Capítulo 6
Iluminados (Cuando los demonios revelan)
"Maldita sea, Cas, ¿qué diablos está pasando?"
"Estaré en contacto".
Castiel apretó el botón de cortar en su teléfono y miró durante bastante tiempo a la pantalla en blanco. Dean había estado frenético desde su repentina desaparición, y en vez de decirle dónde estaba, Castiel le dijo que estaba a salvo. Que ellos estaban a salvo por ahora.
Dean no lo había tomado tan bien como esperaba, pero era todo lo que podía decir por ahora.
Colocando el teléfono en su bolsillo, caminó lentamente por la cabaña de Rufus hasta que llegó a la habitación de huéspedes. Meg se había ido a intentar lavar su ropa, dijo que no soportaba la sensación de sangre incrustada en ella, ya que todas sus prendas robadas estaban arruinadas por la cripta y la tortura. La escuchó hablar consigo misma, un hábito que parecía haber adquirido desde que había sido resucitada.
La pálida espalda de Meg, rayada con manchas de sangre y enmarcada por su largo pelo, lo hizo detenerse en la puerta y mirar fijamente. Era difícil no ver cómo sus músculos se curvaban hasta los huesos de sus caderas, notar forma sobresaliente de su columna vertebral cuando se agachaba y lavaba la sangre de su hombro herido, o ver los moretones de su pelea anterior que habían florecido en su pálida piel.
Lo enojó de manera irracional verlos.
Dando un último vistazo a las guardas, él se aclaró la garganta y observó mientras ella se acercaba y cogió una vieja camisa de franela del perchero. Aunque parecía fría por fuera, el demonio parecía estar hirviendo bajo la superficie y Castiel miró el sigilo pintado en la ventana en vez de mirarla a ella.
"¿Te duele?"
"Define 'dolor'", murmuró Meg mientras abrochaba la camisa. "Ugh, parezco un Winchester. El siguiente paso es oler como uno".
Cuando ella giró, Castiel estaba detrás de ella, los ojos en su estómago ahora cubierto. De mala gana él apartó los ojos. "Crowley cortó profundamente. Vi la sangre."
"Estoy bien. Deja de estar alrededor", murmuró ella y dio un empujón contra él, pero él la agarró del hombro para mantenerla quieta. "Déjame ir, Clarence".
"¿Por qué no me lo dijiste?", preguntó él. "Pude haber ayudado".
"¿Todo este lío?" Ella dibujó un círculo en su estómago sobre la camisa. "No se supone que pase, ¿recuerdas? Creí que estaba delirando. Soy un demonio. El cuerpo es sólo un taxi para mí".
"Y mi recipiente no es mucho más que..."
Ella lo empujó hacia atrás para poder entrar en la sala de estar. "No te pregunté nada. No me importa."
El ángel se inclinó hacia atrás, apoyándose sobre una mesa, y miró mientras ella se dejaba caer sobre el viejo sofá. Meg se pasó una mano por el pelo manchado de sangre y lo miró.
"¿Qué?"
Él simplemente esperó hasta que la quietud hiciera que Meg volteara sus ojos irritada.
"Mira, hace un mes que empecé a sentirme un poco menos normal… ¿ Tú cuándo lo descubriste?"
Castiel pasó su dedo por la polvorienta superficie de la mesa. "Vi pistas, pero Kevin fue quien finalmente me lo dijo. Entonces cuando vine a salvarte, yo… lo sentí ".
Ella frunció el ceño. "¿Qué quieres decir?"
"Fue sólo una única vez antes de que te fueras y tú... No entiendo por qué pasaría esto". Él todavía estaba tratando de pensar en una explicación razonable o al menos una que no sonara a locura.
Meg giró los ojos. "Sí, porque esa frase de "una vez" nunca envejece".
Castiel la miró fijamente.
"Deja de mirarme así. Esto no era exactamente algo que yo hubiera planeado. Este tipo de cosas no suceden. No entre los de nuestra clase. Nunca".
Él sacudió la cabeza y se giró, mirando las conocidas sobras de los Winchester. Una vieja TV, mantas, revistas, libros. Se sentía fuera de lugar aquí, solo con Meg y sin ningún hermano que lo apoyara. No estaba seguro de cómo deberían ir estas conversaciones y pasó la mano por su mejilla desaliñada mientras empezaba a caminar de pared a pared.
"Esto está mal", murmuró. "Padre, ¿qué es esto?"
El deseo de atravesar la pared con el puño era fuerte.
"¿Qué está pasando en ese cerebro plumífero?" Meg se revolvió en el sofá para verlo caminar, su cabeza tirada hacia atrás. Los ojos de ella estaban medio cerrados porque mientras más tiempo lo miraba, más se mareaba.
"Este... niño. No sabemos lo que significa". Como si no pudiera evitarlo, Castiel miró a su estómago, con los dedos flexionados como si quisiera tocarla.
Distraída, Meg tamborileó con sus dedos el cojín del sofá. "Tienes razón".
"Podría ser algo muy peligroso".
"Bueno, le debo mi vida a pesar de todo – aun cuando no te hubieras convertido en el Niño Maravilla con Crowley, no puedo decir que esperaba eso". Meg se estremeció ante el recuerdo. Ese había sido un poderoso movimiento que la había ayudado a ella y a Castiel a liberar su brazo de la mesa. Había sentido su poder tratando de desatar su brazo, su propia fuerza, pero aquello había sido algo más que había roto el mágico metal. Había sido más fuerte que las guardas que la habían mantenido controlada.
"Eso esquivó la espada de un ángel. No muchas cosas pueden hacerlo, Meg. Ciertamente no los demonios". Él giró para caminar hacia el otro lado, con la gabardina revoloteando en el aire a su alrededor.
"¿Y?"
"Eso es más poderoso que cualquiera de nosotros, Meg, ¿cómo es posible?" Él negó con la cabeza. Biológicamente eso sería imposible. Todo era imposible. "No es nada que haya existido antes".
Irracionalmente, ella se sintió insultada por el comentario. "¿Podrías dejar de llamarlo' eso' ya? Creía que se suponía que yo era la emocionalmente desapegada".
Castiel parpadeó y se detuvo a mitad del camino para mirarla fijamente. "¿Estás apegada a eso?"
"Él o ella." Meg cruzó sus brazos sobre su pecho y miró hacia otro lado. "Y no, no lo estoy. Soy un demonio. No nos encariñamos, ¿recuerdas? Hacemos muchas cosas, pero no nos ponemos sentimentales con los bebés y, sobre todo, no nos quedamos embarazadas de ángeles a los que se les para enseguida y terminan demasiado rápido".
La mirada que le disparó él significaba que había entendido ese insulto. "Según recuerdo, tú 'terminaste' varias veces antes de que yo..." él aclaró su garganta ante el recuerdo. "Ese no es el punto"
"Ah uh". Los ojos de ella lo recorrieron.
Meg se había alejado tan rápido por la invocación que le habría llevado horas encontrarla, pero él había sido capaz de aparecer en el momento exacto. "¿Cómo me encontraste tan rápido?"
"Todavía no estoy seguro. En un momento estaba en el búnker a punto de convocarte y al siguiente estaba en el cementerio. No me llevó mucho adivinar que estaban allí". Castiel se acercó unos pasos a ella y Meg tuvo el impulso de poner aún más espacio entre ellos.
"Detente".
Él la miraba otra vez con esa extraña mirada inquisitiva que le recordaba a un cachorro. "¿Qué crees que es?"
Meg se encogió de hombros. "No lo sé. Todo eso del Cambion nunca tuvo que ver conmigo. Eso era para los demonios íncubos y los que pensaban que podían crear un Anticristo. Yo no, yo era un simple soldado viejo y era buena en eso".
Mientras él se sentaba a su lado, ella lo oyó murmurar, "Yo también".
Se quedaron sentados en silencio durante un rato, Meg aún reclinada hacia atrás y Castiel sentado en el borde. Separados por centímetros y por una tensión densa, el ángel y el demonio no hicieron nada más que mirarse uno a otro de reojo. Conscientes de cada subida y bajada de su respiración, del cambio en el calor del cuerpo de ella, y de la fluctuación en los latidos de su corazón a veces, él lentamente comenzó a mirarla como si ella de alguna manera fuera a cambiar milagrosamente y no hubiera nada.
Pero mientras más tiempo él permanecía sentado allí, más se daba cuenta de que no estaba cambiando.
Incluso un demonio tan viejo como ella, con el poder que tenía, no podía ocultar lo que él ahora estaba sintiendo claramente.
"Podría ver si lo que sentí es realmente lo que pensamos que es", se ofreció él y ella lo miró con suspicacia.
"¿Cómo?"
"Puedo intentarlo, como diría Dean", continuó Castiel y ella se estremeció cuando él se giró en el sofá para mirarla. Extendió los dedos hacia sus costillas y ella lo golpeó.
"¿Intentarlo? ¿Qué demonios haces...?" Meg intentó bloquear su mano, pero ya estaba en su estómago antes de que ella pudiera detenerlo. Las brillantes chispas de dolor que traía la hicieron retorcerse, pero su atención estaba en la mano de él. Ella vio un destello en sus ojos azules y a su alrededor se oyó el tenue zumbido con el que resonaban los ángeles al usar su poder.
"He hecho esto antes y puede doler por un minuto."
"¡Castiel, detente! Te lo advierto, ¡basta ya!"
Los dedos de él se metieron un poco por debajo de la piel de su traje de carne. Meg miró fijamente a las puntas de sus dedos con doloroso asombro mientras desaparecían en su cuerpo, y la aguda sensación de ardor hizo que se retorciera en el sofá. Los ojos de él se tornaron de un azul intenso mientras se concentraba. Incapaz de soportarlo, ella casi se dobló para tratar de alejarse de su toque.
Los dedos de Castiel brillaron y se adentraron un poco más dentro en ella hasta que hubo un fuerte ruido y una vibración que atravesó la cabaña. Sólo hubo un momento en el que el tiempo se detuvo y se miraron con asombro, antes de que volvieran a la realidad.
Hubo una gran explosión y con un fuerte impulso, Castiel cruzó la habitación volando y Meg sintió un retroceso de energía que la hizo volar en dirección opuesta. Él se estrelló contra la ventana de la sala de estar mientras ella aterrizaba sobre la mesa con un golpe.
"¡Malditos ángeles! La próxima vez me avisas", gritó ella mientras se ponía de pie, empujando las botellas rotas de alrededor de ella.
