Capítulo 4
Amantilandia
Advertencia: El siguiente relato contiene escenas explícitas de sexo, así como, lenguaje soez, por lo que se recomienda que el lector sea mayor de 18 años, si no es el caso, queda bajo su propia responsabilidad, la escritora no se hace responsable de posibles traumas. XD
Heme aquí… acariciando la pálida y tersa piel de la espalda de mi jefa. La mujer goza de un sueño profundo, raro en ella, ya que la veces que hemos compartido lecho es la primera en despertar. Sonreí al escuchar el sútil ronquido emanado por su garganta, si tan sólo tuviera noción del acto, se hubiese levantado y salido de la habitación tan veloz como una bala, y tal como sucedió tiempo atrás cuando reposé mi cabeza en su vientre sin saber que estaba mal de la tripa y se le escapó un gas, la rubia movería cielo, mar y tierra para evadirme por el resto de su existencia. —«¡Es normal, mujer!, todos lo hacemos, lo raro sería que alguna persona no lo haga, de ser así debería consultar con médico inmediatamente»—recordé mis palabras de consuelo luego de hacer mil malabares hasta dar con su paradero.
Miro alrededor. El claroscuro del pronto amanecer traspasa las cortinas. Con cuidado de no despertarla, muevo mi brazo para ver el reloj, el cual marca un cuarto para las cinco. Vuelvo a recostar mi cabeza a la almohada y fijo mi mirada al espejo que cuelga del techo. El panorama me resulta estimulante. El reflejo devuelve la erótica imagen de una pareja desnuda y saciada después de una maratónica noche de sexo.
Continúo deslizando mis dedos a lo largo de su columna vertebral sin separar mis ojos del cristal. —Me enciende.—Me enciende y mucho saber que la tengo estrechada a mi pecho. Me encanta verla relajada. Despeinada, sin una gota de maquillaje. Sudada, agitada, sonrojada y gimiendo cuando la penetro.—«¡Mierda!»— me debato en comportarme como un caballero y permitirle seguir pernoctando o sacar a relucir mi cromagnon interno, voltearla y darle duro hasta suplicar clemencia.
Sacudo mi cabeza en negación ante esos absurdos pensamientos. Me niego rotundamente a comportarme como aquel chiquillo chauvinista, aunque… la rubia es, por lo general, quién lleva la batuta en la intimidad, sé que le gusta—sin aceptarlo verbalmente—que de vez en cuando, saque mis dotes de macho cabrío. Le gusta el sexo sucio y dominante. Subyugar a un hombre hasta llevarlo a la rendición más placentera… el orgasmo. —«incluso en la cama es mandona y competitiva »—es el tipo de mujer que no le teme a su sexualidad. De mente abierta, rayando en el extremo.
La noche de ayer fue todo festín sexual. Digno bacanal en honor a Eros. Por la mañana mantuvimos las apariencias. Lo usual, un trato cordial entre jefe y empleado.
Flashback
—¡Nara!, saludó antes de entrar a su oficina y toparse conmigo rebuscando entre los archivos.
—Señora, Sabaku no. —respondí haciendo una pésima actuación de leer muy concentrado el expediente en mis manos.
Sin embargo, al caer la tarde, mi recepcionista me notificó que debía estar minutos antes de la reunión en la oficina de la dueña. El trabajo estuvo ajetreado, tanto que ni me di por enterado que era hora de ir a su encuentro. Espabilo y alisto los informes para no olvidarlos, luego me dirijo al tocador, cepillo mis dientes y esparzo colonia sobre mi cuello. Contemplo mi rostro en el espejo, percibiendo una rebeldes hebras platinadas que escapan de mi coleta.—«¡Genial! las malditas delatoras de edad comienzan a emerger en mi cabellera»―las disimulo con algo de cera, acomodo mi corbata y hago amago de salir, no sin antes abrir el botiquín para sacar el destartalado empaque de Paracetamol donde guardo los profilácticos.—«conociendo a la dama exigirá un rapidín»―así que es mejor anticiparse a los hechos y evitar futuros percances.
Doy dos toques la puerta esperando el aval. —¡Adelante!―pronuncia aquella distinguida voz femenina. Me adentro a la gran habitación pintada de blanco y decorada según lo dicta el Feng Shui; admito que destila distinción e invita a relajarse bajo el discreto sonido de la naturaleza proveniente de los altavoces. La repentina renovación mobiliar trajo consigo un irreverente escritorio dando de baja al amplio mueble de exquisito acabado para darle la bienvenida a uno más discreto en tamaño no así en color sin restarle elegancia en una madera corazón púrpura (1).
Paso a paso me acerco. La jefa se encuentra en línea telefónica, creo que está hablando en alemán, nota mi cercanía guiñandome un ojo, pero percibo que el tema no es de su agrado puesto que tiene una ceja arqueada a tal nivel que bordea la raíz de su cabello y escarba con furia la arena del diminuto jardín Zen que le obsequió Gaara con el pequeño rastrillo para tales propósitos.
Basta mencionar que no hubo sexo. La rubia cabezota estaba de un humor peor del común y me tocó bajarle el estrés con masajes.—«no permitió algo más que eso»― Los teutones han aumentado el costo de la materia prima y ella no está dispuesta a pagar más de lo acordado. La reunión con los accionistas se basó en los informes mensuales, el desarrollo de una planta ensambladora en las afueras de la ciudad para atraer más empleos y abaratar costos.
