Capítulo 3

Dulce Olvido (Cuando los demonios sueñan)

Parte 1

Estaba intranquilo.

No había estado intranquilo desde que Dios había decidido que otra raza con libre albedrío sería entretenida, y aquello había resultado un experimento bastante tumultuoso, por decir lo mínimo.

Quedaba una sola entidad que pudiera perturbar a Muerte en sí misma y no era nada de lo que quedaba en la Tierra o ninguna de las realidades agregadas a su poder.

Intranquilo pero muy viejo para sentir miedo de su lugar.

Muerte había tenido visiones de belleza, pureza y hermosura, una y otra vez y ninguna de ellas lo había afectado. Quizás lo más cercano había sido la primera vez que había visto un agujero negro destrozar una estrella con hambre, pero más allá de eso para él, la mayor parte de la creación era aburrida. Además, los agujeros negros no habían sido exactamente creación de Dios, por lo que tenía poco por lo que estar emocionado cuando le llegaron sus tareas.

Descubrió que los humanos, los favoritos de Dios en la joven galaxia que se había reservado para sus experimentos, eran aburridos. Descubrió que los ángeles eran aburridos. Descubrió que los demonios eran aburridos. ¿Monstruos? Quizás fuera interesante verlos causar caos, pero en el final: aburridos.

Todos hacían lo mismo.

Todos morían.

Pero incluso una entidad hastiada como él podía encontrar una belleza en la intricada arquitectura del centro del Leteo. La sensación de realidad aquí cambiaba tan constantemente que él sabía que no duraría mucho. El Leteo se estaba armando, según su visita más reciente a la Tierra, para tratar de adaptarse a lo que pensaba que a él le gustaría. Las ventanas que apuntaban a las playas prístinas, enmarcadas en acero y hielo, las paredes altas y los muebles amontonados para dar una ilusión de libertad. Era un capullo protector contra la dura realidad de sí mismo. El Leteo completo estaba diseñado para dar una ilusión de confort y libertad absolutos.

Quizás esa fuera la razón por la que él sabía que la mentira del Leteo era muy hermosa en su total complejidad.

El suave movimiento de luz moviéndose en la habitación captó su atención. Giraba alrededor de la habitación, envolviéndolo en un abrazo cálido, antes de partir. Con un suave murmullo, se instaló dentro de su sombra oscura y comenzó a tomar la forma desde su propio caos.

La mujer que reveló era hermosa, aunque eso era sólo una máscara de lo que en realidad "ella" era. Cabello rubio caoba ondulado, ropas de moda como arrancadas de las mentes de aquellos en el Leteo, un pequeño marco engañoso y sus ojos negros antes de tornarse lentamente marrones. Su cara era la viva imagen de la criatura que Muerte había segado meses antes, luego de un infortunado episodio con el Rey del Infierno.

Los labios rojos abiertos en una sonrisa, hizo una pirueta como una bailarina, con su vestido blanco flotando alrededor de sus pies desnudos. "¿Te gusta? Es muy confortable".

"Pensaba que te disgustaba la idea de la forma humana. De tomar forma a partir del Caos" dijo él, aburrido con su aspecto, aunque así mismo, él asintió. "Te queda bien".

"Mmm, lo mismo pensé. La tuya es asquerosamente delgada. Podrías usar alguna cara de chica hermosa también".

Incluso Dios no le hablaría a él de esa manera; pero de nuevo, sólo Olvido estaba a su mismo nivel y ella todavía encontraba cierto placer en esas cosas.

"Tú me llamaste aquí. Yo estaba bastante ocupado, pero sonabas muy fuerte en mis pensamientos". Se sentó en un sillón bajo de estilo Romano y colocó su bolso en el suelo, empujándolo por debajo para que ella no pudiera tocarlo si lo intentara. "¿Por qué?"

"El ángel encontró su demonio". Olvido miró hacia el techo mientras él caminaba lentamente a su alrededor. "Lo sentí. En el momento… en que la tocó".

"Así que están conectados… Me lo preguntaba". La Muerte miró sus movimientos gráciles. "Sí. Él vino a mí, como dije que haría. Como tú habías pensado. Quería respuestas y le dije la verdad como siempre. Pero su mente todavía es tan joven que apenas es capaz de comprender lo que necesita preguntar".

Los ojos oscuros de Olvido echaron un vistazo por encima de él y enarcó una ceja rojiza. "Te gusta".

"Me divierte. Una criatura muy contradictoria. No será Dios, pero su rol en expansión me hace preguntarme qué tiene Dios planeado para él exactamente". Muerte cruzó sus piernas y colocó su mano en la rodilla. "¿Por qué le permitiste que la tocara a través del Leteo? Una cosa que ningún ángel pudría hacer, ni tampoco le permitirías. Eres extremadamente posesiva algunas veces".

Ella miró su brazo como intentando mirar la hora en un reloj invisible.

"Se acabó el tiempo para nuestra conversación trivial. Por ahora". Con un chasquido de dedos, Olvido convirtió la habitación en un relieve blanco brillante y Muerte pestañeó al ver su nuevo entorno. En lugar de arcos y de una estructura casi gótica, era completamente blanco del piso al techo, como si ella lo hubiera colocado en una burbuja. En sus pies había diez tablas colocadas en orden y Muerte empujó una con los dedos de los pies. Las primeras cinco eran negras, las restantes cinco blancas, pero todas eran familiares.

"Tú guardas tus copias en buena condición". Las miró. "Metatron siempre tuvo buena mano con las palabras, aunque algo obsesionado con ellas".

"Los contratos para todos aquellos en la Tierra están por cerrarse, con cada cláusula y excepción habiendo sido cumplida. El experimento terminará pronto".

Muerte leyó una y luego otra. Ah, había olvidado esas; criaturas falladas pero entretenidas.

"Él partió antes de que ellos pudieran cumplir", comentó Muerte mientras miraba las tablas blancas.

Olvido se paró frente a él, y cuando no estaba mirando, extendió sus polleras sobre la última tabla, haciéndola desaparecer. Muerte mantuvo sus ojos en las otras tablas y simuló no haberse dado cuenta.

"Él era un cobarde. Tonto, viejo y sentimental".

Un dejo de amor se sintió en sus palabras y Muerte suspiró. Olvido amaba profunda y fácilmente a cualquier sujeto que conocía. Se interesaba por las almas podridas y desechadas por las elecciones del Cielo y del Infierno; y había estado en paz haciéndolo. Hasta poco tiempo atrás, cuando el Apocalipsis había sido evitado. Entonces, ella había estado cambiando cosas.

Estaba increíblemente segura de su propósito.

"Él se ha vuelto blando, sabiendo lo que eventualmente podría haber pasado. Las acciones de Lucifer sólo apuraron todo, pero los Winchester podrían estar trayéndolo de todos modos".

"Lo que ocurrirá pronto es lo que yo quiero. Estoy confundida, hermano". Ella sacudió su cabeza. "Sé que tú también lo estás. Estas almas están todas hambrientas de redención y protección; y yo les doy eso, solo para que después, ese mundo los destruya de nuevo. Una y otra vez. Cuando me convertí en parte de ese demonio, yo sentí eso más que en otros".

"Teníamos un acuerdo". Muerte la estaba regañando, con la intención de hacerle ver sus razones para no interferir.

"Y él lo rompió tiempo atrás al abandonarlos a todos. Es momento de que tomemos el control". Había perversidad en la curva de su sonrisa. "Es por eso que deje ir a ese demonio cuando el ángel la llamó, su casi propia Eurídice. Pero toda alma tiene un costo que pagar. Tú sabes eso y yo también".

"No estoy en el negocio de organizar algo como eso. Sólo estoy aquí para mantener el orden natural de las cosas. Lo sabes". Muerte miró la tabla demonio, sabiendo lo que significaría cuando fuera seguida al pie de la letra. Como Olvido, él tenía memorizada cada tabla y su cláusula. Más especialmente aquellas en las que su rol era la única conclusión lógica.

"La tabla demonio será el inicio de todo y el final de todo. Él trató de doblegarme con leyes, reglas y estupidez". Olvido movió sus manos con disgusto. "Ha sido una espera perturbadora, ya que él ha encontrado una forma de destruir cada trato, quitándose de la escena. Entonces yo arreglé el orden de los contratos".

