Resumen del Capítulo:
El ángel hace Catarsis mientras el demonio camina sobre un corredor de interrogantes. El tormento de una noche de pasión y pesares cae en forma de gotas sobre los pedazos de un corazón roto. Un ser de las tinieblas interviene en la guerra de los amantes y el universo entero se pone de cabeza.
"Tú alejas todo mi dolor, sálvame si me convierto en mis demonios"
El calor se filtra en la bruma de mi sueño. Siento un terrible dolor en mis músculos y a medida que despierto, éste se vuelve peor. El sol me da de lleno en la cara, calienta mis labios y los presiono para reducir la molestia ocasionada por los rayos solares. Soy consciente de la sensación pegajosa en mi costado por encontrarme en posición fetal, esa que precede al sudor. También soy consciente, apenas, que mis manos están atadas en mi espalda. Me sacudo y tiro de mis brazos, pero la atadura que los mantiene juntos me aprieta y me rindo luego de tres intentos.
Hago el amago de abrir los ojos, pero mis párpados son detenidos por lo que es a mi parecer, una venda. A pesar de esto, trato de erguirme y muevo la cabeza en todas direcciones. Tal vez así pueda distinguir algún sonido que me ayude a orientarme. El arrullo del viento y el susurro de las cortinas es todo lo que predomina, pero es suficiente para hacerme creer que sigo en la habitación del hotel.
No llores. No llores. No llores… Pienso, pero no puedo detener el torrente cálido y húmedo de mis lágrimas. El nudo de mi garganta se expande cuando mi mente divaga por sí sola a lo ocurrido la pasada noche.
Aprieto mis puños en mi espalda y presiono mis dientes hasta que rechinan para contener un sollozo. Hay una parte estúpida de mi mente que aún trata de convencerme de que no es así y que seguramente hay una explicación que lo justifique. Tal vez, no es tan malo como parece. Tal vez sólo estoy exagerando las cosas. Aun así, la parte sensata y realista de mí me ahoga con los alegatos de la realidad.
Kacchan, mi amigo de la infancia, al que admiro desde que tengo uso de razón… me forzó.
Sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos. El agujero en mi pecho se hunde aún más profundo porque trato de evadir la verdad, pero mi mente agotada necesita un respiro y de momento concentro todas mis fuerzas en ubicarme aunque prescindo de mi sentido de la vista.
Me flexiono para poder incorporarme, el dolor en mi cuerpo me estremece, sin embargo. Parece que cada hueso se partirá y que cada músculo se rasgará, pero me sigo contoneando como una oruga hasta que logro sentarme. El tacto bajo mis pies encuentra un enredo de sábanas y algunas almohadas por el flanco izquierdo de la cama, pero nada más. Abro la boca e inhalo bien profundo hasta que mis pulmones se llenan de oxígeno. Encuentro varios olores en el ambiente. Alcohol antiséptico, perfume de hombre, sudor, almizcle…
Sí…, estoy rodeado de la evidencia de que fui agredido brutalmente.
Admitirlo provoca un vendaval de hielo en mi cabeza. La venda que cubre mis ojos ya está lo suficientemente humedecida por mis lágrimas. Mi pecho se aprieta y siento que mi estómago se hace nudos hasta que el asco me hace querer vomitar. Aprieto mis dientes otra vez y trato por todos los medios de detener la bilis. Quiero arrancarme la piel y quitarme cada maldita marca que él me dejó. La sensación de su lengua, de su boca, de sus dientes. La quemazón de sus manos aún me sacude y quiero, definitivamente, matarlo.
Lo odio con todas mis fuerzas y duele, duele demasiado.
Aprieto mis puños por el escozor que invade de pronto mi labio inferior. Es entonces que me doy cuenta que está cortado por mis propios dientes. La frustración me llevó a morderme y herirme y no me doy cuenta de nada.
Necesito escapar, tengo que irme de este lugar. No quiero estar cerca cuando él regrese.
Uso mis piernas para buscar a tientas el borde de la cama, pero por más que las estire, no lo encuentro. Gracias a las burdas memorias de la noche anterior, recuerdo que la cama era lo suficientemente enorme como para acoger a cuatro personas. No importa. Estoy totalmente decidido a no rendirme, así que encojo mis rodillas para coger impulso, planto los pies en el colchón y me empujo hacia atrás con todas mis fuerzas. Mi espalda colisiona estridentemente contra el cabecero y un estallido de dolor me estremece.
