Superficie
(Cuando los Demonios Resucitan)
"¿Qué me has hecho?"
"Te traje de vuelta."
La imagen de la pequeña mujer en el alféizar de la ventana debería haber sido pacífica.
Parecía en calma, quieta y erguida, pero no lo era. Había un mundo equivocado en ella, un pozo sin fondo, y estaba todo justo bajo la superficie, como si alguien hubiera dejado caer una máscara en su rostro para tratar de ocultar las grietas. No había el mínimo signo de que ella sintiera el sol volcándose a través de la ventana sucia o de que le importara que la brisa a través del marco roto fuera helada.
Para todo aquél que pudiera haber estado mirando, ella estaba muerta para el mundo.
Dean se preguntó si acuchillarla podría haber sido misericordioso y nunca había imaginado que Meg le provocaría algo de piedad.
"Ella sólo se sienta allí. Lo ha hecho desde que la trajeron aquí, hace un par de días atrás".
La voz de Kevin sonó fuerte en la habitación silenciosa, haciendo que Dean diera un brinco en su lugar, aunque Meg ni siquiera se volteó. El hombre más joven estaba encorvado sobre su tabla, deslizando un dedo sobre los bordes gastados mientras trataba de leer. La llegada de Dean no había detenido su traducción y todavía no estaba listo para detenerse.
"Garth está furioso, sabes. Dijo que un cazador cuidando a un demonio es contra las leyes de la naturaleza. Le iba a gritar a Cas y todo; pero él no ha venido, excepto para verla en horarios extraños, cuando Garth no está".
"Si bueno, Garth lo está haciendo por mí y yo lo estoy haciendo por Cas. Se le va a pasar". Dean miró sobre su hombro hacia la cabeza oscura inclinada sobre la lámpara. "Realmente no te molesta que ella esté aquí?"
Kevin se encogió de hombros. "Nunca tuve ningún problema con Meg. Ella nunca me mintió, nunca trató de lastimarme. Pero Garth está molesto; intentó usar al Sr. Fizzles con ella y ella lo predió fuego. Tuvimos que hacer un mini funeral antes de que él fuera a Wal-Mart y comprara unas medias nuevas". Abandonando la mirada por un segundo, Kevin giró en la silla y se golpeó la barbilla con la lapicera mientras observaba a Meg. "Realmente, ¿Cas la sacó del Infierno?"
"No". Dean miró nuevamente al demonio. "No del Infierno. De otro lugar que yo no sabía que existía".
"¿Un lugar peor que el Infierno?" Kevin silbó antes de girar nuevamente. "No me extraña que ella este así".
"No estoy seguro de que fuera peor," murmuró Dean. No había olvidado los gritos extraños y angustiados de Meg, o la forma en que Castiel se había disculpado con ella, tan suavemente. No había olvidado su desesperada súplica para que Sam la matara, en el caso de que Castiel no pudiera hacerlo.
Cuando Sam la había mirado en silencio, confundido, ella casi se había tirado sobre Dean tratando de forzarlo a una pelea y para su disgusto y sorpresa, él sólo la sostuvo hasta que Castiel la separó.
Meg, desesperada por pedir ayuda, desesperada por morir… eso auguraba problemas.
Tomando otro trago largo de su cerveza, Dean fijó la mirada en la espalda de Meg, con su cabello todavía teñido de sangre y atado descuidadamente en la nuca.
¿Que significa el día en que un ángel se disculpó con un demonio con sinceridad?... Que el apocalipsis debe estar llegando de nuevo.
Castiel nunca iba a la vieja casa flotante cuando la Sra. Tran estaba en ella. Aunque era consciente del afecto fraternal de Dean por la vieja mujer, el hecho de ser fastidiado por preguntas y ahora su desconfianza poco disimulada sobre Meg era algo con lo que no quería lidiar. Ella era un poco intimidante y a veces se sentía algo abrumado por su fuerza. Era más fácil esperar a que ella se fuera con Garth.
Además, necesitaba concentrarse en Meg.
