Capítulo 10 "Sombras" (Cuando los demonios ocultan) Parte 2

Kevin golpeó la puerta descascarada con tanta fuerza que vibró en las bisagras. El profeta estaba cubierto de polvo y suciedad, su bolso igualmente mugroso y sus zapatos estaban empapados de barro. Su viaje había sido difícil, él tuvo que salpicar sutilmente camioneros con agua bendita después de todo, pero finalmente encontró el camino hacia la dirección que Sam había dejado al descubierto. Kevin había llegado justo a tiempo antes de que una tormenta se desatara. Estaba mojado y tenía frío y hambre. Sin mencionar que el viaje había tomado demasiado tiempo en primer lugar.

Cuando no hubo respuesta, golpeó más fuerte hasta que sus nudillos comenzaron a dolerle. Sobre la lluvia que caía, podía oír cómo alguien se movía, hablando consigo mismo mientras abría la puerta.

"Mira, Ned. Te juro que no estoy deliberadamente tomando tu periódico, es sólo que termina ahí..." El hombre que abrió la puerta no era mucho más grande que Kevin, vestido con una bata de baño, camiseta y boxers. Sus ojos enrojecidos parpadearon al ver al hombre más joven. "No he pedido ningún delivery".

Kevin ignoró el insulto, aunque hizo rechinar sus dientes. "¿Chuck Shurley?"

"Uh. Sí. Ese soy yo. ¿Quién eres tú?"

"Kevin Tran". Esperó a ver si había una señal de que Chuck reconociera su nombre, pero no estaba claro. Sólo lo miró fijamente, como si esperase alguna pista. "Conozco a los Winchesters".

"¿Si? ¡Oh!" La repentina sonrisa de Chuck fue forzada. "Kevin. Te tengo. ¿Qué estás haciendo aquí?"

"Buscándote. Necesito respuestas".

"Ssólo soy un profeta desafortunado". Había algo extrañamente amistoso en la expresión de Chuck. "Pero entra, antes de que te dé neumonía, o alguien te vea y piense que estoy sacando fanboys por aquí otra vez." (Nota de traducción: Fanboys hace referencia a un filme de 2009, del director Kyle Newman) Casi lo arrastra dentro de su casa pateando la puerta para cerrarla.

Kevin miró a su alrededor, temblando por el frío, y puso su bolso sobre sus hombros. Chuck cerró la puerta con llave y luego aplaudió, agarrando un montón de correo de la mesa y jugando con él.

"Entonces. Respuestas. Puedo decirte el final secreto si quieres".

"¿Qué? No. Quiero saber cómo evitar que Sam Winchester se muera", Kevin se quitó el abrigo y siguió a Chuck hasta la sala de estar.

"¿Crees que sé la respuesta a eso?" preguntó Chuck mientras volvía a su laptop. Tirando el correo, le dio a Kevin un giro desdeñoso de los ojos. "Mira, chico, lo más que me interesa es terminar esta historia. No estoy al tanto de todo lo que está pasando".

Sentándose en su silla, Chuck comenzó a desplazarse por su documento de texto. Mientras intentaba encontrar dónde había quedado, vio por el rabillo del ojo a Kevin hurgando en su bolso. Estaba empezando a escribir cuando el profeta golpeó la tabla demonio en su escritorio. El peso del objeto hizo que su escritorio entero temblara y apenas alcanzó a salvar su laptop de ser aplastada.

"¿Puedes leerla?"—preguntó Kevin. Chuck se burló, pero él vio como sus ojos se ponían casi hambrientos, como si estuviera escogiendo detalles- "Tú puedes".

"Bueno, yo soy un profeta", dijo Chuck de manera importante.

Kevin lo vio tomar la tabla y vio un leve destello de luz atravesar la superficie al contacto. Chuck murmuró para sí mismo, sus dedos siguiendo las marcas cinceladas y casi sonriendo. La tabla había reaccionado a su toque, más de lo que lo había hecho con Dean o Sam, o incluso consigo mismo. Casi como cuando Crowley y Castiel la habían dividido la primera vez.

"Sé que no eres un profeta".

"¿Qué?" Chuck casi deja caer la tabla, sorprendido, pero Kevin se mantuvo firme. "¿Qué quieres decir?"

"Un... amigo me lo dijo. Dos profetas no pueden existir a la vez. Sé lo que soy. Soy humano. Pero tú apareciste de la nada después de que los Winchesters no te habían visto en años. De repente, sabiendo de la tabla, el embarazo de Meg, Castiel y todo eso". Kevin se acercó y le empujó en el pecho. "No eres lo que me pareces. Incluso mirándote, me doy cuenta. Te ves como "vi" el embarazo de Meg la primera vez, cuando observé con atención".

"¿Adivinaste todo eso?"

"Profeta. Posición privilegiada. Todo concuerda". Kevin se sentó en la silla frente al escritorio de Chuck. "¿Y qué eres tú?"

Chuck parecía listo para discutir, pero luego se encogió de hombros. "Bien, bueno, en realidad, esto va a sonar un poco..."

"¿Eres un ángel? ¿O un tipo de monstruo?" preguntó Kevin, ya que no le gustaba cómo Chuck tartamudeaba "Sabes lo de las tablas y sabías lo que yo podría decir. Vi la mirada en tu cara, entonces..."

Parpadeó, sólo teniendo una conclusión lógica. "Eres Metatrón, ¿verdad?"

Chuck miró fijamente, lo había tomado por sorpresa y sólo pudo asentir. "Sí, así es".

Kevin estaba tan atrapado en su propia revelación que se perdió la pequeña sonrisa de Chuck cuando se sentó frente a él.

"Y puedo ayudarte a encontrar una forma de evitar que el mundo termine".

Había entumecimiento, pero aun así algunas sensaciones se deslizaron a través de sus sordos sentidos. Cada músculo de su cuerpo era demasiado pesado para moverse y sus ojos no podían hacer más que agitarse. Había brazos que la llevaban, manos alisando el pelo de su frente mientras la acostaban, revisándola suavemente para ver si tenía heridas. Pero parecía que estaba bajo el agua y no importaba cuánto se esforzaba por llegar a la superficie, no podía nadar lo suficientemente fuerte o rápido como para liberarse.

Se estaba ahogando.

Una voz furiosa de repente cercana la ancló y luchó por concentrarse en ella.

"Tenemos que volver al búnker".

"No podemos arriesgarnos a llevarla lejos, lo sabes".

"Cas, necesitamos llegar a un lugar más seguro que este".

Entró y salió de la conciencia, oyendo el arranque de un motor de coche mientras se desvanecía y luego era liberada de nuevo. Gimiendo, se acurrucó en los brazos que la sostenían y puso su cara contra un cálido cuello, intentando librarse de nuevo de ese adormecimiento.

"No se está despertando". Los brazos la deslizaron sobre una manta blanda y luego el cuerpo caliente había desaparecido.

"¿Crees que ella sabía de Lucifer?"

"Sí".

"No me gusta."

"Tampoco a mí".

Esa sensación de tirón empezó a arrastrarla más abajo.

"¿Aún confías en ella? ¿Después de que él dijo que ella sabía que estaba fuera de la Jaula?"

Hubo una larga pausa y mientras más ella luchaba por mantenerse alerta, más caía en esa sensación drogada.

"Sí, Dean, lo hago".

"¡Tú, idiota arrogante!" A través de una bruma de lágrimas de sangre y agonía, Lucifer se despertó con una cara enojada que se cernía sobre la de él. La expresión de ella era hermosa en su ira, pero sintió, no por primera vez en varias horas, miedo real.

"Te atreves a intentar matarla. ¡Ibas a matarla! Después de que te ordené que no lo hicieras", susurró Sheol y su mano le envolvió el cuello, tirando de él hacia arriba. "¿Te olvidas que puedo echarte de vuelta a la jaula si quiero, Estrella de la mañana?"

Él se ahogó bajo su apretón, aun intentando volver a la conciencia. "Quería terminar con esto".

Los ojos penetrantes de Sheol lo recorrieron y luego ella lo soltó, disgustada. "No podías resistirte a jugar con tus enemigos. Eres un niño".

Frotando su garganta, el Arcángel trató de ignorar ese pequeño detalle, centrándose en lo que le había impedido completar su misión. Se había sentido como si hubiera estado en otra de las Guerras, cuando Miguel había sido el único ángel capaz de causarle verdadero dolor. Su cuerpo dolía y su Gracia se sentía como si hubiera sido sometida y enjaulada una vez más, aunque lentamente estaba regresando.

"¿Qué pasó?" Lucifer se sentó y miró fijamente a la entidad. Ella lo miró con una ceja arqueada y él agitó la cabeza. "Estaba tan cerca, pero algo me detuvo. Entonces esa... explosión. Era algo que no había sentido antes y Meg es sólo un demonio".

"Has visto. No fue solo ella. Es algo más mortal. Subestimaste a tu enemigo, Lucifer. Ese parece ser tu problema desde siempre. Pero debilitaste a Castiel en más formas de las que crees, así que estoy dispuesta a pasar por alto este percance", gruñó ella, apartándose de él. Se alejó unos pasos antes de sacudir la cabeza. "Tienes suerte de que eso casi fue según lo planeado, Lucifer, o algo más podría haber salido horriblemente mal".

El Arcángel la miró fijamente. "¿De acuerdo al plan?"

"Mm."

"Sin embargo, no tomé su Gracia", susurró, estirándose sobre el diván y mirándola fijamente. La ira de Sheol parecía que calmarse y la sonrisa que ella le dio era engañosamente dulce.

"Te perdono".

Mientras él asentía, satisfecho, Sheol miró hacia otro lado y se esforzó con su poder para encontrar al demonio.

Meg sentía como si su cabeza hubiera sido aplastada contra una pared de ladrillo, todo su cuerpo y alma le dolían. Gruñendo, se giró sobre su estómago y se levantó sobre sus manos y rodillas en un catre viejo y mohoso. El esfuerzo que le costó sólo darse la vuelta la hizo sentir aún más débil. Incluso abrir los ojos parecía que la drenaba.

¿Dónde estaba ella?

Breves visiones intermitentes la hicieron ponerse de rodillas, ambas manos presionando contra sus sienes para tratar de aliviar el golpeteo.