Demonios, de todos los lugares a los que pude caer y tenía que ser justo contra la pared. Me impulsé con demasiada fuerza, ahora estoy seguro que tendré un hematoma enorme dentro de unas horas.
Tomo aire, me muevo otra vez, buscando una segunda oportunidad para aventarme fuera de la cama, pero de repente escucho un ruido ajeno y me detengo de inmediato. Alzo la cabeza hacia ese nuevo sonido. No puedo ver nada, pero mi oído se ha agudizado.
Escucho que la puerta de la habitación susurra y que unos pasos repiquetean por el suelo. El miedo me paraliza justo donde estoy, y aunque la ira hierve dentro de mí, no me puedo mover. Sé que es él. Sé que está a escasos centímetros de mí, pero no estoy listo para enfrentarlo. Estoy paralizado, con la cabeza hundida y la respiración cuidadosa y ligera.
Soy tan patético.
La cama se hunde a mi lado y una brisa tibia salpica suavemente en mi mejilla. Intuyo, que se trata de su respiración.
Mi corazón late con furia hasta que siento que va a hacer un agujero en mi pecho. Mis huesos y mis músculos, por igual, se congelan. Me quedo tan quieto que apenas puedo respirar adecuadamente y espero, y espero… pero él no hace nada salvo inspirar en mi cuello, devorando mi olor natural sin ningún tipo de vergüenza. Es peor que estar en frente de un oso Grizzly. Hacerte el muerto, tal vez te salve. En caso de Kacchan, no estoy tan seguro.
—Apenas llego y ya estas hacieno ruido. ¿No puedes quedarte quieto por un par de horas, maldito nerd?
Me sacudo descontroladamente ante su voz. Se siente más cerca de lo que esperaba. En realidad, está susurrando sobre mi oído.
No llores… Me digo internamente, aunque justo ahora, cumplir con ello es como escribir en el agua.
Las lágrimas luchan por escapar y seguir mojando la venda, pero me niego a mostrarlas y parecer aún más débil de lo que soy. Cierro los ojos con fuerza y tomo una inspiración profunda. Necesito tranquilizarme. Contengo mis emociones hasta el límite y no respondo, ni con mis labios, ni con ningún movimiento que le haga saber que lo escucho.
—Deku, Deku, Deku —masculla, acariciando mi lóbulo con su lengua húmeda y caliente. Todo mi cuerpo reacciona y empiezo a temblar como un cervatillo. Es difícil mantenerse firme cuando tienes a tu violador justo a tu lado, mientras estás atado y a su merced.
¿Qué puedo hacer?
—N-No me toques —le advierto con todo el valor que logro reunir. Estoy seguro de que se reirá de mí, o de lo contrario me golpeará por desafiarlo. Pero él no hace ni una cosa ni la otra. El chasquido de su lengua resuena en mi oreja y el hundimiento en la cama se va, acompañado de sus pasos arrastrándose por el suelo.
El golpeteo de sus suelas va y viene por todos lados. No lo puedo ver, pero me lo imagino exasperado, dando vueltas con las manos en las caderas mientras respira como un dragón exhalando fuego, tratando de agarrar un poco de paciencia para no explotar conmigo.
En efecto, sus pasos se acercan luego de unos minutos, se detienen y siento que sus manos hurgan en mi espalda. Me remuevo entre sus brazos porque no quiero que me toque de ninguna manera. Hago un intento de lucha que queda detenida cuando me percato que mis manos están libres. ¡Me ha liberado!
Esto me confunde enormemente. Abro la boca para preguntar qué está haciendo, pero me detengo cuando él entierra sus dedos en el cabello de la parte trasera de mi cabeza. Me sacudo otra vez y trato de empujarlo, pero él me sostiene más fuerte.
— ¡Déja…! —apenas logro decir, mas el alarido exasperado muere en mi garganta cuando la oscuridad abandona mis ojos.
Puedo ver.
Alzo la vista hacia él y noto que tiene mis ataduras y la venda en sus manos, acompañado de un ceño muy fruncido. Parpadeo, incrédulo. Lo sigo con la mirada mientras él se aleja de mí hasta el armario, lanza las vendas en una esquina y se sacude el pelo de forma histérica.