"¿Estás segura de que quieres hacer esto?" preguntó Muerte, con la voz aburrida pero con los ojos fijos en su cara.

"Estás interrumpiendo… Yo estoy siendo brillante".

"No hay vuelta atrás de…"

"¿Mi?" Sus ojos se encontraron y esta vez su sonrisa era hermosa en su agonía y tristeza. "Sólo en ocasiones muy especiales".


Meg dejó correr el agua sobre ella y escuchó el golpeteo lento de la canilla abierta, sintió la manera en que el agua caliente limpiaba y quemaba su piel. Los Winchester habían presumido tanto sobre su 'presión de agua´ que ella se había escurrido aquí durante una de sus frecuentes discusiones sobre las pruebas.

En verdad se sentía bien estar limpia, en lugar de uno de esos baños de esponja ridículos que sabía que Castiel le había dado, esto le daba tiempo para pensar. Era más fácil pensar cuando estaba sola, sin el ángel guardián con ojos de gacela y los dos presumidos Labradoodles.
Uno tratando demasiado de hacerla sentir algo y los otros dos contrariados por su presencia.

Ninguno de los hombres que estaban abajo sabía qué tan fuerte sonaban diariamente.

Era más fácil estar sola en su propia cabeza, ahora que el traje de carne estaba vacío y que no tenía otra alma cabalgando con ella. La pobre pequeña actriz estaba en algún lugar, probablemente en el Leteo: un humano que no había sido ni bueno ni malo, sólo entremedio. Meg no tenía piedad de ella cuando se la llevó pero extrañaba la compañía de la pequeña luchadora que había sido.

La suertuda debe quedarse.

Mientras el agua corría por la curva de su estómago hacia la suavidad de sus piernas, dándole a su piel helada una leve calidez, apoyó su cabeza en la borde de la bañera. Se sentía extraño, forzarse a sí misma a relajarse y luchar para comprender por qué quería regresar a un lugar para ser protegida.

No estaba pensado como un demonio, luego de siglos de sangre, dolor y tortura; sólo quería eso de nuevo.

Estás a salvo aquí. No habrá más dolor. Estarás lista pronto. Descansa.

Esa voz.

Sospechosamente familiar, una voz en su propia cabeza. Sonando verdadera y dolorosa pero… diferente.

"¿Por qué estoy aquí?" Meg gimió y lentamente se sumergió en el agua. Ésta cubrió su cabeza, tocando los bordes de la bañera. Cerró los ojos mientras el cabello flotaba a su alrededor como rulos serpenteantes.

Tan hermosa. Tan leal. Completamente leal y sin embargo, tan diferente de otros que elegí. Eres única, Meg.

La voz de repente era ruda, sonando sin sexo pero áspera con la falta de uso. Sonaba protectora de ella. Incluso curiosa. Le traía todo de vuelta con claridad dolorosa, cosas que ella quería olvidar.

Flotando en agua … protegida…

Esto era como el Leteo. Pacífico. Quizás si ella tomara lo suficiente, no le dolería.

"¿Meg?" una voz confusa, profundizada por el agua, rompió su concentración. "Debes salir pronto".

Meg abrió los ojos bajo el agua y vio a Castiel apoyado sobre el borde de la bañera, con su cara borrada por las ondas. Boqueando, tragó una pulmonada de agua y se arrastró hacia arriba, enviando una ola de agua en arco alrededor de ellos. El ángel no se movió, aunque el agua había empapado su saco. Él todavía permanecía inclinado sobre ella cuando tiritó y se tomó con fuerza el borde de la bañera, apretándose un poco contra él para sostenerse. Él la dejó tiritar y escupir el agua, pero durante todo el tiempo ella sintió sus ojos sobre ella.

Irritantemente amable.

"Maldición". Ella se rascó la garganta y giró en la bañadera para ocultarle su desnudez. Castiel no se retiró, ni pareció darse cuenta de su piel pálida; sólo se movió hacia atrás y se sentó en el borde de la bañera. "¿Qué estás haciendo aquí?"

"Estaba preocupado por ti. No estabas abajo donde se supone que debes estar cuando yo no estoy". En la celda del demonio, continuó sin decirlo y ella supo que él tenía aversión de admitir lo que era la jaula de puertas abiertas en la que la tenían. Castiel la miró de cerca y ella cubrió sus pechos con sus brazos, insegura de por qué la mirada en el rostro de él la hacía sentir consciente de sí misma. No se había sentido así en siglos. No era que él la mirara con lujuria, ya que raramente mostraba una emoción; había algo más allí que la hacía sentir incómoda.

"No llegarías muy lejos si trataras de irte. Crowley está buscando la tabla y también lo están haciendo los ángeles. Serías localizada con facilidad".

"No es que me pueda ir tampoco. Pasaron algunos días desde que estuviste aquí y estaba volviéndome un poco loca. Quería tomar un baño y los Winchester no estaban". Meg se revolvió para alcanzar su toalla, pero él estaba sentado sobre esta, ya fuera consciente o inconscientemente. Era indiferente al hecho de que los tirones que daba ella en el material eran para correrlo a él.

"He estado ocupado, pero pensé que podría tomarme ese tiempo, ya que no me quieres a tu alrededor según recuerdo".

Ese viejo argumento de nuevo, pensó Meg mientras miraba con recelo a su ángel guardián no querido. "Dije que era necesario que pararas de respirar en mi cuello. Soy una niña grande, puedo caminar. También podría acuchillar cosas si me dejaras".

"No ha pasado el tiempo suficiente. Estoy preocupado".

Sin ser capaz de tomar la toalla, Meg se paró del agua y lo miró. Casi queriendo que él la mirara. A favor de Castiel, sus ojos permanecieron en la cara de ella mientras el agua se escurría a la bañera. Su pelo colgando en su rostro y su piel reluciente. Cuando salió de la bañera, la mano de él estaba sosteniendo la de ella y ayudándola a mantener el equilibrio en las baldosas resbaladizas, cuando sus piernas entumecidas del calor casi no la sostuvieron. Meg lo miró por encima de su hombro, vio su expresión formal de nuevo y tuvo que desviar la mirada. Ella quitó su mano y se paró frente al espejo del baño, todavía goteando agua y temblando por la corriente fresca del pasillo.

"Todavía no sé por qué estás tan detrás de mí ahora, Cas. ¿Alguna especie de proyecto de mascota? ¿Una forma de deshacerte de tu remordimiento?" Meg miró la hoja de afeitar que Dean había dejado sobre el lavabo. Unas pocas rebanadas rápidas podrían eventualmente matar a un humano, ¿pero a un demonio? No. Sería estúpido intentar.

¿Ayudaría algo el dolor?

Sintió una suavidad envolvente desde los hombros hasta las caderas, mientras Castiel la arropaba con la enorme y esponjosa toalla. Como siempre, sus movimientos eran lentos y suaves alrededor de ella. No es por que tuviera miedo de que se rompiera, sino porque él sabía que ella podría escabullirse en tan solo un segundo. Por su lado, Meg se mostró tensa, igual a cada vez que él la tocaba por un tiempo largo. Sus brazos la abrazaron, ignorando la mirada de advertencia que ella le dio a través del espejo, mientras que él arreglaba con gentileza la toalla para que ella estuviera envuelta de los hombros hasta las rodillas. Sumamente concentrado en la protección hacia ella, fijó la envoltura contra el frío alrededor de su cuerpo y, sin cambiar de expresión, rápidamente le colocó otra toalla pequeña sobre sus brazos y hombros.

Sin poder moverse, ella cerró los ojos y se relajó hasta secarse.

Castiel notó la sutil inclinación de su cuerpo contra él mientras la secaba meticulosamente, pero lo ignoró. Estaba más preocupado en concentrarse en la tarea para olvidar lo que había hecho en los días pasados… asegurarse de que los Winchester y las tablas estuvieran a salvo. A veces, no se sentía más que un objeto cuando estaba con cualquiera de ellos y a pesar que era perturbador estar en ese rol una vez más, ser el guardián de los hermanos lo mantenía centrado.

Meg movió su cuello hacia un lado, haciéndolo sonar, y él vio la frágil línea del músculo y se dio cuenta de lo fácil que sería matarla. Se preguntó si ella aún querría eso por la manera en que casi lo empujaba a hacer algo, frustrándolo. Aunque Castiel sabía que no sería capaz de hacerlo.

