De rey León, a Gatito salvaje


Los personajes son de Stephanie Meyer. La historia es completamente mía.

Summary: Un buen día, Edward Cullen decide escapar de lavida de lujos que ha llevado; nunca imaginó que buscando su destino encontraría el verdadero amor...

¿Dónde vives?, te llevo –ofrecí

Por ahora... en ninguna parte –susurro...

–... entonces vendrás conmigo


Capitulo 21: Antídoto

Bella POV

No hubo pánico.

El cañón del arma apuntaba a mi pecho y aún así no sentía temor, era como si estuviera viendo todo desde fuera. Parece mentira pensar que no tenía miedo, pero la realidad es que no sentía ese cosquilleo por detrás de la nuca ni el corazón acelerado. Sabia a la perfección que me encontraba en peligro, sin embargo mi cuerpo no parecía estar procesando esta información.

Levante la vista al escuchar un bajo gruñido. El chico rubio parecía más molesto que hace unos segundos.

– Dime algo ¿te han disparado alguna vez? –

– No – mi voz no sonaba quebrada o desesperada.

– ¿Y quisieras saber cómo se siente que te disparen? –

Apreté los puños. Seguía sin sentir pánico, en ese momento estaba más cerca de la furia que del terror.

– No – repetí.

El imbécil sonrió de nuevo.

– Muy bien. Podemos terminar esto muy pronto, si eres lista y haces lo que te diga me iré y no te haré daño. Pero si intentas algo estúpido, me veré en la necesidad de darte un tiro o dos, y no estoy de humor para jueguitos estúpidos ¿entiendes lo que te digo? –

– Si –

– ¡Maravilloso! Ahora, necesito que me digas ¿Dónde guardan el dinero? –

Mi cerebro comenzó a trabajar más rápido. Intentaba encontrar alguna respuesta que me diera tiempo de salir corriendo hacia mi auto. ¿Habría más ladrones afuera? ¿No sería mucho más seguro hacer lo que me decía y que se largara de una vez? De verdad, no entendía como dentro de mi cuerpo no encontraba ni siquiera un pequeño indicio de miedo.

El sonido de un pequeño y delicado clic metálico, me regresó al presente.

– ¿Acaso no te quedó claro lo que acabo de decirte? Si tardas demasiado en contestar, asumiré que estas mintiendo. Créeme un disparo en la rodilla duele como los mil demonios –

Parpadeé, entendiendo que el ruido que había escuchado, debía ser el seguro del arma. En efecto, nunca me habían disparado, pero era la hija de un oficial de policía, por lo que conocía a la perfección las terribles cosas y el daño irreparable que podía llegar a causar un arma.

De pronto el recuerdo de la voz de mi padre aconsejándome, me golpeo como un camión: "Si te encuentras en peligro por culpa de otra persona, dale a la persona lo que quiera. Es más probable que se distraiga y logres o bien escapar o ponerte a salvo".

– No intento mentir, pero no estoy segura de que haya dinero aquí –

Soltó una baja y macabra carcajada.

– ¿Intentas decirme que, no ganan un solo centavo por toda la gente que llega a este maldito lugar, noche tras noche? Esta será la última vez que lo pregunte de forma amable. ¿Dónde carajos está el dinero? –

Levante las manos, intentando parecer asustada y cooperativa.

– Juro que es la verdad, los dueños se llevan el dinero cada noche. Pero... creo, no estoy segura pero quizás guarden el fondo para emergencias arriba –

Levante la vista, hacia la pequeña cabina que usaba Sam para manejar la música.

Él siguió mi mirada y rápidamente volteó a verme de nuevo. Se me acercó hasta que su brazo rozaba el mío, lo que le permitió mantener el arma justo enfrente de mis ojos. Su cara permanecía detrás del cañón, como una macabra mascara en segundo plano.

En un rápido movimiento tomo mi cabello, formando una bola castaña en su puño izquierdo y lo jalo hasta que mi cuello quedo arqueado. Apreté los ojos con fuerza, el maldito me hacía daño en serio.

– Dime algo muñequita... ¿no me mentirías cierto? –

– N-no, no te mentiría –

Se quedó quieto de pronto.

– ¿Hay cámaras en este lugar? –

Intenté pensar que sería más idóneo responder. Si decía que había cámaras ¿me mataría, o simplemente saldría corriendo del lugar? Apreté los puños con fuerza, cundo sentí que tiraba de mi cabello de nuevo.

– No, no hay cámaras –

– Muy bien, ahora – casi tan rápido como había tomado mi cabello, me soltó al mismo tiempo que me empujaba hacia un lado, el brusco movimiento hizo que callera de rodillas al piso. Apenas pude contener el gemido de dolor por eso – No te muevas de ahí, si intentas algo te dispararé –

Asentí.

Se acercó con pasos lentos a la escalera, sin quitarme la vista un solo segundo. Subió las escaleras sin dejar de verme, para asegurarse de que no me levantara, por lo que me quede muy quieta. Intentaba no sonreír o hacer algo que me hiciera ver satisfecha. Era un ladrón y estaba armado, pero era estúpido y descuidado, esto no era algo que hacia constantemente. Años de charlas con mi padre, me habían enseñado algunas cosas. Si fuera experto en la materia, me habría llevado con él, para asegurarse de que yo no hiciera algo; no, definitivamente no era un experto, un delincuente experimentado me habría quitado el móvil, antes de iniciar con toda esta maldita situación.

Me quedé en la misma posición hasta que lo vi entrar al cuarto de música y girarse para comenzar a vaciar los anaqueles y cajones. En cuanto estuve segura de que estaba entretenido me quite el pequeño bolso. Busque rápidamente mi móvil y mi billetera. Me gire una última vez, para asegurarme de que no me veía y tan rápido como pude me arrastré sobre rodillas y manos hacia la parte trasera del bar.

Cuando llegue a donde sabía que era muy poco probable que escuchara mis pasos, me puse en pie y corrí hasta toparme con la puerta que daba al cuarto de lavar. Además de la entrada principal, era la única puerta que contaba con un seguro en la perilla, además de un enorme pasador que no tenía pinta de poderse doblegar con facilidad.

Puse ambos seguros y con manos algo temblorosas comencé a marcar. Todavía no sentía miedo, pero si una familiar sensación de adrenalina corriéndome por las venas; tenía que darme prisa, el maldito podía encontrarme de un momento a otro.

Me llevé el móvil al oído, mientras buscaba un lugar donde esconderme, sólo por si acaso la puerta no resistía demasiado. Acababa de meterme detrás de una enorme pila de cajas de pastico, cuando la voz al otro lado de la línea respondió.

– ¿Bella? –

Me mordí el labio con fuerza, Edward sonaba adormilado.

– Edward, estoy en el bar. Un hombre entro y está armado – hable tan bajo y tan rápido como pude.

Escuche muchos movimientos al otro lado de la línea.

– ¿Exactamente dónde estás cielo, ya llamaste a la policía? –

– Yo no... – entré un poco en pánico. ¿Por qué no había llamado a la policía?