"Eh, Cas," llamó Kevin desde el catre en el que estaba recostado, sentándose en el momento en que escuchó el aleteo "Dean acaba de irse. Él y Sam están cazando en Wendigo".
"Sí, lo sé". Castiel bajó la bolsa que traía y miró el rostro demacrado, casi avejentado de Kevin. "¿Estás enfermo?"
"Estoy bien. Cuida de tu demonio nuevamente y deja que me vuelva a dormir". Kevin se acurrucó y enterró su cabeza bajo la almohada, terminando así la conversación. Aunque Castiel sospechaba que escuchaba secretamente y luego le contaba a Dean lo escuchado. Lo cual, para un humano, no era mucho.
Meg todavía estaba sentada en el alféizar, donde la había dejado, su cabeza apoyada contra el vidrio y mirando los caminos trazados por el agua en la ventana. Vistiendo sólo una de las viejas camisas escocesas de Sam que colgaba por debajo de sus rodillas, y un par de calzoncillos que le había dado Dean, ella era una imagen lastimosa de aquella que era cuando se desvivía por verse hermosa para los humanos. Su cabello de un color extraño, enredado por la sangre y apestando tanto a humo que se podía oler desde el otro extremo de la habitación, cubriendo su cara.
"Estoy de vuelta", anunció de manera innecesaria, atravesando el piso oscilante lentamente y tomando el maletín de primeros auxilios de paso. La única señal que percibió de ella fue un ligero temblor cuando poso su mano sobre la rodilla lastimada de ella. Los apósitos que le había puesto en las viejas heridas ya estaban endurecidos y él sacudió su cabeza tristemente. "Necesitas un cambio de vendas".
Estaba hablando más que nada para sí mismo, pero se escuchó una voz amortiguada, "No quiso dejar que Garth se le acerque, luego del episodio con el Sr. Fizzles".
Castiel sintió que cuanto menos supiera del Sr. Fizzles mejor sería.
"Vuelve a dormir, Kevin." Inclinó su cabeza y casi tuvo que forzar su voluntad sobre el profeta, pero un instante después de haber hablado se escuchó el ronquido fuerte de Kevin. El profeta estaba exhausto y no requirió mucho poder para dejarlo profundamente dormido. Complacido de estar más solos ahora, Castiel tomó una de las sillas y la colocó frente al sitio de Meg en la ventana.
"¿Has estado durmiendo?"
No obtuvo respuesta. No había esperado ninguna. Tomó su mano entre las de él y la giró, mirando las uñas rotas y los dedos manchados de sangre. Marcas profundas de arañazos se extendían desde el frente de la mano hasta la palma; las heridas rojas eran frescas y dolorosas de ver.
"Estas no estaban ayer, Meg," murmuró Castiel, mirándola. Meg suspiró y continuó mirando por la ventana, con expresión de desesperación. El ángel giró su mano y siguió el rastro de la herida fresca que tenía en el centro de la palma con su dedo. "¿Por qué lo hiciste?"
El demonio todavía miraba hacia otro lado, pero él sintió levemente su tensión cuando colocó antiséptico en las heridas.
"Desearía que gritaras o me pegaras". Comenzó a vendar su mano nuevamente. "Nada. Nunca pensé que llegaría a extrañar tus malos chistes".
Meg no dijo nada, entonces él continuó vendando y hablando por lo bajo su continua letanía. Sus palabras no tenían sentido realmente. Ella no escuchaba y cuanto más hablaba él más sentía que ella se apartaba. Su voz no parecía ayudarla. El demonio era una sombra de lo que había sido una vez y él se esforzaba por ignorar el cambio.
Él recordó haber estado en el hospital, había gritado y rabiado para luego retirarse del mundo. Entonces, ella siempre le habló, le gruñó y maldijo. Siempre hizo que la peor situación fuera más leve. Ella había permanecido cuando otros se habrían escapado de su ira angelical. Él había sido capaz de enfocarse en su voz en ese momento. Lo había sostenido.
