Epílogo
Sentada en el borde de la ventana, Regina escrutaba las primeras luces del día que dibujaban las colinas a lo lejos. Sus ojos ardían…terriblemente. La nieve había caído durante toda la noche y había formado una espesa capa inmaculada.
Se estremeció y subió sus piernas hasta su busto. Los colores de las mañanas de invierno se aposentaban a lo largo de la calle principal.
Suspiró y bostezó, señal de su cansancio.
¿Cómo había llegado ahí?...Era una pregunta que se hacía todos los días; incluso cuando estos eran felices. Cuando pequeña, nunca pudo imaginar su vida de esta manera…
-Gina…
-En dos días, me marchó a Virginia con Henry, ¿vendrás con nosotros?
Emma alzó la mirada hacia Regina y abrió la noca. Varias veces. Ningún sonido salió. Destrozada, la morena cerró los párpados. Cuando los volvió a abrir, Emma no se había movido lo más mínimo, pero movía los brazos dando círculos
-No sé por dónde comenzar…- suspiró sinceramente -¡Ven conmigo!- respondió ella finalmente mientras cogía su abrigo
-Em…
-¡Regina Queen, si sigues discutiendo, te llevo sea de la manera que sea!- amenazó la rubia con el ceño fruncido y una oscura mirada.
Emma mantuvo el silencio a lo largo de camino que la llevó al cementerio donde Alice estaba enterrada.
-¿Qué hacemos…?
-¡Calla!- ordenó de repente Emma –Si confías en mí, te pido que te calles y que me sigas.
Cogió dos linternas de su guantera y colocó una en la mano de la morena antes de salir sin esperar respuesta.
Las viejas verjas oxidadas solo se mantenían cerradas con una cadena mal ajustada. No tuvieron ninguna dificultad para deslizarse por la abertura y entrar en el cementerio. Para gran sorpresa de Regina, no se dirigieron a la tumba de Alice, sino hacia un mausoleo apartado de todo.
-Emma, por favor, dime a dónde vamos
Como única respuesta, la rubia apuntó la linterna hacia el mausoleo para iluminar el nombre tallado en la piedra: Mills.
-¿Qué…?- dijo con voz estrangulada Regina poniendo los ojos como platos -¿Conoces a esta familia?- murmuró pegándose a Emma cuando esta se inclinó para abrir la chirriante puerta de hierro.
-¡No, solo encontré graciosa la coincidencia! ¡Entra!
La morena obedeció sin hacer ninguna pregunta más y una vez dentro, la rubia dejó la linterna en el suelo para que la luz se expandiera sobre la bóveda clara. Pudo así captar la mirada inquisitiva de Regina. No tenía miedo, solo tenía muchas preguntas.
Ella se giró hacia un inmenso centro de flores marchitas y las retiró para hundir la mano en su interior y sacar un dossier metido en una bolsa plástica. Se lo tendió a Regina que lo cogió mientras seguía con sus ojos clavados en los de Emma.
-Es una copia del dossier que Bianca Mouse reunió sobre nosotras.
-¿Cómo lo has obtenido?- preguntó Regina sintiendo sus piernas flaquear.
-No quieras saberlo- gruñó Emma pensando que sin duda no estaría bien hablar de una intrusión ilegal en casa de Bianca Mouse –Hay un mogollón de información sobre mi vida, y sobre la tuya. Te toma por una psicópata que haces cualquier cosa para deshacerte de tus amantes cuando te cansas de ellos.
Regina ascendió sus ojos lentamente hacia los claros de Emma mientras cerraba el dossier sin ganas algunas de leerlo.
-¿Y tú? ¿Qué piensas tú?
Emma se sintió herida por la pregunta.
-¡Creo que son insensateces! ¡Regina, jamás he dudado de ti! ¡En esta historia, solo tú dudas sin parar! ¡Así que no intentes darme a mí el papel de mala!
Se pasó nerviosamente una mano por la frente. Y enumeró levantando sus dedos uno a uno
-Dudas del hecho de que yo pueda ser feliz contigo, dudas del hecho de que yo pueda querer una vida contigo y con Henry, piensas que tengo miedo porque esta pobre loca vino a meterme por la nariz unas supuestas pruebas. ¡Pero tú nunca me dejas explicarme o que diga lo que pienso sin que saques antes tus propias conclusiones!