Kacchan me da la espalda, su mano izquierda está apoyada en su cadera, justo como imaginé que lo haría. Su otra mano aún sostiene su cabello. Da un paso hacia la pared mientras respira apresuradamente. No quiere mirarme. No quiere enfrentarme.
Prefiero mantener el silencio entre nosotros como una especie de barrera, así que me limito a mirar. Lo miro todo como si fuese la primera vez que abro los ojos. Cada espacio en la habitación, cada objeto. Los jirones de mi ropa no están por ninguna parte y esto hace que me observe de inmediato.
Estoy desnudo, o semidesnudo. Bueno, si es que los parches y vendajes que cubren mis brazos, piernas y cuello se puede considerar vestuario. Me cubro con las sábanas para no sentirme tan expuesto. No obstante, hago una comparación con mi yo de hace unas horas y no puedo evitar desinflarme por la ira, la decepción y el dolor. Parezco una versión rota y resquebrajada de mí mismo.
También noto, entonces, que huelo a jabón y que mi cabello está húmedo.
Miro al sujeto responsable de todo esto, pidiéndole una explicación con mi mirada. Su figura atormentada no se ha movido del otro extremo de la habitación, aunque ya no me da la espalda. Él espera un asentimiento de mi parte para acercarse, pero no pienso dárselo. Y él entrecierra los ojos con molestia.
Sé que me cuidó luego de que me desmayara y que atendió las heridas y moretones que él mismo causó. Pero no lo perdono. No me importa si está arrepentido o si pretende reconquistarme con sus peroratas absurdas sobre ese afecto extraño y sicótico que siente hacia mí.
Tengo cuidado de sostener débilmente su mirada mientras me arrastro por la cama hasta que ya no queda espacio entre mi espalda y la pared de madera. Quiero crear cuanta distancia sea posible.
Kacchan suelta un resoplido que es una mezcla de fastidio y tortura. Se da la vuelta para hacer un recorrido a través de la habitación hasta que se detiene frente al armario. Aprieto los dientes cuando él me mira un instante sobre su hombro, con unos ojos rojos increíblemente cansados y ojerosos.
Estrecho mis párpados, diciéndole cuánto lo odio sin necesidad de palabras.
Kacchan suelta el aire de pronto, como si se rindiera de este duelo de miradas. La tristeza hunde sus hombros, pero no dice absolutamente nada. Se limita a quitarse la casaca de cuero y dejarla tirada en el suelo. Es entonces que me doy cuenta que toda su ropa está mojada, llena de lodo, suciedad, y rasgaduras.
Me estremezco cuando él comienza a desnudarse en silencio en frente de mí. ¡Va a hacerlo otra vez! Todo mi cuerpo reacciona y quiero escapar, quiero alejarme de él, aún si tengo que saltar por el balcón. Un sollozo se construye en mi garganta, la ira es reemplazada por el pánico y doblo mis rodillas hasta mi pecho para protegerme de alguna manera.
Él se desviste sin detenerse un instante para mirarme y por un momento creo que se lanzará de nuevo contra mí para usarme como hizo antes. Pero él me ignora y sigue en su faena.
Aun así, no me muevo, porque mi cuerpo no me responde y mis ojos no se apartan de él ni un instante. Kacchan no se acerca, y mantengo la esperanza de que después de todo no me atacará.
Ha quedado en boxers, entonces la sorpresa me invade y los párpados se me abren hasta lo imposible.
Hay sangre.
Mucha sangre.
Mi corazón palpita a mil por hora, el instinto de años y años de admiración y cariño hacia él se activa como si alguien hubiese tocado un interruptor. Me preocupo. ¡Con un demonio! ¿Por qué me preocupo? ¿Por qué me importa?
Mas no lo puedo evitar y adolorido como me siento, gateo unos pasos por la cama para acercarme y apreciarlo más de cerca. La sangre en su ropa es minúscula comparada a la cantidad de sangre que mancha su piel y brota escandalosamente de la herida en su costado. Él luce duro e indiferente, pero el corte que atraviesa en diagonal desde su cadera hasta sus costillas se ve asquerosamente profundo y malo.