Eso era más por un sentido de crueldad, porque él la quería cerca para que lo asentara, más que por un sentido de misericordia.

Luego, cuando sus dedos peinaron a través del cabello enredado, una breve chispa de dolor por el tironeo la despertó de su ensueño. Inmediatamente, se puso en guardia y construyó una pared invisible entre ellos. Meg levantó su cabeza para mirarlo en el reflejo del espejo, vio su concentración y pensó.

"¿Por qué eres tan dulce conmigo, Clarence?" murmuró ella, con la voz quebrada porque sabía que la respuesta los lastimaría a todos más. La pregunta familiar hizo que Castiel mirara hacia arriba en el espejo, en sus ojos.

Luego, casi instantáneamente, él desvió la mirada. "No lo sé".

Él se fue antes de que ella girara y tuvo la certeza de que él ahora confiaba en ella, aún con aquella arma improvisada en la habitación.


Chuck se pasó la mano por la cara y suspiró, temblando tomó otra botella de whisky del botiquín. Se sentía cansado, una larga noche escribiendo una mala historia lo había desgarrado y quería dormir. Quería algo que quitase el vacío que cada historia creaba. Esta última era tan mezclada, con tantos finales, con tantos cambios y tantos muertos a los que tratar de dar sentido. Había asesinado a sus favoritos, y no hay mejor palabra para ello que asesinato. Todo en pro de su lucha con esta maldita historia, porque no podía ver su final y así no era nunca jamás como escribía.

Aquello había empezado a ocurrir varios meses antes cuando se había despertado con una sensación de terror que no había sentido desde que había conocido a Sam y Dean.

"Hola."

Dio un salto al oír la nueva voz en su cabeza y levantó la vista para ver una gota de luz en el espejo. Era al menos una cara del sentimiento real que se instaló en él de que conocía esa luz.

"¿Quién eres?"

"Ya no tiene sentido que te escondas. Has perdido toda chance de permanecer oculto. Eso ya no disminuirá tu sufrimiento y estamos hartos de limpiar el lío que has hecho".

Chuck rio con nerviosismo. "No tengo idea de lo que hablas. Estoy loco… hablando con una luz".

La luz parpadeó. "Sí, ¿no estás mintiendo, no? Tú te has hecho olvidar en forma deliberada. La negación es tan fuerte que no quieres salir a salvar tus preciosas criaturas. No por un Apocalipsis, no por tus ángeles amados. Es todo por tu preciosa historia, ¿no es así? Una que no quieres terminar".

La luz iluminó su rostro. Calidez fantasmal.

"¿Hay algo que realmente ames lo suficiente para ver hasta el final?"

Sin saber bien por qué, Chuck golpeó su mano en el espejo y gritó.

El sonido rebotó en su cabeza y Castiel la inclinó y gimió de dolor. Retumbaba, pulsaba y lo empujaba. El dolor directo le quemó el pecho. Aún podía sentir todo a su alrededor.

"Cas?" Dean entró en la habitación común, sosteniendo una taza de café. "¿Estás bien?"

"Sí, sólo… estoy cansado".

Dean se encogió de hombros y señaló a la mujer que yacía en el sillón opuesto. Ella estaba pasando los canales de la televisión sin parar. Click-Click-Click. Dean pensaba que este nuevo hábito de Meg de saltar los canales sin parar, era extraño y molesto. Castiel le había explicado que ella estaba buscando algo, aunque él no sabía qué.

"Has actuado como un perro guardián con Meg por más de un mes. Eso dejaría exhausto hasta a un santo". Él la miró, queriendo que ella reaccionara, pero como siempre, Meg lo ignoró. Ella ignoraba a todos.

"No es eso. Cuidarla no me cansa", murmuró Castiel. Den lo miró con incredulidad, pero él no lo notó. "Es algo más".

Dean tomó un trago y vino a sentarse a su lado en el sofá. "¿Todavía estás preocupado por ella? Quiero decir, sí… ella es una puta demonio y todo eso, pero hay algo raro", murmuró y Castiel suspiró. "Tú mismo dices que ella no es la misma ¡Diablos! incluso yo puedo decir que algo está mal. ¿Ella todavía sigue siendo un demonio?"

"Ella ha sido extraída de su versión del Cielo. Un lugar en el que pudo olvidar". El ángel casi escupió al escuchar las palabras, lleno de auto-odio, antes de negar con su cabeza. "Hice lo mismo por ti y por Sam, para salvarlos del Infierno; pero a ella la he condenado a otro tipo de Infierno".

Dean observa la cabeza de Meg inclinarse levemente para escuchar. "Sí, entiendo. Pero Cas, no todo es nuestra responsabilidad. No hay forma de que hubieras podido saber".

Castiel buscó su mirada y se observaron, las palabras como eco de las suyas a Dean.

Dean desvió la vista primero de aquella mirada implacable y se levantó. "Sam está en la cama. Mantén la televisión baja, por favor".


Sam y Dean sabían que estaban soñando como uno, instintivamente. Luego de años de cazar juntos, vivir juntos, algunas cosas sólo cobran demasiado sentido. Cuando Sam se apareció en sus sueños, Dean lo notó porque cosas como esa significaban que algo andaba mal, y Sam sólo asintió con la cabeza hacia él para hacerle saber que pensaba lo mismo. Sin palabras, comprendieron que algo estaba mal.

Estaban en una cafetería vacía, que le recordaba a Dean un restaurante de Chicago, con sus viejas mesas rotas y los antiguos bancos con almohadones. Sentado al lado de Dean, Sam observó confundido a su alrededor.

"Okay, Dean, sabía que nos estábamos metiendo en ese amor fraternal, pero ¿este asunto de los sueños compartidos? Es una mierda". Sam miró a su alrededor con nervios, pero Dean observó al hombre que comía. La cafetería estaba vacía excepto por un hombre delgado, familiar, sentado enfrente de ellos y mascando feliz, unas papas fritas adobadas.

"Marionetas. Así es como habría llamado a los humanos si yo hubiera estado a cargo de los nombres en la pequeña granja de hormigas de Dios". Muerte metió una papa en su boca. "Entonces. ¿Cómo va su misión para cerrar las Puertas del Cielo?"

Dean sintió que Sam se ponía rígido a su lado y lo interrumpió "¿Por qué estamos aquí?"

"No alcanzo a ver cómo esto es importante, Dean". Muerte lo miró sin emoción y Dean sintió ese viejo temor familiar de nuevo, gritando a través suyo. "Respóndanme, Winchester".

"Grandioso", masculló Dean, mirando a la entidad limpiar su boca con discreción. "Sam está completamente enfermo y más gente muere cada día a causa de nosotros. Pero supongo que tú ya sabías esto, ¿no?"

"Lindo… y todavía terco como siempre. Pero no todo siempre es sobre ustedes dos". Muerte dobló la servilleta sobre la mesa y miró a Sam fijamente a través de sus curiosos ojos. "Ah, sí. Ustedes están muy enfermos, ¿no? Y no saben bien por qué o qué tan malo se irá poniendo. No morirán por esto, si eso es lo que se están preguntando. Aunque desearían que sí. ¿No es eso reconfortante?".

Sam se pasó la lengua por los labios, nerviosamente. Dean miró a su hermano y luego de nuevo a Muerte.

"Ahora, escuchen, no sabemos lo que quieres, pero…", Dean comenzó a decir, pero Muerte lo interrumpió con suavidad.

"Dime... ¿Qué sabes de cocinar?".

La absurda pregunta hizo que los Winchester se miraran entre sí estúpidamente antes de mirar de nuevo a Muerte.

"Uh… los microondas son maravillosos. Gracias por preguntar", señaló Dean.

Muerte le dirigió una mirada aburrida y condescendiente.

"¿Cocina?" preguntó Sam. "¿Qué tiene eso que ver con todo?"

"Todo. Por ejemplo, ¿sabías que cuando dejas la tapa en una cacerola con agua hirviendo en algún momento el contenido se derramará, debido a que es demasiado calor para ser contenido?"

Antes de que ninguno de los dos pudiera siquiera pensar en qué extraño se veía Muerte, en cuan profundo y misterioso fue detrás de aquella expresión pasiva, él los precipitó de nuevo a sus cuerpos.