-Emma, yo…
-¡Déjame acabar!- gritó Emma en cólera –Este dossier hace tiempo que lo conseguí y Bianca vino a contarme una historia para no dormir, la misma que ha debido contarte a ti; la única diferencia entre tú y yo es que…tú tienes miedo de ti misma porque todo el mundo te ha hecho dudar toda tu vida sobre la persona que deberías ser. Tu madre, Narcissa, incluso Daniel, involuntariamente. ¡Pero yo…yo no tengo miedo de ti! Porque te conozco de verdad. ¡Conozco tu historia, dejo que seas la que eres porque no quiero estar enamorada de una pálida copia! ¡Y tú tienes miedo, eso es todo!
-¿Miedo?- cayó en la cuenta de repente la morena
-¡Sí!- exclamó Emma –De perder a Henry, tu libertad, el control que intentas poner en tu vida…Tienes miedo de que un día yo me transforme en Narcissa y tú en una asesina, pero…¡eso no pasará nunca! ¡Tú no mataste a Leopold ni a Narcissa! Ella mató a tu violador y yo maté a la que te maltrataba y te perseguía. ¡Tú no me empujaste a hacerlo, tú no me diste el arma!
-Lo sé
Se hizo un breve silencio perturbado por los pasos que Emma daba arriba y abajo. Se detuvo para apuntar con el dedo el pecho de Regina.
-Henry, tú y yo tenemos algo en común: todos hemos sido, en un momento o en otro, abandonados por nuestra familia. Yo, desde mi nacimiento; tú, en el momento en el que más necesitaste a tu madre y Henry, porque tuviste que protegerlo. Ese abandono creó en nosotras mecanismos de defensa que nos han empujado a hacer que no nos abandonen de nuevo, tu hijo se refugia en cuentos donde su caballero libera a su oso de peluche para no abandonarlo nunca más, y tú intentas prever el abandono siendo la primera en abandonar.
Emma tenía razón.
-Pero no comprendo por qué piensas sin parar que no te seguiría a Virginia- retomó ella –¿Por qué piensas que lo que haya podido decir Bianca Mouse me haría cambiar de opinión?
-Porque también tengo miedo de perderte y si te pongo en la puerta, no podrás romperme el corazón…
Emma frunció el ceño y sacudió sus rizos rubios que sobresalían de su gorro.
-¡Es estúpido!- dijo fríamente –Cuando te dije que no había visto el interés en contarte la visita de Bianca Mouse fue porque sabía perfectamente que ibas, una vez más, a reaccionar mal. Y que…¡joder ya no encuentro las palabras para decirte lo mucho que te amo! Las he dicho todas. Yo…si no me crees, ya no puedo hacer nada por ti. He pasado ocho meses lejos de ti y jamás, en toda mi vida, me he sentido tan vacía. Ocho meses no es una semana lejos de una novia porque ella se haya ido de vacaciones. Ocho meses es mucho tiempo, Regina. Ocho meses sin saber si un día volveríamos a vernos. Ocho meses luchando por ti, para poder volver a verte, sentirte, tocarte, estrecharte contra mí, besarte, hacerte el amor, verte hacer esa mueca ante tu jodido café todas las mañanas, verte atar los cordones de tus tenis para ir a correr, verte fruncir el ceño cuando piensas que he dicho una tontería. ¡Ocho meses…por ti toda entera, así que deja de joderme con tus dudas!
Emma casi estaba sin aliento y se agarró al borde del sarcófago para no tambalear. Regina estaba en silencio, ¿qué podía decir después de todo eso?
Interpretando mal su silencio, Emma dejó caer sus brazos tras haberlos levantado y se dio la vuelta para marcharse. Rápidamente, Regina se levantó para agarrarla y el deseo de pasar su mano por los suaves cabellos rubios fue más fuerte que ella.
-¡No lo sabía, Emma…no lo había sopesado!
-¿Sopesar qué?
Pasó su índice por la mejilla de la muchacha.
-Que estabas enamorada de mí…
-¡Joder, eres más ducha en analizar textos del siglo XVIII!- gruñó Emma aliviada.
Emma dormía apaciblemente. Su cabellera rubia esparcida sobre su rostro y su almohada que sujetaba contra ella.
La rubia era un buen soldado, preparada en todo momento para protegerla, para proteger a su hijo, no se había derrumbado durante el caso, durante la batalla contra el mundo entero, durante la guerra abierta contra Regina que no lograba encontrar la serenidad en la ciudad donde Emma y ella se habían conocido, descubierto, amado.