—K-Kacchan… —inmediatamente me muerdo la lengua y no digo nada más. No debería importarme, lo odio por lo que me hizo, quiero que se pudra… pero toda esa sangre. Suelto un sonido que es una mezcla de gemido y sollozo. Fue tan bajito que apenas pude escucharme, mas Kacchan sí pudo y se voltea a hacia mí con una ceja levantada.
—No te asustes, no te voy a tocar de nuevo —dice, recogiendo la ropa del suelo para dejarla a un lado en un rincón—. Sólo voy a tomar un baño. Tengo que salir otra vez. —Explica, con una seriedad increíble en su voz. Él comienza a caminar en boxers por la habitación, se engancha una toalla en el hombro y yo hago el intento de levantarme—. ¡Ni se te ocurra levantarte de esa cama! —Grita, señalándome con un dedo fiero—. Tienes que descansar.
Trago duro un nudo en mi garganta, no obstante, obedezco y me siento sobre mis tobillos.
—No te preocupes por esto —dice, señalando la herida que al parecer lo ha estado molestando toda la noche—. Volveré en un momento. Más te vale no moverte, maldito nerd. —Señala con ese dedo fiero a un frasco sobre la mesita a un lado de la cama y un vaso de cristal con agua fresca—. Son calmantes. Si tienes dolor, toma sólo dos y después acuéstate para que haga efecto. —Sus ojos se suavizan de pronto, se hacen cálidos y amables; algo que contrasta enormemente con su explosiva personalidad—. Sé que fui demasiado rudo contigo… lo siento.
Eso… definitivamente me deja en shock.
¿Kacchan se ha disculpado?
Los vellos de mi nuca y mis brazos se erizan, no puedo evitar que mis manos se cierren en puños y que todos mis músculos se tensen. No tenía idea de lo mucho que deseaba escuchar esas palabras hasta que salieron de su boca. Tantas veces, desde niño, quise que él me mirase del modo en que lo hizo, con verdadero arrepentimiento, y me dijese 'lo siento'. Ahora, después de todo el dolor que ha inyectado bajo mi piel, siento que su disculpa es un eufemismo y que a pesar de todo no puedo perdonarle.
Experimento, entre muchas cosas, una mezcolanza de sentimientos que divagan entre las ansias, el miedo y la molestia cuando él suspira y sale del cuarto.
No sé cuánto tiempo me quedo mirando el punto donde Kacchan ha desaparecido. Empero, y aunque lucho en contra de eso, no dejo de revivir la imagen aterradora de sus ojos mientras entraba en mí y repetía mi nombre una y otra vez mientras me besaba.
Ellos estaban atiborrados de locura.
Ahora sé cuán rota está su mente y cuál es el nivel de su obsesión hacia mí. Fallecí en su tiempo, al parecer, cerca de él. El modo en que se culpa y se odia me provoca la sospecha de que morí en sus brazos y que no pudo hacer nada al respecto. Esto destrozó su cordura, y ahora, que me tiene, no sabe cómo lidiar conmigo.
Kacchan es un laberinto de emociones ahogadas con nitroglicerina. Un movimiento en falso lo puede hacer estallar.
Los pasos provenientes del pasillo me hacen volver a la realidad y dejar mis divagaciones de lado. La puerta se abre y esta versión adulta y demoniaca de mi amigo entra con pasos seguros, ágiles. Con largas zancadas se desplaza por la habitación, el pelo mojado y una toalla envuelta en la cintura. Lo sigo con la mirada, permitiéndome apreciar su desnudez.
Ayer él no se quitó la ropa, haciéndome sentir miserable, como un objeto que puede romper y desechar cuando quiera. Pero ahora se atreve a caminar sin armaduras delante de mí y mientras observo embelesado el tatuaje con forma de alas que cubre sus omoplatos, me siento como diecinueve variedades de estúpido.
Él se detiene en seco y me mira de soslayo. Casi puedo jurar que he visto un atisbo de sonrisa en sus labios… Casi.
Él luce bastante feliz y cómodo con este extraño ambiente mientras deja caer la toalla sin una pizca de vergüenza y camina desnudo hasta el armario.