Era normal ahora que ella se diera cuenta de que lo necesitaba. Al contrario de Dean, al contrario de Sam y de manera muy diferente de la misión. Ella no quería su ayuda o sus intentos de redención, pero él creía que ella lo necesitaba para olvidar el dolor de su vida en el más allá.
"Sin embargo, tenías razón". Sintió su mirada posada sobre él y suspiró, ocultando una sonrisa. Había pensado que eso atraería su atención. "Las cosas eran más simples cuando nos conocimos. Cuando todo era negro y blanco. Nunca pensé que estaría vendando las heridas de un demonio, e intentando que me hable para decirme por qué no quería que lo trajera de vuelta".
Se inclinó y quitó con sus dientes los restos de la gasa, rozándole la piel con la nariz al no moverse con la suficiente rapidez. Meg retrocedió un poco, pero él ignoró su movimiento, aunque le produjo una extraña sensación en su estómago. Discretamente verificó sus otras heridas, las internas infligidas por Crowley, las que él todavía estaba intentando averiguar por qué aún no sanaban. Cuando miró hacia arriba, ella todavía lo estaba mirando fijamente, enjaulada y enojada bajo una superficie plácida.
"¿Adónde fuiste?" preguntó él, con los ojos azules buscando en su rostro dañado y no encontrando nada en él. "¿Dónde estás ahora?"
Había pasado una semana desde que le había tratado las heridas y luego la había dejado una vez más con Garth. A Dean no le había gustado deberle favores al flaco cazador pero lo había hecho por el ángel, a pesar de sus gruñidos y quejas.
Castiel no estaba seguro de qué hacer con ella. Ahora estaban luchando una guerra contra ángeles y demonios y no podía permitirse estar en un solo lugar. Viajando por toda la Tierra, buscando algún sitio en el que la tabla ángel pudiera estar segura, algún lugar donde él pudiera descansar… ninguno le parecía bien.
Sus problemas no eran ya tan simples y Meg se había convertido en parte de ellos.
Cuanto más la miraba, más profundamente se daba cuenta de ello.
"Vas a enfriarte aqui."
De alguna manera Garth se había arreglado para mover a Meg a la cubierta superior y ella estaba allí a la noche cuando Castiel apareció, luego de pasar una hora mirándola desde lejos. Ella no se volteó, sólo se quedó sentada e inmóvil. Perdida.
Tomando una vieja frazada de la baranda, Castiel mantuvo un ojo en la puerta de la sala de máquinas mientras cruzaba y miraba para abajo hacia ella. Apenas vestida para el clima, sus ropas estaban mojadas y colgaban de ella, su cabello enredado en una larga y miserable maraña de nudos. Desdoblando con lentitud la frazada, la envolvió con esta. Sintió que los hombros de ella se encogían levemente bajo su roce antes de dejarla ir y sentarse con cuidado a su lado. Técnicamente, los demonios no necesitaban mantenerse abrigados al igual que los ángeles, pero él quería sentirse mejor acerca de tenerla ahí afuera.
Quería sentir que aún podía proteger algo.
"Garth dijo que parecía que te gustaba estar en el agua, mirando sobre ella. Que estabas menos apenada aquí arriba". Castiel sintió que cada palabra creaba una sensación de tensión más profunda entre ellos. Era una tensión que no podía cortar. "¿Te gusta estar aquí?"
Por un momento él pensó que ella iba a contestar.
Sin decirle una palabra, Meg se puso de pie y se dirigió nuevamente abajo de la cubierta, mientras la frazada se deslizaba de su cuerpo pequeño hacia el agua.
Castiel miró fijamente hacia el río y desapareció en el siguiente latido.
"Ella no puede quedarse aquí". Garth cruzó sus brazos sobre su pecho. "Es malo para mi reputación".
"¿Tu reputación?" preguntó Dean con incredulidad, levantando su mano para mantener a Castiel quieto. "Garth, usas un muñeco de media para interrogar. Tu reputación no podría estar más dañada".