La batalla contra una pequeña horda de demonios, todos luchando con renovado fanatismo... Castiel brillando y clavado contra la pared... el toque amenazador de Lucifer... la ola casi nuclear de poder que había diezmado el garaje... Castiel y Dean gritando su nombre mientras ella se desmayaba...

Su mano bajó hasta su estómago y rastreó la curva allí. Sintió un pulso que casi le respondía, como un cálido empujón, y exhaló lentamente. El miedo que sentía por dentro no era propio de ella, su hijo estaba aterrorizado; eso le hacía presionar su mano un poco más fuerte para calmarse. Casi instantáneamente, el agotamiento se había ido y ella sintió que el miedo también se iba.

"Estás despierta".

Su cabeza se levantó para ver a Dean sentado en un sillón cerca de donde estaba agachada. Se arrastró un poco hacia delante, usando el catre para sostenerse mientras se ponía de pie, pero antes de poder pararse, no pudo moverse. Su visión se aclaró un poco y vio la pintura en aerosol en la alfombra que rodeaba el catre.

Una trampa demonio.

Cerrando los ojos, se balanceó un poco.

"Eso es… todo lo que eso es", dijo Dean como conversando, pero Meg no confió en él. Giró y lo miró.

"Pensaba que estábamos más allá de las trampas demonio".

"Estábamos más allá de los secretos, también". La voz de Castiel que llegó a través de la pequeña sala, la hizo suspirar y cerrar los ojos.

"Castiel".

"Sabías que Lucifer estaba vivo".

"No lo sabía", susurró ella, apretando los dedos. Sabía que debía ignorar el hecho de que estaba en una trampa. Era lo que ella habría hecho si sus posiciones estuvieran invertidas. Pero la tenue puñalada de traición estaba allí, deslizándose bajo su piel, y se unió al dolor de los golpes de Lucifer. Intentando ignorar todo eso, abrió los ojos y miró fijamente las marcas de la trampa.

"¿De verdad? Porque según Cas, Lucifer estaba más que feliz de compartir esos detalles".

"No lo sabía". Ella mantenía la voz baja y plana, tratando de sonar bajo control, pero su mirada se dirigió a Castiel. Él le devolvió la mirada, impasible y fría, al ángel que había conocido la primera vez. La calidez de las últimas semanas había desaparecido.
Él sostenía una espada ángel en una mano y ella se encontró mirando eso. Parecía más curva que la que él le había dado; vagamente se preguntó si era la que Lucifer había dejado caer. Parecía completamente inconsciente el mensaje que él estaba dando. Ni siquiera estaba claro si sabía que la estaba sosteniendo. Parecía casi un robot, como si estuviera representando un papel.

"¿Estuviste mintiéndome todo este tiempo?" preguntó Castiel, su voz casi demasiado baja para ser escuchada. Como si sus palabras fueran sólo para ella, aunque Dean pudiera oír. El cazador frunció el ceño, confundido, pero no apartó la vista del demonio. Meg levantó el mentón.

"¿Crees que lo hacía? ¿Todos estos meses y todo esto que pasamos? Querías que confiara en ti, pero no confías en mí. ¿Por qué no me clavas entonces esa espada y lo haces realmente fácil?", preguntó ella, pero su mano estaba enrollada sobre su vientre de forma protectora. Los ojos de él miraron a la espada que sostenía, mirándola como si hubiera aparecido mágicamente y no se hubiera dado cuenta.

Cuando levantó la cabeza y se encontró la mirada fija del demonio, Castiel cerró los ojos y miró hacia otro lado. La espada desapareció en su abrigo antes de respirar hondo.

"No creo que hayas mentido deliberadamente, Meg. Estoy tratando de entender".

"¿Y qué si ella lo supo todo el tiempo que Lucifer estaba libre?... Como si este fuera un gran plan maestro del infierno" – insistió Dean.

Ella soltó una risa amarga y trató de concentrarse en el cazador, intentando ignorar el hecho de que la expresión en el rostro de Castiel realmente dolía dentro de ella.

"Porque eso tendría mucho sentido".

"Entonces..."

"¡No lo sabía!" le gritó a Dean. Él parpadeó, no esperaba eso. Meg rara vez levantaba la voz en los últimos años defendiéndose a sí misma. Discutía, se quejaba, se burlaba, pero nunca gritaba. Los ojos de Castiel no dejaron de mirarla, incluso cuando Dean lo miró. "Pensé... pensé que él solo estaba en mi cabeza".

Castiel respiró hondo, dándose cuenta de lo que ella quería decir.

"¿Qué, como una alucinación?" preguntó Dean, sonando escéptico.

Ella se rio entre dientes sin humor. "He tenido suficiente de ellas últimamente. Pensé que era mi propia mente jugando conmigo. ¿Sabes cuán a menudo solía soñar con el Leteo? Los demonios no sueñan, Dean, a menos que sea por una razón. Después de esos sueños extraños que tuve, pensé que era sólo... yo reaccionando a lo que había estado viendo cuando la prueba casi ocurrió. Alucinaciones".

Castiel se movió un poco y ella vio como sus ojos se suavizaban un poco y su expresión tensa se desvanecía. Finalmente miró a Dean. "Ella realmente luchó a la par contigo".

"Ruby también lo hizo en algún punto".

"La etiqueta de Ruby... Genial!", Meg espetó.

""Lucifer la atacó, has visto que estaba listo para matarla. Si ella estaría trabajando para él, no habría ido tan cerca. Hubo algo que lo detuvo." Dijo Castiel con voz suave. Meg escuchó la forma en que los dos hombres trataban de explicarse uno a otro y una parte de ella se preguntó si él había dejado que Dean la pusiera en la trampa para probar algo.

Para probarse a sí mismo a los dos.

Cuando él la miró, la sinceridad en su cara era abierta y seria y ella tuvo que desviar sus ojos hacia Dean.

"¿Qué es lo que quieres? ¿El honor de Scout? ¿Por qué me habría molestado en tratar de salvarte el culo?"

Dean se movió un poco. "Él fue bastante pertinaz en matarte y tú hiciste una actuación con él". Finalmente miró a Meg. "¿Qué pasó?"

"Sólo ha pasado una vez antes", dijo Castiel para ella. "Cuando traté de ver por primera vez lo que era el niño. Es un mecanismo de defensa".

"¿Una onda sónica? cute. Tu hijo vino con un sistema de advertencia que puede destruir un edificio", suspiró Dean y su ira se desplomó un poco. "Acabo de... Lucifer ha vuelto. ¿Alguien más piensa que eso es una locura?"

"No tienes ni idea", susurró Meg, con una mano temblorosa en su vientre.

"Probablemente no." Dean maldijo por lo bajo y Castiel se volvió para enfrentarse a él. Como si estuvieran decidiendo algo juntos, asintió. "Pensé en algo, mientras que estábamos trayendo el trasero de Meg de vuelta aquí".

"Oh, puedo sentir tus células cerebrales frotándose juntas", murmuró Meg y Dean la miró con enojo.

"Cállate, Meg". Miró sus manos. "Si Lucifer ha vuelto, ¿por qué no atacó a Sam?"

Se metió tan rápido en ese tema que Meg parpadeó y miró a Castiel. Pero ahora miraba fijamente a Dean.

"Tal vez está planeando algo. Y quizás no es tan fuerte".

"Sí, hay que…" Dean se frotó la cara. "Quiero mantener a Sam a salvo. Y a salvo ahora mismo es que él no sepa lo que está pasando. No creo que pueda soportarlo. Si Satanás mismo lo quiere, tendrá que pasar por mí".

"Lucifer no tendrá ningún problema con eso", señaló Meg. "Pero algo le impide llevarse a Sam".

"Pareces casi preocupada", Dean respondió y ella lo miró fijamente.

"No me importa el alce. Tú, por otro lado... los ángeles podrían joderte el culo y no me importaría".

Castiel la miró con agudeza y ella le devolvió la mirada. "No parezcas tan sorprendido. A esta chica sólo le gustan muchos chistes de perras antes de hacerse vieja".

"Como sea". Dean agitó la cabeza y agarró las llaves y el teléfono. "Voy a llamar a Sam, a ver qué pasa en el búnker y si sabe algo de Kevin. Quizá haya algo que podamos hacer. Esto lo mantenemos en secreto por ahora, para protegerlo. Ya bastante está luchando por mantenerse entero".

Se detuvo por Meg. "Pero gracias". Ella lo miró fijamente y Dean se encogió de hombros. "Me ayudaste a salvar mi trasero allá atrás. Te lo debo".

Asintió a Castiel, sin darse cuenta de la sorpresa de Meg. "Adelante" dijo, sujetando su mano sobre su hombro del ángel antes de salir para llamar a Sam en privado.

Meg sacudió la cabeza y se volteó lentamente para enfrentar Castiel. Él se apartó de donde había estado apoyado y entró en la cocina para humedecer una toalla. Meg suspiró y miró hacia otro lado. Cuando volvió, Castiel parecía a punto de decir algo, pero se contuvo y solo se arrodilló y comenzó a borrar las marcas de la alfombra.

El silencio empeoró la tensión y finalmente habló, mientras todavía trabajaba en las marcas. "Confío en ti".

"Yo habría hecho lo mismo si hubiera estado en tu lugar". Trató de sonar desdeñosa mientras lo miraba. Castiel se puso de pie, tirando la toalla al suelo. Él dio unos pasos hacia delante, de modo que los bordes de su abrigo la tocaron, y ella se encontró jadeando, sorprendida por la mirada de sus ojos. Era libre de moverse, ya no estaba atrapada, pero no se atrevía a irse. Castiel vaciló al tocar su mano, sus dedos cerrándose alrededor de la suya.

"Deberíamos irnos de aquí".

Ella sintió el aleteo mientras él los movía de la habitación del motel a través de la distancia. Cerró los ojos un poco, pero él continuó asiéndola con firmeza. Cuando esa prisa se fue y sus pies estaban de nuevo en tierra firme, él todavía la observaba cuando ella levantó la mirada. Por el rabillo de su ojo, ella se dio cuenta de que estaban de vuelta en el pequeño loft de la casa segura, pero Castiel no la dejó ir.

"Lo siento. Sé que debí haber confiado en ti, sin duda, pero Lucifer... Dean estaba frenético".

Meg se echó un poco hacia atrás y le miró enojada. "Yo no mentí".

"Meg, tienes que entender. Todo tenía sentido en un primer momento".

"No confiaste en mí. Calle de dos sentidos, ¿recuerdas?"