Meg gimió y se dio vuelta en el sillón, pero todavía parecía que estaba descansando. Hubo un leve temblor en sus piernas desnudas cuando trató de girar para ocultar su rostro en la almohada. Sus manos cerradas como pequeños puños en la frazada con la que estaba cubierta, mientras se hundía más profundo dentro de la calidez de esta.

Con las manos tomadas, Castiel se sentó en la mesa de café frente a ella y miró el suave subir y bajar de su pecho.

Los demonios realmente no necesitaban dormir, pensó. Entonces, ¿qué era diferente sobre Meg? ¿El único demonio que conocía mejor que todos?

Estiró su mano, y la pasó sobre la cara de ella y sintió su piel estremecerse con el contacto. El suave gemido que dio ella, como si estuviera sufriendo, lo hizo presionar sus dedos contra la mejilla de ella. Meg se inclinó un poco ante su caricia y él frotó su pulgar contra el borde de su mandíbula. Ningún cosquilleo dentro de ese traje de carne excepto por su alma espinosa, ahora una oscuridad fracturada, quebrada y destrozada; hilvanada en partes, pero todavía con mucho dolor. Castiel miró su rostro y su pulgar le tocó el lóbulo de la oreja mientras le empujaba el cabello por encima del hombro.

Los ojos de Meg se abrieron suavemente, como si estuviera luchando para despertarse. Ella miró con tanta paz que él le sonrió, complacido de ver finalmente su calma, pero con la misma rapidez, algo se cerró en su rostro, como una cortina. Cuando ella lo vio tan cerca alejó su cara de la mano de él. Castiel la miró levantarse en el sofá y mirarlo mientras se recostaba lo más lejos que podía de él.

Como si eso pudiera borrar su caricia.

Castiel dejó caer su mano y flexionó sus dedos como tratando de deshacerse de la sensación de la piel de ella en la suya. Meg lo recorrió con los ojos y él le devolvió la mirada fácilmente.

"Estabas durmiendo, soñando. ¿Qué estabas soñando, Meg?"

Un simple encogimiento de hombros y él pudo sentir su frustración sobre ella casi sobrepasar su paciencia antes infinita.

Ella estaba funcionando, pero no era completamente ella misma.

"¿Por qué no me cuentas?" murmuró él, más para sí mismo, y Meg observó en sus ojos.

"Porque no hay nada que contar. Duele recordar lo que me quitaste". Meg acercó sus rodillas a su pecho, con el sweater enorme que le había robado a Sam cayendo de sus hombros desnudos. "Yo no era tan mala como para volver al Infierno, ni tan buena para ir al Cielo. Si esto fuera años atrás, yo diría que tuviste éxito en castigarme lo suficiente".

Castiel encogió sus hombros como si tratara de distribuir el peso de su propia culpa. "Lo sé".

"Entonces, deja de mirarme así".

"Puedo ayudarte".

"Apenas puedes ayudarte a ti mismo, Clarence, y mucho menos a tus mascotas humanas". Meg gruñó y apartó la mirada. "Así que no comiences conmigo".

Sin querer mostrar qué tan profundo llegaba la crítica, en su lugar él la miró. Meg se movió inquieta bajo la mirada irritante y él lentamente deslizó su mano por su rodilla hasta el almohadón del sillón. Los ojos de Meg miraron sus dedos largos, pero Castiel la observó para ver si daba signos de estar por escapar. Todavía moviéndose con lentitud, él pasó sus dedos por la rodilla desnuda de ella, para tomar su mano.

Meg giró su mano levemente, y sus dedos se asieron a los de él con tanta fuerza que él tuvo que cerrar sus ojos ante la paz que le dio ese apretón. Estuvieron sentados en silencio hasta que oyeron ruidos en las habitaciones superiores e incluso entonces, él se negó a soltar la mano de ella.

Había estado tan cerca de averiguar.

Meg libero su mano y se deslizó fuera del sofá, un pequeño resbalón de un demonio perdiéndose en las sombras mientras regresaba a su celda.

"¿Cas?" llamó Sam. "Tenemos una pista sobre Kevin. ¿Vienes?

"Sí, sí, por supuesto". Castiel sacudió la cabeza. Dean estaba mirando hacia donde Meg se había ido y sin demasiada sutileza, le tiró a Sam las llaves del armario de armas para mantenerlas fuera del alcance de ella.


Parte 2

Chuck tragó el resto de su botella de whisky y limpió su boca nerviosamente antes de intentarlo de nuevo. Sus manos temblaron mientras golpeaba las teclas e intentaba poner en la pantalla las palabras que quería escribir. Pero la historia que había estado tratando de contar, de Dean y Sam triunfando sobre otro demonio más, no le venía a la mente. En su lugar, quería escribir sobre otra cosa y sin importar qué tan duro intentara sacar las palabras, peor se hacía su bloqueo.

"Pero ¿qué es lo que está mal conmigo?" murmuró y dejó caer la barbilla sobre su pecho, con la frustración en sus ojos cansados y estresados. "Yo era tan bueno creando".

Se sintió con ganas de tirar su laptop por la ventana.

Unos brazos fuertes se deslizaron de pronto por sus hombros para abrazarlo alrededor del pecho, tirándolo hacia atrás en su silla, para sentir unos pechos suaves y un abrazo cálido. Seguro que estaba soñando, suspiró y se recostó en la calidez, en los brazos que lo contenían. El suave olor a mujer le hizo sonreír contra su voluntad y toda la tensión dentro de él se esfumó lentamente.

"Tranquilo. Ya volverá", susurró una voz gentil en su oído y él abrió los ojos para ver a una mujer, una mujer bastante hermosa con un cabello rubio rojizo y ojos negros, mirándolo en el reflejo de la ventana. Las mejillas de ella se apoyaron sobre su sien, y como drogado, él se inclinó más contra ella. Con una mano, ella comenzó a peinar gentilmente su pelo, suavizando el despeinado.

"¿Quién eres tú?" él murmuró. Ella parecía familiar. Le recordó una vez que había tenido una visión de ese tipo; la del personaje de Meg cuando la había traído de vuelta en sus transcripciones, un personaje que le gustaba, y esta mujer era la viva imagen de ella, sólo que más refinada. Ella le sonrió, con los labios rojo sangre rozando su oreja.

"Ha pasado mucho tiempo. Estuve una eternidad hacienda lo que me pediste, porque me diste libertad para hacerlo", la visión murmuró contra su mejilla. Ella levantó sus manos y lo sostuvo protectoramente. "Necesito que crees. Que me cuentes una historia. Que me escribas a mí en la historia".

Él la conocía. Más allá de su rostro. Cada fibra de él conocía a esta criatura. Lo que él sentía era amor y temor tan profundamente mezclados que no estaba seguro de cuál hacía latir su corazón más rápido. De todas maneras, puso sus dedos obedientemente en las teclas de la computadora y comenzó a escribir.


Ellos estuvieron fuera por varios días, dejándola sola en su celda. Un largo tiempo para estar sola con sus pensamientos, con su memoria debilitándose.

En un tiempo ella pensaba que los demonios sólo soñaban cuando estaban alrededor de su creador. Pero cuanto más tiempo permanecía quieta, más se daba cuenta de que era porque los demonios eran inherentemente intranquilos que ella no había tenido oportunidad de soñar antes. No necesitaba dormir para soñar; podía caminar y andar alrededor del piso del sótano entrando y saliendo de un estado de somnolencia.

Nunca le pasó por la mente que ello fuera extraño. Ella se sometía a esa rara sensación de calidez que necesitaba.

Estás contenta. Eres amada. Serás protegida.

Ese recuerdo no la estaba abandonando, entonces se dejó caer en sus pesadillas sonámbulas del Leteo siendo destrozada ante sus ojos. Con cada paso, ella regresaba y sentía el agua correr a través de ella. Entonces caminó, caminó y caminó sólo para mantener esa sensación.

Fue así como la encontró Castiel cuando volvió. Una mirada somnolienta en su rostro y sus pies estropeados de tanto caminar, con la piel lastimada, y sangre saliendo de una llaga. Estaba andrajosa, con el cabello lacio sobre sus hombros siendo un desastre de nudos y su piel casi amarillenta. Pero lo que lo hizo mirar con atención fue la forma en que ella caminaba: su cuerpo moviéndose a un ritmo suave pero errático, fuera de equilibrio, pero con tanto propósito que él sabía que no era natural.