Garth lo miró con furia. "Eso no es lo que quiero decir. Lo que fuera que ella sea, no es algo que necesito aquí".
"Un momento, ¿qué quieres decir con 'lo que fuera que ella sea'?" Sam indicó. "Ella es un demonio. Estuvo en el Infierno".
"¿Alguna vez has visto un demonio ir hasta el Infierno y volver como ella?" Garth espetó.
Meg todavía permanecía sentada en el alféizar de la ventana, mirando hacia afuera y no parecía que le importara que estuvieran discutiendo sobre ella. Había estado allí varias horas y aunque ellos se estuvieran gritando, no había habido nada del demonio que en otra oportunidad se hubiera metido en el medio de todo ello. Ya fuera que no los escuchara o que no le importaban. Ninguno de los humanos importaba; ella era para ellos un problema que necesitaban resolver.
Las manos de ella se flexionaron levemente y Castiel sintió un ligero escalofrío ya que por un momento vio que estaba reaccionando. Estaba impaciente por conseguir el cuchillo-demonio que Sam había dejado en la mesa mientras limpiaba sus armas.
Castiel se colocó entre ella y la mesa con discreción y ella levantó la cabeza.
"No seas tonto". Garth gesticuló hacia el demonio silencioso. "Dondequiera que fuera, no fue el Infierno, y se le estropearon los circuitos".
"¿El Purgatorio?" opinó Dean y Sam negó con la cabeza.
"Eso era para monstruos. No demonios. Aunque tiene sentido que Dios pensara en algo para los Demonios. ¿No es así, Cas?"
Todos giraron y vieron al ángel y al demonio mirándose fijamente. Era imposible adivinar por qué y la falta de expresión de Castiel no les indicó nada. Fue Meg quien desvió la mirada primero.
Luego, con un gemido ligero y estrangulado, ella golpeó su puño contra el vidrio de la ventana y lo rompió en pedazos.
A Dean no le gustaba esto. No le gustaba pensar en un demonio antiguo e inútil en sus manos, pero Castiel había suplicado. Por una vez, le había suplicado a Dean ayuda con algo que no estuviera relacionado con los ángeles o los ellos mismos. Esa silenciosa desesperación en su voz, tiró de su debilidad para con él.
Así se resolvió que el demonio iba a ser encerrado en el equivalente a un cuarto de pánico en el Bunker, a menos que Castiel esté allí para mantenerla controlada. Era lo único que cualquiera de los hermanos podría hacer por él, ya que no querían correr el riego de confiar en ella.
En la biblioteca principal, Dean miró cómo Castiel le vendaba la última de las heridas que ella tercamente se negaba a sanar. Habían armado un bolso de primeros auxilios para él y en el momento en que el demonio se tranquilizó, él la había tomado bajo su responsabilidad con "un entusiasmo perturbador" pensó Dean mientras se rascaba la barba desaliñada.
"Creo que habría que matarla. Cas volvería a la normalidad".
Sam negó con la cabeza. "Lo dudo".
Dean miró a su hermano con preocupación. "¿Por qué estás tan en CONTRA de matarla, Sam?"
"Porque sí". Sam tosió discretamente en un pañuelo ya manchado de sangre. "Solíamos cuidar mejor de la gente que moría por nosotros. Te guste o no, eso es lo que ella hizo. ¿Recuerdas?"
Al escuchar a Castiel murmurar de nuevo a Meg que estuviera quieta, Dean cerró sus ojos. "Nunca pensé que se aplicaría de nuevo con un demonio".
"No somos demonios, Dean. O monstruos". Sam descruzó las piernas y se levantó de su vieja silla favorita. "Creo que a veces olvidas eso".
Se alejó de Dean y no pudo ver la expresión apenada de su hermano.
Consciente de que los Winchester lo estaban dejando, primero Sam y luego Dean, Castiel buscó en el bolso que había empacado para Meg. Había sido extraño buscar cosas para una mujer y un demonio, pero creía que había hecho un trabajo bastante bueno consiguiendo lo que ella podría necesitar. Miró a Meg encogida mientras se arrodillaba de nuevo en el suelo junto a ella. Las bibliotecas que se alzaban a su alrededor la hacían parecer pequeña e incluso él se sintió algo pequeño ahora.