"Confiaba en ti. Confío en ti. Pero Dean no. Tiene toda la razón para no hacerlo. Yo sólo necesitaba estar seguro..." Él asintió. "Sé cómo es alucinar tan a menudo que la realidad a veces se siente injusta".

"No pensé que fuera sólo una alucinación". Ella miró hacia otro lado, a la habitación casi desnuda pero limpia. "Pensé que era yo quien tomaba la decisión".

"¿Decisión?" Él la miraba fijamente, sin abandonar esa mirada que ella podía sentir físicamente.

"Una elección. Lo hice hace semanas y no voy a cambiar ahora".

"Lo sé".

Las palabras quedaron suspendidas en el aire y él le tomó la mejilla, obligándola a mirarlo. El movimiento fue vacilante, como si esperara que ella peleara, y Meg se puso tensa. De mala gana, ella le devolvió la mirada y trató de no encogerse ante sus ojos.

"No voy a huir." Él le hizo un gesto de interrogación y ella hizo señas. "Puedes dejarme ir".

"No. No puedo."

Cuando ella no se apartó, él la acercó más y le puso las manos en la cintura, presionando en su agarre. Meg miró hacia otro lado y tocó las marcas de su abrigo, donde las barras de metal habían estado incrustadas. La cabeza de él se inclinó y vio como los dedos contrarios casi empujaban en los pequeños agujeros, rozando las tiernas heridas.

La aguda forma en que siseó le hizo saber a ella que aún dolían.

Sin decir una palabra, ella le quitó el abrigo sobre los hombros, que cayó en un montículo junto a sus pies seguido de la chaqueta y de la camisa blanca desabotonada. Luego comprobó las marcas sobre su pecho al mismo momento que lo sintió estremecer. Las marcas estaban sanando, pero el corte de la espada ángel, rojo y furioso todavía estaba luchando por sanar. Sus dedos se deslizaron sobre los músculos en su abdomen y Castiel se inclinó hacia abajo, descansando su frente contra la de ella.

"No fui lo suficientemente fuerte para protegerte a ti y a Dean". Su aliento le acarició la boca y ella se inclinó hacia él, presionando su nariz contra la suya un poco. El contacto lo hizo descender y ella sintió como su labio inferior le rozaba el suyo.

"No te pedí que lo hicieras, ¿recuerdas, plumas? Demonio autosuficiente".

Ella se tiró un poco hacia atrás, pero él tenía las manos sobre sus caderas, sosteniéndola firmemente. El contacto fue justo lo suficiente como para que él descansara contra ella, y ella sintió que su Gracia la envolvía. Suficiente para quemar, pero no lo suficiente para herir realmente.

"Quizás"

Antes de que ella pudiera abrir sus ojos, él la estaba besando y la abrazaba tan apretado que casi la aplastaba contra él. Ella le devolvió el beso con el mismo enojo e intensidad con que él la besaba, sintiendo sus manos acariciar lentamente su cuerpo como para asegurarse de que ella estaba entera. Era casi un sentimiento humano puro, y ella lo agarró por el pelo para dejarlo quieto. Los temblores que lo atravesaban se sentían fluir extrañamente y le calentaban la piel.

El deseo que casi se desbordaba de su cuerpo chocaba con el suyo. Cuando él se dio la vuelta y la llevó con él, ella lo empujó sobre la cama. Sus manos le agarraron de la cintura, apretándola más fuerte contra él mientras se sentaba. Las rodillas de ella presionaron a cada lado de las caderas de él. Meg sintió que sus dedos casi le arañaban la espalda, deslizándose y apretando la curva de sus caderas para acercarla. Sonriendo contra su boca, ella le chupó el labio inferior y profundizó el contacto hasta que no quedó espacio entre ellos.

Castiel le apartó el pelo de la cara e interrumpió el beso, abriendo la boca para decirle algo.

"Yo…"

Bajando la cabeza, Meg lo besó para callarlo.

Los gritos en su cabeza se acallaron lo suficiente como para que finalmente pudiera apartarlos. La Gracia de Michael le rodeaba con impaciencia, como si le exigiera que prestara atención, pero no podía. Estaba oyendo la voz de Dios en su cabeza ahora. Una orden interminable, repetida una y otra vez, diciéndole que hiciera lo que tenía que hacer para proteger la Creación. Para recuperar el control.

Por primera vez en miles de años, estaba escuchando la voz de su padre.

En vez de rechazarla, se deleitó en ella.

"Haré lo que me pides".

Meg se despertó sola y sintiéndose extrañamente fría. Se había acostumbrado, en los raros momentos en que dormía, a no estar sola. Después de estar envuelta en calor durante unas horas, la brisa era casi demasiado fría. Se acurrucó un poco, presionándose los dedos contra las caderas. Podía sentir los moretones y las marcas de la barba que Castiel había dejado en su piel y que ella había dejado que se quedaran en lugar de curarlas.

Con una pequeña sonrisa, se preguntó cuántas marcas le habría dejado a él.

Girando despacio, se despertó de su sueño estirándose y mirando fijamente al techo. La luz de la luna era lo suficientemente brillante como para poder ver los libros que ahora cubrían las paredes de enfrente. Meg parpadeó. Los estantes habían estado vacíos la última vez que estuvo aquí hacía dos semanas. Las sábanas colgaron de ella mientras se sentaba y miraba fijamente, notando los pequeños cambios en la habitación ahora que podía concentrarse. Las mantas se amontonaban en una esquina, un sillón viejo en la otra esquina junto a la ventana, un pequeño calefactor colocado debajo del estante.

Todo parecía como... vivo. Confundida, trató de ver si estaba en el lugar equivocado. Tal vez él los había movido las cosas durante la noche. Pero vio su ropa apilada prolijamente en la silla, la pintura pálida conocida y las pocas cosas que había traído para los hechizos y las guardas. Se oía el zumbido del generador afuera y las luces parpadeaban de vez en cuando. Castiel estaba por ahí, probablemente en algún lugar cercano.

Una cosa a la que no estaba acostumbrada era a lo quieto que este lugar seguía siendo aun cuando ambos estaban aquí.

Se levantó, agarró la camisa y los jeans, y estaba vistiéndose cuando se dio cuenta de que había luces encendidas abajo. Mientras se abrochaba el cinturón, entrando algo el estómago para hacerlo, se inclinó sobre la barandilla. El voladizo le permitió ver a Castiel sentado en el sofá, leyendo de nuevo, y ella descansó un codo sobre la baranda, intentando ver si él notaba su presencia. Había unas cuantas bolsas a su alrededor, pero él las ignoraba manteniendo su cabeza inclinada sobre el libro.

Cuando ella se deslizó por las escaleras y dobló la esquina, por la forma en que él ya miraba fijamente al hueco de la escalera supo que él había estado consciente de ella todo el tiempo.

Ella sonrió ante la mirada casi curiosa que él le dirigía, descendiendo hasta sus pies descalzos y luego lentamente hacia arriba. Aunque para él no era insinuante, sino calculada e intensa.

"Pensé que tal vez habías vuelto con Dean".

Castiel metió el libro de vuelta en su abrigo. "Le dije que te traería aquí. Lo aprobó. Él quería llegar a la cabaña de Rufus para llevar a Lucifer en caso de que lo estuviera siguiendo o haciendo que lo sigan. Estará más seguro allí. Me llamará si me necesita. Creo que quería estar solo".

Ella pasó a su lado, intentó ver lo que estaba escondiendo, pero él tomó su mano y la tiró al sofá junto a él. La dejó ir después de un momento y entrecerró los ojos un poco como si tratara de ver si algo estaba mal.

"Dormiste un rato y no quería despertarte. Eso fue... fuiste bastante intensa".

"Tú también", señaló Meg y sonrió con ironía ante el recuerdo y la forma en que la había hecho sentir. Había ayudado a borrar un poco de la tensión entre ellos. "No es que me molestara".

Él asintió. "A mí tampoco. Creo que fue adrenalina combinada con…"

Pronto le puso la mano sobre su boca. "No me analices científicamente, Clarence".

Cuando ella le quitó la mano, parecía que por un momento iba a continuar, pero se detuvo. Ella arqueó una ceja y esperó, pero en lugar de eso, él se sentó y la vio levantarse.

"¿Qué pasa con las bolsas?" Su mirada confundida la hizo girar los ojos y señalar.

"Me dijeron que necesitabas algunas cosas". Se acercó y sacó una enorme camisa de algodón en color rosa.

Meg se sintió lista para vomitar en el momento en que la vio.

"¿Qué es esto?"

"Según la etiqueta, es una camisa de maternidad".

Meg lo miró, viendo esa expresión tan seria de cachorro, pero se negó a tomarla. Su expresión le dejó claro que pensaba que esto la molestaría. "No me pondré eso".

Él pasó los pulgares por encima de la tela y estiró un poco la banda elástica. "Tendría más sentido ya que tu ropa te esta quedando más apretada".

Su sonrisa fue perversa. "Te diste cuenta, ¿eh? Me gusta cómo agranda las tetas del traje de carne".

Él le levantó la camisa y ella obstinadamente cruzó sus brazos sobre su pecho. "Creo que esto se adaptaría mejor a tu cuerpo a medida que cambia", explicó Castiel, sosteniendo la camisa suelta como para mostrarle. Meg le echó un vistazo.

"No me lo voy a poner. Me imagino que ustedes pueden controlarse porque si un par de senos los pone a todos fuera de sí, no merecen jugar ninguno de los juegos de niños grandes". Meg miró hacia abajo y acarició la parte superior de sus senos pensativamente. "Se ven preciosas, si lo digo yo misma".

"No creo que sean... quiero decir, sí, te ves muy bien, pero no entiendo por qué los pechos son...", Castiel cerró los ojos y respiró hondo y con firmeza. "La mujer que me vendió esto me aseguró que esto es lo que usan las mujeres embarazadas".

"Claro. Y no podría tener un motivo oculto, como por ejemplo, querer que la compres a cambio de dinero".

"Yo -

"¿Cuánto has gastado?" Meg miró las bolsas a sus pies y entonces otro pensamiento se le pasó por la cabeza. "¿Y de dónde sacaste el dinero?"

"Obtuve una gran cantidad de billetes de un banco". Él parecía avergonzado y ella tuvo que mirarlo fijamente.

"Clarence, ¿estás diciendo que robaste un banco para comprar esta ropa?"

