Capítulo 3
Revelaciones
El tardó más de lo debido. El estrepitoso cambio climático de esta aldea hace de las suyas. No tuve tiempo de reservar una habitación en un hotel puesto que a la salida del aeropuerto una limosina aguardaba mi arribo y el chofer tenía instrucciones estrictas de permanecer con la boca cerrada y llevarme a tu encuentro.
Digito tu número. No contestas mis llamadas.—¿Dónde jodidamente te encuentras?
El transporte se detiene en una zona solitaria e iluminada únicamente por el alumbrado público. —¡Servido caballero!—anuncia el conductor bajando la escotilla que divide la cabina.
—¡No soy prostituto! —le aclaro antes de agradecerle por traerme.
El hombre con curioso sombrero permaneció estoico. Se mantuvo serio hasta que comprendió el mensaje.—La discreción es primordial en mi trabajo, señor. Me pagan por llevar a los usuarios al destino deseado. Lo que suceda del polarizado hacia allá no es algo que me compete.
Asiento. Sin duda el sujeto es una completa tumba.
—¡Por cierto, caballero!—intervino el conductor. —Lo esperan ahí dentro.
—¿Dón...—la pregunta muere en el aire al seguir con mis ojos la dirección indicada por el chofer. Si bien mis encuentros fortuitos con la jefa se manejan en la absoluta discreción y en lugares de difícil acceso para evitar el acoso de la prensa rosa. Sin embargo, desde que tomamos el expreso hacia Amantilandia, nunca me ha citado en una zona tan sombría. —¡¿Qué carajos te traes entre manos?!.
—¿Me habla, señor? —interrumpe mi monólogo el interpelado.
—Creí haberlo pensado. ¡Disculpa!
—No hay por qué.
—¿De casualidad sabes donde está...ella?
—Sí. ¿Ve la claridad que se asoma en aquella pequeña colina?—asiento en respuesta.—Es ahí a donde debe dirigirse. —¡Tenga! —exclama alcanzándome una linterna.―Forma parte de las instrucciones que me dieron y por obvias razones la necesitará.
Bajo del ostentoso auto que inmediatamente se pone en marcha. Dos gárgolas resguardan la entrada del tétrico sitio. Camino a tropezones, las zapatillas se hunden en el suelo. La noche empieza a enfriarse y la incertidumbre se asienta en mi cuerpo. Cruces y lápidas me dan la bienvenida. En el ambiente impera un silencio sepulcral, pero al adentrarme percibo el lejano cántico de las cigarras, y uno que otro, ulular de los búhos. —Un escenario digno de una película de terror.— Estoy por llegar al claro y la sombra de una silueta femenina calma mis temores.
—¡Por fin llegas!
—¿Cómo sabes quién soy?
—¡Instinto! Aparte que el hedor a tabaco impregnado en tu chaqueta y que los muertos pueden oler de todo menos a Invictus de Paco Rabanne te delatan.
—Mendokusai,¿qué haces en lugar cómo este a millas de distancia y a la media noche?
— ¡Un aquelarre! —Se rumora que hice un pacto con el diablo para amasar riqueza así que debo pagar el favor del más allá, ¡serás mi ofrenda!
—¡Ish! El problema es que los sacrificios humanos requieren de vírgenes y hace mucho que hurtaron mi virtud.
—Improvisaré.
Me sigue la broma permaneciendo inmune ante el trozo de mármol que se erige de la tierra.—Ya en serio, ¿Qué haces acá?
—Hoy, como cada año, vengo a traerle flores en su honor. Usui siempre me acompaña, pero tuvo un imprevisto.
Me acerco con cautela a su costado, percibo al instante que está absorta en sus pensamientos. Su rostro es inexpresivo. Sigo el rumbo de su mirada,—¿Alguien en especial? Tu abuela, prima, una amiga, ¿quizás?—me aventuro a preguntar.
—No. Mi hija.
Inmediatamente giro a verla con un sinfín de cuestionamientos rondando mi cabeza.—No sabía que...
—¡No tenías por qué! Fue hace tiempo ya. —responde sin despegar sus verdes orbes de la lápida. —Kiku. Así la nombramos.