"Encontré esto para ti".
Con cierto orgullo, lo sostuvo para que ella lo viera.
Era una revista de chimentos, una de esas ridículas en las que él no entendía por qué el peso de una celebridad era tan importante para personas que nunca la conocerían, y que él estaba seguro de haberla visto leyendo de vez en cuando. Por alguna razón, al demonio le gustaban, aunque nunca había explicado por qué. Los ojos de ella se fijaron en la portada y él se la colocó con gentileza en la falda. Meg tocó las páginas, como si deseara abrirlas, y luego se detuvo antes de pasar ninguna.
"¿Quieres que la lea para ti?" se ofreció él con intención, complacido de ver una reacción.
Los ojos de Meg se dirigieron a los de él y luego, con un sutil giro de sus manos, tomó la revista y la rompió en dos, tirándola a los pies de él. Su expresión nunca cambió. Castiel miró la pila de páginas brillantes que estaban esparcidas en el suelo y se deslizó lentamente hacia atrás, alejándose de ella y apoyándose en la biblioteca.
"¿Adónde fuiste?" murmuró mientras la miraba. La misma pregunta que él le había hecho antes y de la que aún no sabía la respuesta.
Meg sólo lo miró fijamente.
Él se perdió en un trance meditativo, más para pasar el tiempo que otra cosa. Más fácil de hacer que esperar a que los humanos duerman o a que los demonios detengan su propia catatonia.
La única razón por la que volvió rápidamente en sí, fue la sensación de unos delgados dedos dentro de su abrigo. Esta invasión era fría y abrupta, deliberada. Antes de abrir sus ojos, sus manos atraparon el puño invasor y levantó su cabeza hasta ver a Meg arrodillada justo enfrente de él. Los ojos de ella, negros y planos como un animal enjaulado, lo miraron fijamente mientras blandía la espada del ángel entre ellos, la mano de él era lo único que impedía que ella lo apuñalara.
Por un segundo, él pensó que comprendía.
"¿Crees que esto te haría sentir mejor?" preguntó él y la soltó, sintiendo la presión justo contra su camisa y su piel.
Meg miró la punta de la espada apoyada en la camisa blanca y entonces, con una mirada feroz, clavó la espada. La hoja se enterró hasta una distancia suficiente para que él sintiera una chispa de dolor mientras sangre y luz comenzaban a brotar de la herida. Necesitó toda su fuerza de voluntad para no abofetearla ya que algo en la forma en que su rostro cambió apenas, antes duro y enojado y ahora con miedo, lo hizo cuestionarse.
Meg dejó caer la espada y se alejó de él, temblando mientras se acurrucaba de nuevo junto a la biblioteca.
No tomó mucho tiempo encontrar a Muerte. La entidad en realidad disfrutaba yendo hacia las pequeñas almas dejando que sus Parcas hicieran la parte del trabajo más glorioso. Él disfrutaba de los menos significativos porque de alguna manera los encontraba más importantes en su simplicidad. Sabiendo esto, Castiel sólo esperó al lado de la cama de una paciente demente y moribunda, abandonada por su familia, y se preguntó si no estaría cometiendo un error. Pero justo antes de sucumbir a su miedo y escapar, la realidad comenzó a apoderarse de la habitación justo en el momento en que la paciente dio su último suspiro.
"La última vez que te vi…" Muerte apareció en la puerta, su rostro flaco con el ceño fruncido. "Estabas más saturado que una esponja y casi loco de estupidez".
Castiel se levantó de la silla incómoda en la que había estado sentado e inclinó su cabeza con respeto, de la manera en que un duelista lo haría con un enemigo respetado. A juzgar por la sonrisa que Muerte le devolvió, aquello le había resultado gracioso.
"Entonces, Castiel. ¿Por qué me estás esperando? Todavía no es tu momento". Muerte miró su reloj. "¿Es debido a tu Winchester y su hermano de nuevo?"