Emma podría haberla dejado caer miles de veces, jamás lo había hecho. Había estado ahí en cada momento importante, cuando Bianca Mouse las había visitado una vez cada dos meses después de que hubieran dejado Maine. Cuando Daniel les había anunciado que tenía cáncer, cuando las pesadillas se habían vuelto demasiado violentas para querer cerrar los ojos…
Evidentemente, Regina había tenido miedo durante mucho tiempo de que Emma se despertara un día pensando que merecía algo mejor, pero veía que cada día se sentía mejor junto a Henry y la cotidianidad tenía un gusto a vacaciones idílicas. El pequeño crecía a ojos vista y la rubia participaba muy de cerca en su educación. Al comienzo, ella no se atrevía a decirle nada al niño, y después, tras una conversación con Regina, que la había tranquilizado sobre los derechos que ella tenía con él, Emma se tomó su papel muy en serio. Finalmente, dos semanas más antes, Henry le había preguntado a Emma si ella también era su mamá; porque no quería tener que llamarla «Emma» sino «mamá». Si esa inocente cuestión había provocado una corriente de pánico en la rubia, ella no lo había dejado ver ante el muchacho. Pero en el dormitorio, esa misma noche, le había presentado sus excusas a la morena.
-Lo sabes, no quisiera quitarte tu papel en el que…no sé
-¿Qué le respondiste?- había preguntado Regina mientras extendía la crema por sus piernas
-Euhh…que era hora de dormir…No sabía qué decir- gimió ella ante la mirada perpleja de la morena
-Bien, si él quiere llamarte así, es que te ve así…
-Sí…pero tú, ¿qué piensas tú?¡Además no es práctico! Cuando quiera llamar a una de las dos, va a decir mamá y responderemos las dos y después…
-Emma- cortó ella al ver que a la rubia le faltaba la respiración –Creo que hay suficientes palabras para decir «mamá», puede elegir uno para ti y otro para mí.
La rubia se dejó caer al lado de su compañera con una expresión pensativa.
«Ma», así es como Henry llamaba a la rubia desde hacía dos semanas. Regina sonrió de lado. Su vida había cambiado de cabo a rabo y lo más extraño es que le gustaba, se sentía reconstruida, ya no tenía miedo de las acusaciones de Bianca, ya no tenía miedo de su madre que había intentado retomar el contacto con ella cuando se había ocupado de la campaña electoral del senador de Virginia. Se sentía amada, mujer, bien…completa.
Un gruñido la sacó de sus pensamientos y percibió los dos ojos verdes mirarla intensamente. Esos ojos…tenía la impresión de descubrirlos una y otra vez... habría podido dibujarlos a la perfección, pero cada día se asombrada con su brillo, con su color…
-¿Gina, todo bien?- preguntó Emma atándose el pelo
-Belle llegará esta tarde- dijo ella
Emma se pasó una mano por el rostro para acabar de despertarse, después golpeó la cama para que Regina volviera a sentarse en ella.
-¿Y? ¡Sabes bien que te ha perdonado!
-¡No estoy yo tan segura!
-Regina, comprendió que no tenías elección. Se sintió feliz por pasar las últimas semanas de Rumple con él. Y además, ya hace un año y medio.
-Un año y medio o veinte años, el dolor será siempre el mismo, Emma- murmuró bajando sus hombros
La rubia la miró sin soltar palabra. Parecía perpleja. Se giró hacia el despertador y gimió sin contención.
-Aún dos horas, podría dormir dos horas aún antes de ir al curro
Regina reviró los ojos y gruñó a su vez
-Hacerte trabajar el día de Acción de Gracias, ¡qué idea!
-Pfff…ya…pero bueno…un sheriff nunca tiene vacaciones. Pero no te preocupes, estaré a la hora de la cena
Emma no era sino adjunta del sheriff, pero se divertía pavoneándose delante de la morena en cuanto podía.
-Sí, no me dejes sola con tu familia, tengo miedo de no poder responder a todas sus preguntas a la vez.
-¡No me preocupo por ti! Solo tienes que ponerte tu vestido negro, y estoy segura de que no abrirán la boca
-¿Por qué?- preguntó Regina frunciendo el ceño
-¿Prefieres que hable del profundo escote hasta el ombligo o de la tela que se ciñe perfectamente a tu…?
Regina colocó una mano sobre la boca de la rubia para que no acabara esa frase vulgar.
-¡Si acabas esa frase, juro que te mato, sheriff!
-¡Gina, de todas maneras, todos te adoran!
Era verdad
La rubia hundió sus esmeraldas en sus homólogos mucho más oscuros y sonrió.
-Te amo
Ella extendió el brazo hacia la mesilla de noche para coger su paquete de cigarros.