"Entre otras cosas, también pañales y leche de fórmula. Linda me dio una lista de necesidades para ti y para ella. Aunque algunas me parecían innecesarias. Considerando lo que somos, la necesidad de algo llamado 'Lamaze' parecía fuera de consideración..." (Nota de traducción: Lamaze es una marca de juguetes para bebés).

"¿Robaste un banco para mí?" Meg se mordió el labio inferior y coqueteó con él. "Eso es tan caliente, Clarence".

"No lo hice para seducirte".

"Hubiera funcionado. Castiel, el ladrón de bancos, todo vestido de negro... oh, sí, eso sería ardiente". Ella sonrió con ironía al ver su rubor. "Ha… y todavía me faltan meses, ya sabes. No necesitas hacer todo esto".

Él resopló frustrado y ella sonrió, poniendo la camisa en el sofá. "Clarence. ¿De qué se trata esto realmente?"

"Quería que estuvieras cómoda". La miró de arriba a abajo mientras se paraba junto a ella. "Tu cuerpo debe estar cambiando, aunque no estás tan... redonda como esperaba. Después de todos estos meses. Tú aún sigues estando muy pequeña".

A ella también le parecía. Tenía razón en algo. EL embarazo ya tenía tiempo, pero ella se veía igual que hacía un mes. Excepto por sus pechos que se llenaban, no había mucho en el traje de carne que saltara a la vista para demostrar que estaba embarazada. "¿Esperabas... qué? ¿Un enorme cuerpo bulboso? ¿O un saco de huevo alienígena quizás?"

Tendiendo la mano, la tocó tentativamente. Meg se movió un poco y sintió como sus dedos se deslizaban sobre la curva de su vientre. Estaba concentrado, los ojos entrecerrados y concentrados, y Meg sintió la forma en que su Gracia parecía parpadear a través de sus dedos.

"Se está... escondiendo. Parece quieta".

"Chica lista", Meg le arrancó los dedos y él la miró. "Créeme, ella está ahí dentro. Lo sé. Tal vez sólo está un poco asustada".

"¿Puedes sentir eso?"

Aún no iba a hablar con él de esa extraña conexión. No desde que el bebé los había golpeado a todos lo suficientemente fuerte para sacarlos fuera y que ella se había sentido de repente increíblemente protectora para con la criatura. No era un instinto natural para un demonio, pensó de repente.

Meg vio los ojos de Castiel volver a la camisa que había intentado darle. "Mira, consígueme una buena camisa de hombre y si necesito algo más suelto, me pondré eso. La mayoría de esas cosas para mujeres embarazadas hace que la gente parezca que llevan puesta una tienda de campaña".

"¿Entonces quieres mi camisa?" él sonaba confundido y ella sonrió, empujando contra él.

"¿Me la estas ofreciendo? Creo que se vería sexy en mí." Sus labios avanzaron hacia los de él mientras inclinaba la cabeza.

"Sólo tengo una camisa. La del recipiente".

"La quiero".

"No".

"Puedo pedírtela amablemente", dijo ella, sonriendo mientras su boca se abría un poco y él negó con la cabeza. El roce de un beso la hizo gemir y se inclinó hacia él.

"No, no puedes." Las manos de ella bajaron por su estómago y él se balanceó nerviosamente sobre sus pies, levantando su cabeza. "Devolveré la ropa".

El lamento decepcionado de Meg fue amortiguado con una sonrisa de satisfacción al alejarse de él. "Clarence, vas a tener que trabajar en tu bravuconería si vas a lidiar con Megstiel aquí dentro, lo sabes, ¿verdad?"

"¿Megstiel?" Él sonaba desconcertado.

"O lo que sea". Ella agitó su mano contra su vientre. "Lo que está aquí".

Castiel la miró mientras se movía a su alrededor y volvía al sofá. Ella revisó una de las otras bolsas, hizo una mueca, y luego se sentó con las piernas estiradas sobre la mesa de centro. Él la siguió y se sentó junto a ella, frotándose pensativamente las manos.

"He estado pensando en lo que pasó con Lucifer". La atención de Meg pasó a él y sintió como ella se movía en el sofá para ponerse enfrente "Tenemos que ponerle un nombre".

"No, no tenemos que hacerlo".

Castiel no iba a comentar acerca de su hostilidad por ponerle un nombre.

"Sí, debemos".

"Mira, es sólo..." Ella inclinó la cabeza contra el sofá y lo miró. "Para los de mi especie, los nombres tienen mucho poder. Tenemos que ser cuidadosos por el tipo de poder que le da a un enemigo sobre nosotros". Ella hizo una pausa y se dio cuenta de que él la miraba fijamente. Había una pequeña media sonrisa apareciendo en la esquina de sus labios y ella le frunció el ceño. "¿Qué? Sé de estas cosas".

"Por eso no compartes tu nombre con nadie después de todos estos años", comentó él amistosamente, sin malicia en su voz. "Lo sé".

Ella se encogió de hombros de todos modos. "Soy más demonio que humano, precioso. Apenas recuerdo mi nombre humano, mucho menos el nombre de mi alma. Hay mucho poder en los nombres, Castiel. Crowley escondió el suyo. Los de Ojos Blancos y Amarillos, tenían sus verdaderos nombres porque no había nadie que los desafiara".

Él sonrió, pero no comentó la casi celosa custodia de su propio nombre. Meg suspiró. Ahora ella conocía esa mirada casi íntimamente.

"No vas a dejar pasar esto, ¿verdad? Ya me lo has preguntado tantas veces".

"Sé que la estás sintiendo más. Y si tenemos otro ataque como el anterior, y esta vez se sale de control, deberíamos tener un nombre para llamarla".

"¿Crees que el nombre será una pequeña forma de controlarla?"

"De calmarla, sí". Él pasó suavemente su mano por la pierna de ella hasta que descansó sobre su cintura. "Creo que mantenerla tranquila es muy importante".

Meg miró su cara mientras él inclinaba la cabeza y miraba fijamente su vientre. "Crees que ella es demasiado peligrosa".

"Creo que es fuerte. Como tú".

"Bien". Ella agitó la cabeza y se rindió en luchar contra su persistencia pasiva. "¿En qué estabas pensando entonces? ¿Algo retorcido y frívolo, o algo celestial?"

"Pensé en ponerle un nombre relacionado con la luz", murmuró Cas, una mano apoyada en el estómago grande de ella. Meg lo miró fijamente, sin saber qué decir. Los ojos de él se volvieron hacia ella. "Pero entonces me di cuenta de que ella es más que eso. Ella es parte de ti, comparte la oscuridad, y es esa parte que yo…".

El demonio se retorció un poco. "Te estás poniendo latoso con la poesía", advirtió ella.

Él la hizo callar con una mirada. "Es la parte de ti que me empezó a importar".

"Diablos!, más poesía", Meg murmuró incómodamente. "Bueno. No podemos llamarla Materia Gris. O 'eso'. Es cruel, incluso para mí".

"Chuck me dio libros para leer en esa caja que nos dio, y encontré un nombre que me pareció apropiado". Él se encogió de hombros. "Es un nombre muy antiguo. Extrañamente, las páginas se abrían en él por sí solas. Tal vez ella quiera llamarse así".

Meg le disparó una mirada incrédula, pero él la seguía mirando.

"Bueno Cas, no me tengas en suspenso. Pero si dices algo tierno, te mato".

Cavando en su abrigo, Castiel encontró el libro que Chuck le había dado para mitología. Le dio el libro cerrado e inmediatamente los dedos de ella encontraron la página más desgastada en la parte de atrás. Las páginas voltearon por sí solas y el demonio frunció el ceño, teniendo que entrecerrar los ojos ante las letras descoloridas. Parpadeó y miró fijamente a las letras de un negro más vibrante.

"¿Nyx?" Meg lo leyó rápido. "Significa noche. Sombra". Ella aflojó el agarre del libro un poco y lo miró fijamente.

Él asintió y puso su mano de nuevo en el pequeño bulto de su estómago. "Tú también encontraste ese nombre. Siempre me ha llevado a esa página. Creo que se está poniendo el nombre a sí misma."

Ella miró hacia arriba y se encontró con sus ojos mientras su pulgar dibujaba un círculo en el centro de su estómago.

Meg repitió el nombre una y otra vez. Cuando él dio vuelta la mano, ella le devolvió el libro y él lo colocó en el cojín a su lado. Inmediatamente le puso de nuevo la mano en el estómago, observándola cómo lo pensaba.

"Nyx. Nixy. Nicky. Nyx". Ella masticó su labio inferior y luego lentamente puso su mano sobre la de él. "Fácil de recordar y corto. Nyx. ¿Qué piensas tú desde ahí dentro?"

Golpeó con los dedos la mano de Castiel como si enviara un mensaje en código Morse.

De repente sintió una presión en su vientre y un golpe que le atravesó el vientre, haciendo que su camisa se levantara un poco por debajo de la mano de Castiel. Los ojos de él se abrieron de par en par con sorpresa y ella también miró hacia abajo, sin haber sentido eso antes. Cuando se miraron el uno al otro, el ligero asombro con el que él la estaba mirando, hizo que ella mantenga fija la mirada. Respirando agitadamente, él miró hacia abajo y ella le vio inclinar la cabeza.

"Supongo que Nyx está feliz con eso", murmuró ella mientras lo veía deslizar su mano sobre el vientre otra vez.

Sus dedos presionaron y él golpeó suavemente. "Hola, Nyx".

Otro golpe más fuerte que antes y ella se estremeció. Pero la expresión de completa calma que Castiel mostraba valió la pena. Ella sonrió.

"¿Estás bien, Clarence?"

Antes de que ella pudiera retroceder, él movió la cabeza y la besó con fuerza. La espontaneidad del beso la desbalanceó lo suficiente como para que ella pusiera las manos en su cara. El suave crujido de ella cayendo de nuevo sobre el sofá debajo de él y el ruido del libro cayendo al suelo le hizo sonreír. Castiel le rozó con sus manos el cuello y ella jadeó cuando él le lamió la lengua.

El sonido del teléfono del ángel la hizo gruñir de decepción, pero él la siguió besando sujetándola con los dedos contra su cuerpo, mientras disfrutaba de la forma en que ella se sentía. Él la arrastró más cerca y ella se deleitó en cómo él había perdido esa timidez que tenía con ella y en cuanto disfrutaba de su atención ahora.