Dos horas después, los ejecutivos fueron despachados. Para entonces el semblante de la jefa había cambiado, estaba elocuente y serena, más cuando expliqué el análisis financiero y dí la buena nueva, el repunte de las acciones dentro de la B.I.V (Bolsa Internacional de Valores). Al final de la tarde, dentro de la oficina, solamente nos encontramos la empresaria, su abogado y yo. Los interpelados conversaban acerca de los pormenores de la ampliación de las garantías sociales para los empleados. Estaba tan absorto en el ir y venir de su debate sobre la redacción de un contrato beneficioso para ambas partes que me tomó por sorpresa y provocándome un respingo el inesperado roce recibido en mi entrepierna. Los dos giraron a verme, uno con extrañeza, la otra ladeando una siniestra sonrisa escondida tras el bolígrafo que mordía y ajustando aún más la presión de su pie en mi cremallera.
—¿sucede algo, Nara?-inquirió el bigotudo sujeto a mi izquierda.
—N...No, no es nada fue sólo que olvidé pagar el corte de mi tarjeta de crédito.
—¡Me asustaste!, creí que te había dado una descompensación.
—¡Sí, Nara! Te noto un tanto…¿acalorado?— añadió la rubia.
El entrecano sujeto contempló mi rostro con asombro. —¡Mira, es cierto! No lo había notado.— provocando que el bochorno se acentuará más en mis mejillas y que la dama bailotee una socarrona sonrisa en su boca pintada de fucsia mientras juega al balón pie con mis testículos.
—¡Jesús! —susurré llevando mi codo a la base del escritorio para apoyar mi frente en la palma de mi mano. Era indudable el placer que infringe la larga y torneada pierna de aquella problemática mujer en mi ingle. Presioné mis molares para no soltar una serie de jadeos que alarmen a Yota y deje descubierto a la jefa.
—Hombre, en serio luces fatal, ¿de veras no es nada? ¿Podemos llamar un médico?
«Y cómo no estarlo si estaba siendo masturbado bajo la cubierta del escritorio, por nada más y nada menos que la dueña de este imperio, delante de un colega que no tiene remota idea de lo que acontece prácticamente ante sus ojos»—No. No es nada. Es una reacción alérgica a los camarones que comí en el cóctel.
—¡Santo cielo! la intoxicación por mariscos es gravísima y tratas de restarle importancia.
—Te juro que no es nada de qué preocuparse.Sólo tráeme un vaso con agua y asunto arreglado. — le solicité para calmarlo y despistarlo antes de que se levante a socorrerme y perciba que el delicado pie femenino con pedicura en gris plomo, masajea tranquilamente mi abultada pelvis.
Inmediatamente que el asustado hombre se levantó con prontitud para encaminarse afuera del despacho, la dama quitó su extremidad de mí y fue entonces que pude respirar con normalidad.
—¡Quejica!— musitó la rubia con burla.
—¡Mendokusai, mujer! ¿cómo se te ocurre hacer algo así delante de él? ¿Qué tal si nos hubiese cachado?, el escándalo en que nos veríamos involucrados.
—¡Oye! Eres tú quién luce indispuesto, además, él es de mi absoluta confianza. No dirá nada, ¡créeme!
No sé por qué, pero esa última frase en vez de tranquilizarme, produjo un desagradable escalofrío por toda mi espina dorsal. ¿Qué es lo que él sabe?... acaso… ¿sabe de nosotros? ¿Cuántos secretos le guarda? ¿Qué tanto la habrá visto hacer? ¿Con quién? ¿Con quienes?
Los apresurados pasos de Yota me devolvieron a la realidad. El preocupado encorbatado estrechó el cristal en mis manos, sorbí el líquido de un solo trago y sin mover un centímetro de la parte inferior de mi cuerpo para evitar que él notase mi erección.
—¡Yota! ¿Podrías ir a enfermería y solicitar Loratadina? son unas cápsulas para contrarrestar el efecto de las alergias.- pide la blonda.
Él no dudó en hacer lo que le pidieron y salió disparado a la planta baja. —Si sabes que el médico de la empresa está de vacaciones y que la enfermera debe estar en tiempo de descanso.—mencioné.
—Todo está fríamente calculado, Nara—acotó levantándose de su asiento, descalza dirigiéndose a la puerta para cerrarla con doble paso y mostrar su entallada falda de cuero. — La enfermera regresa a labores en quince minutos. El tiempo justo para encargarme de tu asuntito. —añadió lamiéndose descaradamente los labios.
Veo como se arroja al suelo para gatear hacia mí, contonea su cuerpo con su característica sensualidad. El deseo impera en mi cuerpo, me hace hervir la sangre y quebranta mi raciocinio, mi salud mental empeora segundo a segundo con el pronto arribo a mi lado de la felina dama. Ha notado mi precario estado, se impone ante mi y aún en esa pose de sumisión como es la de rodillas, sabe perfectamente que ella tiene el control. Inmediatamente me inclino para devorar su boca, pero se aparta, —si me besas, mi labial quedará en los tuyos y es de larga duración. No se quitará fácilmente.— sugiere sonriendo y una ceja arqueada con suficiencia.