Tumbado de espaldas en el suelo, Castiel sintió como si su cabeza hubiera sido aplastada contra el hormigón. Tuvo que parpadear varias veces sólo para volver a ver con claridad, el cielo estrellado girando rápidamente sobre él. Esperó hasta que pudo ver bien antes de levantarse de arriba de los pedazos de la ventana que había atravesado. Dándole a la cabaña una mirada incrédula, Castiel limpió la sangre de su nariz.
Lo que fuera que lo hubiera golpeado, le había pegado fuerte, casi el equivalente a una de las palizas de Rafael años atrás. Volvió gateando por la ventana, dejando caer cristales y trozos del marco de madera en su camino, se sacudió el polvo y miró cómo Meg se acercaba hacia él.
La sonrisa de ella lo hizo mirarla con enojo.
"No es gracioso".
"Qué manera de volar, Clarence. ¿El ángel no obtuvo un buen plan de vuelo?"
"¡Eso me atacó!"
"Eso". Meg resopló y se frotó su cálido estómago. "Es muy bonito decir eso sobre la cruza que sea que haya aquí dentro".
Castiel inclinó un poco la cabeza, mirándola con suspicacia. "Es peligroso. Deberíamos hacer algo".
"¿Sí?" Meg dio dos pasos hacia él y sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido por su cercanía. "¿Algo como qué?"
"Yo... no lo sé."
"¿Sí? Bueno, entonces llama a los novios y fíjate lo que piensan. Te desafío".
A Castiel no le gustaba la forma en que ella lo estaba molestando o la forma en que ella pensaba que tenía demasiado miedo de enfrentarse a Dean, por lo que sacó el teléfono de la profundidad de su bolsillo y se fue a llamarlo de nuevo.
"Demonios", murmuró mientras salía de la cabaña para aplacar su ira.
Sus oídos retumbaron por los gritos de Dean al teléfono. Habían pasado casi cinco minutos de gritos hasta que la divertida voz de Sam dijo que él volvería a llamar cuando Dean se calmara. Castiel tiró el teléfono en el sofá cuando volvió a la cabaña y miró el daño que todavía tenía que reparar antes de que los Winchester la vieran. La tensión en la cabaña era densa y él revisó las guardas por centésima vez por reflejo.
El sonido de los dedos tamborileando en la mesada seguía llamando su atención.
La miró, parada junto a la ventana y observando el bosque tranquilo. Los cambios eran pequeños, no lo suficiente como para llamar la atención de un humano, pero como un ángel, él podía ver los humeantes bordes de su poder enrollándose alrededor de ella de forma protectora. Algo estaba mal y él sabía que ella estaba herida. Escondiéndolo.
Pero sufriendo.
La línea de su espalda se irguió cuando él cruzó la habitación, moviéndose lentamente. Vio cómo su pelo se balanceaba sobre su espalda, las raíces oscuras en el rubio creando un extraño halo falso, y la esperó. Los ojos de ella estaban negros cuando lo miró por encima del hombro.
"¿Qué quieres?"
Él le puso la mano sobre su hombro y la hizo girar. Meg estaba rígida bajo su mano, lista para otra pelea, pero él mantuvo sus ojos en los de ella.
"Quiero intentarlo de nuevo".
"Una abominación es suficiente y la biología sólo permite uno a la vez."
"Eso no es lo que quise decir".
Meg lo miró de arriba abajo. "¿Crees que puedes descubrirlo?"
"No. Pero aún puedo intentarlo. No te haré daño".
"Sí. Me encantaría creer eso", él la miró fijamente y al final ella asintió, saltando para sentarse en la mesada. "Está bien, vamos con otra vuelta. Pero esta vez será mejor que aterrices en el sofá".
"Tendré cuidado".
Lentamente, los dedos de él se deslizaron entre los botones de su camisa y sobre su estómago, presionando sólo sobre su piel. Ambos esperaron, listos para otra explosión, pero esta vez sólo había un leve zumbido en el aire. Los dedos de Castiel se deslizaron en un círculo lento sobre la piel de ella y su atención se centró en el movimiento de su mano bajo la camisa.
Los ojos de Meg se cerraron lentamente mientras la pequeña e imposible sensación dentro de ella se movía hacia la mano de él. Meg no era consciente de su propia inclinación hacia él y apenas se daba cuenta de la forma en que él se inclinaba hacia delante con sus labios rozándole la frente. La lenta respiración entre ellos era ruidosa en la silenciosa cabaña y, mientras sus dedos lentamente empujaban su piel, Meg se sentía como si él estuviera dentro de ella.
Debería sacarlo antes de que tocara demasiado profundo, se dio cuenta aturdida.
Aun así, era una de las cosas más íntimas que ella había sentido desde que Alastair la había tallado siglos antes.
"No puedo decir lo que es. Excepto que es fuerte", murmuró él y ella abrió los ojos para verlo ahora mirándola fijamente. Algo en su mirada la hizo apartar la vista. "Los dos lo son".
"Dices las cosas más dulces, Clarence. ¿Te importaría sacar tus dedos de ahí?", preguntó ella y él con cuidado le retiró la mano. "Míranos, todos enteros. ¿Qué fue diferente esta vez?"
"No estaba amenazado, supongo". Nerviosamente, se encogió de hombros. "Antes, yo había sido un poco..."
"¿Insensible?" él la miró con enojo. "No te lo tomes a mal, Castiel, pero ustedes los ángeles tienen esa cosa de juicio y probablemente eso cabreó al niño."
"Tal vez".
Los dedos de ella se clavaron en la mesada y ella agitó la cabeza. "Entonces, ¿qué hacemos?"
"Para ser honesto, no tengo ni idea."
El demonio exhaló. "A los Winchester entonces. Espero que tonto y re-tonto tengan alguna pista, ¿eh?"
Castiel asintió. "Al menos para mantenerte protegida hasta que sepamos qué es esto".
Meg giró los ojos. "Demonios, realmente extraño los buenos y viejos días apocalípticos. O incluso hace unos meses. Eran buenos tiempos para adormecer la mente".
Chuck yacía tendido en el suelo de la habitación, papeles blancos cubriendo la alfombra y bolígrafos esparcidos a su alrededor. Sus ojos estaban atentos a la página que tenía ante él y vaciló mientras su bolígrafo tocaba la superficie en blanco. Aquellos momentos de inspiración que le habían ayudado, que habían creado una salida, no se habían detenido pero ahora él se enfrentaba a otro problema.
Tenía tantas ideas que se le mezclaban todas juntas.
"Muy bien, entonces…Si seguimos con la idea del Nefi... no, eso no funcionará. ¿Lo haría? Tal vez lo haría si lo retocara".
"¡Qué has hecho!"
La voz hizo que su taza de café se rompiera, pero él ignoró las manchas que causó en sus papeles. Los sacó del camino y agarró un trozo de papel limpio.
"Me has estado haciendo la misma pregunta las últimas dos horas y no te estoy contestando nada diferente. Salvé la historia".
"Todo lo que estás haciendo es hacerme enojar".
Chuck miró a la mujer que estaba de pie sobre él. "Te ves hermosa cuando estás enojada."
Las pálidas mejillas de ella se tornaron rojas de ira. "Te arrepentirás de esto".
"Sí." Ella desapareció de su vista y él miró hacia abajo. "Me lo dicen mucho".
Él miró el pedazo de papel vacío y sonrió mientras empezaba a escribir, "Sheol no sabía por qué se había sentido un poco más pequeña de lo habitual". Irónicamente inconsciente para - "
"No, eso no está bien. ¿Ugh, uhm, desvaneciéndose? Olvidando, en realidad aún no. Hmm..."
Él sonrió con suficiencia. "Ella se sentía dividida".
Sheol se congeló en la realidad entre sus mundos y volvió a la puerta por la que recién acababa de salir. Los únicos dioses que podían afectarla eran la muerte y el mismo Dios de la Creación. Ambos también estaban bajo la autoridad de ella. Ella era la Muerte Final. Todo iría hacia ella.
Pero por primera vez en la eternidad, se dio cuenta de que se sentía extraña.
Sin arrepentimientos, ni menos poderosa.
Sólo extraña.
Ella se sintió amenazada.
¿Qué pasaría si lo que él había hecho la estaba afectando?
Los Winchester estaban listos para la llegada de ellos y cuando la puerta se abrió, Dean ya se había preparado para destrozarlos. Meg apenas había entrado en el hall antes de que la amenazara con llenarla de sal o exorcizarla.
"Maldición, eres un novio tan celoso sobre estas cosas", refunfuñó ella y él parpadeó. "Traje a tu novio de nuestra cita nocturna, no te preocupes".
"¿Dónde está Kevin?" preguntó Castiel a pesar de que Dean lo estaba empujando hacia la mesa en los archivos.
"Está a salvo", explicó Sam. "Durmiendo, espero".
Meg empezó a escabullirse, pero Dean la tenía agarrada del brazo y la empujaba también hacia la mesa.
Él casi gruñó. "Siéntate y cállate".
Castiel vio a Meg parpadear sorprendida, con palabras igualmente mordaces y lista para huir, y él se enderezó. Era mejor tratar de calmarlos a ambos. "Dean, yo..."
"Tú también. ¡Siéntate!"
Apoyado en un estante, Sam trató de no reírse de las expresiones hoscas de sus caras mientras se sentaban en la mesa, separados por unas cuantas sillas. Parecían adolescentes a los que habían pillado robando o besándose. Cuando Castiel se lo había dicho a Dean por teléfono, Sam casi tuvo que levantar a su hermano del suelo. Desde entonces, su incredulidad se había convertido en ira y decepción.
Castiel estaba a punto de darse cuenta de lo mucho que Dean podría ser un hermano mayor para aquellos que le importaban.
"Dean", Castiel lo intentó de nuevo.
"No. Te vas a sentar ahí, te vas a callar y yo te voy a gritar porque me hará sentir mejor". Dean arrastró una silla y se sentó. "¿En qué diablos estabas pensando? ¡Dormir con un demonio! ¿Estás enfermo de la cabeza?"
"Probablemente hizo una cosa de hombres y pensó con su..."
"Cállate, Meg". Dean se centró en Castiel. "¿Cuánto tiempo duró esto? ¿Desde el hospital?"
El demonio giró los ojos y Castiel se mostraba insultado. "Meg era mi cuidadora entonces. Nunca se nos pasó por la cabeza".
"¿Y qué? ¿Te aburriste? ¿Es eso todo? ¿Y sólo necesitabas una vez?"
"Bueno, biológicamente hablando, si hubiéramos sido humanos, sólo habría requerido una vez".
"Maldita sea, Cas, sabes que es un demonio, ¿verdad?"