Escuche a Edward hablando, pero no conmigo. No entendía que pasaba. Alejé el teléfono de mí y presté atención, no escuchaba pasos cerca, esperaba que fuera una buena señal. Acerque de nuevo el teléfono a mi oído, algo sonaba al otro lado, como chocando con la bocina.

– ¿Edward? –

– ¿Éstas bien? – su voz sonaba entrecortada.

– Eso creo, estoy encerrada en un cuarto con llave. Pero no sé cuánto tiempo le tome encontrarme – intenté hablar más bajo, para no delatarme.

– Todo saldrá bien, la policía va en camino y yo también. Solo no cuelgues cielo –

Por fin entendí, Edward debía haber llamado a la policía mientras estaba en casa. Lo que se escuchaba que chocaba contra el teléfono era el viento. Edward debía llevar el móvil en altavoz y por todos los cielos, debía ir conduciendo la bendita motocicleta, sin casco.

– Ten cuidado –

– Estaré ahí en menos de cinco minutos Bella, no te muevas de donde estás –

A pesar de la situación, abrí los ojos como platos por las palabras de Edward. ¿Acababa de decir cinco minutos? Miré en el móvil, los minutos transcurridos de la llamada, llevábamos hablando cuatro minutos y veintisiete segundos. El bar estaba como mínimo a media hora de casa. Cerré los ojos con fuerza e intenté no soltar el teléfono. Edward debía ir a una velocidad muy por arriba del límite, si pensaba que podía llegar en unos cuantos minutos.

Escuché de pronto un enorme golpe afuera. Parecía que el hombre estaba destrozando todo el lugar. Apreté el teléfono con fuerza.

– Edward... – mi voz fue apenas un susurro.

– Quédate ahí, no hables ¿de acuerdo? No te encontrará y si lo hace distráelo. ¿Llevas dinero encima? Dale todo lo que tengas si llega a ti, antes que yo – mi voz debía haberle indicado algo, porque no me pregunto nada, pero sus instrucciones fueron muy precisas.

Había estado tan atenta a la voz de Edward, que no había escuchado pasos acercándose. A pesar de todo el ruido de cosas destrozándose afuera, fueron los tímidos golpes sobre la puerta, lo que me sobresaltó al punto de pegar un brinco en mi escondite.

– ¿Acaso estás aquí muñequita? – estaba gritando.

– No contestes – apenas podía escuchar la voz de Edward – no está seguro de que estés ahí, no contestes eso te dará más tiempo. Estoy doblando la esquina cielo –

Me aferré con más fuerza al teléfono, hasta ese momento no había sentido miedo. Quizás porque mi cabeza estaba trabajando por sacarme de ahí con vida, pero al escuchar la voz de Edward todo había cambiado. No era tanto el hecho de que tuviera miedo por mí, pero estaba terriblemente asustada de que algo me sucediera y no poder ver de nuevo a Edward o de que algo le pasara también.

– Te dije que no estaba de humor para estúpidos juegos –

Desde mi escondite podía ver como la puerta se sacudía violentamente con cada golpe. Hasta el momento el enorme pasador permanecía intacto, pero la puerta no duraría demasiado.

Escuché de pronto un golpe sordo, viniendo de alguna parte fuera. Oí un disparo demasiado cerca de mi escondite y por instinto me agache hasta que mi cuerpo era una pequeña bolita pegada al piso. Mi corazón parecía a punto de salirse de mi pecho, lo único que podía pensar era que el disparo no hubiera estado dirigido a Edward. Había nuevos ruidos afuera, parecía que alguien forcejeaba.

Escuche una maldición y dos disparos más. Ahora sí que estaba asustada, Edward me dijo que estaba doblando la esquina ¿estaría afuera, enfrentándose al estúpido ladrón? No quería pensar que estuviera herido. Los ojos se me llenaron de lagrimas y tuve que parpadear repetidas veces, para poder ver con claridad.

Hubo un último golpe sordo, y de pronto todo permaneció en silencio. Los latidos de mi corazón estaban a punto de dejarme sorda, me temblaban las manos. Recordé de pronto la llamada con Edward, pero cuando vi la pantalla ésta ya había terminado. El me pidió que no colgara en ningún momento ¿estaría herido o me había colgado para poder pelear con el idiota armado? ¡Con mil demonios! Porque no se escuchaba nada fuera.

Levante un poco la cabeza, alguien al otro lado de la puerta intentaba abrir.

– ¿Señorita, se encuentra bien? ¿Puede abrir la puerta? Todo está bajo control, soy el oficial Williams –

Me senté despacio, muy consciente de que el frenesí de adrenalina que tenia recorriéndome el cuerpo, se desvanecería y me sentiría agotada.

Tome el teléfono y mi billetera, me acerqué despacio a la puerta pero me detuve ¿y si era el ladrón, fingiendo ser un oficial? Me quedé de pie junto a la puerta. No estaba segura de que la voz que acababa de escuchar, fuera una diferente a la de mi agresor.

– ¿Cómo supieron lo que había pasado? –

No hubo tiempo de que el oficial contestara, escuché de nuevo maldiciones y pasos de alguien que parecía correr, acercándose al cuarto donde todavía permanecía encerrada.

– Señor, le pedimos que permaneciera fu... –

– Bella, preciosa soy yo. ¿Puedes abrir? Todo está bien –

Sentí que el corazón comenzaba a palpitarme de forma errática. Ni siquiera tuve que pensarlo, en cuanto escuche la voz de Edward quite los seguros y abrí de un fuerte tirón. No tuve tiempo de procesar nada, en un segundo estaba abriendo y al siguiente me encontraba envuelta en los brazos de Edward.

– Cielo santo, estaba volviéndome loco – me tomo el rostro entre sus manos – ¿estás bien, te hizo daño? –

Negué rápidamente, luchando de nuevo contra las lágrimas.

– Estoy bien – lo abracé de nuevo, contenta de tenerlo así de cerca después de tantos días sin tocarlo.

Escuchamos un leve carraspeo, que nos hizo soltarnos despacio.

– Señorita, si está segura de que se encuentra bien puede retirarse –

– ¿No tomará mi declaración? –

El oficial Williams de rascó la barbilla y le dirigió una mirada extraña a Edward.

– Entiendo por lo que me explicó su novio, que usted trabaja aquí. Después de lo que paso hoy, creo que lo mejor será que descanse; puede pasar mañana a presentar su declaración sobre éste incidente –

– Gracias, por todo –

– Es nuestro trabajo. Ahora, será mejor que se retiren de inmediato, el lugar deberá cerrarse por algunos días – abrí la boca, pero el oficial levanto la mano, sonriendo – Veo que se preocupa por el lugar. Descuide, los dueños ya fueron contactados y están en camino. Puede dejar todo en nuestras manos –

Asentí, sonriendo a penas.

El oficial Williams estaba haciendo su trabajo, pero también actuaba de forma extraña. Parecía tener demasiada prisa porque Edward y yo saliéramos del bar.

Sentí la mano de Edward en mi espalda baja, guiándome a la salida.