Sus blancas manos con uñas esmaltadas, toman el cinturón de mi pantalón, desabrochan el mismo y deslizan el zipper para liberar mi turgente miembro de su cautiverio. Nuevamente lame sus labios sin desprender esa verde mirada de mi cara conduciendo su cavidad bucal hasta topar con el individuo deseoso de atención y liberación.
Lo demás... se abrevia en que la jefa hace felaciones de categoría master. Terminó tragándose mi esencia con los labios despintados e hinchados. Por otro lado, yo estaba como si me hubiese sacado un peso de encima; y mi pene luciendo como dálmata al estar coloreado en ciertas partes de manchas oscuras de labial.―¡Cuánta razón tenía al decir que es de larga duración!
Cuando el colega llegó con las pastillas a la oficina, la rubia estaba de piernas y brazos cruzados conversando amenamente conmigo de un tema equis. —¿Mejor?—inquirió el recién llegado.
—Sí. Estoy mejor. Siento haberte preocupado.
—¡Se nota! —exclamó, por poco creí que tenía que redactar un obituario. Te veías mal hombre, muy mal.
La elegante rubia se dedicó a sonreír con sorna y lujuria. Mirándome como depredadora tras los lentes para lectura. —Es que, luego de te fuiste, Nara recordó que en su despacho tenía píldoras contraindicadas, cuando traté de alcanzarte ya habías tomado el ascensor, también te llamé, pero dejaste tu móvil acá. Fui por ellas, ingirió la dosis recomendada y todo resuelto.—sentenció la empresaria.
—¡Qué alivio! Una cosa más, Sabaku no. Acaba de llegar una notificación sobre aquel asunto...—acotó Yota, pero al ver que la mujer no entendía a qué se refería tuvo que aclararlo.—sobre el caso contra el señor Deidara.
La característica burlona sonrisa de la rubia se apagó como una vela a la intemperie. Su entrecejo se arrugó y sus ojos se tornaron en un verde profundo. Se puso de pie para andar de un lado a otro con impaciencia, colocando sus brazos en jarra, —señal inequívoca que la ira se apoderaba de su ser,― agitando su cabeza en negación a lo dicho por el abogado.—¿Que desea ahora?― bufó.
El encorbatado giró a verme y entendí su recelo. Es su deber velar por la buena imagen de la empresa y la dueña de esta, obviamente, al estar un tercero al que él solo conoce como asesor y economista de la compañía, el proceso de confiabilidad se ve obstaculizado. Iba excusarme para que ellos hablaran más tranquilos cuando fui interceptado por la rubia—Él es de fiar, Yato. Ya está al tanto al respecto, ¡pierde cuidado!—demandó.
«En realidad sólo me di por enterado durante el viaje a Suna, que había estado casada con un artista plástico y que el matrimonio duró lo mismo que la transición de la noche a la mañana.»
—¡Bien! Él está solicitando una indemnización por incapacidad. Al parecer sufrió un accidente laboral en la casa matriz de Iwagakure.
—¿Quién demonios autorizó un contrato con ese imbécil?— vociferó la rubia.
—El gerente de la sucursal.
—¡No puede ser! — exclamó con decepción—Tenía tantas ganas de levantarme para correr a estrecharla en mi brazos, pero debo abstenerme y guardar las apariencias.
—¡Eso no es todo! — continuó Yato.— como ya sabes, también solicita un aumento a la pensión alimenticia que le otorgas. Argumenta que sus ganancias son inferiores a sus gastos; y al haber perdido su brazo derecho siendo su profesión una que requiere el uso de las extremidades superiores, se le imposibilita conseguir mejores ofertas laborales al perder una de ellas.
―¡Patrañas! lo que pasa es que es un mantenido. De no ser por mí, seguiría grafiteando las calles y vendiendo esas horribles figuras de arcilla por internet. Fue mi patrocinio lo que catapultó su carrera. ¡maldito artistilla de quinta!—bramó la acusada notando que el abogado todavía no relataba la historia completa.— Hay algo más, ¿verdad?
«Eché de ver que ni se inmutó al enterarse que su ex fue amputado. No mostró empatía alguna.»
—Sí. El accidente ocurrió en el ala este de empresa. Él se encontraba dando los últimos retoques del mural cuando una de las cuerdas que sostenía el andamio cedió al peso, desplomándose al suelo desde el tercer piso, cayéndole encima el metal del aparato―el notario suspiró, anunciando con ello, que algo tormentoso se avecinaba.―Se casó. Deidara tomó una nueva esposa e hijos. Dos pares de gemelos para ser exactos y una niña con autismo. Los menores están de meses de nacidos, uno de ellos se debate entre la vida y la muerte. Tiene hidrocefalia y el costo hospitalario complica los ingresos de la familia, la cual depende completamente de él.―admitió el castaño con el rostro serio. ―Tu ex marido se dio la vida de millonario antes de centrar cabeza, despilfarró todo su capital. Está en la ruina, perdió su lujoso apartamento, su llamativo jaguar. Todo. Ahora está a punto de que el banco embargue sus bienes por estar atrasado con un préstamo.
«Y si la noticia fue difícil de narrar para Yato y compleja de escuchar para mi. No podía imaginar el caos emocional que puede estar sufriendo la rubia.»
―¿Comprendes lo complejo de esta situación?―dictó el notario en tono sutil casi como si fuese la voz de la conciencia de la jefa.