-Emma!- la reprendió Regina agarrándole la muñeca
-¿Qué?
-Te agradecería que no fumaras
Emma volvió a recostarse y suspiró de frustración.
-Gina, no es…
-Escucha- cortó Regina atrapando la mano fumadora de Emma –Es muy sencillo, si te atreves a coger ese cigarrillo…
Ella se alzó para colocarse a horcajadas sobre Emma agarrando aún su mano
-….estos dedos…
Regina agarró el índice y el corazón de su rubia y los deslizó hacia su boca pasando su lengua sobre ellos.
-¡Gina!
Después, los sacó y se inclinó sobre Emma cuyas pupilas estaban dilatadas al máximo.
-…jamás volverán al campo de juego- murmuró con voz ronca de placer.
Emma jadeó, jamás se cansaría de esa mujer. Le quitó la parte de arriba a la morena sabiendo muy bien que no llevaría nada debajo y que la vista de ese cuerpo siempre la inflamaba.
-Ok, jamás podría pasar sin ese campo de juego- dijo ella alzando la cabeza para atrapar los labios de su amazona
Pero en lugar de eso, dos dedos se posaron sobre los suyos, y Regina sacudió la cabeza de izquierda a derecha.
-Lo siento, pero no he acabado, Emma- dijo burlonamente mientras metía un dedo suavemente en la boca de la rubia.
-Si esta boca continúa dando caladas a cigarrillos, jamás podrá, y digo jamás, volver al campo de juego.
Emma terminó de succionar la yema del índice de su novia y quedó aturdida, sus oídos zumbaban.
-Dejo de fumar, inmediatamente- declaró ella –Solo si…
-¿Si?
-¡Si recibo una recompensa!
Los ojos de la morena se velaron de repente y volvió a meter los dedos de Emma en su boca mientras frotaba su pelvis en la de ella. Emma tenía la impresión de ser la silla del caballo que Regina había comprado unos días antes.
Con mano autoritaria, sacó los dedos de su boca y los deslizó mucho más al sur. Trazó, por el camino, arabescos sobre su piel y terminó delante de su entrada ya húmeda y lista para acoger a Emma.
-Gina…Te juro que tu contoneo me matará- dijo con voz estrangulada
-¡El placer es todo mío!
Emma acarició el monte de Venus de Regina, haciendo que detuviera los movimientos. Le gustaba acariciar durante minutos ese sitio que era enteramente de ella. Estaba loca por él, amaba saber que la morena le reservaba ese sitio a ella y solamente a ella. Poco a poco, hizo deslizar sus dedos entre los pliegues de la joven pensando por dónde comenzar para hacer languidecer a su novia.
-¡Emma!- previno Regina cuando ella la penetró
Emma invirtió las posiciones manteniéndose dentro de ella y la colocó cómodamente sobre las sábanas. Se tomó tiempo para grabar esa imagen en su mente. Los cabellos de Regina estaban esparcidos por las almohadas y su busto al descubierto se elevaba al ritmo de su respiración aún calmada. Emma acarició el interior del esculpido muslo con la ayuda de su mejilla y besó el otro solo para poder tener la textura dulce en su lengua y entre sus dientes.
Cuando ascendió su mirada, encontró una expresión divertida en el rostro de la morena.
-¿Qué?-preguntó con voz ronca
-¡Me gusta la forma que tienes de redescubrirme cada vez!- resopló Regina, conmovida
-¡Amo redescubrirte cada vez, créeme! ¡Es tan bueno!
Era evidente que ambas habían evolucionado. Regina volvió a atraer a Emma sobre ella, no podía estar sin acariciar sus costados, bajó hasta sus caderas para terminar en sus muslos provocando en Emma estremecimientos.
Con los codos a cada lado de la cabeza de la morena, Emma podía cómodamente pasar sus dedos por los sedosos cabellos de la morena mientras la besaba con pasión. A menudo sus labios se perdían en el lóbulo o en el cuello de Regina, y obtenían como respuesta ligeros gemidos de placer.
Regina rodeó la fina cintura para pegar sus dos bustos, uno sobre el otro. Le gustaba esa sensación que electrizaba su cuerpo y hacía que la rubia derramara sobre ella todos sus encantos.
-¡Por Dios!- resopló ella sintiendo el vientre de Emma tensarse sobre el suyo.
Esa sensación inigualable la enloquecía. Los dientes de Emma aún ocupados en maltratar el lóbulo de una oreja hacían que el corazón de la morena se descontrolase. Para acentuar sus súplicas, Emma colocó una mano sobre unos de los mullidos globos de su amada que tuvo que apretar los dientes para no gritar ruidosamente.