Desviar la mirada con un sonrojo en mis mejillas significa que he perdido ante él, pero no lo puedo evitar. Mis ojos se clavan en mis puños apretados. Me gustaría poder hacer algo además de quedarme aquí, temeroso y enojado mientras espero a que él decida qué hará conmigo. No obstante, sé que es lo mejor que puedo hacer. Él tiene una fuerza injusta y una furia sin control, mientras que yo tengo cero músculo y timidez.
Las probabilidades de que salga en una pieza si lo enfrento, son nulas.
Kacchan se pone su ropa interior y unos pantalones oscuros que deja desabrochados. Busca algo en la parte superior del armario, saca una caja mediana de color blanco. Se sienta en el diván junto a la ventana con ella entre las piernas. Yo, en cambio, lo sigo con la mirada a hurtadillas. No quiero que me pille mirándolo, porque no quiero que piense que me importa su condición.
Centrado solamente en lo que sea que esté haciendo, moja un trozo de algodón entre sus dedos usando una botella pequeña que sacó de la caja. Por el olor que ha saturado el espacio, intuyo que se trata de alcohol. Entonces, hace una mueca de anticipación justo antes de pasar el algodón por su herida. Frunzo las cejas cuando a él se le escapa un quejido, aunque sigue limpiando valientemente.
Los nervios de mis manos se mueven ansiosos, porque no soporto la promiscuidad de emociones que me hacen querer golpearme. Hay una parte sádica de mí que desea tomar esa botella de alcohol y verterla en su herida; mientras que hay otra, temerosa e ingenua, que quiere tomar el algodón y limpiar ese corte por él.
Kacchan muerde sus labios en el instante que la aguja atraviesa su piel. Él mismo está cerrando el corte con una sutura no muy profesional y yo sólo estoy aquí, sentado como un imbécil, observándolo embobado cada vez que la aguja penetra y sale de la carne.
—Deja de mirarme con esa cara —advierte, sin mirarme. Está pendiente de mí aunque sus ojos están centrados en su trabajo.
Me sobresalto porque él me descubrió espiándolo y desvío los ojos hacia otro punto. La preocupación y la curiosidad es más fuerte, sin embargo; vuelvo a observarlo, ésta vez con una mirada cáustica.
— ¿Qué te pasó?
Kacchan suelta una risita entre dientes, irónica, de las que más odio en la vida. Sacude su cabeza como si no pudiese creer lo que escuchaba y dice—: Fui lanzado contra el aparador de una tienda. Los cristales de la vida real no son como los de las películas, Deku. Ellos cortan.
Parpadeo, sorprendido por su respuesta. — ¿Cómo?
Sus cejas se alzan hasta el nacimiento de su cabello y su sonrisa de pronto es más amplia. — ¿Cómo? Entrando en la piel, imbécil. Las cosas afiladas pueden hacerlo.
— ¡No! —Chillo con una mezcla de ira y fastidio—. Quiero decir, ¿cómo terminaste volando contra el aparador de una tienda?
Todo el humor se escapa de pronto de su expresión. Es como si la máscara despreocupada y burlona se hubiese destruido para dejar al descubierto a un Kacchan analítico, serio y calculador. Sus pupilas me repasan con el detalle de una pantera. Siento que me estremezco, que el miedo vuelve y que no debí preguntar con tanta familiaridad.
Él nota mi recogimiento, su expresión se suaviza de inmediato, pero la seriedad sigue incrustada en sus ojos. Desconecta la vista de mí, mira el suelo con las cejas juntas en medio de su frente y resopla, resignado.
—Le di una paliza al villano que te atacaría a ti y a mi versión inútil. —Dice en un susurro, pero soy capaz de escucharlo con claridad y me espanto—. El muy imbécil tenía una especie de habilidad de absorción. Me atacó mientras usaba al otro Katsuki de rehén. Mi propio Quirk me mandó a volar y… ¿Por qué coño estás llorando?
Grita de repente y yo toco de inmediato mis mejillas. Están húmedas y calientes. Mis párpados, por igual, humedecen mi rostro sin importar lo que yo quiera. Y no quiero llorar. No quiero verme débil, ni mucho menos simpatizar con él. Debería estar feliz de que salvara a Kacchan. Debería estar feliz de que saliera herido. Entonces, ¿por qué estoy llorando? ¿Por qué siento un agujero en esa zona especial de mi pecho?
—No lo sé —digo, relajado, sin expresión, aun así llorando sin parar.