Ella tenía rato de haberse girado a ver el horizonte a través del enorme ventanal, pero el cristal permitía visualizar su reflejo en él. Pude apreciar el crisol de sensaciones que navegan en su ser―: El avasallante rencor exige su revancha; la venganza, con su dulce sabor la incita a dejarlo en la miseria, y la siempre discreta, piedad, le suplica misericordia ante el caído y le brinde socorro.
―Qué irónico, ¿no? A mi aborreció en cuanto mencioné la palabra niños. Decía que los hijos son la peor manera de plasmar los errores de sus padres. Que nunca los tendría. Dio el brazo a torcer en cuanto a tener "contacto" con mi hijo, más no le daría su apellido porque dañaría su ascenso a la fama. Ahora es padre ejemplar de cinco niños.
«Se hizo un incómodo silencio en cuanto la rubia acabó su monólogo. Por mi parte, procesaba esa nueva confesión. Definitivamente, esta mujer es una completa caja de sorpresas.¡Un momento! ¿su hijo no es fruto de su matrimonio con Hatake?»
―¡Mira la hora que es! Es tarde y los tres debemos ir a descansar. ¡Yato!, para el lunes tendrás mi resolución y las medidas a tomar, ¿de acuerdo?— dijo la jefa para dar por acabada la moción.
―¡Cómo lo ordenes! ―acordó el sujeto.
―Anda y disfruta del fin de semana con tus nietos.
―Gracias por prestarme la casa de veraneo.
―¡Me place viejo amigo! Saluda a Gigi y Tsutsi de mi parte. ¡ah! y no se te olvide traerme pastel o te cobro hospedaje, ¿eh?
―¡Así será, Sabaku no! ―pronunció el hombre antes de levantarse y estrechar nuestras manos a manera de despedirse.
Estando completamente solos y probablemente los únicos además del celador en estar aún en la empresa. Me abalancé hacia ella para abrazarla. Necesitaba sentir su cuerpo. Transmitirle mi apoyo. Mi amor.
«Amor, ese mismo sentimiento que en vez de salir huyendo con todo lo acontecido, se envalentona cada vez un poco más y me hace respetar a la mujer con aroma a lavanda que envuelve sus brazos a mi cintura. Valoro su tozudez y la celosa forma de proteger su privacidad. Estuvimos simplemente así, en un silencio roto únicamente por el latido de nuestros corazones y respiraciones.»
—Es tarde. Debes ir a casa o hacer sea lo que tengas que hacer.
—¿Qué quieres hacer? ¿Te invito a cenar?—sugerí.
—¿Así queira ir al restaurante vegano que tanto aborreces?
Exhalé con desgano sabiendo que detesto comer natural y sentirme como un conejo.—¡Haré una excepción!
Ella se acurrucó un poco más ahogando su risa en mi tórax. —¡Bromeaba!
—¡Gracias al cielo!—le dije, izando su barbilla para apoderarme de esos expertos labios.
Fin del flashback
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Oteo nuevamente hacia el cristal suspendido en el techo. Una idea cruza mi cabeza, me debato en llevarla a cabo o no. Muerdo el anzuelo mental. Me dejo atrapar por la tentación y estiro cuidadosamente mi brazo hasta topar con la mesilla donde descansa mi móvil, lo tomo y presiono la opción de cámara para capturar este mágico instante.
La selfie plasma a un hombre y una mujer desnudos, pretendiendo recuperar las fuerzas perdidas luego de gozar una tórrida noche pasional. El hombre descansa medio cuerpo al respaldar de la cama, su morena piel tiene una capa húmeda de exudación ya seca, sus velludas piernas están entrelazadas con unos suaves muslos carentes de vello. En medio de estas yace un pequeño cuerpo femenino. La bella durmiente sigue en el mundo de los sueños, descansando tranquilamente en el fibroso pecho del varón. Su tersa espalda luce más apetitosa en esa posición. Ni que decir de sus profundos hoyuelos pilonidales para cerrar con broche de oro, los redondos y prietos glúteos de la mujer destacan como un delicioso durazno que pide a gritos ser mordido. Somos ella y yo.
Decido guardar la erótica captura en un archivo. La tendré en cuenta cuando esté estresado hasta el tope y necesite dispersión o para aquellos momentos de soledad y sequía sexual; será una gran fuente de inspiración por si debes echar mano de viejas costumbres adolescentes.
Presiento que la llama de la pasión no tardará en encenderse dentro de mí, y me rehuso despertar a la rubia solo para satisfacer mi masculinidad. Aunque, conociendo lo voluntariosa que es para todo lo que implica sexo, sé que no pondrá objeción alguna si la despierto para hacerle el amor como un poseso, pero me aguanto las ganas, así que disipo esos pecaminosos pensamientos, doy un último acicalamiento a su melena y beso su coronilla para separarla cuidadosamente de mi pecho para arrastrarme fuera de la cama antes de dejarme llevar por los bajos instintos.
Saco mis tibios pies para ponerlos sobre el suelo, el mismo me hace exhalar debido al frío que traspasa las plantas de mis pies y navega por cada una de mis células. Peino mi enmarañado cabello con mis dedos más no lo amarro. Bostezo para desperezarme y haciendo el mínimo ruido posible, levanto mi culo del borde de la cama para estirarme. Casi me congelo al percibir que el cuerpo de la escarmenada rubia se arremolina entre las sábanas solo para continuar durmiendo de lado en la esquina opuesta.