Sus ojos inexpresivos fijos en el rostro de Castiel mientras volvía a cerrar su reloj. Lo que fuera que leyera, la hizo sacudir la cabeza.
"Ya veo". Él entró en la habitación y se sentó en la cama de hospital de una manera tan elegante que provocó que Castiel huyera de su lado. "Estás aquí por una razón diferente. Una devoción distinta".
"Necesito hacerte una pregunta".
"Ella no está loca, si esa es la pregunta". La muerte hizo un gesto con la mano "Tu pequeña demonio. Lo sé todo sobre ella. Dudo que haya un dios, un ángel o un demonio vivo con ojos y medio cerebro, que no sea consciente de eso extraño que ocurre entre ustedes. Ella no está loca y no está realmente redimida. No por completo". La mirada sombría mantuvo a Castiel en su lugar. "¿Eres dulce con ella Castiel, de eso es de lo que se trata? ¿Te importa ella? ¿La amas incluso si recuerdas cómo amar sin obediencia pura a una causa? ¿A ella que es un demonio, un alma torturada? Qué completamente poético y rematadamente trágico. Disfruto estos dramas".
"Ella merecía más que morir".
"Quizás. O quizás era necesario".Muerte no esperó que el ángel lo interrumpiera. "Pero has hecho algo que no deberías haber hecho. Quebraste el orden natural de las cosas. Robaste un alma. De nuevo. La tercera es la vencida. ¿Qué pasa contigo, Castiel? ¿No puedes respetar la forma en que las cosas deben ser?"
A Castiel no le gustaba que le recordaran a Sam o a Dean cuando estaba tratando con Muerte.
"¿Dónde fue?"
Muerte inclinó la cabeza hacia un lado con curiosidad.
"Cuando tiré de ella para sacarla de la tortura en la que estaba y colocarla en el cuerpo que ella había tomado…"
"¿Tirar de ella? Oh no, Castiel. La arrancaste de allí pateando y gritando. Al final, te darás cuenta que eras el único que la torturaba, peor de lo que cualquier demonio podría imaginar y de una manera que nunca ha experimentado". Muerte se levantó y comenzó a quitar pelusas imaginarias de su traje negro. "Los demonios no son ángeles. No van hasta Dios para ser absorbidos como luz una vez más. No van al Cielo cuando mueren y rara vez retornan al Infierno. No son monstruos, para los que Dios creó una jaula especial para ese fallido experimento de sus seres con mitad de sangre".
"Los demonios eran humanos y…"
"Sí, lo eran. Fueron torturados más allá de su resistencia, estrujados, y en mi opinión algunos fueron realmente perfeccionados". La entidad se dirigió hacia la ventana pasando al costado de Castiel. "Ella debe de haber sido quitada del Olvido. Un favorito personal mío, un logro de mi especialidad, si quieres. Existe desde que las almas existen. Por lo que son tan viejos como Dios, como la Creación, como la Muerte en sí misma. Lo lleva adelante otra vieja entidad que hace su trabajo, como lo hacemos todos".
"Pero si ella no podía ir al Cielo y no podía ir al Infierno...". Castiel luchó para estar a su nivel. A los demonios se les había velado, en su mayor parte, el secreto de su vida después de la muerte.
Muerte le dirigió una mirada exasperada.
"No olvides un defecto muy grande de personalidad del Padre que amas tanto. Él ama tan absolutamente que está dispuesto a perdonar todos los pecados, de cualquier manera".
Muerte dibujó una cara sonriente en el vidrio con su dedo huesudo. "Leteo. Una especie de centro de terapia. Directamente al costado del Infierno y justo bajo el Cielo".
"La has hecho olvidar", murmuró Castiel, con una voz apretada por la ira, aunque no dirigida hacia Muerte. Al darse cuenta de lo que había hecho con su arrogancia, sintió deseos de volver todo atrás.
Aún si significaba perderla.