Tal como lo había pensado, el lugar estaba de cabeza. Había mesas rotas por todas partes; los taburetes de la barra habían terminado estrellados en los estantes con bebidas. El sujeto había lanzado una silla por el cristal del cuarto de música. Había líquido chorreando por todas partes pero, no había alguna señal de cuerpos o heridos.

– Escuche disparos –

Edward me acarició la espalda, para tranquilizarme.

– El idiota hizo algunos disparos cuando los oficiales entraron. Para mi alivio, el imbécil no tiene puntería. Creo que solo quería fanfarronear –

Recargué la cabeza contra el hombro de Edward, mientras le rodeaba la cintura. En cuanto lo hice me paso el brazo con el que me estaba guiando, por los hombros, para jalarme más cerca.

Agradecí internamente cuando por fin salimos y me golpeó el frío viento de Seattle. Afuera había dos coches patrulla, flanqueando ambos lados de la calle. Un oficial nos interceptó y, para mi sorpresa me entregó mi pequeño bolso; estuve a punto de besarlo cuando vi que dentro estaban las llaves de mi coche.

En cuanto entramos al estacionamiento, y divise mi auto, escondí mi cara en el cuello de Edward.

– Por favor, dime que no tiene nada –

Sentí su pulgar acariciándome la mejilla.

– Sano y salvo –

Solté un fuerte suspiro. El coche no tenía un solo rasguño, aparentemente el ladrón pensaba que adentro encontraría una enorme fortuna... era eso o había sido demasiado estúpido, y no se percató de mi auto. Busque dentro del estacionamiento la motocicleta de Edward. El siguió mi mirada y luego volvió a acariciarme la espalda.

– La dejare aquí dentro, con tantos policías no creo que tenga que preocuparme por ella –

Le entregué las llaves a Edward y sin una palabra me acerqué a la puerta del copiloto, no, definitivamente no me sentía preparada para conducir. Aun en silencio nos subimos al auto, salimos del estacionamiento y esperamos pacientemente a que los oficiales nos dieran espacio para salir de ahí. Edward condujo despacio, sujetaba mi mano con firmeza pero no hablo durante todo el camino. Deje caer la cabeza en el asiento y cerré los ojos. Estaba algo así como devastada.

Tal como sabia que sucedería, ahora que el frenesí de energía había desaparecido, comenzaba a sentir angustia y cansancio. Quería meterme en la cama y no salir de ahí en unos cuantos días.

Sabía que Ness y Lexy se quedarían con Jake, y honestamente no tenia ánimos de llamarles para decirles que me habían asaltado y como consecuencia, vinieran demasiado asustadas y preocupadas, sólo para mantenerme despierta toda la noche.

Cuando por fin llegamos a casa todo estaba en penumbras y en completo silencio. Entramos directo a la cochera, Edward abrió la puerta que daba al cuarto de lavar y se hizo a un lado para que pasara primero, en completo silencio; creo que no sabía que decir, y la verdad es que yo tampoco.

Durante todo el camino comencé a pensar en toda esta maldita situación, y me pregunté ¿Por qué lo llamé a él antes que a cualquiera? es decir, pude llamar a Jake, a Emm, Jasper, Alice... ¡Diablos! Debí llamar a la policía antes que a cualquiera; pero en cuanto me sentí en peligro pensé en Edward, y pensé que lo quería a mi lado para defenderme y protegerme.

Subí las escaleras casi como una zombi dirigiéndose hacia... hacia donde sea que se dirigen los estúpidos zombis. Iba a entrar a mi cuarto, pero por alguna extraña razón fui hacia la sala de juegos; me senté en uno de los esponjosos sillones y coloqué mis codos recargados en mis rodillas, mientras agachaba la cabeza, escondiendo mi cara entre mis manos.

Nunca me ponía completamente histérica cuando algo malo o extraño me ocurría... supongo que la única vez que lo hice fue cuando ocurrió lo de Ness; pero ahora que pensaba en lo que había pasado... pude haber muerto y ¿Quién cuidaría a mi hermana y sobrina? ¿Quién consolaría a mi Ness cuando los recuerdos la invadieran y no dejara de llorar? ¿Quién detendría a Alice cuando sus locuras se salieran de lo cuerdo? ¿Quién ayudaría con sus travesuras y tonterías a Emmett? ¿Quién se sentaría a charlar por horas de cosas sin mucho sentido con Jasper? ¿Quién sería la mejor amiga de Jake? Y Edward... ¿Cómo podría no volver a ver a Edward? ¿Cómo no decirle que odiaba estar así con él? Que me estaba volviendo loca la idea de que pudiera mudarse y que sólo quería que toda esta idiotez se terminara.

Y cuando pensé en eso no pude contar el llanto. Sentía que lloraba no sólo por esta noche, sino por cada noche que tuve que ser valiente por mi o por alguien más. Eran las lágrimas que habían luchadopor derramarse cuando tuve que ser fuerte por el bien de Renesmee y Lexy; las que no deje salir cuando ya no tuvimos a papá para ayudarnos y animarnos.

Las lágrimas que no permití que me doblegaran cuando no teníamos a nadie más excepto nosotras mismas... y esas lágrimas que no derrame al estar frente a un ladrón armado. Todas yéndose con el duro y crudo recuerdo de todo lo malo que me había pasado hasta ahora en la vida; y conforme las lágrimas salían, un extraño y poco conocido sentimiento de alivio me fue invadiendo.

– Hey – no me había dado cuenta de que Edward estuviera viéndome, hasta que me llamó.

Me tomo las manos para hacer que me pusiera de pie y de pronto lo tenía abrazándome tan fuerte como si no quisiera soltarme jamás. Recobrando de nuevo la cordura, enrede mis brazos alrededor del cuello de Edward.

– Gracias – le susurré.

– Nunca te dejaría sola Bella, nunca dejaría que alguien te lastimara preciosa – me soltó sólo para colocar una de sus manos bajo mi barbilla y alzar un poco mi rostro para que pudiéramos vernos a los ojos – Perdóname por todo lo de antes. Pero te lo juro... jamás dejaría que te hicieran daño – me susurró limpiando con sus dedos, los restos de mis lagrimas.

En ese momento sentí unas ganas tan enormes de besarlo, que sentí miedo de saltarle encima y comérmelo. No es como si no hubiera sentido ganas de besarlo ya muchas veces, o como si no lo hubiera besado o manoseado muchas veces antes... pero esto era diferente; de verdad quería besarlo y no detenerme jamás. Más aún, sentía como la palabra con "A" enterrada mucho tiempo atrás para mí, comenzaba a crecer de nuevo.

Fruncí el ceño, cuando vi su mano.

– Edward, estas sangrando ¿cómo te lastimaste? ¿Por qué no me dijiste nada? –

Tome su mano derecha entre las mías, tenia los nudillos descarapelados y llenos de sangre que ya comenzaba a secarse. Era como si hubiera estrellado el puño contra una pared de concreto.

– Descuida, no es nada – me dijo intentando soltarse de mi agarre.