Habíamos decidido tomar esta suite para el uso exclusivo de nosotros dos, por lo que tenía una apariencia más hogareña. Algunos artículos de aseo personal de ambos, nuestras portátiles, archivos, libros, una pantalla, varios cambios de ropa, incluso una mini adaptada cocina había sido ubicada. El ventanal tiene una vista paradisiaca estuve a punto de abrir las cortinas para observar la aurora desde ahí, pero recordé que mi acompañante continuaba en la cama y que los incipientes rayos solares podrían dar directamente a su rostro, por lo que rechacé la idea.
Camino por la diminuta estancia tal cual vine al mundo. Abro el frigorífico para tomar una botella con agua y beberla de sopetón, lo que desdichadamente acentuó mi bailoteo digestivo, busco algún bocadillo, pero el electrodoméstico luce prácticamente vacío y la cocina del hotel inicia sus labores en una hora. Lo bueno fue que al cerrarlo, una fotografía sobrepuesta en su puerta capta mi visión. En ella se plasman nuestras figuras abrazadas, la rubia sonríe ampliamente como niña pequeña mientras yo coloco un conato de sonrisa que por obvias razones es eclipsada por la suya.
Arrojo el envase vacío al tacho de basura, me voy directo al guardarropa, saco una camisa gastada, una pantaloneta y zapatillas deportivas, he tomado la rutina de correr, procuro ejercitarme todos los días, y no, no es porque me está dando una andropausia prematura o porque me gusta lo onda fitness, sino que desde muy joven adquirí el vicio del fumado y sus efectos empezaban a pasarme factura por lo que el médico me dio un ultimátum, decirle adiós al cigarrillo y adquiría hábitos de vida saludable o en corto plazo padecería de enfisema pulmonar. No he dejado el tabaco, pero he reducido su consumo, trato de comer menos grasas y corro mínimo un kilómetro diario. Siendo sincero los resultados físicos ya no me resultan tan fastidiosos, tengo más energía para lidiar con el ajetreo de la oficina, he recuperado masa muscular en esas zonas que estaban blandas, hasta mi potencia sexual es más vigorizante según ha elogiado la rubia.
Me visto, calzo mis pies, hago mi típica coleta, me coloco los audífonos del reproductor de música y de inmediato AC/DC hace su aparición en la lista con su Highway to hell, —apenas para la ocasión―bordeo la cama para observar un segundo a mi musa de inspiración, tomo mis llaves, la billetera y salgo disparado al exterior.
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La brisa cala mis huesos, tengo cronometrados cuarenta y cinco minutos, siento el sudor deslizarse por mi cuerpo a tal punto que ha deshecho mi coleta, lleno mis pulmones con aire fresco y la música se escucha como un fondo teatral de mis pensamientos.
Entre trote y trote, cavilo acerca de mi affaire con la jefa, en lo jodido que resulta todo esto, la bola de nieve originada a partir de una noche para liberar tensiones y de la cual no hayamos escapatoria. —«Esto es un touch n´go, Nara. ¡punto!»— retó la rubia en aquella ocasión. Y así lo supuse. Una absoluta entrega pasional, como dos personas adultas; una simple y llana acción copular, donde una vez alcanzados nuestros egoístas propósitos, no se tendría repercusiones venideras. Y lo fue. Conquistados los orgasmos, cada quién se colocó su respectiva vestimenta para tomar su camino sin mirar atrás. Nada de jubilosas despedidas o promesas incumplibles. Sexo. Sólo eso. Sexo.
Intento desaparecer esos viejos recuerdos e inhalo unas cuantas bocanadas de aire para retomar el camino de vuelta al hotel. Hago una parada estratégica al kiosko del anciano frutero para calmar mi sed con una refrescante agua de coco, comprar una extra para la rubia, además de una cesta de pulposas fresas que tanto le fascina comer con nutella o bien para otros usos particulares.
Me encuentro con algunos huéspedes y personal del hotel al abordar la recepción, sin más, atravieso el lugar, brinco de dos en dos la escalinata, saco las llaves de mi habitación, abro la puerta y coloco los víveres en la mesa. —¿ya desayunaste?—escucho que pregunta con voz pastosa la dueña de mis tormentos. —No. Fui a correr un rato, pero vengo dispuesto a comerme un elefante, ¿y tú?— inquirí girando a verla, «¡craso error!», la dama estaba con medio cuerpo elevado de la cama, peinando su rebelde cabello con los dedos, sujetando la banda de pelo con su boca para hacerse un desgarbado chongo. Sin percatarse que, en cada movimiento de sus brazos la sábana se deslizaba lentamente hasta que sus montículos quedaron expuestos y que el contacto con la brisa fresca encoge sus rosados pezones hasta dejarlos como pequeños guisantes. Arrasando con mi juicio, provocando que mi apetito exija una ingesta no necesariamente de pan y tocino, y mi virilidad espabile.
—Un poco sí.
—Bien, ¿Te apetece bajar al restaurante o prefieres que llame al room services?—repliqué en modo automático y sin despegar mis orbes de su dúo dinámico.