Meg se inclinó hacia atrás en su asiento y miró fijamente al techo. "Despiértame cuando Dean deje de gritar."
Castiel estaba agitado. "Fue un momento. Estábamos mutuamente... necesitados."
El demonio sonrió con suficiencia, aunque sus ojos permanecieron cerrados.
"¿Cómo demonios un ángel no sabe nada de protección?" preguntó Dean. "Cómo el..."
"Aunque dudo que seamos el primer ángel y demonio en tener relaciones sexuales, estas consecuencias no ocurren". Castiel puso sus manos sobre la mesa. "Jamás. Hay una falta de compatibilidad".
"Claramente, ocurren", señaló Sam.
"Nunca, Sam. Algo cambió".
"¿Y qué? Algo cambió. Bien. La dejaste embarazada y ahora tenemos una nueva forma de maldad con la que lidiar..." Dean lo miró con ira y Castiel le devolvió la mirada.
"¿Por qué asumes automáticamente que es malvado?" Miró a Meg pero ella seguía fingiendo dormir. El demonio no sería de ninguna ayuda. No importaba que él hubiera asumido lo mismo antes. Lo que él había sentido cuando la tocó por segunda vez no había sido malo. Sólo fuerte.
"Por esa perra".
Ella resopló y no abrió los ojos ante el insulto.
"Cas tiene razón, Dean". Sam cambió de posición para aliviar sus músculos doloridos. "Quiero decir, tal vez sea, ya sabes, bueno."
Dean lo miró por encima del hombro. "Sam, es imposible. Imposible lo que sea que sean, no son buenos, son... son... ¡imposibles!"
"A veces te expresas tan bien que haces que me cubra de rocío, Deano", dijo Meg arrastrando las palabras y él le devolvió un gruñido disgustado. Castiel la miró y ella, sin abrir los ojos, sonrió. "No te preocupes, plumas, solo fue para frenar su queja, aunque sea por un momento."
Sam captó la pequeña sonrisa en la cara de Castiel, pero ya se había desvanecido antes de que él pudiera comentarlo.
"Entonces. Un demonio queda embarazada por un ángel. Esa es una para los libros de records". Se golpeó las manos en el muslo y se encogió de hombros. "Entonces, ¿qué hacemos?"
"Averigua cuál es el plan maestro de Meg". Dean estaba concentrado en ella ahora. "Porque ella es un demonio y todos sabemos que les encantaría poner en sus manos algo así".
"Eso es algo tan racista de decir, Dean". Los ojos de ella se abrieron para revelar la oscuridad, algo que lo hizo temblar.
"El zapato le queda" – la juzgó.
"¿Crees que quiero que pase esto? Soy un demonio, idiota. Lo última cosa que tengo en mi cuerpo es instinto maternal y todos sabemos eso sin importar lo que esto sea, no va a hacer que mi vida sea mucho más fácil". Meg agitó la cabeza. "Y lo siguiente que van a decir ustedes imbéciles, es que lo hice deliberadamente…. ".
"No sé, ¿lo hiciste?" Dean le devolvió el tiro.
"Oh, si… Porque te perseguí para encontrar a Cas, disfruté de la deliciosa comida del hospital durante unos meses, pasé un año siendo torturada, luego me mataron tratando de ayudarte; aunque todos ustedes parecen olvidar eso, me trajeron contra mi voluntad, y para colmo, seduje un par de veces a tu dulce angelito virginal…". Castiel se erizó ante el comentario. "…Todo eso porque quiero hacer estallar la nueva abominación del infierno lo que sin duda, me causará un montón de dolor".
Dean aclaró su garganta.
"Winchester, ¿me escuchas? ¿O todo siempre es nada más cuando tú hablas?
Él sacó la barbilla y la miró con ira.
Sam se frotó los ojos. "Entonces, ¿por qué lo conservas? Los demonios pueden acabar con los embarazos y Cas dijo que no era un Cambion, entonces..."
"Sí, hace un año habría hecho lo que necesitaba. Los demonios no tienen equipaje, lo sabes. Debería hacer lo que hay que hacer". Ignorando la repentina respiración de Castiel, ella miró sus manos sobre la mesa. Sólo Sam notó que estaban bien apretadas. "Yo... no puedo."
Él parpadeó. Había oído su angustia y no era normal en ella.
"Porque yo..." Meg negó con la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho. "Ya ni siquiera lo sé".
Sam tosió y limpió la sangre de sus labios. Castiel y Dean miraban fijamente al demonio y ella parpadeó, dándose cuenta de que estaban mirando.
"Dejen de mirarme como si fuera una charla caliente en el bar de striptease, chicos. Dije que no lo sabía".
"Y Sam dijo que Cas no lo sabía. Así que lo que sea que haya ahí dentro, es lo suficientemente fuerte como para esconderse de él ", Dean miraba fijamente al estómago de ella y Meg le chasqueó los dedos.
"¡Basta ya!".
"¿Y qué hacemos?" Sam le preguntó a Castiel y el ángel agitó la cabeza.
"No tengo ninguna respuesta".
"¿Entonces estás seguro de que es tuyo?" Dean incitó, ganándose las miradas iracundas de los tres. "¿Qué?"
"Lo entendí", dijo de repente Meg mirando fijamente a la mesa, como si la inspiración hubiera golpeado, y él la miró. Los ojos de ella se arrastraron hacia arriba y no había duda de la ira en esa mirada. "Voy a atravesar una pared con mi cabeza y pretender que no estan tratando de hacer "El show de Maury"conmigo, ¿está bien?"
Ella se levantó de la mesa.
"¿Mi celular sigue funcionando?"
Sam asintió y la miró mientras se alejaba.
"Hablaré con ella". Castiel también se alejó, pero Dean lo detuvo con una mano en el aire.
"Cas. Mejor que lo resuelvas rápido porque no podemos arriesgarlo todo por un demonio. No ahora".
"Sótano frío. No puedo decir que lo extrañé", murmuró Meg mientras caminaba lentamente hacia su celda. Detrás de ella, Castiel asintió en un murmullo, pero sus ojos estaban en el lento deslizamiento de los pasos de ella. Estaban atravesando el edificio tan silenciosamente como podían y él pasó sus manos por encima de la pared, intentando encontrar una señal de cómo ella había sido forzada a salir de sus guardas de seguridad.
No se había dado cuenta de lo pequeño que era su traje de carne hasta ahora que lo había tocado más íntimamente que antes. Su pequeñez siempre había sido un engaño, pero se encontró mirándola y preguntándose si él había sido engañado. Una vez que la puerta se balanceó detrás de ellos, ella empezó a desvestirse mientras se quejaba de la ropa manchada de sangre.
Castiel se habría dado la vuelta, pero ella vio su mirada nerviosa. "Basta ya, ya has visto más de lo que la mayoría de los ángeles pueden ver."
"Lo sé".
"Odio la franela", empezó a murmurar para sí misma.
"¿Sigues soñando?", preguntó él repentinamente. "¿Con el Leteo?"
Ella se puso un poco rígida, se encogió de hombros, y luego se quitó los pantalones vaqueros por las caderas. "Sí."
"¿Se pone peor?"
"Va y viene. Más ahora que antes, por lo que no me puedo quejar. ¿Quién no quiere seguir soñando con no sentir dolor cuando la realidad es lo peor?"
Ella desabrochó la camisa de franela y la dejó deslizarse por su cuerpo. Castiel observó la lenta caída de la tela y luego vio cómo sus manos acariciaban su parte aún en recuperación.
"Parece que todo esto comenzó por lo que hice y lo que no hice".
"Sí. Eso me pasó por la cabeza". Meg agarró la camisa de repuesto que Sam le había regalado a regañadientes la última vez y se la puso.
"¿Sabías que esto podría pasar?", preguntó él en voz baja y ella se giró sobre sus talones para mirarle a la cara.
"¿Y tú? Se necesitan dos, Castiel, y tú no te resististe". Su sonrisa era lasciva. "Si mal no recuerdo, estabas más que feliz de estar a la altura de las circunstancias".
Él miró hacia la pared y ella se sentó en el catre, apoyándose en el marco.
"Había pensado..."
"Pensar nos mete en problemas, ¿recuerdas? Clarence, necesito un descanso de tu psicoterapia, ¿de acuerdo? antes de que me pierda y ponga mi cabeza en la pared".
Él ya no estaba seguro de si ella estaba bromeando o no. Mientras Meg se extendía en el catre, él empezó a recoger y doblar la ropa, que todavía olía azufre y sangre. Mientras él suavizaba las arrugas en sus pantalones vaqueros, creyó que la veía mirándolo, pero luego la cabeza de ella se giró hacia un lado. Sin otra cosa que hacer, puso la ropa al pie de la cama antes de sentarse junto a ella.
Los dedos de ella apoyados en su estómago.
La curiosidad lo atrapó de nuevo ahora que tenía un momento de quietud sólo con el demonio.
"¿Se siente diferente?"
"No realmente. Desde que volvimos, sin embargo, me siento rara". Ella se encogió de hombros. "Quizás son las guardas. Sus ojos se cerraron un poco y él miró su cara.
"Tienes que entenderlo". Él miró la forma en que los pechos de ella se levantaban y caían rítmicamente como si ella se estuviera quedando dormida. "Que estas cosas no deberían pasar. Los ángeles sabemos qué criaturas son las que deben existir, se nos dice con mucha anticipación, y esto sería una blasfemia".
Uno de los ojos aún magullado se abrió. "¿Así que me estás diciendo que los ángeles nunca se volvieron pervertidos y tuvieron hijos?"
Extendiendo la mano, él tiró del dobladillo de la camisa enorme y sus dedos se deslizaron contra la curva de su muslo. Las piernas de ella se separaron un poco por reflejo y él le pasó la mano de la rodilla hasta el tobillo.
"Hay historias. Rumores, sobre todo. Yo era un soldado todavía en ese momento".
Meg se apretó bajo su puño, pero él continuó deslizándole los dedos sobre su piel. De manera distraída, Castiel dibujaba patrones de sigilos con su dedo índice, los que la hicieron estremecer.
"Antes, cuando los humanos estaban en sus principios, había rumores de que los ángeles engendraron hijos con ellos cuando estudiaban la manera de utilizar los recipientes. La mayoría de los niños se convirtió en mortal y sin poder, y otros con el tiempo, perdieron su alma, convirtiéndose en demonios. Viejos y muy fuertes... "
Su voz decayó y miró con curiosidad la cara de ella. "Fueron los sobrevivientes…".
"¿Y?"