Castiel comprendió el dicho "se veía como el Infierno".

Detrás de él, Dean abrió su boca para decir algo y Castiel rápidamente lo empujó hacia atrás y Meg pasó a su lado. Él movió una mano frente a su cara, pero no obtuvo ninguna reacción, ni siquiera un chasquido de poder para rebelarse contra su Gracia. Ella sólo continuó caminando hasta los límites de las guardas que Sam había pintado y entonces giraba para comenzar en una nueva dirección.

"¿Tienes esta, Cas?" preguntó Dean y lo palmeó en la espalda. Castiel miró enojado por encima de su hombro al cazador que retrocedía antes de volver su atención hacia Meg. Él esperó su próxima vuelta antes de interponerse en su camino.

Si hubiera tenido sentido del humor, él habría encontrado cómica la forma en que ella se chocó contra él como si fuera una puerta. Pero el impacto la detuvo y ella parpadeó, mirando fijamente su cuello con solemnidad. La mirada drogada en su cara se fue perdiendo lentamente y ella tiró su cabeza hacia atrás para mirarlo.

"Entonces volviste". Las palabras terminantes, como si hubiera sido perfectamente consciente de su presencia todo ese tiempo, lo hicieron pestañear.

"Sí."

"Bien". Castiel inclinó su cabeza a un lado y ella desvió su mirada. "Supongo que me había acostumbrado a tenerte alrededor constantemente. ¿Tuvo éxito la misión?"

"Apenas. Hubo complicaciones".

"Siempre las hay".

"¿Esto es lo que haces cuando no estoy alrededor?" preguntó Castiel con curiosidad. Él señaló sus pies y ella miró hacia abajo, exagerando su suspiro.

"Oh, no. Sólo estoy feliz de estar aquí, esperando a mi gran héroe apuesto que retorne para hacerme sentir como una muñeca de porcelana. Ya que nosotros los demonios, no podemos protegernos bien desde el principio", dijo arrastrando las palabras, pasando sus ojos por la cara de él.

Por una vez, ella vio que su sarcasmo calaba hondo en él. Castiel se retrajo apenas, como si ella lo hubiera golpeado, y luego la expresión abandonó su cara tornándola fría y de piedra. Antes de que ella pudiera evitarlo, él tomó su brazo y la arrastró a la habitación común con él. Había dejado el maletín de primeros auxilios allí porque había notado en las semanas anteriores, que las heridas de ella podían abrirse a veces.

Meg se revolvió contra el apretón en su brazo.

Ignorando su intento de liberarse, él la tiró en el sillón y le tomó los pies con las manos alrededor de sus talones.

"¡Aprietas mucho!" siseó Meg, tratando de liberarse. La cabeza de Castiel se levantó y la mirada que le dirigió la hizo encogerse levemente por la sorpresa. Él había sido perturbadoramente amable y considerado las semanas pasadas; la había arrullado en una sensación de igualdad y confort; y frente a tal grado de gentileza, ella casi se había olvidado lo que él realmente era.

Ahora en esos ojos azules ella pudo ver la criatura debajo y no era ni gentil ni considerada. Era la que había visto en el Fuego Sagrado, la que había saboreado antes. Estaba furiosa y se retorcía en una mezcla de luz y furia que se enrollaba a su alrededor. Él estaba enojado con ella y por primera vez ella sintió algo más que apatía. Ella sintió temor instintivo; un miedo que un demonio conocía cuando estaba por morir.

"Si no me dices…", gruñó él mientras ella pateaba y le pegaba en la mandíbula con el talón, "…qué es lo que quieres, entonces no puedo ayudarte".

"Quizás sólo quiero que me dejen sola. ¡Mierda!" gritó ella mientras él colocaba peróxido sobre las llagas de su pie. La sustancia borboteó y siseó mientras limpiaba la infección y él mantuvo apretado el pie para que se ella quedara quieta. Le faltaba la gentileza esta vez, le faltaba cualquier cuidado mientras colocaba pomada en las plantas de sus pies y le quemaba la piel con el desinfectante. Ello la despertó un poco más del ensueño en el que había estado mientras soñaba con el Leteo.

"Estoy cansado de ser gentil contigo cuando haces estas cosas", dijo Castiel con calma, pero bajo esa apariencia era todo furia y frustración. "Tengo paciencia infinita, pero con los humanos".

Meg lo observó mientras él comenzaba a vendar sus pies rudamente con gasa. Sus ojos se elevaron de los dedos de los pies de ella hasta su rostro, un lento arrastre que quemaba mientras avanzaba.

"Pero tú no eres humana. No precisamente. ¿No es cierto? ¿Entonces por qué te debo tener paciencia?" continuó mientras daba un último tirón de la gasa. "No puedes hacerme confiar en ti como hiciste una vez".

"¿Alguna razón por la cual debería?" preguntó Meg mientras retraía sus pies y los alejaba de él. "¡Tú me has hecho algo peor que Alastair o cualquier otro demonio vivo!"

"¡Y no quería hacerlo!" gritó Castiel y se levantó del sillón. Meg nunca había escuchado su voz elevarse antes, pero el sonido fue atemorizante, si no doloroso. Toda la habitación pareció agrandarse a su alrededor. Ella casi pudo ver las alas saliendo de su espalda y mientras las sombras lo cubrían oscureciendo su recipiente, sintió el temblor del edificio por la fuerza hirviente de su Gracia. Había una oscuridad extraña en él, aunque sus ojos eran de un azul brillante y furioso. Su mirada la penetró quemante y ella miró hacia otro lado, temblando.

Meg había olvidado lo que era estar asustada.

En el intento de ocultar su temor, ella extrañó la suavidad de sus rasgos, mientras él la miraba construir su armadura alrededor, como una cáscara protectora. Castiel había visto a Dean hacer algo similar antes; le hizo recordar a los soldados antes de la batalla cuando sabían que iban a morir.

Se sentó de nuevo pesadamente a los pies de ella, exhausto hasta los huesos por primera vez en semanas.

"Lo siento".

Ella lo miró y él aclaró su garganta.

"Estoy tratando de comprender, pero tú me lo haces difícil". Sus dedos se contornearon y la gasa en los pies de ella ya no le apretaba, sino que era reconfortante. "Quiero ayudarte, Meg".

Él la miró casi nerviosamente. "Lo haré bien. De alguna manera, yo puedo hacer que sea mejor".

Meg negó con su cabeza y observó los estantes, para evitar los ojos de él.

"Por favor. Si yo pudiera encontrar el modo…" Exhalando con suavidad, él negó con la cabeza. "Sólo di algo".

Retirando un mechón de cabello rubio y sucio de sus ojos, ella lo miró con desdén. "¿Por qué? ¿Por qué quieres ayudarme?".

Luego él observó las manos de ella, viendo la manera en que ella las retorcía en el borde del sweater raído. "Todavía no estoy seguro".

Había algo en su mirada indecisa que transformó el temor de ella en ira. Ninguna revelación, ninguna corrección de las cosas con la palabra adecuada, nada. Y se dio cuenta de que había sido estúpido esperar por otra cosa.

"¿Qué razón querías que te diera?" preguntó Castiel.

Cualquier respuesta que ella diera, la haría parecer débil y ridícula. Entonces, hizo la única cosa que pudo pensar en hacer al enfrentar situaciones que eran tan abrumadoras y para las que no estuviera lista.

Ella huyó.

Castiel sólo se sentó y la miró salir fuera del sillón. Él no la agarró cuando ella se tropezó y golpeó su rodilla en el piso de baldosas, no hizo más que observarla correr hacia el baño para esconderse. Cuando ella volteó, sosteniendo la puerta con una mano, él todavía estaba sentado allí, viéndola con esa mirada indulgente y desesperanzada de un amigo esperando que ella volviera a tierra.

Sintiéndose como una tonta, Meg golpeó la puerta con cara de perrito suplicante y se sintió ridículamente bien haciéndolo. El marco se quebró bajo la fuerza del golpe y ella retrocedió, esperando que Castiel o un Winchester interrumpieran preguntando qué estaba mal en ella.

Una respuesta que un demonio tan antiguo como ella todavía no tenía.

Cubriendo la corta distancia entre la bañera y el lavabo, ella recogió su pelo enredado con sus manos y tiró con fuerza. Cuando se dio vuelta y miro su reflejo en el espejo, vio la sombra de lo que ella había sido en forma humana y como demonio y eso la enfureció.