—Lo que me gustaría saber es, ¿qué bicho te picó?—bufó un tanto mosqueada, pero yo no le tomo importancia, ya que aún estaba en trance.—¡Ya entiendo!—replica entre risas, sacándome de mi embobamiento. —¿Te gusta lo que ves?—cuestiona con una amplia sonrisa y una ceja arqueada.
—¡Mucho!—respondo sin pensar y arrepintiéndome inmediatamente cuando la rubia suelta una carcajada que sacude sus mamas; asentando el rubor en mis mejillas, y para terminar de delatarme, rasco mi nuca inconscientemente —«maldita manía que me hace predecible.»
— Es alentador saber que aún roban suspiros aunque no sean naturales.—acota―¿No me darás un pico de buenos días?
Niego con mi cabeza, acercándome a la cama para agacharme y chocar mi boca sobre la suya.—¡Sabes que eso no me importa!―balbuceo en sus labios.—¿cómo amaneces?
—¡De maravilla!—susurra, aferrándose a mi cuello hasta pegar sus senos sobre mi húmeda y sudorosa camiseta.—¡Ven acá, bobo!—dice jalándome hacia sí, reboto en el colchón y enseguida soy atacado por la boca hambrienta de la dama, no lo dudo un segundo para estrechar su menuda figura a mi cuerpo para profundizar los besos y caricias.
La dominante mujer, se retuerce como lombriz hasta que escapa de mi amarre y con facilidad me acorrala sobre el colchón y trepa sobre mí, entrelazando sus manos con las mías para aferrarlas sobre mi cabeza; como le saco veinte centímetros en comparación a su metro setenta, sus duros pechos quedaron a raz de mi boca, osé en darle un lametazo a uno de sus pezones.
La rubia se remueve entre risitas. —¡Para!, me haces cosquillas con tu perilla. —chilló, llevando sus dedos a mi mentón, —pero, ¿qué tenemos acá? será acaso… sí, sí lo es.
—¿Es qué, mujer?— curiosee.
—¡Una larga cana en tu perilla! —acotó antes de echarse a reír como sólo ella lo sabe hacer.—«con la mayor de las burlas»—Nara, Nara, Nara...te estás haciendo viejo. Te doy máximo dos años para que tengas esa perilla igual a las cabras monteses.—añadió.
Si hay algo que me encanta escuchar es la risa de esa mujer, pero al ser yo el objeto de su mofa, reconozco que no es de mi agrado. Mi alegría desaparece cuando unos nefastos pensamiento laceran mi estabilidad emocional. Como témpanos de hielo golpeando mi cabeza, agujereando mi pecho con la horrible idea de que probablemente la rubia proximamente me busque reemplazo debido a que estoy por cumplir los cuarenta. «Un sujeto joven, atractivo y vital, seguramente.»
Me crispa la sola idea de que, todo lo que poco a poco he logrado, se vaya al demonio por un pelo platinado, un cuerpo menos tonificado y el cansancio que trae consigo los años.
Me niego a dejarme embaucar por la negatividad. Ella me ama. Igual que yo a ella. Se niega a ir al siguiente nivel. La exclusividad. Revelar a la luz pública lo nuestro. Aún así siente algo muy fuerte por mí. Lo hace, ¿verdad?
Ahuyento esas abominables ideas y me concentro en idear un contrataque que haga pagar a la rubia por agravio. Un golpe bajo, pero infalible, que la hará rabiar y cobrar venganza. La cual estoy muy dispuesto a pagar. —¿lo dice quién me lleva tres años?
De inmediato su sonrisa se apagó y su verde mirada se centró en mí con el ceño fruncido,—¡Idiota!— masculló dándome un fuerte almohadazo, para asaltarme con suaves puñetazos en mis pectorales. Izé delicadamente sus muñecas para cambiar de posición y ella quede debajo de mí para bombardearla con cosquillas.
Estalla en carcajadas como niña pequeña, las mismas retumban en las paredes y no me cabe duda se escuchan por todo el pasadizo, provocando que yo mismo me una al concierto de risotadas. —¡Detente!—exige.
—No hasta que supliques piedad.—informé.
—¡Jamás!
Exclamó moviéndose. Pasé por alto sus intentos de escape y cometí el error de atenerme a mi peso, no conté con que la tramposa usaría la pose del misionero para despistarme, rozando su desnuda pelvis sobre mi deportiva. Doblegándome de inmediato. Derribándome al colchón. —¡Oye! No me culpes porque eres un mamila al que le gusta que lo terminen de criar.— retó.
—Con qué mamila, ¿eh? ven y te demuestro que tan llorón puedo ser.
La sujeté de su cintura para pegarla a mi pecho y aplastar mi boca con la suya. Me embriago con su saliva, con la suavidad de sus labios, recorriendo toda su cavidad bucal con mi lengua. Acariciando cada parte de nuestro cuerpos mutuamente. Eché su cabeza hacia atrás para chupetear casi hasta dejar pequeñas marcas en su cuello. —¡Asalta cunas!― ronroneo sobre sobre la pálida piel de este. Su punto erógeno cerca de la clavícula.
Lo dije a propósito. Si hay algo que la ponga mal es que le recuerde que ella es la mayor.— Quizás por el pequeño traspié que cometió en el pasado que por poco la lleva a la corte y vestir de enterizo naranja durante varios años por estupro.— Porque sé que con ello, lo mejor está por comenzar.