"El Leteo los limpia. Lleva tiempo, por supuesto. Los nuevos demonios son reciclados con rapidez, ¿pero los viejos como Meg? Requieren un esfuerzo y cuidado adicionales. Como eliminar las manchas de sangre de la acera con un cepillo de dientes". Muerte pasó sus dedos por el vidrio para borrar el dibujo y frunció el ceño. "Allí debe de haber sentido un amor y protección que nunca habría sentido desde antes de ser condenada. Amor y protección, perdón y olvido. Esa es la naturaleza del Leteo. El tiempo que les lleve, les pasa a todos. Aún los viejos, a los que les lleva más tiempo, olvidan y son bienvenidos de vuelta a las gracias del buen Dios, eventualmente. Ella comenzó a olvidar, sabes. Todo. Cada pecado, cada acción, cada lealtad y dolor".
Muerte miró los ojos azules más desesperanzados que hubiera visto en un largo tiempo. "Ella había olvidado cada esperanza, deseo y amor".
El ángel comprendió perfectamente lo que Muerte quería decir.
"Bien hecho, Castiel. Conseguiste joder todo otra vez. Aprenderás con el tiempo, pero por favor, apúrate".
Había partido antes de que Castiel pudiera responder, antes de que pudiera pensar nada. Lo había dejado sólo con un cadáver y una cara feliz destruida en el vidrio.
Tumbada en el catre, Meg miraba fijamente al techo de la habitación del pánico ubicada en el subsuelo y con sólo un pequeño frunce de ceño era obvio lo que ansiaba.
Ansiaba poder finalmente dormir y beber.
Castiel se apoyó contra el marco de la puerta y la miró.
"Lo siento".
Ella se retorció un poco, pero se negó a mirarlo.
"Sé dónde estuviste". El ángel dio unos pasos lentos, medidos, hacia el catre, rodeando con cuidado la trampa del demonio. "Leteo".
Por primera vez en semanas, Meg se movió rápido. Se lanzó fuera de la cama y alcanzó la barrera invisible a alta velocidad. Castiel la agarró antes de que ella cayera al suelo en la trampa. Él se protegió de sus uñas y dientes, sintió el odio saliendo de ella y por primera vez supo que ella sentía algo también.
"Estuviste en el Olvido", continuó él por encima de sus gruñidos y sus golpes con ira que se enterraban a medias en las profundidades de su saco. "Eras feliz. Ellos cuidaban de ti, para que no tuvieras que preocuparte y para que te sintieras amada. Yo te quite eso. Te traje de vuelta. Y lo siento".
Meg dejó de luchar, como si la disculpa la hubiera vaciado, y él sólo la llevó de vuelta a su catre y la sentó. Como un padre paciente a punto de arropar a un niño, él quitó el pelo enredado del rostro de ella.
"No puedo volverlo atrás". Sus dedos tomaron su mentón y tiró la cabeza de ella hacia arriba. "Mírame".
El demonio miró hacia otro lado y fijó sus ojos en el suelo, entonces él se bajó y miró su cara apartada. "Yo te quería de vuelta; y voy a verte salir de esto hasta que puedas luchar de nuevo con nosotros. Hasta que puedas perdonarme".
Inclinado hacia adelante, él se apretó torpemente contra ella y casi pudo sentir que ella giraba los ojos.
"Yo te cuidaré". Él la sintió exhalar contra su cuello. "Te cuidaré como tú hiciste conmigo. Hasta que ambos estemos listos".
"Es raro, ver a estos dos". Dean casi sintió náuseas. "Es como mirar un… un hombre adulto con una muñeca fetiche".
Sam casi se ahogó con su café. "Ughh, Dean!"
"Quiero decir, sí, si fueras tú hubiera sido asquerosamente cursi. ¿Pero con ellos?... es asquerosamente raro".