– No es nada – bufé mientras lo soltaba; lo empujé un poco para que se sentara en el sillón, en cuanto estuvo sentado fui al baño y saque un pequeño botiquín médico que tenía en caso de accidentes. Tomé agua oxigenada, una pomada milagrosa que me dio Jasper, gasas, una venda y cinta adhesiva especial para heridas.

Cuando tuve todo lo necesario para personificar mi papel de enfermera me dirigí a la sala; Edward no se había movido de donde lo dejé, cuando me acerque a él, alzó la mirada y me miro un poco mal.

– Bella en serio, no es nada grave. Yo puedo curarme sólo, tu ve a descansar – intentó levantarse. Lo empuje del pecho con una mano, para después poner todo lo que traía junto a él, en el sillón.

– Quieres cerrar la boca y dejarme curarte Cullen– lo regañé.

Noté que se sobresaltó un poco cuando dije su apellido. Esta era la primera vez que lo llamaba por su apellido y no por el de su madre, desde que me había dicho toda la verdad. Sonrió un poco mientras dejaba de intentar levantarse.

Puse un poco de agua oxigenada en una gasa para limpiar con cuidado la sangre de sus nudillos y dedos. Me arrodille frente a él, entre sus piernas para poder curarlo mejor.

Edward se quedo muy quieto, casi parecía incomodo con todo esto. Estaba inclinado hacia enfrente, para que pudiera ver su mano sin tanto esfuerzo; tenía la espalda rígida y las mejillas sonrojadas. No sabía qué diablos estaba pensando pero definitivamente esto comenzaba a ser demasiado para mi salud mental, teniendo en cuenta todo el tiempo que teníamos sin toquetearnos.

Tuve que recordarme que Edward estaba herido y debía curarlo antes de que mis locas hormonas hicieran acto de presencia. Suavemente limpie la sangre hasta que supuse, la herida no corría riesgo de alguna infección. Cuando terminé de limpiar, tomé la pomada y puse un poco en mi dedo.

– ¿Qué es eso? Huele a rayos – me dijo mientras arrugaba la nariz.

– Deja de quejarte, pareces un niño... esta es la pomada milagrosa de Jasper. Me la dio hace mucho y es muy buena para las heridas así que cierra la boca y déjame trabajar –

– Se nota que te la dio hace mucho... con razón huele así – me reí por su comentario, pero tome firmemente su mano para que no pudiera alejarse.

Cuando terminé con la pomada tomé la venda y la cinta adhesiva para cubrirle la herida; levanté su brazo un poco, para enredar la venda hasta que ésta le cubrió desde los nudillos, hasta la mitad del antebrazo. Normalmente Ness curaba a Lexy cuando se lastimaba porque a mí me marea un poco la sangre, así que para alguien con tan poca práctica no estaba nada mal.

– Listo – acuné suavemente su brazo entre mis manos.

– Gracias – acarició mis dedos con su pulgar.

No me moví de donde estaba; a Edward tampoco pareció importarte porque no me dijo que me quitara. De nuevo me golpeó fuertemente el sentimiento de querer besarlo hasta no recordar ni mi propio nombre.

– ¿Te duele? – susurré más que pregunté, mientras me inclinaba un poco hacia él.

Edward negó con la cabeza para después agacharla un poco. Cuando levantó la vista de nuevo, tenía una chispa de decisión impregnando sus ojos.

Antes de que pudiera decir algo, se inclinó hacia mí y me levantó hasta que me tuvo sentada a horcajadas sobre sus piernas. Puso una de sus manos detrás de mi cuello y de forma suave pero firme me acerco a su rostro hasta que nuestras bocas se unieron; y todo pensamiento coherente o incoherente desapareció de mi mente.

Edward me besaba de forma suave, como disfrutando y saboreando mis labios después de todo el tiempo que tenia sin probarlos. Puse mis manos detrás de su cuello en un intento desesperado por acercarlo más a mi; Edward acariciaba mi cuello con su mano y poco a poco la fue deslizando por mi hombro, brazo, cerca de mi pecho, hasta ponerla en mi cintura. Cuando tuvimos que alejarnos por aire, puso su otra mano en mi cintura.

– ¿Vas a disculparte, por haberte molestado conmigo? – su voz sonaba entrecortada, pero su todo era de broma.

Sonreí con malicia.

– Tal vez después – le dije mientras me inclinaba de nuevo para besarlo.

Me incliné un poco más hacia enfrente pero esta vez con todo mi cuerpo, Edward soltó un pequeño gruñido que me encanto, mientras apretaba un poco mi cintura con sus manos. De pronto, así de la nada se detuvo y alejo su boca de mí.

– Cielo, no quiero que hagamos esto hoy... después de lo que paso n... –

– Edward esto nada tiene que ver con lo que paso hoy – no pareció convencido; solté un bajo suspiro – Por favor... no me dejes – le susurré otra vez al borde de las lagrimas, pensando que pude nunca haberlo tenido así conmigo.

De nuevo me vio a los ojos y creo que encontró lo que buscaba porque volvió a unir sus labios con los míos.

Delineé su labio inferior con mi lengua y Edward abrió su boca sólo para poder atacar la mía. Sentí su húmeda, dulce y traviesa lengua adentrarse en mi boca hasta hacerme perder la razón; Edward es sin duda el mejor besador que jamás haya conocido, él no sólo empleaba su boca, todo su cuerpo parecía más atento a lo que sus labios y lengua hacían junto a los míos.

De nuevo comenzamos a quedarnos sin aire. Antes de que nuestro beso terminara tomé suavemente su labio inferior entre mis dientes, mientras lo mordisqueaba y jalaba un poco hacia mí. Edward soltó una picara risita pero no se despegó de mi piel; deslizó su boca hacia mi cuello para dejar un camino de húmedos besos por toda su extensión.

Sentí como bajaba poco a poco una de sus manos desde mi cintura hasta ponerla en mi muslo, justo al borde de mi falda, no movió de ese lugar su mano, pero apretaba suavemente mi piel como si quisiera comprobar si era real. Bajo su otra mano desde mi cintura hasta posarse en mi espalda baja, para empujar mi cuerpo imposiblemente más cerca de él, logrando que me arqueara en el proceso.

Poco a poco fui bajando mis manos desde su cuello, sintiendo como se tensaban sus músculos; al llegar a la orilla de su playera, la levante un poco mientras deslizaba mis manos debajo de ella, arrastrando mis uñas por su perfecto y marcado abdomen. Edward se estremeció cuando lo hice.

– Bella – suspiró mi nombre, y cuando termino de hacerlo, la traviesa mano que mantenía en mi muslo fue subiendo hasta meterse debajo de mi falda.

Hacía tanto tiempo que no me tocaba, y la sensación de su mano jugando conmi ropa interior era tan placentera, que por instinto solté un bajo jadeo, mientras me quedaba quieta por completo.

Edward noto mi reacción, dejo de besarme y acariciarme con su mano, pero sin quitarla de mi entrepierna.

– Sólo dime que pare y lo hare... pero si lo vas a hacer, mejor que sea pronto o de lo contrario no podre detenerme nena – su voz se notaba completamente seria, pero con un toque ronco y perverso.