"Miguel ordenó a algunos de la guarnición destruirlos para que la esencia angélica no se mancillara. Era como tenía que ser".
Meg se movió. "¿Tu punto?"
"Nunca ha habido nada como esto antes, Meg".
"Entonces probablemente sea sólo tu traje de carne y el mío. Biología. Eso es todo". Ella cruzó sus brazos sobre su pecho. "Biología pura".
La mirada de él se levantó de su pierna.
"Dudo que sea algo tan simple". Sus ojos recorrieron la cara de ella. "Porque eso haría a este niño humano y ambos podemos asegurar que no lo es."
"Sí, eso habría sido demasiado simple, ¿no?"
Él asintió, sacando lentamente la mano de su pierna, y ella miró su cara. Esa mirada suave que a él le gustaba estaba de vuelta.
Castiel se levantó del catre y agitó la cabeza. "Necesito encontrar información sobre esto. Alguien debería saber algo. En algún lugar".
Meg le levantó la cabeza. "Sabes, esta es la primera vez que te veo sin saber qué hacer conmigo, Castiel".
"Hay una primera vez para todo. Me alegro de que lo disfrutes", dijo él arrastrando las palabras, dispuesto a dejarla tener su momento.
Pero el ceño fruncido de ella no se burlaba. "Nunca dije que me gustara".
Kevin tenía la cabeza enterrada debajo de una almohada, tratando de bloquear la urgencia de quitar las sábanas y empezar a trabajar de nuevo. Estaba exhausto y seguro de que había estado alucinando antes. Su visión de Castiel y Crowley había sido como si lo hubiera visto a través de los ojos de otra persona. Había sido tan claro que lo había atravesado y le hizo desear desesperadamente que el poder que empezaba a resonar en su interior, se detuviera. Alguien más lo había estado usando y estaba aterrorizado. Lo único que quería era desmayarse para deshacerse de esa presión en su cabeza.
Estaba tan cansado.
"Hola, Kevin".
La repentina voz moviéndose por su habitación lo hizo caer de la cama, golpeando su cabeza en la mesa de luz. Un año de correr le permitió recuperarse rápidamente y mientras rodaba tomó un frasco de agua bendita del cajón.
Ya lo tenía abierto cuando se puso en pie.
Una mujer hermosa estaba en la puerta, apoyada contra el marco con una dulce sonrisa en la cara. La mano de él bajó, confundido por el puro poder que ella emanaba. Parecía amable y preocupada.
"¿Quién eres tú? ¿Cómo entraste aquí?" preguntó él, sacudiendo la cabeza para tratar de deshacerse de esa familiaridad con la que la veía.
Ella extendió sus manos para mostrar que estaban vacías. "No estoy aquí para hacerte daño o entregarte a Crowley. Estoy más allá de esa mezquindad. Estoy aquí para ayudar".
"Nunca te había visto en mi vida."
Su sonrisa era amable. "No lo harías. Los mártires y los profetas sólo van al Cielo, no importa el fin con el que se encuentren. Pero no estoy aquí por eso. Estoy aquí para darte la ayuda que necesitas".
"¿Ayuda?... Tú eres – ¿eres un fantasma?" Kevin estaba luchando por mantener los ojos abiertos cuando una sensación de caluroso letargo comenzó a deslizarse en él. Parpadeó lentamente y cuando volvió a abrir los ojos, ella estaba a centímetros de distancia. Sus suaves manos le cubrieron la cara y Kevin la miró fijamente a los ojos atontado.
"Estoy aquí para ayudar a todos ustedes, cualesquiera que sean los juicios y tribulaciones que tengan que enfrentar para librarse del dolor para siempre. Por él, tú estás herido. Por culpa de él, puedo salvarte".
"¿De qué demonios estás hablando?" Kevin habló despacio, sintiéndose como si estuviera drogado por su presencia. Los dedos de ella le acariciaron la mejilla sin afeitar.
"El último juicio, un sacrificio."
"Mire, señora, no sé lo que es usted…un, un demonio o un ángel o -".
La cabeza de ella se inclinó y le dio un beso casto en su boca y él cerró los ojos. Su beso le envió un rayo de poder puro y por primera vez en meses se sintió revitalizado. Pero antes de que él pudiera hacer más que pararse y devolver el beso, ella se había ido.
"¿Sacrificio?"
Kevin abrió los ojos aturdido, con una sonrisa tonta en su cara, y miró fijamente a las paredes. No había recuerdo de lo que acababa de ocurrir. Sólo que pensó que se lo había imaginado todo él solo. Sentía como si cada duda y pensamiento de la última hora se hubiese limpiado. Él mismo estaba limpio.
Un mundo de conocimiento, desde Enoquiano hasta cien lenguas antiguas muertas, repentinamente comenzó a girar en su mente y sonrió.
"Una cura y un sacrificio".
Dio dos pasos y rápidamente tropezó cayendo con la cara en su cama. Su cabeza se aplastó en la almohada mientras caía en un sueño verdadero por primera vez en meses.
Chuck se congeló a mitad de la frase y parpadeó. Ese extraño sentimiento relajado en él era familiar.
"¿Qué has hecho?", susurró, mirando fijamente la escritura que tenía delante. Había empezado a ponerlo todo en su laptop y las horas le habían alcanzado. Pero ahora las palabras eran manchas negras en la pantalla y se dio cuenta de que su mente, por primera vez en todo el día, estaba en blanco.
La idea con la que había estado trabajando se había ido.
"No. Eso no es justo".
Se dedicó a releer su trabajo, tratando de averiguar qué podría haber salido mal.
"Castiel sabía que necesitaba encontrar una respuesta para lo que tenía que hacer, antes de que Crowley reapareciera. Antes de que todo se derrumbara a su alrededor..."
Parado solo en una playa de New Hampshire, con gabardina y traje, comparado con la gente vestida con los colores primaverales, Castiel se destacaba. La arena ya estaba llenando sus zapatos, la brisa le volaba el pelo en un caos salvaje, y el calor hacía que su abrigo fuera sofocante. Cerró los ojos y trató de calmarse.
Pero con cada respiro, una sensación de pánico empezaba a sobrepasarlo.
Los puños que habían estado apretados a sus costados se abrieron y abruptamente cambió el clima de la playa, relámpagos y nubes amenazantes que rápidamente perseguían al sol en el cielo. Los turistas corrían a cubrirse pero él se quedó solo en la playa, la cabeza inclinada hacia atrás cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el agua a metros de él. Sus ojos siguieron el relámpago, intentando encontrar confort en el peligro de su belleza.
Esa clase de fascinación fue lo que había causado este problema en primer lugar.
No había respuestas disponibles. Había sido una mentira para Meg porque, de todos los ángeles, él sabía las respuestas. Su tiempo como Dios sólo había cimentado qué tanto sabía.
No había nada de esto en ningún texto conocido por los ángeles. Ninguna otra criatura había existido que no debiera existir.
No tenía nada que le diera un propósito.
"Sé que no te he pedido ayuda en mucho tiempo, que he fracasado en mi fe. Pero por favor, Padre, necesito ayuda. Necesito que haya una razón. Necesito saber qué hacer". Castiel cerró los ojos y trató con fuerza de sentir esa fe inquebrantable que una vez había tenido.
Pero como siempre, hubo silencio.
Estaba a punto de considerar el Cielo, de someterse al juicio por una respuesta e instrucciones, cuando un sentimiento cálido lo inundó. Era tan parecido a lo que había sentido durante su resurrección la primera vez, que cerró los ojos para disfrutarlo. Fue un momento de paz y él relajó todo su ser en eso. Justo debajo de sus pies hubo un cambio de movimiento y fue consciente de que estaba siendo girado y ello sólo aumentaba la sensación de hormigueo en la piel de su recipiente.
Cuando volvió a abrir los ojos, los cielos tormentosos de la playa de Hampton habían desaparecido y la arena de sus zapatos ya no estaba. Había sido trasladado a una habitación con paredes amarillo claro, pisos limpios de madera y un silencio absoluto que era casi ensordecedor. Era cálido y reconfortante y él inclinó la cabeza para mirar a su alrededor, cogiendo trozos y partes de muebles antiguos. No había nada que le permitiera distinguir este lugar, para que le resultara conocido.
Excepto por las paredes. Estaban marcadas con líneas de garabatos y dibujos, interrumpidos en el medio cada vez por tres círculos tachados con marcas de tajos.
"Estoy en un sueño."
Pero los ángeles no soñaban. La falta de alma los superaba, sobre todo porque no dormían. Aun así, esto era lo suficientemente extraño como para que la habitación se volviera misteriosa y quisiera absorber cada detalle.
¿El sueño de alguien más, quizás? ¿Dónde estaba?
Castiel se acercó a las paredes y pasó su mano sobre ellas. La escritura intrincada sobresalía como un tipo de braille y él sabía que éste era el tipo de escritura que había sido grabada en las tablas. Fácil de reconocer ya que él había visto el mismo tipo de escritura que estaba en la tabla ángel, la que él mismo había escondido en el lugar más seguro que conocía. Los garabatos iban de piso a techo, pero aún eran ilegibles.
"Que extraño…"
Un gemido sordo detrás de él, un extraño sonido como un grito de miedo, hizo que Castiel fuera por su espada. Ésta se deslizó en su puño mientras él giraba, y levantó un poco la empuñadura. Pero lo único que había ahora en la habitación, además de la escritura y él mismo, era una cuna de madera de caoba. Giró la espada en la palma de su mano, listo para que algo saltara a atacarlo en este lugar soñado.
Pero sólo hubo otro gemido y nerviosamente comenzó a rodear la habitación, acercándose al centro a medida que avanzaba.
Cuando llegó a la cuna, había quietud en el aire hasta que de repente un sonido metálico resonó en sus oídos tan fuerte que gritó de dolor. La espada vibraba en su mano y tuvo que apretar los dedos para evitar que se le cayera. El sonido se acalló cuando bajó un poco la espada y miró fijamente hacia abajo.
Un bebé, recién nacido y uno de los más pequeños que jamás había visto, estaba arropado, un puño pequeño apretado contra sus labios diminutos y sus ojos apenas abiertos revoloteando. Una niña, se dio cuenta después de un momento, e inclinó la cabeza para ver mejor.
Ella es el por qué.
Una voz extraña, sin sexo, resonó por sus sienes.
Sus dedos se aflojaron en la espada y ésta cayó al suelo de punta, pero no le importó que desapareciera. Ni siquiera se dio cuenta de que el sonido metálico había desaparecido ahora que su arma estaba fuera de la vista. La bebé volvió a gimotear, frotándose los ojos, y olvidando su vacilación, él extendió los brazos para calmar la evidente angustia de ella.
