara a cara con ella, miró sus serenos trazos, calmados y se concentró en esa visión de la joven. Su respiración estaba tranquila, sus ojos cerrados se movían tras los párpados, pero la morena apenas lo percibía. Logró quedarse dormida con esa imagen grabada en la cabeza.

El viaje escolar se acercaba a grandes pasos y Mary Margaret formaba parte de los profesores que acompañarían a los alumnos, desafortunadamente David debía quedarse, pues su madre había caído gravemente enferma. Regina se planteó muy seriamente sustituirlo, pero sus funciones administrativas le ocasionaban un serio problema.

Por su parte, Emma se informaba todos los días del estado de Nathan, a pesar de que él la había echado varias veces. En su interior, tenía que confesar que el ambiente en casa de August le faltaba a veces y que a menudo la gran mansión silenciosa de Regina la impresionaba. Se había sorprendido al querer que Henry estuviera allí, quién sabe con otro niño, un coleguita de clase, jugando en el salón, o devorando los platos de Regina.

Finalmente, una semana antes de la marcha hacia París, mientras que los títulos de crédito desfilaban por la pantalla, Emma se levantó para ponerse su chaqueta.

-Tengo que irme, no querría despertar a los chicos- explicó ella

-¿Estás obligada a irte?- preguntó la morena pasándose una mano por los cabellos

-Sí, no he cogido mi pijama y sobre todo, no he terminado mis deberes

Regina movió la cabeza, en silencio, y sus dedos comenzaron a juguetear con el botón de un cojín.

-¿Sabes?- comenzó maltratando el cojín –Podrías, quizás…dejar algunas cosas aquí

Emma se detuvo y se volvió a sentar en el sillón.

-¿Gina…

Dejar sus cosas en cualquier pate era algo de locos para Emma. Nunca había vivido en ningún lado, nunca había estado en un hogar sano. Ni siquiera había imaginado nunca que un día pudiera instalarse con alguien.

-…tengo que responder esta noche?

La morena alzó la cabeza enérgicamente

-¿No quieres?- dijo

-¡Sí! Por supuesto que sí, pero…¿tú estás segura? Quiero decir, tanto tú como yo, sabemos que no es solo por el lado práctico, ¿verdad?

-¡Sí!- afirmó la morena moviendo firmemente la cabeza

Emma sonrió, enternecida por la apariencia infantil que Regina tenía en ese preciso momento.

-¡Sigo sin tener pijama y mucho menos mis cosas para hacer mis deberes!

El rostro de la directora adjunta se transformó para adquirir una expresión pícara.

-En cuanto al pijama, tenía en mente que no lo necesitaras esta noche y…en relación a tus deberes, quizás podríamos aprovechar mi posición para dispensarte de ellos.

Emma desorbitó los ojos y sus labios se estiraron en una cómplice sonrisa.

-¿Tu posición?

-¡Hum, hum!- asintió Regina devolviéndole la sonrisa

-¡Ah! ¡Entonces si podemos hacer esto, perfecto!


Durante los días siguientes, Emma llevó algunas cosas y Regina le hizo sitio, contenta, en el baño, en los cajones e incluso le consagró un sitio en su vestidor para que Emma pudiera coger algunas blusas que ella ya casi no se ponía.

El tercer trimestre se acercaba a paso rápido y Emma trabajaba como una mula para sacar a tiempo todos sus proyectos. Quería marcharse a París con la mente serena y aunque Belle no dejaba de repetirle que tenía que liderar el trabajo, ella no tenía ganas.

Y además, tenía que arreglar un último problema…


-¡No deberías acompañarme!- murmuró Emma mirando a Regina ponerse sus tacones

-¡Por supuesto que sí! Es más, el sheriff no se hará preguntas ya que fui yo quien te puso en contacto con él

Emma se mordió el labio inferior. Sabía que la necesidad que tenía Regina de protegerla podía llevarlas por caminos peligrosos y aunque lo encontraba adorable, no deseaba que la relación que mantenían fuera descubierta…pasearse por la policía lado a lado le parecía una muy mala idea.

-¡Pero si yo volveré después!

-¡Emma, no creo haberte pedido tu opinión!

La morena cogió su bolso al vuelo y apagó las luces del hall antes de poner la alarma.

En la comisaria, todos andaban de cabeza, solo esperaban a Emma para poner en marcha la operación, y todos hablaban de dar un gran golpe. Los Devil's Eyes les habían burlado muchas veces. Para ellos, hacer caer al jefe de la banda haría probablemente que los otros huyeran. Evidentemente, toda una puesta en escena había sido prevista y una joven se llevó a Emma aparte para explicarle, repetirle, martillearla para que se acordase de todos los códigos, todos los gestos que debía hacer, y sobre todo lo que tenía que conseguir que Peter dijera…

Sin embargo, nada la había preparado para esa noche. No se había evocado la posibilidad de que todo fuera mal…

Así que, cuando Emma fue atrapada violentamente por Peter y él sacó una navaja de nadie sabe dónde, no supo qué hacer. Cuando la cabeza de uno de los cómplices de Peter estalló no lejos de ella manchándola de sangre, sintió cómo su cerebro desconectaba y cada detalle le pareció a la vez muy vago y muy concreto. Todo, así como la hoja que se hundió en su garganta…