—¿De ahí las flores?
—Sí.
Sobre la fría roca descansa un gigantesco arreglo floral cargado de crisantemos en todas tonalidades.
—Tenía dieciséis cuando me embaracé, mi novio diecinueve y estábamos muertos de miedo.—comenzó a contar— No sabíamos qué hacer ni como afrontar a nuestras familias ni a la sociedad en general incluso discutimos la posibilidad de deshacernos del problema, pero ninguno tenía el valor para llevar eso en la consciencia. Éramos jóvenes e inmaduros. La opción más acertada era casarnos abruptamente.
—¿Cómo pretendían casarse siendo tu menor de edad?
—¡Ve tu a saber! Solo buscamos una vía rápida. Nos casábamos, al mes anunciaba mi embarazo y el bebé nacería prematuro. ¡Asunto resuelto!
—¡Pésima estrategia!
—¡Qué esperabas de un par de chavales!—Se nos escapó pensar que nuestros padres eran dos aguerridos empresarios que podían detectar los fraudes a kilómetros. Una vez confesada, a presión, la vil mentira fue cuando el show verdaderamente iniciaría. Mi padre se abalanzó contra el chico por haber mancillado la pureza de su nenita. Le propinó tal puñetazo que lo hizo caer al suelo. Su padre ni se inmutó, en cambio, su hermano menor corrió a defenderlo pero fue interceptado por mis dos cabezas calientes consanguíneos, y yo, lloraba como Magdalena en los brazos de mi futura suegra. En resumen. Un completo caos.
—¿Y qué pasó?―osé en indagar. Aprovechando lo abierta que está en confesar parte de su pasado.
—Nuestros padres terminaron por dar su bendición bajo la condición de que las nupcias fuesen luego del nacimiento del bebé. ¡Todo iba viento en popa! ambas familias poco a poco asimilaron la situación y nosotros día a día nos ilusionamos con la llegada de ese pequeño ser.
Mi novio se partía en pedazos. Cumplía a plenitud con la carga universitaria manteniendo sobresalientes calificaciones, siendo la mano derecha de su padre en la empresa y soportando a su achacosa novia adolescente. Mi padre me adoraba, cada noche entraba a hurtadillas a mi recamara besaba mi frente, disimuladamente acariciaba mi todavía plana barriga y susurraba un "te quiero" antes de marcharse. Mis hermanos vigilaban con curiosidad mi tripa, esperando el momento en que reventara como piñata, el par de bobalicones suponían que crecería de hoy a mañana, reñían por el sexo, debía ser varón como ellos, mayor fue su sorpresa al saber que era una nena.
Mi suegra, como mujer parida entendía mis ataques hormonales y complacía mis antojos, fue la mejor amiga de mi madre, sufrió mucho con su pérdida, yo tenía tres años cuando murió no tuve la típica charla de chicos entre madre e hija, tampoco pude contarle de mi primer beso, llorar en sus muslos por tener el corazón roto, irnos de compras en busca de mi primer brasier sin relleno o consejos para mitigar los cólicos menstruales. Fue la señora Mikoto quién se encargó de ello, al menos hasta cierto punto.
Un día, como era habitual, fui a clases pero el portero me prohibió la entrada. Estudiaba en un colegio de señoritas dirigido por monjas, alguien les fue con el chisme de mi embarazo a parte que comenzaba a notarse. La madre superiora más un grupo elitista moralista de padres de familia exigieron mi expulsión inmediata, abogaban por las buenas costumbres y mi mal ejemplo a la demás estudiantes. Mi padre no permitió tal ataque y solicitó un recurso de amparo. Sus abogados pugnaron hasta el cansancio y ganaron el juicio, sentando un precedente de que ninguna adolescente se le negase el derecho a la educación por motivo de embarazo. —¿Tienes un cigarrillo?—preguntó repentinamente. Ella siempre robaba bocanadas de los míos, pero cuando fuma un filtro entero es porque algo la angustiaba. —¡Gracias!—musitó luego de dar una primer calada.—Continuando… yo veía la maternidad como jugar a las muñecas, no comprendía la magnitud de ser madre. Consentida por todos, futura esposa de uno de los herederos más afamados y de abolengo entre las cinco grandes naciones. Guapo, educado e inteligente.