Kacchan hace una mueca de absoluta molestia. Un tic mueve su párpado izquierdo y se levanta del diván. Totalmente erguido, cuadra los hombros y hace su recorrido amenazador hasta mí, con los ojos encolerizados. — ¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué cojones estás llorando ahora? ¡Por la puta mierda! ¡Salvé a ese imbécil porque querías que lo hiciera! ¿Ya no quieres que lo salve? ¿Quieres que lo mate?
— ¡No! —Grito de inmediato, exaltado, me pongo de pie, olvidando por completo que no tengo ropa que me proteja de su mirada y corro hasta que colisiono contra su pecho—. ¡Por favor no! ¡Déjalo en paz!
— ¿Entonces por qué lloras? —dice, más tranquilo, aunque no menos molesto.
No me muevo. Ni respondo, porque yo mismo no conozco la respuesta. Una parte de mi cerebro me grita que lo golpee y le grite y huya y lo mate. La otra, la más tranquila, me recuerda todo lo que él está haciendo por mí y todo lo que es capaz de hacer.
Su bipolaridad oscila entre el cariño que me profesa y la irritación de no poder hacer lo correcto para complacerme.
Honestamente, no sé cuál de las dos partes odio más.
Y hay tantas contradicciones en mí.
De pronto él toma una gran respiración mientras yo tiemblo contra su pecho amplio y fuerte, mi mejilla presionada contra su piel, sintiendo de primera mano la percusión que ha iniciado su corazón. La mirada penetrante de Kacchan acuchilla mi nuca. Él levanta su mano, despacio, intenta tocar mi mejilla con sus dedos, pero yo doy un paso atrás y la aparto de un golpe. Sus ojos se oscurecen hasta que el rojo de sus pupilas parece una laguna de sangre y un músculo se mueve en su mandíbula.
—No me toques —le recuerdo, llenando mi voz de ácido.
—Pero él si puede tocarte cuando quiera, ¿no es así? —dice mordaz. No sé de qué está hablando hasta que estalla y ruje contra mí—. ¡¿Él puede humillarte cuanto quiera, pero a mí me rechazas?! ¿Por eso querías que lo salvara? ¿A él sí le puedes abrir las piernas…?
Su voz se apaga en el instante que mi puño aterriza en su pómulo. Él recibe el golpe con un gesto de sorpresa en su rostro, pero no se aparta y estoy preparado para darle otro, pero me contengo mientras sostengo mi muñeca, ahora, adolorida.
Un destello de ira quema y escuece en mi torrente sanguíneo. No puedo creer que esté diciéndome esto cuando él me forzó a pesar de que le rogué que se detuviera. No puedo creer que él no se dé cuenta de todo lo malo que está siendo, lo egoísta y descabellado que suena.
Kacchan no dice ni hace nada en un largo rato. Aún tiene la cabeza ladeada por el contacto con mi puño y yo aún estoy respirando como si de repente el oxígeno se me fuese a acabar. La ira ha empujado más lágrimas fuera de mis párpados y mi labio inferior tiembla vergonzosamente, pero no me importa. A estas alturas nada me importa.
— ¡Te odio! —grito, encolerizado. Mi voz suena derrotada, dolida, iracunda y me dejo llevar a donde quiera que la furia me lleve—. ¡Eres lo más despreciable de la tierra! ¡No tienes derecho! ¡Ojalá nunca me hubiese topado contigo! —Mi voz se apaga lentamente, dejo de gritar a medida que su cabeza gira muy despacio hasta que sus ojos encolerizados se conectan con los míos—. ¿P-Por qué lo hiciste? —Sollozo—. Yo iba a escogerte… —Digo, con la voz rota por el llanto—. Iba a ir contigo a donde me dijeras. Pero no confías en mí y creíste que lo mejor e-era… —sorbo por la nariz, incapaz de decir la palabra correcta y uso un eufemismo—, forzarme.
—Deku… —Dice y estira sus manos hacia mí.
— ¡No te me acerques! ¡No te atrevas a acercarte! —doy unos pasos atrás, huyendo de su contacto.
—Creí que habías entendido, Deku —dice con una voz rasposa e increíblemente tranquila. Su serenidad se siente muy errónea en esta situación. Quiero responder algo, pero sus ojos fríos me congelan y las palabras se me atascan en la garganta.