Como toda respuesta, tomé la mano que tenía debajo de mi falda y guiándolo con la mía, la puse justo sobre mi centro, por encima de mi ropa interior; Edward sonrió de modo perverso, mientras me inclinaba de nuevo para poder besarlo.

– No pares... –

Otra vez puse mi mano en el borde de su playera, jalé un poco la prenda para quitársela mientras el levantó sus brazos para ayudarme. Cuando la molesta playera estuvo en el suelo, me separé un poco de él para poder contemplar su pecho desnudo mucho mejor. Me mordí el labio, ni un solo vello, nada excepto suaves y perfectos músculos bien definidos. Se me hizo agua la boca.

– ¿Está completo el inventario? – me preguntó con la voz ronca, y una arrogante pero encantadora sonrisa torcida en el rostro.

– Definitivamente – le susurré al oído con la voz más sexy que pude, para después morder el lóbulo de su oreja.

Sin decir ninguna palabra Edward me tomó de la cintura y se puso de pie aún cargándome; comenzó a caminar mientras yo enroscaba mis piernas alrededor de su cintura y mis brazos en su cuello. Estaba mordiendo su mandíbula y cuello cuando vi que íbamos a su habitación.

– No – se detuvo en seco cuando hablé – En la mía... mi cama es más grande – me sonrió cuando terminé de hablar, y acercó su rostro al mío para poder besarme de nuevo.

Cuando estábamos junto a la puerta me recargo en la pared, tomó mis piernas con sus manos y las desenredo de su cintura para que pudiera pararme. Tomó mi rostro con ambas manos y me beso de nuevo mientras iba moviendo sus manos para ponerlas de nuevo en mi cintura... Definitivamente jamás me cansaría de esto.

Fue bajando sus labios de mi boca, a mi mandíbula, a mi cuello, luego me beso entre los pechos, justo al final del pronunciado escote de mi blusa, siguió bajando hasta mi abdomen donde dejo varios besos húmedos mientras se ponía de rodillas frente a mí. Siguió bajando pero esta vez junto con sus manos mientras yo sólo podía sostenerme fuertemente de sus hombros y suspirar debido a sus besos.

Puso sus manos en cada una de mis rodillas y poco a poco se fue moviendo hasta colocarlas en la parte de atrás de mis muslos. Siguió besándome en los muslos, rodillas, hasta que llego al inicio de mis botas; de nuevo movió sus manos hacia abajo, hasta alcanzar el cierre de mis botas, primero la izquierda, luego la derecha. Cuando me las quitó se puso de pie de nuevo.

– Tienes mucha ropa Bella – me susurró al oído para después chuparme el lóbulo de la oreja. No dejaba de sentir millones de descargas que recorrían todo mi cuerpo.

De una forma tortuosamente lenta metió los pulgares en la cintura de mi falda, fue arrastrando sus dedos por mis piernas, hasta que la prenda cayo por su propio peso. Edward no me tocó, dio un paso hacia atrás y se me quedó viendo como si fuera la más exquisita de las artes. Sus ojos estaban nublados por el deseo y no pude evitar sonreír por eso.

– ¿Está completo el inventario? – repetí sus palabras. Solté un gritito cuando me tomó por el trasero para cargarme de nuevo.

– Definitivamente – me susurró entrando a mi habitación mientras yo enredaba de nuevo mis piernas en torno a su cintura.

Esta vez fui yo la que me baje de él, lo tomé del cuello y lo acerqué para unir de nuevo nuestros labios en un beso completamente salvaje y pasional. Sentí su lengua caliente abrir mi boca y enredarse con la mía. Comencé a caminar aún sin despegarme de sus labios en dirección a la cama.

Edward me tomó de nuevo del trasero y me acerco a su cuerpo haciendo que chocara con la majestuosa erección que tenía guardada en sus pantalones y que luchaba por salir. Saber que lo podía tener a ese grado de excitación, me hacía sentir poderosa, como si pudiera controlar todo en él con un simple beso.

Deslicé como pude mis manos entre nuestros cuerpos, hasta que llegué al botón de sus pantalones. Con una destreza que no me conocía desabroché rápidamente el botón y el cierre, y en menos de lo que creía posible tenía a un Edward completamente dispuesto, excitado y en bóxers negros frente a mí. Con ropa Edward era atractivo, ¡Diablos! era mucho más que atractivo; era una persona digna de admirar, que lograba ponerte caliente con sólo una sonrisa. Pero en ropa interior era una visión, un sueño hecho realidad, era un dios... Mi propio Adonis del sexo.

– Sigues teniendo mucha ropa –

– Deberíamos cambiar eso – susurré junto a sus labios.

No me respondió, simplemente tomó la orilla de mi blusa y literalmente la desgarró. Si antes creía estar excitada, ahora estaba en el límite. Nunca había visto esa mirada en el rostro de Edward; sus ojos ya no eran verdes escarlata, ahora parecían negros... se veía completamente salvaje, misterioso y sexy.

Y así mi León se convirtió en un Gatito salvaje.

Lo tomé del cuello y acerqué sus labios a los míos de nuevo. Necesitaba besarlo, sentirlo... Lo necesitaba a él y todo lo que él pudiera darme. De nuevo comencé a caminar hacia la cama hasta que sentí el colchón chocar contra la parte trasera de mis piernas.

Edward me recostó y se subió a medias sobre mi cuerpo. Tenía una pierna entre las mías, y se sostenía con uno de sus brazos cerca de mi cara. Se inclinó y me mordió el labio superior, para después volver a meter de golpe su lengua en mi boca; fue justo en ese momento que sentí su mano derecha recorrerme la entrada del sexo sobre la ropa interior. No parecía importarle lo más mínimo, las heridas en su mano.

Lo mordí con fuerza y enredé mis brazos en su cuello. Instintivamente abrí más las piernas, Edward presionó su rodilla en mi entrada y movió su pulgar sobre mi clítoris en círculos. Dios, si sigue así voy a venirme así sin más.

– Aún no nena – susurró junto a mi boca.

Edward se levantó, llevándome con él también; nos dio la vuelta y mientras me cargaba de nuevo se sentó en la cama, poniéndome a horcajadas sobre él. Me tomó del trasero y lo apretó y masajeó hasta que gemí de placer. Tuve que restregarme contra su miembro erecto, por las caricias que me estaba dando. Sentía mi ropa interior completamente mojada y a su dura y palpitante erección rozarme de modo enloquecedor la entrepierna.

– Edward – gemí de nuevo cerca de sus labios cuando su mano acunó uno de mis pechos y lo apretó un poco.

– Hazlo de nuevo – tomó mi otro pecho e hizo lo mismo que con el primero.

– ¿Qué cosa? – mi voz sonó distorsionada.

Escuché un pequeño clic cuando desabrochó el broche delantero de mi sostén. Hice mis brazos hacia atrás para que la molesta prenda cayera.

– Di mi nombre – me dijo, mientras bajaba su cabeza.

– ¡Edward! – fue lo único que pude gritar cuando sentí como sus labios tocaban mis sensibles pechos.