"¡Mierda mierda mierda mierda…MIERDA!" gritó al espejo que se rompió en pedazos cuando dirigió su poder contra él.

Tanta emoción. No pensé que te quedara nada. Te recuperaste rápido.

Esta estúpida voz. Distrayéndola.

Sin embargo, los sueños del Leteo no habían desaparecido, dejando atrás la realidad de su amargo entumecimiento. Cuando intentó golpear de nuevo con su poder, la habitación flotó a su alrededor e inclinó la cabeza sobre el lavabo para escupir una bocanada de bilis y sangre. Dio fuertes arcadas para respirar, mientras el pánico y la ira se mezclaban en un remolino furioso dentro de ella.

Le llevó algunos minutos controlar su estómago y abrió la canilla tomando agua para sacarse el gusto amargo, hasta que no quedó nada más que humo. Tosió y se forzó a beber, recordando las frías aguas del Leteo lavando su interior, purificándola lentamente.

Sólo que ahora, en lugar de un entumecimiento cálido, ella sintió una increíble debilidad.

Una debilidad que la había estado afectando desde que había conocido al maldito ángel por primera vez.

No puede lastimarte aquí. Estás a salvo conmigo.

Un flujo de calidez la atravesó, como si agua caliente fluyera por su cuerpo, y tuvo que parpadear para aclarar su visión borrosa. Mareada, miró hacia su reflejo. El espejo ondeó una vez, dos veces y luego volvió al fondo hasta que sólo quedó su pálido rostro. Su traje de carne se suavizó y el demonio y la mujer se mezclaron perfectamente en una refinada belleza. Su reflejo tenía más sofisticación de la que Meg nunca recordara y sacudió la cabeza, confundida con el cambio.

Su reflejo sonrió. "Hola, pequeña Paloma, hay algo que necesito que hagas".

Meg parpadeó. "Bueno. Estoy loca. Eso es. Llévenme al hospital. Cas hizo un número conmigo".

"Sí," admitió su reflejo. "Él lo hizo. No creo que te des cuenta qué profundo 'número'. Tuve que dejarlo para que ambos pudieran volver, pero él es una inusual fuente de sorpresas. Tú eres… difícil".

Meg no había sido un demonio por siglos sin saber cuándo algo estaba intrínsecamente diferente en su traje de carne robado. Su verdadero rostro no se mostraba en el espejo. El reflejo estaba sereno y controlado. Sin signos de nada, excepto paz. Pero había algo mal en su reflejo; ella lo sabía con cada trozo de poder y de conocimiento que tenía.

El reflejo gritaba 'mal'.

"¿Qué eres tú? Tú no eres yo", susurró Meg.

"No soy tú, pero soy una parte tuya porque te convertiste en parte de mí. ¿Comprendes?" la mujer preguntó.

"No."

"Supuse que no. Los demonios son jóvenes y no comprenderían lo inmenso de tal situación". El reflejo se onduló de nuevo. "Lo dejé que te tomara de mi río. Tu alma, astillada como estaba, reemergió, y salió a la superficie ya quebrada. Pero siempre hay un costo. Lo sabes".

Meg ya sentía un dolor de cabeza por esas palabras tan precisas.

"Entonces eso te hace, ¿qué exactamente?"

La sonrisa que le dedicó fue amable y severa al mismo tiempo "Yo solía llamarme Sheol, en otro tiempo cuando todavía vagaba. Pero para todo lo que necesitas saber, soy el dulce olvido que una vez conociste".

"Tú eres la voz en mi cabeza". Meg se alejó del espejo. "Tú eres la que escucho".

Yo pensaba que era un eco de Cas, pensó ella tontamente.

La mujer en el espejo, se volvió hacia ella y sonrió con indulgencia. "Tú tienes una cantidad inusual de emoción para ser un demonio".

"Sí, me mete en problemas", murmuró Meg, mirando nerviosa por encima de su hombro. Ella esperaba de alguna manera que Castiel apareciera de la nada. Él siempre lo hacía cuando estaba 'involucrado´ y la manera en que ella se había ido lo debería haber traído de nuevo.

"A él nunca le importaste, sabes, y no deberías preocuparte nunca por él. Está fuera de tus bases naturales. No es natural, es inmoral… etcétera, etcétera, sin importar lo que los rectos humanos con aspiraciones de moralidad digan".

Meg se puso rígida y el reflejo la miró levantando una ceja. "¿No eres sólo un rayo de luz del sol en mi subconsciente? No quiero amarlo, si eso es lo que quieres decir".

Su reflejo arqueó una ceja lo que le hizo darse cuenta de que su elección de palabras había sido captada y ella se encogió.

"Pero, aun así, él te encontró y yo no se lo hice fácil. Trágicamente. Mi hermano me dijo que podía esperar algo así. El ángel fue algo diferente. Él te quitó de mí". Ella presionó una mano bien cuidada en el espejo y vacilando, Meg la alcanzó y presionó su mano sobre el otro lado. Aquello se sintió como una electricidad flotando entre el espejo y su reflejo.

"¿Qué se supone que debo hacer por ti?"

"Permite que continúe la prueba. Ayuda a tu precioso ángel y sus mascotas humanas a cerrar las puertas del Infierno. Simple, ¿no es cierto?"

Meg giró sus ojos. "Soy vieja pero no estúpida. Hay algo más".

"Pero tú eres leal y obediente". Su reflejo se sintió cálido bajo el espejo. "Finalmente, te darás cuenta de que mi causa es una manera de terminar con todo el dolor… con todo el sufrimiento. Dedícate a mí, Meg".

Su lealtad nunca había sido cuestionada antes y ese alago se coló profundo en ella. Con eso hubo un sentimiento de amor y protección, de engañosa calidez que hizo que Meg se reclinara hacia el espejo.

"Pero sin mí…", la entidad se inclinó hacia adelante y su boca casi tocó el vidrio astillado, "tú siempre sientes mucho dolor y no conoces la felicidad. O la protección. Yo soy parte de ti, demonio, y tú eres parte de mí. Yo puedo protegerte".

Meg retrocedió y quitó su mano.

Su reflejo la miró retroceder y sonrió. "Pronto".

Con eso, hubo un destello de luz y Meg se cayó contra la pared opuesta mientras era bañada en poder. Quemaba y humeaba, luego se asentó justo debajo de la superficie de ella. La mujer se había ido, dejando atrás sólo un demonio cansado con un rostro robado.

Meg se encogió de hombros y sintió sus dedos estremecerse cuando tocó el espejo. Convencida de que era una alucinación, alcanzó la bañera y tomó la hoja de afeitar descartada de Dean. La hoja afilada se deslizó por la carne de su palma, cortando una línea limpia, y el dolor la trajo de nuevo a la realidad. Pero a pesar de la profundidad del corte, su carne sanó con rapidez.

Podía sentir algo. No estaba loca.

Cuando al final salió del baño hacia la biblioteca vacía, Meg caminó lentamente. Aparentemente Castiel se había ido, por lo que ella era libre para caminar sola hacia la muerte si quisiera. Dejar que estuviera fuera de la celda del demonio ayudaba, pero sólo un poco. Los Winchester la miraban, pero Dean sólo sacudió su cabeza y le dijo que se enchufara a una batería si tenía tanta energía.

En otro momento ella le hubiera hecho un gesto obsceno, pero estaba muy perdida tratando de borrar la ansiedad que el reflejo le había dejado para molestarse. Ya era tarde y Sam, exhausto y enfermo, se arrastró alejándose de sus pilas de libros. Dean no estaba muy lejos, llamándole la atención de que, si ella hacía algo, él haría que Castiel destruyera su trasero.

Meg lo ignoró.

Caminó de un lado a otro de la habitación, confinada por las guardas y bloqueada por cualquier otra estúpida mierda que los Hombres de Letras hubieran creado para atraparla. Inquieta y enojada por estar acorralada, no sólo por esta habitación, sino también por lo que se le estaba haciendo a ella, Meg luchó por controlar su ira. Las guardas quemaban cada vez que ella tocaba los bordes de la habitación, pero aun así fue directo a ellas, al menos de esa manera lograba sentir algo.

De todas formas, la única cosa que ella iba a sentir iba a ser dolor.