El pobre llevaba tantas cargas encima y aún así no perdía la paciencia con mis celos infundados de la nada o la intransigencia de su padre. Conducía a mi casa de madrugada para llevar un antojo repentino, no chistó el día que devolví el estómago sobre los asientos de cuero de su recién estrenado descapotable. En otras palabras, el hombre era un santo y yo vivía mi propio cuento de hadas. Hasta ese día…14 de Mayo.
Ese día desperté con un mal presentimiento. Creí que era porque vi una película de terror junto a mis revoltosos hermanos, así que no le tomé importancia. A medio día salí del instituto, mi novio me acompañaría a la cita con el obstetra. Le conté lo de mi presentimiento y me regañó por ver ese tipo de cosas que podían alterar mi estado al bebé.
El enfado conmigo no le duró mucho, tuvimos la agradable noticia de que tendríamos una niñ habíamos elegido su nombre. Kiku.
Tomados de la mano y una sonrisa incomparable salimos rumbo a un reconocido establecimiento de comida rápida con una enorme "M" a su entrada. Devoré un delicioso cuarto de libra cubierto con sundae de galleta Oreo. ¡antojo bizarro de embarazo!. Él estaba en la caja cancelando la cuenta mientras yo hurtaba tranquilamente sus patatas fritas. La transmisión de un canal de televisión cercano a mi asiento fue interrumpida. Un noticiero anunciaba un terrible suceso.
—La cumbre internacional de empresarios. —le interrumpí dando directo al clavo al que la rubia quería llegar.
—¡Correcto!— la misma que sufrió un atentado terrorista donde murieron tres de los más destacados empresarios del mundo, incluyendo a mi padre y mi suegro.
Recordé las imágenes de aquel fatídico acontecimiento. Todos los medios de comunicación transmitían en vivo desde el lugar del hecho. —Mi padre también estuvo ahí.—confieso y siento su mirada centrada en mí sin dar cabida a lo que acabo de decir. —Era la mano derecha de Minato. Sufrió graves quemaduras que le dejaron varias cicatrices en su rostro.
—Desconocía de ello.—acota.
—No solo tu guardas esqueletos en el armario.
Sonrió con desgano. —Todos tenemos un pasado, ¿no?. Unos más trágicos que otros, pero que sin duda deja una huella indeleble en nuestras almas y son prueba fehaciente de nuestro paso por este mundo.—reflexionó completamente absorta en sus recuerdos.—No soporté la noticia. Mi corazón se aceleró, un fuerte dolor cruzó mi abdomen y descompensarme entre los brazos de Itachi; para despertar tres días después con el vientre vacío, cortado, y a mi pequeña debatiéndose entre la vida y la muerte dentro de una incubadora en neonatología. Estuve en estado comatoso. Él, yendo y viniendo al hospital, siendo el soporte de su madre, su hermano y los míos. Calmando a la prensa y accionistas.
—Itachi… ¿Itachi Uchiha?—inquiero al razonar que Fugaku Uchiha fue junto Minato Namikaze y Rasa Sabaku no, las tres pérdidas mortales durante la detonación de las bombas.—«Ahora comprendo porque el primogénito de los Uchiha me mira con cara de estreñido, cada que,coincidimos los tres en alguna ceremonia.»
—El mismo. —musita dolida. — Tiempo después supe que debido al impacto de la noticia sufrí un cuadro de hipertensión que me provocó un parto prematuro.
Mi ángel, se aferró a este mundo por quince días, luego su pequeño corazón dejó de latir. El destino se encargó de arrancarla de mi lado y devolverla al cielo.
Por obvias razones no pude ir al funeral de nuestros padres. Tampoco fui al de mi crisantemo por decisión propia. No deseaba ver a nadie. Menos su lástima. Itachi y yo no permitimos que alguien más la vistiera. La creamos los dos, la despedimos los dos.