Dio besos en torno a mi duro pezón, saco su lengua y comenzó a moverla en círculos alrededor de la areola. Estuvo así por un momento, lamiendo y besando pero nunca llegando al lugar exacto donde lo quería. Estaba a punto de gritarle donde quería su lengua, y de pronto metió mi pezón dentro de su boca. Comenzó a chupar, morder y succionar, mientras una de sus manos acariciaba mi otro pecho. Esto era como estar en el cielo.

– Edward, Edward, Edward – repetía una y otra vez mientras arqueaba mi espalda y con mi mano empujaba su boca más cerca de mi piel. Ya no podía más – Por favor... date prisa... – se separó de mi pecho y me besó salvajemente en los labios.

– Tranquila... no voy a parar hasta que quedes exhausta – Esa parecía una promesa que iba a cumplir y yo no encontraba ninguna buena razón para detenerlo.

Edward jadeaba por aire igual que yo. Metió sus manos entre nuestros cuerpos semidesnudos y escuche el inconfundible sonido de tela partiéndose. Volteé hacia abajo al sentir la tela húmeda de mi ropa interior rozarme el sexo.

– ¿Intentas acabar con toda mi ropa? – de sus dedos colgaban mis pantaletas de encaje favoritas... partidas desde dos lados. ¡Santos y malditos orgasmos!

– Prometo comprarte otras – lanzo la prenda quien sabe a dónde y de nuevo puso sus manos en mi cintura.

Lo único que nos separaba era su pequeño bóxer de licra negro, que moría por quitar. Pero a través de la tela podía sentir su erección palpitante entre mis piernas, como si tuviera vida propia. No tenía idea como eso cabría dentro de mí.

– Eres jodidamente sexy Bella – pellizco uno de mis pezones, con fuerza.

Puse mis manos en su cabello y lo jale hacia mí para besarlo. Tenía el cabello tan suave como había pensado la primera vez que lo vi. Edward sabía como siempre, a manzana verde, dulce y acido a la vez.

Con una de sus manos en mi cintura me acerco más a él, provocando que nos rozásemos de nuevo justo en el sexo, ambos gemimos de placer. Puso sus manos en mis mejillas y levantó mi rostro para poder vernos a los ojos.

– ¿Estás segura de esto? – se movió un poco en círculos para enfatizar sus palabras. Era tan malditamente dulce que, en serio iba a golpearlo si no se daba prisa.

En lugar de responder lo besé de nuevo, metiendo mi lengua de golpe en su boca. Mientras lo besaba de modo rudo y salvaje, baje mis manos hasta alcanzar la orilla de sus bóxers. Me levanté un poco apoyándome en las rodillas y poco a poco fui bajando la última barrera al paraíso. Edward siseo entre dientes cuando roce con mis pulgares su pene endurecido.

Y de pronto ya no había nada que nos separara. Sentir a Edward completamente desnudo y duro debajo de mí me hizo mojarme más de lo que creía posible.

Puse mis manos alrededor de su cuello, para sostenerme y tener su cara más cerca de mí. Con uno de sus brazos Edward rodeo mi cintura, con su mano libre tomó su pene y lo guió hacia mi entrada. Con su brazo me fue empujando mientras su pene entraba en mí lentamente. Cerré los ojos con fuerza. Edward era enorme y yo tenía demasiado sin tener sexo, así que si... dolía como los mil demonios. Tuve que morderme el labio para evitar gemir de dolor y placer. Valdrá la pena ¡Mierda! Ya esta valiendo la pena.

Aún tenía los ojos cerrados cuando sentí los labios de Edward presionando los míos. Levantó su mano y comenzó a hacer círculos en uno de mis pezones con su pulgar. Le devolví el beso mientras el chupaba mi lengua entre sus labios. Me incliné hacia su cuerpo y entonces lo sentí completamente dentro de mí. Dulce, dulce placer.

– Sigue – susurré volviendo a atacar sus labios. Me hice hacia atrás y me incliné de nuevo. No sabía como lo hacía, pero me acariciaba como nunca antes lo habían hecho, sabia donde tocar y cómo hacerlo.

Su mano izquierda iba de un pecho a otro; pellizcando, apretando y masajeando. Era como una tortura deliciosa. Su mano derecha se mantenía en mi espalda y por momentos acariciaba mi trasero, pellizcándolo y apretándolo como sabía que le gustaba... a mí me encantaba que lo hiciera. Pero yo quería más, necesitaba mucho más.

Me agarré fuertemente de sus hombros, para poder impulsarme. Cuando me separé a tomar aire, Edward no aparto los labios de mi piel, lamio mi cuello y después llego a mi clavícula, mordió un poco y después succiono fuerte, gemí por eso. Sabía que mañana tendría una deliciosa marca ahí. Siguió bajando hasta que llegó de nuevo a mi pecho, beso mi endurecido y adolorido pezón, lamió una, dos, tres veces y después comenzó a succionar y morderlo como si tuviera hambre de mí.

Deslice mi mano de su cuello a su bien formado pecho, toque suavemente sus abdominales, arrastrando un poco las uñas sobre su piel, y sentí extasiada como se tensaba y soltaba siseos y gemidos contra mi pecho. Moví mis manos de nuevo, pasándolas por su bajo vientre y bajando más hasta que sentí ese perfecto culito pegado al colchón. Tomé su trasero entre mis manos y lo apreté un poco, sentí como Edward me mordía más fuerte el pezón y después cambiaba su ávida boca a mi otro pecho.

Tuve que detenerme un momento cuando Edward toco justo en el lugar indicado con su pene, enterré mis uñas en su trasero mientras sentía como entraba más fuerte en mi. Cada una de sus embestidas era enloquecedora, su miembro era tan grande que me llenaba por completo y me rozaba las paredes de un modo enloquecedor.

– Di...os Edw-Edward justo... – no pude seguir hablando debido al placer.

No hizo falta que terminara la frase, Edward puso una mano en mi trasero y apretó con más fuerza su brazo en torno a mi cintura, sentí como los músculos de su trasero se contraían y endurecían debido al esfuerzo de embestirme más fuerte, más hondo y mucho más placenteramente.

Llevé mis manos a sus brazos para sostenerme mejor y acariciarlo. Me agarre firmemente de su espalda, acariciando y arañando toda la piel a mi alcance, me estaba llevando al límite. Su majestuosa lengua y sus dientes jugando y martirizando mi adolorido y gustoso pezón, sus manos acariciando, sus dedos enterrándose en mi piel, y su miembro entrando y saliendo de mí, con embestidas largas, deliciosas y potentes. Edward no paraba de gemir y ronronear, yo hacía lo mismo mientras repetía su nombre como si fuera una plegaria.

Comencé a sentir un nudo en mi bajo vientre, las primeras oleadas de placer empezaban a atacarme, todo se sentía más potente, su lengua áspera rozando mi piel, sus manos y miembro, todo. Estaba cerca, Edward pareció notarlo por que empezó a succionarme más fuerte el pecho. Lo agarré fuertemente del cabello y él me tomó firmemente de las caderas para ayudarme a aumentar los embistes. No paraba de jadear, sentía que en cualquier momento iba a explotar. Edward empujó más fuerte, y enterró sus dedos en mi cintura justo en el momento que me vine.