"¿Quién te dejó aquí?", murmuró él mientras sus dedos le acariciaban la suave mejilla. Castiel parpadeó sorprendido cuando sus diminutos dedos le agarraron el pulgar y se lo tiraron para la boca. Él se tiró un poco hacia atrás con gentileza, pero ella se agarró fuerte. El contacto parecía consolarla.
"Eres... inocente. No deberían dejarte sola".
Nada emanaba de la bebé más que una sensación de Gracia grabada en una caja de espinas para protegerla. Aunque diferente a la de él y a la del demonio, pero con muchas más facetas y complejidades que hacían difícil saber exactamente qué era el bebé y qué podía hacer. Lo que sea que ella fuera no estaba claro.
Pero él podía sentir su miedo de estar sola.
Ella gimoteó de nuevo. La angustia que sentía lo hizo preocuparse de que la hubiera lastimado y él retiró su mano, pero eso sólo la hizo gritar más fuerte. La recogió con mucho cuidado, incapaz de refrenar sus deseos de sostenerla y mantenerla a salvo. Meciendo su pequeño cuerpo, la abrazó protectoramente y la mantuvo cerca. Los pequeños sonidos se hicieron más silenciosos cuando ella se agarró a la solapa de su abrigo. Mirando hacia otro lado de su pequeña cara, Castiel se acercó a las paredes y se dio cuenta de que la escritura había desaparecido una vez que la sostuvo en brazos.
"¿Qué está pasando?", le preguntó a ella, sin esperar una respuesta. Las paredes volvieron a ser de color amarillo pálido y lisas. "Tú… no eres la amenaza, ¿verdad?"
Él miró hacia abajo para ver ojos azules fijos en él. Un feliz gorjeo sustituyó los gimoteos, sus diminutos dedos apretando su abrigo, y él le sonrió. Con cuidado, usó una mano para acariciar su cara, queriendo calmarla aún más.
"Tú no eres la amenaza".
Necesitabas una razón. Protégela. Esa es tu razón.
Esa voz estruendosa resonó en su cabeza y él volvió a cerrar los ojos.
Muy pronto sus brazos estuvieron vacíos y cuando abrió los ojos, la habitación se había ido y él estaba de nuevo en la playa. La lluvia caía en torrentes a su alrededor, pero no le importaba que estuviera empapado hasta los huesos. Castiel ignoró el agua fría que goteaba por su cara y sólo sintió una extraña sensación de pérdida y dolor. Por un momento, había sentido paz y tranquilidad.
"¿Protegerla de qué y cómo?", le exigió al cielo. Y lo que es más importante, ¿a cuál de las dos debía proteger?
"Hola, Castiel."
Se quedó inmóvil y miró a su alrededor para ver que había estado rodeado de cuatro ángeles. Naomi estaba con ellos, su traje y su pelo inmaculados como siempre, a pesar de la lluvia y sus ojos preocupados. Automáticamente, fue a por su espada caída, pero ella levantó una mano.
"No. No estamos aquí para luchar. Eso no parece funcionar de todos modos, ¿verdad?"
Él mantuvo un ojo vigilando atentamente a los ángeles que estaban a su lado. "Entonces, ¿qué quieres? ¿La tabla? No soy..."
"Nos la darás a tiempo. Siempre haces lo correcto. En su momento. No, Castiel. Recibí una información interesante y me gustaría que la negaras para mí".
Él tragó ante la forma en que los ojos de ella se fijaron en los de él. Ella era brillante percibiendo la verdad y él ya era consciente de que sólo por estar ahí le estaba diciendo demasiado.
"Tu demonio. La que te dejé mantener viva cuando debería haber sido asesinada".
"¿Qué pasa con ella?"
Naomi cruzó sus brazos sobre su pecho. "¿Está embarazada?"
"¿Quién te diría eso?"
"Una parte interesada".
"Crowley entonces… ¿Qué tan sucias están tus alas ahora?" susurró Castiel y los labios de ella se apretaron. Ella entendió la analogía.
"No estarán más sucias que las tuyas, aparentemente. ¿Está embarazada?"
No tenía sentido mentir. Ella claramente sabía la verdad. "Sí".
"¿Un Cambion?" Lo matarás entonces para prevenir..."
"No es un Cambion ". Castiel se preguntó a qué estaría jugando ella. Seguramente Crowley... pero no. El Rey demonio querría hacerles todo el daño que pudiera. ¿Y qué mejor manera que ocultar una información tan vital?
"¿Una concepción inmaculada?", preguntó ella. "¿Tenemos una figura demoníaca de Cristo en nuestras manos? Hay una primera vez para todo".
Los dientes de él rechinaron ante su frivolidad. "¿Qué quieres?"
"Mi curiosidad no es si esto es un Cambion. Es fácil deshacerse de algo así. Por ejemplo, un simple empujón por los escalones. Esos seres son frágiles. Pero como dices que no lo es, entonces realmente necesito preguntar".
Ella se acercó a él.
"¿Te mancillaste con el toque de un demonio?"
Se negó a mirarla y ella asintió con la cabeza.
"Ya veo. Aunque difícilmente fueras el primero…". Su voz decayó un poco, sonando cansada. "¿Esta cosa es tuya? ¿Lo reclamas como tuyo?"
Las palabras eran pesadas de significado y él sabía que ella quería que lo negara como una forma de protegerse a sí mismo. Si lo negaba, podría liberarse de todo. Los ángeles ni siquiera podrían sospechar que era medio ángel y por lo tanto no sería asunto de ellos. Negarlo podría darle tiempo.
"¿Castiel? Respóndeme. ¿Es sólo un híbrido demoníaco-humano de esa puta?"
Él frunció el ceño, reconociendo la frase. Ella y Crowley deben estar hablando con frecuencia para que ella recoja el apodo que el Rey tenía para Meg. Era uno que Castiel odiaba. ¿Por qué ella estaba hablando con Crowley tan íntimamente?
"¡Castiel!"
Él saltó y se dio cuenta de que los otros ángeles se habían acercado hacia él.
Inexplicablemente, un extraño sentido de orgullo y protección superó su duda.
"Es mi hijo".
Como uno solo, todos los ángeles retrocedieron horrorizados y los ojos de Noemí casi brillaron de ira.
"¡Has creado una abominación profana!" Los ojos de ella lo barrieron y él enderezó sus hombros, devolviendo su mirada con una sonrisa de suficiencia. Incluso a través de la lluvia se asemejó una vez más a un soldado desafiante. "Y tú... estás orgulloso de ello. ¡Orgulloso!"
El disgusto en la voz de ella apenas si melló su pequeña sonrisa. "Esta es mi responsabilidad y yo la protegeré".
"¿Ella? ¿La perra demoníaca?" La voz de Naomi estaba casi histérica. "¡Castiel, no puedo arreglar esto! ¡Esto no se supone que sea así!"
Él mantenía un ojo en los ángeles que parecían dispuestos a despedazarlo de ala a ala.
Naomi cerró los ojos y respiró hondo. Cuando lo miró de nuevo, su expresión era increíblemente amable. "Hermano, por favor".
Ella se acercó y puso las manos en sus mejillas, inclinándose. "Vuelve a nosotros. Somos tu familia y somos tan pocos ahora. Me encargaré de que te permitan volver al Cielo".
Él cerró los ojos. Su hermana se inclinó hacia delante hasta que sus frentes se encontraron, una señal de afecto que ella no daba a menudo.
"Todo lo que pediríamos sería que elimines esta amenaza. Sabes en tu corazón que esta cosa es una amenaza. Es lo correcto. Nuestro Padre querría esto".
Castiel abrió los ojos y la miró fijamente. "No. No lo haría".
Ella apretó la mandíbula. "Entonces no hay esperanza para ti después de todo. Somos tu familia".
"No. Mi familia no está allí. Ya no más. He hecho mi familia aquí".
Ella se estremeció. "¿Esa cosa?"
"Es mía. No me amenaces, hermana". Castiel miró a los ángeles que estaban a su lado y ellos retrocedieron lentamente. Cuando él miró a su alrededor, la cara de Naomi se había convertido en nada más que una máscara de ira frustrada. Una espada de ángel brillaba en su mano y él agitó la cabeza. "O te recordaré por qué Rafael no ganó su guerra fácilmente".
El grito de furia de ella se perdió mientras él se agachaba y agarraba su propia espada para esquivar su golpe. Cuando se encontraron a mitad del golpe, las dos espadas chirriaron mientras el metal celestial se topaba uno contra el otro.
"Nos traicionas a todos nosotros… ¡maldita sea! por el bien de una abominación que no ha nacido", gritó ella y le dio una paliza, pegándole en la barbilla con el codo.
"¡Estoy intentando salvarnos a todos!" gritó él y luego se detuvo. ¿De dónde había salido eso?
¿Fue esa la razón…?
Naomi se aprovechó de su momento y le dio un fuerte golpe, cogiéndole por el costado. Su abrigo se rasgó cuando Castiel giró y bloqueó el golpe de ella, enviándole el puño a la mejilla tan fuerte que ella se cayó. Los otros ángeles que la custodiaban se adelantaron y él extendió su mano.
"Esto no tiene que ser una guerra. Todo lo que pido es tiempo. Trato de mantenerlos a todos a salvo".
Naomi escupió sangre y lo miró con ira.
"Por favor".
Él se había ido antes de que ella pudiera hacer algo más que gritar una maldición a su sombra.
La frustración de Meg comenzó a sacar lo mejor de ella. Sin Castiel allí para actuar como amortiguador, ella había quedado a merced de los Winchester.
Y vivir en un salón con hombres que escuchaban AC/DC y gritaban sobre la música era tan malo como ella lo recordaba.
¿Adónde se había ido el ángel hacía varios días?... Ella esperaba que él estuviese merodeando a su alrededor, molestándola mientras le explicaba todas las razones biológicas y matemáticas de por qué esto estaba mal. El tipo de explicaciones que la aburrirían hasta el cansancio. Especialmente con esa voz rasposa de él.
Ella ni siquiera había logrado descansar y estar aburrida sin él allí.
Sam estaba en la biblioteca otra vez. Como siempre. Kevin estaba igualmente inmerso en una pizarra de arriba, escribiendo línea tras línea como un hombre poseído. Dean estaba ocupado tratando de descifrar lo que estaba escribiendo y fallando, por lo que ella podía ver.
Meg eligió el menor de los tres males.
"¿Qué pasa, Alce?"