«¿Quién diría que la ira y el sexo son una mezcla perfectamente homogénea?»― La rubia se sacudió para protestar, pero sus intentos murieron al sentir mis labios en esa zona. La escucho gemir. «¡bingo!» —Aprovecho para deslizar mi boca a su oreja. Saco mi lengua para repasar los bordes de esta mientras enrumbo mi mano izquierda hacia una de sus siliconadas mamas para amasarla y pellizcar su pezón. —No soy un mandilón. Pero sí un admirador de la mujer que puede ser un ángel y demonio por igual. Y tú. Tienes ambas cualidades de sobra; así que, ¿cómo pretendes que no esté loco por ti?―musité.
La piel de la rubia se erizó. —¡Nara!—chilló. Y ese fue el banderín blanco que estaba esperando. Estaba extasiada. Enloquecida.—precisamente donde quería llevarla. El abismo de la pasión.
De pronto, al sentir las escurridizas manos de la rubia sosteniendo el dobladillo de mi polo, me hicieron entrar en una penosa razón. Un atisbo de coherencia zarandeó mi mente. Si bien mi acompañante venía de despertar y todavía no se ha duchado. El exquisito aroma a Dolce & Gabbana continuaba impregnado en su cuerpo, en cambio yo, apestaba a mofeta con diarrea.
La vergüenza se clavó en mi ser. Detengo su cometido, pero ella no escucha razones así que coloco mis palmas sobre sus mejillas para que me vea directamente a los ojos. Logro que, de malagana, centre su aguamarina mirada en mí. —Tem…—sus bandidas manos frotan mi miembro.―Tem…¡detente!.. estoy sudando como puerco, al menos deja que me asee, voy y vuelvo en un dos por tres, ¿vale?
Su arrugado entrecejo se suaviza y cambia su frustrada mirada por una más jubilosa y pícara mientras muerde su labio inferior con salomería.—¿Pero me encantas transpirado?
Me dejó sin palabras. Mudo. Anonadado por su confesión. Todo argumento y norma de higiene se fue a la mierda. No demoré un segundo en ayudarle a desnudarme.
Una vez en igualdad de condiciones, nos prestamos a devorarnos a besos. Me detuve en el lóbulo de su oreja para depositar un sinfín de besos mariposa. La rubia no se quedó atrás, me hizo gruñir al raspar la piel de mi espalda con sus uñas. No necesito mirarme en un espejo para saber que unas franjas rojas atraviesan mi espinazo. Me encanta que haga eso, que se abandone al deseo y saque a relucir su lado salvaje.
Nuestras pieles adquirieron tal sensibilidad que el mínimo contacto se nos hacía insoportable, como si mercurio fundido navegara por nuestras terminaciones nerviosas. —¿Quieres hacerlo con protección o acapela?—consulté por si tenía que buscar los preservativos en las cajoneras.
Un gemido gutural escapó de mis cuerdas vocales, provocado por la húmeda caricia de su lengua en mi tetilla izquierda. —¡A pelo, cariño!―entendiendo de inmediato a qué refiere, enrollé un brazo a su cintura para auparla, enredé mi otra mano en su área capilar trasera para apretar su alborotado cabello. Nos fundimos en beso tan caóticamente sensual. Por otro lado, ella entrelazo sus largas piernas alrededor de mi cadera, su pubis provisto de vello en tono castaño, en forma de un diminuto y decorativo triángulo, chocó contra mi velluda pélvis.
Con dificultad, me elevo en toda mi8 altura, mis pies se hunden en el colchón y como si fuese la lucha libre, la arrojo con una pizca de fuerza y cuidado sobre el edredón. Me acuesto sobre ella para comerla a besos. Hábilmente, la rubia zafa la goma de mi coleta, —con sus blancos dedos, sacude algunos mechones. En más de una ocasión me ha hecho saber lo mucho que le gusta el color de mi pelo, su textura y lo "sensual" que me hace ver cuando lo llevo suelto.―Sus falanges recorren de arriba a abajo mi espina dorsal, me traslado de forma descendente por su anatomía, tomándome el tiempo suficiente en sus protuberancias.
Jadeos, gemidos y el inequívoco olor a sexo intoxican el ambiente. Ultraje sus colinas una y otra vez, las amasé, las lamí tanto que tomaron un color rosa, cubiertas de mi saliva. Raspé con el filo de mis dientes sus sensitivas púas. —No iba ser descortés con esas mellizas. Le di el trato preferencial que se merecen.— ¡Ay, dios!—exclamé al sentir las manos de la rubia sobre mi miembro. Cubriendo su venosa y rígida base; untando con su pulgar todo el rededor de mi glande con las escapistas lágrimas de líquido preseminal.
Cada recíproca exploración significan un carrusel emocional. Una sensación tras otra nos catapultó a hundirnos sin miramiento alguno a los confines del placer. Separé su diestra mano de mi pene —cosa que la hizo refunfuñar―, pero al reconocer mis intenciones dejó de protestar y colaboró extendiendo sus extremidades para poder continuar mi camino hacia mi perdición. Llegué a su centro para rozar su saliente y rosada cresta con mi dígito, engatusándola para que me permita degustar sus mieles.
Con dos de mis dedos seduje su húmedo, estrecho y tibio túnel vaginal. Llevándolos hacia adelante y en retroceso, haciendo un positivo efecto en todo el cuerpo de la rubia, quién serpenteaba en gozo bajo mi tacto. «Gemía y se ensortijada como rulo sobre las sábanas» Percibo que su interior aprieta mis dedos, su vagina se torna más chorreante hasta que la veo tensar y curvar sus vértebras abandonandose por completo al orgasmo.