Incluso el agotamiento parecía estar más allá de ella ahora. Meg se arañó los brazos y sintió arder las heridas, pero una vez más, como el corte en las palmas de sus manos, se curaron instantáneamente. Esa oleada de poder se había ido, pero podía sentir su residuo en la piel.

Pensó que podía permanecer acurrucada en una bola patética, pero eso tampoco era como ella. Nada de esto lo era.

De alguna manera, esto era peor, la idea de que se había perdido a sí misma.

Por primera vez, sintió una pizca de piedad por las jóvenes que había poseído.

Observándola desde la entrada, Castiel esperó a que girara una cuarta vez antes de aclarar su garganta.

Meg sólo lo ignoró y siguió caminando.

Tuvo que esperar hasta que ella se acercara a su lado cerca de la cocina y él la bloqueó. "Estás caminando de nuevo. ¿Qué pasa?"

"Nada. Todo. Escoge, pero déjame sola".

"No creo que sea eso lo que deba hacer. Te dejé sola por unas pocas horas y pareces estar peor".

Por primera vez, ella se acercó a él y sus delgados dedos le agarraron la corbata. Gruñó mientras ella lo atraía a su nivel.

"Lo que debías hacer nunca lo hiciste. Estoy jodida".

Castiel la miró fijamente y levantó con vacilación su mano. Él le alisó el cabello, desenredando un nudo, y Meg sintió la calidez atravesarla al contacto.

"Sólo quería cuidarte. Hacer lo que necesitabas. Te debo eso".

Castiel vio el cambio en ella. Por un momento, volvió su Meg, la que había luchado contra él y que aún se preocupaba por él. Sus ojos brillaban con un peligroso rayo de luz y él sintió el apretón en su corbata de nuevo.

"Lo que necesito…", repitió ella y él se irguió para mirarla hacia abajo.

Él supo en el momento en que ella habló que algo era diferente. Había un arrastre en su voz, un lento resbalón en su paso, y él supo que ella estaba tramando algo más que sólo discutir con él. Meg inclinó la cabeza hacia atrás y se le acercó, tan cerca que él sintió un empujón demasiado íntimo de sus caderas contra las suyas.

"¿Qué crees que necesito? ¿O qué quiero?" preguntó Meg.

Escuchó un ligero tinte en su voz, salvaje e incierto.

"¿Qué pasó?" Él la observó encogerse un poco. "Yo quisiera… Quiero ayudarte a olvidar lo que te está molestando".

"Por un precio, ¿verdad?" escupió ella amargamente. "¿Dando mi vida otra vez para acabar con Crowley? ¿Ayudando a tu precioso Dean o a tu desdichado Sam?"

"No". Castiel vio sus ojos clavarse en él. "Nunca hubo un precio desde que me salvaste la primera vez".

"Así es cómo es. Estás haciendo esto por PIEDAD".

"No lo tergiverses" La cabeza de ella se inclinó y él sintió como la mano de ella se deslizaba por su hombro hasta la solapa de su gabardina. "Quiero ayudarte porque quiero. Pero no puedo porque no me dejas".

"¿Y si te dejara?"

Él la miró fijamente, sin saber qué hacer cuando sintió que sus pequeñas manos le tiraban de su gabardina, por un momento volvió la seducción que una vez había visto en ella. La oscuridad brillaba en sus ojos, pero no por la maldad. Él siseó en un suspiro mientras ambas manos de ella se deslizaban bajo su abrigo y lo levantaban un poco.

Puro deseo emanaba de ella.

"Tú me preguntaste lo que yo necesitaba... ", murmuró Meg mientras lentamente le quitaba la gabardina, dejándola caer al suelo. Nerviosamente, él fijó su mirada en su cabeza mientras ella se apoyaba en él. Ella giró su cabeza para rozar con su nariz el cuello de él, calentándole la piel con su aliento. "Y ahora mismo, necesito sentir algo. Así que lo que necesito es que me ayudes a recordar de verdad lo que es. Acércate, Castiel, o cállate y vete".

El cambio abrupto, la voz de ella áspera y sus ojos muy oscuros, tendrían que haberlo alertado.

Pero por más de lo que ella pudiera darse cuenta, él sabía lo que era sufrir por lo que se había hecho y querer algo prohibido. Se había contenido antes para condenar las consecuencias cuando encontró eso en ella.

Cerrando los ojos, Castiel se estremeció cuando ella le acarició el cuello y trajo con ella una calidez que él no había sentido por algún tiempo. Las manos tomando sus hombros, por un momento él casi pensó en apartarla, pero la sostuvo quieta, sintiendo ese calor en ella. De repente, todo era ella; volvía a ser la criatura emocional y apasionadamente leal que había sido una vez, y que él había extrañado.

Los labios de Meg se posaron sobre su mandíbula, mordiendo suavemente y aliviando el dolor con su lengua. Castiel se inclinó al contacto antes de girar la cabeza y besarla. Ambos se detuvieron, dudando si continuar, pero entonces los labios de ella se separaron bajo los de él. Era vacilante y precisa la forma en que él deslizaba su lengua contra la de ella, tratando de colocar sus manos de una u otra manera, en un abrazo torpe, y luego murmuraba tonterías cuando ella se apoyó en él. Las manos de ella tomaron su cabello acercándolo para tratar de absorber más sensación, más calidez, y los dedos de él apretaron sus caderas para mantenerla quieta.

Cuando él rompió el beso para respirar, la vio jadear tan fuerte como él. Meg devolvió su mirada quitándose el suéter y dejándolo caer sobre el abrigo de él. Su piel brillaba levemente por un sudor creciente, y ella se empujó contra él, colocando las manos de él en su cintura otra vez.

Su mente se mantuvo concentrada y clara incluso cuando las uñas de ella se clavaron en sus manos, y él se dio cuenta de que ella estaba buscando algo de él.

Sucumbió a la misma necesidad con un afán que habría sido pecaminoso en un ángel cuando profundizó el beso y sintió el mordisco de ella en su labio inferior. Apoyado en su boca, se inclinó y la tomó por las piernas para acercarla, sintiendo cómo ella envolvía las piernas alrededor de su cintura. Uñas barriendo su pelo, pellizcando y tirando, mientras sentía un beso devuelto casi con ira. Apenas sabiendo adónde iba, Castiel la tomó con fuerza y trató de concentrarse en dónde quería llevarla.

Sólo llegaron hasta los estantes de la biblioteca antes de que el beso de ella llegara a distraerlo tanto que él tuvo que apretarse contra ella para impedir tirarla al suelo allí y en ese preciso momento.

Meg rompió el beso y se pasó la lengua por los labios pensativamente mientras se recostaba en el estante contra el que se había apoyado.

Por un momento, él vio un parpadeo en su cara. "Deberíamos parar", dijo por ella. Una mezcla de consternación y preocupación lo atravesó, sin tanta fuerza como ese deseo. "Sigues estando muy débil."

La piel de ella seguía sintiéndose fría y él tragó ante su mirada cuando ella lo agarró por la nuca. Su aliento estaba caliente en su boca mientras ella inclinaba la cabeza y se apoyaba hacia delante para agarrar su labio inferior entre los dientes, mordiendo con tanta brusquedad que él se dio cuenta de que ella estaba probando su sangre. Ante su mirada sorprendida, ella sonrió con superioridad.

"Cállate. Por una vez".


Sam bostezó y se limpió la cara mientras tropezaba hacia la cocina, apenas viendo a través de las luces bajas parpadeantes. Había bebido más de tres cuartos de su botella de Jack para dormir, una idea de Dean con certeza, y ahora el dolor de cabeza que sentía lo hacía arrepentirse. Su boca se sentía seca y le dolía la cabeza, así que tropezó con la pequeña mesa para mantener el equilibrio.

Cuando se tropezó con la ropa, la pateó fuera del camino, abrió la heladera y tomó una botella de agua.

Había tragado la mitad de la botella cuando se dio vuelta y vio que la ropa que había pateado era un abrigo de color tostado. Abriendo los ojos, se dio cuenta de que uno de sus grandes suéteres también estaba allí.

"¿Qué mierd-?" susurró, sacudiendo la ropa con el dedo del pie como si fuera a morderlo. Confundido, levantó la vista, vio las luces que aún parpadeaban ocasionalmente, y se tragó el resto de la botella con rapidez.

