Capítulo 20

Gwen respiró profundamente y exhaló lentamente preparándose para enfrentar a su esposo. 'Bien, aquí voy' pensó la reina armándose de valor y entrando a su habitación. La reina dirigió una rápida mirada al escritorio de su esposo, el cual se encontraba lleno de reportes y otros documentos puestos al azar señalando que el rey no los había revisado dada su reciente falta de atención. Decidida se acercó hacia su esposo, quien se encontraba de pie mirando por la ventana hacia el horizonte sumido en sus pensamientos.

Desde que Merlín se fue, Arturo había acostumbrado hacer eso la mayor parte del tiempo sino estaba siendo un completo idiota con la gente a su alrededor. Se molestaba fácilmente ante los errores que cometían o no cometían buscando cualquier excusa para entrar en conflicto con quien sea; y esto se debía de detener a como diera lugar.

"Arturo, tenemos que hablar" le dijo firmemente Gwen.

"Ahorita no, Guinevere. Estoy ocupado" evadió el rey.

"Me doy cuenta" dijo la reina volviendo a ver el escritorio cubierto del trabajo de su esposo.

"Hablaremos después" dijo secamente el rey empezando a impacientarse y viendo a donde quería llegar su esposa.

"¡Después, después, después! ¡Siempre dices eso Arturo Pendragon y ese momento nunca llega!" gritó molesta la reina. Arturo se volteó sorprendido al ver el arrebato de su esposa, nunca le había hablado así.

"Guinevere…" empezó el rey.

"¡No! Por favor no empieces" le dijo "Desde que volviste de esa cacería hace un mes no has estado nada bien. Has sido demasiado arrogante y grosero con todos los que te rodean. No has sido tú mismo".

"No es nada por lo que debas de…"

"¡Arturo! ¡No soy estúpida! ¿Crees que de verdad no me doy cuenta que estás mal? ¿Que algo te está molestando? Y eso ya no puede continuar así" le regañó su esposa "Arturo, sabes que puedes confiar en mí, que puedes hablar conmigo de lo que sea. Quiero ayudarte, pero no puedo si no me dejas" dijo suavemente.

"No es justo. Yo no soy el del problema, yo no causé nada de esto" dijo impulsivamente el rey sonando como un niño pequeño desviando la mirada al suelo apenado por su arrebato. Así no es como debe de conducirse un rey, pensó.

"Arturo, ¿esto es por Merlín?" preguntó la reina mirando a su esposo con simpatía. No importa lo que dijera Arturo, él extrañaba a Merlín, a su amigo, le hacía falta. Ambos necesitaban hablar y arreglar sus problemas.

"Arturo, tienes que hablar con él. Es tu amigo" dijo Gwen dulcemente tomando su mano.

"Él no es mi amigo, ni siquiera lo conocía" dijo amargamente el rey al recordar todo lo sucedido con él. "Qué bueno que se fue. Fue lo mejor".

"Eso no es cierto. Todos sabemos quién es; así como tú lo haces" dijo la reina un poco dolida ante la última afirmación de su esposo.

"Claro" dijo el rey poniendo los ojos en blanco bastante molesto "Todos lo conocían, supongo que te contó todo, ¿no?" 'Su más grande secreto' pensó el rey sintiendo una punzada de ira ante lo que había hecho.

"No, no lo hizo" dijo Gwen desviando levemente la mirada de su esposo "Él no siempre me llegó a contar todo, sospecho que el mantuvo varios secretos. Pero eso no quiere decir que no lo haya conocido" terminó con determinación la reina volviendo a ver a su esposo.

"¿Sí? Y según tú ¿quién es él" preguntó el rey.

"Él es la persona más desinteresada, amable, valiente y leal del mundo, siempre dispuesto a salir a luchar por Camelot junto a su rey y sus amigos aunque no tenga conocimientos o aptitudes para la lucha. Es el único hombre que no es caballero dispuesto a luchar contra un dragón o una hechicera al lado de su rey".

Arturo rió amargamente volviendo su mirada hacia la ventana. "No puedo creer eso" dijo obstinadamente el rey, a pesar de saber en su interior que eso era verdad, pero él era un hechicero, ¿por qué hacer todo eso? ¿Era una trampa? Merlín, ¿amigo o enemigo?

"Si supieras quién es en verdad él, no lo defenderías con tanto ahínco como lo estás haciendo, nadie lo haría" dijo Arturo todavía molesto tratando de ocultar su tristeza.

Antes de que Gwen pudiera contestarle a su esposo y reclamarle por dudar así de su amigo, todo Camelot empezó a temblar. Gritos y alaridos llenaron la ciudadela y el Pueblo Bajo mientras incendios al azar se iban levantando a diestra y siniestra tapando la ventana con el oscuro humo de las casas quemándose, al mismo tiempo que sonaban las campanas de alarma.

"¡Qué diablos!" exclamó Arturo sorprendido por lo ocurrido a su ciudad.

"¿Qué está pasando?" preguntó asustada la reina mientras veía con horror toda la destrucción que se estaba generando.

Rápidamente Arturo tomó su espada, Excalibur, dirigiéndose a toda prisa hacia el patio de la ciudadela para reunirse con sus hombres, seguido de cerca por Guinevere. Los pasillos del castillo eran un caos: nobles y sirvientes corrían de un lado al otro buscando un lugar donde esconderse de quien fuera el responsable del ataque.

Una vez fuera, los reyes se encontraron con Sir León y el resto de los caballeros de la Mesa Redonda organizando al resto de los caballeros y soldados en patrullas para controlar los incendios y evitar que se dispersaran por toda la ciudad y asegurar la evacuación de los civiles.

"Señor" llamó Sir León en cuanto vio llegar a los monarcas.

"¿Qué está pasando? ¿Ya sabemos quién está haciendo esto?" habló Arturo mientras tomaba el pomo de su espada listo para entrar en acción.

Antes de que León pudiera contestarle, un viento empezó a soplar con fuerza llevando el humo de los incendios hacia la ciudadela concentrándose en un torbellino en el centro del patio frente a ellos. En cuanto el viento y el humo se dispersaron, revelaron la presencia de una joven vestida de negro, de tez pálida, cabellos negros y ojos verdes que despedían odio y venganza. Morgana Pendragon finalmente había llegado.