Puedo jurar que toda la sangre ha abandonado mi cuerpo. La distancia entre nosotros no es suficiente ahora mismo. Necesito alejarme, pero no puedo moverme. La poca iluminación en la alcoba tiñe su rostro con sombras, eso lo hace lucir más peligroso que nunca. La frialdad de su mirada lo hace ver cruel y su postura amenazante lo hace lucir salvaje.
—N-No te acerques… —Digo otra vez en cuanto él comienza a caminar, pero no se detiene. Sigue avanzando y yo sigo retrocediendo. El miedo se transforma en terror en cuanto mi espalda choca con la pared. Aun así, Kacchan sigue acercándose hasta que invade mi espacio vital.
— ¿Me temes, Deku? —su rostro sigue inexpresivo, pero su voz es inestable y ronca. Una de sus manos se alza y acaricia mis pómulos con la yema de sus dedos.
—N-No —miento terriblemente.
—Deberías —su voz es un témpano de hielo—. Deberías salir corriendo ahora mismo, huir de mí. Aunque no sé si vaya a dejarte.
—No te tengo miedo —digo, un poco más convencido de mis propias palabras. Me obligo a mirarlo a los ojos—. No vas a hacerme daño otra vez.
Suena más a una pregunta que una afirmación, aun así me aferro a esa esperanza mientras lo enfrento con el escaso valor que he logrado mantener a flote.
— ¿Lastimarte? —parpadea, confundido. Su ceño se frunce mientras busca una explicación en mi rostro y yo le devuelvo una mirada igual de confundida.
No.
No puede ser posible que él no esté consciente de sus actos a este nivel. Es imposible. Me ha estado intimidando todo este tiempo. Mi cuerpo está lleno de cardenales que él mismo trazó. ¡Intentó ahogarme! ¿Y no se ha dado cuenta de que me ha estado lastimando?
—No estabas hablando en serio, ¿verdad? —Pregunta, niega con su cabeza y su voz se siente temblorosa y más inestable que nunca.
Él en verdad está sorprendido.
— ¿Te lastimé? —más que una pregunta, es un grito de desesperación. Sus párpados se abren hasta que sus ojos casi salen de sus cuencas. Respira apresuradamente, agarra mis brazos en la zona de mis bíceps y me sacude—. ¿¡Te lastimé, Deku!? ¡Responde!
Ahora sí me está asustando. Aparto sus manos de mí y me prenso contra la pared, que es mi enemiga y mi aliada por igual.
—Sí —respondo en una exhalación y su reacción sólo empeora. No entiendo nada. ¿Qué está sucediendo?
— ¿Por qué no lo dijiste? —paralizado y aterrado, Kacchan me recorre con sus pupilas dilatadas. Examina cada tramo de mi piel y vuelve a mis ojos.
—Te lo dije —susurro, porque sigo sorprendido y en shock. De todas las facetas que he visto de Kacchan, esta es la que más me espanta.
— ¿Cuándo? Nunca dijiste que te estaba lastimando. No lo recuerdo.
—Te pedí que te detuvieras.
—Estabas siendo tímido —responde y yo no puedo creer que en verdad se haya convencido de esa excusa.
— ¿Te parece que sólo estaba siendo tímido? ¡Mírame! —estallo, alzo los brazos y le muestro mis extremidades vendadas—. ¡Trataste de matarme! —le recuerdo, mostrándole la gaza que cubre mi cuello.
— ¡No! ¡Preferiría morir que hacerte daño, Deku, creí que había sido claro! —Él también estalla y sus palabras furibundas me llevan de inmediato al recuerdo de anoche, donde él me dijo algo estremecedor.
"Mataría por ti, Deku…, y eso me incluye"
Sacudo mi cabeza. Le creo. No puedo negar que le creo, pero… no puedo estar con alguien que me lastima y ni siquiera se da cuenta.
—Deku, escucha. Yo… dije que te protegería, ¿recuerdas? —Su voz tiembla mucho, está asustado de mí, de que lo odie y me aleje—. Estuviste de acuerdo en quedarte conmigo, Deku, tú… ¡tú me aceptaste!
— ¡Tenía miedo! —Digo mientras lloro y él enmudece.