Sam saltó y rápidamente cayeron un montón de libros. Ella arqueó su ceja y se sentó en la mesa junto a él. El Winchester más joven se apresuró a alejar los libros de ella y ella lo miró con curiosidad.
"No te me acerques sigilosamente".
"Entonces, no saltes como una gallina. Sigue siendo gracioso ver a alguien de tu tamaño hacer un giro de bailarina", suspiró ella y miró los libros. "Estos no son sobre tus pruebas, ¿verdad?"
Incluso Meg podía darse cuenta de que él intentaba esconderlos de ella. No le importaban las pruebas y todos lo sabían; sólo se concentraba en matar a Crowley, incluso los había ayudado cuando la dejaron. Pero para él esconder los libros significaba otra cosa.
"Son sólo... investigación". Tosió roncamente. "Sobre tu pequeño bulto de ahí."
"¿Qué? ¿Esto?" Ambos miraron su estómago plano. "¿Crees que alguien en la historia ha registrado algo así antes? Los demonios y los ángeles son enemigos mortales, ¿recuerdas?", señaló ella.
"Sí, bueno… eso realmente no los detuvo a ti y a Cas, ¿no es cierto?" replicó Sam y escondió un libro sobre teorías de Nefilim y ejecuciones bajo un montón de textos sagrados". "Por así decirlo".
Ella tarareó y abrió un libro sobre vudú, pero él se acercó para arrebatárselo. "¿Qué quieres, Meg?"
"¿Además de un litro de vodka?"
"Sí, bueno. En tu estado no es algo que debas hacer".
"¿Sobriedad forzada? Cállate ahora mismo o haré de tu vida un infierno".
"Ya lo haces. ¡Vaya que es una verdadera alegría tenerte cerca!". Sam miró los ojos ante la amenaza vacía. "Sabes, te pusiste más tensa cuando Cas se fue. ¿Lo extrañas o algo así?"
"Cállate".
"No debes sentir vergüenza en admitirlo. Tal vez lo tuyo con él sea más profundo de lo que crees" Sam recordó a ella llamando a Castiel un unicornio y la miró. "Mucho más profundo".
"Soy un demonio, Alce. No profundizamos".
"No se quedan embarazadas tampoco". Miró hacia arriba para ver a Dean que regresaba. Su hermano miró a Meg antes que a Sam, quien puso una cara que decía "no preguntes".
"¿Por qué te quedas con Sam, Meg?"
"Mira, decidí que no puedo esperar a que el Sr. Plumas regrese como un padre vago. Así que ustedes chicos, podrían ayudarme en su lugar. Tengo que pensar en algo ahora y la mejor manera de resolver esto es conseguir un experto en el tema".
"¿Experto en bebés ángel demonio?", preguntó Dean. "¿Existen esos?"
"Bebés en general, imbécil", explicó Meg. "¿Quieres que hable más despacio?"
"¿Qué, algún tipo de obstetra demoníaco?" intentó él de nuevo, apretando los dientes. El maldito demonio era más punzante de lo normal.
"No. Incluso tú deberías saber que no deberías ir a buscar un demonio ahora mismo, ¿verdad?" Meg negó con la cabeza. "No me gusta llamar a estas criaturas. Son astutas y tienen toda esta cosa mágica de la tierra que me desconecta. Pero si conseguimos la correcta..."
"¿La correcta qué?", preguntó Sam.
"Hada". Ella miró a Dean y sonrió. "Pensé que te alegrarías de ver a otro de tu especie".
Él miró con toda la fuerza de su ira, murmurando en voz baja, y Meg le devolvió la sonrisa suficiente. Sam giró los ojos.
"¿Por qué un hada?"
"Porque no le deben lealtades a nadie", Dean se dio cuenta y ella asintió. "No me gusta."
"Tampoco a Cas, pero no vamos a decírselo, ¿verdad?"
"¿Por qué no podemos llamar a Cas y decirle lo que estás haciendo?", preguntó Sam.
"Más importante, ¿por qué nos importa?", señaló Dean.
"Porque si le dices yo podría arrancarles esas caras bonitas, ¿ok?" Meg se echó hacia atrás con los ojos bizcos y una mirada cursi. Dean la miró con enojo.
"Estabas más amenazante cuando estabas dentro de Sam, ¿sabes?"
"Apuesto a que le dices eso a todas las chicas."
Sam miró hacia otro lado incómodamente.
"Bien. Sam, dale lo que necesita. Voy a tratar de que Kevin descanse antes de que se desmaye otra vez".
Mientras Dean se alejaba, Sam le dio a Meg una mirada incómoda. "¿Hadas? ¿En serio?"
Ella se encogió de hombros. "Mejor que ustedes tratando de encontrar formas de matar a lo que sea que llevo a cuestas, ¿eh? ¿O pensaste que no me daría cuenta?"
Él miró hacia otro lado. "¿Qué se necesita para el hechizo?"
Castiel estaba seguro de que nunca había conocido a una mujer como Linda Tran. Ella lo hacía sentir incómodo, tenía una manera de dirigirse directamente a él que no era remotamente parecida a la de cualquier humano, sin sobrecogimiento. La había encontrado en el segundo escondite de Garth, limpiando el desorden de libros y papeles, y ella ni siquiera se inmutó por la forma en que él apareció de la nada. Sólo lo miró fijamente, tiró la bandeja de polvo al suelo y esperó.
"Yo… uh…"
"¿Dónde está Kevin?" interrumpió ella.
"A salvo. Con Dean y Sam".
Ella resopló y miró hacia otro lado. "Eso no es seguro". Castiel retrocedió un paso cuando ella se acercó a él como una madre osa lista para matar una amenaza. "¿Por qué estás aquí si él no está en problemas?"
"Necesito tu ayuda".
Linda casi se atraganta "¿Mi ayuda? ¿Con qué?"
"Necesito hacer que alguien esté a salvo. Hará falta un poco de trabajo para que las habitaciones sean seguras. Y creo que un cierto... toque femenino ayudaría".
Los ojos de ella se entrecerraron un poco. "Una mujer... ¿quién exactamente? ¿Ese demonio que trajiste de vuelta?"
Él casi había olvidado que Linda había vivido con Meg por un corto período de tiempo en la casa flotante. Él había estado demasiado concentrado en la recuperación de Meg entonces.
"Sí".
Por un minuto pareció que la anciana Tran iba a decir que no, pero luego ella se encogió de hombros. "Mejor que escuchar a Garth aun quejándose de la muerte de su títere de calcetín. Lo mejor que el demonio hizo por mí fue prenderle fuego a esa cosa. ¿Qué deseas hacer exactamente, Castiel?"
Se las arregló para mirarla a los ojos. "Algo para mantenerla a salvo. Un... un... un hogar temporal hasta que ella dé..."
Había una razón por la que su hijo era brillante.
"Está embarazada. ¿Tuyo?"
Él la miró fijamente. Que un humano fuera capaz de captar esto más rápido que un ángel o demonio le hizo mirarla intimidado.
No era sorprendente por qué Dean y Sam la querían tanto.
"Oh, vamos. Vi las señales a una milla de distancia entre ustedes dos. Ahí hay un shock". Ella asintió bruscamente. "Además me gusta pintar".
"Gracias".
"No me agradezcas todavía. Voy a gritarte por esto de todos modos porque ¿cómo diablos ocurren estas cosas?".
Castiel asintió. "Todo el mundo ha estado preguntando lo mismo últimamente".
Sheol yacía en su sofá favorito, estirada de un lado a otro con los brazos extendidos a ambos lados. Desde que había tomado una forma humana, le resultaba fácil recostarse y dejar que todo el Leteo la consumiera. Todo se movía con ella, todo su ser dependía de ella, y sentía a cada alma íntimamente mientras su proceso las limpiaba. Algunas se fueron para convertirse en almas nuevas, otras se quedaron y encontraron paz en sus aguas.
Pero sus ojos miraban fijamente al techo y ella estaba desenfocada.
Ese sentimiento intranquilo no se había aliviado. Ni siquiera cuando se le apareció a Kevin Tran. El profeta se sentía bien al tacto, una especie de equilibrio, porque cuando ella lo había tocado, él le había mostrado lo que había visto.
Aunque no se sorprendió. Así que ella había seguido al ángel, invisible como siempre a él, y se había dado cuenta de una verdad irrevocable.
Castiel no iba a dejar sola a Meg. No ahora.
El ángel no tenía razón. Otros habrían quitado al niño de ella y se habrían sometido a la voluntad de las huestes celestiales. Pero aquí estaba este ángel solitario desafiándolos, desafiándola a ella…
Sheol lo había visto enfrentarse a los ángeles, su propia familia. Si ella no estuviera tan justamente enojada con su interferencia, se habría impresionado de que por lo menos un ángel se hubiera liberado del molde cortante de galletas de Dios. Él ahora era un ángel protegiendo lo que él veía como sus responsabilidades y el niño nonato sería parte de eso.
Maldito seas.
Una lenta sensación de vaivén la atrapó. Ella podía depender de Meg, el demonio no le fallaría, ella lo sabía. Ayudaría a cerrar las puertas del infierno y luego se perdería en el Leteo una vez que todo se venga abajo.
Entonces ella podría terminar con su propósito. Todo podría terminar. Una vez cerrado, el infierno herviría, enviando sus olas de poder para destruir la Tierra, y finalmente su propia vigilia terminaría.
Sólo tenía que preocuparse por cinco vidas insignificantes.
Sheol cerró sus ojos. "Puedo esperar".
Kevin trabajó en la mesa emocionado. "Sí. Eso tiene sentido", murmuró mientras pasaba un dedo por el borde. "Es perfecto."
Pero cuando levantó la cabeza para gritarle a Dean que lo había hecho, que había resuelto los fragmentos de la tabla, su cabeza le pesó.
Chuck miró fijamente las páginas que tenía ante él. Quería moverse después de varios días de estar aquí acostado escribiendo. Todos sus músculos estaban contraídos y estaba hambriento. Pero la historia estaba toda a su alrededor. Fue el momento más emocionante de esta semana.
Excepto por un problema muy grande.
"Pero si la prueba ocurre, la historia termina". Se encogió de hombros. "¿Qué es lo peor que podría pasar?"
Sus ojos se arrastraron hasta la escena avanzada que había escrito y, por primera vez, sintió un poco de culpa. Terminar una vida joven, incluso en una historia, podría ser un desperdicio de una trama. Si dejaba que los Winchester lo hicieran tan rápido...
Al extender la mano, reordenó las páginas y puso una de ellas en la trituradora.
La cabeza de Kevin se sacudió y miró fijamente a la tabla, perplejo. Podría haber jurado... agitó la cabeza.