El timbre del teléfono continuó y ella suspiró, apartando la boca y pasando la mano entre ellos hacia el bolsillo de él. La boca de Castiel le rozaba la mandíbula mientras ella respondía al teléfono, y sus dientes la mordisqueaban cuando se aclaraba la garganta.

"0800 DIOSES DEL SEXO".

Hubo una larga pausa y la boca de Castiel dejó de moverse justo cuando ella oyó toser a Dean. "Ehh… ¿Por qué contestas el teléfono de Castiel?"

"Oh, ya sabes," ella sostuvo el teléfono fuera de su alcance mientras Castiel se movió y agarró su mano, "él necesitaba tener sus manos libres".

Castiel refunfuñó y le arrebató el teléfono de las manos. "Basta ya".

Él la miró enojado y se sentó en el sofá. Ella se inclinó hacia atrás percatándose de una pequeña sonrisa en su boca mientras él miraba con recelo cómo ella se ponía cómoda. Moviéndose, Meg le metió los pies debajo de los muslos para mantenerlos calientes antes de marcar un círculo en su estómago.

"Hola, Nyx".

Otro golpe, casi demasiado débil para que ella lo sintiera, pero ahora percibía esa extraña vibración ahí dentro. Los dedos de Castiel se doblaron en su muslo, como si quisiera volver a tocarla, pero siguió murmurando al teléfono.

"Vas a ser tremenda si puedes darle una paliza a un Arcángel", murmuró ella. "Entonces, ¿qué eres, ¿eh?"

La voz de Castiel estaba tensa, pero él seguía hablando bajo con Dean, y Meg observaba la forma en que su cuerpo se apartaba un poco de ella. La tensión que había en él había borrado por completo el Castiel relajado de hacía unos momentos.

Antes de que ella pudiera detenerlo, él se había ido en un aleteo y ella suspiró. "Me quedaré aquí y hablaré conmigo misma entonces".

Sam hojeó los libros de mitología, tomando notas. Cada información sobre el concepto de Leteo, de Oblivion, estaba tan fuertemente impregnada en la mitología que era como si tuviera que determinar cuánto podía ser reinterpretado o ser completamente erróneo. Todo era muy confuso.

No entendía. Si Dios estaba tan decidido a proteger la Tierra, ¿por qué los contratos? ¿Por qué las tablas, en definitiva? ¿Por qué se interesaba esta Sheol por las almas a menos que estuviera cansada de todo?

Descansando la cabeza en una mano, sintió una repentina sensación de humedad de su piel. Fue extraño. Después de un día de salud casi perfecta, estaba empezando a sentirse enfermo otra vez.

Lentamente, se levantó y verificó si le había llegado un nuevo mensaje de Dean en su teléfono. Nada.

Kevin se había pasado la mayor parte de la noche escuchando las historias casi interminables de Chuck sobre las extrañas convenciones sobrenaturales a las que había asistido y los cosplayers que acudían a ellas. Se sentía como si cada vez que intentaba obtener una respuesta directa de él, Chuck se volteaba hacia otra cosa. Estaba exhausto y empezaba a tambalearse de enfado. Nada de eso importaba realmente.

Chuck le sirvió otro vaso de whisky escocés. "Así que aquella vez, esta chica vino vestida de Castiel y se metió en una gran pelea con un tipo vestido de Castiel y el año pasado se casaron disfrazados de Dean y Sam..."

Kevin chasqueó sus dedos.

"Concéntrate. Acabo de preguntarte por la millonésima vez sobre Sheol. Sam me habló de ella. ¿Qué sabes tú?"

Chuck se encogió de hombros. "Algunas cosas. Cree que es mucho más fuerte que y… mi padre. Más amable, más gentil, pero admito que tiene una cierta forma de ser que le da a su ser... bella…. Quiero decir, sí, ella es muy sexy..." Chuck se sacudió a sí mismo de ese pensamiento. "Ese no es el punto. Es peligrosa y no es mejor que Dios. Es más débil".

Kevin lo miró fijamente y luego giró los ojos. "Correcto".

"Mira. En todo caso, ¿las tablas que quieres que traduzca? Ellas dependen únicamente de quién las está haciendo. Sam, por ejemplo. Tiene que dejarlo ir. Pero hacer eso va a tener muchas consecuencias. El poder que tiene en él ahora mismo es como un tren de carga que se está descarrilando. Va a empeorar antes de mejorar".

Kevin vio a Chuck tomar un sorbo profundo.

"¿Por qué no le ayudas, entonces?"

"Ese no es el punto de la historia, Kevin", dijo y Kevin agitó la cabeza.

"Entonces, ¿cuál es el punto? Dios tiene que tener alguna razón con todo esto".

"El punto es que a veces necesitamos ver las cosas de manera diferente, y hacer cosas que nunca pensamos que podríamos hacer".

Castiel llegó a la cabaña, tan rápido que Dean se sobresaltó con su llegada y casi fue a por su arma.

"¿Estás herido?", preguntó abruptamente. Dean miró fijamente y puso los platos en la mesada. La cabaña estaba fría, la falta de calor significaba que tenía que seguir moviéndose para mantener el calor, y cogió su taza de café.

"Uh no. Sólo te necesitaba aquí un tiempo. Algo pasa contigo".

"Yo soy el mismo..."

"Oí tu voz por teléfono. Fuiste cauteloso". Dean tomó un largo trago y miró fijamente a Castiel. "Háblame, Cas. Porque necesito saberlo. Especialmente si se trata de ya sabes quién".

"Lucifer".

"¿Sí? Maldito hijo de puta que escapó y ahora tengo que mantenerlo alejado de Sam. El búnker está a salvo de él, si nadie en el Cielo puede llegar ahí dentro, apuesto a que él tampoco puede hacerlo, pero necesito estar seguro de que tienes tu mente en el juego. ¿Qué ha pasado?"

Castiel miró sus manos. "No me había dado cuenta de algo".

"¿Sí?"

"Que Lucifer sabía que yo podía ser débil. Por primera vez en años, sentí que estaba haciendo algo bien. Que protegerlos a todos ustedes era algo que puedo hacer y no fallar. Que estaba haciendo un buen trabajo". Dean miró la cabeza de Castiel bajar mientras miraba fijamente a sus manos. "Pero no puedo".

"Cas, no… ".

"Siento como si hubiera fallado. Casi matan a Meg y a ti; y drenan mi Gracia". Castiel casi tumbó la mesa cuando se levantó abruptamente. Dean lo miraba caminar, una especie de movimiento inquieto que le hizo darse cuenta de lo enojado que estaba Castiel bajo esa máscara en blanco que le gustaba llevar. "Podríamos estar todos muertos ahora mismo".

"Cas". Dean esperó a que girara y lo mirara. "Detente. Sólo para. Estoy vivo. Estás vivo y ni siquiera Meg está muy mal, ahora que descubrimos lo que sabe. Incluso estoy dispuesto a confiar en ella en esto. Pero cruzaremos ese puente cuando llegamos a él. Necesito que revises a Sam y vuelvas aquí. Vamos a juntar nuestras cabezas y encontrar una forma de resolver esto. Porque necesito saber cuánta mierda va a desparramar esto".

"No puedo dejar a Meg sola tanto tiempo. Lucifer sabe que está embarazada. Si lo han soltado, y él sabe que ella es una debilidad para mí, como lo eres tú, como lo es Sam…". Dean lo miró fijamente, pero él no se dio cuenta. "… Entonces ella necesita ser protegida".

"Bien. Verifica a Sam después de traer a Meg aquí. Él se ha ido por unos días sin curarse, pero si él no necesita la curación, vuelve a mí, ¿entiendes?" Dean agitó la cabeza. "Y en cuanto a Meg, tráela aquí o llévame con ella. La protegeré lo mejor que pueda. Así no tendrás que volar entre nosotros".

Castiel le miró fijamente. "Dean..."

"¿Qué?"

"¿Por qué?"

"Soy tu amigo, Cas. Eso es lo que importa ahora mismo. Y nos necesitamos el uno al otro. Si eso significa ayudar a Meg, entonces estoy listo para hacerlo. Por ti".

Conmovido, Castiel levantó la mano y la apoyó sobre el hombro izquierdo de Dean. "Gracias".

Se había ido para cuando Dean levantó los ojos al techo. "Sí, de nada".

Castiel estaba aliviado. Todavía enojado, todavía sin esperanza, pero aliviado también. Voló a un pueblo cercano, le compró a Dean una hamburguesa como regalo de agradecimiento y luego voló a la casa segura cuando encontró algo que también podía llevarle a Meg. Tuvo tiempo para pensar y lo había necesitado, antes de lo que seguramente sería una conversación interesante con el demonio.

La casa estaba tibia y él pudo sentir vibrar a las guardas con energía mientras entraba en la sala de estar. Meg estaba leyendo una novela de Supernatural, mordiéndose el labio mientras caminaba lentamente alrededor del pequeño espacio. De vez en cuando, ella chasqueaba sus dedos y él casi podía sentir los tipos de magia y poder demoníaco que estaba usando. Los hechizos estaban probando las guardas y estaban reaccionando perfectamente. La estaban manteniendo a salvo.

La miró durante más de una hora, contento con encontrar paz en la tranquila forma en que parecía estar en guardia constante, como un gato listo para que las sombras ataquen.
Cuando ella pasaba de una habitación a otra, él se aseguraba de que las paredes ardieran. Perderse a sí mismo protegiendo la casa le había ayudado a sobrellevar el hecho de saber que estaba casi en el punto de no poder protegerla fuera de la casa.

Sus ojos la miraron y no pudo evitar sentir cómo se sentía al verla moverse como una criatura salvaje y oscura. Aunque intentó no hacerlo, queriendo mirar durante un poco más de tiempo, finalmente se dejó desvanecer en la habitación, materializándose desde las sombras.

Meg estaba enterada de que Castiel estaba detrás de ella, su cuerpo justo ahí fuera de su vista. Sonriendo, volteó una página y comenzó a leer en voz alta,

"Castiel nunca había visto una criatura tan extraña como Sam Winchester. Una abominación, sin duda, pero algo más. Había un mundo de dolor en un ser humano tan roto. Su simpatía fue conmovedora; debe ser la humanidad de Sam, pensó, porque ningún demonio podría evocar en él tal emoción. Compasión y curiosidad".