– ¡EDWARD! – grité cuando llegué al clímax, abrazándolo fuertemente por la espalda y escondiendo mi rostro en su cuello. Juro que vi estrellitas, planetas y todo el maldito universo flotando detrás de mis ojos. Fue el mejor y más fuerte orgasmo de toda mi vida. Sentía que flotaba como si fuera de gelatina, entre sus brazos.

Edward embistió una, dos, tres veces más. Lo sentí cerca mientras yo trataba de recuperar la respiración. Apreté intencionalmente mis paredes alrededor de él para que sintiera más placer, le di una lengüetada a su cuello y después lo mordí. Sentí como crecía aún más dentro de mí, si es que eso era posible.

– Vente Edward... quiero que te corras para mí – le susurré sobre el cuello.

Y eso fue todo. Grito aferrándose más a mi cintura, mientras sentía como se venía de modo violento dentro de mí.

Nos quedamos así por un rato, no sé exactamente cuánto tiempo. Edward aún me tenia abrazada, tratando de recuperar su respiración; tenía su frente recargada en mi clavícula, mientras yo le acariciaba el cabello con una mano y lo abrazaba por la espalda con la otra, dibujando figuras sin sentido sobre su piel. Sentí a Edward sonreír sobre mi clavícula, eso me hizo sonreír también.

Levantó su rostro para poder verme a los ojos. Su mirada era diferente, sentí que con esa mirada podía ver mi alma y yo la suya. Edward acariciaba mi espalda y cintura desnudas. Esto era la gloria, fue perfecto y salvaje cuando hicimos el amor, pero era igual de perfecto y placentero estar sólo abrazada a él de éste modo. De pronto Edward se quedo quieto como estatua.

– ¿Edward, que pasa? – fruncí el ceño y sentí que el alma se me iba hasta los pies – ¿No... no te gusto? –

Soltó una picara y traviesa risita.

– Nunca había gemido tanto en mi vida, me vine como nunca antes – sonrío cuando me sonroje – Y me preguntas que si no me gusto. Fue perfecto Bella –

– Y entonces ¿por qué esa cara? – le acaricié las arrugas de la frente para enfatizar mis palabras.

– Es que no... Ya sabes, no usamos... –

– ¿Un condón? – el asintió. Sonreí por su preocupación – Tomo píldoras anticonceptivas para regular mis periodos – el sonrió cuando acabe de hablar.

Levantó una de sus manos y acaricio mi mejilla de modo dulce, después se inclino un poco y me dio un pequeño beso en los labios.

– No puedo creer la jodida suerte que tengo por haberte encontrado – sus palabras me sacaron una gran sonrisa y le di un beso.

La mano que tenía en mi mejilla fue bajando hasta que tocó un punto sensible sobre mi clavícula. Edward sonrió aun más y me beso en ese punto.

– Me dejaste una marca ¿Cierto? – suspiró sobre mi piel y yo hice lo mismo cuando su húmeda lengua me rozó donde sabía que empezaba a verse una marca.

– Creo que tengo complejos de vampiro – lamió de nuevo mientras bajaba sus manos y me apretaba los senos – te hice una promesa – susurró.

– Y yo espero que la cumplas – susurré, casi sin voz.

Levantó su cabeza, pero no me miró a los ojos, su mirada permanecía anclada sobre mis pechos. Aún me pellizcaba los pezones, jalándolos de vez en cuanto, haciéndome gemir.

– Tienes los pechos más hermosos que he visto – pellizcó más fuerte.

Jadeé fuerte, arqueando la espalda y dejando caer mi cabeza hacia atrás, mientras miraba el techo.

– ¿Tengo alguna restricción? –

Tuve que cerrar los ojos con fuerza. En serio, sus manos estaban haciendo magia sobre mis adoloridos pechos. Comencé a sentir como Edward se ponía duro, aún dentro de mí.

– Si... no... – No podía hablar bien. Aún estaba completamente encendida.

– ¿Si, o no preciosa? – Edward sonaba divertido.

Dios... si no paras…no puedo hablar – apenas pude terminar la frase, entre jadeos.

Edward se rio, pero dejó mis pechos, para poner sus manos sobre mi trasero.

– ¿Tengo alguna restricción, sobre esto? – me apretó las nalgas, como para enfatizar sus palabras.

– Si intentas meterme algo por detrás, te haré exactamente lo mismo – lo amenacé.

Edward soltó una carcajada por eso.

– No me refería precisamente a eso, quería... – no terminó la frase.

No entendía de qué rayos estaba hablando. Levanté una ceja.

– ¿Te referías a...? – lo animé a terminar de hablar.

Edward sonrió de manera pervertida, me tomó más fuerte el trasero y me levantó, hasta que termine de espaldas sobre mi cama. Solté un pequeño gritito por la sorpresa.

– A la mierda todo – se recostó sobre mí, sosteniéndose con los brazos a la altura de mi cabeza. Acercó su rostro más al mío, hasta que casi nos besábamos – No te preguntaré nada... Y te haré lo que se me antoje –

¡Santo Dios del buen y pervertido sexo! Sólo con esa frase, pude sentir como me mojaba. Bajo su cabeza, saco su lengua y me rozó los labios con ella. Me beso la mandíbula, la clavícula, paso entre mis pechos. Cuando llego a mi ombligo dejó un sonoro beso, siguió bajando y entonces vi lo que haría.

– Edward no tienes que.. ¡SANTA MIERDA! –

Apreté las sábanas, fuerte entre mis manos y enterré los dedos de los pies en la cama. Edward besó mi clítoris suavemente, apenas tocándome con sus labios.

No quería verlo, sabía que estaba completamente roja. Pero podía sentirlo, cada cosa que hacía parecía amplificada para mis sentidos. A pesar de mi sonrojo, abrí los ojos. Edward tomó una almohada del piso, se acerco a mí de nuevo y me la puso debajo de la cabeza. Se acercó a mis labios y me beso de nuevo. Estaba a punto de decirle otra vez, que no tenía porque hacerlo, pero cuando abrí la boca, sólo salió un fuerte gemido, al sentir sus labios de nuevo sobre mi pezón.

– Quiero hacerlo – su voz sonó grave cuando hablo cerca de mi pecho. Tomó otra almohada y la puso debajo de mis caderas, casi llegando a mi trasero.

Se levantó de nuevo, y se sentó a horcajadas sobre mí, sosteniéndose con sus rodillas y brazos, para no dejar caer su peso sobre mi cuerpo. Acercó su boca de nuevo a la mía. Su mirada estaba completamente nublada por el deseo.