Si me preguntan, ¿cuáles han sido mis mejores vivencias?, diría que han sido muchas, pero que las que tengo más presentes son exactamentes estas…. ver a la mujer de ojos verdosos desecha de placer. Su nívea piel bañada en un sudor tan abundante que pega su cabello a sus sienes, respirando con dificultad y una sonrisa incomparable.
Sin más miramiento, sin permitirle bajarse todavía de las nubes del clímax, la tumbo sobre su vientre, dejando expuestas sus nalgas, acomodo una esponjosa almohada bajo sus caderas para que amortigüe lo que está a segundos de comenzar. Tomo posición entre sus piernas y restriego mi miembro en su costura para excitarla. Oteo por un instante como ella bailotea sus pompas de forma insinuante, así como, aferra sus manos en los balastros de madera del respaldar de la cama. Le doy una fuerte nalgada, ella muerde su antebrazo para acallar un gemido al recibir un impacto en el otro glúteo para emparejarlos. Respingo porque quizás me pasé de la raya, puedo ver claramente mis manos impresas en tono rojo en ellas.
—¡Más!― ronroneó la rubia. «Eso no me lo esperaba.» —¡Más! ¡Damé, más!— reiteró y como siempre complazco los deseos de su mercé. Azoté nuevamente sus prietas posaderas.
Me arrodillé de inmediato entre sus muslos, deslizo una de mis manos en la entrada de su vulva para recoger un poco de flujo para lubricar mi pene. Antes de entrar a su intimidad, le doy unas suaves caricias a su clítoris, robándole un gemido a la rubia, separo sus pliegues y al instante la penetro.—dándole la bienvenida a la danza más primitiva.― Ella apoya lateralmente su cabeza sobre el colchón. Fijo mis manos en su cintura para embestirla con ímpetu, duro, cada choque de mi ingle contra su culo produce un estimulante eco que se expande por toda la habitación. Deliberadamente conduzco una de mis manos a su botón saliente para hacer más gratificante el acto. Pongo mi cuerpo en modo automático, muevo mi cadera de un lado a otro para que la sensación de mis acometidas sea una distinta a la venidera. Si después de correr venía sudando como maquinista, ahora soy una glándula sudorípara humanoide.
La rubia ahoga mil vulgaridades que no repetiré en un cojín. Bramo cuando su femineidad hace pequeños espasmos alrededor de mi miembro. Está por perder el control.—«arrastrándome consigo»― El paraíso prohibido no parece tan así cuando estas por cruzar su umbral. Su cuerpo se tensa. —¡Aguarda!― le suplico chasqueando mis dientes. —¡Corramonos juntos!― le hice saber mi deseo.—¡Me falta poco! ―le hago saber sin parar ni disminuir el ritmo de mis arremetidas.
La rubia sacó fuerza de voluntad, sabrá dios de donde, para reprimir su orgasmo y complacer mi capricho. No fueron una, dos ni tres penetraciones sino seis las que necesité para vaciar mi simiente en su interior. Gemimos en agradecimiento al unísono. La rubia se desplomó inmediatamente sobre la cama. Ambos respiramos con dificultad. Estábamos débiles, pero completamente satisfechos. Mis trémulos labios besan su sudada y perceptiva columna vertebral, se voltea y aprovecho para recostar mi cabeza sobre su pecho mientras siento sus dedo jugar mi cabello.
—Estuvo bueno… ¡muy bueno!— siseó con dificultad, con la voz pastosa y los ojos adormilados. Fue mucho para los dos. —Eso de llamar al room services ahora me parece buena idea.—añadió y reímos por ello.
—En rato, sí. No atenderé a la camarera hediondo a zorrillo, ¿te quieres bañar conmigo y así ahorrar agua?— insinué ha sabiendas que la ducha traería de paso un segundo round y que arrancó una sonora carcajada que agito el pecho de la rubia. «Dándome a conocer tácitamente que aprueba la moción»
¡hola! Tiempo sin saber de ustedes, ¿no?
Pues aquí les dejo un capítulo de esta historia, esperando que sea de su agrado y agradeciendo de antemano sus votos y comentarios. Como ven no sólo las mujeres atravesamos por crisis existenciales con cada hoja arrancada del calendario. Por lo general, cuando los relatos se basan en infidelidades o amantes, es la mujer la que cumple dicho rol, fue entonces cuando se me ocurrió invertir los papeles y hacer de Temari, chivo expiatorio. Ella es la empoderada, la dominante, la que no quiere sacar su relación a la luz pública, de hecho Shikamaru no puede llamarse sí mismo como la pareja o el novio de ella.
Espero les haya gustado el contenido adulto, hace tiempo que no hago lemos, así que las disculpas del caso si les ha parecido muy aburrido o pasado de tono, ¿por qué no?
Me despido no sin antes desearles una excelente semana y que la luz de todo lo divino guíe siempre sus caminos. ¡bye!
P.D. Este capítulo va dedicado a Alexein-kluk, Fanny K03, Anita Nara 040922, Yi Jie- san; y Andreina Salomon. Gracias por su increíble apoyo. XOXO