Ella giró y él estaba parado justo detrás de ella, con una expresión de enfado en su cara.

"¿Verdad en la literatura?" preguntó ella burlándose, agitando el libro bajo sus narices.

"Sabías que yo estaba aquí". Levantó una bolsa de papel. "Te traje comida".

"Oh, mi especie de delivery angelical" dijo, dispuesta a seguir. Cogió la bolsa y se metió un pepinillo en la boca. Él la miraba fijamente mientras ella saboreaba la sal en su lengua y masticaba pensativamente. "¿Qué pasa?"

"Nada".

"No es nada. Estás flotando alrededor mío, Clarence. No es que me moleste. A veces tu merodeo tiene sus beneficios".

Él miró hacia otro lado. "Voy a llevarte con Dean. Quiero mantener este lugar tan escondido como pueda y si Lucifer nos está siguiendo ahora, entonces podríamos guiarlo aquí por error".

"Puedo quedarme aquí".

"Los quiero a los dos juntos. No puedo dividirme entre ustedes ahora mismo".

Meg le echó un vistazo. "¿Por qué necesitas hacerlo?"

La miró incrédulo.

"Te digo que puedo andar por mi cuenta. Estuve muy cerca de averiguar dónde diablos estaba Crowley y quién está a cargo antes de que todo se fuera por la borda. No es Lucifer, es alguien más..."

Le puso la mano alrededor de la muñeca.

"Te quiero con Dean". Tenía la sensación de que ella lo estaba provocando deliberadamente.

"¿Por qué?"

"¡Porque no puedo protegerlos a los dos!" Él casi gritó y ella se estremeció. Algo se desmoronó dentro de él, como si hubiera sido golpeado por lo que acababa de gritar, y Meg le miró bajar la cabeza. "Casi me matan, Meg. Pude sentir que toda mi Gracia se iba, y me di cuenta de que no soy lo suficientemente fuerte. Así que necesito que Dean y tú me ayuden, pero no puedo arriesgarte por eso. No puedo perderte".

"No puedes controlarlo todo, Castiel", murmuró ella y abrió los ojos para verla de pie. Sus dedos le enderezaron la corbata. "Vamos a resolver esto juntos. ¿Recuerdas? Te dije que había elegido".

Sus dedos le acariciaron la mejilla mientras miraba la oscuridad de sus ojos. Meg sintió como su pulgar se rozaba el labio inferior, una caricia suave.

"Chuck tenía razón", murmuró él.

"¿Sobre qué?" ella se balanceó un poco.

"Nunca pensé que podría caer o sentir. No con un humano y definitivamente no con un demonio".

En vez de apartarse, sonrió con ironía. "Reina Corruptora, esa soy yo".

Sheol vio al ángel y al demonio aparecer en la cabaña de Montana. No había sido difícil para ella descubrirlo. No podía seguir a Castiel o Meg hasta este lugar secreto que el ángel había creado, pero podía seguir a Dean Winchester. Donde fuera Dean Winchester, el ángel iría a aparecer eventualmente. Él tomaba sus deberes muy en serio.

"Cosas tan lamentables", murmuró, probando las guardas con un gesto de su mano. Se quedó en la puerta, pasando los dedos por encima de la madera desgastada. Apoyándose contra ella, respiró suavemente y vio cómo su poder chamuscaba las marcas en la puerta.

Escuchando a Dean y Castiel planear algo acerca de mantenerse en movimiento, Meg sólo prestaba algo de atención. La extraña sensación de estar dividida en dos, de estar… como drogada, había vuelto.

Girando la cabeza, miró hacia la puerta principal, donde aún quedaban marcas.

Al otro lado, Sheol apretó su frente contra la puerta.

"Meg", murmuró. "Sé que estás ahí dentro".

Meg puso su mano en la puerta y se inclinó. Detrás de ella, Dean le estaba instruyendo a Castiel sobre qué decirle a Sam, y entonces ella oyó el aleteo del ángel que se iba. Si ella hubiera estado prestando atención, se habría dado cuenta de la forma en que él la miraba fijamente hasta que no pudo esperar más. Ni el humano ni el ángel notaron la forma en que sus manos revisaban las marcas. Las guardas de demonios no la repelían. Tampoco la quemó el tocar el hierro grabado en la manija de la puerta.

"Algo está mal".

Levantando su mano, Sheol dibujó una marca de fuego en la puerta, un símbolo Enoquiano que era invisible al ojo humano. Se encendió brillantemente, como un faro, llamando a cualquier ángel que buscara esa marca. Besó suavemente la puerta y luego desapareció.

"¿Qué pasa?" preguntó Dean, notando finalmente la forma en que Meg se alejaba de la puerta.

"No lo sé". Sus ojos se dirigieron hacia él y Dean vio que se habían vuelto negros. "Pero hay algo".

El repentino retumbar de truenos y relámpagos los hizo saltar y Meg levantó la cabeza, mirando fijamente a las luces que parpadeaban.

"Ese no es Cas", murmuró instintivamente Dean y ambos se pusieron espalda contra espalda, para estar protegidos. "Cas..."

"Mejor empieza a rezar, Winchester", susurró Meg, sacando la espada de ángel que le había dado Castiel. Se sentía reconfortante en su mano mientras la giraba. Ella oyó a Dean murmurar una oración a Castiel, una oración rápida, pero sus ojos estaban en la puerta principal.

"Eso no es necesario".

La voz era baja y casi divertida, y ambos se giraron para ver a un joven guapo y apacible que estaba de pie junto a la cocina. La electricidad crepitó a su alrededor, casi bañando su joven cara con luz blanca, y miró a Meg y luego a Dean.

"Ni las oraciones, ni el arma. De todos modos, ninguno de los dos los va a ayudar".

Dean miró fijamente esos rasgos características familiares. Había tenido pesadillas, culpas, todo sobre esa cara. "¡¿Adam?!"

La sonrisa era demasiado fría, demasiado controlada para ser Adam Milligan. "No del todo". Se adelantó, rodeándolos. "Seguro que no me has olvidado, Dean. Eres mi otra mitad, por así decirlo".

"Miguel". Dean escupió el nombre con tanto odio que Meg lo miró sorprendida.

"¿Este es el otro Arcángel?" Preguntó Meg y apretó más la espada.

"Sí. Este es el otro bastardo. Sigues llevando a mi hermanito, ¿eh?"

"Al menos lo recuerdo, Dean, ¿cuál era tu excusa?" Ignorando la mirada de Dean, Miguel miró su cuerpo. "No. Esto es una especie de construcción. No es exactamente el más perfecta de los recipientes, pero la forma es mía para usarla ahora".

"Nunca ha sido tuya. ¿Cómo demonios estás aquí?" Preguntó Dean y levantó el brazo, empujando lentamente a Meg hacia atrás mientras Miguel se dirigía hacia él.

"Probablemente de la misma manera que mi hermano. Dios no es el único poder en este Universo que tiene una inversión en el destino de este Mundo". Miguel estiró el brazo para tocar a Dean, pero el humano se echó hacia atrás. "Es bueno verte tan... saludable, Dean".

Había una amenaza velada allí que hizo revolver el estómago de Dean.

Sam gimió y se giró en su cama, tirándose del pelo. "Detente".

Sólo conocía fragmentos de Enoquiano, partes que había recogido de viejos textos y pruebas, pero ahora sentía que su cabeza estaba siendo inundada por las palabras. Recuerdos de luz y calor, plumas que rozaban sus dedos y voces risueñas que le pedían paz.

Ardía.

"Pobre Sammy, tsk tsk" – chasqueo de lengua.

Se quedó helado, la cara aún medio enterrada en la almohada, y lentamente miró a su izquierda. Sentado en la silla plegable de la esquina, ensombrecido y confuso, había un hombre. Sus dedos unidos por las puntas ante él, y Sam hizo un sonido leve de miedo. La cara era familiar y sabía que se estaba volviendo loco.

"Hola, Sam. Tenemos que hablar".

"No." Sam se tiró al lado de la cama. "NO!"

Meg se estremeció al ver que el Arcángel se movía muy lentamente alrededor de la cabaña. Miguel la miró fijamente, luego a Dean pensativamente.

"Había oído que un demonio iba a dar a luz al hijo de un ángel". Giró hacia Meg. "No pensé que Dean o su hermano lo permitirían".

"Sí, porque lo que me dicen los Winchesters claramente es algo me importa", respondió Meg.

"Sería sabio si me mostraras algo de respeto, puedo terminar contigo ahora mismo", amenazó Miguel por lo bajo. Dean se acercó más a Meg y el arcángel miró al humano. "¿Y tú la protegerías?"

"¿Contra ti? Definitivamente".

Meg le miró sorprendida y Dean sonrió con ironía. "No te acostumbres. Es sólo por Cas".

"¿Incluso sabiendo que, contra mí, no podrías tener ninguna posibilidad? Qué noble". Miguel siguió mirando alrededor de la cabaña. "Pobre Castiel. Mi hermanito pequeño, cayendo por humanos y cayendo por demonios. No sé qué pensar".

Meg puso su mano sobre su vientre y sus ojos se pusieron negros. Miguel la miró.

"No estoy aquí para amenazarte. Mi padre ha hablado. Estoy aquí para ayudarte de alguna manera... o para que me ayudes". El Arcángel se detuvo, expectante. Dean miró a Meg y ella le disparó una mirada igualmente confundida. "Sheol. Estoy aquí para ayudarte a detenerla".

"Pero… ¿cómo supiste de ella?"

Miguel suspiró. "Soy mucho mayor que Castiel, Dean. Sé de ella. Y sé que te encontraste con Lucifer".

"Encontrar es una palabra muy liviana para describirlo. No podemos confiar en ti".

"¿En quién puedes confiar? ¿En ella?" Miguel miró fijamente a Meg. "Aunque considerando lo que está llevando allí, tal vez. Pero no toleraré tu falta de respeto, Dean. No soy Castiel y no soy Gabriel. Te acabaré si tengo que hacerlo, a ti y a tu hermano, si eso significa seguir las órdenes de mi Padre".

Meg cogió el brazo de Dean antes de que pudiera saltar al Arcángel. "Hijo de puta".

"Eso fue una advertencia, Dean. No me pongas a prueba. Ya me siento arruinado por la idea de no matar esa abominación junto a ti. Puedo ayudarte. Soy el único que puede ayudarte, ¿recuerdas?"