Su cara es el cuadro de la desesperación y la sorpresa. Abre la boca y la deja abierta. Parece que quiere decir algo más, pero las palabras no salen. Entonces, sus ojos se cierran mientras muerde sus labios. Él da algunos pasos hacia atrás y deja la distancia entre nosotros intacta.
—No sé… controlarme —masculla. Por un momento creo que me está dando una excusa innecesaria, pero cuando lo miro fijamente, entiendo que habla consigo mismo. Entonces, deja de mirar el suelo y me mira con una expresión vacía y rota. Mi pecho se aprieta y, definitivamente, me odio por esto—. Te llevaré a casa.
Me paralizo ante su declaración. Mi irritación se siente cada vez menos intensa; mi mente lo agradece, a pesar de todo. Y es que el miedo actúa de forma extraña en mí, se transforma en algo similar a la irritación. Estoy a la defensiva todo el tiempo mientras mi inconsciente grita por un poco de aire. Y cuando por fin logro respirar…, no sé qué hacer.
Como ahora, que Kacchan me abre las puertas y yo no puedo hacer otra cosa salvo quedarme quieto, analizando todo lo que ha sucedido entre estas cuatro paredes en los últimos diez minutos.
Al final del día, mi mente sólo está en blanco.
Él ya no me mira. Se apresura a alejarse de mí, su mirada me esquiva en lo que camina hasta el diván donde antes atendía su herida. Saca un parche de la caja blanca y se lo coloca sin mucho cuidado, entonces, en silencio, toma una playera negra del armario y termina de vestirse.
Quiero decir algo, pero entonces me doy cuenta que no hay nada que decir. No lo perdonaré. No me convertiré en un insulso masoquista miedoso que sólo espera a la siguiente golpiza. Voy a regresar a casa y voy a lamer mis heridas por toda la noche en los brazos de mamá, entonces me levantaré al día siguiente con las fuerzas necesarias para vivir mi vida como yo quiero. Voy a estudiar y voy a ingresar en UA.
No importa lo que pase, voy a ser un héroe.
—Ponte esto. —Kacchan me lanza algo que tomo al vuelo y noto que se trata de una de sus playeras. Mi ropa quedó hecha jirones, así que tendré que sobrevivir con la suya hasta que llegue a casa.
También lanza unos pantalones, pero no logro alcanzarlos y éstos caen en el suelo al otro lado de la cama. Lo miro con reproche, pero él ya me ha dado la espalda. Muerdo mis labios en respuesta, y me coloco la playera que me devora hasta los muslos. Me veo mucho más pequeño metido en esta prenda enorme.
El silencio es una atmósfera densa e incómoda a nuestro alrededor, no obstante, ninguno de los dos hace nada para romperlo. Kacchan termina de abrochar sus botas militares mientras yo busco esos enormes pantalones por el suelo. Me deben quedar incluso más ridículos que la playera, estoy seguro.
Suelto el aire en un suspiro agotado mientras gateo en busca de la prenda y apenas la tengo entre mis manos… la habitación explota.
— ¡Kacchan! —Grito y caigo estridentemente contra el suelo con un peso demoledor sobre mi espalda.
Choqué contra la pared por la onda expansiva, el fuerte golpe en mi cabeza me desorienta un segundo, la sacudo para alejar la confusión y toco mi frente. Una tibia humedad moja mis dedos, alarmado miro mis manos. Me paralizo ante la mancha de sangre.
Parpadeo, despierto por completo y me doy la vuelta. Kacchan está justo encima de mí y por un momento creo que me ha atacado, pero él se levanta de inmediato, me empuja para que me mantenga en el suelo y gira rápidamente a la zona de la explosión.
— ¡Quédate detrás de mí! —Grita al tiempo que me da la espalda. Pequeñas chispas salen de sus manos. Tiene los hombros encorvados hacia delante, como acostumbra hacer cuando se enfrenta a alguien. Como los depredadores. Empuja una maldición fuera de sus labios y se prepara para el ataque.
Yo, en cambio, no me puedo mover. Estoy paralizado y adolorido en el suelo, a un escaso metro de sus piernas.
—Black Vacuum. —Alguien dice, pero no lo puedo ver. Kacchan obstruye mi visión. No sé si es para ocultarme, o para protegerme. Puede que sea un poco, o mucho, de ambas.
Continuará…
Próximo Capítulo: "Redención"