-¿Henry, Robin y Zelena no tenían que ir a ver esta mañana la feria?- recordó Emma colocando su rostro sobre el de ella.
-¡Oh señor!- se acordó Regina, aliviada de poder dejar vía libre a sus gemidos.
Se aferró a las caderas de Emma notando los dedos de la muchacha cerca de su entrada. Pero la rubia no entró, prefirió acariciar un sitio terriblemente erógeno, justo encima del clítoris de la morena. Esta intentó ascender sus piernas más cerca de las caderas de Emma para que ella se dejara tentar por su entrada cálida y húmeda.
Emma le ofreció una sonrisa antes de morder su labio inferior.
-¡Continúa!- pidió Regina haciendo de todo para acentuar el contacto con esos dedos hábiles.
-¿Ya no nos hacemos la contenida, señorita Queen?
Regina ya no sabía si le gustaba cuando Emma la llamaba así, pero lo que era seguro es que en ese momento preciso ese nombre envió un estremecimiento por todo su ser.
La mano de Emma se cubría poco a poco del flujo de Regina y le estaba costando cada vez más no lanzarse hacia el centro de la morena.
Lamió la piel de la mujer que tenía bajo ella, que poco a poco se estaba cubriendo de una fina capa de sudor.
-¡Emma!- gruñó -¡No van a estar dos horas en la feria!
-¡Hum, hum! ¿Y a ti te gustaría, no es verdad?
-¡Por Dios!- chilló Regina sintiendo los dedos de Emma penetrarla con fuerza
Los embates tímidos fueron superados hace tiempo, y sin embargo, Emma mantenía aún cierto candor cuando penetraba a la que consideraba su alma gemela. Regina se contoneó rápidamente para poder acabar con ese dulce suplicio carnal. Pero Emma bloqueó su pelvis para imponerle el ritmo que ella había decidido.
-¡Oh no!- gruñó Regina que sabía muy bien que su compañera había decidido conducirla muy lentamente hasta el borde del precipicio para lanzarla dentro sin ningún remordimiento.
Los labios de Emma se hendieron en una sonrisa divertida y sus ojos se volvieron brasas. Aceleró sus movimientos notando cómo el vientre de Regina se tensaba poco a poco.
La morena cerró sus párpados cuando Emma salió bruscamente de ella para ponerse a horcajadas sobre ella y atrapar sus muñecas.
-¡Precisamente aquí, cariño!- susurró ella haciendo que se posaran en sus pechos para que los maltratara amablemente.
Regina comenzó a hacerlo a pesar de las descargas que comenzaban a sacudir su bajo vientre. Felizmente, no tardó mucho en ver cómo el rostro de Emma se transformaba en un rictus de placer no disimulado. La cabeza de la rubia cayó hacia atrás mientras que el cuerpo de Regina se arqueaba peligrosamente. Para no perderse, una mano de la morena pasó por la nuca de la más joven y continuó con los golpes de pelvis que Emma ya no podía dar, demasiado sumergida en la ola de placer.
Sin embargo, Regina no quería dejarla escapar tan rápidamente. Invirtió las posiciones haciendo girar a Emma. Se encontraron al revés en la cama, y Regina tiró las almohadas dando una precisa patada. Mientras que Emma se dejaba desbordar por un incontrolable orgasmo, Regina hundió sus dedos en ella para sentir las palpitaciones directamente en sus dedos.
-¡Gina! ¡Por favor!- suplicó Emma
La morena asintió lentamente con la cabeza y realizó movimientos muy rápidos, provocando un vértigo extra a Emma que buscó torpemente la entrada de la morena para proporcionarle el mismo placer.
A Regina nunca le había gustado gritar durante el sexo. Lo encontraba vulgar y totalmente sobrevalorado, pero no pudo contener el gozo que inundó la mano de la rubia al mismo tiempo que su grito se perdía por toda la casa.
Agotadas y colmadas, cayeron suavemente sobre el colchón y Emma acarició la espalda de su reina.
Después, se enderezó para apoyar la cabeza donde deberían estar las almohadas, pero Regina se lanzó sobre ella pasando un brazo alrededor de las caderas de su bella compañera cayendo riendo la una sobre la otra.
-Ha sido una tontería que no me dejaras coger esa paquete de cigarros…- refunfuñó la rubia
-Emma…
-¡Es verdad! Nunca verás el magnífico anillo que escondí dentro para pedir que te casaras conmigo…
FIN