Le colocamos un vestidito blanco lleno de olanes y una cinta del mismo color en su cabecita. Kiku,era la bebé más hermosa vista jamás. Sumamente pequeña. El cabello y ojos eran herencia de su padre. Destilaba Uchiha por donde se le mirase. Tenía tanta melena que de cumplir los nueve meses, nacería con el cabello a los talones. Pero, sin lugar a dudas, lo más llamativo que tenía era el hoyuelo de su barbilla; ni que decir de sus mejillas rollizas y rosadas. ¡Sencillamente apetitosas!—Necesitábamos de ese momento íntimo entre los tres. Ese amargo, ¡adios! que nunca debería darse entre padre e hijo.
Presioné mis puños hasta que mis uñas provocaron escozor en mis palmas y los nudillos se tornaron pálidos.
Quería abrazarla.
Transmitirle mi amor.
Decirle—: ¡Aquí estoy para tí!
Centímetros nos distancian físicamente. Un abismo tan profundo como la fosa de las Marianas lo hace emocionalmente. La conozco perfectamente. Lo que para cualquier persona sería un simple gesto de empatía, para ella significa—«¡Y bien lo dijo antes!»―lástima. No aceptaría muestra de afecto alguna. La "debilidad" no entra en su vocablo. Su temple no se lo permite y siendo ella poseedora de un carácter tan indómito como el viento, me enviaría a volar directo a Konoha de un puntapié. Pretender doblegarla en su estado es tan peligroso como acorralar a una criatura salvaje. —Me apartaría de su lado. Quizás y para siempre.
—¿Por qué terminaron?— continué indagando.
—Éramos jóvenes y creíamos que podíamos hacerle frente a todo. En un principio nos apoyamos mutuamente. La pérdida de nuestros seres queridos en tan corto tiempo nos fue difícil de procesar. Las empresas familiares requerían nuestra completa atención, debíamos sacarlas avante como primogénitos por lo que el luto era un lujo que Itachi y yo no podíamos permitirnoslo. No tuvimos tiempo para despedirnos de nuestros padres ni de nuestra hija.—Seis meses. Seis meses fue todo lo que pudimos soportar vernos la cara sin sentir desolación. Ahora a duras penas logramos cruzar cuatro palabras.
—¿No terminaron en buenos términos?
—Se supone que sí, pero la situación nos sobrepasó. Su padre era un sujeto tosco, criado a la usanza antigua donde el hombre que expresa sus sentimientos es débil o afeminado. Logró moldear al más pequeño a su gusto, no así con el mayor. Ita es un alma vieja y noble, incapaz de hacer daño adrede. Retraído, popular y reservado. Detesta que los extraños se inmiscuyan en sus asuntos. Es un buen hombre y merece ser feliz. ¡Espero así lo sea!
—¿Por qué no intentan venir a acá los dos juntos?, puede que eso les ayude a limar asperezas y encontrar paz.
―¿Paz? ¿Quién la necesita? ¡Quizás él, no yo!—llegamos a un tácito acuerdo. Cómo lo sabes, vengo cada 14 de mayo a visitar su tumba. Itachi lo hace quince días después. Yo ofrezco mis respetos a su nacimiento, él a su deceso. Pero los dos siempre llevaremos grabada en nuestras almas.
Acaba por decir hundida en sus recuerdos. —No soporto más y caigo en la tentación.—extiendo mi mano izquierda para rozar sus dígitos, la acción la extrae de sus pensamientos e inmediatamente separa su mano y gira verme con prepotencia. —¡Es hora de irnos!—sentencia sacando su móvil de última tecnología para pinchar el táctil del mismo.—Necesito que el chofer venga por mí, Jax.—solicita haciendo amago de cortar la llamada, pero el interpelado habla antes...
—Sí. Pretendo quedarme el fin de semana acá, ¿por qué? ¿qué sucede?
Enciendo un cigarrillo, veo todo el lúgubre alrededor, para disimular que me encuentro atento a la conversación.
—Entiendo. Dile al piloto que tenga el avión listo para abordarlo en dos horas.
Esta vez no detengo a mi cuerpo y la miro con el entrecejo arrugado. «Parece que hay una emergencia.»