"Cura a un demonio y sacrificio. Debería ser simple, combinado en los dos, pero no lo es. Tiene que haber algo más que eso".
Bajó la cabeza de nuevo y empezó a releerlo todo de nuevo en vez de correr para hablar con Dean. La duda de estar equivocado lo carcomía y no había forma de que hubiera arriesgado sus vidas si no estaba en lo cierto.
Dean arrugó la nariz ante el olor pesado a jazmín y sándalo de la pequeña olla que Sam había encontrado. Meg murmuró el hechizo, mirando alrededor del claro al mismo tiempo, pero sin ver lo que quería. Sam se quedó medio dormido en una silla de jardín que habían traído para él, con su tez gris que le hacía saber a Dean que estaba exhausto. Habían estado trabajando el hechizo durante las últimas horas, probando diferentes lugares en los parques cercanos, hasta que ambos hombres estaban listos para rendirse.
Dean tenía frío, estaba hambriento y preocupado de que Sam estuviera a punto de desplomarse.
"Tal vez no haya hadas por aquí", dijo él y Meg se encogió de hombros.
"Siempre hay una o dos. A las mocosas no les gusta estar muy lejos de la acción".
Empezó a decir el hechizo gaélico más rápidamente y mientras Dean miraba los ojos de ella, lentamente se volvieron negros. Su voz se volvió más gutural y el fogón crujió fuerte cuando ella cortó su mano y chorreó sangre en las llamas.
Ella estaba ampliando el hechizo y Dean miraba incómodamente a su alrededor, preocupado de que ella invocara otra cosa.
Un pequeño destello de luz rosa le rozó la mejilla como un látigo, y él hizo un gesto de dolor, golpeándolo.
Sam se despertó mientras otra luz corría por su propia cara, cepillándole la piel, y Dean giró para intentar rastrearla. Meg también miró y terminó su canto, sacudiendo su mano sangrante sobre el fuego.
"Salgan, fui yo quien llamó".
La luz explotó y todos tuvieron que proteger sus ojos por el brillo. Cuando se despejó con una brisa de humo rosa, la mandíbula de Dean se cayó.
Era Gilda que en toda su belleza, estaba tan desconcertada como cuando se conocieron por primera vez. Sus grandes y oscuros ojos cubrieron todo el claro nerviosamente antes de enfocarse en la hoguera. Dean levantó una mano, listo para decir algo, y luego decidió que no tenía nada que decir.
"Te conocemos. Eres Gilda", dijo Sam y Meg frunció el ceño.
"Dean y Sam Winchester. Hola."
Dean asintió "Te ves bien."
Ella sonrió brillantemente. "Gracias. Es por tus valientes actos que soy libre".
"¿Llamé a un hada que ustedes conocen? ¿Cuáles son las probabilidades?", murmuró Meg.
"Winchesters". Gilda miró a su alrededor. "¿Está Su Majestad la Reina Charlie aquí?"
"No. No te llamamos por un revolcón para Charlie".
"Oh". El hada parecía molesta. "¿Entonces por qué?"
Dean señaló con su cabeza a Meg.
"No es exactamente mi tipo" empezó Gilda y Meg giró los ojos.
"No es por eso".
"Oh". Ella giró como para irse y Dean se acercó para detenerla educadamente. No quería arriesgarse a que un hada se enojara con él y la tocó con mucho cuidado. Pero ella sólo le dirigió una sonrisa algo deslumbrante y él se tropezó con sus palabras.
"Espera. Meg estaba llamando a un hada para..." él frunció el ceño. "Espera, ¿para qué era?"
Meg le miró enojada, pero el hada la estaba mirando ahora, con los ojos muy abiertos como si por fin se hubiera dado cuenta de que era un demonio.
"Ya veo. Estás embarazada. Eso es muy inusual. Incluso más que un demonio convocándome".
"Por eso llamé a un hada. Ya es bastante raro y las hadas no pueden hacerlo más extraño".
"¿Quieres una opinión?" preguntó Gilda ansiosamente. "¡Me encantaría! Ya casi nunca consigo hacer algo así. No desde que los humanos salieron de la locura de la Nueva Era".
"Espera un minuto, ¿tú "tasas" a los bebés?" Dean le echó un vistazo. "¿Eso es una cosa?"
"Generalmente son de la variedad Fae, pero sí. Evalúo sus talentos innatos, habilidades, pre-disposiciones", ella se detuvo y vaciló. "Es una habilidad muy erudita".
"¿Dónde estabas cuando Sam nació entonces?"
"Oh, muy gracioso", murmuró Sam.
"Dean, es suficiente. Yo la llamé, yo hago las preguntas, ¿de acuerdo?" Meg lo empujó hacia atrás.
Gilda se enfrentó a Meg y se acercó mucho. "¿Quieres saber cuánto vale tu hijo?"
"Quiero saber qué es él o ella", admitió el demonio y Gilda asintió.
"Es muy inusual. Entiendo tu preocupación. Tendré que tocarte entonces. ¿Puedo?" El asentimiento renuente del demonio la hizo sonreír. "No te dolerá. Es sólo magia Fae".
Dean gimió al recordar lo mucho que la magia Fae podía herir.
Ella puso ambas manos sobre el estómago plano de Meg y miró fijamente a los ojos negros del demonio mientras brillaba de manera anormal. La incomodidad de Meg era evidente al retorcerse un poco, preguntándose si había tomado la decisión equivocada. Pero Gilda sólo la miró fijamente y le sonrió mientras sus manos comenzaron a trazar pequeños círculos. Meg se balanceó contra el poder, pero para los Winchesters parecía que no estaba pasando nada. Los dedos de Gilda empujaron un poco a través de la camisa, su sonrisa desvaneciéndose por un momento.
Entonces, tan rápido como había empezado, se acabó y ella se alejó.
Meg casi se hundió en el suelo por la pura fuerza de ese poder que había atravesado su cuerpo, pero Dean le cogió el brazo y la levantó.
"¿Bien?" preguntó Sam con impaciencia.
Gilda había cerrado los ojos como para absorber la información que había obtenido, pero cuando los reabrió su sonrisa era amplia. "Oh, no tienes ni idea de lo que llevas encima".
"Eso es enigmáticamente útil", murmuró Dean mientras sostenía el peso de Meg. El demonio estaba luchando para mantenerse erguida. "Entonces, ¿cuánto vale eso?"
"Ella".
"¿Ella qué-?" Sam parpadeó y Meg también miró fijamente.
"Su hijo es una niña, por así decirlo. Es muy difícil de decir y eso requirió mucha magia para verlo. Tu poder la está escondiendo bien y el de su padre también. Como una manta muy grande", le sonrió a Meg. "Ella es inusual. Pero entonces, tú y el padre también lo son. ¿No es cierto?"
"Entonces, ¿cuánto vale ella? ¿Un par de grandes?" Dean ofreció débilmente y Meg lo golpeó en el hombro para callarlo. "¿Qué? No estoy pensando en el mercado negro, pero si te aburres y te quedas sin dinero, podría ser una opción".
"Vamos, Dean", gimió su hermano.
"Ella, oh... ella no tiene precio". Gilda miró a Sam en su lugar. "No habría nada que pudieras pensar que fuera igual de valioso para cambiar por ella en este momento. Excepto por una cosa, pero aun así no sería una transacción justa ".
Sam se agitó con su mirada, sin que le gustara cómo su sonrisa se arrastraba lentamente hacia una mirada de compasión y tristeza.
"¿Qué? Eso es bueno o … " Meg estaba tratando de descifrarlo.
"Sí, muy bueno. Ella es buena. Sólo que su poder es un comodín. Casi todos los niños nacen buenos y son las decisiones que toman", sus ojos nunca se alejaron de Sam, "lo que determina su curso de acción".
"Así que ahí se termina el día de campo de la mamá y el bebé. No se puede ir y golpear a los niños buenos en el arenero", le dijo Dean a Meg y ella miró con ira.
"Mira, si es que..."
Cuando ella volvió la cara hacia el hada, ésta se había ido en una lluvia de luz rosada.
"Hadas", murmuró Meg. "Odio tratar con hadas".
Sam tosió. "Bueno, al menos eso se acabó. ¿Podemos irnos ahora? Estoy cansado".
"Sí, salgamos de aquí antes de que aparezca un unicornio y se tire un pedo de arco iris". El demonio miró a Dean y él levantó las manos en el aire. "Verdad honesta, puede suceder".
Linda agitó la cabeza mientras miraba fijamente a la habitación. Pintada en amarillos suaves, estaba limpia y desnuda, y olía demasiado a pintura. Ella estaba manchada con pintura, sobre todo porque Castiel había insistido en que se detuviera para que él pudiera terminar de quemar las guardas en la madera, y eso había sido durante todo el día anterior.
Estaba trabajando en la última, cuando ella finalmente encontró el tiempo para regresar y enfrentarse a él.
"Castiel, ¿has pensado que tal vez sea una mala idea?"
"Puedo protegerla aquí".
"¿En serio?" Ella giró para arreglar el marco de la ventana. "Te quedas con ella aquí. ¿Por todo el tiempo que tarda el embarazo?"
Él se puso un poco rígido junto a ella. "No exactamente. Esperaba que lo hicieras tú".
"¿Logro convertirme en niñera de un demonio?... Bien".
"Ella lo entenderá".
Linda cruzó sus brazos sobre su pecho y lo miró fijamente. "No sabes mucho de mujeres, ¿verdad?"
"Meg no es exactamente..." él se encogió de hombros. "Una vez ella fue una mujer humana y tal vez por eso, su preferencia demoníaca es de mujer también, pero difícilmente se podría decir que es…"
"Ahora, yo no soy una gran fanática de los demonios en primer lugar, pero no creo que esta sea una buena idea, ahora que me has contado todo el plan". Ella puso los ojos en blanco. "Mira. Te daré una gran pista. No le va a gustar no tener una opción aquí. Yo estaría enojada. Estás haciendo algo bueno, Castiel, pero la estás atrapando. Te des cuenta o no".
Antes de que él pudiera discutir, ella estaba pintando sobre sus guardas de nuevo.
Él miró alrededor de la habitación. Había una cerca que coincidía con ésta, con tanta magia como ésta, e incluso su propio poder se sentía agotado por la fuerza que había en ella. Nada entraría aquí fácilmente.
Se relajó un poco. Ella estaría a salvo aquí, él lo sabía. Estaba bellamente realizada, de arriba a abajo. Cómoda, cálida y limpia. Linda sabía lo que hacía y él se lo había dejado todo a ella mientras él ponía las guardas en el lugar con el uso más pesado de la magia que nunca hubiera hecho.