"Ayúdanos, con-" La puerta de entrada se abrió de golpe, trayendo consigo una cascada de lluvia y viento. Enmarcado por el relámpago, Castiel ya sostenía la espada de ángel que había recuperado de Lucifer. Dean miró fijamente. "Cas, ¿qué demonios?!"

"Oí tu llamado", el ángel se detuvo, pero sus ojos estaban puestos en Miguel. El Arcángel devolvió la mirada, todo el humor había desaparecido de su cara.

"Castiel. Hola, hermano". El ángel más joven miró a Dean y luego a Meg, y su mirada intensa fue notada por Miguel. "No les hice daño, estamos negociando. Ustedes necesitan algo de mí, mi ayuda contra algo de lo que no saben nada y me gustaría algo de Dean. La vida de su hermano depende de ello".

"¿Cómo es que estás libre? Tú y Lucifer estaban enjaulados".

"No volvamos a hablar de eso". Miguel chasqueó los dedos. "Retírate, Castiel".

El poder golpeó al ángel y cayó de rodillas en shock.

Cuando presionar fuerte sobre la carne de su mano no hizo nada, Sam se estiró para tomar su arma guardada en el tocador. Lucifer levantó su mano.

"Sabes que soy real, ¿verdad? No como tu hermano mayor que a veces es un poco lento. Por suerte, ese es el problema de Miguel".

"Se supone que deberías estar en la Jaula. ¡Te dejé en la Jaula!", gritó Sam. Sabía lo desesperado que eso era y puso la cama entre ellos. Su dolorida cabeza y su tembloroso cuerpo no le ayudarían a luchar contra un Arcángel.

"No exactamente. Tú y yo Sam, estamos conectados. A un nivel muy profundo que sólo un recipiente sabe". Sonrió y se levantó de la silla, dando una caminata por la habitación. "Bonitas averiguaciones".

"¿Cómo... cómo...?"

"Tengo un amigo. Un amigo maravilloso que es difícil de mantener fuera".

"Sí, vete al Infierno y quédate ahí. Te ganamos una vez y no lo ha..."

"¿No lo harás?" Lucifer inclinó la cabeza hacia un lado. "¿No haré qué? ¿Crees que estoy aquí para poseerte? ¿Para empezar el apocalipsis una vez más?" Le sonrió con simpatía. "Pobre Sammy. No todo se trata de ti".

Sam cavó sus dedos con fuerza en el talón de su mano, pero Lucifer permaneció.

"No. Estoy aquí porque quiero hablar contigo. Porque quieres que tu hermano este feliz y en paz, ¿no?"

Parado justo al lado de Sam, invisible a sus ojos, Sheol extendió la mano y le acarició la sudorosa frente. Él se resistió a la fuerza, pero ella lo esperó hasta que sus ojos se le giraron y se desplomó en la cama. Ella estuvo allí para evitar que cayera demasiado fuerte, abrazándolo.

Sam apenas se daba cuenta de que estaba siendo sujetado, que su cabello estaba siendo apartado de su frente. Sentado en la cama junto a sus pies, Lucifer miró su reacción con fascinación y Sheol dejó que su poder lentamente curara un poco al Winchester, justo lo suficiente como para que estuviera lúcido.

"Tú y yo, Sam, queremos lo mismo. Queremos ser felices, estar contentos, nuestras familias juntas de nuevo. Es la única manera". Lucifer suspiró. "Sólo quiero a mi familia de vuelta".

"¿Traer una utopía?" La voz de Sam sonaba drogada.

"Ya está ahí, Sam. Estoy hablando de compartirlo con la gente que amamos, nuestros hermanos", Lucifer lo miró fijamente. "Eso es todo lo que importa, ¿no?"

Miró hacia la invisible Sheol y ella sonrió con tanto amor que dejó que su propio poder envolviera a Sam, ayudándole a sanar más.

"Todo lo que importa". Convencido de que era un sueño, Sam cerró los ojos.

"Puedes ayudar a Dean", insistió Lucifer.

A medida que se fue desvaneciendo, su cuerpo casi sano pero su mente estaba siendo drogada, Sam sintió dedos deslizarse por su pecho para descansar sobre su corazón. "Dean".

"Sólo tenemos que cerrar esas molestas puertas y terminar las tablas".

Dean dio un paso al frente.

"¿Quieres ayudarnos? Déjalo ir".

"No". Miguel miró pensativamente a Dean. "Tú nos costaste a mí y a mi hermano miles de años. Mi Padre quiere que este mundo sea salvado y yo lo estoy haciendo por él, como lo haría cualquier hijo obediente. Pero por lo que sé, de repente no puedo pensar por qué debería perdonarte a ti".

Se movió rápido y agarrando a puñetazos la chaqueta de Dean, lo arrojó contra la pared, golpeando a Meg con un movimiento casual de su mano.

La espada del ángel salió disparada del alcance de Meg y ella se ahogó al golpear la pared tan fuerte que su cabeza rompió la madera. Castiel la miró y agitó la cabeza, señalando con la mano a Dean. Miguel lo puso contra la pared, empujándolo hacia adelante y hacia atrás para que su cabeza golpeara el marco de un cuadro.

"Ahora me escucharás, gusano. No tienes importancia en el gran esquema de las cosas, y lo sabes. Escucharás cuando hable porque si no lo haces, tú y tu hermanito morirán".

Un golpe le cayó por la espalda y giró junto con Castiel mientras Dean intentaba recuperar su respiración, con moretones ya floreciendo en su piel.

Castiel fue empujado a la mesa de la cocina, su garganta apretada. Miguel sacudió la cabeza, desilusionado, mientras se inclinaba sobre él.

"Estoy haciendo todo esto por nosotros, Castiel. Entiende eso, no soy tu enemigo".

"Quieres usar a Dean como recipiente", tosió y Miguel miró pensativamente al cazador que los observaba a ambos.

"Sí. Él es mi verdadero recipiente y si Lucifer se vuelve contra mí, necesitaré a Dean. Pero por ahora, sólo quiero terminar las órdenes de mi padre. Lo cual es detener a Sheol". Él presionó fuertemente la garganta de Castiel. "Aunque veo que no confías en mis intenciones".

"¿Alguna razón por la que debiéramos?", gritó Meg, limpiando su sangrienta boca, y él la miró por encima del hombro. Ignorando el movimiento de Castiel.

"¿Qué más puedes hacer?"

Castiel consiguió sacar la espada robada, rozar a Miguel con ella y darle en la mejilla. El Arcángel siseó y le dio un golpe fuerte en la cabeza, sacudiéndole a un lado.

"Castiel, Padre me pidió que no te matara, pero la disciplina no estaba en discusión". Continuó levantando a Castiel lo suficiente como para poder golpearlo repetidamente, hasta que el ángel se hundió bajo el poder de los golpes. La sangre le filtraba por la nariz y la boca cuando Miguel acercó su cara hacia la suya. Castiel miró el horror en sus ojos. Había devoción fanática allí, pero nada de eso era amable. "Tal vez algún tiempo de interrogatorio en el cielo te ayude. Estoy seguro de que les encantaría verte después del lío que hiciste. Para que yo pueda hablar con Dean y este demonio en paz".

El arcángel chasqueó los dedos, pero no hubo nada después. Había estado listo para ser enviado a través del espacio, por lo que Castiel parpadeó y lo miró fijamente antes de que sus ojos se dirigieran lentamente a Meg. Sacudió la cabeza, intentando que ella retrocediera, pero Miguel también lo había notado.

El demonio miró hacia atrás, su mano extendida mientras su poder oscurecía la habitación hasta dejarla en sombras. Ella se balanceaba sobre sus pies, tan inestable como un borracho, y la sangre que goteaba de su boca era casi negra. Retuvo a Miguel lo suficiente mientras su Gracia repentinamente lo retenía en la oscuridad.

"Tú", siseó Miguel. Su mano se retorció en el aire y la envió volando de vuelta, clavándola contra la pared. "Te dije que no te haría daño, pero si no te apartas de mi camino, lo haré. Para enseñarte algo de respeto".

Él la presionó, lo suficiente como para que su oscuridad retrocediera un poco y ella casi se retorció.

Algo se transmitió por el aire, chocándole en reacción al golpe que le había dado a ella y se tambaleó, sorprendido por ello. Fue un disparo de advertencia y dejó ir a Castiel, mirando a Meg con fascinación.

"¿Cómo es posible…?", preguntó. Dio un solo paso hacia delante, pero Castiel lo interceptó, agarrándole la garganta.

Castiel lo golpeó con su puño en la mandíbula y Miguel volvió a tambalearse sorprendido. Casi ciegamente, le tiró otro golpe y el ángel más joven lo esquivó. Dio vueltas a su alrededor, dándole un golpe en la cabeza con la espada que había estado usando para defenderse.

"¡Cas!" gritó Dean mientras Miguel arrojaba a Castiel al suelo, aterrizando sobre él para intentar arrebatarle la espada de la mano.

La hoja se hundió en lo profundo, tan profundo que Miguel balbuceó y lo miró fijamente. La herida era estrecha, pero la plata brilló ya que su corazón estaba perforado. Sus ojos se fijaron en la brillante empuñadura durante un momento antes de mirar a Castiel.

Castiel le miró fijamente con absoluto horror. "Lo siento".

Miguel se agarró con fuerza al hombro de Castiel, metiendo los dedos mientras la espada llegaba tan profundo que no había nada que él pudiera hacer para curarlo. Castiel se retorció, por lo que se puso a horcajadas de él, aún la sosteniendo la espada profundamente en el pecho de su hermano. La empuñadura de la espada se calentó bajo su puño, pero no importaba lo fuerte que tirara, su mano permanecía casi pegada a ella. Una luz se deslizó por la herida de Miguel y subió por la hoja de la espada, sobre la mano de Castiel y bajo su abrigo.

Su cabeza se levantó y se puso rígido como si hubiera sido golpeado.

Detrás de él, Dean y Meg miraban con asombro mientras su boca se abría y la luz comenzaba a salir de su boca y manos.

La piel de Castiel resplandecía como si perlas de oro y plata nadaran bajo su superficie, sus ojos volviéndose blancos por la fuerza. Mientras su cabeza se inclinaba hacia atrás, gritó de agonía mientras la Gracia de Miguel, mucho más poderosa que la de él, se apoderaba de la suya y se convertía en parte de ella. Debajo de él, Miguel gimió y se estremeció mientras el resto de su poder se encadenaba al de Castiel.