—Ese infeliz no verá un peso más del acordado… llama a mi abogado y dile que lo quiero en mi oficina a primera hora.
Cuelga y camina de un lado a otro. —«Estallará de ira en cualquier momento.»—Inhala y exhala en reiteradas ocasiones para calmarse.
—Este es un lugar sagrado como para vociferar unas cuantas palabrotas. ¡Menos aún delante tuyo, cariño! y no me refiero exactamente a ti, Nara.—acota.
—¿En serio? ¡No te creo!—respondo a su ironía como si no fuese obvio que preferiría la guillotina a demostrar afecto alguno hacia a mi.
Me sonríe malévolamente, —¡Vendré a visitarte pronto, bebé!—jura con voz enternecedora ante la lápida de su hija antes de inclinarse sobre esta para besarla. —¿Te vas conmigo o te quedarás de velador?—añade mirándome con expectativa y el tono vocal cambiado a una sarcástico.
—¿Problemas en la empresa?—inquiero mientras camino para alcanzarla.
—No. Más bien con vividor. —responde sin desprender sus ojos del oscuro horizonte.
—¿Vividor?
—El mantenido de mi segundo ex marido acaba de solicitar en la corte un estudio de caso para aumentar su pensión alimentaria.
Tropiezo con una raíz. La miro sin creer lo que acaba de contarme.—¿Segundo marido?—pregunto con incredulidad.
—¿No te lo había mencionado? Pues sí, cometí la hazaña de casarme con un imberbe que, igual que Kakashi, se acostaron hasta con los abejorros que revoloteaban en las lámparas, con la enorme diferencia que Hatake conoce el verbo trabajar. Infiel de marca mayor, pero con dinero.
Juro que la sangre se me ha drenado y debo estar más pálido y frío que alguno de los habitantes de este lugar. Sabía que había enviudado muy joven y que estuvo casada con mi ex profesor universitario, Kakashi Hatake, pero el marido del medio era un completo misterio hasta escasos minutos.
—¡Oye! ¿Qué haces ahí como estatua?—regaña la rubia subiéndose a la limusina.—Apresurate que debo ir a mi casa por el pasaporte y tu por tus pertenencias. ¡Nos coje tarde!—exige. Esta vez mi andar no es con parsimonia, muevo mis pies con rapidez o conociéndola es muy capaz de dejarme abandonado a la mitad del cementerio.
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Durante el recorrido a su casa y en el trayecto rumbo al aeropuerto la rubia no ha desprendido su oído del auricular. «Llama, discute, cuelga, una y otra vez.» el largo y amplio coche nos lleva hasta un hangar donde las ruidosas turbinas de un fastuoso jet privado nos dan la bienvenida. Ayudo a bajar a mi acompañante antes que el chofer se preste para tal servicio.
La mujer lo despide con educación y saluda igualmente al piloto, quién nos informa que está listo para despegar en cuanto la rubia lo autorice. Los altos tacones de la dama rechinan a cada paso que da al subir al aerotransporte. —la mujer no pierde el porte ni la elegancia aún de madrugada. Trae puesto un ajustado vestido que acentúa sus dotadas pantorrillas. ―«¿A quién se le ocurre irse de viaje a las tres de la mañana y vestida como si fuese a un cóctel?... ¡pues a ella!»—una vez dentro noto cuán acogedor es, «inclusive tiene cama». Desde la cabina el piloto avisa el despegue y solicita que abrochemos nuestros cinturones. La ojiverde toma mi mano con nerviosismo al sentir las primeras vibraciones del tren de aterrizaje. Giro a verla. Tiene el rostro inexpresivo. —¡Tranquila!—susurro para luego besar sus labios. Ella corresponde al casto beso y mueve su cabeza en respuesta a lo que acabo de pedirle.
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Ya estabilizados a muchos pies de altura, pudimos soltar nuestro cinturones para relajarnos en un sillón. La rubia estaba descalza con sus piernas extendidas sobre el reposabrazos y su cabeza descansaba en mis piernas. Me dediqué a acariciar su acaracolada melena y parlotear de cualquier bobería en total de despistarla de lo acontecido mientras compartimos cigarrillos y yo degustaba un Blue Label a las rocas.