– ¿Sabes que quiero hacerte cielo? – estaba tan excitada que sólo pude negar con la cabeza. Me beso antes de seguir hablando – Quiero lamerte, chuparte, besarte... Meter tan fuerte mi lengua en esa boquita hambrienta que tienes abajo, hasta que te corras en mi boca –

Nunca, en mi poca experiencia con el sexo, alguien me había hablado sucio, pero ¡Mierda! Acababa de descubrir que me ponía más caliente que una sartén sobre el fuego. Lo que Edward me dijo me había tomado por sorpresa, pero sobre todo, me había excitado. Aprisionó mi labio superior entre sus dientes y lo jaló hacía él.

– ¿Quieres que lo haga preciosa? – su voz sonaba endemoniadamente ronca y atrayente.

De nuevo sólo asentí rápidamente. Edward me sonrió de forma dulce, y me beso suave y castamente sobre los labios.

– Por cómo te palpita el corazón y te sonrojas, presiento que esto te gusta cariño. Pero no es divertido si sólo yo hablo Bella – su voz era dulce, no salvaje como antes.

Me rasqué la frente, un poco apenada por toda esta estupidez que estaba armando, mientras podría estar haciéndolo ruidosamente con Edward.

– Nunca había... – dejé la frase inconclusa. Con mil demonios, soy una mujer adulta, debería poder hablar de sexo sin avergonzarme a éstas benditas alturas de mi vida. Especialmente después de lo que acabamos de hacer.

– Nunca habías hecho esto al tener sexo – Edward no lo estaba preguntando, estaba terminando la frase que yo deje incompleta. Asentí de nuevo – Dije que te haría lo que se me antojara, sin preguntarte. Esto será lo último que pregunte. ¿Te gusta el modo en que te estaba hablando? Porque lo estabas haciendo bien hace un rato –

Tragué saliva y respiré hondo. Edward tenía razón, hace un momento me había comportado coqueta y atrevida; podía hacerlo de nuevo. Respiré hondo de nuevo y respondí.

– Si. Me gusta cómo me estabas hablando – traté de que mi voz sonara alta, pero fue apenas un susurro ¿Qué diablos pasa conmigo?

– Eso – Edward se agachó de nuevo. Chupó el lóbulo de mi oreja y siguió hablando – Entonces ¿Quieres que lo haga nena? ¿Quieres que meta mi lengua en ti, hasta que te vengas en mi boca?

– Dios si – ésta vez no dude.

Edward levantó el rostro de nuevo, sonriendo. Se bajó de la cama y se paró al pie de ésta. Metió sus manos debajo de mis muslos y los agarró para jalarme más cerca, casi al borde de la cama. Solté una traviesa y nerviosa risita, y alcé los brazos para tomar la almohada que había puesto debajo de mi cabeza. Se puso de rodillas junto a la cama, tomó una de mis piernas y fue besándola, sacando su lengua para ir lamiendo de vez en cuando.

Dejé caer la cabeza contra la almohada, debido al placer. Edward sobó mi pierna y puso mi pie en el borde de la cama, tomó mi otra pierna y comenzó a besarla; cuando llego a mi muslo lo mordió, haciéndome soltar un bajo gemido de placer. Dejó mi pierna abajo, colgando fuera de la cama, y acercó su rostro a mi sexo.

– Joder Bella, no sabes cuánto he deseado meter mi lengua en ti – susurró.

– Hazlo– mi voz sonó tan baja, que dudaba que Edward me hubiera escuchado.

Con dos de sus dedos separo mis labios para después pasar suavemente su lengua por mi piel expuesta. Apreté con mis puños las sábanas cuando lo hizo de nuevo.

– Eres deliciosa por todas partes Bella – abrió más mis piernas con su mano libre. Subió sus labios, lamiendo esta vez desde mi clítoris hacia abajo. Cada que lo hacía, sentía su lengua más adentro.

– Edward – susurré de nuevo, abriendo más mis piernas y enterrando mi pie sobre el borde de la cama. Sentí uno de sus dedos jugando en la entrada de mi sexo, hundiéndose un poco y después saliendo despacio.

– Me encanta que digas mi nombre. Hazlo de nuevo preciosa, grita mi nombre hasta que te corras en mi boca – después de decir eso ya no hablo.

Separó mis labios de nuevo con sus dedos y movió la mano que tenía sobre mi pierna, hasta pasarla por debajo y apretarme el trasero fuerte. Lamió de nuevo, esta vez hacia adentro, y entonces empecé a sentir como su lengua entraba en mi.

– ¡Edward! Dios... no.. no pares – Arqueé mi espalda y me jalé el cabello cuando comencé a sentir que chupaba y lamía a la vez.

Comenzó a sacar y meter su lengua de mi, una y otra y otra vez sin control. Cada vez que lo hacía, levantaba sus labios un poco, para rozarme con ellos el clítoris. No aguanté más y lo tomé del cabello, acercándolo más a mi centro.

– No... pares – cerré los ojos fuertemente mientras jalaba su cabello. Sacó su lengua pero metió dos de sus dedos de golpe en mí. Estaba tan mojada que se deslizaron fácilmente hasta que estuvieron hasta el fondo; esta vez comenzó a chupar mi clítoris de modo pausado pero con una presión constante. Arqueó sus dedos adentro de mí y comenzó a moverlos atrás y adelante, aún sin sacarlos. Ya no aguantaba más.

– Edward... – siguió lamiendo y chupando mi clítoris, cada vez más rápido – Ed...ward. Di-os Edward... ya no... ya no – traté de terminar la frase, pero ya estaba en el punto sin retorno, ni siquiera podía mantener los ojos abiertos.

– Córrete cielo. Quiero sentir como te vienes en mi boca – sacó sus dedos de nuevo, y volvió a meter su lengua. Esta vez no lo hizo despacio, comenzó a moverla fuerte, sacándola y metiéndola en mi sexo, pasándola por encima, chupando, lamiendo, succionando sin control. Y ya no aguanté más.

Ni siquiera pude gritar su nombre, sólo pude gritar y gemir a la vez. Apreté el cabello de Edward de nuevo mientras sentía como abría mi sexo con su boca y su lengua, hasta que sintió que mis jugos salían y se quedaban en su boca. Estaba temblando debido al placer. Jamás me habían dado un orgasmo tan endemoniadamente perfecto con un oral; sentía que todo el cuerpo me temblaba. Respiré agitadamente y Edward no se levantó hasta que estuvo seguro de que había terminado.

Cuando al fin mi orgasmo pasó, sentí que lamia una vez más y después se separó de mi cuerpo. Abrí los ojos despacio cuando sentí que la cama se hundía junto a mí. Edward se sostenía en un brazo, para verme; estaba sonriendo. Le sonreí de vuelta.

– Apenas estamos calentando preciosa – fue lo último que me dijo. Después de esas palabras lo único que salió de nuestros labios, fueron gemidos.


¿Hace calor aquí, o sólo soy yo?

Espero les guste el capitulo y el rumbo que está tomando la historia. Me encantaría leer sus comentarios al respecto.

Gracias a todas las chicas que se han unido a esta aventura, y mil gracias por sus favoritos. Han alegrado mucho mis días.

¡Besos de vampiro... de lobito y abrazos de Emmett para todos!

Atte:

..dayaaBlack...

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