Nerviosamente, se arrastró hacia adelante, escuchando.

Vio un movimiento detrás de una de las columnas y con nerviosismo espió por encima de su hombro antes de acercarse a mirar. Cuando se acercó a unos pocos pasos, mirando entre las tablillas abiertas, el movimiento claramente pertenecía a un hombre que se movía sobre algo…o alguien.

Juzgando por las manos que se deslizaban sobre la espalda desnuda y los hombros flexionados, el hombre no estaba solo en los estantes.

Sam tragó y se retiró cuando se dio cuenta de lo que había visto…Y a quién.

Un movimiento detrás de él lo hizo girar para ver a Dean tan somnoliento como él entrando en la cocina. Como si fuera sonámbulo, abrió la nevera, sacó la rebanada de Pie que había estado guardando, y sin preocuparse por un tenedor, rápidamente la tiró al fregadero. Sam caminó rápido para encontrarse con él y se apoyó contra la mesada.

"¿Estás bien, Sammy?" preguntó Dean. "Te ves como si estuvieras en shock".

Sam se las arregló, apenas, para mostrar una expresión en su cara. "Estoy bien, sí".

Tenía en la punta de la lengua contarle a Dean lo que pensaba que estaba pasando.

Pero, por alguna razón, se detuvo y como Dean miró hacia las luces, él discretamente empujó el saco de Castiel fuera de la vista, bajo la mesa.

"¿Pasa algo con la electricidad? Pensé que teníamos un buen generador".

"Eh, sí. Ya sabes, uhm, el aparato funciona a gas. Me voy a… me voy de vuelta a la cama, a dormir un poco, lo arreglo en la mañana. Te ves como si también necesitaras dormir", dijo Sam.

Dean entornó los ojos al mirarlo. "¿Estás escondiendo algo?"

"¿Yo?" rio él y miró a Dean con cuidado. "Por supuesto que no".

Dean lo recorrió con la mirada, buscando signos de que estuviera enfermo, y llego a sus pies… "¿Eso no es tuyo? ¿El que le prestaste a Meg?" preguntó, y se inclinó para tomar el sweater del piso.

"Oh, sí. Ella ha estado un poco loca… seguro que lo dejó caer".

"Meg vagando en topless… ésa es una foto". Dean hizo una mueca y luego se detuvo. "No está mal en realidad. Sería memorable".

Él tiró el sweater en la mesa. "Está bien, vamos. Vamos a la cama antes de que te patee el trasero".

Sam exhaló con alivio mientras seguía a su hermano fuera de la habitación. "Me la debes, Cas", murmuró.


Meg dormitó, su espalda presionada contra la de Castiel, mientras yacían entre las estanterías de la biblioteca. Él era tibio contra su fría piel, casi vibrando con energía y calor. Su piel estaba sudorosa y se deslizaba por la de ella cada vez que se movía. Los libros y también la ropa del ángel estaban esparcidos alrededor y sin ningún pensamiento consciente, ella se desplomó en unas cuantas páginas rasgadas. Él había estado callado por un momento y ella podía sentirlo pensando.

Él no se daba cuenta, como los Winchester, de qué tan fuerte pensaba a veces.

De manera irracional, Meg se preguntó si la experiencia había sido poca para él, cuando para ella, eso no había sido mucho. Sus expectativas…

Ella quería pasar un momento rápido, divertido y en su lugar él le había mostrado comodidad y paciencia.

Casi como si él le hubiera estado haciendo el amor en lugar de sólo sexo.

Los hombros de él se movieron y ella sintió el roce del músculo y un toque fantasmal de plumas que quemaban su piel.

La cercanía era mucha y demasiado pronto.

Con un gemido, Meg comenzó a levantarse. Tuvo que agarrarse de los estantes para evitar que sus piernas se le aflojaran, ya que el cansancio y el dolor hacían que le fuera difícil pararse. Cuando finalmente se puso de pie y comenzó a caminar lentamente hacia el vestíbulo, ella se dio cuenta de que Castiel la miraba fijamente.

Meg logró hacer la larga caminata hasta su celda y luego hasta el catre, antes de desplomarse. Su cabeza se encontró con la almohada y se acurrucó, deseando que el reposo borrara lo que acababa de ocurrir. Nunca oyó abrirse la puerta de la celda, pero sintió la presencia de él detrás de ella.

Vagamente, ella fue consciente de una mano acariciando su cabello y tirando una manta sobre su piel desnuda. Suavizando el dolor y calentando su piel demasiado fría. Seguidamente, esa sensación desapareció y eso dolió más que otra cosa.

Un demonio no necesitaba esto.

¿Dónde estaba la solución fácil para querer sentir más? ¿Por qué no había funcionado?

¿Por qué ella había querido que esa comodidad durase, cuando antes ella sólo lo había tomado como sexo sin importancia?...


"¿Qué quieres decir con que ella se fue?" preguntó Castiel. Dean abrió su boca para responder, pero el ángel ya se había ido. Girando sus ojos hacia el techo, Dean esperó con paciencia y casi tan rápido el ángel estaba de vuelta, andando por la habitación después de entrar volando. "¡Ella se ha ido, Dean!"

"Ella desapareció cuando Sam estaba abajo tomando una siesta. Él necesita su descanso. No podíamos cuidarla las veinticuatro horas del día, Cas. ¿Dónde demonios estabas tú? Era tu responsabilidad cuidarla, ¿recuerdas?"

Castiel miró hacia otro lado. "Necesitaba alejarme de aquí por un tiempo. Tenía que pensar algunas cosas, pero volví esperando encontrarla aquí".

Sam tosió ruidosamente y el ángel lo miró con agudeza.

"Bien, ella se ha ido. Fui abajo para asegurarme de que no se hubiera vuelto completamente loca. ¡Puf! Se fue". Dean se encogió de hombros. "Incluso no estoy seguro de cómo hizo para pasar a través de los sigilos".

Acomodándose la gabardina, Castiel tomó su bolso del piso. "Tengo que irme".

"Cas, tal vez ella no quiera ser encontrada", dijo Sam de pronto. Miró al ángel ponerse tieso pero igualmente continuó, "Puede ser que ella no … quiera ser salvada. Lo que fuera que ella sintiera, dondequiera que estuviera; eso la cambió y quién sabe si fue para mejor. Ella es un demonio".

Castiel negó con la cabeza. "Ella también está a cargo mío. Se suponía que yo debía cuidar de ella".

Dean y Sam se miraron entre sí. "Mira Cas, no todo…" Dean volteó y el ángel se había ido. "Mierda".


Una mujer rubia se sentó en la cafetería de la parada de camiones, con la cabeza apoyada en su brazo. Colocando un plato lleno de comida grasosa en frente de ella, la camarera que la había estado mirando por una hora rellenó su taza de café por quinta vez.

"¿Estás bien, cariño?"

No obtuvo respuesta, aunque no esperaba ninguna Y No vio lo que la rubia estaba haciendo porque había mesas más grandes con mayores chances de propinas que la reclamaban.

Meg canturreó en su garganta mientras clavaba la pequeña navaja en su otra mano, pasando nervios y músculos, hasta que llegó al hueso. El dolor era nada comparado con el que había sentido antes. El corte quemaba mientras grababa pequeños sigilos en los huesos de los dedos, los que había aprendido de Castiel. Las servilletas estaban empapadas en sangre ahora, pero ella continuó hasta que tuvo una serie de sigilos y guardas que eran ahora más una parte de su cuerpo robado de lo que ella era.

Se unieron a los otros que ella había se había pintado usando la sangre humana que le había sacado a un camionero que la había atacado en la carretera.

"¿Vas a hacer lo que yo quiero, mi Paloma?" le preguntó esa voz sedosa en su oído y cuando ella miró por la ventana, vio su reflejo mirándola atentamente. Digna, hermosa… tan diferente de su verdadero ser como lo era Castiel.

"No. Vete."

La mujer sonrió. "No voy a ningún lado, Meg. No hasta que recuerdes todo lo que había en el Leteo y cómo te hizo sentir. Tú me elegirás a mí, al final. Es la única cosa que te queda. Es la razón por la que abandonaste a tu cuidador y a sus mascotas".

"Entonces estarás esperando un largo tiempo", respondió ella.

"Tengo toda la eternidad. Será una existencia solitaria para ti, en el final".