Siento como la mano de la rubia se inquieta. Masajea sutilmente una de mis rodillas con movimientos circulares. Juguetea con sus dígitos haciendo una imitación de piernas con estos y moviéndolos a lo largo de mis muslos. —«las cosas empiezan a calentarse»―repta por mi cuerpo, yaciendo de cuclillas ante mí y atrapando mis piernas con las suyas. Su falda sube, pero queda atorada en sus caderas. Le ayudo a subirla. Sus braguitas quedan al descubierto.—Reconocería esa lencería rojo vino con encaje negro a la distancia. Es la misma que le regalé y por la cual recibí bromas pesadas por parte de Kiba y Naruto quienes desdichadamente me encontré a la salida del local donde la compré, más aún cuando dieron con la bolsa de La Perla que fallidamente pretendí ocultar. — «Eligió ponersela casualmente hoy. Comienzo a sospechar sus intenciones»—Me toma posesivamente del pelo para deslizar la goma de mi coleta. Me mira con lujuria y mi débil defensa cae como carta de baraja.
Me besa con apremio y lo correspondo. Nuestras manos no dan abasto bajo el recíproco escrutinio. Sus besos estaban cargados de furia y desolación. No estaba siendo racional, actuaba por impulso. Se estaba dejando llevar por el dolor y necesitaba contrarrestarlo de algún modo. «¿Qué hay más placentero que un orgasmo? Nada mejor que ese bálsamo para curar vieja heridas. ¡Debo detenerla!»—abruptamente detengo el toqueteo.
—¡Detente!—exclamo.
—¿Qué? ¿Por qué?—inquiere con extrañeza la rubia con el labial esparcido fuera de su boca y probablemente yo lo tenga igualmente untado en la mía.
—Es mejor que dejemos esto aquí.
—¡Quiero hacerlo!
—¡Yo no! Al menos no así y me rehúso a que te denigres. No quieres hacerlo. Lo que quieres es escapar de tu dolor utilizando el sexo como válvula de escape. No seré tu pararrayos. ¡Esta vez no, mujer!
Me parte el alma hablarle de forma autoritaria, pero debo hacerla entender. Ella me mira con enojo y muerde sus labios, negando con su cabeza. —Yo no lloro.
—¡No lo dudo!, pero deberías hablar con el personal de mantenimiento. Creo que no están haciendo bien su trabajo.—la mujer me mira sin comprender lo que digo. Elevo mi rostro al techo y ella imita mi acción —Se les escapó cubrir las goteras del fuselaje y unas cuantas gotas de lluvia han impactado en tu rostro provocando que se te corra el maquillaje.—acabo por decir, posicionando mis ojos en aquel océano verdoso que me llama a hundirme en él como el cántico de sirenas mientras disperso con mis pulgares dos de esas escurridizas "gotas de lluvia" de sus mejillas.
La rubia se acurruca sobre mi pecho, descansa su cara en este y entrelaza sus delgados brazos a través de mi cuello. La parte frontal de mi camisa se empapa al tener mis brazos rodeando su espalda percibo los temblores de se cuerpo y como tontamente intenta ahogar sus sollozos.—Ella jamás admitiría fragilidad y yo jamás la delataría.
Bueno aquí un nuevo capítulo. Llevo más de un mes intentando terminar de desarrollarlo. Espero que les guste porque, si soy sincera, este capítulo personalmente me ha encantado. La trama intrincada nos muestra un poco de las personalidades de ambos protagonistas. Así como, el duelo que Temari no ha logrado superar y la paciencia Franciscana de demuestra el Nara con ella. —¡Eso es amor del bueno!
Me despido no sin antes agradecer a todos ustedes el tomarse el tiempo para leer mis historias y dejar sus comentarios. Son bienvenidos. Constructivos o no me ayudan a mejorar.
Mención aparte para Anita Nara, Fanny Ko3 y Alexein-Kluk, ¡mil gracias por sus buenas vibras!
Sin más les deseo que la luz de todo lo divino guíe su camino… ¡Hasta la próxima!