Sus propios ojos se abrieron de golpe y gritó, mientras la habitación se llenó de remolinos de luces y un Arcángel era atrapado en una agonía de muerte.

Dean cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos mientras los gritos del ángel se hacían más fuertes, hasta que no hubo nada más que un grito penetrante tan fuerte que podía sentirlo sacudiéndole los huesos. Desparramada en el suelo, Meg puso su brazo sobre sus ojos y sintió algo contraerse dentro de ella dolorosamente. Usando su otra mano, sintió la pequeña fuerza vital que había dentro de ella.

"Te protegeré", susurró. "Te protegeré, Nyx".

Era extraño usar las palabras cuando la habitación estaba casi colapsando a su alrededor, pero ella sintió cómo se aquietó el dolor dentro suyo. No podía abrir los ojos, la esencia angélica estaba inundando la habitación de manera tan poderosa que quemaría su propio cuerpo, pero oyó un fuerte sonido de campana de bronce y alas revoloteando por el aire.

El grito de Castiel se convirtió repentinamente en un ascenso de dolor absoluto hasta llegar a su voz verdadera. Las ventanas y los cristales de la cabaña se rompieron bajo la fuerza y el generador se encendió. El destello de luz que siguió fue una ola más fuerte esta vez, arrojando a Meg y a Dean a través de la habitación, haciéndolos caer en la inconsciencia.

En el estado de ensueño del Leteo, su hermano sintió inmediatamente los efectos secundarios de la muerte de Miguel. Mirando fijamente al cielo, sintió que lo atravesaba y al darse cuenta repentinamente, dejó de usar su poder para manipular a Sam. Lucifer gritó en agonía y fue sólo el saber de Sheol de lo que estaba sucediendo, lo que impidió a Sam darse cuenta también. Ella tomó al Arcángel y, antes de que él pudiera liberarse, los trajo a las dos a las aguas del Leteo, dejando a Sam en un estado casi comatoso. No le importaba si Lucifer estaba a punto de morir de pena instantáneamente.

"¡No!" Esta vez, el grito de Lucifer fue con su verdadera voz y provocó olas en las aguas. Sheol lo liberó mientras se retorcía, volando hacia la playa. Pero las barreras que ella había creado lo mantenían dentro de los límites y él sabía que no había escapatoria. Se hundió de rodillas y mientras ella miraba, sus enormes pares de alas parecían acunar su propio cuerpo mientras bajaba la cabeza hacia la arena.

Era un espectáculo espeluznantemente hermoso, incluso para ella.

"Miguel", gimió con pena, arañando la arena. Sentía la pérdida de su hermano tan agudamente. La forma en que había sentido la de Gabriel, la manera en que él había sentido, de una manera extraña, la de Rafael cuando había sido asesinado. Estaban todos tan conectados que sentía como si se desgarrara en su propia Gracia.

"No. Por favor, no ", se quejó y sintió como una suave mano revolvía su cabello.

"Lucifer..." Sheol lo abrazó, calmándolo con sus manos mientras las aguas tapaban sus rodillas, trayendo con ellas su paz. Pero todo lo que ella podía sentir era su dolor.

"Se suponía que no debía ser así". Lucifer se aferró a ella. "Era mi hermano. ¡ha muerto!"

"Sí." Ella frotó su mejilla contra su hombro. "Castiel lo mató".

"¿Cómo?" Lucifer se estremeció. "¿Cómo pudo? No es nada más que..."

"La espada que te di todavía llevaba tu poder, ¿recuerdas? Estaba hechizada por ti". Sheol tragó y lo sacudió un poco. "La usó en él."

"Miguel", repitió Lucifer. "Iba a perdonarme. Íbamos a volver a ser una familia. Castiel nos lo quitó".

"Puedes unirte a él, una vez que hayas terminado lo que empezó. Sólo una pequeña prueba para poder hacer esto juntos. Una tabla está casi terminada y su otra parte está allí. Entonces podemos volver a ser una familia".

Ella miró hacia el horizonte y apenas escondió su sonrisa. Señaló y levantó la cabeza para ver una luz blanca que parpadeaba sobre el cielo. "Parte de tu familia ya está regresando aquí. Donde pueden encontrar la paz".

Lucifer sólo podía mirar fijamente mientras el cielo se oscurecía y las estrellas fugaces comenzaban a caer en masa en las aguas.

Cuando el humo y la luz se apagaron, Dean se levantó del suelo y miró fijamente alrededor de la habitación. Su cabeza le estallaba por la fuerza de los gritos angélicos y su cuerpo estaba tan dolorido por la pelea anterior que apenas podía pararse, pero hizo un esfuerzo por reponerse. Todo lo que podía ver era la forma en que la cabaña de Rufus estaba casi destruida por dentro y los vidrios estaban explotados.

Mirando a través de las ventanas destruidas, vio luces parpadeantes, estrellas fugaces que parecían volar por el cielo. Sacó esa imagen de su mente mientras giraba y caminaba alrededor de la mesa volteada. La forma de Miguel y el cuerpo de Adán estaban en el suelo, una profunda quemadura por las alas negras de ceniza quedaba en el piso de madera. Sus ojos estaban abiertos, pero la expresión de paz hizo que Dean mirara hacia otro lado.

Su hermano se había ido y ese viejo dolor, uno que había enterrado desde que había elegido a Sam, se agravó. Esperaba que tal vez Miguel hubiera mentido, que Adán estuviera dentro de ese cuerpo esperando ser salvado, pero ahora no había forma de saberlo.

Limpiando la sangre de su labio, miró hacia la izquierda para ver a Meg boca arriba, sus ojos en el techo. Su mano estaba apretada en su estómago y ella parecía muerta hasta que notó que su pecho se levantaba y caía lentamente.

"Oye, levántate". Él tomó su mano y la levantó antes de que ella pudiera detenerlo. "¿Estás bien?"

"¿Qué demonios fue eso?" preguntó ella y vio que, como a él, la sangre goteaba de sus oídos y nariz.

Meg se frotó el vientre y luego se detuvo, sus ojos abriéndose de par en par. "Clarence... ¿Dónde está Castiel?"

Registraron la cabaña juntos, pisando vidrios estallados y armas destruidas, pero no había nada. El ángel se había ido, ni un rastro de él había quedado, y Meg se dio cuenta de que no podía sentirlo en ninguna parte de la habitación. Tampoco había calor cerca de ella, y se puso la mano sobre el vientre. Allí tampoco hubo respuesta, nada más que un pequeño sentimiento de miedo.

Sólo la espada de ángel que él había usado con Miguel permanecía donde ella lo había visto por última vez, todavía cubierta de sangre y circundada de ceniza.

Dean buscó frenéticamente afuera, dejándola sola, pero ella sabía que Castiel se había ido. Afuera, Dean estaba gritando al cielo por Castiel.

"Clarence". Meg cerró los ojos y por primera vez, rezó a un ángel. "Vamos, Castiel, ¿dónde estás? Sé que no estás muerto".

Castiel nadó en calor y oscuridad, su verdadera forma desatada y libre. Se sentía como en su casa, como si estuviera en la Gracia de Dios, en el Cielo una vez más. La oscuridad completa lo revivió hasta que una voz baja llamó y se dio cuenta de que ya no estaba en la cabaña. Se había despertado instantáneamente después de la muerte de Miguel en este lugar oscuro y de repente supo que estaba siendo arrastrado a otro lugar.

Supo que estaba siendo cambiado de alguna manera.

Las plegarias bajas y constantes de dos voces que lo llamaban lo hicieron volver a la realidad.

Muy por debajo de él, acostado en la misma playa donde había tenido su primera visión de Nyx, estaba su recipiente. El agua lamió sus zapatos y Castiel miró fijamente al cuerpo empapado en su abrigo y traje. Se sintió tan extraña la necesidad de volver a ese refugio andante, cuando había sentido un momento de libertad.

Descendiendo lentamente, dejando que su intención navegara a la deriva sobre el cuerpo muerto, se dio cuenta de que la libertad no era real. Estaba mejor aquí. Mejor aquí que a la deriva sin rumbo, como lo había hecho minutos antes. Su forma se enroscó protectora alrededor del recipiente elegido y se deslizó en él como si fuera su segunda piel. El cuerpo de Jimmy Novak reaccionó instantáneamente y él suspiró, abriendo los ojos azules para mirar fijamente al cielo nocturno.

Hubo un destello que hizo que sus ojos se abrieran como platos, mientras el instinto le decía lo que era, se levantó de un salto al borde del agua. "No. ¡No!"

El cielo nocturno explotó a lo lejos, como si una bomba nuclear hubiera sido lanzada sobre el agua, y la totalidad de ella se iluminó brillantemente sobre su cabeza. Horrorizado, vio formas aladas corriendo por el cielo cubierto de nubes, sombras corriendo por el aire. La vista era hermosa y terrible a la vez, mientras un fuerte sonido agudo atravesaba el aire.

A lo lejos, las formas aladas empezaron a desplomarse en la brillante luz blanca.

Sintió el tirón en su verdadera forma para seguir a sus hermanos y hermanas a dondequiera que fueran tirados, pero algo lo ancló, impidió que se fuera. Suficiente para que se quedara quieto y se sintiera encadenado aquí. Necesitaba volver con Dean y Meg, necesitaba estar seguro de que estaban ilesos. Pero sus ojos se quedaron en las nubes y supo que algo andaba mal en su familia.

¿Qué había provocado la muerte de Miguel? ¿Dónde estaban yendo sus hermanos?

"Lo siento, hermano", le susurró a nadie. Pero mientras estaba en la orilla, con el agua empapando sus pies y un poder incorpóreo corriendo a su alrededor, supo lo profundamente que había sido cambiado. No fue su recipiente, fue a su verdadero yo. Poco a poco, ocho pares de alas sombrías, reflejando lo que él era ahora, lentamente se levantaron de su espalda y sintió, con cada movimiento de la nueva manifestación, un pulso de poder diferente.

La revelación de lo que había sucedido, repentinamente se le clavó más profundamente que una espada de ángel.

El poder que él había tomado a través de más muerte, más destrucción, había hecho algo al Cielo.

Inclinando la cabeza hacia atrás, sólo pudo mirar con pena y pérdida mientras observaba la forma en que una tormenta se desataba en el cielo.