Quería creer que Meg lo apreciaría.
Con el típico estilo de ángel justo, él sabía que esto era lo único que podía hacer y que Meg tendría que mantenerse en línea aquí para estar a salvo.
Tanto Sam como Dean se aseguraron de que una Meg aún aturdida estuviera en la sala común del Salón, y las alarmas se reiniciaron antes de que se retiraran al dormitorio de Dean para hablar.
La discusión se estaba acrecentando mientras ambos trataban de averiguar qué hacer. El alcohol tampoco lo hacía más fácil.
"No me importa lo que diga Gilda el Hada Buena. Hay tanta posibilidad de que esta niña sea buena o mala y nosotros no podemos... Tenemos que mirar todas las opciones y lo mejor es ocuparnos de ellas ahora. Meg podría incluso ver la razón y encontrar una forma ella sola".
Sam aclaró su garganta. "Dean, sólo olvidas una cosa".
"¿Qué?"
"Este es Cas. Nuestro amigo. No sabemos cómo reaccionaría. Y no vamos a matar bebés sólo porque 'pensamos' que podría ser malvado".
"Tú mataste a Emma", señaló Dean mientras abría su segunda cerveza y Sam estrechaba la mirada.
"…Quien iba a matarte. Yo digo que esperemos".
"Yo digo que nos ocupemos de este problema primero".
Su hermano miró sus manos. "¿Qué nos ha pasado, Dean? Quiero decir, ¿vamos a matar bebés ahora?"
"Tienes que hacer lo que haga falta, Sammy". Tomó un largo trago de cerveza y se limpió la boca pensativamente. "La guerra cambió y sólo tenemos que seguirla".
"No creo que la guerra haya cambiado, Dean. Creo que nosotros lo hicimos". Los hombros de Sam se enderezaron y se levantó de la cama, mirando a Dean. La mirada en su cara hizo que Dean lo mirara incrédulo. "No haré esto. De todas las cosas que haré por ti y contigo, esa es una que no puedo hacer. No somos asesinos de bebés. No cuando Cas es nuestro amigo y sabemos que esto podría hacerle daño".
"¿Incluso si es un monstruo?"
"No somos mejores que Crowley o Lucifer si hacemos esto. Esperemos".
Dean lo miró fijamente, chasqueando su lengua. "Bien. Esperamos. Pero no digas que no te lo dije".
La puerta del dormitorio se abrió tan repentinamente que los dos saltaron, y Dean fue a por su arma automáticamente. Kevin estaba parado en la puerta y casi jadeaba de emoción. El brillo de sus ojos era casi desquiciado.
"¡Finalmente recordé!"
Ambos hermanos se miraron con curiosidad. "¿Eso es genial? ¿Pero recuerdas qué?", preguntó Dean.
La sonrisa del profeta era salvaje y lunática. "La prueba final, chicos. Sé lo que es. Y no me creerán cuando les diga".
El débil intento del hada de hacer una evaluación debería haberle ayudado a Meg a planear algo, cualquier cosa, para lidiar con la rareza en la que se estaba envolviendo. Pero no lo hizo. Se sentía desorientada y enfadada porque nadie podía darle una respuesta sobre por qué había sido elegida.
Meg odiaba la idea de no tener control.
No le importaba qué lado eligiera la cosa que llevaba dentro. No realmente. Ella era un demonio; oír que lo que llevaba dentro era bueno o malo significaba poco. El hecho de que ella hubiera sentido alguna emoción había sido una coincidencia, simple y llana. Una especie de consecuencia de estar mucho tiempo alrededor del ángel.
Se repitió a sí misma esos pensamientos una y otra vez, esperando creerlos tarde o temprano. La misma razón por la que no se había deshecho de la criatura que llevaba dentro. No sabía lo que le haría y ella sólo quería sobrevivir.
Pero a pesar de todas sus palabras furiosas sobre que no le importaba y sobrevivir que escupió en el espejo del baño, se dio cuenta de que era difícil creer cualquier cosa que saliera por su propia boca.
"Quería saber el por qué", admitió, bajando la cabeza mientras una nueva ola de ira la invadió. Pero nadie sabía el por qué y eso la preparó para prenderle fuego a todo el maldito pasillo para sentirse mejor.
"No hay un por qué, mi Paloma. Tú sólo estás siendo usada".
El suave zumbido de la voz de Olvido la hizo arrastrar sus ojos desde los grifos de acero hasta el espejo.
"Tú eres..."
"Sabes mi nombre, Meg. Puedes usarlo". Sheol estaba en su reflejo como si estuviera de pie justo detrás de ella, un brazo deslizándose alrededor de la cintura de Meg. La barbilla descansaba sobre el hombro de Meg y ella cerró los ojos ante el calor que el reflejo le daba. "Te acuerdas, ¿verdad? ¿Leteo? ¿Su belleza y calidez? La forma en que te curó que casi olvidaste".
El demonio se estremeció y Sheol se inclinó hacia delante para que sus labios rozaran el lóbulo de la oreja de Meg.
"Hasta que uno de los ángeles de Dios te arrancó de mí antes de que estuvieras lista". Ella tarareó en su oído. "Mi pobre paloma. Tus alas rotas estaban casi curadas".
Unos dedos acariciaban la línea de su cabello y ella estaba consciente de la sensación drogada que pasaba a través de su traje de carne y hasta su alma. Era casi como estar sumergido en el Leteo una vez más. "Pero antes me estaba curando bien..."
"¿Lo estabas? ¿O te estabas engañando a ti misma? ¿Viendo algo que tanto querías en vez de lo que tenía que ser?" Sus dedos cayeron por la cintura de Meg. "No quieres esto, ¿verdad? Sólo di la palabra, Meg".
Pero incluso cuando sus labios se abrieron, con ese sentimiento cálido que le hacía querer decir que sí mientras pudiera volver a Leteo, abrió los ojos y se dio cuenta de que era sólo una ilusión.
"No".
Sheol la miró, aun acariciando su piel. "¿Crees que puedes confiar en ellos? ¿Estos humanos? Cuando alcanzaste una alianza con ellos, te dejaron a merced de la dulce muerte, esparcida sobre el cemento como basura. Hasta tu ángel tardó demasiado en rescatarte. Te han usado una y otra vez".
Los ojos de Meg se volvieron negros y se balanceó sobre sus pies.
"¿Tu ángel? No le debes nada". Sheol acarició su cara a continuación. "Él vendrá a ti, Meg, y te dirá que tiene algo que mostrarte. Un lugar seguro que él creó sólo para ti. ¿Pero la verdad?... "
Meg miró ciegamente a su reflejo mientras la voz de Sheol bajaba y sus labios presionaron en su oído para que el zumbido de las palabras resonara.
"Será su versión de la Jaula de Lucifer. Él te va a encerrar y va a ajustar ese collar tan apretado que no serás nada, no tendrás nada más que un fragmento de libertad. Sólo eres una cosa de uso y fracaso para ellos".
Sonrió a Meg con tristeza. "Verás, Meg, que si haces lo que te pido y ayudas a cerrar las puertas del infierno... Te llevaré a ese lugar que tanto anhelas. Algo que ellos nunca podrán hacer".
Sheol se había ido cuando el demonio volteó hacia ella.
¿Por qué quería ella tanto que las pruebas ocurrieran?
¿Por qué de repente sintió que su piel ardía?
Al encender los grifos, hizo correr el agua helada hasta que se llenó el lavabo. Tomando aire, ella sumergió su cabeza en el agua sólo para enfriar la presión y el calor que repentinamente acaloraba su piel. Casi parecía que la habían exorcizado otra vez.
Levantando la cabeza, se quitó el pelo por encima del hombro y se agitó para respirar ya que la piel adormecida le dolía y sus dientes rechinaban.
"¿Meg?" La voz de Castiel debería haberla asombrado, pero después de Sheol, poco podría asustarla ahora. "¿Estás herida?"
Los ojos de ella se abrieron para verlo parado justo detrás de ella, con la lluvia empapando y alborotando su cuerpo. Su propia piel todavía estaba humeando con el calor y ella se balanceó un poco, tomándose del lavabo. Parpadeando para quitarse el agua de sus ojos, ella lo vio sosteniéndole una pequeña toalla y ella la tomó. Una vez que sus ojos estuvieron claros de nuevo, ella se agachó bajo la mano extendida de él y salió del baño.
"¿Dónde has estado?"
"Me estaba ocupando de algunas cosas. ¿Estabas preocupada?" Le preguntó él mientras la seguía por las pasarelas y escaleras.
"En realidad, no".
Él estaba a sólo unos pasos de distancia, peor que una sombra y mucho más abrumador, y ella se pasó la toalla por su cabello empapado.
"¿Los Winchesters saben que has vuelto o ya has disparado la alarma?", continuó ella mientras se movía alrededor de las mesas. Castiel aclaró su garganta.
"Todavía no necesitan saberlo. ¿Seguro que estás bien?"
"No puedo quedarme más embarazada o fuera de combate", murmuró ella y se detuvo bruscamente, haciendo que él se topara con ella. Él retrocedió rápidamente para darle espacio y Meg se giró, mirándole fijamente.
Castiel parecía un poco más relajado que la última vez que lo vio en la celda. Su pelo estaba todo desordenado y tenía manchas de pintura en los dedos cuando ella lo revisó.
"¿Qué has estado haciendo, Clarence?" preguntó sospechosamente con esa expresión casi inquieta. Él le estaba ocultando algo.
Me preocupaba que no estuvieras a salvo aquí. Así que pensé algo para ti".
"Si es una cabeza cortada, no me molestaría", dijo ella secamente y él frunció el ceño.
"¿Por qué haría eso?"
Meg giró los ojos y él le extendió la mano.
"Hice algo para ti. Una sorpresa".
La elección de las palabras hizo que ella diera un paso atrás, mirando su mano como si le fuera a morder.
La advertencia de Sheol era tan fresca en su mente que casi se echa a correr.
"¿Meg? Me gustaría mostrarte".
"¿Qué has hecho, Castiel?", susurró ella, con voz apretada y los ojos lentamente deslizándose hacia negro por reflejo.
"He creado un lugar para que estés a salvo. Creo que serás feliz allí".
Él tomó su mano antes de que ella pudiera apartarse del camino y no pareció darse cuenta de la forma en la que ella trató de liberarse de su sujeción. La sonrisa que él le hizo era cálida y amplia, tan diferente a él que Meg se dio cuenta de que realmente él debía haber hecho algo.
Algo en lo que iba a encerrarla.