Miraron ambos hacia donde Castiel estaba tratando de limpiar con paciencia la última de las heridas de Meg. Él murmuró algo para mover la cabeza de ella de un lado a otro, verificando los moretones que le quedaban y protestando sobre ella. Ninguno de los Winchester se había sorprendido, ya que durante las últimas semanas, él había sobreprotegido hasta la muerte al demonio y de alguna manera, había usado sus alas para ampararla de ellos. Pero ella tenía una mirada paciente en su rostro por lo general inexpresivo y viendo la pequeña inclinación que ella hizo con su cabeza, Sam habría jurado que había visto en ella una sonrisa suficiente.
"Raro," asintió.
Castiel esperó hasta que Sam y Dean se hubieran ido y dormido antes de intentar cepillar el cabello de Meg en la sala común. El televisor, sintonizando una estación pública, retumbaba en el fondo sólo para actuar como un ruido blanco. Para él, el acto de cepillar el pelo era sorprendentemente simple pero intimo y se había dado cuenta de que esta era la primera vez que lo hacía.
Gracias al acto extraño y gentil de Dean de comprar shampoo, el cabello de Meg había vuelto a tener esas ondas limpias que ella había amado. A Castiel no le importaba hacer este deber humano mientras le cepillaba las sedosas hebras. Ella había hecho lo mismo por él en el hospital, pero no recuerda cómo lo había hecho sentir entonces.
Parecía calmarla un poco y él lo convirtió en uno de sus trabajos como cuidador.
Pero de todas las cosas que hizo para ella, para los Winchester también, esta no la había tenido que pensar y a Meg no parecía importarle que él pudiera perderse en sus pensamientos mientras la cuidaba.
Él casi deseaba que a ella le importara. Luego de semanas de silencio y de una inquietante sensación de tensión, él estaba listo para una pelea.
Ansiaba una sólo para ver si ella sentía alguna cosa más allá de la apatía. Pero Meg sólo se sentó frente a él en el sillón y se inclinó contra el cepillo, sólo lo suficiente para hacerle saber de que era consciente de él mientras cerraba sus ojos.
"Has estado tranquila". Él detuvo el cepillo y con gentileza miró su rostro. Él hablaba más alrededor de ella ahora de lo que lo había hecho antes. Tenía que llenar ese silencio de alguna manera, cuando se sentía algo nervioso al ver que ella lo miraba fijamente. "Bueno, por así decirlo, has estado tranquila en las últimas semanas, ya sabes... todo lo que eres últimamente, es tranquilidad. Extraño lo molesto, aún si sólo estuvieras diciéndome que me calle la mayoría del tiempo."
Él inclinó su cabeza y no alcanzó a ver que los ojos de ella se abrían. Ella miró la forma en que sus rodillas se cambiaban a cada lado de las de ella, escuchó el suave rumor de su respiración, y finalmente se movió para deslizarse un poco fuera del sillón, hacia él. Castiel detuvo el movimiento suave del cepillo y ella lo sintió ahogarse con la respiración cuando se movió.
"Tú también, ¿eh?".
Castiel oyó ese murmullo suave y miró un lado de su rostro. Ignorando su expresión, Meg miró la publicidad de vacaciones en la televisión. Ella los miró fijamente como si estuviera cautivada y él lentamente se inclinó hacia adelante, dejando caer el cepillo al suelo con un golpe.
"¿Meg?"
"Te llamé como una película de Navidad, ¿recuerdas?" Dijo Meg y él miró también a la pantalla. Una mujer chillaba muy alto sobre el ahorro de diez dólares en las películas clásicas por ser el final de la primavera.
"No, Yo…"
La figura en blanco y negro parpadeó y se distorsionó cuando entró un hombre alto y delgado.
"¡Clarence! ¡Clarence! ¡Ayúdame, Clarence! ¡LLévame de vuelta! ¡LLévame de vuelta, no me importa lo que pase conmigo!"
Castiel lentamente miró de nuevo a Meg y vio sus ojos fijos y atentos en él.
"¿Recuerdas, Clarence?"
Lo que vio en ella por sólo un momento casi robó su respiración. Para él, ver la brillante profundidad enmascarada dentro de la oscuridad de sus espinas y dolor, era hermoso.
"Meg."
